Comentario de Ernesto Gómez de la Hera

Rspuesta de Ernesto Gómez de la Hera al último comentario de José Luis Martín Ramos. El debate sigue en plena forma, lleno de interés.

NOMINALISMO Y MATIZACIONES

Cuando comenzamos este intercambio de opiniones mi punto principal era, tras una coincidencia casi total en significados y causas del ascenso de Vox, la queja por la tardanza de la izquierda catalana (y de toda España), además de lo débil que sigue siendo hoy, en combatir el origen de este peligroso cáncer (prometo no volver a introducir símiles biológicos). Se trataba, en suma, de indicar aquello de “ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio”.
Sin embargo, el uso del término “catalanismo” por mi parte parece que nos ha conducido a un debate de carácter nominalista. No pretendo ahora escurrir el bulto, pero no creo que sea fundamental, en este caso, el asunto de las denominaciones y definiciones. Aparte de la conocida opinión de Humpty-Dumpty sobre el significado de las palabras (que son una muestra de poder), la verdad es que sí hubiera una izquierda democrática que se dedicase a combatir todos los fascismos (empezando por los más próximos) el tema de unificar los términos no sería relevante. Dicho esto, me reafirmo en mi opinión de que, políticamente, el catalanismo es equivalente al nacionalismo catalán, pues así se ha construido a lo largo de su historia. En cambio el españolismo no equivale (utilicé a Julio Casares, por su antigüedad, para argumentar esto, pero también podría haberlo hecho de manera más extensa) a nacionalismo español. Por supuesto, una vez que hemos coincidido en que todo esto se desarrolla a lo largo del tiempo histórico, reconozco que podría llegar a ser así y que, seguramente, el crecimiento de Vox ya anuncia algo parecido. En todo caso es interesante observar que el uso del término españolismo como equivalente a nacionalismo ha sido iniciado por sus adversarios, mientras que la equivalencia paralela del catalanismo lleva decenios siendo usada por los impulsores (y sucesores de Prat, que lleva más de un siglo muerto) del nacionalismo catalán.
Aplaudo cualquier propósito de defender la verdad histórica en la lucha política y me parece encomiable el no querer dejar al adversario su reinterpretación (acaba de aparecer un libro cupero que está reinterpretando a Layret) y las definiciones. Pienso que los términos catalán y español son suficientemente útiles para designar a quienes, ciertamente a veces con algún punto chauvinista, defienden los derechos democráticos personales que hay que defender, pero no insistiré en que sean los únicos. Aunque dudo que haya mucha gente que use los preferidos por J.L.M. Ramos con el espíritu democrático de este.
Creo que lo anterior es lo sustantivo de la cuestión, pero no me resisto a añadir algunas puntualizaciones secundarias al argumento principal.
Coincido en lo de la “primavera de los pueblos de 1.848” como parteaguas clave en este asunto de las naciones y del nacionalismo. Antes del desenlace final de aquello Engels publicó unos cuantos artículos en la NRZ, donde ya se prefiguraban las divisiones a futuro. Claro que, como Engels tenía una intención política y no académica, escribía llevando el agua a su molino y así acabó siendo acusado de denigrar a ciertos pueblos “sin historia”. Y esto ha llevado a cierta morigeración al escribir y, peor, al actuar.
Discrepo de lo dicho sobre Serbia y el “yugoslavismo”. El propio Lenin afirmó que la guerra de 1914, en el caso serbio, no era imperialista, sino de liberación. Cosa diferente es lo que sucedió después de Versalles, cuando el gobierno de Clemenceau entregó toda la finca sudeslava al rey de Serbia. Lo que conllevó un enfrentamiento diplomático franco-italiano y dió alas (Fiume/Rijeka) al fascismo (y a los futuros “ustachas”).
Pienso que el papel del obispo Torras fue casi igual de decisivo al reinterpretar la historia de Cataluña. Y el obispo pudo extender su influencia nacionalcatólica a los del “otro lado”. No hay que olvidar en que seminarios se formaron los principales ideólogos del nacionalcatolicismo franquista: Gomá y Pla.
Respecto a Pi y Almirall, me parece que es obligado añadir algo. Pi era un hombre del pueblo humilde y nunca pretendió salirse de las formas de socialización de las clases subalternas y de su plebeyismo. Almirall siempre aspiró a su propio ascenso social (era un arribista típico) y esto, más que sus diferencias políticas, originó las repulsivas frases que llegó a escribir sobre Pi.
Por lo que hace a las definiciones del PCE es exacto lo que escribe J. L. Martín Ramos. Sencillamente, como casi siempre, una cosa es lo que se dice y otra lo que se practica. Por eso yo hablaba de oportunismo, tanto al quitar como al poner, en el tema del leninismo. Aún peor es si no se comprende (como yo creo que es el caso de la actual dirección del PCE) que es lo que deberíamos haber aprendido de Lenin (y de Marx y Engels).
Barcelona, 14 de febrero del 2.021


Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo, rebelión y Papeles de relaciones ecosociales.

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