Las olvidadas

Reseña de Ella pisó la Luna. Ellas pisaron la Luna, de Belén Gopegui, Literatura Random House, Madrid, 2019, 86 páginas.

Las olvidadas

Lo esencial está dicho en una línea: lean este (pequeño) libro (inicialmente una conferencia) de la autora de El lado frío de la almohada y Deseo ser ser punk. Me agradecerán el consejo. Díganselo luego a sus amigas y amigos. Hay que correr la voz y la recomendación. También en estos tiempos de zozobra. Más que nunca.

Apenas les pudo contar algo del libro. Sería un error. Me sitúo en los alrededores, como diría Víctor Sánchez de Zavala, un no olvidado filósofo-lingüista (gran traductor) que acaso pudo conocer a la protagonista de la historia.

Como señalan las editoras, la historia de Ella pisó la luna (también ellas la pisaron) tiene su origen en una conferencia impartida por Belén Gopegui el 20 de marzo de 2019. El marco fue un ciclo titulado “Ni ellas musas ni ellos genios” celebrado en CaixaFórum (luego verán por qué les cuento este detalle) entre el 20 de febrero y el 27 de marzo. Fue el quinto año del ciclo, coordinado por Laura Freixas y Pilar Vicente de Foronda, de Clásicas y Modernas, asociación por la igualdad del género en la Cultura.

La finalidad de los encuentros era cuestionar el modo en que ha solido ser contada la historia del arte, del pensamiento, de la ciencia, usualmente como fruto del genio de algunos individuos excepcionales, (casi) siempre del género masculino. Esa visión, bastante generalizada y dominante, también en nuestros días, “deja en la sombra a las mujeres que no solo han acompañado, ayudado e inspirado a esos hombres, las “musas”, sino que con frecuencia han sido creadoras a su vez. ¿Por qué ellas ocupan siempre un segundo plano?”. Conocemos, deberíamos conocer la respuesta.

A la autora de Acceso no autorizado se le propuso su participación sugiriéndole como tema la relación entre Rafael Sánchez Ferlosio y Carmen Martín Gaite. Gopegui sorprendió a las organizadoras con un cambio inesperado: sugirió presentar en la conferencia la relación entre sus propios padres. Su padre, como seguramente sabe el lector, fue Luis Ruiz de Gopegui, un reputado físico fallecido recientemente, en agosto de 2019. Ruiz de Gopegui fue nombrado en 1968 delegado del Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial (INTA) en la estación de Fresnedillas para vuelos espaciales tripulados de la NASA (El 20 de julio de 1969, seguidos desde esa estación, los tres astronautas usamericanos posaron su nave en el Mar de la Tranquilidad de la Luna, de ahí el título de la conferencia). Su madre, Margarita Durán, fue una mujer aparentemente corriente (por decirlo mal, rápido e injustamente), y no fue una musa ni una persona con notoriedad pública.

Ella, Margarita Durán, es la verdadera protagonista de estas páginas. No doy más detalles.

Lo que puedo contarles. El texto publicado incluye algunas de las fotografías usadas por la autora en su exposición. Conviene prestar atención, en todas ellas.

Sigo situándome en los alrededores pero me acerco un poco más. Hay otra historia, dentro de la historia, dedicada a Ángela Zoido Pacha (pp. 56-60), que tampoco deben pasar por alto. Tiene entidad propia.

Tres observaciones-reflexiones de la conferenciante que muestran su conocido coraje político-filosófico y su sensibilidad feminista y de clase. Para acentuar su interés en la lectura.

La primera: Antes de comenzar he de hacer una salvedad, señala Gopegui, relacionada con la privatización de la cultura y la circunstancia de ser este un ciclo auspiciado por un Banco (¿Se acuerdan? CaixaBank): “Nuestro país padece los efectos de rescates injustos a los Bancos, desahucios y otras acciones inaceptables amparadas por ellos. No es fácil resolver el dilema sobre si usar o no todos lo espacios posibles para dar potencia de difusión a discursos que no suelen tenerla. Hoy voy a acudir a las ideas de Margarita Durán. Ella confío en la dialéctica entre las personas y las instituciones. Aun cuando las reglas de una institución y su inserción en un sistema político y económico no propiciaran la justicia, sino al contrario, Margarita pensaba que las personas no eran meros engranajes, sino que podían intervenir a su modo para llevar las instituciones más allá de sí mismas” (pp. 14-15).

La segunda observación: “Un día llega a los oídos de Margarita la historia de una mujer que vive en el Pozo de Tío Raimundo y tiene un niño como Miriam, pero no sabe bien cómo atenderlo. Ella se ofrece a ir y a enseñarle algo de lo que ha aprendido. Poco a poco empiezan a aparecer otras madres, son sobre todo madres, con niñas y niñas en situaciones parecidas. Marga, es así como la llaman allí, comienza a ir al Pozo del Tío Raimundo todos los viernes. O, sí, dirán algunos, una mujer de clase acomodada haciendo su buena obra cada viernes. Bueno, verán… “(p. 34).

La tercera y última: “Hay cientos de miles de vidas de mujeres que no solo merecen ser contadas, sino por las que hemos de luchar para que se cuenten, porque ganarle la pelea a las estructuras depende también de las historias que tengamos. A ver, no es que sería bonito o interesante que se contaran, es que las necesitamos para entender lo que nos está pasando. Sabemos bien que no todo en ella fue perfecto. Hubo errores, muchos causados por esa vida pública que se entromete en el clima personal, y otros por la obcecada y casi infinita capacidad humana de equivocarnos. Sea como sea, queremos conocer” (pp. 73-74, la cursiva es mía).

Lo dicho: lean, emociónense y no se guarden para ustedes este pequeño tesoro: feminista, humanista y socialista.

Si mi madre viviera, una mujer obrera explotada y más que explotada desde niña, cansada, agotada, con padre fusilado en el Camp de la Bota, cuidadora de mí y de mi hermana, también de mi padre enfermo en sus últimos años (de hecho, desde que se casaron), con años robados de vida, murió demasiado joven, si ella viviera decía, leería el libro de Gopegui poco a poco, como ella podía leer, con mucha emoción. Y hubiera llorado como sólo ella sabía llorar. El llanto, en su caso, siempre era compasión (en el buen sentido de la palabra, que lo tiene), ganas desinteresadas de ayuda e incapacidad para comprender la maldad e injusticia de este mundo (a ella le tocó un buen lote). Como a Marga Durán.

Fuente: El Viejo Topo, marzo de 2020.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles ecosociales.

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