«La abdicación de Pablo Iglesias» de Miguel Candel

Una artículo de Miguel Candel, una nota breve escribe él, sobre la salida de Pablo Iglesias del gobierno y su autopostulación como candidato para la presidencia de la Comunidad de Madrid.

La abdicación de Pablo Iglesias  (nota breve)

Para tratarse de un republicano convencido (se supone), la renuncia de Pablo Iglesias a la vicepresidencia segunda del Gobierno del Reino de España ha dejado un regusto monarquizante bien curioso. ¿De qué otro modo sino como gesto típicamente monárquico se puede calificar el hecho de acompañar su renuncia con la designación de una “sucesora” (lejos queda, Deo gratias, la ley sálica)?
Nada más ajeno a mi intención que hacer leña del árbol caído, sobre todo habida cuenta de la catadura político-moral de la mayoría de los leñadores que pululan por el bosque de la política española. En efecto, parece que contra algunas figuras de nuestro particular retablillo de Maese Pedro todo vale. Y no es verdad que el ex-vicepresidente haga mal todo lo que hace. Sí es cierto, en cambio, que no pocas de las cosas que hace hacen mal a cierta gente: particularmente a la que supuestamente es su gente (un servidor, sin ir más lejos). Porque bastante tenemos con aguantar las excentricidades de una derecha dedicada a la confrontación nada (pero nada, oiga) inteligente (que, por suerte, no es toda la derecha, pero poco le falta), como para haber de soportar las bravatas y salidas de tono del susodicho, cuya inanidad en cuanto a mejorar las condiciones de vida de “los de abajo” sólo se ve superada por su eficacia en provocar la secreción de mala baba en ciertos adversarios y, en cambio, hacer babear de gusto a otros que él, tontamente, considera aliados.
Tomarse en serio la concepción republicana de la vida política es algo muy, pero que muy exigente. Implica renunciar a todos los tronos. Empezando por el que tan tentador nos resulta construirnos nosotros mismos tan pronto como empezamos a tener “seguidores”. Si llevaba razón Saint-Just al decir que “no es posible reinar de manera inocente”, hay que andarse con mucho ojo para no hacer lo que nos dé “la real gana”. Y eso, que la democracia está en principio llamada a evitar, no resulta nada fácil. Precisamente porque la visión mercantilista imperante en la democracia contemporánea (en que no siempre gana el que más gasta, pero nunca gana el que gasta menos) lleva aparejadas grandes dosis de autobombo publicitario, no ya en período electoral, sino de manera permanente. Y del autobombo al endiosamiento sólo hay un corto paso, y de ahí al culto al líder “carismático”, menos distancia todavía.
Pero lo peor del asunto no es que los líderes acaben creyéndose altezas (casi nunca serenísimas, por cierto), sino que inevitablemente aun sin pretenderlo acaban rodeados de una corte (palabra, por cierto, que deriva de “cohorte”, la célebre formación militar romana, subdivisión de la legión). Y es en ese punto, cuando la ciudad deja de ser simple villa y se convierte en corte, cuando la res publica se vuelve privada, prostituida al servicio de intereses particulares.
Pero no hay que ser ingenuos: los propios partidos políticos, inevitables mientras las sociedades alberguen en su seno múltiples intereses divergentes, son ya en sí mismos estructuras “cortesanas”, destinadas a arropar a líderes que galvanicen la acción en defensa de los mencionados intereses. El ideal eclesiástico (en el sentido etimológico de ekklesía, “asamblea” en griego), coincidente a grandes rasgos con el ideal anarquista, es eso: nada más (y nada menos) que una idea reguladora con la que nunca coincidirá del todo (ni siquiera en gran parte) la realidad.
Dejémonos, por tanto, de monsergas pseudo-populistas (“pseudo” porque toman el nombre de “pueblo” en vano: realmente populista es quien defiende honestamente los intereses de la mayoría, los que la mayoría tiene en común, y de ésos hay muy pocos). Monsergas, digo, que pretenden que la mayoría puede expresarse sin mediaciones: de hecho no puede, porque desgraciadamente las mayorías son, estadísticamente hablando, como las quería Richard Nixon: silenciosas (o porque muy pocos individuos hablan o porque, si hablan muchos a la vez, sus voces se tapan unas a otras).
De modo que reprocharle, al ex-vicepresidente o a cualquier otro político, que hable y al hablar pretenda hacerlo en nombre de ciertos grupos o sectores sociales, es como reprocharle a la lluvia que moje el suelo. Lo que hay que reprocharle, llegado el caso, es que sus palabras falten a la verdad o al respeto al adversario. Y, en el caso que nos ocupa, no diré “reprochar”, pero sí mostrar la inconveniencia de ir tan “por libre” dentro de un gobierno de coalición que, en principio, debería hablar con una sola voz y decidir mancomunadamente (más de una vez ha dado la impresión de que el aludido, pese a que su dicción está exenta de “seseo”, confundía “coalición” con “colisión”).
Como escribía el periodista Joaquim Coll en un artículo reciente, el hecho mismo de la renuncia a la vicepresidencia es encomiable, siendo criticable, en cambio, el aludido tic que yo califico de “realista” (no de realidad, sino de realeza). Y añadía, atinadamente, que con la presunta “sucesora”, independientemente del ordinal asignado a su vicepresidencia, salíamos ganando, pues ha demostrado capacidad y tacto en su gestión al frente de Trabajo, algo que Coll atribuía a “la buena escuela del PCE” (honesto reconocimiento de la superioridad de una tradición ya centenaria sobre el adanismo podemista).
Pero como el reiteradamente aludido parece que ha de preservar genio y figura hasta la sepultura (siquiera aquella, provisional, en que entierra su carrera de vicepresidente), no podían faltar sus invocaciones más o menos explícitas a la “batalla de Madrid, tumba del fascismo” y otras incontinencias verbales firma de la casa (o del chalé). A lo que su inefable adversaria (que ya nos previno hace tiempo sobre un presumible “revival” de la quema de iglesias) parece dispuesta a responder con toda la parafernalia retórica de la “cruzada por la libertad frente al comunismo”. Cabe preguntarse si Madrid, ciudad heroica que, a diferencia de Barcelona, aguantó estoicamente casi tres años como frente de guerra, podrá aguantar la apertura de este nuevo frente dialéctico, cuyas andanadas, por suerte, no serán mortíferas como los proyectiles del calibre 155 o las bombas de los Ju-52 alemanes y los Savoia-Marchetti italianos, pero seguro que van a encabritar o indignar a la mitad de la población y hastiar al resto. Courage, mes amis.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo, rebelión y Papeles de relaciones ecosociales.

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