Francisco Fernández Buey y la Revolución de Octubre

Francisco Fernández Buey y la Revolución de Octubre

Salvador López Arnal (editor)

Para nuestros maestros.
Por aquel intento de asaltar los cielos de la justicia, la libertad y la igualdad.

La revolución de Octubre fue uno de los asuntos que más interesaron al autor de Marx (sin ismos) y Leyendo a Gramsci. Su primer libro publicado fue Lenin y su obra. Barcelona: Dopesa, 1977 (segunda edición: Barcelona: Dopesa, 1978).

Tras su fallecimiento, en el primer centenario de aquella revolución que quiso asaltar los cielos, la editorial El Viejo Topo publicó 1917. Variaciones sobre la Revolución de Octubre, su historia y sus consecuencias, un ensayo donde se recogen 26 textos de Francisco Fernández Buey sobre aquellos días que conmovieron el mundo, y su historia posterior y consecuencias.

Uno de los textos incorporados a este libro es una nota, fechada el 7 de noviembre de 1991, publicada en mientras tanto, nº 47, noviembre-diciembre de 1991, pp. 3-4, con el título: “1917 desde 1991”. No era fácil, había que “ir en serio”, había que tener mucho coraje político en aquellas circunstancias (caída del Muro, desintegración de la URSS, derrota del comunismo, “triunfo” y retorno al capitalismo más salvaje), para expresarse en los términos en que lo hizo el autor de La gran perturbación. Abría así su reflexión:
Sin ninguna duda, éste va a ser el peor año del siglo para recordar la revolución rusa de octubre de 1917. Los hombres tienen una inveterada tendencia a reinterpretar una y otra vez los acontecimientos del pasado en función de lo que manda en el presente. También en esta ocasión ha ocurrido eso: los lodos que anegaron la URSS durante el verano de 1991 se ven ahora por muchos como una consecuencia directa de aquella polvoreda. La soberbia socialdemócrata del ya lo decíamos nosotros compite estos días con la jeremíada de los que pretenden borrar las propias huellas y con el oportunismo de aquellos otros que dejan caer vergonzosamente el nombre de comunistas.

Por primera vez desde 1917, proseguía el entonces profesor de Metodología de las Ciencias Sociales, empezaba a hablarse con simpatía de los Romanov incluso en ambientes que se decían liberales.
Es la prolongación natural de las conmemoraciones innaturales de la revolución francesa, en las que Mitterrand embelleció a los monarcas de 1789 para romper definitivamente con los jacobinos e ir preparando la Santa Alianza de este final de siglo.

El amigo y compañero de Manuel Sacristán recordaba (solía hacerlo) que fue Alexis de Tocqueville, el gran teórico de la democracia moderna, quien había escrito:
Cuando se las mira de frente, las revoluciones deslumbran y sólo vemos sombras. Para llegar a ver sus luces hay que mirar más allá: hay que saber qué había antes de que la revolución llegara”. La advertencia se refería, obviamente, a la revolución francesa; pero vale igual hoy en día para la valoración rusa de 1917. Las luces de aquellos días que conmovieron al mundo siguen resaltando sobre las sombras del terror y de la guerra civil cuando miramos con detenimiento el estado en que volvían de la primera guerra mundial cientos de miles de campesinos hambrientos, ávidos no sólo de pan sino también de una esperanza, de una palabra nueva. Para muchos esa palabra nueva fue: soviet. Esto explica que muchas cosas de las que pasaron el 7 de noviembre de 1917. Olvidar que detrás de aquella revolución estuvieron la guerra y el hambre generados por el zarismo, quedarse en la discusión sobre las formas de entonces o pretender que aquel mundo hubiera cambiado aplicando técnicas democráticas de intervención política que ahora empezamos a conocer, es una presuntuosidad monstruosa, mero verbalismo de gentes hartas que no han tenido que sufrir en propia carne la violencia del absolutismo, la humillación del pobre campesino sin tierra, las durísimas condiciones de trabajo del proletariado industrial [la cursiva es mía]

De aquellas sombras, prosigue el coautor (junto a Jorge Riechmann) de Ni tribunos, brotaron otras luces, las luces de la revolución de octubre.
Pero de esas otras luces brotaron otras sombras. Algunas de ellas en seguida fueron visibles: los soviets de verdad estaban liquidados en 1923. Otras, sospechosamente inocuas, como si fueran chinescas: ya el viejo Lenin advertía a los suyos de la brutalidad de Stalin; y acertó al menos en dos puntos que habrían de resultar sustanciales: la insensibilidad de los problemas nacionales en el más complejo de los estados multinacionales del mundo de 1924. A pesar de todo, Lenin no alcanzó a ver la peor de las sombras: el asesinato de la mayoría de los compañeros revolucionarios de 1917. Para hacerse una idea de lo que debió ser aquella alargada sombra vale con un recuerdo: Svetlana Stalin tardó años en enterarse (a través de un periódico extranjero) de que su madre, la primera mujer de Stalin, se suicidó a consecuencia de que su marido la trataba como “un bruto animal”; durante todo ese tiempo creyó que su madre había muerto de un ataque de apendicitis, versión oficial (y familiar) del asunto. Otro ejemplo de que es, efectivamente, posible ignorarlo todo. Y no sólo en política. En lo más íntimo. [la cursiva es mía]

En opinión del estudioso de Albert Einstein, el año 1991, cuando aquella experiencia histórica que se había abierto en 1917 tocaba a su fin, era un buen momento para recordar “la gran fecha” reflexionando sobre las luces y las sombras de uno de los grandes acontecimientos del siglo.
Renovar la tradición comunista, volver a cargarse de razones en esta ya milenaria lucha contra la desigualdad social, de la que la revolución de 1917 fue un hito inolvidable, así lo exige. Porque el arrepentimiento sigue siendo, en estos tiempos, un doble error; pero el borrar las huellas del terror estalinista en nada ayuda a los jóvenes que, en las desigualdades del mundo de hoy, quieran recoger, como otros lo hicieron hace 74 años, al viejo testigo.

No fue esta, por supuesto, la última aproximación del autor a la revolución soviética. Fue en él, como se señaló, tema permanente, hasta el final de sus días.
Los editores de 1917 se vieron obligados (por la dimensión del libro publicado) a dejar muchos materiales en el tintero. El lector/a podrá encontrar una relación (parcial) de sus aproximaciones en las bibliografías publicadas en mientras tanto (S. López Arnal y Jordi Mir Garcia, “Bibliografía (provisional) de Francisco Fernández Buey”, mientras tanto, nº 119 (“Homenaje a FFB (1943-2013)”), pp. 155-201, http://www.rebelion.org/docs/167079.pdf) y en Papeles de relaciones ecosociales (S. López Arnal, “Artículos, notas, traducciones y cartas de Francisco Fernández Buey publicados en la revista mientras tanto”, Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, núm 144, 2019, pp. 165-176 http://www.rebelion.org/docs/255728.pdf.
Me detengo ahora, me limitaré a acompañar al autor, en uno de esos trabajos complementarios: una conferencia, no sé si finalmente publicada, impartida el 21 de marzo de 2000 en el Festival Altaveu de Sant Boi de Llobregat (una población obrera pegada a Barcelona por el sur): “La revolución rusa como problema histórico: 1860-1917” (su contribución a El Viejo Topo, extra n. 2, 1978, también se titulaba La revolución rusa como problema histórico”. pp. 6-9).
El texto (se guarda copia en la Biblioteca Central de la Universidad Pompeu Fabra) está dividido en siete apartados más una nota complementaria sobre “Palabras rusas que conviene recordar”.

[El autor junto a Manuel Vázquez Montalbán y Marta Harnecker]

En el primer apartado, el que fue uno de los fundadores de mientras tanto se expresa en los siguientes términos:
Si hacia 1840 se hubiera preguntado a cualquiera de los intelectuales, pensadores, economistas y sociólogos de Europa, ya fueran liberales o socialistas, por las posibilidades de una revolución en Rusia, creo que todos, casi sin excepción, habrían contestado con una sonrisa, con alguna broma o descalificando al encuestador. Por aquel entonces -repito, hacia 1840- en esta parte de Europa se pensaba que tal vez podía haber revoluciones en Alemania, en Francia, en Italia, quizás en Inglaterra o en España, pero de ninguna manera en Rusia.
Rusia era para los europeos occidentales, incluidos los intelectuales cultos y leídos, el país del absolutismo por antonomasia, el país de los siervos, el país de los tártaros, el país del atraso, un país semiasiático en el que nadie se mueve, un país “sin historia interior”. Pondré dos ejemplos excelsos de eso: el del gran historiador francés Jules Michelet y el de Karl Marx, dos de las personas más cultas y leídas de la época. Michelet pensaba que en el fondo de un ruso siempre hay un bárbaro: “Si se rasca a un ruso aparece un tártaro”, escribió. Y Karl Marx, que hacia 1850 se dedicó a consultar casi toda la bibliografía disponible sobre Rusia en la biblioteca del Museo Británico londinense, llegó a la conclusión de que Rusia sólo tenía “historia exterior”: la historia de Rusia era la historia del expansionismo zarista, una historia de guerras y opresiones, un país sin sociedad civil propiamente dicha. Tanto es así, decía Marx, por aquellas fechas, que la primera tarea de los revolucionarios europeos del 48 era hacer la guerra contra Rusia, acabar con el absolutismo zarista desde fuera de las fronteras rusas., porque desde dentro era imposible.

Y, sin embargo, unas cuantas décadas después, los rusos, “los atrasados rusos”, harían dos revoluciones que conmovieron al mundo:
La primera (fracasada) en 1905 y la segunda en 1917. Por eso (y por unas cuantas cosas más que luego diré) creo que se puede hablar de la revolución rusa como de un problema histórico: la Historia se fue por donde menos se esperaba. Naturalmente, como todo acontecimiento histórico importante también éste se puede explicar a posteriori. Pero debemos saber que cuando empezó a teorizarse sobre las revoluciones en la Europa occidental casi nadie esperaba nada de los rusos. Si se quiere ratificar, por la vía rápida, esto que estoy diciendo basta con echar una ojeada al Manifiesto comunista publicado por Marx y Engels en 1848. Allí, en el apartado dedicado a la actitud de los comunistas respecto a los diferentes partidos de oposición, se habla de Francia, de Suiza, de los polacos, de Alemania, de Inglaterra e incluso de América del Norte. Pero no hay ni una palabra sobre Rusia.

Qué pasó, pues, se pregunta el que fuera traductor de Valentino Gerratana para que llegara a ocurrir lo que nadie, o casi nadie, esperaba. Su respuesta:
A estas alturas del curso dedicado a Rusia seguramente conocen ustedes ya lo esencial de lo que ha sido la evolución de la cultura rusa del siglo XIX y de sus relaciones con Occidente para sospechar al menos que los diagnósticos sobre Rusia tanto de Michelet como del Marx de los años 50 eran un tanto inapropiados. Como intelectuales herederos de la Ilustración europea sabían algo sobre Rusia y los rusos, pero no lo suficiente. Y tenían, además, demasiados prejuicios al respecto. Dostoievski lo dijo con mucha contundencia en el Diario de un escritor: “Para Europa, Rusia es el enigma de la esfinge, de modo que antes inventarán los occidentales el perpetuum mobile o el elixir de la vida que comprenderán la verdad rusa, su espíritu, su carácter y su orientación”.

En lo que seguía, el que fuera militante del PSUC iba a dar algunos datos (desde una perspectiva materialista no reduccionista) que le parecían esenciales para comprender y explicar la revolución rusa como problema histórico:
Hay cinco fechas que conviene retener: 1860-61, que es el momento de la liberación de los siervos; 1870-81, que es el momento de implantación de los movimientos revolucionarios en Rusia (socialistas, nihilistas, anarquistas, narodnikis o populistas); 1905, que es el momento de la primera revolución; 1914, que es el momento en que empieza la primera guerra mundial; y 1917, entre febrero y noviembre, que es el momento en que el mundo ruso cambiaría de base.
El territorio del Imperio ruso era enorme: tenía una extensión de casi 22 millones de kilómetros cuadrados y una población de aproximadamente 170 millones de habitantes, de los cuales, todavía en 1914, 140 millones (o sea, más del 80%) de personas estaban vinculadas al mundo rural.
Basta una simple ojeada al mapa del Imperio para darse cuenta de la enormidad de las diferencias de todo tipo (geográficas, lingüísticas, culturales) existentes en ese territorio entre la parte noroccidental del mismo (San Petersburgo y los países bálticos (Estonia, Letonia, Lituania), la parte suroccidental (Ucrania, los países del Cáucaso: Georgia, Armenia, Azerbayán, entre el Mar Negro y el Caspio), el sur que limita con Irán y Afganistán (Turkmenistán, Uzbekistán, Tazikistán, Kirguistán) y la zona de los Urales por el norte hasta llegar a Vladivostok por el Este.

La diversidad étnica y cultural era enorme:
Desde el punto de vista étnico y cultural las diferencias entre moldavos, georgianos, armenios, uzbecos, kirguises, mongoles, tártaros, polacos, judíos y rusos eran muy considerables (entre algunos de esos pueblos las diferencias eran mayores que las que podían existir entre franceses y alemanes o ingleses).
En esa época se designaba generalmente como “alógenos” [los otros, los extranjeros] a todas las poblaciones no-rusas y éstas apenas tenían derechos. En 1914 los llamados “alógenos” constituían, sin embargo, el 57% del total de la población del Imperio. El ruso era la lengua obligatoria en la enseñanza y en las actividades administrativas. La política de rusificación llevada a cabo por los zares y la administración central liquidó, o hizo desaparecer poco a poco, lenguas, culturas e instituciones de casi todos los países conquistados o asimilados (desde Polonia, que durante un tiempo pasó a ser llamada “El País del Vístula”, y las repúblicas bálticas hasta las repúblicas del Cáucaso); los judíos fueron desplazados hacia Polonia y Ucrania.

Uno se podía hacer una idea del proceso de rusificación al que se había llegado en el siglo XIX recordando nombres, lugares y situaciones que aparecían habitualmente en los grandes de la literatura rusa de la segunda mitad de ese siglo y en los comienzos del XX:
En los relatos de Tolstoi y Dostoievki, de Gogol y Turgueniev, de Chejov y de Gorki: Odessa y Alma Ata, Taskhen y Samarkanda, Novgorod y Kazan, Minsk y Smolenk, además de Kiev, San Petersburgo y Moscú. En estas novelas y relatos, militares y funcionarios viajan y se desplazan constantemente por esa geografía: en 1874 el servicio militar duraba en Rusia seis años; los varones podían ser reclutados desde los 20 años; la centralización administrativa del Imperio exigía una legión de funcionarios, gobernadores, inspectores y revisores que garantizaran el orden público, el cobro de impuestos y el sometimiento de las poblaciones.

En el siguiente apartado de la conferencia, el tercero, el autor de Utopía e ilusiones naturales abre recordando que el imperio de los zares era, como se decía entonces, “un océano de campesinos” constantemente vigilados, revisados, inspeccionados y sometidos por una máquina burocrática y centralizada inmensa.
La industrialización empieza en Rusia hacia 1860, casi paralelamente a la emancipación de los siervos, y se basó sobre todo en importantes inversiones occidentales (de compañías y bancos franceses y belgas, alemanes y británicos). De ahí viene también la idea de “occidentalización” y los sentimientos contradictorios con que fue acogida la emancipación de los siervos entre “occidentalistas” y “eslavófilos”.
Hay unos años, entre 1860 y 1880, en los que la intelectualidad rusa se dividió profundamente a la hora de apreciar cuál iba a ser el futuro de Rusia. En los comienzos de la industrialización algunos pensaban que, a pesar de eso, Rusia seguía teniendo una particularidad específica que la diferenciaba de todos los demás países europeos, a saber: la persistencia de la comuna rural, de la vieja obstchina [FFB: “es el término jurídico con el que se designaba la propiedad comunal tradicional”]; otros, en cambio, estaban convencidos de que la industrialización y las fábricas acabarían haciendo de Rusia un país capitalista como Inglaterra o Alemania. Esa división dio lugar a uno de los debates más apasionantes en la historia de las ideas del último tercio del siglo XIX, sobre todo porque quienes intervienen en él no eran sólo teóricos (sociólogos o economistas) en el sentido occidental de la palabra, sino personas (como Herzen, Tchernichenski, Vera Zasulich o el hermano de Vladimir Ulianov [Lenin]) que se implicaban hasta tal punto en la práctica de sus ideas que estaban dispuestas a darlo todo (hasta la vida) por ellas (Cf. Franco Venturi, I. Berlin, etc).

El debate era tan apasionante, prosigue el comentarista de La revolución contra El Capital, que el más grande de los teóricos occidentales del socialismo, Karl Marx, quedó cogido en él. Hasta el punto de que el autor de El Capital cambió sustancialmente de opinión sobre Rusia y los rusos entre 1874 y 1882.
La pregunta que la intelectualidad rusa se hacía entonces era ésta: teniendo en cuenta el enorme peso de la comuna rural ¿podría Rusia llegar al socialismo sin tener que pasar por los traumas que el capitalismo había representado para las poblaciones rurales de la Europa occidental? ¿No era la conservación de los hábitos y de las costumbres comunitaristas de la Rusia rural la premonición de otra vía, de una vía no-capitalista, al socialismo? Tchernichenski había contestado afirmativamente a esta pregunta de una forma parabólica: “La Historia -decía- es como una vieja abuela que da a los nietos más pequeños lo mejor que tiene y les evita los traumas por los que tuvieron que pasar los que nacieron antes”. El viejo Marx, que apreciaba mucho a Tchernichenski, tenía una visión un poco más complicada de la cosa. Pensaba que sí, que podría llegar a ocurrir el paso directo de la comuna rural al socialismo, pero con una condición, a saber: que la revolución rusa antizarista y antiabsolutista coincidiera con la revolución de los obreros industriales en la Europa occidental.

Durante años, los socialistas y los narodnikis rusos habían intentado pensar y teorizar la revolución rusa en esos términos.
Pero, mientras tanto, el tiempo pasaba y aunque no con la extensión en que se había producido en Europa occidental, la vieja comuna rural rusa también se iba debilitando bajo los efectos de la industrialización capitalista. A principios del siglo XX la inversión extranjera en la industria representaba ya en Rusia el 70% del capital en las minas, el 42% en la industria metalúrgica, el 50% en la industria química. Y por esas mismas fechas se puso en funcionamiento el ferrocarril transiberiano (cinco mil kilómetros desde los Urales al Pacífico: 1902), una obra emblemática que había de tener importantísimas consecuencias para las comunicaciones y las relaciones en un Imperio como aquél.

Ese fue el momento en que Lenin empezó a teorizar sobre el desarrollo del capitalismo en Rusia.
La hipótesis de Tchernicheski parecía quedar descartada: la Historia no es una vieja abuela bondadosa. Lenin hizo suya entonces una afirmación de Engels, en una carta al ruso Danielson en 1893, y que parece la inversión directa de la concepción de Tchernichenski: “La historia es la más cruel de todas las diosas y guía su carro a través de montones de cadáveres, no sólo durante las guerras sino también en los períodos de pacífico desarrollo económico.Y los hombres somos tan estúpidos que no conseguimos encontrar en nosotros mismos el valor para llevar a la realidad el progreso real si no nos obligan a ello sufrimientos que nos parecen casi insoportables”,
Así es como se pasó a la teorización de la futura revolución rusa en términos occidentalistas, o sea conceptos tomados explícitamente del pensamiento político y de la historiografía europeo-occidental: lo vendría sería una revolución proletaria con dos almas, la política (como lo había sido la revolución francesa de 1789) y la social (como lo estaban siendo las revoluciones europeas a partir de 1848).

Era importante tener en cuenta para entender bien la situación, señalaba el estudioso de Simone Weil, que Rusia, a pesar de seguir siendo, por su población, un “océano de campesinos”, era ya, en 1913:
La quinta potencia industrial del mundo por su producción de carbón, petróleo (comercio éste dominado por industrias y finanzas francesas y británicas) y acero. El bajo costo de la mano de obra y la importancia de las reservas energéticas explican la dimensión de las inversiones occidentales, la rapidez del desarrollo industrial y la elevada rentabilidad de las mismas.
Y otro dato: la concentración industrial, tanto desde el punto de vista geográfico (San Petersbugo, la región de Moscú, Bakú y los Urales) como en lo que hace a la mano de obra asalariada en las fábricas era ya muy importante. El número de obreros de la industria en la primera década del siglo era pequeño en comparación con la población total de Rusia (no llegaba a dos millones; tres millones aproximadamente en vísperas de la revolución de 1917); pero la fábrica Putilov de Petrogrado ocupaba a 24.000 obreros (mientras que Schneider y Creusot, por ejemplo, que eran dos de las grandes empresas europeas tenían en la misma época 10.000 obreros empleados.

Un último dato convenía tener en cuenta para explicar la importancia que desde finales del siglo XIX se había concedido al “proletariado” en la literatura económica y sociológica rusa:
Por lo general, cuando entonces se hablaba de proletariado no se hacía referencia sólo a los obreros de la industria sino también a los trabajadores asalariados de la tierra por cuenta ajena, esto es, al campesinado sin tierra, al “proletariado agrícola” surgido del proceso de capitalización de la agricultura. V. I. Lenin, por ejemplo, incluye en la categoría de “proletariado agrícola” una figura muy extendida ya en la Rusia de la primera década del siglo: los obreros agrícolas asalariados con nadiel: el bracero, el jornalero, el peón, el obrero de la construcción o de otra clase que, además, cultiva su trozo de tierra comunal (El desarrollo del capitalismo en Rusia, Ariel, Barcelona, 1974, pp. 166-167. Y cf. nadiel en el vocabulario).

Nadiel era definida así por el conferenciante: “Porción de tierra entregada a los campesinos en usufructo después de la abolición de la servidumbre en 1861; era de propiedad comunal y para su explotación se distribuía entre los campesinos mediante repartos periódicos.”
En el siguiente apartado, el autor de Por una Universidad democrática señalaba que:
La primera confirmación de que la concentración industrial y proletaria podía contar tanto más que “el océano de campesinos” fue precisamente la revolución de 1905. Porque en ella, y en las fábricas, nació una palabra nueva. Esa palabra es “soviet”, que significa literalmente “consejo” y que en seguida se contrapuso a la forma europeo-occidental de organización de los trabajadores: “sindicato”. Aunque la revolución rusa de 1905 fue derrotada hizo una gran impresión en la Europa occidental. Rosa Luxemburg escribió páginas muy interesantes sobre eso y subrayó, sobre todo, la novedad de aquella forma asamblearia y radicalmente democrática de organización de los trabajadores que fueron los primeros soviets de San Petersburgo.
Convendría añadir aquí que en los acontecimientos revolucionarios de la Rusia de 1905 están presentes las dos culturas: no sólo el soviet primigenio sino también la cultura campesina tradicional representada por el papel que jugó el cura Gapón.

Sociológicamente era importante valorar, en este punto, la forma específicamente rusa en que se produjo el paso del trabajo campesino al trabajo en la industria.
Desde el punto de vista sociopolítico hay que discutir la teoría leninista del partido (formulada a partir de 1903) y hasta qué punto esta teoría choca con la aparición de los primeros soviets [consejos].
Documentos teóricos de primera mano para dilucidar esto son: Lenin, ¿Qué hacer?; Rosa Luxemburg; escritos críticos del texto de Lenin y valoración de la revolución rusa de 1905; Trotski (análisis de los revolución de 1905 y del papel de los soviets en relación con el debate de entonces entre las varias corrientes de la socialdemocracia rusa).
Para analizar con calma estas cosas hay que tener presente lo que entonces era “modelo” revolucionario compartido: Francia (1789, 1793, 1848, 1871) (y secundariamente Alemania: 1848). Pues todo el debate ruso de esos años gira sustancialmente en torno a esto: con qué fase de la revolución francesa se comparar la revolución rusa en curso teniendo a la vez en cuenta la peculiaridad socioeconómica de Rusia.

En el apartado quinto, el autor de Poliética señalaba:
Pero, más allá de las fórmulas, la guerra europea (que ha estallado en 1914) y el hambre que se extiende en Rusia, entre otras cosas por la guerra misma, aproximan definitivamente a unos y a otros, campesinos y obreros (convertidos en soldados a la fuerza) contra el zar y en la reinvindicación, por tanto, de “pan, paz y libertad”.
Al llegar a este punto conviene analizar en detalle qué hay de continuidad y qué hay de discontinuidad entre las revoluciones rusas de 1905 y 1917. La aparición de los soviets [consejos asamblearios] es seguramente el hilo rojo que une ambas experiencias. Para explicar la importancia de los soviets hay que atender a dos factores: 1) la precariedad de los sindicatos en su forma europeo-occidental, 2) la precariedad de los canales de representación parlamentaria (la Duma rusa fue, de hecho, hasta 1917 una caricatura de lo que conocemos con el nombre de Parlamento).
Discontinuidad: entre 1906 y 1913 hay un período de reflujo (y también de consolidación del capitalismo por vía absolutista) que hace pensar a las distintas corrientes de la sociademocracia rusa que la revolución no va a ser posible a corto plazo. De hecho, el principal factor desencadenante de la nueva situación fue el desarrollo de la primera guerra mundial. Nadie esperaba antes de 1914 un colapso de la autoridad zarista como el que se produjo en 1917. Y, sin embargo, el absolutismo zarista se desmoronó con inusitada rapidez a partir de esa fecha.
Metáforas y alegorías sobre la discontinuidad: del “país de los extremos donde el centro es siempre el pantano” a la parábola dostoievskiana del viejo Mahomet.

El siguiente punto, el sexto, se abre recordando la reflexión de Tocqueville a la que ya hemos referencia:
Dice Tocqueville que cuando miramos de frente a las revoluciones sólo vemos violencia y terror. Y que eso hace difícil explicar por qué ocurrieron. Para entenderlo hay que mirar a lo que había antes de la revolución.
Algunos datos que conviene tener en cuenta a este respecto:
La situación sanitaria a principios de siglo en Rusia era catastrófica: frecuentes epidemias de tifus, cólera y malaria.
Tasas de mortalidad del 23%.
90% de analfabetos en la población rural.
Sólo el 33% de los niños escolarizados y el 14% de las niñas.
Menos del 1% de la población total del país superaba el estadio de la enseñanza primaria.
En 1914 el conjunto de las universidades del Imperio tenía 36.000 estudiantes; la autonomía de las universidades se suprimió en 1884.
Los salarios medios de los obreros rusos de la industria estaban un 30% por debajo de lo que se cobraba en Francia, o Inglaterra.

Todos los datos anteriores llevaban a la siguiente caracterización:
Antes del estallido de la primera guerra mundial Rusia era a la vez un país de campesinos, muy atrasado en lo cultural, con una industria pesada ya considerable, una gran concentración obrera y una importante dependencia económico-financiera respecto de las potencias extranjeras; era, paradójicamente, un Imperio cuyas colonias formaban un continuo geográfico (a diferencia del Imperio inglés, francés o español instalado en otros continentes) parcialmente colonizado, a su vez, desde el punto de vista económico por los otros Imperios. Por eso se le caracterizaba a veces como un país “semiindustrial” y “semicolonial”. Y por eso mismo, a partir de un cierto momento, cuando los intereses de las potencias imperialistas chocaron, empezó a ser considerado “el eslabón más débil de la cadena imperialista”.

En el último apartado, el que fuera amigo y corresponsal de Kiva Maidanik, uno de los historiadores e intelectuales socialistas más lúcidos, señalaba:
De febrero a octubre de 1917: del “doble poder” a “todo el poder a los soviets”. Problemas historiográficos: 1)) ¿Se puede calificar la revolución de octubre como “golpe de estado bolchevique”?; 2) ¿Era posible una salida democrática y parlamentaria durante aquellos meses?; 3) ¿qué era realmente la Duma rusa en 1917?; 4) ¿Cómo analizar los resultados de las elecciones a la Duma que tienen lugar inmediatamente antes de la toma del poder por los bolcheviques?
(El autor definía así el término Duma: “inicialmente órganos de gobierno municipales creados en 1870 y luego, desde 1905, parlamento: sus miembros eran elegidos igualmente por sufragio restringido y proporcional hasta la aparición de las primeras asociaciones políticas”).
Problema alternativo que se podía estudiar también:
la utopía leninista y libertaria de la extinción del Estado en el país en que, según Gramsci, el viejo Estado lo era todo y la sociedad civil casi nada (Lenin: de El Estado y la revolución a la revolución de octubre de 1917).

Ampliando el problema de la revolución rusa:
Cómo denominar un sistema socioeconómico hegemonizado por las pobres gentes, obreros y campesinos, que tienen nominalmente el poder (a través de la mediación de los soviets) y, sin embargo, apenas tienen nada que llevarse a la boca: el resultado de una revolución contra el capital que es, al mismo tiempo, “revolución contra El capital” (Gramsci), es decir, contra el esquema histórico y la perspectiva general deducible del volumen primero de El capital de Marx.

Precisamente porque conocían bien y trataban de atenerse a esta perspectiva marxista, comentaba el autor de la Evolución de las opiniones de Karl Marx sobre Rusia”, los integrantes del grupo dirigente bolchevique se habían dado cuenta, ya en 1918, de que la situación de Rusia en esas fechas cuadraba mal con el esquema teórico.
De ahí que una primera caracterización de la sociedad rusa salida de la revolución de octubre haya sido esta: capitalismo de estado, o con más precisión: capitalismo de estado sin capitalistas; o, todavía con más precisión: capitalismo de estado sin capitalistas que, por necesidades objetivas y voluntad de los sujetos que han hecho la revolución, se orienta a poner las bases materiales para el socialismo. Esto es lo que se llamó una sociedad en transición (en tránsito del capitalismo al socialismo). Y a esa idea responde la fórmula de Lenin: soviets más electrificación más generalización de los servicios de correos bismarckianos (o sea, estatalización a la alemana) más reestructuración de la organización del trabajo en una línea taylorista más alfabetización general de la población etc.
Mientras dura la guerra civil, sin embargo, casi todo eso tiene que ponerse entre paréntesis, pues lo que pasa a primer plano es la organización del ejército popular (en lo que juega un papel esencial León Trotsky) y tratar de cubrir las necesidades más básicas de una población civil hambrienta y empobrecida.

En esa fase, prosigue el autor de Marx (sin ismos), de acuerdo con la vieja idea del clásico, la mayoría del núcleo dirigente bolchevique había pensado que el futuro de la revolución rusa dependía del éxito de la revolución en Europa:
Y en ese sentido, con cierto optimismo, interpretó lo que estaba ocurriendo en Baviera, en la Alemania industrial, en Turín, en Hungría, etc.
Las reivindicaciones básicas que habían hecho atractivo el programa bolchevique en octubre de 1917 fueron: “Paz, pan y libertad”. En los años siguientes los bolcheviques lograron la paz (en Brest-Litovsk) y repartieron el pan que había. Eso explica su éxito en amplios sectores de la población y la atracción que produjo su proyecto en Europa.

Pero había otro asunto importantísimo que no convenía olvidar ni ocultar: ¿cómo pudo cuajar la idea misma de comunismo en esas circunstancias?
Se dice a veces, y ahora mucho más a menudo, que por el autoritarismo del grupo dirigente bolchevique, por imposición dictatorial. Pero eso es sólo parte de la verdad histórica. La otra parte es esta: el recuerdo del comunitarismo en sectores muy importantes de la población todavía muy recientemente pasados a la vida industrial y la persistencia del comunitarismo rural en la mayoría de las nacionalidades no rusas. Hace poco, en un documental que pasaron por TV3, un viejo campesino uzbeco lo explicaba así: “Vinieron funcionarios de Moscú y nos dijeron que habría triunfado el comunismo y que el comunismo consistía en labrar las tierras en común, poner los bienes en común y repartir comunitariamente los productos. Como eso era lo que ya hacíamos desde siempre, nos pareció bien. Además, los funcionarios nos dijeron que nos iban traer tractores para mejorar el rendimiento de la tierra y maestros para alfabetizar a los niños. De modo que a nuestros padres eso del comunismo les pareció bien y a nosotros, los más pequeños, muy bien”.
Problema: qué libertad. El contexto y el sentido de la frase de Lenin: “Libertad ¿para qué”. ¿Se puede llamar comunismo al comunismo de guerra? ¿Son el terror y el napoleonismo inherentes a todo proceso revolucionario? (Lenin/Bujarin a partir de la firma de la paz de Brest-Litovsk con Alemania en 1918-1922).