El antaño conocidísimo (y hoy seguramente ignoradísimo) obispo que fue de Hipona en el siglo V, Aurelio Agustín (San Agustín para los creyentes cristianos, natural de la ciudad norteafricana de Tagaste) dio una sorprendente respuesta a esa pregunta, a saber: el mal es el no-ser.
Así, pues, ¿acaso para aquel inmenso filósofo, verdadero padre del cristianismo tal como lo conocemos, el mal no existe? ¡Horror! Ya estoy viendo a Volodomyr “Camiseto” Zelenski, a María Corina “Comanditos” Machado, a Antony “Bomber” Blinken, a Benjamín “Mataniños” Netanyahu, a Úrsula “Leopard” von der Leyen y (muy al fondo) a Pedro “Pinocho” Sánchez, protestando desaforada y “ostentóreamente” (como diría el finado y gran enriquecedor del léxico castellano Jesús Gil y Gil) contra semejante dislate político-metafísico.
¿Acaso no existen esas encarnaciones del mal absoluto que son Vladímir Putin, Nicolás Maduro, Irán, Hamás, los europeos contrarios a las sanciones a Rusia y los españoles contrarios a las continuas concesiones al independentismo catalán? ¡Vaya si existen! Qué más quisieran los Zelenski, Machado, Blinken, Netanyahu, von der Leyen y Sánchez, que no existieran (de hecho, hacen todo lo que está a su alcance para que dejen de existir).
Pero no. No hay por qué rebajarse al nivel intelectual-moral de los Camiseto, Comanditos, Bomber, Mataniños, Leopard o Pinocho y adoptar en consecuencia una concepción del mal como algo dotado de substancia, consistencia o entidad propia, visible y tangible incluso. Concepción que está, sin duda, en el fondo del pensamiento y el discurso populares sobre ese tema clave de la filosofía moral que es la distinción entre el bien y el mal, cuyas consecuencias prácticas para el comportamiento humano son, obviamente, de importancia capital.
La visión popular del asunto llega, como es sabido, al extremo de personalizar el bien y el mal en esas figuras icónicas tan características del imaginario religioso popular judeocristiano, como son los ángeles, encarnaciones del bien, y los demonios, encarnaciones del mal (en inglés incluso se suele emplear el término evil, el mal, como sinónimo de devil, el diablo, metonimia facilitada indudablemente por la similitud léxica).
Pues bueno, qué le vamos a hacer: ya Platón, Filón de Alejandría y el propio Agustín de Hipona sabían (y Averroes en la Edad Media y Manolo Kant en la Modernidad, entre otros muchos filósofos, les dieron la razón al respecto) que el caletre humano no tiene acceso directo a la esfera de los conceptos universales y sólo puede remontarse a ellos mediante la abstracción a partir de impresiones sensoriales particulares: nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu. No damos para más (aunque unos dan para menos que otros, sin duda, y parecen incapaces de elevarse a lo universal desde lo particular: que le pregunten, si no, a cualquiera de los creyentes en la personificación del mal arriba citados).
Claro que en la raíz de esa personificación, practicada en general por las religiones, no hay sólo una deficiencia cognitiva (que también), sino sobre todo la necesidad de descargar de responsabilidad a la conciencia propia del individuo situado ante la disyuntiva de obrar el bien o el mal. En efecto, al encarnar el mal en un ser externo dotado de personalidad propia independiente, pero siempre presente en nuestro entorno (dando, por así decir, vueltas alrededor del ser humano como una fiera presta a devorarlo, según el símil propuesto por algún que otro moralista cristiano), se libera parcialmente al sujeto moral de la responsabilidad por su conducta, pues según la alegoría con que tradicionalmente se ha representado el proceso de deliberación de la mente humana enfrentada a una disyuntiva moral, la conciencia del individuo aparece flanqueada por un ángel que le señala el camino del bien (generalmente, cuesta arriba) y un demonio que le anima a seguir la cómoda senda descendente que conduce al mal. El mito judeocristiano del paraíso terrenal y el pecado de Adán y Eva instigado por el diablo-serpiente es el arquetipo de esa representación de la “caída” moral como resultado, no de una libre decisión autónoma del individuo, sino de una tentación externa a la que es imposible sustraerse y muy difícil resistirse.
No es ése el planteamiento que hace Agustín de la cuestión. Al menos no la que hace en una de sus obras filosóficas capitales, De libero arbitrio (Sobre el libre albedrío), escrita contra el maniqueísmo (concepción que él mismo había sostenido en su juventud). En efecto, en dicha obra aparece una de las discusiones más profundas y brillantes del viejo dilema filosófico-práctico: ¿es capaz el ser humano de actuar libremente, es decir, por propia iniciativa no impuesta, o bien su conducta está totalmente determinada por factores externos que el sujeto no puede controlar?
El problema tiene importantes ramificaciones que van más allá de la filosofía propiamente dicha basada únicamente en la razón, y que inciden de lleno en cuestiones teológicas que, para un teísta como Agustín, revisten la máxima trascendencia. Su meollo reside justamente en la respuesta que haya que dar a la pregunta que da título a esta reflexión: ¿existe el mal? En efecto, una respuesta afirmativa tiene graves implicaciones para todo aquel que crea en la existencia de un Ser dotado de los atributos que la teología cristiana asigna a Dios, a saber: infinita sabiduría, infinito poder e infinita bondad.
Lo primero que hay que hacer para abordar el asunto es acotar al máximo el concepto de mal. Para la tradición filosófica dominante en el mundo clásico durante los primeros siglos de nuestra Era, el estoicismo, la mayor parte de lo que popularmente se conoce como “males” no lo son. Concretamente, los llamados males físicos: pobreza, enfermedad, muerte, etc., sin poderse considerar, obviamente, “bienes”, quedan relegados a la categoría de realidades indiferentes (ni buenas ni malas), pues no afectan al núcleo esencial del ser humano, que son sus facultades racionales y volitivas. Son, en cambio, males indiscutiblemente tales la ignorancia, el error y los distintos vicios y comportamientos viciosos, entre ellos, muy particularmente, las conductas que atentan contra la justicia (noción sintetizada en el lema “dar a cada cual lo que le corresponde”).
El cristianismo hace suya a grandes rasgos esta concepción estoica de lo que deba entenderse por mal y es a partir de ella como aborda Agustín la cuestión que trata de resolver en De libero arbitrio.
De entrada, Agustín descarta la típica y sobada objeción al concepto cristiano de Dios creador de todas las cosas, objeción según la cual, dada la presencia del mal en el mundo, parece claro que su creador no puede ser a la vez infinitamente bondadoso e infinitamente poderoso, pues si es infinitamente bondadoso y, por tanto, contrario a la existencia de males, no puede ser infinitamente poderoso, al no haber podido evitarlos; y, por un razonamiento simétrico, si es infinitamente poderoso y permite el mal, entonces no es infinitamente bondadoso.
Agustín, acogiéndose a la idea estoica de que los males físicos no son propiamente males, desmonta esa objeción, obviamente, en lo que respecta a dicho tipo de presuntos “males”. Pero ¿qué pasa con los males reconocidos por el estoicismo y el cristianismo, los tradicionalmente llamados males morales?
La cosa es clara: según el cristiano Agustín de Hipona el ser humano ha sido, como todo el resto de seres, creado por Dios. Ahora bien, el ser humano posee la capacidad de obrar moralmente mal, capacidad que ejerce, probablemente, con más frecuencia que la capacidad de obrar moralmente bien. Pero esa capacidad le ha sido dada por Dios. Luego volvemos a caer bajo la objeción anterior: o Dios no es omnipotente al no poder evitar el mal moral realizado por el hombre o no es infinitamente bondadoso si pudiendo evitarlo lo permite.
La única salida que ve Agustín para no atribuir a Dios el mal moral, pese a haber creado a quienes pueden cometerlo, es atribuirles a éstos una radical autonomía de la voluntad, tan radical a la par que propia y exclusiva de ellos, que en modo alguno le alcance a Dios la responsabilidad por el mal uso de la libertad que les ha sido dada. Y por último, para taponar el último resquicio por donde se pudiera colar un reproche al creador como causante siquiera indirecto de las malas acciones de sus criaturas, Agustín da el último y definitivo paso en su estrategia exculpatoria de la divinidad: admitiendo que Dios es el creador de todos los seres, no es posible considerarlo como creador del mal, puesto que el mal es el no-ser.
Bien, no hace falta adoptar la matriz teológica de la argumentación agustiniana para darle la razón en cuanto a la idea básica (perfecta antítesis de la extendidísima tesis maniquea) de que el mal no es ninguna realidad sustantiva, no digamos ya una persona, sino que todo su ser se reduce a una carencia, una ausencia de bien, la pura y simple negación de éste. Sólo en ese sentido residual y vacío de todo contenido positivo podemos decir que el mal es algo (tal como Aristóteles observa, en el libro cuarto de su Metafísica, que “incluso del no-ser decimos que es”).
La concepción puramente negativa del mal como mera privación, no ya del bien, sino incluso del ser tiene una trascendencia que va mucho más allá de la especulación teórica: tiene profundas implicaciones prácticas en campos como, por ejemplo, el de la justicia penal, constituyendo la ratio última y fundamental para el rechazo y la proscripción de la pena de muerte, al dejar sentado que ni siquiera el más abominable de los criminales es una entidad intrínsecamente mala, en el sentido de que el mal que sin duda hay que atribuir a su conducta no afecta al núcleo de su ser como persona. Y ello por razones de principio, independientemente de si su personalidad es reformable o no (raras veces lo es).
Pero dicho esto, por más que desplacemos la naturaleza del mal fuera del ámbito ontológico de las entidades per se y la confinemos en el ámbito de las relaciones no constitutivas y los atributos per accidens, no es menos cierto que la irrealidad objetiva del mal no excluye en absoluto su realidad subjetiva para todo aquel que lo sufre. Lo que justifica ampliamente nuestros deseos (y nuestra obligación) de combatirlo allá donde se encuentre. Que no se les olvide a Camiseto, Comanditos, Bomber, Mataniños, Leopard o Pinocho.
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