Una antigua fábula, muy difundida a partir del siglo XIII, pero cuyos orígenes parecen remontarse al fabulista griego Esopo (siglo VI aC), cuenta que unos ratones que se estaban muriendo de hambre porque no se atrevían a salir de sus escondrijos para comer a causa de la presencia de un gato, celebraron un consejo para estudiar qué soluciones podían dársele a tan acuciante problema. Un ratón que se las daba de sabio, tras zamparse el último grano de cebada que quedaba en la vacía despensa, exclamó: “¡Ya tengo la solución!
Como el gato siempre nos caza en cuanto salimos porque se mueve sigilosamente en la oscuridad y no lo vemos ni oímos a tiempo, hagamos lo siguiente: colguémosle un cascabel del cuello, y así, en cuanto se acerque, lo oiremos llegar y tendremos tiempo de ponernos a salvo.” A todos les pareció una idea excelente. A todos menos a un ratón que nunca se las daba de sabio y solía pasar inadvertido, el cual, meneando la cabeza, inquirió: “Y ¿quién le pondrá el cascabel al gato? Yo no, desde luego.” Un silencio de plomo, sin que nadie tuviera que hacerlo constar explícitamente, se impuso, a partir de ese momento, como unánime rechazo de la utópica propuesta.
Se sobreentiende, por supuesto (algunas versiones de la fábula lo dicen explícitamente), que esa ilusoria medida surgió como alternativa a la verdadera y definitiva solución, que habría sido, como es obvio, matar entre todos al gato. Pero a los ratones, impresionados por la fuerza y agilidad del felino, les parecía que tan audaz medida era irrealizable.
Si inspirándonos en la novela de John Steinbeck De ratones y hombres pasamos de los primeros a los segundos y aplicamos la fábula a la lucha de clases, acaso podríamos expandir la alegoría de la siguiente manera:
El gato es el sistema socioeconómico vigente, que la gente sin pelos en la lengua denomina capitalismo (menos los capitalistas, que lo llaman pudorosamente “economía de mercado”). Los ratones somos los seres humanos que vivimos de vender (algunos dirán “alquilar”) nuestra fuerza de trabajo. El cascabel puede entenderse de muchas maneras: sindicatos, impuestos sobre los beneficios obtenidos mediante la fuerza de trabajo comprada (o alquilada), leyes laborales favorables a los asalariados, nacionalizaciones de sectores de la economía, etc.
Aunque el sonido de esos cascabeles suele resultarle bastante molesto al gato, lo cierto es que como metáfora no resulta muy adecuada, pues en la “economía de mercado” no existen escondrijos donde los ratones puedan ponerse a salvo de los zarpazos de Micifuz al verlo u oírlo (salvo, claro está, que opten por morirse de hambre, única libertad que el sistema concede sin restricciones de ningún tipo). En todo caso, el sonsonete de un cascabel está claro que no detiene a ningún gato. Otra cosa sería que, inspirándonos en otro dicho popular, y con permiso de Esopo, La Fontaine, Samaniego y compañía, renunciáramos al alegre tintineo y metiéramos las zarpas del felino en unos buenos guantes.
Pero aquí volvemos, convenientemente reformulada, a la pregunta planteada por el ratón aguafiestas: “¿Quién le pondrá los guantes al gato?”
La única respuesta posible es: el Estado. Claro que Estados los ha habido y hay de muchos tipos. El III Reich de Hitler, la Italia de Mussolini, el Chile de Pinochet y otras dictaduras por el estilo, pese a las concesiones hechas a sus respectivos ratones (ningún Estado puede sobrevivir teniendo a la inmensa mayoría de la población en contra), se dedicaron fundamentalmente a tener contentos a sus respectivos gatos. Para que el Estado favorezca a los ratones debe ser de tal naturaleza que dé prioridad a la satisfacción de las necesidades de éstos, algo que sólo ocurre cuando los resortes de poder del Estado (por cierto, ¿qué otra cosa es un Estado sino un conjunto de resortes de poder, como bien saben los anarquistas?) están realmente al alcance de los ratones. Para que esto último se dé, el Estado ha de ser democrático.
Y al llegar a este punto, seguro que más de uno dirá: “Y ¿cómo se consigue que un Estado sea democrático?” Respuesta: poniéndose mucha gente a pelear por ello. Pero ojo, aquí parece que la pescadilla se muerde la cola. Pues si el poder para quitarle poder al gato sólo lo puede tener el Estado democrático y para lograr que éste exista la gente ha de luchar (es decir, ejercer a su vez la forma más elemental de poder), ¿qué necesidad hay de tener un Estado?
Bueno, los gatos eso lo tienen muy claro, razón por la cual procuran que el Estado democrático sea lo más pequeño posible (que se dedique únicamente a defender la propiedad privada de cualquier tipo). Pero si a los gatos no les interesa demasiado que haya Estado democrático, quiere ello decir que a los ratones sí les interesa.
En efecto, aplicando ahora un símil bélico: cuando el enemigo está muy fortificado, no suele dar resultado atacarlo frontalmente, hay que flanquearlo en busca de sus puntos débiles. El Estado democrático es precisamente el instrumento inventado para flanquear la fortaleza de los poderosos y encauzar los conflictos sociales evitando los choques frontales. Es decir, si se consiguen mayorías suficientes para aprobar leyes que, a modo de guantes en sus zarpas, coarten el poder de los gatos, no hará falta, en principio, pelear físicamente con ellos.
Claro que para qué nos vamos a engañar: un gato es siempre un gato y está en su naturaleza actuar como predador. De modo que siempre existe el riesgo de que, si se ve muy coartado por las leyes del Estado democrático, decida saltarse esas leyes e imponer su fuerza bruta. Los terratenientes españoles y sus militares amigos, amparados por la derecha internacional de Londres a Berlín, decidieron eso en 1936 al considerar que una moderadísima reforma agraria suponía una agresión intolerable a sus privilegios. La oligarquía chilena y sus militares amigos, amparados por el Departamento de Estado sito en Washington, actuaron de manera semejante en 1973 ante unas reformas no mucho más radicales que las de la Segunda República española. La lista, desde luego, no acaba aquí: desde el derrocamiento de Mossaddegh en Irán en 1953 por atreverse a nacionalizar el petróleo hasta el golpe de Maidán en Ucrania en 2014, pasando por la deposición de Sukarno en Indonesia en 1965, acompañada de una represión contra la izquierda que se cobró entre medio millón y un millón de víctimas (acontecimientos todos ellos en que fue notoria la intervención de los servicios secretos estadounidenses y de sus perros falderos británicos), la historia calamitatum de las agresiones gatunas es larga y rezuma sangre por todos lados.
Por eso no es de extrañar que muchos ratones hayan interiorizado la idea de que es imposible, no ya matar al gato, sino ni siquiera ponerle cascabeles, guantes o cualquier otro artilugio que permita tenerlo a raya. De ahí que se opte, volviendo al símil militar, por maniobras de flanqueo cada vez más largas. Tan largas que parece que muchos de los que las ejecutan acaban alejándose tanto del objetivo que lo pierden de vista. Y como al gato lo que le falta no es precisamente eso, vista, lleva mucho tiempo dedicado a rodearse de señuelos que distraigan la ya débil atención de los ratones hacia asuntos secundarios, marginales o incluso favorables a los intereses gatunos (como, por ejemplo, desnaturalizar la festividad de la mujer trabajadora para convertirla en la fiesta de todas las mujeres, desde la más humilde de las “kellys” hasta Ana Patricia Botín).
De modo que muchos ratones ultramodernos, más preocupados por descolonizar museos que por descolonizar Gaza, por ejemplo, han llevado el ingenio ratonil, desde el modesto precedente de aquel listillo de los tiempos de Esopo, hasta la cima del progresismo cool, dictaminando que la mejor manera de evitar los zarpazos del gato no es colgarle cascabeles ni enfundando sus garras en guantes, sino poner en torno a su cuello un vistoso lazo (multicolor, preferentemente).
https://www.cronica-politica.es/de-gatos-cascabeles-y-lazos/.