“¿LA PENÚLTIMA VUELTA DE TUERCA?” por Ramón Qu

Artículo de Ramón Qu, con una nota complementaria de Daniel Jiménez Schlegl.

Creo que era Manuel Sacristán quien decía que la política era el arte de llevar a los pueblos adonde no querían ir. Parafraseando y siguiendo nuestro propio símil, podríamos afirmar que la política es la operación de ir apretando las tuercas a los de abajo. Tuercas de una maquinaria cuyo fin es la acumulación ampliada del capital.

A veces, las pequeñas piezas de esa inmensa maquinaria se resienten y ofrecen resistencia: es la lucha de clases de los de abajo. Otras el ingenio del capital muestra síntomas de cansancio de materiales, su tasa de ganancia amenaza con griparse, entonces son los de arriba los que desatan la lucha de clases y ajustan tuercas, bielas y engranajes para recuperar la rentabilidad del capital perdida.

Es este último caso el que se está dando en el mundo capitalista desde la crisis económica de los años setenta. Roto el contrato social nacido del horror de la segunda guerra mundial y de la presencia de la URSS, muerto el keynesianismo que había permitido la construcción del estado de bienestar, nace el neo liberalismo como práctica para salir de la crisis económica del capitalismo.

En términos económicos: recortes de gastos sociales, privatizaciones, equilibrio presupuestario, bajadas de impuesto a los ricos, liberalización del mercado, financiarización de la economía…; en términos políticos, fin de la alternancia lib/lab, muerte de la socialdemocracia, corrimiento del espectro político hacia la derecha, vaciamiento progresivo del contenido democrático de nuestros sistemas políticos…; en términos ideológicos: naturalización del capitalismo, triunfo del individualismo posesivo, quiebra de cualquier idea de lo colectivo, consumismo en base al crédito…; en términos sociales: precarización laboral, atomización social, aumentos de las diferencias sociales…

Ya lo dijo un hipermillonario famoso: “Existe la lucha de clases y la estamos ganando nosotros”. Y en efecto la están ganando. Los lemas de la Dama de Hierro: “No hay alternativa” y “No existe la sociedad, sino individuos” han triunfado y colonizan las conciencias de la mayor parte de la población de nuestras sociedades occidentales. El Schmittiano “Un estado fuerte en una economía sana” domina entre nuestras elites dirigentes, siempre y cuando se entienda “fuerte” como vaciamiento de la democracia y “sana” como libertad del mercado. La libertad neo liberal, contra la democracia. Es el momento polanyi: la extensión de la ley de cambio hasta el último rincón de la tierra y de nuestras conciencias… Sí, hasta el último rincón, pues, volviendo a nuestra metáfora inicial, aún se puede dar más vueltas a la tuerca. A nosotros… pequeñas tuercas.

La antepenúltima vuelta a la tuerca de los que realmente mandan es el genocidio que está cometiendo el estado sionista de Israel con Palestina. La monstruosa pasividad de la Europa de las corporaciones y las elites gobernantes actuales ante los 50.000 palestinos asesinados por las bombas made in USA lanzadas por Netanyahu supone una quiebra total – y puede que definitiva – de cualquier atisbo de la Europa humanista, tolerante, ilustrada y con pretensiones de tener un papel conciliador, democrático y pacificador en el tablero mundial. Paralelamente, el débil rechazo que ha suscitado esta política asesina, habla del grave estado de derrota, indiferencia, impotencia y melancolía en el que están atrapados los de abajo. Pasividad y vacío político que está siendo aprovechado por los neo fascismos para ganar posiciones, alimentándose del humus de descontento que las políticas neoliberales han provocado entre las clases trabajadoras y utilizando demagógicamente temas como la emigración. Como siempre: el miedo… Miedo a la pérdida de calidad de vida, miedo a la proletarización, miedo al extranjero, miedo al otro: Miedo al lobo, a ese lobo que nos convierte en ovejas, que nos hace vivir encerrados en apriscos, para al cabo, terminar siendo festín de los pastores, heraldos negros de la muerte.

Y es en este temor que genera impulsos totalitarios y cirujanos de hierro, donde habría que situar la penúltima vuelta de tuerca: el miedo a la guerra. Consiste en crear un monstruo que amenace destruirnos, en relatar una nueva invasión de los hunos. Esto es, un pueblo bárbaro: Rusia; un Hitler redivivo: Putin. Desarmar al pueblo, rearmando los ejércitos; amedrentarlo para que baje la cabeza; arracimarlo bajo banderas para que acepte el yugo; entonar himnos para que no oiga el silbido de las balas cada vez más cercanas. La estrategia de siempre: la Unión Nacional frente al enemigo común, la aprobación de créditos de guerra para asegurar la defensa, si quieres la paz prepárate para la guerra. Y la táctica de toda la vida: la condena sin juicio del calificado como pacifista

De esta suerte, el pacifista sería un niño bien, que goza de todos los privilegios y libertades de Europa, y cuyo corazón melifluo y acostumbrado a las comodidades se sentiría “afectado” por la crueldad de la guerra. Encarnaría a una especie de Bambi urbano, obnubilado por los restos del Mayo del 68, del hipismo, del haz el amor y no la guerra, incapaz en su minoría de edad mental de comprender las terribles amenazas de lobos, dragones y brujas que acechan al bosque balneario donde vive: Europa.

En definitiva, el pacifista, en su absoluta falta de realismo, provocaría con su oposición a la guerra exactamente lo contrario de lo que dice pretender. Favorecería el propio desencadenamiento de la guerra al debilitar la capacidad de defensa propia y permitir el desarrollo sin cortapisa de la ajena… que, por supuesto, son malvados dictadores putinescos. El mejor camino para que la guerra se desencadenase sería, pues, el pacifismo – aquí el demagogo belicista siempre saca a colación a Hitler y la política de apaciguamiento de Francia e Inglaterra – por el contrario para preservar la paz lo mejor serían los cañones.

El belicista populista con su espantapájaros del pacifista ridículo ha logrado alejar a los pájaros de nuestra atención del campo sembrado de lo que realmente pasa: ha desaparecido la geopolítica y las luchas de intereses de las grandes potencias y de las corporaciones que están detrás – o encima – de ellas.

Asistimos a un cambio en el Sistema Mundo caracterizado por el fin de la hegemonía americana y el ascenso de China. Todos los cambios geopolíticos de esta naturaleza que en la historia han sido, han dado lugar a conflictos, catástrofes y guerras.

Con la actual carrera armamentística que quieren emprender las corporaciones y elites europeas no solo se echará más leña al fuego sino que, como ya hemos dicho más arriba, se menoscabará el estado de bienestar, se vaciará aún más de democracia nuestros sistema políticos, se militarizarán nuestras sociedad y se alimentará el miedo ciudadano, humus ideal para el crecimiento de nuevos fascismos.

Putín es un dictador y pretende para Rusia recuperar su “categoría” de superpotencia, lo que pasa ineludiblemente por decir un “Hasta aquí hemos llegado” a los EE.UU y la OTAN. La invasión de Ucrania es la clara y criminal manifestación de esta pretensión. Pero Rusia en la actualidad, a pesar de sus armas nucleares, no pasa de ser una potencia “regional” y no tiene capacidad económica, militar, ni demográfica para invadir Europa. Ni tampoco le interesa ¿qué iba a conseguir invadiendo Polonia o Finlandia o Estonia? Decir lo contrario o pretender que si cae Ucrania pronto caerá el resto de Europa Oriental no es solo un imposible sino también y sobre todo una disculpa para un nuevo y enloquecido keynesianismo militar por parte de las elites de Occidente.

Una Europa segura pasa ineludiblemente por un tratado de paz y cooperación con Rusia. En eso tendríamos que trabajar los progresistas europeos sabiendo que con ello nos enfrentaremos a las corporaciones y elites antidemocráticas de Europa, a la lucha de los EEUU contra China por la hegemonía en el mundo y a la casta dictatorial de la Rusia de Putin y sus aspiraciones de volver a ser una gran potencia mundial.

El verdadero pacifismo aquí y ahora es el intento racional, organizado e internacional de que el fin del sistema mundo actual no nos conduzca a un rearme generalizado, sin control ni acuerdos sobre armas nucleares, con conflictos regionales manejados por las superpotencias y con una espada de Damocles pendiendo sobre la humanidad. La última vuelta de tuerca: la Tercera Guerra Mundial.

Observación de Daniel Jiménez Schlegl

De todo esto del “rearme” entiendo que nadie se cree (ni los más firmes defensores) que sea una necesidad frente la amenaza “imperialista” rusa. Intuyo que los tiros (nunca mejor dicho) podrían ir en dirección a satisfacer los intereses de la industria armamentística de EEUU, es decir, de los EEUU mismos.

EEUU es uno de los países más endeudados del mundo y no me extrañaría que esté acercándose al colapso, tal como le sucedió a la URSS en la lucha de la costosísima carrera armamentística con EEUU. Si no, no entiendo muy bien la política arancelaria de EEUU si no es para reactivar la industria y comercio internos y la reducción del escaso gasto público en la exigua estructura asistencial -con el riesgo de fractura social violenta-, a parte de la transferencia de la actividad asistencial al negocio privado.

Ahora, sin que la OTAN parezca que pinte nada en las estrategias geopolíticas de EEUU (se basta a sí misma) frente a China, y con Rusia como una autocracia amiga, intuyo que resulta un buen negocio desentenderse de la enorme aportación económica de EEUU a la OTAN, de manera que si a la vieja Europa le interesa seguir, o que apoquine más o que se espabile… fundamentalmente comprando armamento y tecnología militar a EEUU (aparte del impulso de la propia industria militar europea).

Para favorecer eso se necesita la imposición  de una situación de (creada) excepcionalidad. Y ya sabemos que la excepcionalidad crea un derecho schmittiano de excepción que vacíe la cuenca del ojo del control democrático (legalidad, equilibrio de poderes, derechos y libertades) y lo sustituya por el orwelliano.

El derecho internacional como medio iluso de una paz perpetua entre “iguales” se precipita como en su día lo hizo la Sociedad de Naciones tras la IGM.

Ahora las reglas de juego internacional las dicta la fuerza bruta, es decir, los dirigentes de países con capacidad de hundir económica y militarmente al resto y que tienen en común la posibilidad de llevarlo a la práctica sin la contención del sistema democrático interno y del derecho internacional consensuado. No son tiempos de consenso y debate racional sino de “tener buenas cartas” (Trump dixit). Europa no las tiene y sucumbe a la provocación de querer jugar en la misma liga de mamporreros, cayendo en brazos de la excepcionalidad.

Además, es indignante que con la emergencia habitacional, por ejemplo, que se ha planteado como prioridad del sector público y de la ciudadanía, no haya una política europea común de excepción (aquí sí) a la contención del déficit público, y en cambio, ahora, se active unánimemente esa excepción para fabricar minas antipersonas, bombas racimo u otras mierdas asesinas de niños.

También resulta indignante que quede fuera del debate el objetivo de las guerras tecnológicamente modernas y de su industria: la población civil.

Impera esa inconsciencia colectiva de que en un conflicto armado actual la probabilidad de que a uno le toque es como jugar a la lotería.

Entiendo que resulta urgente también abordar, sin dar lecciones morales sino de manera inteligente y accesible, una crítica propositiva a esa creciente cultura hegemónica del sadismo y a cómo la crueldad vuelve a desplazar cualquier escrúpulo moral… sólo considerando seriamente la existencia dominante de esas patologías me puedo explicar que la gente no haya salido en masa a la calle (como hizo con lo de la guerra amañada de Irak) a exigir medidas contundentes contra el gobierno sionista de Israel ejecutor de la Endlösung de los palestinos.

Un abrazo

Daniel Jiménez Schlegl

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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