La base material de la nación. Conclusiones (I)

La base material de la nación. Conclusiones (I)

Conclusión” es el título del último capítulo del libro de Carlos Barros, pp. 199-220. Una breve aproximación.
El autor abre este apartado con unas consideraciones metodológicas. Señala que ha pretendido estudiar los textos de MyE con su propio método “en la busca de elementos precisos para una teoría materialista de la nación”. Para él, el método de Marx (no habla aquí de Engels) empleado en la crítica de la economía política es el método hipotético-deductivo, el que va, son sus palabras, de lo general y teórico a lo particular y concreto, y viceversa añade (En nota al pie señala: “No confundir con el (neo)positivismo, reacio a cualquiera filosofía de la historia” [1]). Lo que llama lógica epistemológica “necesita ilustrarse (es cita de Engels) con ejemplos históricos, mantenerse en contacto constante con la realidad.”

Con más detalle. Para analizar la nación se suele comenzar “por lo que está a la vista” (¿a qué vista?, ¿a una vista sin teoría o hipótesis previas? [2]): lengua, territorio, carácter, conciencia, voluntad política. Qué conseguimos, se pregunta, por una vía que él considera “exclusivamente inductiva”. Su respuesta: “una descripción -caótica- de la multiplicidad de determinaciones y relaciones que indicen en el hecho nacional, sin aprehender su mecanismo interno” (es decir, sin explicación propiamente). Conviene “llegar al fondo del problema, descubriendo las determinaciones esenciales y comunes, simples y abstractas, que expliquen las naciones históricas y concretas, diversas y complejas”. Estas determinaciones comunes, como hemos visto, son principalmente económicas, las condiciones de producción, considerando como económicas no solo las relaciones de producción sino todos los elementos naturales, históricos y sociales en la medida en que afecten al proceso de producción y la economía (Barros cita muy oportunamente al Engels que comenta la marxiana Contribución a la crítica de la economía política: “La economía no trata de cosas, sino de relaciones entre personas y, en última instancia, de clases”).
Para Barros, “la nación como relación -económica y diacrónica- de las clases entre sí, y del conjunto de las clases con la naturaleza, define un enfoque objetivo de la nación, que choca con la opinión hoy predominante de la nación como entidad subjetiva y política, ideológica más que económica” [2]. Desde su punto de vista, una y otra versión son ciertas “siempre que se ubiquen, relacionen y jerarquicen en lo concreto como nación-objeto y nación-sujeto, siempre que no se excluya a la nación de las relaciones sociales determinadas, directa o indirectamente, por la economía”.
Por el contrario, lo que llama “el método descriptivo y positivista” consiste en generalizar los rasgos distintos de las naciones observados empíricamente (inductivismo). Va de lo particular a lo general y fue el método seguido, entre otros, por Stalin. Así nació la definición cerrada y dogmática de nación, destinada, nos recuerda Barros, a tener una gran difusión. Recordémosla de nuevo: “Nación es una comunidad humana estable, históricamente formada, surgida sobre la base de la comunidad de idioma, de territorio, de vida económica y de psicología, manifestada ésta en la comunidad de cultura… Solo la presencia conjunta de todos los rasgos distintivos de la nación”. Una definición, recordémoslo también, que muchos consideraron en su día (no me excluyo del conjunto) como una especie de ‘axioma’ de la teoría, como una afirmación indiscutible, un punto de partida fuera de toda duda y comentario crítico. La cosa era así y nada podía (¡ni debía!) objetarse [4].
La utilidad pedagógica y política de la definición estalinista, considera Barros, “tuvo importancia en el siglo XX para el movimiento obrero y de liberación nacional” [5]. La cuestión, prosigue, “fue que de la definición de Stalin se pidió más de lo que podía dar: surgió toda una teoría de la nación, hegemónica durante décadas entre los marxistas, extendido incluso su influencia más allá.”
Barros nos recuerda que la elaboración estalinista tuvo lugar “en una coyuntura política soviética marcada por la batalla por un POSDR (bolchevique) único, con autonomías territoriales para las socialdemocracias nacionales, contra el federalismo del Bund”, y también contra la reivindicación de una autonomía cultural-nacional por parte de los nacionalistas judíos y un sector de los socialdemócratas caucasianos que (el autor cita aquí a Stalin) “no pudieran resistir la epidemia nacionalista”. Por esas razones, un Stalin anti-nacionalista ataca en su obra al austromarxismo, oponiéndose a la propuesta evolutiva-nacional de Bauer de “adaptar la lucha de clases de los obreros a la lucha de naciones”. Según Barros, lo mismo habían preconizado Marx y Engels en el caso de Irlanda y Polonia [6].
Para aplicar la política del leninista POSDR que propugnaba “el derecho de autodeterminación (más radical, desde luego, que la autonomía cultural-nacional) para todas las naciones del antiguo Imperio ruso [7], era suficiente definirlas como suma de rasgos. Polonia, Ucrania, Cáucaso, Georgia, Lituania, Letonia, Armenia,…”, disponían de los rasgos distintos de la definición estalinista. De hecho, la minoría nacional que quedaba excluida de la definición era la judía. “Descartadas la unión cultural-nacional que reivindicaba el Bund (originada en Otto Bauer que consideraba nación al pueblo judío), y también las autonomías regionales (previstas para las naciones que aceptaran formar parte del nuevo estado multinacional ruso), a los judíos se les reconocería en la Unión Soviética estalinista la libertad de culto y enseñanza”.
Barros comenta a continuación que el concepto de condiciones de producción, tan presente en la obra de MyE, no está del todo ausente en los análisis de Bauer y Stalin. El primero, que entiende la nación como una comunidad de carácter sobre la base de una comunidad de destino, afirma también, siguiendo a los clásicos, que “destino, cultura y carácter nacionales están determinados por las condiciones de producción”. La cita del autor austriaco: “Las condiciones en que los hombres producen su sustento vital y reparten el fruto de su trabajo determinan el destino de cada pueblo; sobre la base de determinado tipo de producción y reparto del sustento vital surge también determinada cultura espiritual”. No obstante, contradiciéndose a sí mismo, Bauer señala que “la cuestión de la nación solo puede ser desarrollada a partir del concepto de carácter nacional”. Viene a decir, resume Barros, que la historia de una nación es la historia de una comunidad cultural y de carácter.
Stalin critica justamente a Bauer por considerar el carácter como “único rasgo esencial de la nación”, señalando, de manera ortodoxa, que el “carácter nacional es reflejo de las condiciones de vida… del medio circundante”, pero, nuevo giro crítico de Barros, Stalin acaba también relegando las condiciones económicas a un elemento más de los que definen o describen la nación. “Cualquiera de ellos puede destacarse sobre los demás, según la nación de que se trate, resume salomónicamente Stalin”. Es decir, el autor de El marxismo y la cuestión nacional no es consistentemente materialista en su aproximación. Se aparta, de manera distinta, del austromarxismo y también de la posición de MyE, casi desaparecida durante muchos años. Los clásicos, nos recuerda Barros, siempre buscaron el mecanismo interno, dialéctico y global, un mecanismo que explicara cada proceso nacional en el tiempo y en el espacio.
Barros se traslada a continuación a los años 70 del siglo pasado y sostiene que, desde su punto de vista, hubo una interesante renovación de la teoría marxista de la nación. En tres dimensiones:
1. Enfoques de los procesos nacionales más acá del punto de vista internacional, desde su interior, “como una lucha de clases por la hegemonía”, en la línea de MyE (proyecto nacional alemán del proletariado, apoyo al fenianismo de tendencia socialista en la lucha irlandesa por la independencia, “solo el proletariado polaco podía conseguir la restauración nacional de Polonia”).
2. Pierre Vilar fue uno de los primeros autores que intenta superar conscientemente las limitaciones de la definición estalinista. Amplia el concepto, restringido por Stalin a la época del capitalismo ascendente, a distintas épocas históricas y sirviendo intereses de clase diversos [8]. En cualquier caso, nueva arista crítica de Barros, Vilar “no valora debidamente las razones políticas que llevan a Stalin en 1913 –El marxismo y la cuestión nacional– a constreñir la nación a la época del capitalismo ascendente y la lucha nacional a una lucha burguesa, en lucha con el evolucionismo-nacional y la adaptación lucha de clases/lucha de la nación que pretende Otto Bauer, e incluso la idea que tenía el joven Stalin” [9]. La cuestión, remarca, “es que la teoría pretendidamente marxista-leninista que se difunde, y se transforma en práctica política, es la de 1913 que constriñe el concepto de nación a la época contemporánea”. En oportuna (y crítica) nota al pie de página, Barros apunta: “Asumida hoy, por razones corporativistas, por gran parte de los profesores españoles de Historia Contemporánea”.
3) Para Barros, Emmanuel Terry adopta en 1973 la posición más crítica a la aportación de Stalin. Califica su definición de empirista [10], critica la arbitrariedad en el número de rasgos inventariados, la exclusión de las naciones (no aceptadas como tales) que no cumplen los siete criterios distintos [11] y asegurando, sobre todo, que la definición criticada “conduce a considerar la nación como una esencia permanente, ahistórica”, proponiendo al mismo tiempo una fórmula para romper con el esquematismo estalinista: introducir en la definición la distinción de los factores objetivos y los factores subjetivos, “caracterizados en su relación dialéctica y potenciando la idea -marxista original, añadimos- de la nación como sujeto social: bloque de clases que constituye la nación en un momento dado.”
Justo los estudios sobre la revolución francesa, sostiene Barros, revelaron una coalición antifeudal de clases, dirigida por la burguesía, que refunda la nación. Terray se basó en ello para reintroducir el factor subjetivo en el desarrollo de la teoría de la nación. Después de Stalin, vuelven pues, en cierta medida, los clásicos. Para nuestro autor, la falla de la proposición de Terray no está en lo que apunta sino en lo que no dice: “¿cuál es la base material de la alianza de clases que constituye la nación?, ¿cómo y por qué el bloque de clases continúa promoviendo la “nación-fuerza histórica” después de la Revolución?”. Desde su punto de vista, poner el acento en el momento subjetivo de la nación, en el momento político de la lucha por la construcción o reconstrucción nacional de un poder político, un espacio económico y una cultura específica [12] “es necesario cara a la acción política, especialmente en los momentos de transición, pero no es suficiente, porque el momento objetivo, pasada la coyuntura política, acaba pasando factura, y porque epistemológicamente no podemos ni debemos reducir la nación como fuerza histórica a la corta duración”. En el tiempo corto, señala Barros, los seres humanos olvidamos con más facilidad que hacemos la historia y la nación en determinadas condiciones heredadas y no elegidas.
Urge, por tanto, retomar las planteamientos de MyE en toda su plenitud y complejidad “superando el esquematismo descriptivo y dogmático de Stalin y cualquier tentación de ultra subjetivismo pro-nacional”, a la orden del día en opinión de nuestro autor. La verdad verdadera de la nación son las condiciones de producción que ni son entidades intemporales ni marginan la lucha de clases. Las condiciones nacionales de producción contienen, cuanto menos, “las connotaciones económicas de las condiciones naturales (territorio, población), culturales (idioma psicología, cultura) e históricas de la existencia nacional, que Stalin incluye acumulativamente, sin profundizar en sus relaciones”, punto crítico central para Barros. Si para Bauer el rasgo esencial de la nación es el carácter nacional (aproximación idealista), y para Stalin todos y ninguno, “para MyE el rasgo esencial son las condiciones nacionales de producción y existencia nacional, con sus partes objetivas y subjetivas, que ellos supieron relacionar con maestría en los procesos coetáneos y concretos de Alemania, Francia, Irlanda, Polonia, India, China y países eslavos”.
Barros comenta que las características (el estudio de las obras de MyE) y el objeto de su ensayo sobre la base histórico-material de la nación han hecho que se detuviera ante todo en las condiciones económicas y la objetividad de la nación, sin embargo, “las condiciones no estrictamente económicas, sociales, políticas y culturales, subjetivas e internacionales son igualmente importantes: no solamente por la incidencia, a veces decisiva, sobre la base material de la nación, sino porque representan sobre todo la dinámica autónoma y global del hecho nacional”. Nuestros autores, añade, hablan por supuesto, con no menor frecuencia, de las condiciones generales de tipo natural e histórico de la existencia nacional, “tengan o no relación directa con la economía y la producción, comprendiendo siempre el hecho nacional como algo subjetivo y objetivo, político y económico, natural y mental”.
Si bien la nación, prosigue, suele mostrarse, por lo regular, como reino independiente (una esfera autónoma respecto de la economía y lucha de clases), la explicación más profunda y duradera está en las contradicciones de su “base terrenal”. Dónde se concreta, pregunta, para MyE, la comunidad de unas condiciones de producción antagónicas contradictorias. Su respuesta: “donde las clases se unen para actuar como sujeto nacional, participando de un paisaje, instituciones y cultura comunes de la nación y entrando en contacto con la acción económica o política de otras naciones”, a diferencia del proceso inmediato de producción, donde se revelan más las contradicciones de clase que la unidad de clases. De ahí, señala, “la importancia de las condiciones de nacionalidad no-económicas, indispensables para entender la unidad política y mental de los contrarios en el seno de la nación”.
Barros habla a continuación de los “factores nacionales de larga duración, reutilizados a través de las generaciones y los modos de producción”. Detengámonos aquí, hasta la próxima entrega.

Notas

1) También el viejo Marx era reacio a cualquier filosofía de la historia. Véase, por ejemplo, Francisco Fernández Buey, Marx (sin ismos), Vilassar de Dalt: El Viejo Topo (varias ediciones).
En la Carta de la Redacción del mientras tanto de 1983, n.º 16-17, publicado en recuerdo del primer centenario del fallecimiento de Marx, se señalaba (Sacristán): “Exactamente igual se equivocaron los bolcheviques, que creyeron también en todas aquellas necesidades y determinaciones infalibles. Si el error de los primeros [de los grandes burgueses rusos] se inscribió principalmente en los hechos, pues ellos nunca pudieron presidir un capitalismo inglés en Rusia, el de los segundos tiene además documentación autógrafa de Marx: las cartas hoy célebres pero entonces desconocidas, a Otetschestwennyje Sapiski y a Vera Sassulich, en las que Marx relativiza lo más especulativo de su sistema, limitándolo a los países de la Europa Occidental, y, sobre todo, renuncia explícitamente a la filosofía de la historia. Al final de su vida, Marx no pronosticaba nada “necesario” ni “determinado” ni a los primeros ni a los segundos; por lo que se puede suponer que su pensamiento acabó desembocando más allá de las confortadoras seguridades con que lo exorcizaron burgueses y déspotas [el énfasis es mío].”
En una de las notas a su traducción de Marxismo y “antropología” de György Markús, comentaba Manuel Sacristán en 1974:
En esta carta (probablemente de noviembre de 1877), Marx afirma su coincidencia con la tesis de Chernicheski de que, contra lo que dicen “los economistas liberales”, Rusia puede no destruir la comunidad aldeana, no proletarizar su población campesina y “sin pasar por las torturas” del sistema capitalista, “apropiarse de todos los frutos de éste por el procedimiento de desarrollar los presupuestos históricos dados” en Rusia… Luego escribe Marx “El capítulo (de Capital I) sobre la acumulación originaria no se propone más que describir el camino por el cual ha nacido en la Europa del Oeste el orden económico capitalista a partir del seno del orden económico feudal”. Y como aplicación a Rusia, escribe en condicional: “Si Rusia aspira a convertirse en una nación capitalista al modo europeo occidental -y en los últimos años se ha esforzado mucho en ese sentido- no lo conseguirá sin transformar antes en proletarios buena parte de sus campesinos; y entonces, una vez absorbida por el torbellino de la economía capitalista, tendrá que soportar las implacables leyes de ese sistema, exactamente igual que los pueblos profanos (ironía contra el misticismo esclavista del crítico ruso al que Marx escribe). Eso es todo”. Por último, hacia el final de la carta, Marx da plasticidad a su visión no fatalista ni eurocéntrica de la determinación histórica con el célebre ejemplo de la plebs romana: “En varios lugares del Capital he aludido al destino de los plebeyos de la antigua Rusia. Éstos eran originariamente campesinos libres que cultivaban sus predios, cada cual por su cuenta y riesgo. Fueron expropiados en el curso de la historia romana. El mismo proceso que los separó de sus medios de producción y subsistencia acarreó no sólo la constitución del latifundio, sino también de los grandes capitales monetarios. Y así, un buen día, hubo, por una parte, hombres libres desprovistos de todo lo que no fuera su fuerza de trabajo y por otra, lo necesario para la explotación de ese trabajo, los poseedores de las riquezas así adquiridas (O sea, la misma situación estructural económica que en la acumulación originaria europea-occidental, particularmente en la británica, posibilitó el capitalismo generalizado). ¿Qué ocurrió? Que los proletarios romanos no se convirtieron en trabajadores asalariados sino en un populacho parasitario aún más despreciable que los poor whites [blancos pobres] de los estados sureños de Norteamérica y que a su lado se desarrolló no un modo de producción capitalista, sino un modo de producción basado en el trabajo esclavo”.
A esa ejemplificación del carácter no fatal de las posibilidades abiertas por las relaciones estructurales sigue inmediatamente la conclusión metodológica de Marx, afirmación del predominio de la concreción histórica. “Así pues, unos acontecimientos de llamativa analogía, pero desarrollados en diferentes medios históricos, desembocaron en resultados por completo diferentes. Si se estudia cada uno de los procesos por sí mismo y luego se compara unos con otros, se encuentra fácilmente la clave del fenómeno; pero nunca se conseguirá abrir sus puertas con la ganzúa de una teoría histórico-filosófica general cuya mayor excelencia consista en ser supra-histórica.”

2) Recordemos la magnífica consideración goethiana, tan próxima (y tan anterior) a muchas consideraciones posteriores de filósofos de la ciencia contemporáneos: “Curiosísima exigencia ésta, presentada, sin duda, alguna vez, pero incumplida siempre, incluso por los que la esgrimen: que hay que exponer las experiencias sin conexión teórica alguna, dejando que el lector, el discípulo, se forma a su arbitrio la convicción que les plazca. Pero el simple mirar una cosa no puede hacernos adelantar. Todo mirar se conviene naturalmente en un considerar, todo considerar en un meditar, todo meditar en un entrelazar; y así puede decirse que ya en la simple mirada atenta qe lanzamos al mundo estamos teorizando.”

3) Una característica compartida de las aproximaciones nacionalistas a la nación. Barros ha hablado de ello en el primer capítulo del ensayo: “Usos del término ‘nación’ y afines”.

4) Algunos autores y algunos colectivos siguen en las mismas a día de hoy.

5) Barros cita en este punto a Rafael Ribó: “Marxismo, catecismo y cuestión nacional”, El marxismo y la cuestión nacional, Barcelona: Anagrama, 1977. RR, eterno (y excelentemente remunerado) Síndic de Greuges (Defensor del Pueblo), se ha convertido en un firme defensor de la causa nacional-secesionista .Cat. Mirado desde nuestro hoy, y en mi opinión, uno de los políticos profesionales e institucionales que más mal han causado a la izquierda catalana y española.

6) Tratados ambos casos en el capítulo III: “Procesos nacionales en la época de Marx”.

7) Sobre este punto resulta imprescindible, de obligada lectura por su fundamentación y heterodoxia: José Luis Martín Ramos, “A propósito de la invocación de la posición del Lenin sobre el derecho de autodeterminación.” https://rebelion.org/a-proposito-de-la-invocacion-de-la-posicion-del-lenin-sobre-el-derecho-de-autodeterminacion/

8) Recordemos que para Barros, coincidiendo con Vilar en este punto, la nación como hecho de larga duración, categoría histórica con bases clasistas diversas, corresponde al pensamiento original de MyE.

9) Barros hace referencia aquí a un texto del joven Stalin muy poco citado, desconocido para mí: “¿Cómo entiende la socialdemocracia el problema nacional?” (1904).

10) Como el ser y el empirismo se dicen de muchas formas, no todas ellas adecuadas, recojo una definición. En sus clases de Fundamentos de Filosofía del curso 1956-1957 impartido en la Facultad de Filosofía y Letras de la UB, recién llegado del Instituto de Lógica y Fundamentos de la Ciencia de la Universidad de Münster, señalaba Sacristán:
El empiricismo o empirismo puede definirse, por lo que hace al tema que nos ocupa, como la actitud fundada en la tesis de que la experiencia es la única fuente de la certeza. Con otra palabras, la única fundamentación posible de todo conocimiento.
Un empirismo así formulado, un empirismo radical, tropieza con grandísimas dificultades no ya para explicar la evidencia de la certeza de los principios, reglas y teoremas lógicos, sino incluso para aplicarse a los conocimientos físicos. Es ésta una dificultad que no han podido conocer los empiristas clásicos de los siglos XVII, XVIII y XIX -Locke, Hume, Comte, Mill-, pero que ha sido muy claramente puesta de manifiesto en nuestro siglo. La dificultad consiste en que, en rigor, no hay proposición científico-experimental alguna en la que la razón no intervenga mediante una operación de abstracción. Los teoremas físicos son frutos más bien complejos de una actividad a la vez empírica y racional; pero incluso las llamadas “proposiciones de protocolo”, frases que recogen observaciones físicas del tipo más sencillo, son de difícil aclaración y justificación sin tener en cuenta la abstracción, operación racional.
Por lo que hace a las certezas lógicas, el problemas es todavía más grave para un empirista radical. Porque, cuando se discute la cuestión de las fuentes de la certeza, no hace al caso la tesis empirista -no sólo empirista, por lo demás: también es, en rigor, aristotélica- de que los principios lógicos proceden de la experiencia milenaria de la humanidad: esta contestación se refiere a la pregunta sobre el origen del conocimiento, no a la cuestión del origen de la certeza. Y es, por otra parte, un hecho que ningún teorema o principio lógico formal puede ser objeto de comprobación empírica directa, pues, para empezar, en la naturaleza no hay variables sino cosas concretas. Las variables son una generalización que obligaría a una comprobación empírica de duración infinita, a una comprobación imposible.”

11) Se sigue argumentando en ocasiones en el mismo sentido.

12) Barros cita en este punto un texto de Jordi Solé Tura de 1976 publicado en la revista Taula de canvi: “La qüestió nacional de l’Estatut i el concepte de nacionalitat”. El Viejo Topo ha reeditado recientemente su tesis doctoral: Catalanismo y revolución burguesa, y Nacionalidades y nacionalismos. Autonomías, federalismo, autodeterminación. Para la relación entre Solé Tura y Manuel Sacristán, véanse los documentales “Integral Sacristán” de Xavier Juncosa (Vilassar de Dalt: El Viejo Topo, 2006).

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo, rebelión y Papeles de relaciones ecosociales.

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