“IA (Ignorancia abismal)” por Miguel Candel

Amiga, cuando veas que los medios de (in)comunicación hablan sin parar de algo que suena muy técnico y muy moderno, desconfía profundamente. Seguro que detrás de eso hay alguien que te quiere “vender” algo. En este caso no se trata de ningún electrodoméstico revolucionario (el sistema, “por sistema”, nunca ofrece nada que sea realmente revolucionario: iría contra su naturaleza conservadora). Se trata de que te vayas haciendo a la idea de que ya no tendrás que esforzarte nunca más en pensar (lo poco que todavía permiten que pensemos).

Empecemos por el principio: lo que tenemos últimamente entre manos bajo el oxímoron “inteligencia artificial” es el último desarrollo de algo que se inició hace, como mínimo, 2.350 años, cuando a un tal Aristóteles de Estagira se le ocurrió una manera de “automatizar” ciertas formas de argumentación a fin de evitar discusiones innecesarias. Creó para ello lo que a partir de entonces se conoce como “silogismos”, que son esquemas o formatos en los que se pueden introducir los términos referentes al tema discutido y, en virtud simplemente de la estructura del silogismo, prescindiendo del significado de los términos, se obtiene la conclusión del argumento, sin dejar margen a interpretaciones subjetivas. La idea subyacente a esto era que el pensamiento que busca entender algo no es una masa informe de imágenes sin orden ni concierto (como cuando uno deja volar libremente la imaginación), sino que se rige por ciertas reglas y adopta determinadas formas. Entonces, si descubrimos esas reglas y formas y nos atenemos a ellas, evitaremos la confusión y la ambigüedad semántica que suelen contaminar las afirmaciones hechas por quienes discuten sobre un tema. Se trata, en definitiva, de reducir el lenguaje, y con él el pensamiento lingüísticamente expresado, a su estructura básica, eliminando todos los elementos accesorios que le restan claridad.

Ese conjunto de reglas y formas del pensamiento es lo que se conoce como Lógica. Pues bien, contra lo que creen muchos estudiantes que se encallan en su estudio, la Lógica no sirve para intensificar nuestro esfuerzo intelectual, sino todo lo contrario: sirve para reducirlo al mínimo y, en el límite, eliminarlo por completo. Es, en el fondo, un mecanismo que, bien utilizado, nos ahorra parte o la totalidad del esfuerzo de pensar.

Después de Aristóteles, los llamados estoicos dieron un gran impulso a la lógica (su obra se conoce hoy día como “lógica de enunciados” o “lógica de proposiciones”), siguiendo y ahondando en el patrón establecido por Aristóteles: construcción de fórmulas esquemáticas sin significado propio que, al rellenarlas con palabras o términos con significado, producen automáticamente conclusiones indiscutibles.

Lo de “mecanismo” no es simple metáfora. El genial pensador mallorquín Ramón Llull (1232-1316) llegó a concebir sistemas mecánicos (aunque, al parecer, no pasaron de meros bocetos) que, introduciendo en ellos términos significativos, permitían obtener conclusiones seguras. Esa tarea de formalización del lenguaje prosiguió, por ejemplo, con Leibniz (1646-1716) y su proyecto de creación de un lenguaje universal totalmente exento de ambigüedades, al que designó en latín como characteristica universalis. Finalmente, en los siglos XIX y XX, el proyecto formalizador del lenguaje alcanzó un nivel y rigor sin precedentes, dando lugar a lo que hoy se entiende por lógica formal, lógica simbólica o lógica matemática.

Finalmente, poco antes de la Segunda Guerra Mundial, aparecieron en los Estados Unidos el húngaro John von Neumann y el británico Alan Turing, que desde diferentes puntos de vista contribuyeron a la creación de la primera máquina lógica propiamente dicha, la computadora u ordenador. El primer “cacharro” de esa clase se construyó en un centro para científicos creado en 1930 junto a la Universidad de Princeton, en New Jersey, por los hermanos Abraham y Simon Flexner, filántropos y educadores judíos, con financiación de otros dos hermanos, Louis y Caroline Bamberger. El centro, hoy de renombre universal, se denominó Institute for Advanced Study, y en él trabajo, desde 1933 hasta su muerte en 1955, Albert Einstein.

Pues bien, fruto de la ideas de von Neumann y de Turing, hacia el final de la Guerra empezó la construcción de aquella primera computadora basada en lenguaje numérico (el elemental sistema binario de ceros y unos). Era un auténtico monstruo. En el enorme espacio que ocupaba cabrían centenares de ordenadores actuales, y su correcto funcionamiento exigía condiciones de baja humedad y baja temperatura muy precisas. Recibió el inquietante nombre de MANIAC (iniciales de Mathematical And Numerical Integrator And Computer). Visto en perspectiva, la primera tarea que desempeñó hizo honor a la acepción más siniestra de su nombre: realizar los cálculos necesarios para la construcción de la primera bomba de hidrógeno, proyecto en el que, pese a su supuesta mala conciencia por haber dirigido la fabricación de la primera bomba atómica de fisión, colaboró Robert Oppenheimer (aparece tan tranquilo delante de MANIAC, junto a von Neumann, en una foto de 1952). Aquella primera bomba de fusión de hidrógeno se lanzó en secreto a finales de 1952 sobre una isla del Pacífico Sur llamada Elugelab, que desapareció del mapa junto a 80 millones de toneladas de coral. La bomba había recibido el simpático nombre de Ivy Mike…

Hay que decir, en honor a la verdad, que Turing ya no se hallaba en Princeton cuando MANIAC empezó con sus mortíferos cálculos, sino en Inglaterra contribuyendo a la derrota de Hitler con su trabajo como desencriptador. E igualmente conviene recordar que en 1952 se le “agradecieron” los servicios prestados con una condena por homosexualidad que implicaba la pena de castración, lo que seguramente lo abocó al suicidio en 1954. Por otro lado, en Princeton, las inevitables filtraciones sobre la siniestra misión de MANIAC crearon amplio malestar entre el personal científico no implicado, llegando a aparecer escritos clandestinos de protesta (por ejemplo, sobre el polvoriento capó del auto de von Neumann, fanático belicista, aparecieron un día escritas a mano las palabras STOP THE BOMB).

Pues bien, lo que hoy día se llama IA (me resisto a escribir “Inteligencia” con todas sus letras) no es más que el último desarrollo, facilitado precisamente por la gran potencia calculística y combinatoria de los aparatos sucesores de MANIAC, de los procesos de automatización de operaciones regidas por la lógica, es decir, por esa parte de la actividad mental que puede reproducirse mecánicamente a partir de los datos que se le suministran, pero carente por completo de verdadera capacidad inventiva, para la cual se precisa la otra parte esencial de la inteligencia, que tiene que ver, no con el cálculo, sino con la intuición. Los modernos sistemas de integración y computación, con su capacidad para producir no sólo fórmulas en lenguajes artificiales, sino también expresiones correctas en lenguajes naturales, traducir de una lengua a otra, controlar el funcionamiento de máquinas complejas como robots, etc., pueden hacer todo eso. Lo que no pueden hacer es trabajar en contextos abiertos, sin reglas muy determinadas, como ponen de manifiesto los numerosos errores cometidos incluso por los mejores sistemas de traducción automática aplicados a textos literarios, en los que no domina la lógica sino la imaginación, y donde es imprescindible la revisión por una “inteligencia natural” so pena de obtener tiras de proposiciones gramaticalmente correctas pero semánticamente disparatadas o carentes de sentido.

El factor intuitivo de la inteligencia, que el filósofo Xavier Zubiri denominaba “inteligencia sentiente”, ni ahora ni nunca podrá ser incorporado a una máquina carente de sensaciones e imaginación. Quienes creen que sí demuestran carecer también ellos de la sensibilidad necesaria para distinguir un mecanismo ciego de un organismo vivo. Esa especie de cerebros artificiales a los que se atribuye inteligencia se parecen a un cerebro humano que constara sólo del hemisferio izquierdo, que es donde se localiza principalmente la actividad consistente en construir esquemas simplificados de la realidad, y al que le faltara el hemisferio derecho, sede de la intuición y el sentimiento, que no procesa la experiencia con criterios cerrados, sino que está abierto a contextos amplios, virtualmente ilimitados.

Ahora bien, si todo el error en relación con la IA se redujera al aspecto teórico del asunto, a la ignorancia abismal de mucha gente sobre lo que es de verdad una inteligencia, sería lamentable como índice de la escasa capacidad de discernimiento de ciertas mentes “robotizadas”, pero no tendría consecuencias nocivas. Sin embargo, en la práctica, puede acabar teniéndolas, porque la confianza ciega en los sistemas de IA puede provocar auténticos desastres. Por ejemplo, el “lunes negro” (19 de octubre) de 1987, en que el mercado de valores de Nueva York (donde en aquellos días se hallaba un servidor) se desplomó como nunca antes ni después ha ocurrido: el índice Dow Jones perdió 509,32 puntos, cayendo un asombroso 22,6%, la mayor pérdida porcentual diaria de su historia. Fue incluso mayor que el desplome bursátil de 1929, justo antes de la Gran Depresión. La causa principal de ese descalabro financiero se atribuyó al exceso de informatización de las operaciones de compra y venta de acciones, que hacía que tanto los movimientos alcistas como los bajistas provocaran automáticamente órdenes de venta o de compra cuando las cotizaciones llegaban a un punto previamente fijado que se introducía en el programa informático. Eso daba lugar a movimientos en cascada de tal velocidad que no daban tiempo a reaccionar al inversor humano antes de que una caída vertiginosa, por ejemplo, provocara el pánico.

Y si eso no nos parece lo bastante grave, pensemos que los sistemas de alerta temprana de las potencias nucleares incorporan un alto grado de IA, que en caso de error en la interpretación de datos sobre acciones del adversario puede llevar al mundo a la hecatombe nuclear.

De todos modos, lo peor del papanatismo IA a medio y largo plazo es que detrás de su mitificación se esconden planes para el enésimo asalto al mundo del trabajo mediante la sustitución de productores humanos por maquinitas presuntamente inteligentes. Asalto que ya se está traduciendo en reducciones de plantilla y en desplomes de la calidad de ciertos productos y servicios. Basta llamar por teléfono a según qué oficinas públicas o privadas para acabar hartos de marcar números y aguantar musiquillas, y finalmente colgar indignados sin haber conseguido nada.

Ante semejante panorama de estupidez colectiva inducida, uno no puede dejar de asociar el sonido IA con la muy familiar voz de nuestro servicial amigo el asno.

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Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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