Miradas, observaciones y análisis del defensor (no secesionista) de Joaquim Forn

Reseña de El encargo. Un abogado en el juicio del procés (Javier Melero, Barcelona. Ariel, 2019, 349 páginas)

Miradas, observaciones y análisis del defensor (no secesionista) de Joaquim Forn

El encargo es un libro también de encargo (editorial), escrito antes de la sentencia y de los incendios, destrozos y atropellos nacional-secesionistas de las calles de Barcelona de octubre y noviembre de 2019. El autor, Javier Melero, es el abogado defensor de Joaquim Forn, el ex conseller de Interior en el último gobierno de Puigdemont.

En la solapa interior del libro se habla de él en estos términos: “Escrito por el abogado más prestigioso del juicio al procés”. Observación publicística aunque probablemente verdadera. Casi todos recordamos su intervención final en el juicio y su oportuno, infrecuente y hermoso llamamiento a la cordura y a la fraternidad a través de su referencia a Faulkner y Amanece que no es poco de José Luis Cuerda. En la contraportada se recogen unas palabras suyas, casi una tarjeta de presentación: “Yo no representó a ningún colectivo, ni a ningún govern, ni a ningún pueblo. Soy un abogado”, un abogado crítico, además, con el procés y la ideología procesista. El lector leerá numerosas ilustraciones de ello en el libro.

Eso sí, desde el punto de vista de un lector de izquierdas, este abogado que, afortunadamente, no representa a ningún govern ni a ningún pueblo no empieza bien del todo su relato que, como se señala también la solapa interior, “es ante todo la crónica de alguien que cree en su oficio y lo ejerce con honestidad e independencia”. Melero nos habla de entrada y casi sin aviso de su relación y amistad con Jordi Pujol. “En realidad, todo empezó mucho antes del juicio, y seguramente todo empezó con Jordi Pujol… Pujol siempre me dijo que no era nadie para opinar sobre lo que estaba haciendo quienes tenían responsabilidades de gobierno, aunque sí trazaba sagaces perfiles psicológicos de los sujetos en cuestión. Acerados comentarios más que reveladores y que, en honor a nuestra amistad, no serán revelados” (p. 9). Esta amistad, esta extraña pareja, se extiende también al heredero político del gran defraudador, a Oriol Pujol, al que repetidamente trata Melero con guantes de seda y poco espíritu crítico. Casi como si fuera una víctima de su apellido. Una destacada inversión.

No sólo es eso. Pocas páginas después, Melero relata una intervención suya en la UPF, enero de 2017, en unas jornadas sobre penalista clásicos. Su trabajo sobre Mayer, cuenta, tuvo una buena acogida y le permitió defender una opinión un tanto vitriólica, son palabras suyas, sobre Kant, “tachándole de fanático de la pena de muerte, enemigo de cualquier disidencia popular, elitista, abstemio y profundamente antisemita” (p. 13). Parece ser, eso afirma Melero, que nadie se escandalizó y nadie levantó la mano en defensa del que llama “filósofo prusiano”. Muchos, de haber estado, nos hubiéramos escandalizado y, por supuesto, hubiéramos levantado la mano. En defensa de Kant… y también de los abstemios si fuera necesario.

Hay más. Así, en la página 136, hablando de la ley y del respeto al sistema democrático de formación del consenso, el defensor de Forn escribe negro sobre blanco: “[…] Supongo que el punto de partida ideológico facilita estos fenómenos, pues tanto Trotski como Stalin leían los mismo textos de Marx y los consideraban igualmente inspiradores. Y tal vez ambos asesinos tuvieran razón”. ¿Ambos asesinos?

Páginas más adelante (p. 149 ss), habla de Marchena y cuenta que sabía poca cosa de él antes del juicio, aunque, “obviamente, conocía sus sentencias”. Entre ellas, añade, “la de los hechos del Parlamento de 2011, cuando revocó la absolución dictada por la Audiencia Nacional y condenó a los autores de los desórdenes cometidos contra los diputados”. Fue el día de la famosa escena de “Mas recurriendo a un helicóptero para evitar posibles agresiones, y de los abucheos e insultos a políticos de todas las formaciones”. Curiosamente, Melero (casi un Funes memorioso con excelente poder de abstracción) se olvida -o no nos recuerda- que fue el grupo convergente-unionista quien recurrió al TS la sentencia de la Audiencia Nacional y que, en aquellas fechas y por aquellos hechos, algunos dirigentes-diputados de CiU (posteriormente encausados en el juicio del procés) hablaron de un verdadero golpe de estado. Lo suyo no, pero aquello sí.

De igual modo, en la página 176, hablando de la ciudad de Lemberg, Melero cae en un tópico impropio de su formación e inteligencia (nudo decisivo en sus relaciones de amistad por lo que cuenta repetidas veces) y dice de la ciudad que fue “sucesivamente austrohúngara, polaca, rusa, alemana, ucraniana, en el corazón mismo de las tierras de sangre donde se produjo el choque entre las dos siniestras tiranías del siglo XX, la nacionalsocialista y la comunista.” Como el lector sabe, hubo otras siniestras tiranías que conviene no olvidar y, desde cualquier punto de vista informado, el régimen soviético fue lo que fue pero de ningún modo fue una tiranía comunista. No casan sustantivo y adjetivo.

Pelillos a la mar. La pregunta: ¿vale la pena el esfuerzo, vale la pena dedicar 18 o 20 horas de nuestro tiempo en la lectura del libro que comentamos? Sí en mi opinión, sin ninguna duda. Se gana con ello. Daré algunas razones que incluyen alguna observación crítica:

1. Aunque, como era de esperar, Melero se mantiene siempre muy próximo a su defendido no se corta ni un pelo cuando formula críticas sólidas (y agudas) a muchas prácticas del nacional-secesionismo, incluidos los dolorosos hechos de septiembre y octubre de 2017.

2. Nuestro abogado no cuenta (porque no puede y tal vez no quiera) todos los entresijos del juicio que podría haber contado pero los que explica, que no son pocos, son siempre de interés y enseñan sobre la praxis real de la justicia, asunto éste sobre el que la izquierda piensa a veces con brocha nada fina.

3. Se aprende mucho de sus reflexiones sobre la praxis, sobre el juicio, sobre el Tribunal Supremo, sobre la fiscalía, sobre la abogacía del Estado, de la que apunta, con razones que comparto, una mejora sustantiva a lo largo de las sesiones.

4. Sostiene y argumenta que los abogados de VOX (a los que, por otra parte, no descalifica) fueron, en muchos casos, un verdadero chollo para las defensas. Lo fueron. Su incompetencia fue manifiesta.

5. Nos explica (acaso con excesivo detalle en ocasiones) algunas de sus reuniones-cenas con dos periodistas que comentaron el juicio y que admira, ambos amigos suyos (sobre todo el primero): Arcadi Espasa y Guillem Martínez. Hay sustancia en estos relatos.

6. En sus descripciones de comidas y cenas hay bastante de Pepe Carvalho. Homenaje implícito, sin duda, a Manuel Vázquez Montalbán.

7. Melero da detallada cuenta del papel de Homs como coordinador y del papel que tuvieron cada uno de los abogados-estrella de las defensas, con algunas críticas comedidas (también elogios). Asunto de interés.

8. Hay una mirada muy masculina, excesivamente masculina, en determinados pasajes que hubiera podido evitar (¿mucha novela policiaca usamericana detrás?) y en ocasiones cae o se acerca mucho al uso indebido del cuantificador universal: generaliza con un “los” donde convendría haber escrito “algunos”.

9. Cada capítulo, 10 en total, se abre con cita de boxeo, probablemente relacionada con el contenido desarrollado (mis conocimientos del tema son nulos, nada puedo decir sobre este punto) y lleva como nombre el título de una canción de Dire Straits, Neil Young, Leonard Cohen, Iggy Pop, Janis Joplin,…. Mis preferidos (también los capítulos anexos): “Ball and Chain”, “Everybody knows” y “Heart of Gold”.

10. La franja (¿anti?) publicitaria del libro señala: “¿Puede un hombre no independentista defender a los líderes del procés? El libro definitivo del juicio, escrito por el abogado más prestigioso”. Es obvio que el publicista o la publicista de Ariel no tuvieron su mejor día cuando eligieron esas frases.

El autor finaliza (p. 348) con estas palabras, una buena muestra de su talante conciliador, honesto pensamiento desiderativo:

Mi encargo había concluido. En este trabajo de medios y no de resultados, había puesto cuando tenía al servicio de mi cliente, al de la profesión y, aunque muy modestamente, al de la justicia. Miré a mi interior, y, extrañamente, no sentí que hubiera omitido nada, que me hubiera equivocado o que debiera formularme algún reproche. Eso tal vez podría venir más adelante, cuando tuviera la sentencia entre las manos, pero aquél era un momento de un cierto éxtasis, de una repentina inocencia,. Apreciaba a todos en la sala y deseaba que todo se apreciaran entre ellos. Que entre Marchena y Forn se evidenciaran las afinidades y las coincidencias y que en nuestro misterioso país siguiéramos debatiendo por los siglos de los siglos sobre lo que fuera, pero con mejor humor y más afecto.

El país es España, su trabajo estuvo al servicio del cliente, de la profesión de abogado y de la justicia, no al servicio de ningún país en construcción, y su consejo de diálogo con mejor humor tal vez hubiera requerido una referencia a uno de los periodistas que lo ha practicado más frecuentemente y con más acierto ¡y en el Diari de Girona!: Albert Soler.

Hay más, bastante más. Lean si pueden, no perderán el tiempo.

Fuente: El Viejo Topo, febrero de 2020.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles ecosociales.

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