Julio Anguita, un compañero imprescindible, maestro de todos, que fue en serio

Julio Anguita, un compañero imprescindible, maestro de todos, que fue en serio

Para Javier Aguilera, Manolo Monereo, Miguel Riera y Víctor Ríos que siempre estuvieron ahí.

¡Cuántas veces repetí estas palabras [¡Al mar con estos continentales!]… Luego conocí a la clase obrera de una ciudad industrial y entendí lo que realmente significaban las cosas de Marx que antes había leído antes por curiosidad intelectual. De este modo me apasioné por la vida, por la lucha, por la clase obrera.
Antonio Gramsci (6 de marzo de 1924)

No pretendo que la lógica histórica sea siempre tan rigurosa o tan consciente de sí misma como debería serlo; ni que nuestra práctica concuerde muy a menudo con nuestras declaraciones. Sólo pretendo que esta lógica existe. Y que no somos todos nosotros unos niños de pecho.
Edward P. Thompson (1978)

Muchas muertes, demasiadas. Arden tantas pérdidas y el dolor se agolpa. De nuevo la muerte ha levantado pronto su vuelo.

Intento hablar con palabras no gastadas.

Tengo para mí que Julio Anguita será (ya es) un clásico del pensamiento socialista transformador del siglo XX y de estas primeras décadas del XXI. Y no solo para la ciudadanía española. Con el tiempo seremos más consciente de la grandeza, de la enorme importancia (político-filosófica) de este gran luchador, de este gran pensador, de este gran orador. Entre lo mejor que ha generado la cultura comunista democrática en toda su historia.

Empecé a entender la importancia política (¡y cultural!) de Julio Anguita, hace muchos, muchos años, en una larga conversación -que guardo con detalle en mi memoria- con un amigo suyo, maestro mío, Francisco Fernández Buey (Entrevisté a Anguita el 14 de abril de 2012 y fue idea suya, sabía que Paco estaba enfermo, dedicar la entrevista al autor de Marx (sin ismos)).

Desde entonces, he procurado seguir sus reflexiones, su hacer, sus sugerencias, sus propuestas. Incluso su vivir, su estar ahí. Nos hemos escrito en alguna ocasión; nos hemos saludado en seis o siete encuentros. Más allá de acuerdos o desacuerdos (pocos estos últimos), siempre fue respetuoso. Nunca habló desde un púlpito ni desde ningún trono inaccesible. Tampoco desde una concepción dogmática, talmúdica e indiscutible de la razón política.

No es este el momento de hacer un balance de su trayectoria político-filosófica ni de su complejo, nada unidimensional, ser-en-el-mundo. Tampoco se trata de recordar la lista innumerable de insultos y descalificaciones que la derecha (y no sólo la derecha-derecha) lanzaron contra él, sobre todo en los años en que fue coordinador general de IU y secretario general del PCE

Sí es momento de recordar que Anguita, un buen hombre machadiano (con el tiempo, como al poeta, le recordaremos, sin contradicción, como don Julio y como compañero Anguita), fue un hombre honesto, cabal, un hombre de principios, siempre en primera línea de combate, de resistencia; un imprescindible: el poema de Brecht cobra nuevos sentidos en su caso; un incorruptible, a la Robespierre; un dirigente que escuchaba, enseñaba y aprendía; un comunista muy querido por gentes trabajadoras (sabía conectar con ellas como pocas veces he visto en mi vida); un político (en el mejor sentido de la palabra; su caso es ejemplo de ello) que intentaba hablar siempre con claridad, mojándose, sin ocultarse; alguien que (como ha señalado Enrique Olivas Cabanillas) supo unir como pocos, en su decir y en su hacer, ética y política; alguien del que se mofaron una y mil veces hasta la ignominia por aquello (tan verdadero, tan básico, tan real y tan esencial) de “programa, programa y programa”; alguien que supo (y nos enseñó) que el socialismo, el comunismo, es una lucha ininterrumpida, no para el mañana sino para el hoy; un estudioso que gozaba con la lectura y el estudio; un epicúreo, un amante de la (buena) vida (nada que ver con el lujo ni con el disparate); alguien tan contrario a las puertas giratorias que regresó, modestamente, a su trabajo como profesor de Instituto de bachillerato a los 60 años; un camarada apasionado por la pasión razonada de los de abajo; un comunista democrático que captó bien y en profundidad las dimensiones de los tres grandes problemas que nos acechan, cercanos ya al abismo: las desigualdades asesinas, el cambio climático irresponsable y sus prolongaciones, y el armamento y la guerra nuclear.

Todos recordamos su “malditas sean las guerras” (https://cadenaser.com/emisora/2020/05/16/radio_cordoba/1589627860_741718.html), cuando su hijo Julio Anguita Parrado murió (muy joven) en la guerra imperial de Iraq. No hemos olvidado, por supuesto que no, la caza y captura diseñada en su contra con el infundio de “la pinza” Izquierda Unida-PP de Aznar. Todos recordamos su lucha ininterrumpida por la III República Española y por la unidad de las clases trabajadoras españolas y sus críticas, a veces en minoría de a uno (con la oposición incluso de sus propios compañeros de organización), contra las prácticas históricas, las reales, no las inventadas, de la burguesía catalana (entre lo peor de las burguesías hispánicas afirmó). Nuestra memoria también ha acuñado el sobresaliente papel, siendo ya mayor, que desempeñó en el Frente Único, sin olvidar su incansable trabajo, sin búsqueda de personalismos, en el Colectivo Prometeo.

Me olvido, lo sé, de mil cosas. La lista es interminable.

¿Alguna filosofía que podamos asociarle? La filosofía de la praxis por supuesto. Pero pensada con cabeza propia, aportando, no repitiendo lo sabido (Tengo para mí que, más pronto que tarde, se escribirán tesis doctorales sustantivas sobre sus aportaciones político-filosófica)s.

Tal vez se cuidó poco, un corazón demasiado abierto a todos. Más generosidad de la que su cuerpo pudo aguantar.

Una trabajadora amiga, currante donde las haya, escribió el sábado por la mañana al poco de conocer su fallecimiento: “Pobre. No nacerá otro como él nunca más”. No será fácil. El filósofo-filólogo Joaquín Miras lo ha expresado así: “Un hombre íntegro. Probidad es la palabra.” Javier Aguilera lo ha dicho con estas palabras: “La España de Julio. Se nos ha muerto, a la tercera, nuestro amigo y Presidente de la República democrática de los trabajadores, La lucha, sigue…¡Camarada Julio, nos vemos en la próxima cita secreta! ¡No faltes!”. Enrique Olivas Cabanillas, como decía, ha destacado un nudo esencial: “Le escribo con el espíritu dañado por la muerte de Julio Anguita que ejemplificó, para muchos de nosotros, la unidad entre la política y la ética; que nunca se deben escindir, si no se quiere afrontar el riesgo, que padecemos, de olvidar lo más esencial de una cultura de lo común”.

No seríamos consistentes con su legado, le haríamos un flaco favor, generando o cultivando cualquier tipo de “anguitismo”. Tampoco le haríamos ningún favor si recogiéramos acríticamente todas las aristas y caras de sus aportaciones político-culturales Por ejemplo, su defensa, mal pensada y defendida en mi opinión (leyó mal la tradición leninista), de la autodeterminación de Cataluña.

Intento acompañarle en su despedida (que nunca será olvido) con un poema que sé que le gustaba (fue un buen lector de poesía como sabemos) y con una reflexión de Manuel Sacristán (que sé también que era de su agrado).

Los versos finales de un poema de otro andaluz universal, de don Luis Cernuda, cobran también un nuevo sentido con él porque, en su caso, aquella causa que parecía perdida con la desaparición de la URSS, le hizo hablar en ocasiones en un desierto de oyentes, mientras tantos, tantos y tantos descubrían las “bondades inagotables” de un capitalismo sin bridas que mostraba su cara más antidemocrática, más antihumana, más antihumanista:

Que aquella causa aparezca perdida,
nada importa;
Que tantos otros, pretendiendo fe en ella
sólo atendieran a ellos mismos,
importa menos.
Lo que importa y nos basta es la fe de uno.
Por eso otra vez hoy la causa te aparece
como en aquellos días:
noble y tan digna de luchar por ella.
Y su fe, la fe aquella, él la ha mantenido
a través de los años, la derrota,
cuando todo parece traicionarla.
Mas esa fe, te dices, es lo que sólo importa.
Gracias, compañero, gracias
por el ejemplo. Gracias
porque me dices/que el hombre es noble.
Nada importa que tan pocos lo sean:
Uno, uno tan sólo basta
como testigo irrefutable
de toda la nobleza humana.

La nota de Manuel Sacristán:
«Por eso era esencial saber que el marxismo no es teoría, sino intento de programa (sobre un deseo), que se intenta fundamentar en crítica (Ballestero) y en conocimiento científico. No se debe ser marxista (Marx); lo único que tiene interés es decidir si se mueve uno, o no, dentro de una tradición que intenta avanzar, por la cresta, entre el valle del deseo y el de la realidad, en busca de un mar en el que ambos confluyan.»

El marxismo no es teoría, es intento de programa. Siempre lo tuvo presente.

Por la cresta, por el valle del deseo y el de la realidad, en busca de un mar en el que ambos concluyan, por ahí transitó Julio Anguita.

Que la tierra te sea leve querido compañero, querido camarada, querido maestro. Hasta la victoria siempre.

PS. Un discurso que merece ser recordado (de 1999): https://www.youtube.com/watch?v=cwuDyhU0FSs. Tres de sus últimas intervenciones (tan lúcido, claro y didáctico como siempre): 1. 4 de mayo de 2020, cadena SER: https://www.youtube.com/watch?v=dPew7jLQWsE&feature=youtu.be. 2. En nombre del Colectivo Prometeo: https://cordopolis.es/2020/05/04/anguita-y-el-colectivo-prometeo-impulsan-un-manifiesto-reflexivo-en-reaccion-a-la-crispacion/ 3. 10 de mayo de 2020: https://www.youtube.com/watch?v=cpsFDLiXjMM&feature=youtu.be

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles ecosociales.

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