Entrevista a Santiago Álvarez Cantalapiedra sobre La gran encrucijada. Crisis ecosocial y cambio de paradigma (*y III)

Entrevista a Santiago Álvarez Cantalapiedra sobre La gran encrucijada. Crisis ecosocial y cambio de paradigma (*y III)

Si queremos salvar al planeta, y salvarnos nosotros, de este capitalismo invasivo debemos construir otra subjetividad.”

Licenciado en Ciencias Económicas por la Universidad de Valladolid, Santiago Alvarez Cantalapiedra es Doctor en Economía Internacional por la Universidad Complutense de Madrid y ha ejercido la docencia en ambas universidades.
Director del FUHEM Ecosocial y de la revista Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, es también miembro del consejo editor de la colección de libros “Economía Crítica & Ecologismo Social” y del consejo de redacción de la Revista de Economía Crítica.
Autor de numerosos artículos y capítulos en libros colectivos sobre necesidades sociales, consumo y las relaciones entre el bienestar social, la calidad de vida y la sostenibilidad en el marco de la globalización capitalista y la crisis económica.
La gran encrucijada. Crisis ecológica y cambio de paradigma ha sido publicado por Ediciones HOAC en julio de 2019. En sus tesis y argumentos centramos nuestra conversación.

Nos habíamos quedado aquí. El apartado siguiente está dedicado a la era de las consecuencias, “un período en el que debemos convivir de forma inevitable con las consecuencias de la crisis ecosocial”. Pero… ¿podremos convivir? ¿Será posible convivir humanamente, respetando nuestro entorno, en el panorama que usted mismo describe?

Hubo la oportunidad de revertir muchas cosas hace cuarenta años cuando se empezó a conocer la gravedad de la crisis ecológica. Pero en lugar hacerlo, se inauguró un orden neoliberal que tomó la dirección contraria: más comercio y a mayores distancias, más desregulación y mercantilización, menos mecanismos de protección de la sociedad y de la naturaleza. Ahora toca asumir que el cambio climático está aquí y que padeceremos sus consecuencias, que se han superado de manera irreversible algunos umbrales críticos y que en ciertas partes del mundo se está padeciendo desde hace tiempo la combinación de la crisis ecológica con los impactos de otras crisis preexistentes ligados a la pobreza y a la desigualdad, multiplicando y amplificando los conflictos. En la última década se han disparado los conflictos armados, adoptando la mayoría de ellos la forma de conflictos internos. En la actualidad hay treinta y seis conflictos armados registrados en el mundo y noventa y seis escenarios de tensión que están provocando la huida de millones de personas. Según el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), el desplazamiento forzado alcanzó en el año 2014 una magnitud que no se había registrado desde la II Guerra Mundial. Pero junto al hecho incontestable de que los conflictos armados provocan la huida masiva de la gente, nos encontramos con otros procesos menos evidentes ―como el acaparamiento de tierras, el extractivismo minero y energético, la desertificación o el anegamiento de zonas densamente habitadas― que también están expulsando (y en el futuro inmediato lo harán de manera más intensa) a muchas personas de sus hábitats por motivo de simple supervivencia. Es en este mundo en el que debemos aprender a convivir si queremos perdurar, buscando fórmulas de cómo vivir y organizar la vida social satisfaciendo las necesidades de las personas respetando los límites naturales.

También habla de injusticia ambiental. ¿De qué tipo de injusticia estamos hablando? ¿Es propiamente una injusticia? ¿Hay tribunales para juzgarla? Cierra este capítulo, el octavo, con esta afirmación: “Las sociedades opulentas, y las europeas en particular, están obligadas a responder a este desafío global asumiendo sus responsabilidades” ¿Quién las puede obligar o convencer? No parece que estén en predisposición de hacerlo.

El cambio climático es un fenómeno muy cruel que está castigando en mayor medida a quienes menos han contribuido a él. Los más pobres, cuyas formas de vida tienen bajos niveles de emisiones, son los más vulnerables ante las consecuencias de las catástrofes climáticas. Los ricos comprarán su salida. Se mudarán de las zonas inundables por la subida de los océanos a los lugares más seguros y se harán con las tierras más altas a medida que resulten inhabitables otras zonas; asegurarán sus propiedades contra los riesgos asociados a eventos extremos y podrán disfrutar de más aire acondicionado en sus casas cuando se incrementen las olas de calor. Aquí late una injusticia. No es nueva, se encuentra presente siempre en cualquier cuestión ecosocial. Unos participan de las ventajas que trae el progreso y otros solo soportan los costes y los riesgos asociados a la prosperidad material que los primeros disfrutan. Junto al desigual reparto de los frutos del progreso –en forma de ventajas y oportunidades, costes y riesgos, etc.-, la suerte de la gente también dependerá de los mecanismos de protección o redes de seguridad que encuentren a su disposición, y los pobres dependen sobremanera de que existan redes de carácter público. En la catástrofe del huracán Dorian, que ha asolado la isla Gran Ábaco al norte de las Bahamas, han resultado cruciales en las tareas de evacuación las fuerzas de seguridad privadas al servicio de los residentes ricos; no es difícil adivinar que los últimos en evacuar fueron los pobres. Y lo mismo pasa con los países. Europa participa de un modo de vida imperial, por lo que su responsabilidad es mayor.
En cualquier caso, hablamos de una injusticia estructural imposible de exigir en los tribunales, pero básica para enjuiciar política y moralmente el sistema socioeconómico hoy vigente y los comportamientos cotidianos de esta civilización industrial capitalista. El problema es que hoy no se consideran inadmisibles estas situaciones de injusticia. De ahí que, en mi opinión, no estaría de más recuperar nociones como la del “pecado”, que desde una lectura secularizada nos confronte con lo inaceptable. A cuestiones como esta me refiero en el capítulo final sobre el papel de las religiones en la crisis ecosocial.

Hablamos de ello más tarde si le parece. Entramos en la tercera parte del libro, el dedicado al cambio de paradigma. El primer capítulo de esta parte lleva por título: “De las necesidades del capital a las necesidades humanas”. ¿Cuándo puede afirmarse que una necesidad es propiamente una necesidad humana? ¿Solo debemos tener en cuenta nuestras necesidades como especie? De hecho, usted mismo admite que el concepto es poliédrico y que, recordando a Gramsci, vivimos en un mundo grande y terrible.

Hay dos criterios para identificar las necesidades humanas: el criterio de la universalidad y el de la indispensabilidad; el primero nos dirá que aquel bien que hemos identificado es una necesidad humana porque está presente en todos los seres humanos de cualquier sociedad y época; el segundo nos advertirá de que solo podrá ser considerada como necesidad aquella que si no se satisface provoca una pérdida o un daño grave en la persona. Son criterios útiles para diferenciar las necesidades de los deseos subjetivos y las aspiraciones particulares que forjan los privilegios. Por supuesto, la satisfacción de las necesidades humanas no se debería hacer de espaldas a las necesidades de otras especies; formamos parte de un ecosistema y si no corregimos nuestro antropocentrismo corremos el riesgo de tirar piedras sobre nuestro propio tejado. Con lo dicho tenemos una guía útil, pero no la solución al problema. Al final siempre estará la disputa política por la interpretación de cómo satisfacemos nuestras necesidades.

Habla usted en este apartado del buen vivir y de la calidad de vida. Empiezo por lo segundo: esto de la calidad de vida, ¿no es algo muy subjetivo, muy de cada uno? Por ejemplo, para muchas personas, calidad de vida es poder viajar mucho en avión y poder “conocer” mundo y más mundo; no lo es, en cambio, para otras. Le pregunto casi lo mismo sobre el buen vivir. ¿Qué es para usted el buen vivir? ¿Cómo podría convencerme de que su buen vivir es mejor que el mío?

La noción de calidad de vida es multidimensional. Una de esas dimensiones tiene que ver con garantizar la cobertura de las más elementales necesidades materiales, es decir, implica disponer, por ejemplo, de ingresos, bienes y servicios suficientes para poder hacer frente a los estados de necesidad en una sociedad. Pero la calidad de vida es algo más que eso. Si preguntamos a la gente acerca de una vida de calidad lo habitual es que incorporen en sus respuestas alusiones a la salud o al disfrute del tiempo libre y la compañía de sus seres queridos. Así pues, la calidad de vida es un concepto multidimensional que incorpora tanto lo que tenemos, como lo que hacemos, sin olvidar dónde y con quién estamos. Tener, hacer y estar son dimensiones siempre presentes en la evaluación de la calidad de vida. Cada una de estas dimensiones entraña, a su vez, aspectos objetivos y subjetivos. Los aspectos objetivos se refieren a las oportunidades que se nos abren en relación con los recursos a los que podemos acceder, las actividades que podemos desarrollar o las circunstancias en las que nos toca vivir. Los aspectos subjetivos tienen que ver con las valoraciones cognitivas y los sentimientos (positivos y negativos) que suscita todo lo anterior. Una vez resaltadas las dimensiones que abarca la calidad de vida, el concepto está abierto a las discrepancias en cuanto a su significado. La clave aquí está en que las personas debemos dar razones de ello. No vale sustraerse del debate público, decir que esta es mi opinión y punto final; no, hemos de razonar juntos sobre su significado cuando las consecuencias nos afectan a todos.

Añado: ¿no es el buen vivir un concepto más filosófico, incluso metafísico, que científico? ¿No es eso de lo que han hablado muchos filósofos y afines a lo largo de la historia y bastante menos los economistas o científicos sociales?

Estoy de acuerdo. Hablar de vida buena nos conduce a una discusión que desborda el plano meramente científico y que apunta al sentido y al valor que otorgamos a la vida. Ahora bien, podemos adentrarnos en esta tarea haciendo caso omiso de lo que nos dice la ciencia o asentándonos en ella. Es obvio que al señalar que este asunto desborda el campo científico defiendo que las respuestas a las preguntas filosóficas se abordan mejor desde el conocimiento científico que desde su ignorancia.