Donde habita el recuerdo: un especial de mientras tanto en el primer centenario del fallecimiento de Karl Marx

14 de marzo de 1883
Donde habita el recuerdo: un especial de mientras tanto en el primer centenario del fallecimiento de Karl Marx

Por supuesto que a mi compañera y a mí no se nos ha pasado por alto este 14 de marzo, el día de fallecimiento de Karl Marx. Tampoco se nos olvida el 2 de diciembre (de 1881), el día en que nos dejó Jenny von Westphalen, ni el 31 de marzo de 1898, la fecha de la trágica muerte de Eleanor Marx, muy joven (con apenas 43 años), la misma Tussy que a los 11 años, el 18 de marzo de 1866, escribía a su padre en estos términos: “Ahora bien: ¡Karl Marx, doctor en Filosofía errada, espero que mantengas tu promesa y vengas el jueves!”

En todo caso, este 14 de marzo, tanto mi compañera como yo, hemos pensando especialmente en el especial que una revista, mientras tanto (se sigue editando en formato electrónico), publicó en el primer centenario del fallecimiento del autor de Das Kapital. Fue el número 16-17, agosto-noviembre de 1983. Puede encontrarse en bibliotecas.

Una buena parte de los artículos publicados fueron escritos por colaboradores de la revista: Jordi Guiu: “Dialéctica y sujeto revolucionario en los primeros escritos de Marx”, Miguel Candel: “Marx y la realizabilidad del comunismo”; Juan Ramón Capella, “Marx ante la bestia”; Alfons Barceló, “La teoría del valor trabajo en Marx”; Aurelio Arteta, “Marx: la alienación del tiempo en la forma social capitalista”; José María Ripalda, “Reflexiones sobre el Idealismo alemán y Marx”; Joaquim Sempere, “Marx, marxismo y ética”. Este último tradujo también una ponencia de K. H. Tjaden, “¿Qué significa que “las fuerzas productivas harán estallar las relaciones de producción capitalistas”? Aproximación a una estrategia política anticapitalista”.

Las aportaciones de Paco Fernández Buey y Manuel Sacristán tienen especial relevancia.

Nuestro Marx”, el texto del profesor Fernández Buey (1943-2012), uno de los fundadores de la revista, es seguramente uno de los escritos que sintetizan mejor su concepción de Marx y la tradición. En la línea de su Marx (sin ismos) y su Marx a contracorriente (ambos en El Viejo Topo). Vale la pena revisarlo o leerlo por vez primera.
De él fue también la elección de cita de la contraportada, la misma que abría su tesis doctoral: Contribución a la crítica del marxismo cientificista, Barcelona: Publicacions i Ediciones de la UB, 1984, un pasaje de la carta de Marx a Arnold Ruge, de septiembre de 1843 (https://www.marxists.org/espanol/m-e/cartas/m09-43.htm):
Por otra parte, en esto consiste la ventaja de la nueva tendencia: nosotros no anticipamos dogmáticamente el mundo, sino que queremos encontrar el nuevo mundo a partir de la crítica del viejo. Hasta ahora los filósofos habían tenido lista en sus pupitres la solución de todos los enigmas, y el estúpido mundo exotérico no tenía más que abrir su morro para que volasen a la boca las palomas ya guisadas de la Ciencia Absoluta. Ahora la filosofía se ha mundanizado. La demostración más evidente de ello la da la misma consciencia filosófica, afectada por el tormento de la lucha no sólo externa sino también internamente. No es cosa nuestra la construcción de futuro o de un resultado definitivo para todos los tiempos; pero tanto más claro está en mi opinión lo que nos toca hacer actualmente: criticar sin contemplaciones todo lo existente; sin contemplaciones en el sentido de que la crítica no se asuste ni de sus consecuencias ni de entrar en conflicto con los poderes establecidos.
De ahí que no esté a favor de plantar una bandera dogmática; al contrario: tenemos que tratar de ayudar a los dogmáticos para que se den cuenta del sentido de sus tesis.

Manuel Sacristán contribuyó al número con uno de sus textos más centrales: “Karl Marx como sociólogo de la ciencia” (fruto de seminarios en la Facultad de Economía de la Universidad de Barcelona y de un curso de doctorado en la UNAM); con “¿Qué Marx se leerá en el siglo XXI”; con su entrevista con la revista mexicana Dialéctica, y con la Carta de la Redacción, que, por supuesto, fue discutida con el colectivo. Para los nuevos lectores del traductor de El Capital, unos materiales que, en su conjunto, son una magnífica puerta de entrada al conjunto de su obra marxista. Entre los mejor de sus escritos, recogiendo algunas de sus preocupaciones esenciales de los últimos años.
Como muestra un botón, la Carta de la Redacción, y el botón, leído 37 años después, deslumbra. Es el texto siguiente (las cursivas son mías):
Lector, lectora, dedicar un número de mientras tanto a tratar de Marx con motivo del centenario de su muerte es seguramente participar en la fiesta académica celebrada bajo la advocación del «Marx de todos». La verdad es que no hay por qué negar que existe un Marx de todos, o de casi todos: de los liberales y de los demócratas, de los socialdemócratas y de los estalinistas, de los trotskistas y de los eurocomunistas…Y, desde luego, el Marx de los académicos, el Marx-tema-de-oposiciones. Ni siquiera el narcisismo herido, autoherido, de todos los collettis o antiguos apologistas de Marx que ahora le imputan los campos de concentración siberianos (aunque conservan suficiente buen sentido para no imputar a Cristo el estadio de Santiago de Chile, seguramente porque no sostuvieron antes que Cristo era un científico puro sin relación con el antiguo testamento) renuncia a completar su ración anual de publicaciones con algún «paper» sobre el santón derribado.
También es verdad que, si Marx puede ser de todos, será porque esté más o menos exorcizado y ya no se teman de él efectos maléficos. Pero la exorcización de Marx es un asunto complicado, y decir que ahora ya se ha conseguido es caer en un error: como notó Gramsci, ya en otras ocasiones anteriores se ha creído a Marx exorcizado. Gramsci pensaba en los grandes burgueses rusos de finales del siglo pasado y comienzos de éste, para los cuales, decía, El Capital debió de ser libro de cabecera, puesto que con su esquema de filosofía de la historia les prometía el indefectible adviento de un capitalismo perfecto. Pero aquellos grandes burgueses se equivocaron al creerse al pie de la letra las leyes y necesidades que encontraron categóricamente enunciadas en El Capital y en otros escritos del Marx que se podría llamar clásico. Exactamente igual se equivocaron los bolcheviques, que creyeron también en todas aquellas necesidades y determinaciones infalibles. Si el error de los primeros se inscribió principalmente en los hechos, pues ellos nunca pudieron presidir un capitalismo inglés en Rusia, el de los segundos tiene además documentación autógrafa de Marx: las cartas, hoy célebres pero entonces desconocidas, a Otetschestwennyje Sapiski [Anales de la Patria] y a Vera Sassulich, en las que Marx relativiza lo más especulativo de su sistema, limitándolo a los países de la Europa Occidental, y, sobre todo, renuncia explícitamente a la filosofía de la historia. Al final de su vida, Marx no pronosticaba nada «necesario» ni «determinado» ni a los primeros ni a los segundos; por lo que se puede suponer que su pensamiento acabó desembocando más allá de las confortadoras seguridades con que lo exorcizaron burgueses y déspotas.
Cuando se lee a Marx sin seguir creyendo en más de una «necesidad histórica» de la que se desprendían previsiones de cumplimiento dudoso, cuando no claramente contradichas por los hechos, ¿qué valor se aprecia principalmente en sus escritos? Ante todo, el de ser lugares clásicos de la tradición revolucionaria. La obra de Marx se coloca en la sucesión de los que, en nombre de Dios o de la razón, han estado en contra de la aceptación «realista» de la triste noria que es la historia de la especie humana, vuelta tras vuelta de sufrimientos no puramente naturales y de injusticias producidas socialmente. Dentro de esa tradición, Marx se caracteriza por haber realizado un trabajo científico fuera de lo común. Pero, precisamente, no hay trabajo científico cuyos frutos estén destinados a durar para siempre, como no sea en las ciencias que no hablan directamente del mundo.
Cuando, a finales de los años setenta del siglo pasado, Marx relativizaba los resultados de su investigación, admitía que eran posibles desarrollos comunistas que no pasaran por «el modo de producción capitalista», que fueran, por así decirlo, para-capitalistas; la indeterminación en que estamos hoy respecto de un camino comunista es propia, en cambio, de una situación que se podría llamar post-capitalista, si por capitalismo se entiende lo que conoció Marx; no porque estemos más allá del capitalismo, sino porque nos encontramos ya ante la urgente necesidad de resolver problemas de los que Marx había pensado que no serían abordables sino después del capitalismo. El más importante de esos problemas previstos por Marx es el ecológico, desde sus aspectos relacionados con la agricultura hasta el motivado por las megalópolis. A Marx la solución de esos problemas le parecía cosa del futuro socialista. Difícilmente habría podido imaginar que el crecimiento de las fuerzas productivo-destructivas, iba a plantear esos problemas, y con urgencia, antes de que se vislumbrara un cambio revolucionario de la vida cotidiana, ni siquiera de la mera política.
Aunque el principal, ése no es el único terreno de revisión necesaria de las previsiones de Marx, de sus certezas o de sus confianzas. Hay muchos otros, empezando por la misma expresión verbal de las ideas más elementales del pensamiento comunista. La única explicación del mantenimiento de una jerga metafísica de finales del siglo XVIII y principios del XIX para hablar de comunismo es la eficacia emocional de las fórmulas rituales (por lo que hace al pueblo fiel) y la utilidad de su dominio para escalar en la carrera académica o política (por lo que hace a los clérigos).
Cuando se piensa -como pensamos en el colectivo de mientras tanto– que el valor principal y más duradero de la obra de Marx es su condición de eslabón de la tradición revolucionaria, revisar críticamente esa obra quiere decir intentar mantener o recomponer su eficacia de programa comunista. Trabajar la obra de Marx separándola de la intención comunista de su autor no tiene sentido marxista, aunque puede tenerlo político-conservador o académico. Separar de aquella intención motivos que no se sostienen bien científicamente, o que son ya inaplicables a una realidad cambiada, es seguir la tradición de Marx: eso mismo intentó él con autores como Owen o Fourier. Para contribuir a esa tarea no es malo detenerse de vez en cuando a releer a Marx a la luz de los problemas vivos. ¿Y por qué no en el centenario?

¡A la luz de los problemas vivos! En la conversación de aquel mismo año con Dialéctica, la he citado antes, el compañero de Giulia Adinolfi señalaba -también a raíz de una reflexión sobre el Marx tardío-, un interesante y entonces poco explorado sendero socialista.
Desde su punto de vista, “a pesar de la aspiración que siempre tuvo de producir obra muy terminada literariamente -lo cual es una de las causas de que dejara tanto manuscrito inédito-”, Marx había muerto sin completar su pensamiento, sin pacificarse consigo mismo. Eso debía tener que ver con el hecho de que “la última parte de su vida coincide con una importante transición en el conocimiento científico». El año de la muerte de Karl Marx, recordaba Sacristán, había sido el año de la aparición de la Introducción a las ciencias del espíritu de Dilthey, de la Historia de la mecánica de Mach y de los dos ensayos de Sergio Podolinski en Die Neue Zeit sobre termodinámica y ley del valor, «con conceptos que Marx ya no puede alcanzar, pero cuya problemática, percibido más o menos claramente, ha hecho vacilar, en mi opinión, al viejo Marx».
En las cartas del viejo Marx, podían leerse declaraciones que tenían que ser sorprendentes para muchos «marxistas»: «Hoy ya nos hemos acostumbrado a varias de ellas. Por ejemplo, la actitud de Marx respecto de la comunidad aldeana rusa. Hoy sabemos que Marx escribió a Vera Sassulich que la comunidad aldeana rusa podía ser un camino al socialismo, y que no era verdad que el camino por el capitalismo fuera el único posible, como pensaban los marxistas rusos». Tampoco sorprendía, añadía de manera optimista el entrevistado, la declaración de Marx, en esa misma carta, «según la cual él ha estudiado el desarrollo de ciertos pueblos, a saber, los de Europa occidental». No menos sorprendentes eran, para la vulgata marxista, ciertas consideraciones y reflexiones del viejo Marx a las que «yo estoy dispuesto a dar cierta importancia; por ejemplo, consideraciones melancólicas de rechazo de la penetración del ferrocarril por los valles de los afluentes del Rin. Se dirá que éstas son declaraciones en cartas, que no se pueden comparar con El Capital. Claro que no se podían comparar con El Capital, pero tenían también una significación. “Hay un abismo entre el Marx que quiere que los Estados Unidos invadan de una vez México para incorporarlo al capitalismo mundial y el Marx que preferiría que el ferrocarril se detuviera en las grandes ciudades renanas y no siguiera penetrando en el país campesino. (¿Qué habría pensado de las autopistas nazis?). Hay una distancia que no es teórica -esto es, que no se refiere a la explicación de lo real- sino política, referente a la construcción de la nueva realidad».
Sacristán reconocía que reflexiones análogas del viejo Marx, la conocida carta a Vera Sassulich o la carta a Engels sobre los ferrocarriles, le habían abierto el camino para pensar que no había contradicción entre «mantener el modelo marxiano referente a la acción del desarrollo de las fuerzas productivo-destructivas y su choque con las relaciones de producción, y una concepción política socialista que no confía ciega e indiscriminadamente en el desarrollo de las fuerzas productivo- destructivas, sino que conciba la función de una gestión socialista -y no digamos ya de la comuna- como administración de esas fuerzas, no como simple levantamiento de las trabas que les opongan las actuales relaciones de producción. Me parece que una vez formulado así, esto resulta muy obviamente coherente con la idea de sociedad socialista, de sociedad regulada».
¡Dicho eso ya en 1983! ¡No está nada mal!

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