Ser, sentir y pensar desde y con los de abajo

Ser, sentir y pensar desde y con los de abajo

Salvador López Arnal y Jordi Mir García

Presentación de Sobre Simone Weil (Francisco Fernández Buey, El Viejo Topo, Vilassar de Dalt (Barcelona), 2020)

En 1979 o 1980, en la redacción de mientras tanto, tuvimos una discusión sobre el tema de la miseria, el hambre, la calle. Planteé cómo lo veíamos y qué alternativa teníamos. Se veía en TV a gente a la que se preguntaba: ¿y usted qué hace cuando se encuentra a la entrada del metro de Madrid o de Barcelona una multitud de pobres que piden? Para mí, la definición respecto al «qué hace usted» es mucho más importante que la manifestación teórica de los principios ideológicos. ¿Qué hace un marxista ante esto? (…) ¿A dónde lleva una reflexión como esta? Pues a una consideración sobre los movimientos religiosos de hoy en día. ¿Por qué la religión, a pesar del momento tan reaccionario en que vivimos, presenta tanto atractivo para tanta gente pobre? Porque por lo menos atiende los problemas verdaderamente graves para una parte importante de la humanidad. Igual desde la otra perspectiva: ¿por qué hay tanto fundamentalismo en el mundo? Pues porque el fundamentalismo religioso -lo podríamos decir como lo decía Marx- es “el suspiro de la criatura oprimida». Hay momentos en los que atender el suspiro de la criatura oprimida es más importante que la duda eterna y, evidentemente, más que el poder establecido.
Francisco Fernández Buey (2011)

En el prólogo a la edición castellana de los Escritos históricos y políticos de Simone Weil, Francisco Fernández Buey sugería muy a la Brecht al lector/a, a la persona que tuviera el libro entre sus manos, que no lo abandonara. En lo que seguía, después de sus “pobres palabras” de presentación, iba a encontrar lo que convertía al pensamiento nacido de una tradición (la anarquista del movimiento obrero en el caso de Weil) en pensamiento propio: “originalidad, radicalidad, singularidad en el tratamiento de asuntos y acontecimientos que acuciaban a los más”.

Fueron estas aristas, efectivamente, las que más interesaron y conmovieron al autor de La gran perturbación del pensar y hacer de la filósofa francesa: profundidad, solidez y compromiso en el tratamiento de las temáticas a las que se enfrentó; valentía e independencia político-cultural; reflexión no distanciada sobre los asuntos que acuciaban a los más; búsqueda de la consistencia entre el decir y el hacer. En síntesis, su pensar hasta el final y con su propia cabeza, su “ir en serio” [1].

El autor de Poliética, fuertemente sacudido por la vida y obra de la pensadora francesa, mantuvo esta consideración hasta el final de sus días.

En la que fue una de sus últimas entrevistas [2], el miembro de la Academia de Ciencias de Estados Unidos respondía a una pregunta de su malogrado amigo Jaume Botey sobre el marxismo cálido recordando que para él Gramsci siempre había sido el marxista por antonomasia. Había empezado a leer cosas suyas sueltas en 1963, y de manera más sistemática a partir de conocer a Manuel Sacristán. [3] Siempre había considerado que el revolucionario sardo había interpretado a Marx de manera muy discutible filológicamente (su noción de ideología, por ejemplo, estaba alejada del concepto marxiano), pero que, sin embargo, gracias a su heterodoxa lectura, había hecho avanzar creativamente la tradición de política emancipatoria inspirada en la obra y praxis de Marx y Engels. Lo mismo había ocurrido con el pensar Marx a contracorriente de Weil. Las agudas críticas de la filósofa francesa habían favorecido una lectura libre y fructífera, nada canónica, en absoluto repetitiva, del legado del autor del Manifiesto Comunista.

El profesor de la UPF recordaba a continuación que en su opinión lo más admirable de Gramsci había sido su biografía. Que con sus características singulares aguantara lo que aguantó, y lo hiciera con aquel talante moral hasta el final de sus días, ponía de manifiesto que había sido un comunista antifascista fuera de lo normal. De hecho, recordaba:
Todavía hoy, en el curso de filosofía que imparto en la Facultad de Humanidades, doy como tema una comparación entre Gramsci y Simone Weil, porque de todos los personajes del siglo XX que he leído con pasión son los que más me han impresionado, aunque por otra parte son muy distintos. Probablemente, si les hubiéramos puesto frente a frente en una habitación, podría haber sido igual que cuando Simone Weil coincidió con Trotsky: habrían saltado chispas y no hubieran podido ni hablar. Sin embargo, lo que pensaron, lo que hicieron, lo que escribieron, aun procediendo de tradiciones distintas y pensando con su propia cabeza, tienen muchos puntos de contacto [las cursivas son nuestras].

No fue la única vez en que Fernández Buey se manifestó en estos términos. Ambos, Gramsci y Weil, apunta en el primer texto de este volumen, actuaban como si el imperativo categórico fuera su ideal: hacer un “nosotros” del propio “yo”. Ambos se habían atenido a un altísimo concepto de la ética en sus vidas, una ética del sacrificio en ambos casos. Gramsci, en la cárcel, a pesar de la enfermedad, del aislamiento y de la soledad, se había negado reiteradamente a firmar una petición de gracia al régimen mussoliniano porque no quería disfrutar de una situación de privilegio en comparación con otros trabajadores antifascistas que habían sido encarcelados por los mismos motivos que él. Nunca quiso ser “un pingo almidonado”. Weil quiso vivir como entonces vivían los trabajadores y trabajadoras de fábrica, compartir sus vivencias y sus sufrimientos. Por eso se proletarizó. Para ambos, prosigue “el Buey”, así le llamaban cariñosamente alumnos suyos de la Facultad de Humanidades:
la ética de la convicción (en el sentido weberiano) fue esencial y para ambos también el hacer era la mejor forma de decir. Gramsci y Weil tienen como centro principal de interés la condición obrera. Pero no sólo por interés intelectual o sociológico (por conocer y analizar), sino con la idea de que este conocimiento es básico para que la clase obrera pueda emanciparse [la cursiva es nuestra].

Gramsci pensó en el proletariado industrial y en el campesinado pobre como sujetos de la liberación humana. También Weil en estos años. Para pensar, poco después, cada vez más en los desgraciados, en los desdichados, en los humillados y ofendidos en general. Los dos dieron mucha importancia a la subjetividad, a la voluntad de los sujetos. Gramsci fue, en muchos aspectos, voluntarista; Weil fue, en muchas de sus aristas, personalista.

En el caso de Weil, los resultados de la lectura apasionada del autor están a la vista. El conjunto de artículos, presentaciones y notas que componen este volumen muestran, en nuestra opinión, la comprensión profunda del pensar y hacer de la filósofa y activista francesa y la singular capacidad de exposición del que fuera profesor de Filosofía moral y política de la UPF.

Lo esencial de su interés por la obra y la vida de Weil está magníficamente recogido en su presentación de la obra colectiva Simone Weil: la conciencia del dolor y de la belleza:
Yo no sé si se puede decir, como se ha dicho a veces, que Simone Weil fue “una santa genial”, entre cosas porque tengo dudas de que haya santos o santas entre los humanos de este mundo. Pero lo que sí sé es que si ha habido en la historia del filosofar del siglo XX una pensadora en la que el decir y el hacer fueron de verdad de la mano hasta la muerte –y eso me parece lo más difícil que hay— y esa mujer increíble fue Simone Weil.

Son numerosas las ideas-fuerza de Simone Weil que el autor de Leyendo a Gramsci destaca con énfasis en los textos que componen este libro. Entre ellas:

1. Su radicalidad, su pensar hasta el final, como decíamos. La coherencia entre su sentir, decir y hacer.

2. Su profundidad filosófica. Un ateo o un agnóstico no puede despreciar el interés de las afirmaciones y tesis de la filósofa francesa porque “sonaban a música reaccionaria”. No es necesario compartir su religiosidad, apuntaba el colaborador de Noticias Obreras, para darse cuenta de que Weil estaba reflexionando, en los años treinta del pasado siglo, sobre problemas todavía muy serios para todos nosotros.

3. Su crítica a los tribunos. A diferencia de lo que había sido la tradición obrera mayoritaria del siglo XX, el acento de la autora de La fuente griega había recaído siempre en la crítica de los tribunos, de todo tipo de tribunos, de los externos y también de los internos.

4. El enraizamiento, la importancia que Weil había concedido en sus últimos años a la idea de echar raíces, que no era otra cosa sino estar, cultivar y apoyar la propia tradición libremente. La falta de raíces consolidaba la infelicidad y la desventura del ser humano.

5. Su visión del cristianismo. La autora de A la espera de Dios tenía una visión cultural, no religioso-dogmática e institucional del cristianismo como tradición. Le atraía fuertemente su ideal de comunidad universal (“todos los hombres son uno”) y creyó ver esa misma idea en otras manifestaciones culturales (religiosas o no) a lo largo de historia: en los trágicos griegos, en los pitagóricos, en Platón, en los estoicos, y también en los textos de otras religiones orientales. En esto, apuntaba el estudioso de Maquiavelo, la posición de Weil tenía más de un punto de contacto con los neoplatónicos renacentistas de la Escuela de Florencia y avanzaba lo esencial de lo que, décadas después, se presentaría como proyecto de una ética mundial.

6. Su concepción del trabajo manual. Todo lo que la autora de La condición obrera había escrito sobre el tema tenía el valor añadido de la experiencia vivida, de la veracidad que sólo da la práctica. “Trabajo” y “trabajadores” no fueron para ella, remarcaba el autor de Trabajar sin destruir, meras abstracciones sociológicas o el objeto central de la economía política: eran palabra viva, palabras bajo las cuales latía, verdaderamente, “el esfuerzo, la producción, el cansancio, el dolor, el sufrimiento, la alienación y el deseo de liberarse de unas cadenas que fueron cadenas tangibles”, las que unían a hombres y mujeres, a trabajadores y trabajadoras en la fábrica misma (y que ella había sufrido en propia carne).

7. Su penetrante lectura de Marx. Incluso con el déficit de sus lecturas, que no era atribuible a una falta de interés intelectual de la filósofa francesa sino al hecho de que varios de los escritos marxianos no habían visto todavía la luz en aquellos años, las críticas de Weil a la obra de Marx y al marxismo eran, en opinión del autor de Marx (sin ismos), una de las aproximaciones más serias y atendibles entre las muchísimas que se habían escrito en aquellos años.

8. Su temprana crítica al desarrollismo. En opinión de Weil, señala el que fuera activista del CANC [4], Marx presupuso sin demostración en muchos pasajes de su obra, como si se tratara de un axioma o de una verdad evidente, que las fuerzas de producción eran susceptibles de un desarrollo ilimitado. Era ciertamente una presuposición no fundamentada (no siempre defendida por Marx), que “equivalía a creer que nuestra voluntad convergía con una misteriosa voluntad que actuaría en el mundo y nos ayudaría a vencer”.

9. Su antiestalinismo. También interesó al autor de Marx contracorriente la crítica de la autora de la Nota sobre la supresión de los partidos políticos al régimen existente en los años treinta en la Unión Soviética. La crítica a la sumisión de los comunistas europeos al estalinismo había estado muy presente en una parte importante de los escritos ético-políticos de la autora francesa desde 1932 en adelante. Nadie podía sentirse orgulloso de cantar La Internacional para aplaudir condenas de muerte. El autor de “Socialismo, pena de muerte, torturas”, al igual que Weil, siempre pensó que el movimiento obrero no estaba hecho para pregonar la muerte.

10. Sus reflexiones sobre su experiencia en la guerra civil española. Brotó ahí, en su pensar sobre lo vivido en nuestra guerra, la crítica a la actitud y el comportamiento de los propios. Weil vio cómo en el bando republicano y en las propias filas anarquistas “se había ido imponiendo también la desmesura, la ausencia de toda limitación, cómo se perdía toda garantía individual y cómo triunfaba la anulación de toda libertad”. Para FFB, la activista y pensadora francesa supo ver con lucidez entre los suyos formas de coacción militar contrarias al ideal libertario y humanitario que defendían los anarquistas.

11. Su crítica al concepto de revolución. La palabra mágica que desde 1789 había expresado la esperanza de los de abajo era revolución. Pero para Weil también esa esperanza se había perdido. Había que tener mucho coraje político, mucha independencia intelectual, en los años treinta del pasado siglo, destaca el autor de Utopías e ilusiones naturales, para preguntarse si “revolución” era algo más que una palabra.

12. Su crítica a la cultura de la crisis. El autor de Para la tercera cultura subrayó la diferencia sustancial del pensamiento de la hermana de André Weil respecto a la filosofía alemana de la cultura de la crisis, lo que estaban escribiendo en aquel tiempo Spengler, Jaspers, Husserl o Heidegger. No era la crítica de la pensadora francesa una mirada culturalista, antirracionalista y anticientífica. Todo lo contrario. En lo que tuvo de avance premonitorio de lo que luego se ha llamado perspectiva ecologista o medio-ambientalista, Weil subrayó “la diferencia respecto de la idealización de la naturaleza y la metafísica de la ecología profunda”.

Toda la aproximación del profesor de la Facultad de Humanidades de la UPF a la obra de Simone Weil muestra con nitidez las características centrales de su filosofar: pensamiento libre y nada sectario; búsqueda de coincidencias en el ámbito de la lucha a favor de los desfavorecidos; exposición clara y profunda; reflexión singular pensando siempre, como hiciera la pensadora francesa, con la propia cabeza, intentando penetrar en la vida y el pensamiento del autor/a estudiado sin ceguera, sin que la propia cosmovisión manipule, tergiverse o menosprecie sectariamente el pensamiento analizado.

Pasen, pues, y lean. No les defraudará el autor de Albert Einstein. Ciencia y conciencia en su lectura, próxima y crítica a la vez (y sin contradicción), de una filósofa tan heterodoxa, libre y consecuente como Simone Weil.

*

A los tres textos publicados por el autor sobre el pensamiento de la filósofo francesa (el capítulo de Poliética, su prólogo a los Escritos históricos y políticos y sus Cuatro calas en la filosofía política de Simone Weil), hemos añadido textos hasta ahora no publicados, materiales didácticos y presentaciones. En un anexo hemos introducido un texto de 2001 donde Fernández Buey expone sus consideraciones e hipótesis sobre “Ciencia y religión”.

El lector/a observará una intersección no vacía entre los materiales incluidos. A pesar de ello los hemos reproducido en su totalidad: para evitar desequilibrios en la lectura y porque el autor de Sobre Manuel Sacristán suele introducir casi siempre variantes y matices de interés.

Agradecemos a Rafael Díaz Salazar, Miguel Riera, Jordi Torrent Bestit y Mercedes Iglesias Serrano su apoyo y sus observaciones.

Nuestras notas a pie de página están diferenciadas por las letras NE.

Si algún valor tiene nuestro trabajo de edición, nos gustaría dedicarlo a la memoria de nuestro maestro y amigo. También, por supuesto, a la de la autora de La condición obrera.

Notas.

1) La expresión tiene su origen de una entrevista de 1979 a Manuel Sacristán para El Viejo Topo editada por primera vez mucho tiempo después, en 1996. Véase Entrevistas a Manuel Sacristán. De la primavera de Praga al marxismo ecologista, Los Libros de la Catarata, Madrid, 2004, pp. 91-114 (edición de Francisco Fernández Buey y Salvador López Arnal).
2) Véase Jaume Botey, “Conversaciones con Francisco Fernández Buey”. Iglesia viva, n.º 246, abril-junio 2011, pp. 73-90.
3) A diferencia del caso de Gramsci, el autor no supo de los escritos de Sacristán de principios de los años cincuenta sobre la filósofa francesa hasta la publicación del segundo volumen de Panfletos y materiales: Papeles de filosofía, Icaria, Barcelona, 1984.
4) Comité Antinuclear de Cataluña. Otro ejemplo más del marxismo praxeológico de FFB. El entonces ex militante del PSUC coincidió allí con amigos y compañeros suyos como Manuel Sacristán, Toni Domènech, Víctor Ríos y con el gran científico franco-barcelonés Eduard Rodríguez Farré.

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