Francisco Fernández Buey y la perestroika (VI)

Francisco Fernández Buey y la perestroika (VI)

Salvador López Arnal (editor)

El autor de Marx (sin ismos) intervino el 4 de diciembre de 1996 en un programa matinal de TV3. En sus archivos de “Conferencias e intervenciones” puede localizarse el material que usó ese día. Lo tituló: “URSS/Rusia (1989-1996)”.
El escrito está estructurado en seis apartados.
En el primero, reflexionaba sobre las causas del final de la URSS. En estos términos:

«La inadecuación del sistema sociopolítico soviético a los cambios acelerados en la estructura económica e industrial de la URSS. Eso está en la base del progresivo descédito del sistema en muy amplios sectores de la población desde la década de los setenta.»

Como consecuencia de las diferencias de renta existentes en la industria y por la situación regional de las principales materias primas (Siberia y Extremo Oriente), se fue creando, espontáneamente, “un subsistema no planificado pero caracterizado por grandes migraciones de población y la creación de un tipo de trabajador que buscaba sobresueldos fuera del sistema planificado mientras el resto vivía en «desierto de soledad e indiferencia» (Eugenio Varga)”. Por otra parte, el retraso tecnológico de la URSS respecto de los EEUU en la fase decisiva de la llamada “segunda guerra fría” dejaba en gran parte sin valor “el enorme esfuerzo hecho por la industria militar soviética”. Fernández Buey recordaba además: 1. Las consecuencias de la ofensiva estratégico-militar norteamericana en el plano nuclear en la primera mitad de la década de los 80. 2. Las consecuencias psicosociales que había tenido en la mayoría de la población rusa la intervención soviética en Afganistán. 3. La imposibilidad de seguir manteniendo por la fuerza el sistema internacional creado en torno al Pacto de Varsovia como consecuencia de la amplitud y aceleración de las protestas gubernamentales (Rumanía, Albania, Hungría) o populares (Polonia, Checoslovaquia, RDA). 4. La imposibilidad de llegar a un acuerdo sobre la federalización de la antigua Unión al pasar a primer plano el problema de las nacionalidades y el resurgir de las tendencias nacionalistas en la gran mayoría de las repúblicas de la URSS (no sólo en los Países Bálticos, Armenia, Georgia y Ucrania, sino también en Rusia y Biolorrusia). 5. La división drástica de las élites gobernantes procedentes del PCUS desde 1989 en torno a las distintas versiones de la perestroika que hace crisis durante el año 1991.

El segundo apartado del escrito se titulaba “La estimación retrospectiva de los protagonistas”. Reflexionaba aquí el autor de Conocer Lenin y su obra sobre los escritos publicados en New Perspectives Quarterly de Los Angeles y en Courrier International nº 283, 4/10 de abril de 1996. Hablamos de ello en la entrega anterior. Recuerdo brevemente algunas de sus consideraciones:
1. Se trataba de un documento excepcional para interpretar las causas históricas del hundimiento de la URSS por el papel protagonista de los convocados. Era, además, un documento apasionante tanto desde el punto de vista político como para la historiografía. Mostraba hasta qué punto el pasado reciente se interpretaba en función del presente.

2. Gorbachov, que seguía teniendo clavada la espina de su derrota en la URSS por la oposición a su proyecto de nueva federación de la antigua Unión, pensaba en aquel momento que el asunto de la identidad nacional en la época de la globalización de la economía era el más aguado de los problemas del mundo actual, relacionando esto con sus argumentos de entonces para reformar -sin descomponer- la URSS.

3. Había un aspecto particularmente interesante en esta conversación: la interpretación más lúcida de los hechos pasados y de la situación presente la hacía Margaret Thatcher, que ya había sido derrotada en el partido conservador inglés en 1990.
Por otra parte, el único de los cuatro protagonistas que hablaba como demócrata de verdad, en el sentido occidental del término, el único que tenía un concepto serio de democracia y hacía consideraciones pertinentes relacionadas con el gobierno del pueblo (entonces y ahora), y que no se quedaba en apreciaciones sólo geopolíticas o de alta política, era Gorbachov, “cuyo predicamento en su país es, como se sabe, casi nulo (no llega ni al uno por ciento de los votos en las últimas elecciones legislativas y presidenciales en Rusia)”.

4. Gorbachov negaba el papel decisivo de la IDS reaganiana en la caída de la URSS con dos argumentos. Primero: no admitía que las reformas iniciadas en 1985-86, conocidas con el nombre de perestroika, hubieran sido una consecuencia de la ofensiva estratégico-militar de Reagan-Thatcher, sino una decisión propia motivada por la necesidad de abordar con una nueva óptica liberalizadora los problemas internos. Segundo: mantenía que la lección que podría sacarse de esta interpretación de Thatcher para el futuro sería errónea (seguramente pensando que tal interpretación daba alas a los críticos del gorbachovismo en la propia URSS, luego en la CEI).
«Gorbachov pone los acentos, por el contrario, en la decisión soviética de 1985, en el sentido de cambiar la política exterior (priorizar el desarme nuclear) y liberalizar las relaciones interiores para adaptar la estructura política de la URSS a los cambios que se habían producido en la economía y en la sociedad durante las décadas de los sesenta y setenta. Pero se ve obligado, naturalmente, a diferenciar lo positivo de la política de la perestroika (la liberalización y la tendencia pacifista) del resultado final de todo el proceso (la desaparición de la URSS), negativo también para él; de manera que, al valorar las causas del fracaso de la perestroika y del hundimiento de la Unión, tiene que poner el acento en otro asunto: las resistencias que hubo en la propia URSS a aceptar las reformas en curso, sobre todo en lo concerniente a la nueva configuración federal de la Unión

5. Tanto en el caso de Thatcher como en el caso de Gorbachov se trataba de justificar, con la distancia del tiempo, las respectivas políticas seguidas entre 1986-1990. En el caso del segundo se trataba de justificar en 1995 la voluntariedad de una política, la perestroika, que, obviamente, “conduciría al fracaso político de su principal exponente en Rusia y a la desintegración definitiva del sistema que se pretendía reformar”. Atender sólo, o principalmente, a los factores internos permitía descargar la culpa del fracaso o de la derrota en la incomprensión y el primitivismo de gran parte de las compatriotas. Eso ligaba con el hecho, indiscutible, de que Gorbachov había sido, al mismo tiempo, el dirigente ruso más popular en Occidente y más impopular en Rusia.

6. Mientras que en lo referente a la disgregación del Pacto de Varsovia Gorbachov pensaba que en 1989 se había creado algo así como un estado de necesidad y que, por tanto, la URSS ni tenía ni podía tener otra política distinta del dejar hacer, al analizar el hundimiento de la URSS en 1991 el antiguo secretario general del PCUS ponía, en cambio, el acento en la importancia que tuvo la acentuación de las tendencias centrífugas, disgregadoras y nacionalistas para el estado plurinacional que había sido la Unión Soviética….

El desarrollo posterior puede verse en http://www.rebelion.org/docs/263649.pdf

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