El 15 de febrero de 2003 contra la invasión de Irak se manifestaron en 800 ciudades del mundo según algunas estimaciones entre seis y diez millones de personas y según otras entre ocho y treinta millones. En Roma, más de dos millones; en Madrid, más de 1,5 millones; en Barcelona, entre uno y 1,5 millones; en Londres, entre uno y dos millones…
Veinte años después, contra los bombardeos sobre Gaza que han producido más de 45.000 víctimas civiles, las manifestaciones de protesta en Europa no han alcanzado ni de lejos la décima parte de esas cifras.
¿Qué ha ocurrido en la conciencia anti belicista occidental en estos veinte años? ¿A qué se debe esta diferencia abismal en las protestas? ¿Es algo significativo que nos habla de cambios profundos en la mentalidad occidental o es una situación coyuntural?
¿Acaso la brutal operación armada de Hamás el 7 de octubre ha tenido un efecto desmovilizador frente a las flagrantes mentiras de las armas de destrucción masiva que se orquestaron para invadir Irak? Pero en este caso la pregunta sufriría un traslado ¿cómo justificamos política, militar y éticamente que para alcanzar el fin de“castigar”a Hamás y rescatar a los rehenes se emplee el medio de bombardeos masivos sobre población civil? ¿No tenía Israel otros medios para defenderse? Por ejemplo, acabar con el cerco a Gaza y con la política de asentamientos neo coloniales en Cisjordania.
¿Acaso el capital empático de Israel y el complejo de culpa europeo por el Holocausto perdona y permite al estado israelita el uso de cualquier medio por bárbaro que sea para su supuesta defensa?
¿Acaso el miedo al “Otro” musulmán y la consiguiente sensación de Europa de bastión de la democracia y el bienestar asaltado por la barbarie fundamentalista – ambos sabiamente inducidos por los grandes medios de comunicación y propaganda – han colonizado las conciencias de los europeos?
¿Acaso la crisis económica de 2007/08, ante la incapacidad de la izquierda de resolverla a favor de los de abajo, ha conducido a una derechización general de los europeos, atemorizados por la precarización de su nivel de vida?
¿Acaso la COVID y el confinamiento han reforzado el egoísmo individualista en Europa e inoculado en los europeos el perentorio deseo de “A vivir que son dos días”y “Ande yo caliente y muérase la gente”?
¿Acaso estamos asistiendo a una mutación antropológica en Europa por la cual aceptaremos cualquier medio con tal de preservar nuestros privilegios?
¿Acaso los europeos estamos dispuestos a rearmarnos hasta los dientes para “defender” contra el eje del mal en el mundo – China, Rusia, el Islam – la civilización occidental, esto es, a seguir disfrutando de las ventajas que nos otorga la división internacional del trabajo y de la riqueza?
¿Acaso, entre las mentes europeas más concienciadas, reina la melancolía, la depresión ética y política, la convicción impotente de que nada de lo que hagamos podrá cambiar ni siquiera un ápice las cosas?
¿Acaso es todo – y alguna que otra cosa más – a la vez?