Geopolítica, antropología y religión

Reseña de Emmanuel Todd, La derrota de Occidente, Madrid: A Fondo-Akal, 2024, 297 páginas (traducción de José Weissdorn)

El ensayo de Emmanuel Todd [ET] está escrito con la colaboración de Baptiste Touverey, ¡cuyo nombre figura solo en el interior del libro (y en letra más pequeña), no en la portada!

Tras sendas citas de Raymond Aron y Martin Lutero, La derrota de Occidente [LADEOC] abre con 10 sorpresas relacionadas con la guerra en Ucrania. También esta reseña (con cinco en este caso, no relacionadas directamente con la guerra; los énfasis son míos): 1ª. Mirada idealizada sobre el pasado USA: “Entre 1945 y 1965, Estados Unidos estuvo gobernado por una élite homogénea, coherente, unida por lazos personales; conservó los aspectos buenos del protestantismo y supo controlar los malos; se sometió, como el resto de la pobación, a un código moral común; aceptó el servicio militar; llevó a cabo una política exterior responsable basada en la defensa de la libertad, excepto, hay que recordarlo, en América Latina, el patio trasero de Estados Unidos, donde podían dar salida a los malos instintos que están presentes sin remisión en el ser humano.” (233, los énfasis son míos). 2. Un esquema de explicación: “El sistema norcoreano representa la transformación de un totalitarismo comunista estándar en un totalitarismo de corte étnico dirigido por un linaje familiar. La familia jerárquica coreana, que fomenta la continuidad del linaje y una percepción étnica del pueblo (la desigualdad de los hermanos deviene desigualdad de las personas y de los pueblos), puede explicar este cambio.” (242). 3. Dos sorprendentes agradecimientos a Peter Thiel (PayPal, Palantir). El segundo de ellos: “Agradezco de nuevo a Peter Thiel que me informara sobre este hecho y sobre el artículo.” (231, nota). El hecho y el artículo: “Un sorprendente artículo de la revista en línea Tablet (una revista judía) muestra hasta qué punto la tendencia actual es hacia la dilución de la centralidad judía en Estados Unidos.” (231) 4. Una no-racional filosofía de la historia: “Nuestros gobiernos están tomando decisiones, peor su visión del equilibrio de poder mundial -militar, económico, ideológico- y de cómo está evolucionando es… fantasiosa. Su no-conciencia y la consiguiente ausencia de un proyecto real justifican un enfoque cronológico: es examinando las decisiones concretas de los actores, en una secuencia histórica que no han sabido gestionar, cómo podemos entender la inexorable y absurda marcha hacia la guerra a la que hemos asistido. La existencia de un componente nihilista en Estados Unidos y de otro en Ucrania, de distinta naturaleza, excluye a priori una interpretación racional de la Historia. Nuestro único consuelo será ver cómo la fusión de los dos nihilismos, el estadounidense y el ucraniano, conduce a una derrota, revancha última de la razón en la Historia.” (267-268). 5. Un (inexorable y personal) escenario de futuro: “Personalmente, estoy convencido de que los esfuerzos de Estados Unidos por alejar Alemania de Rusia -una de sus obsesiones estratégicas desde 1990- acabarán fracasando. En el mapa de Europa destacan dos grandes fuerzas: Alemania y Rusia. Su misma tasa de fecundidad -1,5 hijos por mujer- las modera y las acerca. Ya no pueden hacerse la guerra; su especialización económica las hace complementarias. Tarde o temprano, colaborarán. La derrota estadounidense-ucraniana allanará el camino para su acercamiento. Estados Unidos no podré frenar indefinidamente la fuerza gravitatoria, por así decir, que atrae Alemania y Rusia.” (pp. 269-270).

Hay más sorpresas. No alargamos la lista.

El punto de vista, la perspectiva del autor: “Empecemos por definir Occidente en serio, es decir, descartando los tópicos que lo asocian exclusivamente a la democracia liberal”. Emmanuel Todd [ET] hablará de economía, “ya que la crisis de Occidente se manifiesta en la guerra por por unas graves carencias industriales”, pero también de estructuras familiares. Sobre todo, así lo señala con énfasis, “voy a dar una importancia crucial a la religión”. En el origen y en el centro del desarrollo occidental no encontramos el mercado, la industria y la tecnología, nos recuerda ET, “sino… una religión particular, el protestantismo”. Se comporta así, admite ET, “como un buen alumno de Max Weber, que situó la religión de Lutero y Calvino en el origen de lo que en su momento pareció ser la superioridad de Occidente”. Pero más de un siglo después de la publicación de La ética protestante y el espíritu del capitalismo, “podemos ir más allá de Weber de una manera nueva. Si, como él afirma, el protestantismo fue realmente la matriz del despegue de Occidente, su muerte es hoy la causa de su desintegración y, de un modo más prosaico, de su derrota.” (108). ET incluye, pues, la larga duración de la historia religiosa en su análisis geopolítico inmediato. Se trata de un ejercicio difícil, admite, pero, en su opinión, “indispensable si queremos hacer previsiones con cierto grado de credibilidad y eficacia.”

Una de sus afirmaciones (algo rotunda esta vez): “Lo que Putin, un profesional de las relaciones internacionales, intuye en su expresión “imperio de la mentira”, pero sin llegar a definirlo del todo, y lo que Mearsheimer, un teórico de las relaciones internacionales, se niega rotundamente a ver, es una verdad muy simple: en Occidente, el Estado-Nación ya no existe” (18). ¿Verdad muy simple?

Una ilustración de la singular perspectiva crítica de ET: “No ignoro que la noción de deep state (Estado profundo), cuyo adeptos buscan órganos de gobierno secretos en las profundidades del aparato estatal, es extremadamente popular. Yo no pertenezco a esa escuela. Al contrario, propongo fundar una “escuela del Estado superficial” (¿el shallow state?). Los aparatos estatales existen en Estados Unidos, donde el Ejército, la Marina, la Air Force, la CIA y la NSA son máquinas gigantescas y frías. Pero están pobladas por individuos que, en su mayoría, respetan el principio jerárquico. Estos monstruos burocráticos están montados por la pequeña banda de semi-intelectuales que viven en el Blob, una subaldea de Washington.” (237)

Una de las muchas consideraciones de LADEOC que pueden causar perplejidad al lector: “Un país con una tasa de mortalidad infantil inferior a Estados Unidos no puede ser más corrupto. La mortalidad infantil, al reflejar el estado profundo de una sociedad, es en sí misma un mejor indicar de la corrupción real que otros indicadores elaborados según quién sabe qué criterios. Es más, los países con menor mortalidad infantil son los que podemos comprobar que son también los menos corruptos: los países escandinavos y Japón. Vemos, pues, que, en la parte alta de la clasificación, los indicadores de mortalidad infantil y de corrupción están correlacionados.” (31)

De manera más ordenada. LADEOC es un ensayo de geopolítica, un muy comentado ensayo de Emmanuel Todd (con la colaboración, recordemos, de Baptiste Touverey) que merece atenta lectura y relectura, más allá de acuerdos, desacuerdos y matices:

Por su sensatez: “Todos los indicadores económicos utilizados hasta ahora se refieren a la producción de bienes o mercancías. Si queremos evaluar en profundidad el potencial de una economía, tenemos que remontarnos a los productores, a las personas que fabrican las cosas. Porque una economía es ante todo un conjunto de hombres y mujeres que se han formado y han adquirido una serie de competencias.”, 219; “Descendamos a las profundidades sociológicas de la población activa, ya que, mejor y más que el PIB, una economía es una población que trabaja, con sus diferentes niveles de formación y sus distintas competencias. Lo que distingue fundamentalmente a la economía rusa de la estadounidense es, entre las personas con estudios superiores, la proporción mucho mayor que opta por estudiar ingeniería; en 2020, el 23,4%, frente al 7,2% de Estados Unidos”, 39.

Por su (duro en ocasiones) sentido del humor: “Lo irónico de que estas dos hambrunas fueron provocadas o sublimadas por ideologías de sentido opuesto: un colectivismo estatal delirante en el caso de Ucrania y un liberalismo moralista que rechazaba la intervención del Estado en el de Irlanda. Pero seamos justos: una vez más debemos admitir la superidad del liberalismo, que mató con más eficacia en Irlanda que el colectivismo en Ucrania. La gran hambruna irlandesa se cobró un millón de víctimas de una población de 8,5 millones, es decir, el 12% de la misma. La gran hambruna ucraniana supuso 2,6 millones de víctimas de una población de 31 millones, es decir, el 8,5%”, 63; “Hoy sigo convencido de que Alemania, durante un tiempo trastornada por la interrupción de su suministro de gas ruso, saldrá adelante. Y desde que el diario británico The Economist, que siempre se equivoca, la presentó una vez más (el 17 de agosto de 2023) como el enfermo de Europa, estoy seguro de ello”, 276.

Incluso a pesar de alguna generalización apresurada: “Los economistas no se contentaron con ignorar este fenómeno; en su prisa por demostrar que todo era para bien en el mejor de los mundos posible (y sobre todo en el suyo, generalmente el de las universidades y los think thank empresariales), urdieron una absurda interpretación de los salarios más altos de los que disfrutaban, en general, las personas con estudios superiores (en comparación con quienes no tienen más que estudios de secundaria, que suele ser trumpistas)”, p. 220.

También por los magníficos sarcasmos de ET. Dos ejemplos: 1. “Conociendo personalmente a muchos periodistas de Le Monde, L’Express, Le Point, las radios públicas francesas y otros medios, creo que la hipótesis de una falta de competencia en materia demográfica y militar es más plausible que la de un encubrimiento consciente. Menciono esta posibilidad por cortesía.” p. 51, n. 26. 2. “Admito, sin embargo, que mi modelo [el que desarrolla en el primer capítulo del libro] tiene un punto débil a los ojos de Occidente: supone que Vladimir Putin es inteligente”, 54.

Antropólogo, historiador y ensayista, autor de La chute finale (1976), libro (no leído por mí) que, según se apunta en la solapa interior del libro, anunciaba el hundimiento del sistema soviético (autor también de Después del imperio y de Después de la democracia, publicados ambos por Akal), ET ha estructurado LADEOC en una introducción (“Las diez sorpresas de la guerra”), once capítulos, conclusión, postcriptum y un índice de mapas, tablas y gráficos. Falta un índice onomástico, que en esta ocasión se echa en falta.

Los capítulos: I. La estabilidad rusa. II. El enigma ucraniano. III. Rusofobia posmoderna en Europa del Este. IV. ¿Qué es Occidente? V. El suicidio asistido de Europa. VI. En Gran Bretaña: hacia la nación cero (Croule Britannia). VII. Escandinavia: del feminismo al belicismo. VIII. La verdadera naturaleza de Estados Unidos: oligarquía y nihilismo. (Entre los mejores del ensayo, junto con el X). IX. La economía estadounidense se desinfla. X. La Banda de Washington. XI. Por qué el mundo eligió Rusia. Conclusión: “Cómo Estados Unidos ha caído en la trampa ucraniana: 1990-2022” (Cierra con estas palabras: “Sin embargo, el estado sociológico cero de Estados Unidos nos impide hacer cualquier predicción razonable sobre las decisiones últimas que tomarán sus dirigentes. No olvidemos que el nihilismo hace posible cualquier cosa, absolutamente cualquiera.”, 289). Postscriptum: “Nihilismo estadounidense: la prueba de Gaza; con curiosos abandonos: “Si queremos anticipar las decisiones estratégica de Estados Unidos, debemos, pues, abandonar urgentemente el axioma de la racionalidad. Estados Unidos no busca ganancias evaluando costes. En el pueblo de Washington, en el país de los tiroteos masivos, en la hora de la religión cero, la pulsión primera es una necesidad de violencia”, 293.

El VII, “Escandinavia: del feminismo al belicismo” es, en mi opinión, el más flojo e innecesario del libro. Especial relevancia tiene el apartado de conclusiones: “Las decisiones de Washington han dejado ser morales o racionales. Así que no otorgaré a este Estados Unidos, que ya no sabe quién es ni adónde va, la imagen paranoica clásica de un sistema manipulador eficaz”.

Reparen en la categoría “Blob”, que ET toma de Ben Rhodes, un antiguo asesor de Obama, para referirse al microcosmos que está a cargo de la política exterior usamericana.

No hay, por otra parte, referencias al sindicato Epstein, a pesar de que el original francés de Ediciones Gallimard es de 2024 (el libro está fechado el 10 de septiembre de 2023).

ET abre el libro con el discurso de Putin de 24 de febrero de 2022 (“muy bien construido y muy sereno, aunque delatara cierta emoción”), y señala que “como la mayoría de las guerras, especialmente las mundiales, esta no ha salido según lo previsto; nos ha deparado muchas sorpresas”, y enumera, como se ha señalado, diez de esas sorpresas, las principales. La primera, por ejemplo, fue la irrupción de la guerra en Europa, “un acontecimiento increíble en un continente que se creía instalado en la paz perpetua”. La novena es la soledad ideológica de Occidente y su ignorancia de su propio aislamiento. “Acostumbrados a establecer los valores que el mundo debe suscribir, los países occidentales esperaban sincera, estúpidamente, que todo el planeta compartiría su indignación ante Rusia”. La cuarta ha sido la resistencia económica de Rusia y la quinta el desmoronamiento de toda voluntad europea autónoma. “En el conjunto del continente, el eje París-Berlín ha sido sustituido por un eje Londres-Varsovia-Kiev dirigido desde Washington. Esta evanescencia de Europa como actor geopolítico autónomo resulta desconcertante cuando recordamos que, hace apenas veinte años, la oposición conjunta de Alemania y Francia a la guerra de Iraq dio lugar a conferencias de prensa conjuntas del canciller Schröder , el presidente Chirac y el presidente Putin.”

La décima y última sorpresa está en vías de materializarse, señala ET, es la derrota de Occidente, su tesis central. “Tal afirmación puede resultar sorprendente cuando la guerra no ha terminado. Pero esta derrota es una certeza porque Occidente se está destruyendo a sí mismo más que por un ataque de Rusia.” Para ET ninguna crisis rusa desestabiliza el equilibro mundial. “Es una crisis occidental, y más concretamente una crisis terminal estadounidense, la que pone el peligro el equilibrio del planeta. Sus ondas más periféricas se han topado con un rompeolas ruso, un Estado-nación clásico y conservador.” [la cursiva es mía].

Para abrir su apetito lector, seguramente ya muy abierto, unas consideraciones complementarias que pueden obviar:

1. Para ET no podemos sino admirar el coraje intelectual y social del profesor John Mearsheimer, sin embargo, en su opinión, su interpretación, que es clara, tiene un fallo importante: “solo nos permite entender el comportamiento de los rusos”. Al igual que los exégetas televisivos no ven en la actitud de Putin más que locura asesina, “Mearsheimer no ve en las acciones de la OTAN… más que irracionalidad e irresponsabilidad”. ET está de acuerdo con él, pero, en su opinión, es un poco miope esa mirada. “Todavía tenemos que explicar esta irracionalidad occidental. Y lo que es más grave, no ha comprendido que la actuación militar de Ucrania ha conducido, paradójicamente, a una trampa a Estados Unidos que ahora tiene también un problema de supervivencia, mucho más allá de posibles ganancias marginales, una situación peligrosa que le ha llevado a reinvertir constantemente en la guerra.” (16).

2. En este libro, señala ET, se conversarán los elementos de la geopolítica clásica: nivel de vida, fuerza del dólar, mecanismos de explotación, relaciones objetivas de poder militar, un universo más o menos racional en apariencia (“La cuestión del nivel de vida estadounidense y del riesgo que correría en caso de colapso sistémico estará muy resente”). Pero ET, así lo señala, abandona “la hipótesis exclusiva de una razón razonable y propondré una visión más amplia de la geopolítica y de la historia, que integre mejor lo que hay de absolutamente irracional en el hombre, en particular sus necesidades espirituales.” (24). Por ello, añade, tratará también de la matriz religiosa de las sociedades, de las soluciones que los seres humanos han “intentando encontrar al misterio de su condición y a su naturaleza difícil de aceptar, y de las tribulaciones que puede causar la desintegración terminal de la matriz religiosa cristiana en Occidente, en particular de la variante protestante. No todo sobre sus efectos se presentará como negativo, y este libro no es radicalmente pesimista. Pero vemos el surgimiento de un “nihilismo” que nos ocupará mucho. Lo que llamaré el “estado religioso cero” producirá en algunos casos, los peores, una definición del vacío.” (24)

3. Una sorpresa más: dando cuenta de su concepto de nihilismo, ET observa “Dado mi carácter científico, me resulta muy difícil distinguir entre las dos parejas que forman el bien y el mal, lo verdadero y lo falso; a mis ojos, estos binomios conceptuales se confunden.”

4. Una de las conjeturas-predicciones del autor: “La última paradoja es que tenemos que admitir que la guerra, la experiencia de la violencia y el sufrimiento, el reino de la insensatez y el error, es también una prueba de realidad”. La guerra, constata ET, nos lleva al otro lado del espejo, “a un mundo en el que la ideología, los engaños estadísticos, la conculcación de los medios de comunicación y las mentiras del Estado, por no mencionar los delirios de los teóricos de la conspiración, están perdiendo gradualmente su poder”. De ello, concluye, emergerá una verdad simple: “la crisis occidental es el motor de la historia que estamos viviendo. Algunos ya lo sabían. Cuando la guerra termine, nadie podrá negarlo.”

5. Otra de las sorpresas histórico-analíticas (recordemos que ET es antropólogo) que podemos observar: “El comunismo no nació del fecundo cerebro de Lenin, antes de ser impuesto por una minoría activa; fue el resultado de la desintegración de la familia campesina tradicional. La abolición de la servidumbre en 1861, la urbanización y la alfabetización liberaron al individuo de la asfixiante familia comunitaria. Pero el individuo liberado se encontró completamente desorientado; buscó en el Partido, la economía centralizada y el KGB sustitutos del poder paterno. Se podría decir que el KGB era, en cierto sentido, la institución más cercana a la familia tradicional, pero que se ocupaba de la gente personalmente, hasta el más mínimo detalle.” (44).

6. Para ET, “Europa se encuentra inmersa en una guerra profundamente contraria a sus intereses y autodestructiva, a pesar de que sus promotores llevan al menos treinta años vendiéndonos una Unión cada vez más profunda que, gracias al euro, iba a convertirse en una potencia autónoma, un contrapeso a los gigantes que son China y Estados Unidos.” (125). Para ET, la UE ha desaparecido detrás de la OTAN, más sumisa que nunca a los intereses y voluntad de Estados y Unidos. “Como he dicho, el eje Berlín-París ha sido sustituido por unm eje Londres-Varsovia-Kiev dirigido desde Washington, reforzado por los países escandinavos y bálticos, que se han convertido en satélites directos de la Casa Blanca o del Pentágono.”

7. Más aún: una de las sorpresas de la guerra de Ucrania ha sido la aparición de un polo belicista protestante en el norte de Europa. “La guerra ha puesto de manifiesto que Noruega es un activo agente militar de Estados Unidos en Europa. Dinamarca está, sin duda, aún más profundamente engranada en el dispositivo estadounidense. Finlandia y Suecia, por su parte, se unieron a la OTAN con cierta sensación de urgencia.” (181). Pero, para ET, este belicismo es anterior a la guerra y, al igual que en el caso del Reino Unido, “fue en gran medida el resultado de una dinámica social interna”.

8. Otra sorpresa más: a pesar de lo mucho que se ha escrito sobre el tema desde perspectivas historiográficas sólidas y críticas, ET, sin mucha convicción y con matices, parece aceptar el tema del Holodomor: “Hoy se habla mucho del Holodomor, la “sección” ucraniana de la gran hambruna soviética que también devastó Kazajistán. Si se quiere, puede interpretarse como una agresión dirigida contra la nación campesina ucraniana por parte de Stalin (quería acabar con los kuláks, los campesinos supuestamente ricos), y es natural que este acontecimiento haya alimentado un resentimiento persistente. Del mismo modo, la gran hambruna irlandesa explica en gran medida la animadversión de los irlandeses hacia Inglaterra.” (62).

Lo apuntado en la nota 5 de la p. 63 parece confirmar esa falsa creencia de ET basada en un artículo de Vallim, Meslé, Adamets y Pyrozhkov -“historiadores cuya competencia está fuera de toda sospecha”, afirma- publicado en 2002.

9. Su concepción del nihilismo: “La genética nos dice que no se puede transformar a un hombre (cromosomas XY) en una mujer (cromosomas XX) y viceversa.” Pretender hacerlo es afirmar algo falso, un acto intelectual, señala, típicamente nihilista. “Si esta necesidad de afirmar lo falso, de rendirle culto y de imponerlo como verdad a la sociedad predomina en una categoría social (las clases medias más bien altas) y sus medios de comunicación (The New York Times, el Washington Post), estamos ante una religión nihilista. Como investigador, repito, no me corresponde juzgar, pero sí hacer una correcta interpretación sociológica de los hechos. Dada la amplia difusión de la cuestión transgénero en Occidente, podemos considerar una vez más que una de las dimensiones del estado cero de la religión en Occidente es el nihilismo.” (p. 202).

10. Una toma de posición poliética del autor, nada frecuente en el libro, que, esta vez sí, parece distinguir nítidamente entre el bien y el mal, entre la verdad y la falsedad: “Los rusos hablan sin cesar de neonazis ucranianos. Las “democracias occidentales” (a través del silencio de sus dirigentes, periodistas y académicos) parece que consideran que lucir y enarbolar enseñas derivadas de las SS es algo inofensivo y compatible con sus ideales, probablemente sin evaluar la dejación que delata ese silencio. Como occidentales, nuestra actitud indiferente resulta inaceptable y dice algo terrible sobre nuestro estado moral y nuestra relación cn la Shoah, aun cuando nos atiborremos de celebraciones conmemorativas.” (82)

11. Otra toma de posición de ET que también puede resultar sorprendente: “Una de las grandes ilusiones de los años sesenta -entre la revolución sexual angloamericana y el Mayo del 68 francés- fue la creencia de que el individuo sería más grande que una vez liberado de lo colectivo (¡mea culpa, mea maxima culpa!). Lo cierto es lo contrario. El individuo solo puede ser grande en y por medio de una comunidad. Solo, está condenado por naturaleza a encogerse. Ahora que nos hemos liberado en masa de las creencias metafísicas, fundadoras y derivadas, comunistas, socialistas o nacionales, experimentamos el vacío y nos encogemos. Nos convertimos en una multitud de enanos miméticos que ya no se atreven a pensar por sí mismo, pero que, sin embargo, resultan ser tan intolerantes como los creyentes de antaño.” (123)

12. Sorprende que ET, un intelectual muy riguroso y documentado, no repare en el mal uso que en ocasiones hace del concepto comunismo. Un ejemplo (hay algunos más): “Occidente parece haberse quedado anclado en algún momento entre 1990 y 2000, entre la caída del Muro de Berlín y un breve instante de poder omnímodo. Han pasado más de treinta años desde la caída del comunismo y está claro que para el resto del mundo, sobre todo desde la Gran Recesión de 2007-2008, ha dejado de ser un ganador digno de admiración.” (241)

13. La guerra en Ucrania es el tema desarrollado a lo largo de las páginas del libro (finalizado el 30 de septiembre de 2023). El breve postscriptum (escrito probablemente a principios de noviembre) que cierra el ensayo (291-293) está dedicado al genocidio de Gaza. Dos de sus consideraciones centrales: 1. “La prensa occidental, que durante meses había estado alimentando la ilusión de una contraofensiva ucraniana victoriosa, se sintió indudablemente aliviada al tener que dirigir su atención a esta nueva guerra”. 2. “En lo que respecta a Estados Unidos el concepto de nihilismo nos permite ir un paso más allá en nuestra interpretación: su compromiso irreflexivo e incondicional con Israel es un síntoma suicida”.

14. Para ET nos encontramos ante dos mentalidades enfrentadas. “Por un lado, el realismo estratégico de los Estados-nación y, por otro, la mentalidad posimperial, emanada de un imperio en desintegración” (25). Ninguna de las dos tiene una visión completa de la realidad, ya que la primera no ha comprendido que Occidente ya no está formado por Estados-nación, que se ha convertido en otra cosa, y la segunda se ha vuelto impermeable a la idea de soberanía nacional”. Pero, para el antropólogo francés, su comprensión de la realidad no es equivalente y la asimetría juega a favor de Rusia.

15. Poca presencia de la República Popular China en el ensayo. ¿Se puede pensar bien la derrota de Occidente sin la arista china?

16. Las ONG son para ET OPNG: organizaciones pseudo no gubernamentales. En la mayoría de los casos, tiene razón.

(Finalizo entre paréntesis con un innecesario buscar-tres-pies-al-gato del firmanente. ET busca una formulación brillante, una buena metáfora para dar cuenta de la finalidad de su ensayo. La busca, la encuentra: “En este libro, propongo una interpretación, por así decir, poseuclidiana de la geopolítica mundial. No dará por sentado el axioma de un mundo de Estados-nación. Al contrario, partiendo de la hipótesis de su desaparición en Occidente, hará comprensible el comportamiento de los occidentales.” (p. 18). Para ello, para poder usar el poseuclidiana, nos habla antes de la geometría euclídea y de las no euclidianas. En estos términos: “La característica de un axioma, o postulado, es que de él pueden deducirse teoremas, pero que él mismo no puede demostrarse. Sin embargo, es tan plausible que puede darse por supuesto. Por ejemplo, el quinto teorema de Euclides: por un punto dado solo puede pasar una paralela a un recta dada. No es demostrable y las matemáticas poseuclidianas, con Riemann y Lobachevsky, partieron de un axioma diferente. Pero, de todos modos, para el sentido común, el quinto teorema de Euclides resulta muy convicente.” (17). Aunque ET parece hacer equivalentes las nociones de axioma y postulado (y no lo son), lo sorprendente es que, definiendo axioma como él mismo lo define (correcta, a la manera tradicional), afirme a continuación, ¡y en dos ocasiones!, que el axioma de las paralelas es un teorema, ¡el quinto teorema de Euclides! Y es obvio que no, que no lo es, que el 5º axioma no es un teorema.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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