Nuevo comentario de José Luis Martín Ramos

Sigue el más que interesante intercambio entre José Luis Martín Ramos y Ernesto Gómez de la Hera. El texto que copio a continiuación es del primero. Fechado el 13 de febrero.

I. Buena tarea para un día de reflexión (como la mía es larga la voy a hacer en dos partes; si no, hoy no comeré).
Para empezar, doctores tiene la ley. Lo del PCE y el marxismo-leninismo lo dije de leídas; tenía que haberlo hecho ampliando las oídas, no sabía que habías estado en el congreso. Si no, te pregunto. De todas maneras, lo que yo he leído en los documentos del XX congreso, de 1917, es el siguiente punto 3 de los nuevos estatutos que en él se aprobaron: «El PCE afirma el socialismo como alternativa para superar el sistema capitalista y basa su análisis de la realidad y su práctica política en las aportaciones del marxismo-leninismo y el socialismo científico, tradiciones que se enriquecen y renuevan constantemente, etc.etc» Que yo sepa no se han modificado en la conferencia de 2020.
Sobre el catalanismo, el españolismo y el nacionalismo. Usé las definiciones de la RAE para tener un referente común, pero no pretende hacer ninguna interpretación general a partir de esas definiciones. Mi reflexión tiene dos condiciones: no ceder en absoluto al adversario nada de lo que él se atribuya y yo considere que no le corresponda; situar el debate, y la batalla cultural con el adversario, en el terreno del proceso histórico, no en el de las esencias que es el del nacionalismo y que, en nombre de ellas, deforma constantemente la historia. Me subleva el falseamiento de la historia (quizás porque de ella he vivido hasta ahora). Y tampoco me convencen las interpretaciones «genéticas»; tu mismo reconoces que los caracteres anteriores (¡no los llames genes, por favor!) no determinan nada porque hay de múltiples sentidos. Pero lo importante es que situemos esos caracteres e interpretemos sus sentidos en el momento histórico concreto, no en una cadena que, en el extremo, pudiera llegar a ser considerado una suerte de ADN histórico.
Las características, e incluso los conceptos, han de considerarse en su momento histórico. Un ejemplo que viene a cuenta de lo que hablamos el de nacionalismo. El nacionalismo que hoy, y desde la segunda mitad del XIX, conocemos es el que se corresponde a la definición que usamos actualmente. Sin embargo, no lo era así, en toda su acepción, antes de 1848. Existía una nacionalismo popular y democrático, que no tendía al supremacismo, al desprecio del otro, ni siquiera a la independencia, e incluso era internacionalista en algunos casos. Eso cambió después de la derrota de los movimientos populares del 48 y el triunfo del pacto entre la burguesía y la aristocracia. Aunque el cambio no fue de blanco a negro, ni de la noche a la mañana, con lo que el uso del término pudo ser múltiple durante algún tiempo, y también las características de los movimientos que lo invocaban; el yugoslavismo, por ejemplo, era una movimiento nacionalista popular contra el nacionalismo serbio, que respondía a ese pacto entre burguesía y aristocracia, institucionalmente representado por el Reino de Serbia.
Pongo un ejemplo más cercano, y que corresponde directamente a nuestro tema. A comienzos del siglo XX, el movimiento que tenía todas las características que atribuimos al nacionalismo era el Regionalismo de Prat de La Riba y compañía, el que decía que el estado era un artificio y que lo único esencial era la nación como hecho telúrico -ni siquiera histórico- de la sociedad; en otras palabras, el Estado español era un artefacto transitorio y la Nación catalana una esencia inmortal. Pero no se identificaba como «nacionalismo» sino como «regionalismo» por razones políticas y culturales del momento. El hecho era que el regionalismo pratino era, sin duda, el nacionalismo burgués catalán. Pues bien, frente a ellos un grupo de jóvenes republicanos -no accidentalistas como Prat-, federales -que consideraban la importancia del estado, no la despreciaban como Prat- y socialistas decidieron identificarse como «nacionalistas», no por las razones que hoy pensaríamos sino porque frente al «regionalismo burgués», el proyecto exclusivo de la burguesía catalana, postulaban una propuesta de la nación -a la que identificaban con el pueblo, no con la burguesía-, una propuesta desde esa perspectiva «nacionalista», de intereses sociales colectivos. Entre ellos estaban Alomar y Campalans, dos figuras claves del catalanismo no nacionalista (usado este término en el sentido que hoy le damos, con toda la razón histórica y política, no filológica). Cuando Einstein visitó Cataluña en febrero de 1923 y conoció el uso que aquellos republicanos, y socialistas, estaban dando al término nacionalista les reprendió, haciéndoles ver cuál era el contenido del nacionalismo en Alemania o en Italia. Desde entonces lo abandonaron, aunque durante algún tiempo se siguiera usando de manera confusa. El catalanismo de Campalans, el que defenderá cuando haga el salto a la política en 1931, no es nacionalista, no pretende ninguna superioridad catalana, ni pretende la separación de Cataluña. Lo que defenderá en Barcelona y en Madrid cuando sea diputado de las Cortes será «la España de todos».

II. Yo sí creo que se puede equiparar catalanismo y españolismo desde la perspectiva de lo que significan en principio y también del modo en que tanto uno como otro puede desarrollarse. Porque los dos pueden desarrollarse como nacionalismos, y lo han hecho, los dos; y también como propuestas democráticas no excluyentes ni para dentro ni para fuera. No comparto que el españolismo no tenga nada que ver con el nacionalismo ni con doctrinas políticas; a no ser que creamos que los que se sientan como tal sean inmunes al nacionalismo. No lo son como no lo son los catalanistas. E incluso le doy una vuelta de tuerca más al asunto: tanto unos como otros están en un mundo en el que el nacionalismo es hegemónico y del que no es posible no contaminarse en absoluto en términos generales. Azaña y Negrín, que no eran nacionalistas, tuvieron como otros muchos tics, reacciones, comportamientos emotivos nacionalistas. Lo importante empero es que su comportamiento general, su ejercicio racional y político, no lo fue. El españolismo no nacionalista tiene como el catalanismo no nacionalista una posición política común, la defensa de un estado democrático que reconoce la pluralidad cultural. Lo que sí ocurre es que en tanto que la españolidad puede verse satisfecha políticamente en un estado, la catalanidad no lo ha podido, de ahí su mayor carga de movilización política. La organización centralista del estado, dominante desde la caída de la Primera República, ha bloqueado ese reconocimiento y ha dado alas a la negación de un proyecto político y un estado común.
De los dos yo afirmo lo mismo: españolismo no es idéntico a nacionalismo español; catalanismo no es idéntico a nacionalismo catalán. Quienes defienden esa identidad son los nacionalistas.
Vuelvo a la historia. Prat no solo fundó -fue pieza fundamental- el movimiento nacionalista catalán sino que empezó la reinterpretación de la historia en su beneficio. Pretendió que el nacionalismo era el río al que iban a parar todos los afluentes anteriores del «provincialismo» (se refiere al provincialismo que evocaba el recuerdo de Cataluña como provincia singular de la corona española) el federalismo, el regionalismo; en esa pretensión totalitaria lo que pretendía Prat fue disolver el federalismo, neutralizarlo como un estado no maduro de la «Cataluña plena». Esa operación llegó a tergiversar la historia verdadera de Almirall, pretendiendo que rompió con el federalismo de Pi Margall para dar el primer paso en la dirección del catalanismo político. Pere Gabriel ha explicado de manera reiterada que eso no es cierto, que lo que enfrentó a uno y otro fueron concepciones organizativas y opciones políticas concretas: frente a la defensa de Pi Margall de organizar el federalismo en un partido, Almirall propugnaba un movimiento. Frente al republicanismo de Pi Margall, Almirall se inclinó hacia el accidentalismo. Frente a la querencia revolucionaria de Pi Margall, Almirall no quiso volver a hablar de revolución. No sigo.
El nacionalismo catalán ha procurado siempre reducir toda expresión de catalanismo a nacionalismo; no soporta que pueda haber un catalanismo no nacionalista porque le va en ello la hegemonía sobre la sociedad catalana. Pero ha habido un catalanismo no nacionalista: el de los federales, que no eran catalanistas federales sino al revés, el del republicanismo popular de Layret, Alomar… el de la Unió Socialista de Catalunya de Campalans, el del PSUC. Ninguno de ellos fue antiespañol, ninguno de ellos pretendió la independencia; todos pretendieron no el estado complejo, sino el estado compartido que no es lo mismo.
Yo no quiero olvidar ese hecho histórico fundamental y no quiero sucumbir a la absorción nacionalista.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo, rebelión y Papeles de relaciones ecosociales.

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