Entrevista a Miguel Candel sobre Ser y no ser. Crítica de la razón narcisista (y III)

Entrevista a Miguel Candel sobre Ser y no ser. Crítica de la razón narcisista (y III)
“La sociedad (el Estado) está obligada a salvar, con la enseñanza obligatoria, el desnivel entre nuestros conocimientos inmediatos y los posibles”

 

Miguel Candel Sanmartín nació en Barcelona en 1945. Licenciado en Filosofía y Letras en 1967, doctor en Filosofía en 1976, fue profesor no numerario de Filosofía Antigua en la UB hasta 1977 y, posteriormente, profesor de griego (y filosofía) en el Instituto Puig Castellar de Santa Coloma de Gramenet (Barcelona) hasta 1988. Ha ejercido como traductor en la Secretaría de las Naciones Unidas (Nueva York), y en la ONUDI (Viena), así como en la Comisión Europea (Luxemburgo). Desde 1992 es profesor titular de Historia de la Filosofía en la UB.

Traductor de Aristóteles al catalán y castellano (Órganon, Acerca del cielo, Meteorológicos, De l’ànima), ha publicado en Montesinos: Metafísica de cercanías y Tiempo de eternidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Unas preguntas más querido amigo. Ya que hemos hablado y seguimos hablando de metafísica, ¿se necesita en tu opinión alguna formación especial, una sensibilidad singular, para adentrarse y andar cómodo en este tipo de reflexiones?

Se necesitan dos cosas: 1) curiosidad y 2) capacidad de concentración. Lo primero sin lo segundo lleva a la dispersión, a la actitud propia de una mente mariposa que va de flor en flor pero no produce miel. Lo segundo sin lo primero lleva al encapsulamiento mental y a la parcialidad (aunque esto puede ser bueno para dedicarse a algunas ciencias positivas que requieren un alto grado de especialización) .

También el paso siguiente es tuyo: “Existir es, para todo ente fenoménico, ocupar y recorrer un espacio y un tiempo (esto último, primordial respecto a lo primero, porque sin proceso no hay fenómeno). Ahora bien, la extensión espacio-temporal contiene un infinito (el llamado «infinito potencial»): luego toda existencia comporta una diferencia infinita respecto a la inexistencia”. ¿Nos lo traduces un poco? ¿Qué es eso del infinito potencial? ¿Por qué la extensión espacio-temporal contiene ese infinito potencial? Me sorprende ese “luego”. ¿Cómo derivas que toda existencia comporta una diferencia infinita respecto a la inexistencia? De hecho, si la inexistencia no existe, ¿cómo puede compararse con la existencia y medir sus diferencias?

“Infinito potencial” es un conocido concepto aristotélico que expresa la idea según la cual es imposible que exista realmente, en un momento dado, un conjunto de infinitos elementos, dados todos a la vez (eso es lo que Aristóteles llamaría un “infinito actual”). El infinito potencial, en cambio, es aquel conjunto cuyos elementos pueden ir dándose sucesivamente sin límite, aunque nunca lleguen a estar “reunidos” todos a la vez. El ejemplo típico es la magnitud extensa, que puede dividirse y subdividirse hasta el infinito sin que sea posible llegar a un punto en que no quepa división ulterior. Si, como creo, todo lo existente posee algún aspecto cuantitativo-extensional (aunque no necesariamente “corpóreo”) susceptible de análisis/división, está claro que contiene un infinito potencial. Por tanto, entre la inexistencia (el cero) y la existencia (que contiene, aunque potencialmente, un infinito) hay, como sostengo, una diferencia infinita. No hay que reducir el concepto de infinito a lo infinitamente grande, como suele hacerse. En el sentido antes expuesto, se puede decir que tenemos infinitos (potenciales, claro) hasta en la sopa.

Por cierto, en muchas de tus reflexiones Aristóteles está más que presente. Tu interés por él viene de antiguo; tu tesis doctoral versó sobre las categorías aristotélicas. Sin dudar de su enorme importancia filosófica en la historia de la filosofía, ¿siguen teniendo interés para nuestro hoy sus reflexiones filosóficas? ¿En qué ámbitos por ejemplo? Por ejemplo, hoy nadie hace lógica al estilo aristotélico aunque, por supuesto, demos la importancia que tienen a sus aportaciones en esta disciplina.

Aristóteles (de cuyo nacimiento, por cierto, se cumplieron 2.400 años en 2016, hecho que pasó sin pena ni gloria en el mundo académico de este país enfermo de presentismo, que es la enfermedad más tonta que uno puede padecer, pues el presente muere tan pronto como nace), Aristóteles, digo, no hizo ninguna aportación intelectual carente de ingenio, pero no todas conservan su validez, como es lógico. En lógica, ya que la mencionas, sus esquemas inferenciales (los silogismos), sin dejar de ser válidos, están superados por sistemas de un grado mucho mayor de generalidad y formalidad. Lo cual no quita para que, al expresar sus razonamientos en lenguaje ordinario, la inmensa mayoría de la gente siga utilizando fórmulas silogísticas o muy próximas al silogismo. En física, en cambio, todo lo que corresponde al análisis cuantitativo de los fenómenos (leyes del movimiento, por ejemplo) no sólo está superado, sino que es erróneo (la idea, por ejemplo, de que un cuerpo en movimiento no “natural” ―natural, para él, es el movimiento de caída, por ejemplo― necesita la aplicación constante de una fuerza para seguir moviéndose, pues Aristóteles ignora el principio de inercia y no tiene en cuenta la fricción o resistencia del medio. Otra cosa es la base conceptual, no descriptiva, de su física, que sigue siendo tan válida en general como su metafísica (pues de hecho forma parte de ésta). Pero lo que conserva más actualidad, sin duda, son sus ideas éticas (al menos si ponemos entre paréntesis su legitimación de la esclavitud) y de filosofía política, en la que a veces parece estar hablando de lo que pasa hoy en Cataluña (por ejemplo, la relación entre ley, voluntad popular y justicia).

Tú has traducido varias obras de Aristóteles. ¿Nos cuentas qué libros has traducido o estás traduciendo? Desde tu experiencia de traductor, ¿presenta especiales dificultades el discípulo de Platón respecto a otros autores? No sé, respecto a Epicuro por ejemplo, al que creo que también has traducido.

Con los escritos de Aristóteles nos enfrentamos a una paradoja: en su época tenía fama de poseer un estilo literario florido y brillante; en cambio, lo que ha llegado hasta nosotros es esquemático y entrecortado, unas veces muy elíptico y otras, repetitivo. ¿Por qué? Sabemos que en vida publicó una serie de pequeñas obras, algunas en forma de diálogo (al estilo de su maestro Platón), pero sólo se nos han conservado fragmentos sueltos (la obra más completa, o que ha sido posible reconstruir a partir de diversas citas y fuentes, es la llamada “Exhortación”, más conocida por su título en griego: “Protréptico”). En cambio, textos que no estaban destinados inicialmente a la publicación, sino que eran materiales de uso interno de su escuela, el Liceo, sí han llegado bastante completos hasta nosotros (el que no estuvieran destinados a la publicación explica su árido estilo expositivo). Por tanto, traducir a Aristóteles, sin ser difícil desde el punto de vista puramente lingüístico, ya que emplea un vocabulario muy limitado, es difícil desde el punto de vista estilístico, pues hay que limar las aristas y tapar las grietas de su exposición sin añadir demasiado “relleno”, a fin de no alterar su significado. Con Platón pasa exactamente lo contrario. Lo poco conservado de Epicuro, en cambio, es bastante agradecido para el traductor (yo sólo he traducido la “Carta a Meneceo”), pues literariamente representa un punto intermedio entre los dos gigantes de la filosofía antigua.

Otra reflexión más, también tuya: “Relación ciencia-filosofía: no es necesario saberlo todo para saber (non multa sed multum); pero cuantas más cosas se saben, más se sabe”. Y ese saber de más cosas y con profundidad, ¿tiene algún límite? ¿Sólo el que sabe de algo puede filosofar sobre ese algo? ¿Se puede filosofar sobre lo real, sobre la realidad, sin tener conocimientos de mecánica cuántica por ejemplo?

Empezando por la última pregunta: sin duda alguna sí. Los conceptos de la mecánica cuántica son de un grado de generalidad inferior a aquellos de los que se ocupa la metafísica. Aunque, por supuesto, tener nociones de física moderna enriquece enormemente el contenido de nuestros conceptos generales sobre la realidad, que en caso contrario pueden resultar decepcionantemente vacíos. En cuanto a si el conocimiento en profundidad de las cosas tiene algún límite, pienso que no: de la misma manera que las magnitudes extensas son infinitamente divisibles, así también nuestros conceptos generales sobre la realidad. Lo que ocurre es que, cuando ciertos científicos “estrella” se ponen a hacer pinitos filosóficos, acostumbran a meter la pata hasta el cuezo (sólo superados por ciertos filósofos o afines dados a manipular conceptos científicos sacados de contexto: basta pensar en Lacan). Lo mejor es un honesto reparto de papeles entre ciencia y filosofía.

Vuelvo a tu trabajo de traductor. De los filósofos contemporáneos que has traducido, ¿te ha interesado alguno en especial? Por ejemplo, John Searle.

Sí, justamente John Searle me ha interesado de manera especial, por dos razones: 1) Porque me identifico bastante con sus planeamientos en la llamada “filosofía de la mente”. 2) Por su claridad expositiva no exenta de toques de humor (el típico humor anglosajón, que es el más refinado que conozco).  

En cuanto a Alan Sokal, al que también has traducido, ¿crees que es un notable filósofo de la ciencia aunque no sea un filósofo, digámoslo así, profesional?

Diría más bien que es un científico con sentido común filosófico, capaz de reconocer los presupuestos filosóficos subyacentes a conceptos que los científicos usan por lo general como si fueran simples y transparentes. Eso es lo que le llevó en su momento a indignarse ante el uso frívolo y abusivo que algunos pensadores (no sólo filósofos, sino también psicólogos, sociólogos y especialistas en “estudios culturales”) hacían de ciertos conceptos científicos complejos con los que es relativamente fácil dar gato por liebre a un lector poco avisado. Como sabes, su primera obra en esa línea, “Imposturas intelectuales” (que me tocó prácticamente retraducir entera al castellano, porque la primera versión tenía muchos errores, que el propio Sokal, que domina perfectamente el castellano, detectó), la escribieron mano a mano entre él y Jean Bricmont, profesor belga amigo suyo.  

Otro olvido. Hemos hablado de ontología y no te he preguntado por György Lukács. ¿Te interesa su Ontología del ser social? ¿En qué sentido usa el concepto de ontología el marxista húngaro?

¿Cómo no va a interesarme? Precisamente estos días le estoy hincando el diente a raíz de un texto que he tenido que redactar para el próximo congreso conmemorativo del duocentésimo aniversario del nacimiento de Karl Marx. Yo diría que Lukács (aunque el que sabe de esto, de verdad, es nuestro amigo Joaquín Miras) tiene un concepto de ontología a caballo de la filosofía tradicional y de la filosofía de Hegel: ni todo en el ser social (en la práctica, el ser humano) es esencia dada ni todo es creación. Aunque no te sabría decir la dosis exacta de cada cosa que hay en el ser social visto por Lukács (cuyo legado bibliográfico, por cierto, o al menos el acceso a él, está siendo víctima del anticomunismo visceral del actual gobierno húngaro del señor Urban, que de eso tiene poco, al parecer).

Tus aficiones metafísicas no coinciden, en principio, con las reflexiones de un maestro y amigo tuyo, Manuel Sacristán (en 2025 celebraremos su primer centenario). ¿Realmente fue Sacristán, como a veces se afirma, un filósofo antimetafísico, contrario a la metafísica? ¿Realmente pensaba que estas reflexiones filosóficas, por decirlo mal y en términos carnapianos, eran bla-bla-bla?

Creo que Manolo no tenía nada, pero nada, oiga, de “antimetafísico” (aunque vivió en una época en que era frecuente, sobre todo entre la izquierda, usar el adjetivo ‘metafísico’ como un descalificativo). Más allá de las palabras, basta leer su tesis doctoral, sus escritos sobre el filosofar de Lenin o sobre el concepto de ciencia en Marx, para darse cuenta de que su “anti-” había que anteponerlo a determinados productos del pensamiento metafísico, pero ni mucho menos a todos.  

¿Existe, es reivindicable, es construible, una ontología, una metafísica inspirada en la obra de Marx y de autores de la tradición marxista? Tu misma obra, ¿podría ubicarse en esas coordenadas?

La obra de Lukács, que citábamos hace un momento, es perfectamente ubicable ahí. No es la única. El recientemente fallecido Domenico Losurdo tiene también escritos asimilables a ese tipo de reflexión. Aunque más centrados en la crítica cultural (que siempre presupone una cierta “ontología del ser social”), se puede situar ahí a Fredric Jameson y a otros críticos anglosajones del “posmodernismo” (Terry Eagleton, Alex Callinicos, etc.). En cuanto a mí, diría que hay un claro divorcio entre los escritos en que recurro al pensamiento de Marx (escritos, sobre todo, de intervención política) y los escritos más teórico-filosóficos, en que soy muy, pero que muy tradicional. O sea que…

¿Crees como Aristóteles que los seres humanos somos unos seres que por naturaleza deseamos saber? ¿Por qué es así? ¿No hay mucha empiria que te contradice o cuando menos te pone en dificultades? Yo conozco a muchos seres que son o dicen ser humanos pero que lo que desean realmente es el dinero y el poder, y el saber les importa un pimiento o un carajo. No desean saber; sus deseos son de otro orden.

En una cosa al menos tenía razón Rousseau: para conocer la verdadera naturaleza, la naturaleza nuda, del ser humano, hay que observarlo en un estadio previo a su socialización. (Y eso pese al hecho evidente de que el hombre es un ser social “por naturaleza”; pero incluso eso, en forma de carencia, se manifiesta cuando aún no ha sido socializado.) Pues bien, en ese estadio previo el ser humano trata afanosamente de explorar el entorno, de conocerlo y reconocerse en él. Claro que eso es seguramente común a todos los animales. Pero Aristóteles, cuando atribuye el afán de conocimiento a los seres humanos, no dice que sea un rasgo exclusivamente suyo. Y tampoco es verdad que los afanes que atribuyes a esos individuos obsesionados con los bienes materiales no tengan nada que ver con el deseo de conocer: son bienes que satisfacen a los sentidos, y es en ese estadio básico, puramente sensorial, donde Aristóteles sitúa el deseo de saber, poniendo como ejemplo privilegiado el sentido de la vista. Claro que todos deseamos saber (verbo, por cierto, que etimológicamente significa “saborear”). Sólo que hay saberes cuyo logro exige mayor esfuerzo que otros, y es normal que apliquemos la ley del mínimo esfuerzo (que al fin y al cabo es una ley física). Pero es también una ley económica: el esfuerzo aplicado será proporcional a la satisfacción esperada. El problema, para muchos (la gran mayoría, creo), es que no tienen suficiente información previa sobre la satisfacción que pueden esperar de determinados conocimientos. Cuanto más sabemos, más deseamos saber. Y a la inversa. Por eso la sociedad (el Estado) tiene la obligación de salvar, con un sistema de enseñanza obligatoria, el desnivel que separa nuestros conocimientos inmediatos de nuestros conocimientos posibles, intervención sin la cual la humanidad en su conjunto no superaría nunca el nivel de conocimiento representado por la observación casual, la habladuría y el mito, que hoy por hoy es lo que sigue predominando en nuestra sociedad.

Una hermosa forma de concluir nuestra conversación. Mil gracias querido amigo, querido maestro.  

Primera y segunda partes de esta entrevista:
1ª. Entrevista a Miguel Candel sobre Ser y no ser. Crítica de la razón narcisista (I) “El narcisismo, aparte de una aberración conceptual, es una de las enfermedades sociales más graves que padecemos” http://www.rebelion.org/noticia.php?id=246375 .
2ª. Entrevista a Miguel Candel sobre Ser y no ser. Crítica de la razón narcisista (II). “La metafísica puede parecer inane, uránica y escapista, pero tiene muchas más consecuencias prácticas de las que uno podría pensar a primera vista”. http://www.rebelion.org/noticia.php?id=246585

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