Entrevista a Nazanin Armanian sobre la situación política en Irán (y IV)

Entrevista a Nazanin Armanian sobre la situación política en Irán (y IV).
Pensábamos que un régimen peor que el del Sha era imposible. ¡Grave error! Pasamos de una dictadura semilaica a un totalitarismo medieval religioso.”

Rosa Guevara Landa y Marta Roca

Integrada en el movimiento comunista iraní desde los 15 años, activista política contra la dictadura semilaica del Sha y el totalitarismo religioso de Jomeini, Nazanin Armanian se exilió a España en 1983. Sus áreas de trabajo e investigación son Oriente próximo, Asia central, el “espacio islámico”.
Una versión parcial de esta entrevista se publicó en la revista El Viejo Topo del mes de junio.

Estábamos aquí. ¿Nos recuerda ese apoyo?

El Partido Tudeh de Irán (PTI), apoyó a Jomeini, tras importantes discrepancias en el Comité Central (en el exilio desde 1953) que terminaron con el cese del Secretario General Iraj Eskandari (1907-1985), contrario a la defensa de los islamistas. Fue sustituido por Nureddin Kianuri (1915-1999), nieto de ayatolá, que creía en la posibilidad de transitar desde un régimen nacionalista-democrático, que a nuestro pesar caía en manos de los clérigos, hacia el socialismo. ¡Error! El paso al socialismo, desde cualquier sistema, solo es posible bajo la dirección de los comunistas. Miremos si no Iraq, Siria, Libia, Argelia, etc.

Desconocíamos el Islam y el Islam político. Era la primera vez que la casta clerical chií tomaba el poder. Que el Corán estuviera escrito en árabe imposibilitaba el acceso directo a su contenido a los estudiosos persas. Tampoco conocíamos la Sharia que luego fue introducida en el código penal y civil. Irán nunca fue gobernado por clérigos, siempre tuvo reyes.
La caída del Sha y la ausencia de una alternativa democrática a su régimen por la durísima represión ejercida por aquel déspota durante décadas no dejaba otra alternativa. Pensábamos que un régimen peor que el del Sha era imposible. ¡Error! Pasamos de una dictadura semilaica a un totalitarismo medieval religioso.
Las promesas de Ayatolá Jomeini, desde Paris, de respetar las libertades políticas, incluyendo la del partido comunista (entrevista con Eric Rouleau de Le Monde) y también los derechos conquistados por las mujeres en la era del Sha (entrevista con Oriana Fallaci para Corriere della Sera), y de que no las envolvería en el chador ni les aplicaría las leyes de hacía 14 siglos. Una vez en el poder, nos dimos cuenta de que había recurrido a taghiyya (disimulo, mentira), legitimado por el chiísmo.

Sí, sí, supieron engañarnos a todos.

Los islamistas recogieron las consignas de la izquierda (libertad, independencia y justicia social), a las que añadían un adjetivo “islámico”. Sobre la marcha entendimos que la justicia islámica no era otra que la ley de castigos islámicos, donde la justicia es sinónimo de castigo físico, acompañada por el pago de limosnas y otras fórmulas religiosas para mantener la pobreza. O que la libertad era para el “Partido de Dios”, Hizbulá (de donde adopta su nombre el partido libanés), por ser el único partido mencionado en el Corán. La terminología socialista que usaban, como “el Islam pertenece a los oprimidos, no a los opresores”, ocultaba que los “oprimidos” en el libro sagrado son los perseguidos por su fe y no los trabajadores. ¡Importante matiz teórico!

Lo es sin duda, muy importante.

La misma Constitución islámica divide a los ciudadanos en fieles y no fieles, musulmanes y no musulmanes, mujeres y hombres, todos desiguales ante la ley. La presidencia y los altos cargos, por ejemplo, están reservados sólo para varones, chiíes y fieles al jefe del Estado.
Los islamistas, de todas formas, iban a tomar el poder y no precisamente por el apoyo interior, ya que aparecieron meses después del inicio de las revueltas que estaban organizadas por la izquierda musulmana y marxista lo mismo que hicieron los Hermanos Musulmanes durante las revueltas egipcias!). En el otoño del 78 empezaron a aparecer furgonetas que repartían chadores entre las manifestantes y nos obligaban a separarnos de los varones. Las consignas se volvieron religiosas.
Fue en 2005, y tras la publicación de los documentos de la cumbre del G4 celebrada en la isla Guadalupe en enero del 1978, cuando conocimos las negociaciones entre los representantes de Jomeini y Jimmy Carter y Giscard d’Estaing, quienes le ofrecieron su apoyo a cambio de impedir la influencia de los comunistas y de la Unión Soviética en el nuevo régimen. También menciona este acuerdo el secretario de prensa de la Casa Blanca, Pierre Salinger, en su libro America Held Hostage by Iran.
En el mismo año, en 1978, EEUU hizo 4 movimientos simultáneos: armó a los yihadistas afganos para derrocar al gobierno socialista de Nayibula, envió a Jomeini a Irán para abortar la revolución, patrocinó al católico Lech Walesa en Polonia (los tres países con frontera común con la URSS) y colocó a Karol Wojtyła en la cima del Vaticano (polaco, anti teología de liberación), usando la religión para luchar contra la URSS y la izquierda.
Menospreciamos el fortísimo carácter antisocialista de los clérigos, sacrificando la lucha por la clase trabajadora ante la supuesta adversidad de los ayatolás hacia EEUU, pues ellos reivindican su independencia con respecto a otras potencias, para no tener que responder de sus actos ante ninguna institución mundial. De hecho la TI no reconoce ningún tratado internacional sobre los derechos de la mujer, la infancia y los trabajadores.
Jomeini aceptó el ofrecimiento de los torturadores del SAVAK, la policía política del Sha, para seguir con sus operaciones anti comunistas a cambio de ser perdonados.
El Tudeh creía que Jomeini era una persona honesta y se podría influir sobre sus decisiones a favor del pueblo. Una ingenuidad absoluta con respecto a un sacerdote mayor, fanático y fundamentalista que pretendía instaurar en el Irán de finales del siglo XX el califato de Mahoma, un árabe del siglo XII. Jomeini instauró la figura Velayet-e faghih (gobierno del docto islámico, una Califa con los poderes de un monarca absolutista), inexistente en el chiismo, y a su beneficio: fue un signo de la contrarrevolución, y, a pesar de criticarla, nosotros no advertimos el peligro que suponía para la vida política del país.
Además, se nos escapó los cambios que sufrió el propio Jomeini después de la toma del poder, y confundimos el respeto a las creencias de las masas con la aceptación del programa retrógrado político-religioso-social de los sacerdotes. ¡Esto es justamente otro de los errores que comete la izquierda europea y latinoamericana: apoya a los imanes de las mezquitas, hombres oscurantistas y reaccionarios, y la construcción de más mezquitas -quizás como una reacción ante los abusos de la iglesia católica-, pensando que así están defendiendo los derechos de los emigrantes, pero no tienen en cuenta que 1) el principal rasgo identitario de estos migrantes es ser trabajador, que no su fe, 2) que subrayar las diferencias entre la clase trabajadora sólo beneficia a los empresarios, y 3) que la única manera de que se respete la espiritualidad individual de las personas es reducir el peso de los estamentos religiosos y defender el laicismo en la sociedad y en el poder.
En 1982, Jomeini, al aprobar “La ley de los que entran en guerra con Dios», creó el fundamento de un estado policial sin precedente en la historia moderna de Irán. Cualquier crítica se consideraba “guerra contra Dios”. Permitimos que prohibieran los sindicatos independientes, el derecho a la huelga, a la manifestación, etc. Impedíamos huelgas de obreros -que habían esperado muchos decenios para que los atendieran-, porque “debilitaban la revolución”, “hacían el juego al enemigo” (como si importase quién te oprime). Les despojamos a los trabajadores sin su única arma. Miles fueron detenidos y luego ejecutados.
Pensábamos que el ayatolá Jomeini, honesto, evitaría la corrupción, nacida del aumento espectacular de precio del petróleo. ¿Cómo es posible, si no había ningún órgano del control popular sobre la gestión de quienes sólo admitían el control de Dios, lo mismo que afirman los sacerdotes cristianos?

Pero a veces los islamistas se presentan como anticapitalistas.

Los islamistas pueden ser anticapitalistas, que no anti-economía de mercado, en la medida en que este sistema perjudica a las estructuras precapitalistas de sus sociedades y daña su influencia y poder.
A pesar de ver ya por dónde iban sus políticas, no podíamos discutirlas en un congreso. Seguíamos en un estado semiclandestino. La velocidad de la marcha de los acontecimientos (la toma de la embajada de EE.UU., la invasión de Irak, la declaración de la lucha armada por parte de distintos grupos) hacían imposible una reflexión reposada sobre lo que estaba ocurriendo.
Las amenazas de una agresión militar de EEUU paralela a la de Irak (1980-88) otorgaba la prioridad de la defensa a la patria sobre la lucha por la democracia. Tampoco sabíamos entonces las razones de la negativa de la TI a la petición de paz de Saddam en 1981. “La guerra es la gracia de Dios” dijo Jomeini, y la alargó siete años más con cientos de miles de muertos y millones de mutilados. Bajo la cortina de humo de la guerra patriótica, la ultraderecha religiosa tomó el poder, aplastó a todas las fuerzas políticas, sindicales, feministas, estudiantiles, detuvo a decenas de miles de activistas de todos los colores, los torturó y los ejecutó. En 1988 ya habían fusilado a unos 15.000 activistas. Fue cuando el ayatolá Montazeri, el sucesor de Jomeini, renunció y empezó a luchar contra él (ver mi artículo “Teología islámica de liberación” http://www.nazanin.es/?p=30).
Aceptamos el sacrificio de las libertades a cambio de mejorar la situación de los pobres. ¡Esta visión atropella el abecé del marxismo y su lucha de clases! Los trabajadores necesitan los partidos comunistas y los sindicatos para defender sus derechos. Nadie más lo va a hacer por ellos.
La política económica de la TI era desconcertante: construyó carreteras, viviendas, hospitales en las zonas rurales, mientras destruía a la clase media del país. Repartía la pobreza y no la riqueza, a la vez que se lucraban con la inflación y la especulación propias de las guerras y el aumento del precio del petróleo y convertía a los receptores de estas ayudas en su brazo militar-religioso.
Las luchas internas de la propia RI, así como atentados oscuros que eliminaron a los pensadores y políticos progresistas chiíes como los ayatolás Beheshti y Taleghani, contrarios a la figura Velayet-e faghih aumentó el balance del poder a favor de los derechistas. Hasta los propios ayatolás, entre ellos el ayatolá Kazemini Boroujerdi, que lleva en prisión desde 2006, criticaron el abuso del Islam por parte del régimen y pedían la separación entre la religión y el Estado.
La TI no pudo crear la sociedad justa y libre con el Corán en mano, y decidió realizar una profunda restauración religiosa prohibiendo la música, el baile, el arte, las fiestas milenarias persas, los colores vivos, hasta crearon leyes que multan reír en la calle o besarse en el propio domicilio.
Tuvo un papel primordial el ejercicio de una violencia despiadada, aunque astutamente dividido en etapas, mediante los tribunales inquisidores. Carecíamos de cultura de defensa de los derechos humanos. Insensibles a la tortura, los castigos físicos a los niños, mujeres, a los débiles, etc. (Lo mismo que este sector de la izquierda mundial). Irán es el primer país que ejecuta a menores. La ley islámica considera adultas a las niñas a los 9 años y a los chicos a los 15.
Los nuevos hombres que tomaron el poder eran antiguos excluidos sociales. Gentes arrancadas de su clase que paseaban por el limbo se apuntaron al partido del poder. Confundimos al lumpenproletariado con los trabajadores, por su aspecto. Sin duda es recomendable la lectura de “El 18 brumario de Luis Bonaparte” de Marx para saber quiénes componen este grupo social y cómo actúan.
Entre 1980 y 1983 cerraron las universidades para hacer una “Revolución cultural” (de nuevo, ideas de izquierda pero tergiversadas), expulsaron a miles de estudiantes, otros tanto detenidos y ejecutados. En su lugar entraron los basiyies (grupo semejante a los Camisa Pardos) y los guardianes islámicos, los familiares de los mártires de la guerra (como Ahmadineyad) sin pasar por la selectividad.
No captamos los peligros del aumento del poder político y social de los Guardianes Islámicos y sus decenas de brazos paramilitares en tareas de escuchas y vigilancia de los ciudadanos, utilizando masivamente a los mutilados de la guerra. Quizás los confundimos con el papel progresista que jugaron los militares en el nacionalismo árabe.
Aceptamos, sin la lucha que se merecería, la conversión de la mujer en un subgénero en las leyes que aprobaron, despojándolas de todos los derechos conseguidos durante décadas.
Nuestra política era “apoyar y criticar” a la TI. Sin embargo ella utilizaba nuestro “apoyo” para cubrirse de legitimidad en la escena interna pero sobre todo en la internacional, y ni caso a las críticas.
En 1982 ya sabíamos que todo estaba perdido. Aquello ya era un régimen totalitario de corte fascista. Los cuadros se preparaban para regresar a la clandestinidad. Pero ya era tarde.
Con la TI, los iraníes no solo no consiguieron libertades políticas ni una redistribución justa de los recursos del país, sino que además perdieron hasta las libertades personales –como elegir la indumentaria, e incluso sus colores.
A pesar que aun suena en los oídos el discurso de los islamistas cuando tomaron el poder, en el que prometían agua y luz gratuitas para toda la población, mientras manejan el gobierno más rico de la historia de Irán en cuya caja ha entrado en los dos últimos años unos 120.000 millones de dólares gracias al oro negro. El aumento del déficit público ha arrojado al 45% de la población por debajo del umbral de la pobreza, según el ministerio de Bienestar Social.
En febrero del 1983, los domicilios de miles de militantes y simpatizantes del PTI, así como 54 miembros de la dirección del partido fueron asaltados. Las inimaginables torturas a las que fueron sometidos los dirigentes (muchos mayores de 70 años) y cuadros del partido es otro capítulo de la oscura relación de la TI con los servicios de inteligencia occidentales.

La escalada de la tensión entre EEUU e Irán durante estas últimas semanas no parece anunciar nada bueno. ¿Cómo valora esta escalada?

Israel y los NeoCon estadounidense siguen intentado empujar a Trump a un ataque militar contra Irán antes de las elecciones del noviembre. El régimen islámico también necesita esta tensión -siempre y cuando pueda controlarla- como cortina de humo de la catastrófica gestión del COVID19. Rohani ha cedido a la presión de los clérigos más “mercantilistas” que exigen la apertura de las santuarios y mezquitas que puede matar a otros miles de iraníes.

¿Quiere añadir algo más?

Creo que ya he contado lo fundamental.

Fuente: El Viejo Topo, junio de 2020/ Espai Marx.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles ecosociales.

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