A casi ocho meses de iniciado el gobierno de La Libertad Avanza, convendría rectificar la valoración que tenemos de él. Aquello que, en última instancia, da coherencia a la política económica de Milei no es tanto –como cacarea el presidente, como muchos creen– su adhesión a la doctrina ultraliberal de la Escuela Austríaca (eso que Milei ha resumido bien o mal como «minarquismo de corto plazo, anarcocapitalismo de largo plazo»), sino su subordinación a los intereses de la clase capitalista más concentrada.
De ahí que que sus medidas de austeridad y desregulación sean tan inconstantes y selectivas. Bajar el impuesto a los bienes personales (para satisfacción de algunos potentados), pero restablecer la cuarta categoría del impuesto a las ganancias (para desgracia de casi un millón de trabajadores asalariados). Liberalizar el mercado de bienes esenciales (alimentos, medicamentos, etc.), pero intervenir fuertemente en el mercado laboral a favor de la patronal (no homologación de paritarias «demasiado favorables» para los sindicatos, pese a ser libremente acordadas entre partes privadas). Impulsar la flexibilización laboral y la apertura indiscriminada de las importaciones (que tanto perjudican al pueblo y las pimes), pero proteger la timba financiera a través de un Banco Central más intervencionista que nunca en lo monetario y cambiario. El ultraliberalismo de Milei es demasiado arbitrario y errático. Algunas veces, reina el laissez faire, laissez passer. Otras veces, se intensifican los controles y las intervenciones, y se aumentan los impuestos. ¿Milei es incoherente, inconstante? Sí y no. Es incoherente, inconstante, si reducimos el análisis a la formalidad doctrinaria. Pero si nos focalizamos en lo más importante, que es su orientación ideológica general, comprendemos que el suyo es un gobierno muy coherente y constante en su defensa y promoción de los intereses de clase del gran capital. Ese es el hilo invisible que une sus medidas económicas, aparentemente tan contradictorias y erráticas. Si dejamos de lado la retórica y nos concentramos en los datos duros de la realidad, descubrimos lo siguiente: la concepción que el presidente tiene del mercado es más tendenciosamente plutocrática que «salomónicamente» ultraliberal. Cuando Milei, en campaña electoral, prometía que «antes de subir un impuesto, me corto un brazo», o pontificaba que «los impuestos son un robo», tuvo la picardía de no aclarar que su pasión anti-tributaria está restringida a la clase capitalista, o bien, que no la hace extensiva a la clase trabajadora. Aunque a menudo lo olvidemos, los silencios pueden ser tan demagógicos como las palabras.