Resumen (comentado) de El capital en la era del Antropoceno de Kohei Saito (V)

Seguimos en el primer capítulo, en el apartado La «falacia de los Paises Bajos»: ¿son ecológicos los paises desarrollados?”

Saito observa que desde las décadas 1970-1980, en las que se discutieron intensamente los problemas de la polución o de la división Norte-Sur, se viene debatiendo acerca de estas cuestiones similares. Un ejemplo de ello es la «falacia de los Países Bajos» (Netherlands fallacy).

La vida en los países del mundo desarrollado, los Países Bajos son un ejemplo destacado, está sometiendo al planeta a una enorme carga. Sin embargo en ellos, la cara inversa de la moneda, “los niveles de suciedad atmosférica o de contaminación del agua son relativamente bajos” (29: Sin embargo, en claro contraste con el bajo nivel de contaminación.de los países avanzados, “los países del tercer mundo se ven aquejados por un sinfín de problemas medioambientales, como la contaminación atmosférica y del agua, el tratamiento de basuras y residuos, y muchos otros” (29). Y eso a pesar de que la gran mayoría de sus habitantes llevan vidas materialmente modestas.

A qué se debe esta aparente contradicción (que, por supuesto, no es propiamente una contradicción), se pregunta el autor. “Una de las explicaciones atribuye la diferencia a los beneficios de los avances tecnológicos. Según ella, estos avances, fruto del desarrollo económico, han posibilitado la reducción o eliminación de las sustancias contaminantes causantes de los daños medioambientales” (30).

Sin embargo, señala Saito con toda razón, “que los países desarrollados se congratulen por haber logrado el crecimiento económico reduciendo, al mismo tiempo, la contaminación medioambiental es, sencillamente, una falacia”(30), un mal argumento, un argumento incorrecto que puede engañarnos.

Por lo siguiente: “La mejora de las condiciones medioambientales de los países del primer mundo no se debe simplemente al progreso tecnológico; es el resultado, en no poca medida, de la imposición al Sur global de los efectos negativos inseparables del desarrollo económico, como la explotación de los recursos naturales o el procesamiento de basuras y residuos”. (30)

Así, pues, la falacia de los Países Bajos (o de Alemania o de Dinamarca o de España) consiste en creer “que los problemas medioambientales se han solucionado gracias al crecimiento económico y el desarrollo tecnológico, ignorando la transferencia de las cargas y los costes a la periferia” (30).

En el Antropoceno se ha esquilmado la periferia” es el título del siguiente apartado, también muy breve.

Kaito afirma que el Antropoceno es una era en que la actividad económica ha invadido hasta los últimos confines del planeta y ha agotado la periferia a la que seguir saqueando y transfiriendo sus costes y cargas. “El capital ha esquilmado el petróleo, los nutrientes del suelo, los metales raros y todo lo que estuviera a su alcance. Este «extractivismo» (extractivism) es una enorme carga para el planeta” (30)

Sin embargo, observa el filósofo japonés, “así como ha desaparecido la frontera de la «fuerza de trabajo barata», está desapareciendo la «naturaleza barata» del exterior a la que seguir explotando y transfiriendo las cargas”. Por muy bien que parezca estar funcionando el capitalismo, nuestro planeta, al fin y al cabo, es finito. Como resultado de la desaparición del margen de externalización, “las consecuencias negativas de la expansión del extractivismo terminan pasando factura también a los países desarrollados!” (31).

Aquí existe un límite irnalvable para la fuerza del capital, sostiene Kaito (Sacristán, suele olviarse, habló de estos límites hace más de 40 años). “Aunque el capital busca la multiplicación infinita del valor de cambio, la tierra tiene límites. Si se agota la periferia, el sistema actual deja de funcionar. Y comienza la crisis” (31). Esta es la esencia de la crisis del Antropoceno. El cambio climático, que avanza imparable, es su epítome. “Ahora que ya no quedan recursos del exterior que seguir saqueando, los daños de este cambio comienzan a visibilizarse en forma de supertifones en Japón o de incendios en los montes de Australia” (31).

Saito finaliza el apartado con el interrogante leninista clásico: ¿qué cabe hacer, qué debemos hacer ahora que se nos está acabando el tiempo para luchar contra el cambio climático?

El tiempo perdido tras el fin de la Guerra Fria” es el siguiente apartado.

Empieza con buen chiste. “Cuentan que el economista Kenneth E. Boulding dijo: «Quien crea que el mundo puede seguir creciendo indefinidamente de forma exponencial o ha perdido el juicio… o es un economista»”.” (31). Vale la pena tomar nota.

Más de medio siglo después, y ante la gravedad de la crisis climática, “seguirnos ávidos de crecimiento económico y continuarnos destruyendo el planeta” (31). Es la consecuencia “del fortísimo arraigo de la mentalidad económica en nuestra vida”. Quizá estemos «perdiendo el juicio», añade Saito.

No es el caso. Los niños, los jóvenes se mantienen cuerdos. “La activista medioambiental sueca Greta Thunberg dejó en evidencia la hipocresía de las medidas contra el cambio climático de los adultos. Esta chica, que alcanzó fama mundial con apenas quince años por su día semanal de inasistencia a clase en protesta por la inacción ante la crisis ecológica, criticó duramente que los políticos hablen de «crecimiento económico sostenible» solo para granjearse popularidad” (32).

Aquello sucedió en la COP24 (Conferencia de las partes sobre el cambio climático de la ONU) de 2018, nos recuerda el autor. “El argumento de Greta es que no se podrá resolver el cambio climático mientras la prioridad del capitalismo sea el crecimiento económico. Se entiende por qué piensa así. Efectivamente, el capitalismo ha estado enfrascado en sacar la máxima tajada de las oportunidades de enriquecimiento que le brindó la globalización y la desregulación de los mercados financieros tras el colapso del orden mundial de la Guerra Fría” (32).

Esto ha significado una pérdida de treinta años preciosos en la lucha contra el cambio climático. Saito nos recuerda nuestra historia reciente:

Corría el año 1988 cuando el entonces investigador de la NASA, James Hansen, advirtió en el Congreso de los EE.UU. que con el «99 % de probabilidad» el cambio climático era un problema de origen humano. Aquel fue, asimismo, el año en que el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y la Organización Meteorológica Mundial (OMM) crearon el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (Intergovernmental Panel on Climate Change, o IPCC, por sus siglas en inglés). Existía, por lo tanto, la esperanza de un acuerdo internacional contra el cambio climático” (33)

Si se hubiera comenzado en aquel momento a tomar las medidas pertinentes, “se podrían haber ido reduciendo tranquilamente las emisiones de CO2 a un ritmo del 3% al año, aproximadamente, y los problemas derivados del cambio climático se habrían podido solucionar”.

Sin embargo, desgraciadamente, la advertencia de Hansen no fue oportuna. “Porque, justo después, cayó el Muro de Berlín, se desintegró la URSS y se impuso en el mundo el modelo neoliberal norteamericano. El capitalismo halló mercados rebosantes de mano de obra barata y a los que explotar sin piedad en los antiguos países de la órbita comunista, y prosiguió su expansión” (33) También en La República Popular de China.

El imparable crecimiento de la actividad económica aceleró el despilfarro de recursos. Por ejemplo, el dato estremece, “casi la mitad del consumo de combustibles fósiles de la humanidad ha ocurrido después de 1989, tras el final de la Guerra Fría” (33)

Fue justo en esta época cuando se publicó el trabajo de Nordhaus al que Saito se refirió anteriormente, con sus previsiones optimistas en relación con el porcentaje de reducción de CO2. “Así se despreciaron unos treinta años para la lucha contra el cambio climático, hecho que ha empeorado notablemente la situación”. Por eso, el enfado de Greta T. y la contundencia de su crítica van dirigidos, sobre todo, “a la irresponsabilidad de los adultos que han despilfarrado una oportunidad clave por intereses cortoplacistas”. La actitud de los políticos y dirigentes de grandes corporaciones que, estando como están las cosas, pretenden seguir dando prioridad al crecimiento económico no hace sino alimentar la llama de su indignación.

A estas alturas, para el autor, “no existen soluciones dentro del sistema actual”. Por eso, añade de manera altamente optimista, “Greta concluyó su discurso de la COP24 diciendo: «Hay que cambiar el sistema mismo»; recibió el ferviente apoyo de los jóvenes de todo el mundo”.

Si queremos responder al reclamo de los adolescentes, concluye, “los adultos debemos, en primer lugar, conocer la esencia del sistema actual y preparar uno nuevo. Huelga de ir que el sistema sin solución al que Greta se refiere es el capitalismo” [1].

La profecia de Marx sobre la crisis climática” es el título del siguiente apartado. Seguimos en el primer capítulo.

Notas

1) Avanzamos con la entrevista de Ferran de Vargas:

¿Podríamos decir que ahora es usted más influyente que el PCJ?

(Ríe) Es interesante que ahora en Japón en los metros, los medios de comunicación, los periódicos e incluso la televisión se habla de Marx. Están abiertos a nuevas ideas. Pero la gente del PCJ permanece en silencio respecto a mis nuevas propuestas.

Los socialdemócratas y grandes capas del marxismo ven al estado como principal espacio de resistencia frente al capital, pero usted propone menos dependencia respecto del estado y más asociacionismo. ¿Cree que el estado es peligroso para la sociedad y para el comunismo?

No es que sea un anarquista total y rechace toda intervención estatal. Creo que una de las lecciones que hemos aprendido de la pandemia es que el estado todavía juega un rol importante incluso bajo las condiciones de la globalización. Una vez más se remarcaron las fronteras nacionales, y la importancia de varios tipos de ayudas a la gente más pobre o los hospitales evidenció que se necesitaba intervención estatal para proteger la vida de todos. Por otro lado, siendo crítico del green new deal, soy consciente de que para conseguir una rápida descarbonización necesitamos una intervención, regulación y gasto estatales masivos.

El no enfatizar la importancia del estado en mi libro responde más a razones estratégicas, porque aquí en Japón cuando se oye hablar de Marx y comunismo, la gente tiende a asociarlo con totalitarismo de estado. Lo que quería era redefinir la imagen del comunismo y de Marx para la era del Antropoceno. Para ello, debía separar estrictamente a Marx de la Unión Soviética o China. Por eso mi visión del post-capitalismo se basa en el común («comunismo») y en crear una asociación de asociaciones que restrinja el poder de reificación del capital.

¿Podría hablar un poco más su idea del comunismo?

Yo defino el capitalismo como una constante expansión de capital, y el capital es un proceso de valorización que se expande sin cesar. Para ello, el capital debe mercantilizarlo todo. Por tanto, la idea básica es que el proceso de acumulación capitalista va de la mano de la disolución del común a través de la mercantilización de las cosas. En las sociedades precapitalistas no teníamos que comprar muchas cosas porque compartíamos muchas incluyendo tierras, agua, bosques, etc. Pero con la acumulación originaria de capital muchas cosas empezaron a ser monopolizadas por unos pocos. Este proceso se ha acelerado en los últimos treinta años con la privatización de hospitales, transportes públicos, agua, etc. porque el capitalismo ya no puede encontrar nuevos espacios de acumulación. Por eso debe crear un «afora» que puede ser el espacio exterior, como hace Elon Musk, pero también puede destruir aquellos bienes comunes.

Así pues, mi propuesta es muy simple: si queremos proteger nuestras vidas, debemos restringir esta expansión infinita de capital porque está invadiendo los fundamentos básicos de nuestra existencia, y para ello debemos rehabilitar el común desmercantilizando el agua, la atención médica, la electricidad, los transportes públicos, las escuelas, y todo lo que ha estado bajo ataque del capital en los últimos treinta o cuarenta años de neoliberalismo. Pero el caso es que no propongo simplemente la nacionalización, sino que mi idea de lo común, influida por Antonio Negri y Michael Hardt, más bien enfatiza el principio de participación a nivel horizontal. Creo que el problema del Estado del Bienestar y por supuesto el tipo de socialismo de la Unión Soviética es que el modelo burocrático de arriba abajo trataba de proteger la vida y el bienestar de las personas pero no funcionó. Yo propongo desmercantilizar pero de otra forma, no sólo contra la privatización sino también contra la propiedad estatal, a través del asociacionismo y una red descentralizada de cooperativas.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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