Presentación de «Silencios y deslealtadaes. El accidente militar de Palomares: desde la guerra fría hasta hoy.»

El infatigable y admirable compromiso de un ciudadano ejemplar

Presentación del ensayo de José Herrera Plaza y Salvador López Arnal, Silencios y deslealtadaes. El accidente militar de Palomares: desde la guerra fría hasta hoy (Editorial Laertes, 2019)

Como muchos otros niños y adolescentes de mi generación supe —sin llegar a saber realmente— del accidente militar-atómico de Palomares por las imágenes de un No-Do de 1966. En esas imágenes podía verse a Manuel Fraga, el temible y terrible ministro de Información y Turismo franquista (formó parte del Consejo de Ministros que ordenó el fusilamiento de Julián Grimau), bañándose en aguas del Mediterráneo andaluz con el embajador norteamericano en España. La narración, las palabras usadas, la propia voz del locutor, intentaban tranquilizar a los espectadores. Nada de qué alarmarse, todo bajo control, ningún peligro en el horizonte o en las proximidades, todo iba bien o incluso muy bien. España seguía yendo muy bien. «Las autoridades» se había bañado sin temor alguno en el lugar donde se había producido «un accidente aéreo» sin importancia. A seguir, pues, a continuar felices —y más alienados y engañados— con las actividades de cada día. La política no era cosa del pueblo trabajador, de los «de abajo». Para eso ya estaban los que mandaban y querían (y debían) seguir mandando.

La memoria humana, lo sabemos bien, no siempre acuña bien sus mone- das. En mi caso y en este asunto, la norma general se verificó de nuevo, si bien parcialmente porque algo pequeño, muy pequeño, quedó en el fondo de mis recuerdos. Colgado de alfileres. A pesar de la intranquilidad y desconfianza que sentí los 12 años cuando vi aquel reportaje en un cine barcelonés de mi barrio de trabajadores, «el Provençals» le llamábamos; a pesar de la lectura de algunos artículos en la prensa de izquierdas en los años de la transición (en El Viejo Topo y en Servir al pueblo, por ejemplo); a pesar de los comentarios de algunos amigos y compañeros de militancia; a pesar de que la figura de la Duquesa Roja no me era desconocida, como tampoco algunas reflexiones de Juan Goytisolo, no logré que Palomares fuera uno de «mis asuntos», una de mis preocupaciones políticas esenciales en aquellos años.
Pero ahí estaba, ahí seguía la semilla. Tomé verdadera conciencia de las dimensiones de todos aquellos años más tarde, muchos después, cuando empecé a tratar con asiduidad a un gran científico franco-barcelonés que ahora no es solo un gran amigo sino un maestro de los que no se olvidan, de los que nos hacen por dentro. Les hablo de Eduard Rodríguez Farré. En un libro que editamos juntos en 2008, Casi todo lo que usted desea saber sobre los efectos de la energía nuclear en la salud y el medio ambiente [1], incluimos un capítulo, el noveno, dedicado al accidente atómico almeriense. Lo titulamos así: «Palomares: paz franquista y accidentes nucleares».
Rodríguez Farré cuenta en ese apartado, yo apenas le acompaño, historias como las siguientes. En 1966, en plena Guerra Fría, 340 aviones superbombaderos B-52, llamados también por aquel entonces estratofortalezas, aviones de las fuerzas aéreas de los Estados Unidos, de su Comando Aéreo Estratégico (SAC: Strategic Air Command), se mantenían permanentemente en el aire, sobrevolando nuestro planeta. Cada uno de estos B-52 transportaba una carga de cuatro bombas termonucleares de 1,1 megatón, con un poder destructor, por unidad, 75 veces superior a la bomba atómica lanzada sobre Hiroshima. Esta alocada, irracional, arriesgada, costosa y belicista estrategia militar, que situó a la humanidad al borde del abismo en algunas ocasiones, estaba basada en la supuesta necesidad de estar muy cerca, lo más cerca posible, del hipotético enemigo —la Unión Soviética en aquellos años— en caso de ataque o contraataque nuclear.
Esta líneaa estratégica ofensiva, explica Rodríguez Farré en nuestro libro, comportaba una estructura militar anexa de apoyo a la aviación norteamericana en todo el planeta. El «patriótico» Estado franquista formaba parte de ella. Recordemos, seguro que no lo hemos olvidado, los acuerdos de 1953 —el «Pacto de Madrid» en el decir de los historiadores de EE.UU.— entre el general golpista Franco y el presidente Eisenhower sobre las bases militares de utilización «conjunta». El gobierno norteamericano no tuvo problema moral alguno, tampoco político, en acordar alianzas político-militares con un régimen que había sido aliado —y había sido apoyado— por la Italia de Mussolini y la Alemania hitleriana. Los acuerdos con democracias o dictaduras siempre fueron platos de conveniencia y de múltiple interpretación para la diplomacia norteamericana. Como en los momentos que vivimos.
Los B-52 salían cada mañana de la base Seymour Johnson de las fuerzas aéreas (Goldsboro, Carolina del Norte) y se dirigían hacia el este del Mediterráneo, hacia la frontera turco-soviética. Al sobrevolar España en esa dirección, repostaban en vuelo el combustible que les era suministrado por aviones-nodriza de la base aérea de Zaragoza, en un punto situado entre la ciudad aragonesa y la costa mediterránea. Al regresar a Estados Unidos, los B-52 volvían a repostar en nuestro espacio aéreo, pero en esta ocasión el avión nodriza provenía de la base de Morón y la maniobra se realizaba sobre la costa de Almería.
El accidente atómico de 1966 se produjo cuando el B-52 n.58-256 (Tea 16 era el nombre en clave usado en las comunicaciones por radio) intentaba repostar de regreso a la base de Carolina del Norte. Como consecuencia de un fallo en la maniobra de acoplamiento para el suministro de combustible, colisionaron las aeronaves y, tras ello, se produjo la destrucción y caída del superbombardero y del avión nodriza, al tiempo que se desprendieron las cuatro bombas termonucleares tipo Mark 28 [2] modelo B28FI, que transportaba el B-52. Tres de estas bombas cayeron en tierra y fueron localizadas en cuestión de horas; la cuarta cayó al mar y se tardaron cerca de 80 días en localizarla (apareció a unas 5 millas de la costa).
Dos de las bombas, las que cayeron con sus respectivos paracaídas, se recogieron intactas. La primera cerca de la desembocadura del río Almanzora, la segunda en el mar. Las otras dos lo hicieron sin paracaídas. Se conjetura que la colisión provocó el derrame del combustible del KC-135 (¡más de 83 mil litros!) y su ignición, causando la quema de los paracaídas al pasar por la nube de fuego. De estas dos bombas termonucleares, una cayó en un solar del pueblo, la otra en una sierra cercana.
A causa del choque violento con el suelo y la detonación del explosivo convencional que llevan estas armas como iniciador, se produjo la fragmentación de estas dos bombas, la ignición de parte de su núcleo fundamental y la formación de un aerosol, de una potente nube de finas partículas compuesta por los óxidos de los elementos transuránidos (o transuránicos) constitutivos del núcleo fundamental de la bomba. Asimismo, se liberó, vaporizándose, el tritio (hidrogeno-3, radiactivo beta débil), elemento esencial para la reacción de fusión termonuclear definitoria de este infernal ingenio militar.
Para hacernos una idea, señala Rodríguez Farré en su explicación, la contaminación residual que quedé, ya a finales de los años 80, tanto por los radionúclidos fijados en el suelo como por los existentes en las aéreas que no fueron descontaminadas, unas 100 hectáreas en total, fue aproximadamente de 2.500 a 3.000 veces superior a la media depositada en la atmósfera del hemisferio norte por las pruebas atómicas de los años sesenta.
Pues bien, fue en aquellos años, 2006, 2007, mientras preparábamos nuestro libro antinuclear, cuando Eduard me habló de una película de 2003 en la que él participaba, una película titulada: Operación Flecha Rota [3] el nombre del plan de contingencia previsto por las Fuerzas Armadas estadounidenses en caso de accidente. El director de la película era para mí, en aquellos momentos, un desconocido: José Herrera Plaza. Eso sí, no me costó mucho concluir al ver su documental la enorme documentación que manejaba y su excelente hacer como director cinematográfico.
Tuve entonces intención de escribirle para felicitarte. No lo hice finalmente, no quise importunarle. Pensé: tendrá mil y un compromisos, no le marees más, no le robes su tiempo.
Pero de nuevo, pocos años después, cuando estábamos escribiendo sobre la hecatombe atómica de Fukushima, Eduard volvió a hablarme de un libro que le había llegado hacía muy poco y que no pudo enseñarme en aquel momento. Su título: Accidente nuclear en Palomares. Consecuencias (1966-2016); su autor, el director del documental.
Esta vez no me corté. Escribí al autor y le sugerí la posibilidad de hacerle una entrevista. Me respondió inmediatamente: no solo estaba de acuerdo sino que, sin decírmelo, me había enviado un ejemplar de su libro a mi domicilio. ¡Qué regalo, qué gran regalo! ¡Un libro magnífico, impresionante, hermosamente editado, uno de esos libros que conservamos para siempre, como auténticas joyas, pensando en los ciudadanos y ciudadanas del futuro, en «los que vendrán» como dijo Bertolt Brecht!
Cuando empecé a leer Accidente nuclear en Palomares. Consecuencias (1966- 2016) me di cuenta enseguida que mi primera intención no era ajustada, que era imposible, totalmente imposible, hacer una única entrevista sobre una investigación como aquella que hiciera justicia al trabajo y al resultado obtenido. Volví a escribir al autor y le sugerí la posibilidad de hacerle una serie de entrevistas, una por capítulo, a veces por apartados y sin urgencias, sin prisas, si tenía tiempo, añadí. Deseando, por supuesto, que lo tuviera, que tuviera mucho tiempo.
Herrera Plaza lo tenía… o lo buscó. Y así empezamos, poco a poco, intercambiándonos preguntas, respuestas, comentarios y observaciones, y así hemos seguido durante más de un año. Para mí todo un honor, una gran experiencia cultural y política, un gran seminario de doctorado. He aprendido, he intentado aprender todo lo que he podido de lo mucho que el entrevistado me ha enseñado.
Lo conseguido lo tiene el lector en sus manos. No le decepcionará, estoy seguro de ello.
¿Qué temáticas, qué nudos, qué informaciones, qué conjeturas es justo destacar de este conjunto de conversaciones político-filosóficas e históricas con Herrera Plaza? La lista es larga, imposible detallarla aquí completamente. Resumo:
1. Conviene remarcar de entrada la inconmensurable documentación del entrevistado. ¿Existe alguien que sepa más de lo sucedido en Palomares que él? Mi respuesta: a día de hoy, no, no creo.
De igual modo hay que destacar el apetito insaciable de saber de Herrera Plaza, que hace bueno el verdadero sentido de la palabra «filosofía», la aspiración —verdaderamente inagotable en su caso— al conocimiento.
2.Su sensibilidad moral, su mirada desde abajo, desde los más desfavorecidos, es otra arista muy presente. Un ejemplo entre muchos otros: ¿puede alguien seguir como si nada hubiera pasado después de leer la hermosa historia que explica sobre Bartolomé Roldán, «un verdadero héroe» a su pesar?
3. Las reflexiones epistemológicas que Herrera Plaza nos va dejando aquí y allá tampoco merecen ser desatendidas. Sin pretenderlo tal vez —o pre- tendiéndolo por supuesto— se nos dan varias lecciones de buena filosofía de la ciencia muy pegadas a las reales prácticas tecnocientíficas.
4. Lo mismo cabe apuntar sobre asuntos —importantes asuntos, cada vez más importantes— relacionados con la política de la ciencia.
5. Punto destacable también es la magnífica deconstrucción crítica que Herrera Plaza realiza de las técnicas de manipulación de la opinión pública por parte de gobiernos con el apoyo, consciente o inconsciente, de sus intelectuales orgánicos. Las imposturas son muy abundantes.
6. Conmueve igualmente el justo reconocimiento de una figura central en toda esta gran y dilatada lucha ciudadana y popular: la llamada, la que debemos seguir llamando, Duquesa Roja. Es digno de atención, y reco- nocimiento, la respetuosa manera en que el entrevistado nos acerca a una mujer tan singular, tan luchadora, tan poco «duquesa», tan comprometida en esta historia, en momentos en los que la opresión sobre las mujeres no tenía límite en nuestro país. Su compromiso con los de abajo, con los más desfavorecidos, sigue conmoviendo.
7. Las reacciones, no siempre mostradas ni recordadas, entre la oscuridad y el olvido, con los que se intentaron cubrir el accidente y la incipiente industria nuclear española es otro nudo que debe ser recordado.
8. Lo mismo que la documentada constatación, mil veces corroborada, del mucho mando en plaza que ejercieron las autoridades usamericanas en un lugar que, en principio, no formaba parte de su «territorio natural» ni de su soberanía. Pero sabemos bien que, desgraciadamente, los imperios son los imperios del mismo modo que los negocios son, para algunos, los negocios sin bridas ni límites.
9.No puedo olvidarme tampoco de una bella, una bellísima historia, muy bien contada por el autor, que muestra las arriesgadas acciones de esos héroes populares anónimos de la historia que solemos olvidar. Una persona, nos explica Herrera Plaza, que firmaba como «El Emigrante», natural de Villaricos, se convirtió en un activista que enviaba a «La Pirenaica» frecuentes notas usando la infraestructura del PCE.
10.En una cara muy distinta de la moneda, Herrera Plaza consigue que pongamos nuestra atención sobre el largo y persistente recorrido del negacionismo oficial, no solo durante la dictadura fascista sino años después, durante la transición política y los treinta primeros años de la democracia demediada y mejorable en la que seguimos viviendo.
11.Las resistencias, a veces silenciadas, a veces silenciosas, de muchos ciudadanos, de Almería y de otras provincias andaluzas, no caen tampoco en el saco de su olvido o descuido.
12. Tampoco las repercusiones, asunto muy olvidado aquí y también allí, del accidente atómico en los militares usamericanos de baja graduación que se vieron implicados.
13. Nos explica también con detalle Herrera Plaza la significativa ausencia de repercusiones en las relaciones bilaterales. Brillaron por su ausencia. Jamás se pensó por parte del Gobierno español en la anulación o revisión de los acuerdos. Adelante con la subordinación, siempre adelante, sin vacilación, sin preguntas inoportunas, pasara lo que pasara. Los mismos mandos norteamericanos se extrañaron por la inesperada docilidad servil de las autoridades franquistas.
14.Son desde luego pertinentes las críticas documentadas del autor al CSN y a la JEN-CIEMAT. También, y de forma destacada, a determinados comportamientos, nada comprensibles (¿o muy comprensibles?) del ex ministro de Exteriores Moratinos.

Hay más cuestiones, muchas más. El saber de Herrera Plaza parece no agotarse nunca. Algunos ejemplos: algunas de las zonas valladas de Palomares tienen una de las mayores concentraciones de plutonio del mundo; la marginación sufrida, en todos estos años, por los afectados, en su salud, en sus planes de vida y en su seguridad; la dura e interesante historia de las migraciones de los pueblos de aquella zona; los apuntes y notas que nos proporciona para hacernos idea de lo caliente que fue aquella guerra de enormes dimensiones que seguimos recordando, erróneamente, con el inexacto nombre de «guerra fría». Etc, etc.
Por debajo de todo ello y como he intentado indicar: una tensión poliética admirable, una tenacidad a prueba de golpes y momentos de retroceso o desánimo, una entrega casi sin parangón a un momento crucial de nuestra historia reciente que, a pesar de lo mucho hecho, sigue siendo muy desconocido, un compromiso ciudadano que figurará, que debe figurar en los libros de la historia popular, la que nos importa realmente. Herrera Plaza es, en el mejor sentido de la palabra, un ciudadano libre, informado, activo, indignado, en pie de rebeldía contra las injusticias. Incansable, un luchador imprescindible.
Estaba a punto de titular esta presentación con estas palabras: «Lo olvidado y los olvidados». No lo he hecho finalmente, hubiera sido un error, hubiera cometido una injusticia. Personas como el director de Operación Flecha Rota han evitado que en un asunto así, de sus dimensiones políticas, económicas, sociales, culturales y humanas, habite nuestro olvido.
Hablando de olvidos. He olvidado decirles antes que el título de este libro, en el que me siento muy honrado de figurar como coautor, es un acierto com- partido. De eso van realmente estas conversaciones: de silencios y de deslealta- des, de una historia atómica y militar iniciada en la Guerra Fría que sigue muy viva y caliente, aunque de otro modo, en el día de hoy.
No creo equivocarme si les garantizo horas de información contrastada, de argumentos bien meditados, de senderos informativos insospechados, de interés creciente, de magníficas reflexiones, de buena lectura en definitiva. Palomares, con seguridad, será también asunto suyo… si no lo es ya.
Pasen, pues, lean y gocen. No se sentirán defraudados.

Notas.
1) El Viejo Topo, Mataró, 2008. Es justo recordar los nombres de los autores del prólogo, presentación, epílogo y notas finales: Santiago Alba Rico, Joan Pallisé, Jorge Riechmann, Joaquim Sempere y Enric Tello.
2) Las Mark 28 eran bombas de hidrógeno diseñadas a finales de los años 50, 1958 concreta- mente. No están en activo desde hace más de 30 años. Su peso variaba según modelo y potencia. El de las de Palomares era superior a una tonelada.
3) Para unas imágenes del documental: https://www.youtube.com/watch?v=_h6PARTyb7g

Barcelona, junio de 2019

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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