Francisco Fernández Buey y la perestroika (VII)

Francisco Fernández Buey y la perestroika (VII)

Salvador López Arnal (editor)

Francisco Fernández Buey escribió un prólogo para la edición castellana de La caída del imperio del mal. Ensayo sobre la tragedia de Rusia, de Alexandr Zinoviev (Ediciones Bellaterra, Barcelona, pp. 9-22), un ensayo traducido por Juan Vivanco.

Fechada en 1999, dividió su presentación en tres apartados. En el primero, dibujó una semblanza del lógico, novelista y filosofía de la ciencia ruso:

Alexandr Zinoviev nació en octubre de 1922 en la aldea de Pajtino, del distrito de Chujloma, región de Kostroma, en el seno de una familia muy numerosa. Su madre era una campesina koljosiana y su padre era obrero pintor. Desde los once años vivió con su padre en Moscú y allí estudió. En 1939 empezó la carrera de filosofía y ya ese año fue expulsado del Komsomol (Juventudes Comunistas) por criticar el culto a Stalin. La guerra interrumpió sus estudios. Y durante la guerra sirvió en la caballería, en las fuerzas acorazadas y en la aviación. Al acabar la segunda guerra mundial, ya licenciado, habitó con la mayor parte de su familia en un húmedo sótano moscovita de diez metros cuadrados. Desde allí reanudó los estudios de filosofía y los terminó en 1951. Se doctoró con una tesis de resonancias hegelo-marxianas titulada El método para ascender de lo abstracto a lo concreto, en la que exploraba varios temas de El capital de Marx. Simultáneamente trabajó como cargador, cavador, auxiliar de laboratorio, traductor y maestro de escuela. Además, entre 1948 y 1954, enseñó lógica y psicología.

En 1954, prosigue el autor de Marx (sin ismos), Zinoviev entró en el Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS donde trabajó hasta 1976.

Pero ya en 1958 abandonó su proyecto sobre El capital, destruyó el libro al que había dedicado ocho años y empezó a especializarse en el campo de la lógica matemática y de la metodología de la ciencia. A partir de entonces se ocuparía de temas de la lógica clásica con atención preferente a su aplicación al análisis del lenguaje científico. Desde 1967 a 1976 dirigió la cátedra de Lógica en el Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS y fue también miembro de la redacción de la revista Problemas de Filosofía. Durante esos años publicó varios libros en inglés y alemán, el más importante de los cuales es Foundations of the Logical Theory of Scientific Knowledge (1973). Como reconocimiento de esta actividad fue nombrado miembro de la Academia de Ciencias de Finlandia en 1974.

En una nota autobiográfica de 1978, nos recuerda el coautor de Ni tribunos, Zinoviev describía así su trayectoria político-ideológica:

Desde mi juventud fui anti-estalinista y hasta el fallecimiento de Stalin consideré que la labor más importante de mi vida era hacer propaganda anti-estalinista. Después de la muerte de Stalin ingresé en el PCUS con el propósito de luchar legalmente contra el estalinismo. Pero pronto pude observar que de esa tarea se ocupaban los propios estalinistas y que yo no tenía nada que hacer en eso. Así que decidí militar de una manera puramente formal (algo muy característico en los medios intelectuales soviéticos de entonces). En junio de 1976 me di de baja del Partido: dejé de cotizar y devolví el carnet. Formalmente fui expulsado del Partido en noviembre o diciembre de 1976.

En enero de 1977, el autor de Cumbres abismales era ya considerado un “disidente”. Fue despedido del Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS. Empero, prosigue uno de los fundadores de mientras tanto, aprovechando

[…] la invitación a un congreso científico internacional, algunos meses más tarde, pudo viajar a Alemania y se quedó allí. A partir de entonces vivió en Munich y en Zurich. Así pues, cuando llegó a la Europa occidental Alexandr Zinoviev era relativamente conocido en los medios académicos por sus trabajos de lógica y metodología de las ciencias. Y sobre estos temas todavía siguió publicando esporádicamente en los años siguientes: Logical Physics (1983). Pero la publicación por L’Âge d’Homme, en 1976, de su obra Cumbres abismales [Ziyaintshie vysoty] empezó a cambiar la consideración en que se le tenía hasta entonces. A pesar de lo cual, hay que decir que la preocupación lógico-metodológica (presentada a veces en serio y otras irónicamente) no sólo es patente en Cumbres abismales sino que constituye uno de los hilos conductores del libro que dio fama mundial a Zinoviev.

Lector apasionado del ensayo, Francisco Fernández Buey se aproximaba a las Cumbres del escritor ruso en estos términos:

Cumbres abismales es una obra soberbia, aunque de tono muy distinto al de las obras que por entonces habían publicado o estaban publicando otros disidentes soviéticos, como Solzhenitsyn o Amalric. Para mi gusto es la más fascinante de las críticas de la sociedad soviética de los años del estalinismo y del breznevismo. Lo que domina en ella no es la queja apocalíptica, ni el espíritu profético, ni la nostalgia, sino la ironía, el absurdo y el sarcasmo; un sarcasmo de aquellos de los que decía Gramsci que hacen mella. Presentada como si se tratara de un manuscrito encontrando en un basurero, la obra disecciona y caricaturiza las relaciones sociales, los tópicos ideológicos y la vida cotidiana en una ciudad imaginaria significativamente llamada Ibansk. Zinoviev juega ahí con el sufijo habitual de muchos pueblos y aldeas rusos, relacionado con un nombre corriente, Iván, y lo junta con el vocablo “ebat” (o sea, “joder”). En la traducción castellana de Luis Gorrachategui este juego ruso de palabras da el nombre de la ciudad sobre cuya vida ironiza Zinoviev: Jodensk.

Cumbres mezclaba los géneros de una manera que no tenían parangón en la literatura rusa de la disidencia.

Por su dimensión y estructura, por su barroquismo, por la capacidad del autor para aunar y alternar análisis, crítica, ironía, argumentación, juegos lingüísticos, diálogo del absurdo y paradojas, o para formular bromas imaginativas y crear caricaturas de personajes realmente existentes (el Calumniador, el Esquizofrénico, el Gritón, el Miembro, el Charlatán, el Desviacionista, el Mínimo…), Cumbres abismales trae a la memoria del lector El criticón de Baltasar Gracián o Los últimos días de la humanidad de Karl Kraus. Comparte, además, con estas otras obras, y con algunas piezas contemporáneas de la literatura del absurdo, la agudeza de espíritu, la crítica despiadada de las ideologías dominantes, la atención prestada a las consecuencias prácticas de la perversión de las palabras, la importancia dada a la recuperación del concepto y también, implícitamente, la conciencia moral. En algunos pasos su autor recuerda ironías y situaciones de Saltykov-Schedrin, de Gogol y de Chéjov. La fusión entre análisis descriptivo, intención antiideológica lograda y lucidez dan en esa rara pero, por lo demás, conocida paradoja según la cual la caricatura acaba resultando más real que lo que creíamos que era la realidad misma. Y como ocurre a veces con los resultados del pesimismo de la inteligencia, el carácter sombrío del cuadro que crea puede acabar siendo un gozo para el espíritu, un estímulo para todo aquel que quiera seguir pensando fuera de los tópicos establecidos, de los idola de la tribu.

De ese tronco salían otros brotes igualmente interesantes, señalaba el autor de Por una universidad democrática. Algunos en forma narrativa, otros en forma directamente ensayística.

Cuatro de ellos conservan el tono, la intención sarcástica y las delirantes descripciones de Cumbres abismales: Las notas de un vigilante nocturno (1975), El radiante porvenir (1976), La antecámara del Paraíso (1977) y La casa amarilla (1978). Pero durante aquellos años de la segunda fase de la guerra fría Zinoviev escribió también obras ensayísticas o sociológicas cuyos títulos son igualmente significativos: Sin ilusiones (1979), El comunismo como realidad (1981), Nosotros y Occidente (1981), Homo sovieticus (1982), Ni libertad, ni igualdad, ni fraternidad (1983).

A partir de la perestroika gorbachoviana, y aún más acentuadamente después de la desaparición de la URSS, señala el que fuera profesor de Metodología de la Ciencia de la Facultad de Económicas de la UB, Zinoviev empezó a torcer el bastón de su análisis en la otra dirección:

la denuncia del occidentalismo y la crítica de la triunfante crítica, anticomunista, del comunismo derrotado. Sin perder la ironía, su escritura se hizo entonces menos sarcástica y más directa y explicativa.

A esta fase correspondían obras como El gorbachovismo (1987), Las confesiones del hombre del exceso (1990), Perestroika y contra-perestroika (1991), Katastroika (1992) y Occidentalismo. Ensayo sobre el triunfo de una ideología (1995). En su opinión, La caída del imperio del mal era, en cierto modo, una síntesis de las ideas desarrolladas en esas otras obras.

El segundo apartado del prólogo se abría con estas palabras:

Desde que leí hace veinte años Cumbres abismales siempre he considerado a Alexandr Zinoviev como uno de los analistas más lúcidos del último tercio del siglo XX. He buscado y leído en todas las lenguas que puedo leer todas y cada una de las obras que Zinoviev iba publicando. Y en todas he encontrado análisis originales, sugerencias de nota y materia para la reflexión. Siento no haber podido leerle en ruso porque presiento que las otras lenguas europeas no acaban de captar toda la profunda ironía y el sarcasmo que hay en la transparente prosa analítica de Zinoviev, en su serio humorismo y en sus juegos lingüísticos, que a veces me recuerdan el pensamiento de nuestro Joaquín Rábago, “El Roto”, otro abridor de ojos.

Y uno de sus filósofos-humoristas más reconocidos. Zinoviev era un escritor iconoclasta, inclasificable.

Un pensador de los que no tienen escuela ni seguramente la harán. La cubierta de la edición castellana de Cumbres abismales, publicada por Ediciones Encuentro en 1979, es un montaje fotográfico realizado por Pablo Díaz Campoó sobre un dibujo original del propio Zinoviev: en el centro de ese montaje una enorme rata roja deambula amenazadoramente por los tejados planos de una ciudad semisumergida en la que domina un bloque de edificios cuadrados sobre tonos negros y agrisados; al fondo y arriba, entrevistas entre el sol y la luna, las cumbres que se supone van a dar al abismo. La cubierta de la edición francesa de El comunismo como realidad, en L’Âge d’Homme, es otro montaje concebido a partir de un dibujo de Zinoviev: sobre un rectángulo de fondo intensamente rojo dos ratas con rasgos humanoides, en posición erguida, frente a frente; están entrelazadas por los rabos, se sostienen sobre garras, chocan dos de sus manos-patas y aprietan con las otras dos el pescuezo de la oponente para ahogarse mutuamente.

Ya eso daba una idea de lo que Zinoviev quería describir. La reflexión sobre las ratas era uno de los temas de Cumbres abismales:

Pesimismo cósmico”, dijo lapidariamente algún crítico cuando esas obras aparecieron. Y cuando diez años después, con motivo de un encuentro sobre la perestroika, pregunté a un amigo ruso sobre la obra de Zinoviev (que, en plena euforia de los occidentalistas, acababa de publicar un nuevo libro con el inequívoco titulo de Katastroika), éste, el amigo ruso, me dijo: “¿Zinoviev? ¡Pero si es El Demonio…!” (Lo escribo con mayúsculas por el tono empleado). Nunca yo me había imaginado al demonio así. Pero querría entender la expresión del amigo ruso y tratar de explicar ese sentimiento a los demás. Lo haré dando un rodeo.

La idea central del rodeo es casi una constante político-cultural en el Paco Fernández Buey de sus últimos años:

El gran Maquiavelo, en los orígenes de la modernidad, justo en el momento en que se disponía a abrir los ojos de sus contemporáneos a los misterios de la política (esto es, de la política que se hace, no de la política que se dice que se hace), escribió al padre de la historiografía moderna, Francesco Guicciardini, algo así: “Nada de imaginar paraísos. Lo que hay que hacer es conocer los caminos que conducen al infierno para evitarlos”.

Eso era lo más a lo que podían aspirar los seres humanos en este mundo de la política moderna.

Durante mucho tiempo Maquiavelo fue considerado por las almas cándidas y por los amigos del Poder que se hacían pasar por cándidos como el demonio por antonomasia. Pero con el paso de los siglos, la ayuda de la historiografía y la reflexión sobre el Político hemos llegado a saber que no es el demonio quien enseña a los mortales los caminos que conducen al infierno (y menos para evitarlos) sino los lógicos y analíticos que en una cultura laica deberían estar considerados ya -¿por qué no?- como ángeles guardianes de la ciudadanía. Maquiavelo es la inversión directa del Gran Inquisidor en versión dostoievskiana. Quien no sepa ya esto es que no sabe nada del mundo de la política estrechamente vinculada desde entonces al poder del Estado. Y para que no se me entienda mal añadiré: a una conclusión muy parecida llegaron, por vías diferentes pero pensando sobre la misma cosa (o sea, en la interpretación de Maquiavelo) otros dos grandes de nuestro siglo: Antonio Gramsci e Isaiah Berlin.

No podía documentar aquí el rodeo: no era ni el sitio ni el momento. Sólo quería sugerir con él que tal vez

[…] con la obra de Alexandr Zinoviev, “El Demonio” del amigo ruso, pase algo parecido a lo que ocurrió con Maquiavelo. Eso sí: dentro de unos años, cuando los ecos de la guerra fría sean ya sólo eso, ecos en nuestras mentes. Zinoviev no es propiamente un novelista, ni un sociólogo ni un politólogo. Es un narrador de la mecánica social, un estudioso de la lógica del espíritu comunitario. Es un hombre que declara la aspiración de hacer ciencia de lo social. Un hombre que ha encontrado otra forma, y muy peculiar, de decir la verdad en una época en que la mera expresión “decir la verdad” está mal vista. Y doblemente mal vista cuando la verdad que se dice es igualmente amarga para los ideólogos de aquel sistema llamado “comunista” como para los ilusos del final de las ideologías. Él ha hecho la crítica más drástica, más radical, de lo que se llamó comunismo o socialismo real y, al mismo tiempo, la crítica más contundente y despiadada del occidentalismo capitalista.

El lógico y filosofía de la ciencia ruso era uno de esos autores que daban muy pocas cosas por supuesto. No se dejaba coger por el recubrimiento ideológico de las palabras al uso. Sabía que ésa, la ideológica, había sido siempre la forma en que los hombres prostituían las mejores palabras y vendían el concepto al mejor postor.

En esto Zinoviev tiene algo del Voltaire recordado por Musil: “Los hombres se sirven de las palabras para ocultar sus pensamientos y de los pensamientos para justificar sus injusticias”. He aquí su versión del viejo asunto: ”El poder de las palabras sobre los hombres es en verdad sorprendente. En lugar de utilizarlas sencillamente como medios que permitan fijar los resultados de las observaciones sobre la realidad, los hombres sólo ven la realidad bajo el deslumbramiento de las palabras y casi siempre consideran ésta como algo secundario por comparación con lo que constituye su principal preocupación: la manipulación de las palabras”.