El País, 24/05/2026. “¿Qué ha pasado para que la libertad de Miguel Hernández ahora sea la de Díaz Ayuso?”.
Durante décadas, ciertas palabras parecían hablar un único idioma político. Libertad, rebeldía, pueblo, soberanía popular, antiélite, defensa de los trabajadores, resistencia o antiglobalización remitían automáticamente a la izquierda. Pero algo ha cambiado. La derecha contemporánea ha aprendido a ocupar también ese territorio simbólico, apropiándose de términos y emociones que hasta hace poco pertenecían casi en exclusiva al imaginario progresista. Una apropiación que no solo transforma el significado de esas palabras, sino también el imaginario político que las rodea.
Todos estos términos y muchos circunloquios asociados a ellos, o reivindicaciones que tradicionalmente se han asociado a las reclamaciones que se hacían desde la izquierda ahora resulta que, por arte de birlibirloque, son utilizados desde la derecha.
La cosa no es nueva, lo sé, ni es una característica patria. Donald Trump ha hecho uso de, por ejemplo, la reivindicación de “hombres y mujeres olvidados”, una expresión cuasi marxista, que Buñuel asociaba a marginales en su película con ese título. Javier Milei criticó a la “casta política” que 15 años antes criticaba Podemos. La “libertad” ha sido espíritu y eje de multitud de campañas de la derecha, desde Ayuso a Milei. “Globalistas vs patriotas”, “defender la soberanía nacional”, “producción nacional” son frases que han estado en boca de Meloni o Marine Le Pen, por no hablar de aquel ya lejano “recuperar el control” populista que se usó en el Brexit. La derecha y ultraderecha ahora critican la “prensa corrupta” y las fake news; no olvidarse de los trabajadores norteamericanos, reivindicar al obrero francés; en Hungría o Alemania critica a la OTAN o a EE UU. Es más, si ahora nos acercamos a las redes sociales y buscamos determinados perfiles solo leer “políticamente incorrecto”, o “antisistema” una tiende a pensar en alguien alineado con la ultraderecha.
En España la cosa no varía. Vox pone énfasis en la “ecología patriótica” o su defensa del paisaje nacional. Desde Aliança Catalana se apela a un “feminismo occidental” y desde el PP se reivindica una “democracia real” o se insiste en “la libertad no se toca” (otra vez la libertad) y en “recuperar España” o ese recordatorio a las clases medias y populares con “la España que madruga”. Aunque, probablemente, uno de los más utilizados de todos los eslóganes recientes haya sido “gobernar con sentido común”, utilizado por toda la derecha.
Es cierto, me dirán, que muchos de estos lemas funcionan porque estamos hablando de conceptos ambiguos: libertad, pueblo, soberanía, democracia, justicia social… pero no lo es menos que hemos dejado de pensar en la libertad como emancipación social y hemos empezado a considerarla individualismo neoliberal; el pueblo ya no es la clase trabajadora, sino una mayoría oprimida por el Estado y los impuestos; ser antisistema no es ser de izquierda radical, sino anti élite progresista; la soberanía no es el antiimperialismo, sino justamente el supremacismo nacional; y los trabajadores ya no son la clase obrera, sino la clase media autóctona asediada por los de fuera.
¿Qué ha pasado para que la libertad de Miguel Hernández ahora sea la de Isabel Díaz Ayuso? ¿En qué momento el “ni un paso atrás” de las reivindicaciones feministas ha pasado a ser el “No me van a mover” de la presidenta madrileña? ¿Cómo ha dejado la izquierda todas esas reivindicaciones en manos la derecha? Porque a todas estas, un pequeño detalle no sin importancia: ahora la izquierda responde a todos los problemas planteados en clave material con argumentos morales, sentidos, identitarios, emocionales… regalándole a la derecha todas las respuestas en el terreno del sentido común y de lo material. Una diría no solo que la derecha está ganando el discurso, sino que le hemos puesto en bandeja que lo gane.
En las recientes elecciones, desde la izquierda, hubo una tímida defensa de la sanidad pública y mucha identidad, mucho reivindicar preferencias sexuales y nada de las necesidades reales de los españoles. Así pues, lo que más sorprende no es que la derecha se apropie del discurso, es que la izquierda se lo regale. Y cuando les dejamos usar esos términos, cuando no asumimos los problemas reales y las respuestas se limitan a un “cuidado que viene la ultraderecha”, o “eso es racismo”, y desaparecen las reivindicaciones de la izquierda tradicional, el votante cambia de bando. Quizás el juicio moral es certero, pero no aporta soluciones, y el ciudadano de a pie no encuentra respuesta a los problemas materiales —falta de vivienda, buenos servicios de salud, problemas en la educación o trabajos que permitan vivir dignamente—.
La izquierda tiene que identificar los verdaderos problemas y asumir y dar respuesta a todos ellos, a la escasez de vivienda, a los problemas sanitarios, a la infrafinanciación de los servicios públicos y al debate sobre la inmigración. Solo si contestamos esas preguntas, si somos capaces de asumir cómo plantear soluciones, podremos recuperar el discurso desde la izquierda. Necesitamos que palabras como “libertad”, “rebeldía”, “soberanía” o “inconformismo” vuelvan a ser de la izquierda porque sabemos que la derecha y la ultraderecha ni proporcionan libertad, ni son rebeldes contra los poderosos, ni luchan por la soberanía de los pueblos, ni son inconformes con el dominio de los poderosos.
Carmen Domingo es escritora. Su último libro es Coser y cantar. Las mujeres y la política en España (1939-1975) (RBA).
https://elpais.com/opinion/2026-05-24/la-derecha-roba-el-lenguaje.html.