Procesos nacionales en la época de Marx

Nos habíamos quedado en este capítulo: “Procesos nacionales en la época de Marx” (y de Engels, añado [1]).
Barros nos recuerda que Marx y Engels (MyE; en justicia y por orden alfabético deberíamos escribir Engels y Marx, EyM) eran hombres de estudio y acción (lucha sindical y política), consecuentes “con el materialismo activo que propugnaban en oposición al materialismo contemplativo de Feuerbach, objeto de sus críticas.” La práctica, lo subjetivo para Barros, era para los clásicos “criterio demostrativo de la verdad objetivo” (en mi opinión, no existe ningún criterio demostrativo de la ‘verdad objetiva’ [2] y, en cualquier caso, la práctica humana, político-social o tecnológica, no ejerce esa función). Las interpretaciones del mundo, aisladas de la práctica subjetiva, de la transformación del mundo añade Barros, se convierten en una cuestión escolástica. Es por ello, es una de sus tesis hermenéuticas (muy razonable desde mi punto de vista), que “el estudio del pensamiento de MyE resultaría herido si se excluye la acción política reflejada en sus escritos de coyuntura, siempre connotados teóricamente: artículos de prensa, cartas, prólogos, etc.”. En el tema que nos ocupa, la teoría de la nación en los clásicos del marxismo, “la acción social y política es la prueba de la práctica de la teoría”.

Barros señala que MyE toman parte activa de las luchas nacionales de la segunda mitad del siglo XIX, una época de cambios revolucionarios en las relaciones de nacionalidad. Lo hacen siempre guiados por dos criterios que considera complementarios (y que se han prolongado, señalo yo, en corrientes marxistas y en otras tendencias emancipatorias): 1. Una nación que oprime a otra no puede ser libre. 2. Los comunistas, cita del Manifiesto Comunista [3], solo se diferencian de los restantes partidos por “hacer valer los intereses comunes de todo el proletariado, independientemente de la nacionalidad” (La formulación, salvo error mío, se recoge con otras palabras en el anuncio del primer Congreso de la III Internacional de 24 de enero de 1919. Por otra parte, no siempre resulta fácil determinar cuáles son los intereses comunes de todo el proletariado, independientemente de la nacionalidad).
Barros contextualiza la sensibilidad de MyE ante la opresión nacional señalando la época de formación de un nuevo sistema de naciones-Estado por la vía de la fusión y/o asimilación de las nacionalidades medievales, “posteriormente defendida por Lenin, de que cualquier nacionalidad -en principio, sin excepción- tenía derecho a fundar un Estado propio.” [4] En los conflictos de nacionalidad que vivieron MyE se preguntaron sobre a quién conceder el apoyo para construir un nuevo Estado y, en muchos casos, absorber otras nacionalidades. Su criterio: al movimiento que más favoreciese el desarrollo de las fuerzas productivas porque aceleraba las condiciones para una ulterior revolución obrera.
(Dicho sea entre paréntesis: parece evidente la caducidad histórica de ese criterio. Por dos razones: 1. Es evidente que la aceleración del desarrollo de las fuerzas productivas, hoy (y desde hace muchas décadas) más bien productivo-destructivas [5], no garantiza ninguna revolución socialista. 2. Casi tan evidente como lo anterior: ningún partidario del socialismo del siglo XXI apuesta por el desarrollo alocado de las fuerzas productivo-destructivas consciente de los urgentes y esenciales problemas que conlleva, entre otros nudos del Antropoceno, el calentamiento global. El ecosuicidio no es ningún camino que nos aproxime al socialismo; lo contrario es lo verdadero).
La tendencia objetiva, a caballo de la expansión del capitalismo concurrencial, comenta Barros, llevaba a la formación de fuertes naciones-Estado, condición previa entonces para el desarrollo de “la gran industria, la creación de un proletariado numeroso, firme y poderoso, y su unificación internacional”. La situación, matiza, cambia a finales del siglo XIX: el derecho a la secesión de las nacionalidades oprimidas y de las colonias era una forma de luchar contra Estados multinacionales reaccionarios. Aún sí, apunta Barros en tesis que merece registrase (y con la que estoy muy de acuerdo [6]), “en ningún momento Marx, Engels o Lenin le dieron un valor absoluto, ahistórico, a una comunidad nacional, sea oprimida sea opresora, ni a cualquier otra modalidad de relación social”. Eran materialistas, añade Barros oportunamente.
Para él, el interés metodológico de los análisis concretos que sobre situaciones nacionales concretas [7] hicieron MyE, está, entre otros aspectos, en la combinación del enfoque subjetivo con el objetivo de forma casi siempre original. “La primacía de lo político, que depende de la voluntad de los hombres, en la acción nacional de clase, coexiste con las condiciones económicas heredadas, independientes de la voluntad de los hombres, es decir, con los factores materiales y objetivos que sirven de apoyo o limitación a los proyectos nacionales en curso”. Por otra parte, “tratándose precisamente de posiciones analíticas y políticas de coyuntura, tienen la mayor significación las referencias a las determinaciones materiales de los movimientos nacionales que nos han de facultar para aproximarnos a conceptos esenciales para la teoría materialista subyacente de la nación que queremos reconstruir”.
En una magnífica nota al pie de página que cuelga de determinaciones materiales, señala: “Hablar de producción y economía tratando de la cuestión nacional no era habitual en su tiempo, ni en el nuestro; está pendiente, v.g., profundizar en la íntima relación entre la crisis económica de 2010, la globalización y los avatares del independentismo catalán en el siglo XXI”. El independentismo catalán es, de hecho, secesionismo, y algo se ha dicho de esa íntima relación que señala el autor. La consideración es de enorme interés si la unimos a la respuesta de las clases dominantes y hegemónicas catalanes ante el importante movimiento social (nada que ver con los movimientos nacionalistas posteriores auspiciados, siempre o casi siempre, por y desde las propias instituciones de autogobierno), que irrumpió en las calles y plazas de muchas ciudades catalanas en el 15M.
Nada mejor, en opinión de Barros, para poner a prueba el nuevo método de análisis de la nación, ni una política cara a los procesos nacionales, que los momentos de cambio de nacionalidad. Nos recuerda Barros que el siglo XIX está marcado por la inestabilidad nacional causada por el tránsito del feudalismo del Antiguo Régimen al capitalismo industrial y el posterior avance de éste a todos los continentes, no sólo al europeo.
Barros comenta que va a detenerse en los casos de Francia, Alemania, Polonia, Irlanda, India, China y las nacionalidades eslavas, “países y situaciones que protagonizaron acontecimientos que acapararon la atención periodística y política de MyE durante cuarenta años” desde las revoluciones de 1848 hasta la década de los ochenta del siglo XIX. Como son casos disímiles Barros aventura la siguiente tipología:
1. Modelos clásicos de formación de las naciones capitalistas: “superan dialécticamente a través de un gran Estado a las nacionalidades medievales, integrando, asimilando y unificando internamente una sociedad civil con fronteras precisas”.
Subdivide este primer apartado del modo siguiente:
1.1. Naciones que lograron una unidad nacional y estatal tempranamente, en los siglos XVII y XVIII, por medio una revolución burguesa radical: Inglaterra y Francia.
(En nota al pie de página escribe: “En España se crea un Estado todavía más temprano, entre los siglos XV y XVI, por la vía de la fusión políticas de las Coronas de Castilla y Aragón, no hubo después una revolución burguesa clásica, de forma que la pluralidad nacional de origen medieval continúa hasta el día de hoy”. La Corona de Aragón es ‘rebautizada’ usualmente por el nacional-secesionismo con el nombre (inventado) de Corona catalano-aragonesa. Esa pluralidad nacional a la que alude Barros, ¿persiste del mismo modo?).
1.2. Naciones que consiguieron la independencia y la unificación tardíamente, en el siglo XIX, a través de una “revolución burguesa incompleta”. El caso de Alemania.
1.3. Naciones que consiguieron el carácter de tales, escindiéndose de la metrópoli, sin pasar, por tanto, por las nacionalidades feudales. Los casos de Estados Unidos, Canadá y Australia.
(De nuevo una interesante nota de Barros al pie de página: “Quedaron en su momento fuera del foco de nuestra atención las colonias españolas y portuguesas en América que se convirtieron en naciones independientes a lo largo del siglo XIX, si bien convendría una segunda lectura, a la luz de este trabajo trabajo teórico y metodológico de la compilación Materiales para la historia de América Latina, Córdoba, Cuadernos de Pasado y Presente, 1972”. Me permito añadir otro ensayo de interés sobre el tema: Augusto Zamora, Malditos libertadores. Historia del subdesarrollo latinoamericano, Madrid: Siglo XXI, 2020).
2. Los modelos anómalos de formación de naciones, de economía capitalista subdesarrollada o periférica respecto del sistema capitalista mundial, “que solo pueden acceder al estatuto de naciones plenas por la vía de la secesión y la liberación nacional”.
2.1. Nacionalidades oprimidas por uno o varios estados: Polonia, Irlanda, pueblos eslavos.
2.2. Nacionalidades extraeuropeas reducidas a colonias por el capital comercial: India y China.
Barros señala que la diferencia que hay de un grupo de modelos a otro estriba en que, en el primero de ellos, “MyE conocieron el resultado final de los procesos de formación de las grandes naciones burguesas”. En el segundo caso, no fue así. Las nacionalidades más atrasadas económicas se conformaron como Estados independientes, y las colonias rompieron con las metrópolis, en el siglo XX, tras el fallecimiento de ambos (1883 y 1895 respectivamente).
En un apunte crítico, Barros comenta que tiene cierta entidad considerar esta diferencia “para comprender la inercia (que también contagiará a los fundadores del marxismo) de ver, mecánicamente, en las experiencias de las naciones adelantadas el futuro de las menos avanzadas”.
Los apartados siguientes del capítulo que comentamos tienen los siguientes títulos: a) Formación de Francia. b) Unificación de Alemania, el mas extenso. c) Restitución de Polonia. d) Liberación de Irlanda e) Colonización de la India. f) Colonización de China. g) Engels y los pueblos eslavos.
A título de ilustración, unos breves (y parciales) apuntes sobre el caso de China:
1. La colonización europea de China no necesitó, como en la India, la imposición de una administración central. La dinastía Qing de los manchúes siguió gobernando hasta 1911, fecha en la que se proclamó la República china.
1.1. El libre comercio con China lo obtuvo Gran Bretaña mediante un sistema de tratados que fueron consecuencia de dos guerras: la primera guerra del Opio, 1841, y la segunda, 1857 (esta con la ayuda de Francia). Barros colige espléndidamente: “Se demuestra así que para el control de las condiciones de producción de un país no siempre era imprescindible su gobernación directa por parte de la metrópoli”.

2. MyE caracterizan la Rebelión Taiping de 1850 de la dinastía Qing de “guerra popular por la consecución de la nación china”, nación fragmentada por los efectos disolventes del comercio europeo y la guerra del opio. Según Engels, nos recuerda Barros, el pueblo chino participó en la segunda guerra (no en la primera, propiamente): “las masas populares desempeñan un papel activo, todavía más fanático en la lucha contra los extranjeros”.
2.1. La manufactura nacional (Barros entrecomilla) china cayó ante la inundación de mercancías baratas inglesas (a costa, por supuesto, de la plusvalía extraída al proletariado inglés y de sus durísimas condiciones laborales [8]). Los gobernantes manchúes perdieron toda autoridad.
2.2. China salió de su aislamiento secular, generándose una crisis social y nacional que, siendo anterior a la presencia europea, fue impulsada y catalizada por la intervención colonial.

3. Barros nos recuerda que MyE se posicionaron a favor de la guerra nacional y popular china contra manchúes y extranjeros. Constataron que moría la vieja China y amanecía “una nueva era para toda Asia”. Acertaron. “Las sucesivas guerras contra las potencias europeas y países limítrofes fueron el contexto favorable para que, pasado el tiempo, fuera posible la fundación de China como nación moderna en manos de Sun Yat-Sen, primero, y Mao Tse-tung después”.

4. Destaca Barros un cambio de actitud de MyE en el último tercio del siglo XIX respecto al papel revolucionario que deberían jugar las naciones oprimidas y las colonias. Comentando las consecuencias de la guerra chino-japonesa de 1894, Engels, el año anterior a su fallecimiento, subrayó que la implantación el capitalismo en China “proporcionará al mismo tiempo, el impulso para el derrocamiento del capitalismo en Europa y Norteamérica”. Las dos clases creadas por el capitalismo en China “marcarían la ruptura, en el siglo XX, de este país con el colonialismo primero y con el capitalismo después, dando entrada en la escena política a las masas campesinas, la mayoría de la población china”. Este hecho no proporcionó “el impulso necesario para el derrocamiento del capitalismo en Europa y Norteamérica. Pero cierto también que el proceso de rupturas, en la periferia del sistema mundial, resultó ininterrumpido desde 1917 hasta 1975”. Vietnam se liberó entonces del yugo imperial norteamericano, la primera de las grandes derrotas del Imperio.
El capítulo siguiente lleva por título: “Base material de la existencia nacional”, donde se recogen y comentan las explicaciones ‘materialistas’, bien temperadas, de Ber Borojov, el marxismo judío que Barros nos descubre.

Notas
1) Sobre el papel de Engels, no como mero segundo o tercer violín de la gran orquesta dirigida en exclusiva por Marx, es de lectura recomendable: Michael Krätke, Friedrich Engels. El burgués que inventó el marxismo, Barcelona: Bellaterra, 2020 (Traducción e introducción de Ángel Ferrero). También, en edición de Nicolás González Varela, Engels antes de Marx. Escritos (1838-1843), Vilassar de Dalt: El Viejo Topo, 2020.

2) No es frecuente el uso de la categoría ‘verdad objetiva’ (¿contrapuesta a verdad subjetiva?). Para el peliagudo y complejo tema de la verdad: Jacques Bouveresse, Nietzsche contra Foucault. Sobre la verdad, el conocimiento y el poder, Barcelona: Ediciones del subsuelo, 2020 (Traducción de Adan Kovacsics, edición original 2016).

3) Barros cita la traducción publicada en OME (OME-9), aquel intento, finalmente frustrado por la ley del mercado: “O vendes o no existes”, de publicación de las obras de Marx y Engels coordinado por Manuel Sacristán (1925-1985), que tradujo los dos primeros libros de El Capital (OME 40,41 y 42) y dejó a medias el tercer libro.

4) La formulación de Barros sobre la posición de Lenin presenta matices. Por ejemplo, Rosa Guevara Landa, Una consideración del historiador José Luis Martín Ramos sobre el derecho de autodeterminación”. https://rebelion.org/una-consideracion-del-historiador-jose-luis-martin-ramos-sobre-el-derecho-de-autodeterminacion/ De hecho, si, como suele hacerse, se entiende nacionalidad en un sentido amplio, la defensa de tal tesis, que sigue figurando en los estatutos de algunos partidos comunistas, generaría un permanente ‘mundo en llamas’. Otra cosa distinta es su limitación a los casos de opresiones nacionales (reales, no ficciones interesadas) y a situaciones de colonialismo o semicolonialismo.

5) El término fue usado por Manuel Sacristán, uno de nuestros primeros marxistas ecosocialistas, desde finales de los años setenta. Véase, por ejemplo, “Entrevista con Dialéctica”. En De la Primavera de Praga al marxismo ecologista. Entrevistas con Manuel Sacristán Luzón, Madrid: Los Libros de la Catarata, 2004 (edición de Francisco Fernández Buey y S. López Arnal), pp. 147-178.

6) Magnífico apunte crítico. Contra determinadas aproximaciones nacionalistas al tema; también para algunas consideraciones que se autodenominan de izquierdas.

7) La formulación leninista es evidente.

8) El mismo Engels habló de ello en su inolvidable La situación de la clase obrera en Inglaterra, que escribió a los 24 años. Publicado por primera vez en 1845, Marx cita el texto engelsiano en varias ocasiones en el primer libro de El Capital. Akal publicó en 2020 una reedición de este gran clásico. En mi opinión, una de las mejores formas de introducirse en el pensamiento y sentimiento emancipador de tradición marxengelsiana.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo, rebelión y Papeles de relaciones ecosociales.

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