Una reflexión de Joaquín Miras.

Del presidente de Espai Marx.

El articulo recensión de Jasper Bernes sobre el libro de Toscano, que trata sobre el fascismo USA, y que Carlos nos ha enviado, artículo extenso, riguroso es un material que proporciona muchos elementos para la reflexión. Sobre la multitud de tradiciones culturales e intelectuales que pueden participar en la génesis del fascismo. Sobre sus raíces históricas. Y cómo puede expresarse tanto en variantes estatistas como antiestatistas, éstas últimas, las más aparentemente revolucionarias por su radicalismo.

La reflexión del autor del libro, y desde luego, muy claramente, el autor de la reseña, elabora su análisis como consecuencia de la presentación a las elecciones de Donald Trump. Que está recogiendo y dando cauce a masas amplias de la sociedad y a corrientes ideológicas de la misma. Trump. Además, en un par de ocasiones, si mal no recuerdo, sale la palabra “rojipardismo”. Como mínimo, la recensión, sí es un texto para pensar la intervención política en el momento presente. A este texto, creo, hay que sumarle los artículos que nos ha enviado Carlos, y en los que se aporta información empírica sobre cómo los pobres y parte de la clase obrera USA han votado a Trump.

El artículo nos interesa en la medida en que el neoliberalismo está produciendo fenómenos, semejantes a esos señalados, en Europa y en España. El problema es cómo elaborar una manera de hacer política, que permita intervenir en este proceso, en el bien entendido de que esta misma preocupación tiene mucho de brindis al sol. Quién es el sujeto que va a intervenir; en qué medida los comunistas existimos cómo sujeto, etc. La frase escrita es «cómo elaborar una manera de hacer política», y no «cómo hacer frente» al fascismo, porque creo que este segundo enunciado, plantea las cosas justamente de la manera en que, sí están siendo planteadas desde fuerzas políticas de izquierdas (¿de izquierdas?) actuales, y sí es absolutamente erróneo. Es lo de los «antifas». Plantear el asunto como «estrategia», como teoría de juegos en que hay dos bandos definidos y se trata de un combate. Como un partido de futbol sin árbitros, en el que el combate está abierto y en el que un equipo debe eliminar al otro.

Pero ese, esa, no fue la política nuestra, la de los comunistas españoles, durante el lapso de tiempo en que tuvimos de veras una política. La nuestra fue la política escrita o recogida en unas pocas páginas de un documento bastante más largo, cuya longitud era debida a la natural necesidad de elaborar retórica y presentar unas tesis congresuales para un congreso en condiciones de clandestinidad, pero congreso al fin y al cabo, de partido comunista, con su retórica etc.

Es la política denominada de «Reconciliación nacional», de 1956, en la que se hablaba de que la guerra civil había enfrentado a dos infanterías, formadas, ambas, por trabajadores, por campesinos. La premisa era la de la construcción de una amplia unidad nacional, para la cual, se consideraba,  había ya condiciones, dado el transcurso del tiempo desde la guerra y, también, dados los cambios sociales. El documento venía acompañado de un análisis sobre la sociedad española, muy ad hoc, según el cual, el fascismo era ya, tan sólo, una «camarilla». Esto, junto con otras cosas, era errado, -el debate sobre la sociedad española y el capitalismo español, y la relación de este proceso con la dictadura franquista, se abre en el partido, en 1964, y termina al año siguiente con la expulsión de Claudín y Semprún-, pero tenía la virtud de permitir a los militantes del partido el trabajo político «con todo el mundo» y «en todas partes», salvo en las elecciones franquistas a procuradores en Cortes por el tercio de cabezas de Familia -algo que, con todo, llegó a tantearse durante los años setenta: el caso Ocaña en Barcelona-. Este documento, esas líneas, consideradas desde el pensamiento «antifa», es un documento entreguista, derrotista, blandengue. No fustiga, no habla de fascistas entre las masas, no hubiera hablado, por tanto, desde luego de rojipardos. La lucha era concreta, la propuesta era organizar establemente a las masas, en lo posible, y proponer, como inicio y como final, siempre, objetivos inmediatos de actividad. Ese documento, lanzó al partido a trabajar entre los fascistas o ex fascistas, entre los «franquistas», sin preguntar por ideologías, pero con propuestas de acción; a trabajar dentro de los organismos de masas organizados por el fascismo, a entrar, sin manías, en el sindicato vertical. A ponernos en relación política inmediata con sindicalistas del mismo.

Era hacer de la necesidad, virtud, desde luego. Pero mi opinión es que nunca ningún partido comunista, al menos en Europa, tuvo una política de masas tan acertadamente abierta como la dibujada por esa propuesta de lucha y organización para la «Reconciliación nacional». Ni tan siquiera las mejores interpretaciones elaboradas a partir de la noción de Frente Popular, las de los italianos, a mi juicio, fueron tan potentes y ricas. Porque el Frente Popular democrático, era «antifascista», y no se puede «combatir» el fascismo desde el «antifascismo» desde la militancia de la confrontación, desde la estrategia o teoría de juegos, sino desde el ir a los sectores sociales que sienten ser fascistas, masas populares, y trabajar entre ellos, con ellos, crear unidad popular organizada, aquí y allá, en la base de la sociedad, generando actividad cotidiana concreta, nueva, y vida cotidiana y pensamiento cotidiano, cultura material de vida en ciernes, nueva. Borrar fronteras ideológicas prejuiciadas. Porque, en el momento en que hay fronteras,en que hay un «vosotros» y un «nosotros», ellos, nos han ganado. Dado que la sociedad no es un juego de teoría de juegos, sino, en todo caso un ejemplo de «suma cero». No se pedía a nadie un certificado de no ser nada. Se trataba de crear una unidad popular. Un pueblo. Se trata de tener la centralidad en la acción organizadora de ese pueblo, y uso la palabra «centralidad» adrede, porque parece entreguista. Pero centralidad no quiere decir, irse a la derecha para estar en el centro, sino ser la red organizativa abierta a todos, o a los más, a todos los que fueramos capaces de abrirnos, a todos los que nuestro sectarismo superado, en la medida en que lo venciéramos, nos permitiera acercarnos, interpelar en concreto, y atraer a la actividad. Eso es lo que quería decir, antes de ser pervertida y echada a perder, la palabra Hegemonía: construcción de una nueva subjetividad -bloque social, organizada establemente, subjetividad que, en la medida en que se constituye y crece, hace mermar a la anterior existente, que se disgrega. No había límites, la dura necesidad nos lo había impuesto. Y esa fue nuestra gran tarea. Lo fundamental, el trabajo de unificación, fue un éxito, porque cada vez que un comunista se juntaba donde fuera con otra persona, y hacía una propuesta concreta, inmediata, para la actividad, eso era un paso. En la medida en que una persona hacía eso, eso era ser un comunista, en contrapartida a nadie se le examinaba sobre El Manifiesto comunista para saber si merecía ese apelativo.

No era una «estrategia», porque la parte del documento en que se elaboraba la estrategia, la previsión d e futuro, los pasos siguientes a dar, los fines futuros a lograr, elaborados según se decía, a la luz de la ciencia del marxismo leninismo, de cuya acertada interpretación era depositario el partido, que tenía la misión sagrada de «aplicarlo», de esa estrategia que era capaz de prever el futuro, no se cumplió, absolutamente nada. Que es lo que ocurre siempre. Ni lo expuesto en ese documento, ni lo propuesto en otros posteriores, «Después de Franco, qué». «Hacia el postfranquismo», etc. Documentos orgánicos cuyo título entraña una previsión de futuro, que ya se intuye como no cumplida, y proponía acciones y medios que nunca se alcanzaron, la Ruptura democrática, la Huelga general política, etc.: historicidad del ser humano

Cómo hacer casar análisis de presente, no alucinaciones de futuro -estrategias, cuentos de la lechera-, análisis empíricos crudos y reales como los que nos presenta el artículo de recensión, evitando que estos análisis nos provoquen tendencias sectarias suicidas que nos automarginen de las masas, de esas masas fascistas, que en algún momento hasta pueden ser la mayoría. Lo sean o no, pero aún más si lo son, cómo evitar segregarnos de ellas, como resultado de buenos análisis empíricos, que sí nos otorguen lucidez sobre la situación, pero hemos de evitar que nos conviertan en grupúsculo desconectado de la acción cotidiana, acción que debe ser propuesta, sin «acepción de gentes»-. evitar que esos análisis lúcidos nos conviertan en «gentes raras» que se marginan y se pasan el día hablando de asuntos que dejan a los demás, a la gente normal, estupefactos.

Luego llegó la democracia ,y el partido abandonó la política de organización y se pasó al electoralismo. Partido de lucha y de gobierno. Cuántos comunistas militantes éramos antes de 1978 -¿10? Mil ¿15? (no deliremos con la fantasía). Pues, el triple, el cuádruplo fueron los cuadros recién inventados, además, en su inmensa mayoría, que se destinaron a listas y tareas electorales. El resultado fue «esa mierda que tú soy y yo añoras, desgraciado», como reza una poesía peruana.

Años después, ya en democracia, ya en elecciones, hubo un debate/ reflexión sobre lo que había sido el partido. Este debate, el único de reflexión real sobre lo habido, sobre el partido, se expresó de manera caricaturesca, era el tema de ¡la militancia de los cristianos en el partido!. Así se reflexionaba sobre la apertura del partido a la realidad, sobre lo que habíamos sido capaces de hacer, sin saberlo. Una forma de análisis grotesca. ¿No había habido cristianos en el partido? Si, creo que sí. Y ¿no había habido también marxistas? Creo que sí, creo que también: algunos. Pero eso no es lo que hubo en ese partido. Ese partido , el partido, el Partido, porque no había otro, había sido constituido por la organización de gente que sufría, de gente que era explotada, de gente buena, buena gente, y de gente de bien. «Gente de bien», como Agustín de Semir, como José Maria Valverde. Mientras estas categorías no tengan «dimensión teórica» o al menos, operatividad en nuestras mentes para saber qué es lo que nos hizo valiosos para la sociedad, incluida la categoría o noción de la «gente de bien», no sabremos analizar lo que fuimos. Y no sabremos explicar, en consecuencia, lo que puede ser útil de nuestra experiencia. El partido no era, no fue, el del «bolchevique» «de saber doctrinal frío en barras», sino el del «amadas sean las orejas Sánchez», para decirlo con otro escritor también peruano, poeta y comunista. Y esto era lo valioso.

Una vez se comienza una reflexión de este tipo, como todos los de mi generación sabéis, se produce en la memoria el surgimiento de «Pentimentos», los caballos del lienzo poseen seis patas y dos cabezas: surgen constantemente, desde debajo, recuerdos, y apetece reflexionarlos, etc. pero creo que esto es lo que conviene pensar ahora, y no ir más allá.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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