“Los horribles peligros de impulsar en Ucrania una guerra norteamericana por delegación” por Anatol Lieven

Anatol Lieven es periodista y analista británico de asuntos internacionales, es profesor visitante del King´s College, de Londres, miembro del Quincy Institute for Responsible Statecraft y autor de «Ukraine and Russia: A Fraternal Rivalry». Formado en la Universidad de Cambridge, en los años 80 cubrió para el diario londinense Financial Times la actualidad de Afganistán y Pakistán, y para The Times los sucesos de Rumanía y Checoslovaquia en 1989, además de informar sobre la guerra en Chechenia entre 1994 y 1996. Trabajó también para el International Institute of Strategic Studies y la BBC. Fuente: https://responsiblestatecraft.org/2022/04/27/the-horrible-dangers-in-pushing-a-us-proxy-war-in-ukraine/ Traducido para Sin Permiso por Lucas Antón.

Si realmente hay un cambio de estrategia hacia otro nivel de enfrentamiento con Rusia, tenemos que saber en qué nos estamos metiendo.
A juzgar por sus últimas declaraciones, la administración Biden se muestra cada vez más comprometida a la hora de utilizar el conflicto de Ucrania para librar una guerra por delegación contra Rusia, con el objetivo de debilitar o incluso destruir el Estado ruso.
Esto significaría que los Estados Unidos adoptarían una estrategia que durante la Guerra Fría se esforzaron por evitar todos los presidentes de los Estados Unidos: el patrocinio de la guerra en Europa, lo que traería consigo el agudo riesgo de una escalada hacia un enfrentamiento militar directo entre Rusia y la OTAN, y que posiblemente acabaría en una catástrofe nuclear. La negativa de los Estados Unidos y de la OTAN a apoyar las rebeliones armadas contra el dominio soviético en Europa del Este no se basó, obviamente, en ningún tipo de reconocimiento de la legitimidad del gobierno comunista y de la dominación soviética, sino simplemente en un cálculo muy sensato de los terribles riesgos que implicaban para los Estados Unidos, para Europa y la humanidad en general.
Dicho sea, sin embargo, con una nota de cautela: aunque existe un considerable malestar en algunos sectores de la sociedad rusa a causa de lo que es una guerra agresiva contra los ucranianos –de quienes, al fin y al cabo, Moscú afirma que son un “pueblo hermano”–, una guerra contra los intentos norteamericanos de dañar y subyugar a Rusia tiene un atractivo público mucho mayor.
Durante su visita a Kiev esta semana, el secretario norteamericano de Defensa, Lloyd Austin, declaró que los Estados Unidos quieren ver “debilitada a Rusia hasta el punto de que no pueda llevar a cabo la clase de cosas que ha llevado a cabo al invadir Ucrania”. Ese mismo día, el ministro ruso de Asuntos Exteriores, Sergei Lavrov, declaró en la televisión rusa que, al suministrar a Ucrania armamento pesado, la OTAN está ahora “en esencia” implicada en una guerra por delegación contra Rusia.
Lavrov comparó la situación con la crisis de los misiles de Cuba en términos de peligro nuclear. En este contexto, sería bueno recordar lo cerca que estuvo la humanidad de la aniquilación nuclear en el otoño de 1962. En un momento dado, el destino del mundo dependió de la sabiduría y cautela de un solo oficial naval soviético a bordo de un submarino nuclear de ataque: el comandante (más tarde almirante) Vasili Arjipov (el personaje interpretado por Liam Neeson en la película sobre el accidente nuclear del año anterior en el submarino K-19, del que Arjipov había sido segundo de a bordo).
Dos de las observaciones de Lloyd Austin son especialmente dignas de analizarse con cierto detalle. La primera es que es necesario debilitar a Rusia para evitar que repita su invasión de Ucrania en otros lugares. Esta afirmación carece de sentido, es hipócrita o ambas cosas a la vez. No hay ninguna señal de que Rusia quiera o pueda invadir otros países. En cuanto a un ataque a la OTAN, la miserable actuación de los militares rusos en Ucrania debería haber dejado absolutamente claro que se trata de una fatua quimera. Si Rusia no puede conquistar ciudades que están a menos de 30 kilómetros de su propia frontera, la idea de un ataque a la OTAN resulta ridícula.
En cuanto a Georgia, Moldavia y Bielorrusia, ya goza en esos países de la posición que precisa. La presencia militar de Rusia en Armenia y Nagorno Karabaj se produce a petición de los propios armenios, y es de hecho esencial para protegerlos de Turquía y Azerbaiyán. Y cuando se trata de combatir el extremismo islamista en Asia Central y en otros lugares, los intereses de Rusia y los de Occidente están de hecho en consonancia.
Lloyd Austin declaró también que los funcionarios estadounidenses creen que Ucrania puede “ganar” la guerra contra Rusia si cuenta con el equipo adecuado y el apoyo de Occidente. La cuestión estriba en qué significa “ganar”. Si eso significa preservar la independencia ucraniana, la libertad de ingresar en la Unión Europea y la soberanía sobre la gran mayoría del territorio ucraniano, entonces es un objetivo legítimo y necesario. De hecho, gracias a la valentía ucraniana y al armamento occidental, ya se ha conseguido en buena medida.
El objetivo originario de Moscú de derrocar al gobierno ucraniano y subyugar a toda Ucrania fracasó por completo. Dadas las pérdidas que ha sufrido el ejército ruso, parece muy poco probable que Rusia pueda hacerse con mayor número de grandes ciudades ucranianas, y mucho menos conquistar toda Ucrania.
Sin embargo, si lo que se entiende por victoria es la reconquista ucraniana –con ayuda de Occidente– de todas las zonas perdidas a manos de Rusia y de los separatistas respaldados por Rusia desde 2014, entonces esta es una receta para la guerra perpetua, y para pérdidas y sufrimientos monstruosos para los ucranianos. El ejército ucraniano ha luchado magníficamente en defensa de sus zonas urbanas, pero atacar posiciones defensivas rusas afianzadas en campo abierto sería asunto muy distinto.
Además, dado que Rusia se ha anexionado Crimea y la inmensa mayoría del pueblo ruso cree que se trata de un territorio nacional ruso, ningún futuro gobierno ruso podría aceptar cederlo. Por lo tanto, el objetivo de una victoria completa de Ucrania implica efectivamente la destrucción del Estado ruso, algo para evitar lo cual existe el arsenal nuclear de Rusia.
Existe, sin embargo, una ambigüedad fatal en tales declaraciones. Porque si lo que sugieren es un compromiso de los Estados Unidos para ayudar a Ucrania a seguir luchando hasta que Ucrania haya reconquistado todo el territorio ocupado por Rusia desde 2014, incluyendo Crimea, entonces esto implica una guerra permanente con la destrucción del Estado ruso como objetivo; ya que, a menos que se produzca el derrumbe del Estado ruso, ningún gobierno ruso entregará Crimea y, por razones geográficas, ninguna victoria ucraniana sobre el terreno puede conseguir eso. Además, aunque China ha sido hasta ahora muy comedida en su apoyo a Rusia en relación con Ucrania, Pekín no podría tolerar una estrategia de los Estados Unidos dirigida a la destrucción del Estado ruso y el consiguiente aislamiento completo de China.
La estrategia norteamericana de utilizar la guerra en Ucrania para debilitar a Rusia es también, por supuesto, completamente incompatible con la búsqueda de un alto el fuego e incluso de un acuerdo de paz provisional. Requeriría que Washington se opusiera a cualquier acuerdo de este tipo y mantuviera la guerra. Y de hecho, cuando a finales de marzo el gobierno ucraniano presentó una serie de propuestas de paz muy razonables, la falta de apoyo público de Estados Unidos a las mismas fue extremadamente sorprendente.
Aparte de todo lo demás, un tratado de neutralidad ucraniano (como el propuesto por el presidente Zelenski) forma parte absolutamente ineludible de cualquier acuerdo, pero debilitar a Rusia implica mantener a Ucrania como aliado de facto de los Estados Unidos. La estrategia norteamericana indicada por Lloyd Austin entrañaría el riesgo de que Washington se viera implicado en el apoyo a los nacionalistas ucranianos de línea dura en contra del propio presidente Zelenski.
Debido a las pérdidas que ha sufrido el ejército ruso, parece posible que una vez que Rusia haya conquistado todo el Donbás (suponiendo que pueda hacerlo), Moscú se ponga militarmente a la defensiva y ofrezca un alto el fuego como base inicial para las negociaciones de paz. Occidente se enfrentará entonces a una dura elección: entre aceptar esto y utilizar medios económicos para presionar a Rusia a fin de que ofrezca condiciones aceptables; o, por otro, lado animar y armar a Ucrania para que lance una contraofensiva masiva.
¿Cuánto tiempo aceptaría Rusia una estrategia occidental de este tipo antes de decidirse por una escalada, en un esfuerzo por aterrorizar a los europeos en particular para que se separen de los Estados Unidos y busquen un acuerdo de paz? Y aunque pudiera evitarse una guerra directa entre Rusia y Occidente, ¿cuánto tiempo sobreviviría la unidad occidental en estas circunstancias? Hasta ahora, los ataques rusos destinados a interceptar los suministros de armas de Occidente se han limitado a territorio ucraniano. ¿Cuáles serían las consecuencias si se extienden a territorio polaco? ¿Y si Ucrania utiliza el armamento occidental para lanzar ataques contra la propia Rusia, como ha sugerido (con una irresponsabilidad casi demencial) el viceministro de Defensa británico?
Durante la Guerra Fría, ningún presidente estadounidense olvidó nunca que Washington y Moscú tienen, entre ambos, capacidad para destruir la civilización humana e incluso poner fin a la especie humana. Por esta razón, la administración Truman, primero, y la de Eisenhower, después, adoptaron la estrategia de “contener” a la Unión Soviética en Europa, y no de tratar de “hacer retroceder” el poder soviético mediante un apoyo armado a las insurgencias antisoviéticas en Europa del Este.
Nuestros líderes de hoy deberían acordarse de esto. También deberían recordar que cuando ambos bandos se implicaron en una guerra por delegación fuera de Europa, las consecuencias resultaron desastrosas para ellos mismos y aún más desastrosas para los desdichados habitantes de aquellos lugares que se convirtieron en peones de esa agenda de las grandes potencias. ¿De verdad no hemos aprendido nada de la historia?

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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