MISCELÁNEA 7/05/2025 (SELECCIÓN)

DEL COMPAÑERO Y MIEMBRO DE ESPAI MARX CARLOS VALMASEDA

ÍNDICE
1. Toscano sobre el sionismo.
2. El fracaso del BSW.
3. El triunfo de Noboa.
4. Relectura del Capital, 4.
5. 150 años de la Crítica al Programa de Gotha.
6. La ideología neofascista MAGA

1. TOSCANO SOBRE EL SIONISMO.

Un artículo de Toscano sobre las disensiones y rupturas en el sionismo del siglo XX.
https://jacobinlat.com/2025/

Rupturas del sionismo

Alberto Toscano

Traducción: Rolando Prats

A lo largo del siglo XX y hasta hoy, el sionismo no solo ha sido una ideología de colonización y apartheid, sino también un campo de divisiones políticas, éticas y personales en la diáspora judía y en las izquierdas globales.

El artículo a continuación fue publicado en Communis. Lo reproducimos en Revista Jacobin como parte de la asociación de colaboración entre ambos medios.

«Si el judío no existiera, el antisemita lo inventaría.» — Jean-Paul Sartre (1946)

«Si el Estado de Israel no existiera, el imperialismo lo inventaría.» — Abdelkebir Khatibi (1974)

«Si no existiera Israel, Estados Unidos tendría que inventárselo.» — Joe Biden (2015)

La historia moderna del sionismo en cuanto ideología y práctica etnonacionalistas y colonialistas de asentamientos es también la historia de las rupturas que ha suscitado de forma recurrente en el seno de la diáspora judía, así como entre movimientos sociales y figuras intelectuales de todo el mundo. A pesar de irrumpir en un momento en que el Estado de Israel ejerce una violencia cuantitativa y cualitativamente sin precedentes contra el pueblo palestino, las exhortaciones a abolir el sionismo, o a emprender el éxodo que lo deje atrás, no son de por sí nuevas. Tanto si consideramos la Declaración Balfour, la Nakba y la fundación del Estado de Israel como las guerras de 1967 y 1973, la invasión israelí del Líbano o las dos Intifadas, las crisis políticas protagonizadas por el sionismo también se han duplicado a su vez como crisis intelectuales en todo el mundo. Como nos enseñan los escritos de Robin D. G. Kelley, Michael R. Fischbach, Greg Thomas y otros, la trascendental línea divisoria entre «derechos civiles» y «Black power» en los movimientos de liberación afroamericanos se trazó y se volvió a trazar con referencia a las posiciones adoptadas en torno a la solidaridad con el pueblo palestino y las dimensiones raciales y coloniales del proyecto sionista. Del mismo modo, cuando estalló la Guerra de Junio de 1967, poco después de una singular gira filosófico-diplomática que había llevado a Jean-Paul Sartre tanto a Gaza como a Tel Aviv, los equívocos del filósofo francés en torno al sionismo y la liberación palestina hicieron que se desplomara casi por completo en el mundo árabe su prestigio como pensador de la libertad anti- y poscolonial. La viuda de Frantz Fanon, Josie, dio instrucciones al editor François Maspero para que suprimiera el prefacio de Sartre de todas las futuras ediciones de Los condenados de la tierra. Las parciales apologías que de Israel hiciera Sartre también darían lugar a un mordaz y polémico opúsculo del crítico literario, novelista y poeta marroquí Abdelkebir Khatibi, Vomito Blanco. Le sionisme et la conscience malheureuse (1974), al que me referiré a modo de conclusión.

Algunas de las reflexiones más elocuentes sobre esa labor ética y política de división se las debemos al poeta y crítico —y «judío no judío» comunista (si tomamos en préstamo la fórmula de Isaac Deutscher)— Franco Fortini, quien escribiera un notable panfleto autobiográfico, I cani del Sinai (1967, 1979), sobre lo que consideraba la abyecta e irreflexiva adhesión a Israel de gran parte de la opinión judía y de izquierda en Italia con ocasión de la «guerra de los seis días» (Fortini reservó algunas acerbas líneas también para el Partido Comunista Italiano por su subordinación a la línea soviética y su nasserismo retórico). En I Cani —que Jean-Marie Straub y Danièle Huillet transformaron en un ensayo-película de gran fuerza (Fortini/Cani)— Fortini relata, en un autoanálisis poético e implacable, las presiones y las súplicas de que lo hicieran destinatario familiares o conocidos políticos judíos para que se pronunciara en favor de un Israel presuntamente asediado, así como las recalibraciones de sus propias experiencias en relación tanto con el antifascismo como con el antisemitismo que la guerra y sus repercusiones ideológicas suscitaran. En no menor medida, el relato de Fortini es una historia de clase, del lugar que ocupa el propio escritor en la historia de la pequeña burguesía (judía, intelectual, de izquierda). Como él mismo observa: «Si he cambiado, se lo debo a esto: a la forma en que los grandes acontecimientos mundiales me obligaron a interpretarme de otra manera.» Desde ese punto de vista, la ruptura política es siempre también una ruptura interior, como lo es toda lucha de clases que desaconseja reaccionar con excesiva sensibilidad a las calumnias personales: «en lo que se refiere a las decisiones y los juicios políticos, para quienes adoptan como norma el conflicto de clases a escala mundial, es ridículo decir “no tolero” o “no permito”. Quien sabe que el conflicto de clases es el último de los conflictos visibles porque es el primero en importancia, que se sitúa fuera de cualquier «derecho» natural, que es una de las «cosas viles del mundo», de las cosas «despreciadas», de las «cosas que no son» [Corintios 1:28], debe, en cierto sentido, “tolerar” y “permitir” falsas acusaciones.» Esa sensibilidad ante la fuerza configuradora de la lucha de clases —en su manifestación geopolítica como imperialismo— anima también la intransigente y brechtiana apología que hace Fortini de las virtudes de la sencillez política, que tanta resonancia tiene hoy en día, cuando editorialistas y literatos liberales ensalzan una vez más las virtudes del matiz:

Para quienes gustan de recordar que el mundo es complejo, que las simplificaciones provienen de la incertidumbre intelectual o del estereotipo, de un complejo de Edipo no resuelto o —lo que vendría a ser lo mismo— de la personalidad autoritaria, señalaré que la complejidad de lo real, su interpretación en una infinidad de niveles, no exime a nadie de una simplificación objetiva, de la inscripción de toda vida en un orden de comportamientos que son comportamientos de clase… la simplificación subjetiva [es] una provocación, un reactivo que induce a los otros a inscribir su identidad de clase, su clinamen interior. Por tanto tiempo como la guerra de junio no se hubiera librado y ganado, los observadores distantes habrían podido permanecer inseguros del grado de su compromiso de clase, de su fidelidad al servicio imperialista, a la dirección política israelí.

Ese juego de simplificación objetiva y subjetiva es una lección dialéctica crucial en Fortini, en quien esta no deja de permanecer a la sombra de su propio momento ético, en el que la afiliación que emana de la solidaridad con los oprimidos requiere la violencia simbólica de una desafiliación respecto de aquellos que te reclaman como suyo. Cuando, tras la primera Intifada, Fortini retomó la cuestión del sionismo (en su última colección de ensayos Extrema ratio. Note per un buon uso delle rovine (1990), y en una «Carta a los judíos italianos» publicada en il manifesto en mayo de 1989 y firmada con su apellido judío: Franco Lattes Fortini), un horizonte político más sombrío intensificaba el momento ético, que acarreaba consigo sus propios ecos de oratoria bíblica. Como declarara, «hay causas (de justicia y solidaridad, de guerra internacional anticolonialista y antimperialista; que cada cual elija entre ellas la que más le convenga) para las que puede resultar necesario romper los lazos más resistentes y que nos son más caros; es decir, elegir qué anteponer, la lealtad a un país, a una etnia, a una cultura, a una tradición religiosa o familiar, a los propios muertos o en cambio a algo otro. Quien esto escribe ha antepuesto ese «otro» cada vez que se ha enfrentado a un conflicto entre deberes y lealtad.» En una provocadora referencia a las plagas infligidas a Egipto por Yahvé en Éxodo, Fortini exhortó a sus compatriotas judíos italianos a  «llevar una marca», en contra de la lealtad y en favor de la solidaridad con el otro palestino. Y recabó:

Que tengan el valor de humedecer el umbral de sus puertas con la sangre de los palestinos, en la esperanza de que en la noche el ángel no la reconozca; o que, por el contrario, encuentren la fuerza para negarse a la complicidad con quienes manchan la tierra cada día con esa sangre y quienes gritan contra ese ángel. Y que no se mientan a sí mismos, como ya hacen, equiparando las masacres terroristas con las de un ejército disciplinado y organizado. Sus hijos lo sabrán y juzgarán. Y si me preguntaran con qué derecho y en nombre de qué mandamiento me atrevo a pronunciar estas palabras, no responderé que lo hago para dar testimonio de mi existencia o del apellido de mi padre y de su descendencia de judíos. Pues creo que el sentido y el valor de los seres humanos residen en lo que hagan de sí mismos a partir de su código genético e histórico, y no en el destino que con él recibieran. En ese respecto más que en ningún otro —rehusar toda «voz de la sangre» y todo valor al pasado que no haya sido, primero, espíritu y presente; de modo que no se pase juicio sobre aquel sino sobre la base de estos últimos—, me siento alejado de un principio crucial del judaísmo o de lo que parece ser su manifestación actual.

En 1968, otro «judío no judío» italiano, también comunista heterodoxo por derecho propio, el germanista y mitólogo Furio Jesi, rompió públicamente con la adhesión de sus camaradas y contemporáneos a Israel y al sionismo. En el caso de Jesi, la ruptura fue también ocasión para aplicar un concepto crucial de su análisis de los múltiples entrelazamientos del mito con la cultura de la derecha nacionalista, fascista y revolucionaria-conservadora. Ese concepto era el «mito tecnificado». Originado en la obra del mitólogo húngaro Károly Kerényi (quien lo yuxtapusiera al «mito genuino»), anticipado en sentido político por las Reflexiones sobre la violencia de Georges Sorel, y habiendo encontrado su expresión literaria en Doctor Fausto, de Thomas Mann, la idea del mito tecnificado como mecanismo crucial de la producción ideológica contemporánea se vio directamente aplicada por Jesi al sionismo, lo que diera lugar a anatemas aún más lapidarios que los dirigidos contra Fortini. Un mito se ha tecnificado, según Jesi, cuando llega a ser instrumentalizado con fines políticos; a saber, la acumulación de poder por parte de un grupo social o una clase dirigente. Para Jesi, esa militarización de la verdad presuntamente transhistórica y trascendente del mito, ese ordenamiento de su fuerza simbólica con fines profanos, fue siempre reaccionaria, aun cuando se viese alistada por fuerzas progresistas.

Tras la guerra árabe-israelí de 1967, varios intelectuales judíos italianos asociados con la resistencia liberal-socialista contra el fascismo y el nazismo (entre ellos Primo Levi) habían escrito en las páginas de la revista Resistenza: Giustizia e Libertà (el subtítulo hace referencia directa a la principal formación de resistencia de la izquierda no afiliada al Partido Comunista) múltiples llamamientos a la solidaridad con Israel en un momento de crisis. El Jesi más joven intervino como una voz disidente en Resistenza, recurriendo a Martin Buber, a Ahad Ha’am y a las tradiciones del sionismo «cultural» y «espiritual» (del tipo explorado más recientemente por los académicos israelíes Amnon Raz-Krakotzkin y Shlomo Sand) para denunciar el uso propagandístico que Israel hacía de la teología con el fin de reforzar un proyecto colonial integrado en los designios más amplios del imperialismo estadounidense; proyecto que, para Jesi, promulgaba abiertamente lo que la Hagadá condenaba como «los tres sacrilegios susceptibles de privar al pueblo judío de los derechos sobre la tierra de Sion: el derramamiento de sangre, la idolatría y el orgullo.» Buber había escrito que para el «sionismo político […] el Estado es el objetivo y Sion un “mito” que enardece a las masas». Que la propaganda empleada para apuntalar el militarismo nacionalista y el colonialismo de asentamientos pudiera aprovechar la culpa europea para «distorsionar y explotar creencias religiosas respetables con el fin de justificar la política israelí» situaba sin dudas al sionismo político en una familia más amplia de la política del siglo XX basada en la tecnificación del mito, de la que el fascismo era el ejemplar crucial. Las instrumentalizaciones de textos teológicos por parte del sionismo pertenecen al ámbito de lo que Jesi denominó «cultura de derecha», entendida como una cultura «hecha de autoridad, seguridad mitológica sobre las normas que regulan actos como conocer, enseñar, mandar y obedecer, en la que «el pasado se convierte en una especie de papilla procesada factible de modelarse y prepararse de la forma más útil posible».

Sin embargo, también se podría sostener que esa «tecnificación» de la Biblia como mito para legitimar, sacralizar y guiar la desposesión colonial por los colonos y la guerra de transferencia, la depuración étnica y el genocidio, si bien es un leitmotiv de la ideología del Estado israelí y de los colonos, es en sí misma mutable. Como describe Rachel Havrelock, en su convincente estudio The Joshua Generation: Israeli Occupation and the Bible, para David Ben-Gurión «nadie había interpretado mejor a Josué [el conquistador de Canaán] que las Fuerzas de Defensa Israelíes en 1948» y «la promulgación de arquetipos bíblicos [era] la forma más adecuada de comentario bíblico». Sin embargo, es posible observar importantes diferencias entre la convocatoria por parte de Ben-Gurión de un grupo gubernamental de estudios sobre el Libro de Josué a principios de la década de los cincuenta con el fin de fundamentar un proyecto básicamente secular aunque religiosamente legitimado de construcción del Estado colonial y de desposesión («Dios no existe pero nos prometió la tierra»), por un lado, y, por otro, la volátil síntesis de violencia de los colonos, estatismo capitalista autoritario y fundamentalismo que ha llevado al gobierno y al Estado israelíes por un camino aparentemente irreversible de fascistización. En 1980, el periódico estudiantil de la Universidad de Bar-Ilan publicó un artículo del rabino Israel Hass sobre «La mitzvá del genocidio en la Torá», en el que se basaba en el mandamiento del Deuteronomio de «arrasar con la memoria de Amalec» a fin de justificar la necesidad inminente de una guerra de exterminio contra los palestinos, en la que no se perdonara ni a los niños. En aquel entonces se lo despidió de la universidad. Hoy en día, los ministros del gobierno israelí expresan cotidianamente opiniones similares, en un lenguaje idéntico en lo que respecta a «Amalek». Para gente como Bezalel Smotrich, repetir la Nakba es un deber, una vocación, y su modelo puede extraerse de la Biblia (de nuevo, el Libro de Josué resulta ser una fuente destacada para la justificación teológica de la desposesión y el exterminio, aunque, como ha argumentado Havrelock de forma convincente, también alberga imaginarios de cohabitación). Es lo que declaró Smotrich: «Cuando Josué ben Nun [el profeta bíblico] entró en la tierra, envió tres mensajes a sus habitantes: quienes quieran aceptar [nuestro dominio] aceptarán; quienes quieran irse, se irán; quienes quieran luchar, lucharán. La base de su estrategia era: Estamos aquí, hemos venido, esto es nuestro. También ahora, tres puertas estarán abiertas, no hay una cuarta puerta. A quienes quieran marcharse —y los habrá— los ayudaré. Cuando no tengan esperanza ni visión, se irán. Como hicieron en 1948 […] Quienes no se vayan aceptarán el gobierno del Estado judío, en cuyo caso podrán quedarse, y en cuanto a quienes no lo hagan, lucharemos contra ellos y los derrotaremos […] O lo fusilo, o lo encarcelo, o lo expulso.» ¿Existe un ejemplo más claro de «mito tecnificado» y de instrumentalización del texto bíblico para apuntalar un orden racial-colonial basado en una lógica y una práctica de eliminación?

Pero la tecnificación bíblica del mito por parte del sionismo se ha soldado a una politización posesiva del Holocausto como Staatsräson no sólo de Israel sino también de sus aliados occidentales, para quienes la defensa del Estado judío prevalece sobre las presuntas obligaciones derivadas del derecho internacional de impedir el genocidio, con lo cual se consolida el imperialismo liberal posverdad en bancarrota que se exhibe a diario en las ruedas de prensa del Departamento de Estado de Estados Unidos. Era a ello a lo que también respondía gente como Jesi y Fortini: el primero mediante la integración de sus propios estudios sobre el antisemitismo y el libelo de la sangre en una filología más amplia de los usos políticos del concepto de «salvajismo»; el segundo, al insistir —haciéndose eco de pensadores como Césaire— en que el significado del Holocausto debía articularse junto con los de la larga historia de genocidios raciales y coloniales —o, como lo expresara en I cani del Sinai, el significado de las masacres nazis era «haber resumido, en la posición de las víctimas y en una increíble concentración de tiempo y de ferocidad, todas las formas de dominación y de violencia sobre el hombre características de la era moderna; en haber reproducido, para uso de una sola generación humana, lo que, distendido en el tiempo y en el espacio, en el hábito y en la insensibilidad, habían sufrido las clases subalternas europeas y las poblaciones colonizadas a modo de negación de la existencia y de la historia, como alienación, cosificación, aniquilación».

Hoy en día, el propio genocidio se ha transformado claramente en lo que los legisladores de la derecha de la guerra cultural denominan «concepto divisivo», a la par que no pocos tratan de objetar los nefastos efectos de los empeños del sionismo por monopolizarlo, por tecnificarlo con fines de dominación continua y, de hecho, por encubrir y legitimar… el genocidio. Tras la invasión israelí del Líbano y el empeño de aniquilar el movimiento de liberación palestino, Gilles Deleuze —cuya amistad con Michel Foucault se había roto por sus divergentes posiciones respecto de Israel y el sionismo— captó ese proceso con una agudeza notable y clarividente, en su crítica de las formas en que se utilizaba la categoría de «mal absoluto» para apuntalar los crímenes israelíes. Como observó tras las masacres de refugiados palestinos perpetradas por las fuerzas falangistas apoyadas por Israel en Sabra y Chatila:

Se dice que no es un genocidio. Y sin embargo es una historia que desde el principio ha consistido en numerosos Oradours [poblado francés destruido por los nazis en represalia contra la Resistencia], El terrorismo sionista no se puso en práctica únicamente contra los ingleses, sino también contra los pueblos árabes que debían desaparecer; el Irgún desplegó una gran actividad en ese sentido (Deir Yassin). De principio a fin, se trataba de actuar como si el pueblo palestino no sólo no debiera existir, sino además como si nunca hubiera existido. Los conquistadores eran, ellos mismos, quienes habían sufrido el mayor genocidio de la historia. De ese genocidio los sionistas han hecho una mal absoluto. Pero transformar el mayor genocidio de la historia en un mal absoluto obedece a una visión religiosa y mística, no a una visión histórica. No detiene el mal; al contrario, lo extiende, lo hace recaer de nuevo sobre otros inocentes, exige una reparación que hace que esos otros sufran parte de lo que sufrieron los judíos (expulsión, confinamiento en guetos, desaparición como pueblo). Con medios más «fríos» que el genocidio, se llega al mismo resultado.

Años antes, tras la movilización de la opinión pública en favor de Israel que había seguido a la operación Septiembre Negro durante los Juegos Olímpicos de Múnichen Vomito Blanco Khatibi había intentado desentrañar el enigma de esa mala fe occidental que supervisaba y pasaba por alto lo que entonces denominara el «etnocidio» de los palestinos. Basándose en la lectura de Hegel por Jean Wahl y en una literatura nietzscheana de la que formaban parte Deleuze y Guattari, Khatibi exhortaba a que se hiciera una anatomía polémica de esa «moral del pecado y de la conciencia infeliz» que subyacía a las apologías de Israel a manos de Europa Occidental y Estados Unidos y que hacía  posible que «el sionismo se alimentara de lo que Occidente racista había sido incapaz de absorber, para que esa náusea moral se derramara ahora de nuevo sobre el pueblo palestino». Al igual que para Deleuze, la artimaña del sionismo consistía en jugar sin descanso con el registro de lo absoluto, «agitar el fantasma del genocidio, confundiendo obstinadamente la guerra absoluta con la guerra limitada». Para Khatibi, el sionismo no era sólo un deseo de ser el Occidente dentro de Oriente y de expatriar a los palestinos, era también un esfuerzo psicopolítico y especulativo por «transferir» su negatividad, su conciencia interna de la contradicción —la definición de la «conciencia infeliz»— a los palestinos, en una exteriorización y proyección violentas que recuerdan el análisis que hiciera la Escuela de Frankfurt de la lógica mimética invertida que se ocultaba tras el propio antisemitismo o que hacen igualmente pensar en la observación hecha por Edward Said en «Nacionalismo, derechos humanos e interpretación» (su contribución a las conferencias de Oxford Amnesty de 1992), según la cual «la tradición liberal de Occidente siempre estuvo muy ansiosa por deconstruir el yo palestino en el proceso de construcción del yo sionista-israelí».

Lo que, en su polémica, Khatibi señala es que mientras una izquierda europea dispuesta a generar coartadas para el sionismo se sume en la conciencia infeliz —sirva de testigo el derrumbe de los cimientos de la filosofía de la praxis y de la ética del compromiso de Sartre cuando la guerra de 1967—, el propio sionismo funciona como una amarga «inversión irónica de la conciencia infeliz: el fin del exilio del pueblo judío exige el exilio del otro; la apropiación de la tierra prometida presupone la desposesión del otro, y la fundación de un Estado, la destrucción de un pueblo; al genocidio nazi le sigue el etnocidio palestino». Así, «la guerra contra el otro exiliado se convierte en un sistema de crueldad, encubierto y mistificado por la mala fe y un misticismo invertido». Tanto en el bando del sionismo como en el de sus apologistas liberales e izquierdistas en las páginas de Les Temps modernes —dos modalidades simbióticas de la conciencia infeliz—, Khatibi discierne el funcionamiento de una máquina de irreconocimiento espantosamtransferencia de negatividad del sionismo (para Khatibi, los combatientes de la resistencia palestina modelan una política más allá del resentimiento, una «estrategia del exceso» contra las maquinaciones de la culpabilidad). En palabras de Khatibi, «el sionismo desea ilimitadamente ocultar al otro para escapar al exilio del yo, al punto de borrar el rostro y el nombre propio de los palestinos; desea ilimitadamente transferir la culpabilidad al otro para poner fin a su propia infelicidad», rehusándose de manera radical a tolerar o pensar la diferencia. Estamos ante una especie de misticismo político basado en la compulsión de vomitar al otro, cuya existencia misma y cuyo nombre no son sólo un obstáculo material a la dominación soberana, sino un desafío a «la totalidad mistificada del origen», a «la justificación del sionismo por la culpabilidad, es decir, de un absoluto por otro absoluto» y, por último, a «Israel como castigo infligido por Occidente a los palestinos».

Al recordar la fuerza de la polémica filosófica de Khatibi medio siglo después de su publicación original, también debemos reconocer que la brutalidad sin parangón del momento actual arroja la sombra de la duda sobre la centralidad de la crítica ideológica en nuestra circunstancia. No cabe duda de que el sionismo sigue funcionando horas extras en cuanto maquinaria de culpabilidad y exculpación a la vez que, como han comentado recientemente Ilan Pappé o Shir Hever, también está atravesando lo que parece una crisis terminal —si bien muy prolongada— de legitimación, un paroxismo de dominación en las ruinas de la hegemonía. Mientras que en Occidente abundan sus apologistas «liberales» cuyos esfuerzos por sabotear y castigar la solidaridad con Palestina se revelan incesantes y múltiples, la forma fundamental que todo ello adquiere hoy en Israel es la de desembozadas afirmaciones racistas de supremacía y dominación genocida, ya sea como mesianismo fascista de los colonos o como capitalismo autoritario cobarde y corrupto. Allí donde críticas como la de Khatibi calan hondo en las formaciones ideológicas del sionismo «liberal» y sus apologistas occidentales, no estoy tan seguro de que la cruda afirmación de la supremacía judía sobre la Palestina histórica (y más allá) se siga viendo hoy atormentada por la dualidad, la negatividad o la contradicción —a la altura de las categorías hegelianas—, si bien podría estar tropezando con sus propios límites en la descomposición interna y la crisis de la sociedad israelí, y en la persistente resistencia en Palestina y en todo el mundo.

Desde los intelectuales comunistas judíos hasta la vida cultural árabe, desde la liberación negra hasta la filosofía radical francesa, nuestras orientaciones y vocabularios políticos arrastran ya numerosas huellas sedimentadas del imperativo de prestar atención al lenguaje de la liberación palestina, de romper con la lógica colonial de dominación y aniquilación del sionismo y de trabajar por la libertad y la igualdad desde el río hasta el mar. La lucha actual contra el ultimátum de Joshua, dentro y fuera de Palestina, es también un proceso de reactivación de algunas de esas huellas, de búsqueda de nuevas líneas con las que dividir nuestros conceptos, nuestras prácticas y nuestras solidaridades, para luchar mejor por una humanidad común.

Alberto Toscano Profesor de la Escuela de Comunicación de la Universidad Simon Fraser y codirector del Centro de Filosofía y Pensamiento Crítico en Goldsmiths. Recientemente coeditó «The SAGE Handbook of Marxism» (2021). Es autor de «The Theatre of Production» (2006) y «Fanaticism: The Uses of an Idea» (2010).

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2. El fracaso del BSW

Uno de los primeros análisis que veo del BSW tras el fracaso electoral. 
https://www.sinistrainrete.

«BSW, retos y nuevos equilibrios políticos en Alemania” por Claudia Wittig

El fracaso en las primeras elecciones generales de la Alianza Sahra Wagenknecht se debe a un clima mediático desfavorable, a errores en la estructuración del programa político y en la organización del partido

Alemania ha votado antes de tiempo. El 6 de noviembre de 2024, el canciller Olaf Scholz destituyó al ministro de Finanzas y anunció su intención de plantear una cuestión de confianza, con la posibilidad de elecciones anticipadas.

Mientras tanto, la Alianza Sahra Wagenknecht (BSW), nacida menos de un año antes, en enero de 2024, de una escisión de Die Linke, ya había atraído mucha atención. Tras años de conflictos internos, Sahra Wagenknecht había abandonado Die Linke para formar una nueva fuerza política. En las elecciones europeas de junio de 2024, la BSW obtuvo el 6,2 % de los votos y, pocos meses después, logró resultados significativos en las elecciones regionales de Alemania oriental, entrando incluso en coaliciones de gobierno en Brandeburgo y Turingia.

A pesar de estos buenos resultados, en las últimas elecciones, el BSW no logró entrar en el Bundestag por solo 9 000 votos. Aunque obtuvo el mejor resultado para un partido de nueva formación, la decepción fue grande. Sin embargo, los acontecimientos entre la caída de la coalición de gobierno y las elecciones ponen de relieve las deficiencias del sistema político alemán y el papel cada vez más importante del BSW en el debate público.

1. ¿Qué quiere el BSW?

Aún no existe un programa básico, pero ya en noviembre estaban claros los principios fundamentales del nuevo partido: paz, economía social de mercado y un enfoque más matizado del debate sobre la migración.

En su año de fundación, la principal característica distintiva de la BSW era su oposición a la «política exterior basada en valores» de la coalición gubernamental, proponiendo en su lugar una política de paz coherente. Según la BSW, la estrategia de la ministra de Asuntos Exteriores, Annalena Baerbock, y del ministro de Economía, Robert Habeck, no solo había causado graves daños económicos y aumentado el riesgo de una escalada de la guerra en Ucrania, sino que también había llevado a Alemania, con sus masivos suministros de armas, a apoyar una guerra de represalias contra los palestinos.

La BSW también preveía estabilizar la economía en crisis anulando las consecuencias de una «política económica moralizante» y protegiendo a la clase media y a las industrias estratégicas. Estas posiciones encontraron un apoyo especial en el este de Alemania, donde muchas personas se oponían al suministro de armas a Ucrania. El miedo al «ruso», aún fuerte en Occidente, tenía menos influencia en esta región, donde los lazos personales y económicos que se remontaban a la época de la República Democrática Alemana (RDA) eran demasiado fuertes.

Al mismo tiempo, las sanciones económicas contra Rusia habían afectado con especial dureza a Alemania Oriental. Las escasas reservas de las familias y las pequeñas y medianas empresas hicieron que los efectos, en particular la pérdida del suministro de gas barato, fueran mucho más evidentes allí. Además, las propuestas de la BSW de socializar algunos sectores económicos, así como los modelos defendidos en el ámbito de la asistencia sanitaria y la seguridad social comunitarias, recibieron un mayor apoyo en el este, donde aún estaba muy presente el recuerdo del sistema socialista.

A pesar de los éxitos en las elecciones regionales, en las últimas elecciones la BSW también perdió apoyo en el este, con una disminución de los votos en las elecciones federales, aunque las cifras absolutas se mantuvieron estables gracias a la mayor participación.

Un factor decisivo fue la difícil formación del Gobierno en Turingia. Para evitar que un representante de la AfD se convirtiera en presidente del Estado federado, el BSW tuvo que hacer algunas concesiones durante las negociaciones de coalición, que muchos votantes consideraron excesivas. El conflicto entre la dirección del partido y la regional se presentó en su momento como un escándalo, y incluso después del acuerdo quedó la impresión de que el BSW había cedido demasiado.

Los votantes que esperaban una ruptura clara con el establishment, un compromiso con el que la BSW había hecho campaña, se sintieron especialmente decepcionados. Esta «traición» fue mal vista, sobre todo en Alemania Oriental, donde muchas personas se sienten políticamente marginadas del sistema político institucional.

2. Los temas de la campaña electoral

Durante la última campaña electoral, la BSW centró sus críticas en las graves deficiencias de la coalición gubernamental, acusándola de una política medioambiental miope y de un enfoque ideológico hacia Rusia que ha causado daños económicos, aumentando los costes para las familias y favoreciendo la militarización. El fin del suministro de gas ruso y la dependencia del gas licuado estadounidense, junto con los impuestos sobre el CO₂ y la privatización de las redes energéticas, han llevado a Alemania a tener la electricidad más cara de Europa, lo que perjudica a las familias y a sectores clave como la industria química.

Mientras tanto, el «giro histórico» de Scholz, que ha destinado 200 000 millones de euros a fines militares, ha suscitado un creciente descontento. El suministro de armas a Ucrania y la perspectiva de un conflicto directo con Rusia han reducido el apoyo popular. Además, el anuncio de Scholz de desplegar misiles estadounidenses en Alemania a partir de 2026, una decisión tomada sin debate público, ha alimentado las preocupaciones.

En este contexto de creciente riesgo militar y económico, la BSW ha dado voz a muchos votantes decepcionados con los partidos tradicionales. Pero durante la campaña electoral, este tema central perdió relevancia debido a la intervención de otros factores.

2.1. Trump y el cambio de temas del debate

Poco antes de la ruptura de la coalición semáforo, llegó a Estados Unidos la reelección de Donald Trump como presidente. Su enfática declaración de querer poner fin a la guerra en Ucrania a los pocos días de su toma de posesión cayó justo en medio de la fase álgida de la campaña electoral alemana y apagó el atractivo de los llamamientos pacifistas de la BSW.

Al mismo tiempo, el tema de Ucrania se evitó en gran medida durante la campaña electoral. Era conocida la aversión de gran parte de la población al suministro de armas, mientras que el candidato a canciller de la CDU, Friedrich Merz, había sido considerado hasta entonces un halcón. En octubre de 2024, había lanzado un ultimátum a Vladimir Putin, amenazando con que, si no se cumplía, el territorio ruso sería atacado con misiles Taurus «en 24 horas». Durante la campaña electoral no se volvió a mencionar. Por el contrario, otro tema pasó a ocupar el centro de la atención pública: la migración.

2.2. La migración como tema dominante de la campaña electoral

Ya cuando aún estaba en el partido Die Linke, Wagenknecht había adoptado una postura crítica con respecto a la política migratoria, especialmente tras los ataques masivos que tuvieron lugar en la noche de Fin de Año de 2015/16 en Colonia. Wagenknecht siempre ha subrayado que la inmigración debe limitarse y que los migrantes culpables de actos delictivos deben ser expulsados de forma decidida, al tiempo que ha pedido una mejor integración de los migrantes que ya están bien integrados.

La cuestión de cómo tratar a los migrantes que cometen delitos cobró una trágica relevancia durante la campaña electoral para el Bundestag. El 20 de diciembre, un migrante saudí arrolló deliberadamente con un coche el mercado navideño de Magdeburgo, matando a seis personas e hiriendo a 299. Pocas semanas después, en febrero de 2025, un conductor afgano en Múnich estrelló su coche contra una manifestación sindical: una madre y su hijo pequeño perdieron la vida y 39 personas resultaron heridas.

Estos y otros acontecimientos similares desencadenaron un acalorado debate social, del que inicialmente se benefició sobre todo la AfD. La BSW criticó las deficiencias del Gobierno en materia de seguridad interior y le imputó la insuficiente aplicación de las leyes vigentes en materia de expulsiones. La CDU, como principal partido de la oposición, intentó evidentemente aprovechar el debate en su favor y presentó con gran urgencia tres mociones al Bundestag que preveían una ampliación significativa de los poderes de vigilancia del Estado. Entre las propuestas figuraban la reintroducción de los controles fronterizos, la devolución de los migrantes procedentes de terceros países seguros, la suspensión de la reunificación familiar para los refugiados con estatuto de protección subsidiaria y la ampliación de los poderes para la conservación de datos.

2.3. La BSW y el debate sobre el «cordón sanitario»

En lugar de abordar estas propuestas de manera sustancial, el debate político se centró casi exclusivamente en la cuestión del llamado «cordón sanitario» contra la AfD (Brandmauer). La AfD ya había anunciado que apoyaría las mociones. En ese momento, los medios de comunicación y los adversarios políticos desviaron el debate hacia la cuestión de la legitimidad o no de una ley aprobada con los votos de la AfD.

La BSW ya se había pronunciado en el pasado en contra de la conveniencia del «cordón sanitario». Wagenknecht había argumentado que una estrategia de este tipo no haría más que dar más influencia en el debate público a la AfD, favoreciendo su crecimiento. En consecuencia, la BSW decidió seguir criterios de fondo en la votación de las mociones:

  • en contra de la ampliación de los poderes de vigilancia para la conservación de datos personales;

  • absteniéndose sobre la reintroducción de los controles fronterizos;

  • a favor de la limitación de la reunificación familiar para los refugiados con estatuto de protección subsidiaria.

Sin embargo, en medio de un debate tan acalorado, el espacio para esta posición diferenciada resultó inevitablemente reducido.

La CDU, gracias a su proximidad a la AfD, ha sufrido pocos daños y, de hecho, ha logrado presentarse como una alternativa «democrática» a la AfD, a pesar de que, en realidad, sus posiciones son muy similares a las de la extrema derecha. Irónicamente, ha sido sobre todo la BSW la que ha sufrido esta configuración del debate. Algunos seguidores de Sahra Wagenknecht han rechazado cualquier forma de proximidad a las posiciones de la AfD en materia de migración, alejándose decepcionados. Los votantes críticos con la inmigración, por su parte, ya habían encontrado un hogar político en la AfD o en la CDU.

Tras la votación de las mociones, decenas de miles de personas en toda Alemania salieron a las calles para protestar contra un supuesto «giro a la derecha» y el posible colapso del «cordón sanitario». En este contexto, un partido como Die Linke, hasta entonces considerado por los analistas en declive político, obtuvo una ventaja inesperada. Tras un acalorado discurso de su líder, el partido ganó de repente miles de nuevos afiliados.

3. La política de las encuestas y el papel de la prensa

El repentino ascenso de Die Linke, que en el momento de la ruptura de la coalición semáforo languidecía en un 3,5 %, no solo puso de manifiesto la polarización del debate político durante la campaña electoral, sino también la importante influencia de la prensa y los institutos de sondeos.

Ya al comienzo de la campaña electoral, quedó claro que los principales medios de comunicación no le iban a poner las cosas fáciles a la BSW. Mientras que Sahra Wagenknecht había sido invitada regularmente a programas de entrevistas en los meses anteriores como una política combativa y popular, durante la campaña electoral el BSW fue ampliamente excluido de los principales formatos televisivos. En los debates televisivos entre los principales candidatos, Wagenknecht fue enviada a debatir con Alice Weidel, de la AfD. Los medios de comunicación parecían decididos a establecer un paralelismo entre los llamados «populistas», como si un partido libertario y en parte de extrema derecha, partidario de las élites económicas, fuera comparable a un partido pacifista.

3.1. Estrategia mediática contra la BSW

Al mismo tiempo, se produjo un sorprendente cambio de rumbo en el trato reservado a Die Linke. El político del SPD Sigmar Gabriel, ahora presidente de la organización del lobby transatlántico Atlantik-Brücke y miembro del consejo de supervisión del gigante de la defensa Rheinmetall, sorprendió a los oyentes en enero de 2025 con una declaración en el programa de entrevistas de Markus Lanz, diciendo que preferiría ver a Die Linke en el Bundestag antes que a la BSW. Pocos días después se produjo un cambio notable en las encuestas: según el instituto de sondeos del mismo canal de televisión, Die Linke había subido al 5 %, mientras que la BSW había caído repentinamente al 3 %.

3.2. Encuestas manipuladoras e influencia de los medios de comunicación

En los medios de comunicación y en las redes sociales se empezó a alimentar el temor al inminente fracaso de la BSW. Una encuesta, realizada solo un día antes, que daba a la BSW una sólida previsión del 7 %, fue ampliamente ignorada. Por el contrario, Die Linke continuó su sorprendente ascenso: desde el 3,5 % en enero, subió en las encuestas hasta el 10,5 % en vísperas de las elecciones.

Aún más notable fue la convergencia mediática a favor de Die Linke. Más allá de las fronteras partidistas, los grandes grupos mediáticos, desde los de izquierda hasta los conservadores, señalaban una preferencia abierta por el partido, que durante mucho tiempo se había dado por muerto. Muchos votantes potenciales de la BSW comenzaron a temer que su voto se perdiera debido al umbral electoral. Hasta la noche de las elecciones, circulaban encuestas que situaban al BSW en un 3,2 %.

Al final, la profecía «autocumplida» se hizo realidad: la BSW no superó el umbral del 5 % por un puñado de votos, quedando a solo 9 500 votos de entrar en el Bundestag. Mientras tanto, Die Linke, con un 8,8 %, vivió una extraordinaria resurrección.

4. ¿Y el futuro? Invertir en el «nosotros»

Las resistencias a las que se ha enfrentado el BSW han sido considerables. Sin embargo, no se puede ignorar que se podría haber hecho más si el partido hubiera creado un sentido del «nosotros» más fuerte, una identidad que hubiera hecho el proyecto más resistente a las hostilidades externas y a los temas cambiantes de la campaña electoral.

Un aspecto crítico fueron los criterios restrictivos para la admisión de nuevos miembros. Un partido joven, sin arraigo institucional, puede atraer inicialmente a un seguimiento amplio y a veces heterogéneo —entre los que se encuentran oportunistas, tránsfugas o personas con agendas discutibles—, por lo que la dirección prefirió optar por un proceso de crecimiento más lento. La AfD había demostrado años antes cómo un partido puede transformarse a largo plazo mediante una labor de infiltración ideológica y, según la ley alemana sobre partidos políticos, una vez admitidos, es difícil expulsar a los miembros. En este contexto, la prudencia de la BSW era comprensible. Sin embargo, esto provocó malestar desde el principio, pero probablemente se habría perdonado si el partido hubiera trabajado activamente para construir una relación más profunda con sus seguidores.

4.1. La importancia de una vanguardia política

Quienes se enfrentan a estructuras de poder consolidadas deben prepararse para una fuerte oposición. Un partido solo puede resistir esta presión si está profundamente arraigado en los grupos sociales y las regiones a los que pretende representar. «Invertir en nosotros» significa, por tanto, algo más que simple proselitismo: significa construir una vanguardia política.

Ahora, tras las elecciones federales, es el momento de invertir en la educación política de sus miembros y seguidores. Deben ser capaces de comprender, defender y representar la línea del partido. Es igualmente importante desenmascarar los mecanismos manipuladores de la política consolidada y sus apéndices mediáticos, y oponerles una respuesta.

Un paso fundamental será la redacción de un programa político básico, que no solo definirá los objetivos en cuanto al contenido, sino que también establecerá el estilo político del partido. Solo así la BSW podrá convertirse en un movimiento sólido y sostenible a largo plazo.

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3. El triunfo de Noboa

En Sidecar de la NLR no parecen dar mucho pábulo a la teoría de que las elecciones ecuatorianas fueron amañadas, aunque las acusan ciertamente de opacas y desiguales, e intentan explicar los motivos del triunfo de Noboa.
https://newleftreview.org/

Noboa victorioso Franklin Ramírez Gallegos 02 de mayo de 2025

El 13 de abril, Ecuador celebró la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en medio de una violencia generalizada, la militarización y la polarización política. Como era de esperar, la contienda fue una carrera a dos entre la Revolución Ciudadana (RC), el movimiento de izquierda fundado por Rafael Correa, quien gobernó entre 2007 y 2017, y la derecha tradicional, liderada por el presidente en funciones, Daniel Noboa. Aunque las encuestas daban como favorita a la candidata correista, Luisa González, el recuento final dio la victoria a Noboa por un amplio margen, con un 55,5 % frente a un 44,6 %. González se negó a reconocer el resultado y denunció lo que calificó de posible fraude, señalando que el ejecutivo había puesto bajo su control a los órganos electorales del país. Otros líderes regionales, como Gustavo Petro, de Colombia, y Claudia Sheinbaum, de México, expresaron preocupaciones similares. Sin embargo, las peticiones de recuento no han dado ningún fruto hasta ahora.

Como presidente en ejercicio, candidato oficial de la derecha, propietario de una enorme fortuna familiar y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, Noboa supo aprovechar sus diversas posiciones de poder durante la campaña. Su victoria le da vía libre para ampliar el programa tripartito que viene desarrollando desde que asumió el cargo en 2023: austeridad neoliberal, acumulación extractiva y «guerra interna» contra el narcotráfico. Mientras tanto, la izquierda está en retirada, incapaz de impugnar el resultado y sin saber qué pasos dar a continuación.

Para entender las elecciones y sus consecuencias, hay que analizar primero la dinámica del voto. Cada candidato obtuvo el 44 % en la primera vuelta. En la recta final hacia la segunda vuelta, todas las encuestas de opinión, incluidas dos encuestas a pie de urna del 13 de abril, daban un empate o una ligera ventaja a González. Sus posibilidades se vieron reforzadas por las alianzas que había establecido con otras fuerzas políticas, entre las que destaca el vehículo electoral del movimiento indígena, Pachakutik. Sin embargo, cuando se anunciaron los resultados, Noboa parecía haber ganado casi todos los votos nuevos que estaban en juego, con 1 343 000 frente a los 172 000 de González: un aumento del 110 %. Es posible que el RC perdiera un número significativo de sus votantes «indecisos» tras la primera vuelta, sin conseguir atraer a otros nuevos. Pero no hay precedentes en Ecuador, ni en América Latina en su conjunto, de este patrón de distribución de votos entre las dos vueltas. Un estudio comparó los resultados de 32 segundas vueltas en toda la región y concluyó que Ecuador se situaba 2,7 desviaciones estándar por encima de la media.

El RC denuncia irregularidades en 13 900 registros de voto, mientras que la OEA ha informado de problemas técnicos con las papeletas. Aunque los observadores electorales no han encontrado pruebas de fraude sistemático, han destacado las condiciones profundamente desiguales en las que se desarrolló la votación. El pasado mes de noviembre, el tribunal electoral decidió inhabilitar a Jan Topic, un candidato de derecha que se presentaba con un programa de «ley y orden» y que amenazaba con dividir el voto de Noboa. Ese mismo mes, las autoridades intervinieron para suspender a la vicepresidenta Verónica Abad de su cargo, con el fin de que no pudiera asumir la presidencia interina mientras Noboa estaba en campaña, lo que significó que, rompiendo con el protocolo habitual, no tuvo que solicitar una licencia para presentarse a las elecciones. El tribunal ignoró rotundamente las acusaciones de que el presidente y su partido estaban abusando de sus cargos públicos, al tiempo que abrió procedimientos contra varios líderes de la oposición, entre ellos el popular alcalde de Quito, Pabel Muñoz, del RC. También cedió a la presión del ejecutivo al cancelar el voto de los residentes en Venezuela y aplicar una serie de reformas ad hoc, como la prohibición del uso de teléfonos móviles durante la votación.

Hubo otros factores que contribuyeron a inclinar la balanza a favor de Noboa. El Gobierno desbloqueó casi 550 millones de dólares en «ayudas» para sectores específicos del electorado, a los que se les dijo que las transferencias de efectivo solo continuarían si Noboa era reelegido. Consiguió armarse con prácticamente todos los medios de comunicación: utilizó las emisoras públicas para promover su narrativa, se acercó a los medios privados y gastó sumas exorbitantes en campañas digitales, sin ninguna regulación que lo frenara. Las Fuerzas Armadas también intervinieron directamente en la campaña, apoyando la decisión de Noboa de no tomarse una licencia y publicando comunicados partidistas para disuadir a los votantes de respaldar a la RC. La declaración del «estado de excepción» por parte del Gobierno el día antes de las elecciones dejó claro que la democracia ecuatoriana se encuentra ahora bajo tutela militar.

En resumen, las elecciones de 2025 han sido las más opacas y desiguales desde el retorno a la democracia en 1979. Se ha pedido que se hagan públicos todos los detalles del recuento, pero los organismos electorales y el propio Noboa se mantienen inflexibles. Las consecuencias para Ecuador son graves, teniendo en cuenta la dirección que está tomando el actual Gobierno. En enero de 2024, Noboa lanzó lo que describió como un «conflicto armado» para hacer frente al aumento de la delincuencia y erradicar el tráfico de drogas. Desde entonces, la sociedad se ha militarizado cada vez más, y los casos de desapariciones forzadas y ejecuciones extrajudiciales se multiplican día a día. El pasado mes de diciembre, cuatro adolescentes afroecuatorianos fueron desaparecidos por una patrulla militar en Guayaquil y posteriormente ejecutados, lo que conmocionó al país.

Este giro represivo puede interpretarse como un reflejo del estancamiento de la agenda neoliberal del establishment. En 2019, el díscolo sucesor de Correa, Lenín Moreno, firmó un acuerdo con el FMI, imponiendo una serie de reformas punitivas impulsadas por el mercado y llevando al país hacia la derecha. Durante los años siguientes, la capacidad del Estado se fue debilitando progresivamente: se vendieron activos, se despidió a trabajadores del sector público y se recortó la financiación de los servicios. Al asumir el cargo, Noboa asumió una serie de nuevos compromisos con el Fondo, acordando acelerar el programa de reformas a cambio de 4000 millones de dólares de ayuda financiera. A finales de 2024, el país sufría una contracción del 2 % de la actividad económica; un aumento sustancial de la pobreza, que afectaba al 28 % de la población, y de la pobreza extrema, que se elevó al 12,7 %; una degradación medioambiental sin precedentes, con una media de cinco derrames de petróleo por semana; además de graves problemas migratorios y de seguridad.

El equipo ministerial de Noboa, formado por personas de su círculo personal y de la élite más rica del país, carece de experiencia básica en la administración pública y ha tenido dificultades para responder a estas convulsiones. Durante su mandato, Ecuador ha sufrido los peores cortes de electricidad de su historia, que duraron hasta catorce horas al día entre octubre y diciembre de 2024, debido a una mala planificación y a una inversión insuficiente. En parte como consecuencia de ello, la popularidad de Noboa ha ido decayendo, llegando a situarse en un momento dado por debajo del 40 %. La denominada «guerra contra el narcoterrorismo» representa el intento del Gobierno de salir de la crisis mediante la seguridad. Noboa insiste en que los criminales son los culpables de los problemas sociales de Ecuador y que los «derechos humanos» han impedido al Estado hacerles frente adecuadamente. El ejército puede ahora operar con impunidad en las «zonas rojas» donde se cree que actúan las bandas y, tras un referéndum constitucional celebrado el año pasado, se le han otorgado poderes ampliados para colaborar con la policía. En su campaña presidencial de 2025, Noboa intentó consolidar este nuevo sentido común de la derecha, anunciando contratos con grupos mercenarios extranjeros, al tiempo que promocionaba nuevas bases militares estadounidenses y un posible acuerdo de cooperación en materia de seguridad con Trump.

Todo ello va de la mano de la disposición cada vez más autoritaria de Noboa. Poco antes de la segunda vuelta, el Tribunal Constitucional criticó las políticas de seguridad del presidente y su uso arbitrario de los estados de excepción. Ordenó la creación de una «Comisión Interinstitucional», encargada de hacer frente a la violencia sin vulnerar el orden constitucional. Noboa simplemente ignoró la sentencia. Ha dejado claro que su Gobierno no estará sujeto a normas legales, como pudimos ver en la dramática redada de la embajada mexicana el año pasado. Su objetivo es presentarse como el Nayib Bukele de Ecuador: un hombre fuerte dispuesto a utilizar la fuerza bruta contra las comunidades pobres y racializadas para proteger a los ciudadanos «de a pie». Su proximidad a las Fuerzas Armadas es una clara señal de cómo ha cambiado el papel principal del Estado en los últimos años: ha pasado de garantizar las condiciones básicas de vida a sembrar la muerte y la destrucción entre sus oponentes internos.

Ya sabemos qué esperar del segundo mandato de Noboa: más militarización a costa de los programas sociales; más financiarización, con la eliminación de los controles sobre el blanqueo de capitales; privatizaciones, flexibilización laboral y tratados de inversión internacional. Sin embargo, su plan de convocar una Asamblea Constituyente marca un cambio aparente con respecto a los gobiernos oligárquicos anteriores. Aunque los detalles aún no están claros, parece que el objetivo de este órgano será dar a las políticas de Noboa la legitimidad suficiente para que puedan enmarcarse en un proyecto nacional coherente, no solo una serie de reformas fragmentarias para redistribuir la riqueza hacia arriba, sino un programa integral para revertir el «correísmo» y desmantelar los logros de la Constitución de 2008: los derechos sociales, la protección del medio ambiente, la plurinacionalidad, el papel del Estado en el impulso del desarrollo, las restricciones a la privatización y las bases militares extranjeras.

¿Qué significa esto para la izquierda ecuatoriana? Desde el final de la presidencia de Correa en 2017, la RC se ha visto considerablemente debilitada por tres procesos que se superponen. El primero es la percepción de traición al legado de Correa por parte de Moreno, que fue elegido para continuar el proyecto correista, pero rápidamente hizo un pacto con las élites de derecha y capituló ante el FMI, lo que sembró un profundo resentimiento y dañó la credibilidad del partido. El segundo es el acoso político-judicial a los altos cargos de la RC en nombre de la «lucha contra la corrupción»: una campaña que comenzó con Moreno y se intensificó con los gobiernos posteriores, con el fiscal general, el contralor, el poder judicial, el ejecutivo y los medios de comunicación librando una «guerra judicial» que ha llevado a la cárcel o al exilio a decenas de líderes de izquierda, haciendo caso omiso del debido proceso. El tercero es un intento más amplio de socavar cualquier expresión de identidad colectiva, equiparándola con el «comunismo» o el «chavismo», con la esperanza de evitar que se repitan las movilizaciones populares que llevaron al poder a Correa.

En conjunto, estos procesos han logrado desplazar el centro ideológico de Ecuador, especialmente entre los sectores medios y populares. Han forjado un «antipopulismo» que anatematiza tanto a la CR como a los sectores más radicales del movimiento indígena: no invocando los discursos tradicionales de la izquierda y la derecha, sino oponiéndose a la inclusión de los estratos más bajos —estigmatizados como plebeyos o delincuentes— en la política dominante. A la luz de esto, la CR ha decidido reorientar sus energías. En lugar de montar una oposición enérgica al neoliberalismo, se ha centrado simplemente en sobrevivir como movimiento político. Ha intentado utilizar sus sucesivas mayorías parlamentarias —desde 2007 hasta 2025 fue el bloque parlamentario más grande del país— para ejercer influencia sobre el poder judicial y otras instituciones involucradas en la campaña anticorreísta. La lógica es que poner fin a esta ofensiva es una condición previa necesaria para recuperar algún día el poder.

Es evidente que esta estrategia ha fracasado en sus propios términos, ya que no ha logrado cambiar el carácter de estas instituciones elitistas ni frenar el ritmo de sus ataques. También ha impedido que la RC participe en la resistencia popular contra las políticas neoliberales, alejándola aún más de su base social. En medio de la crisis actual, el partido ha eludido su responsabilidad de actuar como conducto de la frustración popular y canalizarla en una dirección política productiva. Esto, a su vez, ha ayudado a la derecha a avanzar, no solo imponiendo su programa fiscal regresivo, sino también difundiendo sus ideas en el frente cultural: apuntando contra las feministas, las ecologistas, las antirracistas, los pueblos indígenas, etc.

Si hay alguna esperanza para que la RC se reagrupe, esta reside en el cambiante conjunto de alianzas que vimos en las recientes elecciones. En la primera vuelta, el presidente de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE), Leonidas Iza, se presentó como candidato de Pachakutik, obteniendo el 5 % de los votos y quedando en tercer lugar. Eso le dio una influencia significativa en el ámbito electoral, que no es su hábitat político natural, ya que proviene de la base indígena y ganó protagonismo a través de las revueltas callejeras contra el FMI en 2019 y 2022. El movimiento de Iza y la RC mantienen desde hace tiempo una relación antagónica, ya que el primero acusa a Correa de excluirles del sistema político durante su segundo y tercer mandato, al tiempo que aplicaba políticas económicas que perjudicaban a la comunidad indígena. La principal línea divisoria es la cuestión del extractivismo, al que se oponen rotundamente la CONAIE y Pachakutik, pero que la RC considera un motor necesario para el desarrollo. Estas tensiones han resultado fatales en anteriores contiendas electorales. En 2021, Pachakutik se negó a apoyar a la CR en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales y llamó a la abstención, lo que supuso la victoria de la derecha. En 2023, el movimiento indígena se dividió y no respaldó a ningún candidato.

Esta vez, sin embargo, Iza adoptó una línea dura contra Noboa, denunciando su administración como «neofascista» y negociando un pacto de unidad con González. En una serie de asambleas, el movimiento indígena y la RC elaboraron un programa conjunto, en el que participaron otros partidos de izquierda y grupos de la sociedad civil (antimineros, afrodescendientes, feministas, sindicatos). El acuerdo final ponía en primer plano el papel del Estado en la redistribución de la riqueza y la garantía de los derechos sociales: los principales temas de la plataforma original de Correa. Algunos grupos indígenas se opusieron al acuerdo, acusando a Iza de llegar a un acuerdo unilateral con la RC, pero cada vez es más evidente que el objetivo de estas organizaciones no es formar un frente progresista amplio, sino cultivar lazos con Noboa con la esperanza de obtener concesiones del establishment. En última instancia, el intento de cerrar la brecha entre el correismo y las fuerzas populares más amplias no logró romper el control del poder por parte de la derecha. Sin embargo, es una clara señal de que, a medida que la oligarquía intenta fortificarse contra las presiones democráticas, podría enfrentarse a una oposición más decidida y unida en los próximos años.

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4. Relectura del Capital, 4

La 4ª parte de la relectura de Formenti de los libros II y III de El Capital. Parece que al final serán cinco, no seis.

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RELEER A MARX

APUNTES SOBRE LOS LIBROS II Y III DE EL CAPITAL

4. Proceso de socialización y transición socialista

Advertencia. Continuando con el trabajo de reflexión crítica sobre algunos puntos teóricos que Marx trata en los libros II y III de El capital, me he dado cuenta de la conveniencia de introducir un par de variaciones al proyecto inicial: 1) en esta cuarta parte he incluido una referencia a la integración de la clase obrera en el capital, tema que inicialmente había pensado tratar en una sexta parte dedicada a la «desnaturalización» del trabajo y la tierra. Esto se debe a que me di cuenta de que no podría escribir sobre ello sin estudiar a fondo la cuestión de la renta de la tierra, lo que, por el momento, me resulta imposible, por lo que la sexta parte ha sido excluida del proyecto; 2) en cuanto al anunciado apéndice sobre las críticas de Luxemburg a los esquemas marxianos de acumulación ampliada, se integrará en la quinta y última parte sobre la centralización del capital, la caída de la tasa de ganancia y la crisis. Por último, aprovecho la ocasión para aclarar (por si fuera necesario) que con estos cinco textos no pretendo ofrecer más que una lista de dudas y problemas relativos a la medida en que ciertas categorías marxianas parecen aplicables a nuestros días (un trabajo sistemático sobre la segunda y tercera sección de El capital habría requerido otras dimensiones). En cuanto a los autores citados, además de Marx y Engels, se trata de elecciones muy personales, por lo que pido disculpas por adelantado a todos aquellos que me reprochen haber omitido tal o cual voz de la inmensa bibliografía que la tradición marxista (y no solo ella) ha producido sobre estas cuestiones.

Los pasajes de El capital en los que Marx destaca el peso determinante del factor social en el modo de producción capitalista son tan frecuentes y numerosos que, si se quisieran citar todos, se acumularía una cantidad de páginas no muy inferior a la del propio El capital. Por eso, las citas que siguen no pretenden ser exhaustivas sobre el tema, sino que representan una selección inevitablemente limitada y arbitraria.

Parto de dos pasajes que explican cómo la actividad del capitalista individual se beneficia de la fuerza productiva social generada por el sistema en su conjunto:

«Lo que caracteriza a este tipo de ahorro de capital constante [debido al aumento de la fuerza productiva del trabajo], derivado de los continuos avances de la industria, es que el aumento de la tasa de ganancia en una rama de la industria se debe aquí al desarrollo de la productividad del trabajo en otra. Lo que aquí beneficia al capitalista representa a su vez una ganancia que es producto del trabajo social, aunque no del trabajo de los obreros directamente explotados por él. Ese desarrollo de la fuerza productiva se remonta siempre, en última instancia, al carácter social del trabajo puesto en acción; a la división del trabajo dentro de la sociedad; al desarrollo del trabajo intelectual, sobre todo de las ciencias naturales. Lo que el capitalista utiliza aquí son «las ventajas de todo el sistema de división social del trabajo » (subrayado mío)». (Libro III, pp. 116-117).

En resumen, Marx explica aquí que el capitalista no solo se apropia del trabajo no remunerado de sus trabajadores, sino también de los efectos generados por el aumento de todo el potencial productivo del sistema en el que actúa. De manera similar, en un párrafo titulado «Economías mediante invenciones», escribe que las economías en el empleo del capital fijo «sirven como condiciones de trabajo inmediatamente social, socializado, es decir, de cooperación directa dentro del proceso productivo». Obviamente, aquí no se hace referencia a la manufactura, sino a la producción industrial a gran escala, que es la única que «hace posibles las economías derivadas del consumo productivo social». Además, para despejar el campo de la ambigüedad según la cual serían las invenciones técnicas en sí mismas las que garantizarían este resultado, añade: «Por último, sin embargo, solo la experiencia del obrero combinado descubre e indica cómo y dónde ahorrar, cómo poner en práctica de la manera más sencilla las invenciones ya realizadas, qué fricciones prácticas en la realización de la teoría —en su aplicación al proceso productivo— deben superarse, etc.». A continuación, concluye que «hay que distinguir entre trabajo general y trabajo colectivo. Ambos desempeñan su papel en el proceso de producción (…) El trabajo general es todo trabajo científico, todo descubrimiento, toda invención. Depende tanto de la cooperación con los vivos como de la utilización del trabajo de los muertos. El trabajo colectivo presupone la cooperación directa de los individuos» (Libro III, pp. 142-143).

El concepto de trabajo general es sinónimo del de general intellect, en el centro de las famosas páginas de los Grundrisse (1) que encendieron la imaginación de los teóricos operistas y postoperistas, hasta el punto de llevarlos a delirar sobre un supuesto «comunismo del capital» (2). No menor impacto ha tenido sobre ellos el concepto de «obrero combinado», identificado en ocasiones con el obrero masivo y/o el obrero social, hasta llegar, como colofón de un largo ciclo de desilusiones y derrotas, a la anodina categoría de multitud. Pero de esto nos ocuparemos más adelante, al discutir el sujeto político que debería surgir del trabajo colectivo. Primero nos ocuparemos de aquellos aspectos del proceso de socialización que hacen que la figura tradicional e histórica del capitalista quede oscurecida por las potencias que él mismo, a modo de aprendiz de brujo, ha evocado. Un proceso histórico que, según Marx, está necesariamente destinado a culminar en la emancipación de esas potencias de las formas mistificadas en las que han sido encerradas por la propiedad privada.

Con la creciente concentración del capital, «el capital se presenta cada vez más como una potencia social de la que el capitalista es funcionario (el subrayado es mío) y que ya no tiene ninguna relación con lo que puede crear el trabajo de un individuo, sino como una potencia social alienada, que se ha vuelto autónoma, que se opone a la sociedad como cosa y como poder del capitalista gracias a esa cosa. La contradicción entre el poder social general que encarna el capital y el poder privado del capitalista individual sobre estas condiciones sociales de producción, adquiere formas cada vez más estridentes e implica la disolución final de esta relación» (Libro III, p. 337). Retengamos los tres conceptos destacados: el capitalista se convierte de propietario en funcionario del capital (¡pero sin perder la propiedad!); el capital, en cuanto potencia social abstracta y autónoma que trasciende a los sujetos sociales concretos, se opone a la sociedad en su conjunto; y el proceso está lógicamente (¡por lo tanto, necesariamente!) destinado a culminar en la disolución de la relación de propiedad, y vemos cómo se articulan en las partes siguientes del Libro III.

En el capítulo XXII («Reparto del beneficio, tasa de interés») leemos: «Con el desarrollo de la gran industria, el capital dinero, tal y como se presenta en el mercado, tiende cada vez más a no estar representado por el capitalista individual, propietario de esta o aquella fracción del capital disponible en el mercado, sino a intervenir como masa concentrada, organizada, que, muy al contrario que la producción real, está sometida al control de los banqueros representantes del capital social» (Libro III, p. 465). El tema de la financiarización, que en el episodio anterior abordamos en relación con el concepto de «conversión en mercancía» del capital, se presenta aquí como una etapa crucial del proceso de socialización del capital: si el capitalista industrial individual decae a funcionario de su propio capital, el banquero, como funcionario del gran capital financiero, se eleva a representante del capital social.

En el mismo capítulo, encontramos la paradójica descripción de la degradación del capitalista a «trabajador»: «el beneficio empresarial se presenta al capitalista como independiente de la propiedad del capital, como resultado de sus funciones de…trabajador» (Libro III, p. 479). Y unas diez páginas más adelante: «La propia producción capitalista ha tenido como efecto que el trabajo de dirección recorre las calles completamente separado de la propiedad del capital: por lo tanto, es inútil que lo realicen capitalistas» y dos páginas más adelante: «solo queda el funcionario, y el capitalista desaparece como persona superflua del proceso de producción» (ambos subrayados son míos). Esto no significa que Marx olvide que el papel del directivo industrial sigue siendo el de explotar la fuerza de trabajo (lo que equivaldría a decir que Marchionne era un «trabajador» bien remunerado gracias a sus excepcionales dotes directivas), de hecho, en la página 488 escribe: «Frente al capitalista monetario, el capitalista industrial es un trabajador, pero un trabajador como capitalista, es decir, como explotador del trabajo ajeno».

El tema de la función del capital financiero como acelerador del proceso de socialización del capital general aparece continuamente en el libro III. En el capítulo XXXVI («El proceso de la producción capitalista») leemos, por ejemplo: «Este carácter social del capital solo se media y se realiza plenamente con el pleno desarrollo del sistema crediticio y bancario. Este último (…) pone a disposición de los capitalistas industriales y comerciales todo el capital disponible e incluso potencial, no comprometido ya activamente, de la sociedad, de modo que ni quien presta ni quien emplea este capital es su propietario o productor. Con ello, suprime el carácter privado del capital y contiene en sí mismo, pero también solo en sí mismo, la supresión del propio capital (subrayado mío) (p. 756). Pero en la página siguiente encontramos una afirmación aún más sorprendente sobre el papel (objetivamente) revolucionario del capital financiero: «No hay duda de que el sistema crediticio servirá de palanca poderosa durante la transición del modo de producción capitalista al modo de producción del trabajo asociado, pero solo como un elemento en conexión con otros grandes trastornos del propio modo de producción». En pocas palabras, para Marx, las transformaciones asociadas al desarrollo del gran capital industrial y financiero pueden describirse como «la supresión del modo de producción capitalista dentro de los límites del modo de producción capitalista», en la medida en que representan «la propiedad privada sin el control de la propiedad privada» (Libro III, p. 555).

A pesar de la precisión —según la cual la transición al modo de producción del trabajo asociado se verá facilitada por la evolución del sistema hacia formas de producción cada vez más socializadas, «pero solo como un elemento en conexión con otros grandes trastornos del modo de producción capitalista» -, es difícil negar que los argumentos recién citados pueden interpretarse de manera que justifiquen la tesis de una transición más o menos espontánea, «automática», del modo de producción capitalista al modo de producción del trabajo asociado. Por otra parte, así es precisamente como los interpretaron los dirigentes de la Segunda Internacional, autoproclamándose los verdaderos guardianes de la herencia teórica de Marx contra la herejía leninista que, por el contrario, colmó el «vacío» de un sistema teórico incapaz de traducir la crítica de las contradicciones internas del modo de producción capitalista en organización política del sujeto revolucionario (3).

El vacío en cuestión nace de dos límites: por un lado, una visión teleológica de la historia cuyas leyes immanentes condenan al capitalismo a crear las condiciones de su propio fin; por otro lado, el hecho de que en El capital la clase obrera se representa exclusivamente como «clase en sí», capital variable, elemento totalmente interno al proceso capitalista de producción, al igual que el capital constante.

Los pasajes que documentan la primera limitación son innumerables. Me limitaré a citar tres: «Si, por lo tanto, el modo de producción capitalista es un medio histórico (subrayado mío) para desarrollar la fuerza productiva material y crear el mercado mundial correspondiente, es al mismo tiempo la contradicción permanente entre esta misión histórica (ídem) y las relaciones sociales de producción que le corresponden» (Libro III, p. 320); «Así, en esta rama [se refiere a la industria química], la competencia ha dado paso al monopolio y se ha preparado de la manera más feliz el terreno para la futura expropiación por parte de la sociedad en su conjunto (Libro III, p. 555, se trata en este caso de una inserción de Engels); « las empresas capitalistas por acciones deben considerarse, al igual que las empresas cooperativas, como formas de transición del modo de producción capitalista al asociado» (Libro III, p. 558). Se pasa así de la definición del capitalismo como instrumento de la «astucia de la razón» hegeliana para desarrollar las fuerzas productivas, a la afirmación del supuesto papel de las empresas accionarias como paso intermedio hacia la sociedad de productores asociados.

En cuanto a la segunda limitación (la clase obrera reducida a capital variable), he aquí un par de ejemplos: «Desde el punto de vista del obrero, el empleo productivo de su fuerza de trabajo solo es posible a partir del momento en que, tras su venta, se pone en relación con los medios de producción (…) Pero tan pronto como, habiendo sido vendida, se pone en relación con los medios de producción, forma parte integrante del capital productivo de su comprador, al mismo título que los medios de producción» (subrayado mío; por cierto, me gustaría señalar que esto podría interpretarse en el sentido de que la resistencia subjetiva a la subordinación sustancial del trabajador al proceso de valorización solo puede darse antes de la venta (4), es decir, antes de ser transformado en mercancía fuerza de trabajo, mientras que una vez integrado en el proceso no es más que un instrumento de producción) (Libro II, p. 53). Y aún más: «La producción capitalista (…) no solo produce mercancías y plusvalía, sino que reproduce, y en proporciones cada vez mayores, a la clase asalariada, y transforma en asalariados a la enorme mayoría de los productores directos» (Libro II, p. 57). También aquí la fuerza de trabajo aparece como objeto, «se reproduce», mientras que su crecimiento numérico representa una contradicción para el capital solo en sentido «objetivo», contradicción inmanente que encarna la necesidad histórica de la revolución.

Antes de pasar a analizar la solución leninista a la doble limitación en cuestión, es necesario completar el análisis marxista del proceso de socialización, describiendo cómo imaginaba Marx el punto de llegada de dicho proceso, es decir, la transición a la sociedad de los productores asociados. Es bien sabido que Marx fue parco en describir su visión de una sociedad poscapitalista. Tanto es así que muchos consideran que el único texto significativo que nos dejó al respecto es La crítica al programa de Gotha (Editori Riuniti). En realidad, en El capital hay al menos dos pasajes nada marginales sobre el tema, uno en el Libro I (5) y otro en el Libro III. Personalmente, me parece más interesante el segundo, que reproduzco a continuación casi íntegramente.

«Uno de los aspectos civilizadores del capital consiste en el hecho de extorsionar este trabajo extra de una manera y en condiciones que son más favorables al desarrollo de las fuerzas productivas y de las relaciones sociales, y a la creación de los elementos de una nueva y más elevada cultura, que en las formas anteriores de esclavitud, servidumbre, etc. Por un lado, genera una etapa en la que cesan la coacción y la monopolización del desarrollo social (…) por parte de una parte de la sociedad a expensas de otra; por otro lado, crea los medios materiales y el germen de relaciones que permiten, en una forma superior de sociedad, combinar este trabajo extra con una mayor limitación del tiempo dedicado en general al trabajo material. (…) La riqueza real de la sociedad y la posibilidad de una ampliación constante de su proceso de reproducción no dependen, por lo tanto, de la duración del trabajo extra, sino de su productividad y de las condiciones más o menos ricas en que se realiza. El reino de la libertad comienza, en efecto, solo donde cesa el trabajo determinado por la necesidad y la conveniencia externa; reside, por lo tanto, por la propia naturaleza de las cosas, más allá de la esfera de la producción material en sentido estricto. Así como el salvaje debe luchar con la naturaleza para satisfacer sus necesidades, para conservar y reproducir su vida, así debe hacerlo el hombre civilizado, y debe hacerlo en todas las formas de sociedad y en todos los modos de producción posibles. Con su desarrollo se extiende el reino de la necesidad natural, porque se expanden las necesidades; pero al mismo tiempo se expanden las fuerzas productivas que las satisfacen. La libertad en este campo solo puede consistir en que el hombre socializado, los productores asociados, regulen racionalmente este intercambio orgánico con la naturaleza, lo sometan a su control colectivo, en lugar de estar dominados por él como por una fuerza ciega; lo realicen con el menor gasto de energía y en las condiciones más dignas de su naturaleza humana y más adecuadas a ella. Pero esto sigue siendo un reino de la necesidad. Más allá de sus límites comienza el desarrollo de las capacidades humanas, que es un fin en sí mismo; el verdadero reino de la libertad, que, sin embargo, solo puede florecer sobre la base de ese reino de la necesidad. La reducción de la jornada laboral es su condición fundamental». (Libro III, pp. 1010-1012)

El pasaje es tan denso que requeriría páginas y páginas de ejercicio hermenéutico. Me limitaré aquí a enumerar los puntos que considero más significativos: 1) En las primeras líneas encontramos la visión teleológica que ya hemos destacado en varias ocasiones: los méritos del capital como agente involuntario del «progreso humano», en la medida en que acumula recursos materiales, los conocimientos y las relaciones sociales que preludian un salto civilizatorio (una visión ilustrada que los intelectuales revolucionarios del Sur del mundo acusan de eurocentrismo y de escasa atención a las consecuencias de los llamados aspectos «civilizadores» del capital); 2) la idea —en la que insiste mucho el último Lukacs en Ontología del ser social (6)— de que, por muy desarrolladas que estén las fuerzas productivas del trabajo social, el reino de la necesidad, entendido como intercambio orgánico entre el hombre y la naturaleza, nunca desaparecerá «en ninguna forma de sociedad ni en ningún modo de producción posible» (lo que podría traducirse diciendo que quizá algún día podamos liberarnos del valor de cambio, pero nunca del valor de uso); 3) La idea de que, dada esta limitación, la libertad solo puede consistir en el control colectivo de los productores asociados (control cuya forma política sigue siendo indefinida) sobre las modalidades de la sustitución orgánica emancipada del «poder ciego» de las leyes de la economía (capitalista); 4) La idea de que, más allá de estas limitaciones materiales, podrá existir ese «verdadero reino de la libertad» no bien definido, del que Ernst Bloch nos ha entregado una versión vagamente mística (7); 5) Por el contrario, Marx, en la medida en que lo ancla todo a la reducción de la jornada laboral, nos proporciona el único elemento concreto para imaginar la llegada de otro mundo posible.

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En las páginas de El capital que acabamos de releer destacan, entre otros, algunos puntos problemáticos. El primero, de carácter metodológico, se refiere a la huella teleológica de una narración que anuncia la necesidad histórica, fruto de leyes immanentes a las propias formas asumidas por el modo de producción capitalista en el curso de su proceso evolutivo, de la transición al socialismo. Se trata de un tema filosófico que, aunque de gran importancia, no considero prioritario en el contexto de este escrito, por lo que remito a los textos que le he dedicado en otros lugares, a partir de las contribuciones de autores como Gyorgy Lukacs y Costanzo Preve (8).

Me parecen más urgentes aquí otras tres cuestiones: 1) dado que la socialización y el consiguiente desarrollo de las fuerzas productivas se concentran en las naciones occidentales, donde este proceso está más avanzado, ¿por qué en estas naciones han fracasado todos los intentos de derrocar el dominio del capital? 2) ¿Cómo y en qué medida ha logrado la teoría marxista definir las condiciones de la transformación de la clase en sí (como capital vivo integrado en el proceso productivo de plusvalía) en clase para sí, es decir, en organización política de su lucha por la emancipación del dominio del capital? 3) ¿Cómo y en qué medida difieren las experiencias históricas concretas de construcción de una sociedad socialista del modelo de sociedad de productores asociados esbozado por Marx (y Engels)?

A lo largo de todo el siglo XX (pero también hoy, aunque en formas diferentes), el marxismo se dividió en dos grandes corrientes (aunque fragmentadas en su interior) a partir del acontecimiento cismático de la Revolución de Octubre y del giro radical que Lenin imprimió a la teoría a través de los conceptos de imperialismo y partido revolucionario de clase. El año 1917 marca la división entre un marxismo occidental que se mantuvo fiel a la visión de un proceso de maduración espontánea del socialismo como «supresión del modo de producción capitalista dentro de los límites del modo de producción capitalista», parafraseando las palabras de Marx citadas anteriormente, y la concepción leninista de la revolución como resultado de un proyecto político, como discontinuidad radical del proceso histórico inducida y preparada por un partido que reúne y organiza a la vanguardia políticamente consciente de una parte social, condenada de otro modo a reproducirse eternamente como mera fuerza de trabajo, componente productivo del proceso de acumulación capitalista.

La adhesión dogmática a esta concepción leninista del partido no salvó, sin embargo, de la derrota a las minorías revolucionarias que intentaron oponerse a la hegemonía reformista, aplastante en el ámbito de la cultura marxista occidental. Esto se debe, en mi opinión, a que el leninismo solo podía funcionar, y funcionó, en las condiciones creadas en las regiones periféricas y semiexteriores del mundo por el imperialismo. Esta es la verdadera gran contribución de Lenin a la teoría marxista: un análisis que, como observa John Bellamy Foster en un largo artículo publicado en Monthly Review, conserva toda su validez aunque «ha sido integrado y actualizado en varios momentos por la teoría de la dependencia, la teoría del intercambio desigual, la teoría de los sistemas-mundo (…). En todo ello, la teoría marxista del imperialismo ha mantenido una unidad básica que ha inspirado las luchas revolucionarias globales» (9). Desde 1917 hasta la victoria de la Revolución China de 1949, la derrota estadounidense en Vietnam en los años setenta, las revoluciones latinoamericanas de ayer (Cuba) y de hoy (Venezuela y Bolivia), las victorias de las masas populares del Sur del mundo son el resultado de la ampliación de la contradicción de clase desde el conflicto entre el capital y el trabajo en Occidente hasta el conflicto entre naciones explotadoras y naciones explotadas en el sistema-mundo imperialista.

Gracias a la conciencia de esta ampliación ha sido posible superar los límites eurocéntricos de la visión marxista «ortodoxa» e integrar en la lucha anticapitalista a las amplias masas campesinas y populares del Sur del mundo. No es casualidad, como señala Bellamy Foster, que las izquierdas posmodernas hayan intentado por todos los medios invalidar la teoría leninista del imperialismo, reduciéndola a una teoría geopolítica del conflicto territorial y militar entre grandes potencias, pasando por alto las implicaciones en términos de explotación económica de las periferias por parte de las metrópolis, o incluso negando la existencia misma de esta última (10). Pero lo que choca a la izquierda política y académica occidental no es solo la denuncia de su complicidad objetiva con sus propias élites dominantes: es también y sobre todo el reconocimiento, por parte de Lenin y sus herederos teóricos, de que la transformación de gran parte del proletariado occidental en una aristocracia obrera mundial, en una «clase media», objetivamente interesada en la conservación del statu quo, se ha basado en la relación de explotación de las periferias por parte de las metrópolis. Un hecho que quema, hasta el punto de que incluso parte de la izquierda occidental supuestamente antagonista ha intentado negar, desde mediados de los años setenta, el concepto mismo de imperialismo y/o representar, como veremos en breve, a la aristocracia mencionada como «nueva» vanguardia revolucionaria.

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Analizando las grandes empresas monopolísticas de Estados Unidos, Baran y Sweezy (11) retoman el tema marxista de la separación entre las funciones directivas y la propiedad (tendencial en la segunda mitad del siglo XIX, hecho consumado en la posguerra del siglo XX) y lo profundizan: 1) definiendo el papel del directivo como «hombre de la organización» en contraposición al individualismo del empresario clásico; 2) aclarando que estos funcionarios del capital no representan una nueva clase social —tesis defendida por quienes los comparan con la burocracia soviética, descrita a su vez como una nueva clase social (12)—, sino que deben considerarse como la parte más activa e influyente de las clases propietarias; 3) reiterando que la sustitución del capitalista individual por el capitalista colectivo de las sociedades anónimas constituye una «institucionalización de la función del capitalista»; 4) subrayando, por último, que los gerentes están menos condicionados —en comparación con el capitalista clásico— por prejuicios personales, por lo que están más dispuestos a promover la igualdad entre razas, géneros, etc.

Esta última afirmación se adelanta en décadas (¡estamos en los años sesenta!) al «capitalismo woke» de nuestros días (13) y nos ayuda a comprender cómo ya entonces era previsible que el capital se comprometiera a acoger e integrar las expectativas de emancipación de las minorías de color, las mujeres, etc. (Cabe señalar que en la página 748 del Libro III, Marx ya escribía: «Cuanto más capaz es una clase dominante de acoger en su seno a los hombres —¡y hoy deberíamos añadir a las mujeres!— más eminentes de las clases dominadas, más sólido y peligroso es su dominio»). En lo que respecta, en particular, al nacimiento de una «burguesía negra» tanto en Estados Unidos como en los países con regímenes neocoloniales, he descrito a mi vez —en una serie de entradas dedicadas al afromarxismo y al panafricanismo revolucionarios (14)— en qué medida la cooptación de las élites intelectuales, económicas y políticas de color ha funcionado como un arma poderosa para contrarrestar la lucha antiimperialista.

Pero el mérito de Baran y Sweezy y de sus análisis sobre el impacto socioeconómico de las dinámicas del imperialismo en la composición de clase en los países metropolitanos consiste sobre todo en haber documentado ampliamente, con datos y ejemplos concretos, hasta qué punto las aristocracias obreras occidentales se habían expandido con respecto a la época de Lenin, convirtiéndose en esas «clases medias» que acabaron por engullir a la mayor parte de los estadounidenses, incluidos los obreros, una masa de personas dispuestas a compartir sin discusión el objetivo de garantizar la estabilidad del sistema, individuos que «para dar una base racional a su elección a favor de la conservación del american way of life, aceptan y justifican el anticomunismo y las políticas de expansión ilimitada del gasto militar» (15). Partiendo de este análisis, Baran y Sweezy atribuyen el fortalecimiento de la hegemonía de las clases dominantes a la «proliferación de las clases devoradoras de excedentes» (véase lo que he escrito sobre la diferencia entre trabajo productivo e improductivo). Un punto de vista diametralmente opuesto a las ideas de gran parte de la izquierda radical occidental, que, a partir de los años setenta del siglo XX, consideró el proceso de terciarización del trabajo como una oportunidad para ampliar la base social revolucionaria.

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El ciclo de luchas obreras y estudiantiles que sacudió a muchos países occidentales en la década de los sesenta y setenta del siglo pasado alimentó la ilusión de un nuevo cisma: al igual que Lenin rompió con el marxismo de la Segunda Internacional, los movimientos y formaciones políticas nacidos de ese ciclo de luchas prometían romper con las socialdemocracias y las opciones oportunistas de los partidos comunistas europeos, y dar vida a una nueva corriente revolucionaria dentro del marxismo occidental. Los «intelectuales orgánicos» expresados por esos movimientos, aunque dispersos en una miríada de tendencias diferentes, podían agruparse en dos grandes familias. Por un lado, estaban los que se inspiraban en las enseñanzas de Lenin y/o Mao, sin embargo, sin lograr aplicarlas creativamente a una realidad socioeconómica, política y cultural profundamente diferente a la de la Rusia de 1917 (por no hablar de la China de 1949); por otro lado, estaban los que creían que la clase obrera occidental de aquellos años había desarrollado un nivel de conciencia anticapitalista tan avanzado que podía autoorganizarse, sin necesidad de la guía de un partido, de una vanguardia política externa. Sin embargo, todos compartían el objetivo de unir las luchas obreras con las luchas estudiantiles, con la diferencia de que unos concebían esta convergencia como una alianza de clase entre obreros y pequeña burguesía democrática, mientras que otros teorizaban que el proceso de escolarización masiva que se estaba produciendo en aquellos años preludiaba la proletarización de una clase media juvenil destinada a convertirse en mano de obra cualificada, por lo tanto, ya parte integrante de una nueva clase obrera.

Las reacciones a la derrota de las luchas obreras, aplastadas por la reacción de las élites burguesas a la crisis económica de los años setenta (reestructuración organizativa y tecnológica del proceso productivo, descentralización de las industrias hacia los países periféricos y semiperiféricos y proceso de terciarización del trabajo en los centros metropolitanos, recortes en el gasto público y el bienestar social, a lo que siguió el giro neoliberal de los años ochenta, aceptado, si no facilitado, por la aquiescencia de las organizaciones tradicionales de izquierda ) y al concomitante reflujo de las luchas juveniles y estudiantiles: por un lado, los micropartidos neoleninistas perdieron progresivamente consistencia, refluyendo en parte hacia la izquierda tradicional; por otro lado, el ala obrerista, que había celebrado el magnífico y progresista destino del «obrero de masas» fordista, en lugar de reconocer el fin de un ciclo histórico, perseguirá las nuevas figuras sociales generadas por la rápida mutación de la composición social, con especial atención a las capas superiores de la fuerza de trabajo técnico-científica (trabajadores del conocimiento) y a las nuevas formas de trabajo autónomo. Esta carrera, marcada por la producción ininterrumpida de pseudocategorías sociológicas (proletariado juvenil, obrero social, etc.), no se dejará desarmar por las repetidas desilusiones y desmentidos, logrando incluso atribuir a la revolución digital iniciada en los años noventa un potencial subversivo inédito para el sistema, sin reconocer su naturaleza de arma final de la contrarrevolución neoliberal (17). Así, los procesos de individualización del trabajo (en particular del trabajo cognitivo y terciario, en el que los teóricos posoperaístas concentran su atención y sus expectativas) que inspiran la ideología del trabajador «empresario de sí mismo» (18) se celebran como precursores del nacimiento de una «multitud» formada por singularidades capaces de interactuar en nuevas formas de cooperación social espontánea y de autonomizarse del dominio del capital (19).

Bajo esta agitación ideológica superestructural, las décadas que marcaron el paso del milenio fueron testigo de una rápida y trágica evolución de la realidad sociopolítica occidental. Aniquilado y disperso el patrimonio de conocimientos, memorias históricas, estructuras organizativas, principios y valores éticos de las clases trabajadoras occidentales, los vínculos sociales se disuelven y se rearticulan según nuevas jerarquías funcionales a la flexibilidad exigida por el capitalismo globalizado, terciarizado y financiarizado surgido de la crisis de los años setenta. Mientras el proletariado se hunde en el infierno de los trabajos precarios, mal pagados y sin ninguna seguridad del sector terciario atrasado y de los procesos industriales rediseñados por las nuevas tecnologías, los recortes de personal, la subcontratación, etc., y las nuevas élites burguesas ascienden al paraíso de los superricos que se benefician del ciclo de acumulación abreviado D-D’, las clases medias sufren a su vez un proceso de polarización: los sectores productivos y las profesiones tradicionales sobreviven a duras penas, mientras que las nuevas figuras del sector terciario avanzado, aunque pagan el precio de ritmos de trabajo frenéticos, crecen numéricamente y se ven en condiciones de cultivar sueños (en su mayoría ilusorios) de promoción social.

Es en esta última capa, compuesta por los hijos y nietos de la generación del 68, donde los «nuevos movimientos» (feministas, ecologistas, lgbtq, etc.) reclutan a sus adeptos. Y es de esta última capa, como han argumentado magistralmente Boltanski y Chiapello (20), de donde las élites dominantes extraen el material del «nuevo espíritu del capitalismo». Y es finalmente en esta última capa —en la que se esconden aquellos a quienes Baran y Sweezy definen como «devoradores de excedentes» (véase más arriba)— donde las izquierdas posmodernas convertidas al liberalismo pescan a sus votantes, ofreciéndoles programas repletos de reivindicaciones de derechos individuales y civiles e insensibles a las necesidades de los derechos sociales. Una realidad que, en lugar de producir las multitudes antagonistas soñadas por los posobristas, ha producido la inversión del nuevo panorama ideológico occidental: obreros que odian a los liberales y votan a la derecha; oficinistas que se aman a sí mismos y votan a la «izquierda».

Para completar el análisis de los efectos perversos del «mal uso» que cierto marxismo occidental ha hecho de los conceptos marxistas, solo me queda describir cómo las alusiones a la sociedad de productores que Marx nos dejó en El capital han sido explotadas para demonizar los experimentos revolucionarios llevados a cabo en Rusia, China y otros países socialistas. Desde la proclamación de la restauración del capitalismo en China, tras las reformas posmaoístas, hasta los cánticos de alegría entonados sobre las ruinas del Muro de Berlín, las izquierdas posmodernas occidentales se han asociado sistemáticamente al entusiasmo de la chusma liberal por el (supuesto) fracaso de los «socialismos reales». Pero mientras los liberales (y, por supuesto, los neofascistas) se regocijaban por el colapso del socialismo tout court, las izquierdas se consolaban con la tesis de que ese no era el «verdadero» socialismo soñado por Marx (Lenin ya había caído en desgracia como supuesto precursor del estalinismo), sino un horrible régimen autoritario.

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Evidentemente, para absolver o condenar los socialismos reales no basta con compararlos con el modelo abstracto de sociedad de productores asociados que Marx propone en las páginas de El capital citadas anteriormente. Como mínimo, es necesario recurrir también a los argumentos que el propio Marx utilizó en la Crítica al Programa de Gotha, un texto que intervino en el debate sobre el concepto de socialismo dentro de los socialdemócratas alemanes, pero también y sobre todo al desarrollo ulterior que le ofreció Federico Engels en el Anti-Dühring (21). En esta última obra se afirma claramente que el socialismo no se caracteriza solo por la socialización de los medios de producción, sino también por el fin de la producción mercantil y de las relaciones monetarias; en otras palabras: lo que más tarde se describirá como características del comunismo realizado, aquí ya se atribuye al socialismo como primera fase del comunismo.

Para Engels, el paso de la humanidad del reino de la necesidad al reino de la libertad se realiza, por tanto, ya en la sociedad socialista, a diferencia de lo que escribe Marx en El capital (véase más arriba), según el cual la transición socialista pertenece todavía al reino de la necesidad. Aparte de esta diferencia, no hay duda de que el socialismo soviético (del chino hablaremos más adelante) no se ajustó al modelo en cuestión. No obstante, Vladimiro Giacché sostiene acertadamente que la desviación con respecto a la concepción «clásica» de Marx y Engels no basta para definir la experiencia bolchevique como un «fracaso» y, en un artículo (22) dedicado a la revolución económica soviética, recuerda que, una vez superada la fase de reconstrucción posterior a la guerra civil, la Rusia socialista se desarrolló a un ritmo mucho más rápido que los países capitalistas occidentales, y que la planificación le permitió superar sin problemas la Gran Crisis de 1929 que había puesto de rodillas a Estados Unidos y Europa. A continuación, subraya que también Occidente se vio obligado en aquellos años a emprender el camino de la planificación, aunque en formas diferentes, hasta el punto de alimentar la tesis de la convergencia entre los dos sistemas (23). Es más: la capacidad de la Unión Soviética para desafiar el modelo occidental (también y sobre todo en los ámbitos de la sanidad, la educación y la seguridad social), escribe Giacché, se prolonga hasta los años sesenta, a pesar de las tremendas devastaciones provocadas por la agresión nazi, y solo a partir de los años setenta comienzan a manifestarse dificultades que irán creciendo hasta la crisis final del sistema. Crisis que el propio Giacché —y no es el único (24)— atribuye no solo a razones económicas (aunque enumera una serie de posibles causas estructurales), sino también y sobre todo a motivos políticos.

Comencemos diciendo que el modelo clásico es fruto de las expectativas de Marx y Engels, quienes consideraban que una revolución socialista mundial era una posibilidad no lejana, si no inminente. Además, creían que el proceso de transición al socialismo sería más (Engels) o menos (Marx) breve. Y el propio Lenin, hasta 1919/20, pensaba que el monopolio estatal sobre el comercio debía ser sustituido por la sustitución total del comercio por la distribución organizada según un plan. Sin embargo, ya en 1921-23, la dura realidad de los hechos le llevó a criticar las tesis de aquellos exponentes de la izquierda bolchevique que sostenían que se podía pasar directamente al socialismo sin un período de transición, tras lo cual acabó admitiendo que dicho período sería largo y caracterizado por la persistencia de las relaciones mercantiles y monetarias. Una constatación que se concretó con el giro de la NEP, que indujo a muchos críticos, tanto en Rusia como en otros lugares, a hablar de retorno del capitalismo y/o capitalismo de Estado. Críticas a las que Lenin ya había respondido años antes, cuando, en un discurso pronunciado en 1918, dijo lo siguiente: «Estamos lejos incluso del final del período de transición del capitalismo al socialismo (…). Sabemos lo difícil que es el camino que lleva del capitalismo al socialismo, pero tenemos el deber de decir que nuestra república de los soviets es socialista, porque hemos emprendido este camino. Por lo tanto, es correcto decir que nuestro Estado es una república socialista de los soviets» (25).

Consideraciones similares se imponen con respecto a China, dado que la abolición de la mercancía y el dinero nunca se ha producido. Ni siquiera en la era maoísta, durante la cual se intentó construir un sistema planificado de producción directa de valores de uso sin pasar por la forma mercancía y el dinero, pero fue precisamente tras su fracaso cuando el PCCh se convenció de la imposibilidad de liquidar completamente el proceso de reproducción del capital en forma monetaria. Es más: las reformas iniciadas por Deng en 1978 y continuadas por sus sucesores fueron un paso mucho más radical que la NEP soviética en la dirección de reintroducir el mercado como factor de regulación de amplios sectores de la economía china (aunque manteniendo el control público sobre los sectores estratégicos y el sistema financiero y sin renunciar a la planificación, aunque más flexible). Por lo tanto, si seguimos considerando la desaparición de la producción mercantil como único parámetro del carácter socialista de una sociedad, debemos admitir que ni la China de Mao, ni mucho menos la de Deng, al igual que la Rusia de finales de los años veinte, pueden considerarse socialistas.

Contra este punto de vista, evitando movilizar (lo que nos llevaría demasiado lejos) al amplio grupo de autores marxistas (26) que consideran a China (pero también a Cuba, Vietnam, Laos, Corea del Norte, Venezuela y Bolivia) países socialistas, me limito a concluir con los siguientes argumentos:

1) La revolución socialista triunfó en países periféricos y semipérificos, que acababan de salir de condiciones atrasadas y/o del dominio colonial, y que tuvieron que resolver en primer lugar el problema de desarrollar la economía en medida tal que garantizara la autonomía y la independencia nacionales, así como un nivel de vida digno para sus ciudadanos, objetivo que se alcanzó en un tiempo históricamente muy breve, que solo ha sido posible gracias a una economía planificada y al papel estratégico de la propiedad pública de los medios de producción.

2) Gracias a la experiencia de las revoluciones del Sur del mundo, se ha comprendido que el proceso de transición de la economía capitalista a la economía socialista es un proceso mucho más largo y complejo de lo que Marx y Engels pudieron imaginar hace un siglo y medio. Un proceso en el que persisten los conflictos y las contradicciones sociales, por lo que no existen garantías a priori de su resultado positivo, mientras que la realización de la sociedad de productores asociados sigue siendo un modelo teórico y un objetivo a muy largo plazo.

3) El papel del poder político (y, por tanto, del Estado) es, y seguirá siendo durante mucho tiempo, decisivo, ya que solo una dirección política firme puede impedir que las capas sociales que se benefician de la permanencia de las dinámicas capitalistas bloqueen, o incluso inviertan, el proceso de transición (por cierto, cabe señalar que no existen modelos teóricos capaces de analizar realidades sociales en las que el poder político y el poder económico pertenecen a capas sociales diferentes).

4) El hecho de que todos los intentos revolucionarios en los países con capitalismo avanzado hayan fracasado no es casual: el análisis de Marx sobre la relación entre el imperialismo inglés y el pueblo irlandés, el análisis de Lenin sobre el imperialismo, retomado por Baran y Sweezy después de la Segunda Guerra Mundial, los análisis de los teóricos de la dependencia, del intercambio desigual y del sistema mundial son otras tantas contribuciones a la comprensión de los dispositivos que permiten a las élites metropolitanas neutralizar las veleidades revolucionarias de las clases subordinadas de sus propios países, gracias a la redistribución parcial de los enormes sobrebeneficios obtenidos mediante la explotación de los países periféricos. La condena ideológica que las clases medias y las «izquierdas» occidentales expresan hacia el socialismo real, junto con el abandono de los temas de la lucha antiimperialista, son el resultado de intereses de clase precisos, así como de una mentalidad eurocéntrica que impide comprender y aceptar las especificidades culturales asociadas a las luchas revolucionarias de los pueblos del Sur del Mundo.

5) Un criterio que en el futuro permitirá juzgar mejor la validez de la reivindicación de los países que hoy se proclaman socialistas será, una vez que hayan garantizado a sus respectivos pueblos una vida digna, es decir, liberada de las estrechas ataduras de la necesidad material, en qué medida lograrán garantizar también esa reducción de la jornada laboral que Marx señala como condición fundamental para entrar en el reino de la libertad.

NOTAS

(1) Véase el «fragmento sobre las máquinas» (Elementos fundamentales de la crítica de la economía política, vol. 2pp. 389-403, La Nuova Italia, Florencia 1970), donde leemos los siguientes pasajes: «Mientras el medio de trabajo sigue siendo, en el sentido estricto de la palabra, medio de trabajo (…), solo sufre un cambio formal por el hecho de que ya no se presenta solo desde su lado material como medio de trabajo, sino al mismo tiempo como una forma particular de existencia del capital (…). Pero, una vez incorporado al proceso productivo del capital, [este] sufre diversas metamorfosis, la última de las cuales es la máquina o, más bien un sistema automático de máquinas (…) este autómata está constituido por numerosos órganos mecánicos e intelectuales, de modo que los propios obreros solo están determinados como órganos conscientes del mismo (…)

«La actividad del obrero, reducida a una simple abstracción de actividad, está determinada en todas sus partes por el movimiento de la maquinaria, y no a la inversa (…)».

«El proceso de producción ha dejado de ser un proceso de trabajo en el sentido de que el trabajo lo domina como unidad. El trabajo se presenta ahora solo como órgano consciente, en varios puntos del sistema de máquinas en forma de trabajadores individuales vivos (…)».

«En la medida en que las máquinas se desarrollan con la acumulación de la ciencia social, de la productividad en general, no es en el trabajo, sino en el capital, donde se expresa el trabajo social en general».

Hasta aquí puede parecer paradójico que este texto —relanzado en el número 4 de Quaderni Rossi, la revista fundadora de la corriente teórica del obrerismo italiano— haya alimentado el mito de la autonomía obrera, ya que la clase se describe más bien como un polvo de individuos (quizás Charlie Chaplin lo leyó antes de rodar Tiempos modernos) , reducidos a células nerviosas del sistema automático de las máquinas. Sin embargo, unas páginas más adelante aparecen las frases que se han interpretado como la inversión dialéctica de la subordinación integral del trabajo al capital. He aquí:

«La riqueza real se manifiesta (…) en la enorme desproporción entre el tiempo de trabajo empleado y su producto, así como en la desproporción cualitativa entre el trabajo reducido a pura abstracción y la potencia del proceso de producción que supervisa. Ya no es tanto el trabajo el que se presenta como incluido en el proceso de producción, sino más bien el hombre el que se sitúa en relación con el proceso de producción como supervisor y regulador (…) El obrero ya no es el que inserta el objeto natural modificado como miembro intermedio entre el objeto y sí mismo, sino el que inserta el proceso natural, que transforma en un proceso industrial, como medio entre sí mismo y la naturaleza inorgánica, de la que se apodera» (…).

«En esta transformación no es ni el trabajo inmediato, realizado por el hombre mismo, ni el tiempo que trabaja, sino la apropiación de su productividad general (…) en una palabra, es el desarrollo del individuo social que se presenta como el gran pilar de la producción y la riqueza. El robo del tiempo de trabajo ajeno, en el que se basa la riqueza actual, se presenta como una base miserable en comparación con esta nueva base que se ha desarrollado entretanto y que ha sido creada por la gran industria misma: tan pronto como el trabajo en forma inmediata ha dejado de ser la gran fuente de riqueza, el tiempo de trabajo cesa y debe dejar de ser su medida, y por lo tanto el valor de cambio deja de ser la medida del valor de uso» (…).

«El desarrollo del capital fijo muestra hasta qué punto el conocimiento social general, knowledge, se ha convertido en fuerza productiva inmediata, y por lo tanto las condiciones del proceso vital mismo de la sociedad han pasado a estar bajo el control del general intellect…».

Aquí las razones del entusiasmo obrero son evidentes. Marx, en su visión de autor ante litteram de la ciencia ficción, anticipa niveles de desarrollo tecnológico y científico más cercanos a los actuales que a la protoindustria mecanizada de su época, y asocia esta visión al agotamiento de la función histórica del modo de producción capitalista: en la producción de la riqueza, ahora controlada por el intelecto general, la medición del valor a través del tiempo de trabajo inmediato ya no tiene razón de ser, lo que también se aplica al valor de cambio, que queda así reabsorbido en el valor de uso. Ergo: el capital ha creado las condiciones materiales para su propia superación. Pero, ¿dónde está el sujeto político que decreta su fin? Respuesta obrerista: es la propia clase obrera que, precisamente por estar integrada en el capital, se transforma directamente en la sociedad de productores asociados que gobierna el proceso productivo e invita amablemente al capitalista a hacerse a un lado… ¿Para qué sirve el partido leninista si es el propio modo de producción capitalista el que se vuelve espontáneamente comunista?

(2) Véase C. Marazzi, Il comunismo del capitale, ombre corte.

(3) Véase V.I. Lenin, ¿Qué hacer?, en Obras escogidas, vol. I, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Moscú 1947.

(4) Para Marx, la resistencia de los productores directos (campesinos, artesanos, comunidades precapitalistas, etc.) y de los desempleados expropiados por el proceso de acumulación primitiva es un factor esencialmente conservador, ya que ralentiza el proceso de crecimiento de la masa de trabajadores asalariados. Véase al respecto su juicio negativo sobre el movimiento ludista en Inglaterra (véase E. P. Thompson, The Making of the English Working Class, Penguin, Londres 1991). Pero la historia de los movimientos revolucionarios del Sur del mundo nos enseña que, por el contrario, la lucha de las masas populares de los países periféricos contra el proceso de colonización de sus formas de vida por parte del modo de producción capitalista ha desempeñado y sigue desempeñando un papel estratégico en la lucha global contra el imperialismo. El tema ha sido desarrollado sobre todo por los marxistas latinoamericanos y africanos (véase, entre otros, J. C. Mariategui, 1972; A. G. Linera 2015 y C. Robinson 2023).

(5) K. Marx, El capital, I, UTET, Turín 1974, pp. 681-682: «La eliminación de la forma de producción capitalista permitirá limitar la jornada laboral al trabajo necesario. Sin embargo, este último, en condiciones iguales, ampliaría su espacio, por un lado porque las condiciones de vida del obrero serían más ricas y sus necesidades vitales mayores, y por otro porque una parte del trabajo adicional actual contaría como trabajo necesario, es decir, como trabajo necesario para la constitución de un fondo social de reserva y de acumulación. Cuanto más crece la fuerza productiva del trabajo, más se puede acortar la jornada laboral, y cuanto más se acorta la jornada laboral, más puede crecer la intensidad del trabajo. Desde el punto de vista social, la productividad del trabajo crece también con su economía, que comprende no solo el ahorro de los medios de producción, sino también la exclusión de todo trabajo inútil. Mientras que el modo de producción capitalista impone la economía en cada empresa individual, su sistema anárquico de competencia provoca el despilfarro más desmesurado de los medios de producción y de las fuerzas de trabajo sociales, además de un número enorme de funciones hoy indispensables pero, en sí mismas, superfluas. Dada la intensidad y la fuerza productiva del trabajo, la parte de la jornada laboral social necesaria para la producción material será tanto más breve, y la parte de tiempo ganada para la actividad libre individual y social de los individuos será tanto mayor, cuanto más proporcionalmente se distribuya el trabajo entre todos los miembros de la sociedad capaces de trabajar, cuanto menos una capa social pueda descargar de sus hombros sobre los de otra la necesidad natural del trabajo».

(6) Véase G. Lukacs, Ontología del ser social, 4 volúmenes, Meltemi, Milán 2023.

(7) Véase E. Bloch, El principio esperanza, 3 volúmenesMimesis, Milán-Udine 2019.

(8) Véase, en particular, Ombre rosse, saggi sull’ultimo Lukacs e altre eresie, Meltemi, Milán 2022.

(9) J. B. Foster, La sinistra e la nuova negazione dell’imperialismo, «Monthly Review», noviembre de 2024.

(10) En el mismo artículo de Foster leemos: «Hoy, gracias a la investigación de Jason Hickel y sus colegas, sabemos que entre 1995 y 2021 el Norte global fue capaz de extraer del Sur global 826 000 millones de horas de trabajo neto apropiado. Medido con los salarios del Norte, esto equivale a 18,4 billones de dólares».

(11) Véase P. Baran, P. Sweezy, El capital monopolista. Ensayo sobre la estructura económica y social estadounidense, Einaudi, Turín 1968.

(12) Una teoría muy extendida entre los teóricos de inspiración trotskista.

(13) Véase C. Rodhes, Capitalismo woke, Fazi, Roma 2023.

(14) Véanse en este blog los artículos que he dedicado a Ochieng Okoth, Du Bois, Cabral, Rodney, Williams, Padmore, Robinson y otros intelectuales de origen africano.

(15) Véase P. Baran, P. Sweezy, op. cit.

(16) Véase M. Tronti, Operai e capitale, Einaudi, Turín, 1966.

(17) He criticado estas invenciones pseudosociológicas de Antonio Negri y otros autores posoperaístas en diversos escritos. Véase, en particular, Utopie letali, Jaka Book, Milán 2013.

(18) Sobre la invención del concepto de «trabajador como empresario de sí mismo», véase P. Dardot, C. Laval, La nuova ragione del mondo, DeriveApprodi, Roma 2013.

(19) Además de una interpretación «creativa» de los pasajes de los Grundrisse que he citado en la nota (1), esta teoría se ha valido de la retórica de la «cultura hacker» estadounidense, que intentaba extraer de fenómenos como las comunidades de desarrolladores de software de código abierto y Wikipedia la tesis de una progresiva expropiación de los gigantes de la industria de alta tecnología por parte de los procesos de agregación desde abajo de nuevas formas de emprendimiento cooperativo (véase al respecto Y. Benkler, La riqueza de las redes).

20) Véase L. Boltanski, E. Chiapello, Il nuovo spirito del capitalismo, Mimesis, Milán-Udine 2014.

21) F. Engels, Antiduhring, Editori Riuniti, Roma 1971.

(22) Véase Giacché, «La rivoluzione economica sovietica»; el artículo está publicado en Elogio del comunismo del Novecento, Actas del Foro de la Red de Comunistas, 4-5 de octubre de 2024.

(23) En el artículo citado en la nota anterior, Giacché señala al holandés Jan Tinbergen como el exponente más interesante de la corriente de los teóricos de la convergencia.

(24) Una autora italiana que ha elaborado interesantes tesis sobre las causas sociopolíticas de la crisis soviética es Rita di Leo (véase, en particular, L’esperimento profano, Futura, Roma, 2011).

(25) Citado en Economia della rivoluzione, Recopilación de textos de Lenin a cargo de V. Giacché, il Saggiatore, Milán, 2017.

(26) En el capítulo sobre China del segundo volumen de mi Guerra e rivoluzione (Meltemi, Milán, 2023), además de la obra maestra de Arrighi, Adam Smith a Pechino, cito las obras de Gabellini, Bertozzi, Bell, Parenti, Herrera y Gabriele.

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5. 150 años de la Crítica al Programa de Gotha

El último artículo de Michael Roberts -¡sin gráficos!- está dedicado al 150 aniversario del Programa de Gotha.
https://thenextrecession.wordpress.com/2025/05/06/150-years-since-the-critique-of-the-gotha-programme/.

150 años desde la Crítica al Programa de Gotha

La Crítica era un documento basado en una carta de Marx escrita a principios de mayo de 1875 al Partido Socialdemócrata Obrero Alemán (SDAP), con el que Marx y Friedrich Engels mantenían una estrecha relación. La carta recibe su nombre del Programa de Gotha , un manifiesto propuesto para un próximo congreso del partido que iba a celebrarse en la ciudad de Gotha . En ese congreso, el SDAP planeaba fusionarse con la Asociación General de Trabajadores Alemanes (ADAV), seguidores de Ferdinand Lassalle , para formar un partido unificado.

La «Crítica al Programa de Gotha » de Karl Marx se escribió hace 150 años esta semana. En ella, Marx expone con gran detalle su estrategia revolucionaria, el significado del término « dictadura del proletariado », la naturaleza del período de transición del capitalismo al comunismo y la importancia del internacionalismo.

Conferencia de Gotha: mayo de 1875

Activista y político socialista, Lassalle consideró que el Estado era la expresión del «pueblo», y no una construcción de ninguna clase social. Adoptó una forma de socialismo de Estado y rechazó la lucha de clases de los trabajadores a través de los sindicatos. En su lugar, defendía la teoría maltusiana de la «ley de hierro de los salarios», según la cual, si los salarios superaban el nivel de subsistencia en una economía, la población crecería y habría más trabajadores compitiendo, lo que provocaría una nueva bajada de los salarios. Marx y Engels habían rechazado desde hacía tiempo esta teoría de los salarios (véase mi libro, Engels 200 , pp. 40-42).

Los Eisenacher enviaron el borrador del programa para un partido unido a Marx para que lo comentara. Este descubrió que el programa estaba significativamente influenciado por Lassalle, por lo que respondió con su Crítica. Sin embargo, en el congreso celebrado en Gotha a finales de mayo de 1875 para fundar el Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD), el programa fue aceptado con solo pequeñas modificaciones, y la carta crítica de Marx fue publicada por Engels mucho más tarde, en 1891, cuando el SPD declaró su intención de adoptar un nuevo programa, cuyo resultado fue el Programa de Erfurt de 1891. Redactado por Karl Kautsky y Eduard Bernstein, este programa sustituyó al Programa de Gotha y se acercaba más a las opiniones de Marx y Engels.

En la Crítica, entre otras cosas, Marx atacó la propuesta lassalleana de «ayuda estatal» en lugar de la propiedad pública y la abolición de la producción de mercancías. Marx también señaló que no se mencionaba la organización de la clase obrera como clase: «y ese es un punto de suma importancia, ya que se trata de la verdadera organización de clase del proletariado, en la que libra sus batallas cotidianas contra el capital».

Marx se opuso a la referencia del programa a un «Estado libre del pueblo». Para Marx, «el Estado no es más que una institución transitoria que se utiliza en la lucha, en la revolución, para someter por la fuerza a los enemigos», por lo que «es un dispar hablar de un Estado libre del pueblo; […] en cuanto se plantea la cuestión de la libertad, el Estado como tal deja de existir». Esta era (y es) una distinción fundamental entre las opiniones de Marx y Engels sobre el Estado en una sociedad poscapitalista y las opiniones de la socialdemocracia y el estalinismo, que hablan de «socialismo de Estado».

Dos etapas del comunismo

Tanto Marx como Engels siempre se referían a sí mismos como comunistas para distinguirse de las formas anteriores del socialismo. Definieron el comunismo simplemente como la «disolución del modo de producción y de la forma de sociedad basada en el valor de cambio». La característica más básica del comunismo en la crítica de Marx es la superación de la separación capitalista entre los productores (el trabajo) y el control de la producción. Para revertir esto es necesaria una completa desmercantilización de la fuerza de trabajo. La producción comunista o «asociada» sería planificada y llevada a cabo por los propios productores y comunidades, sin los intermediarios de clase del trabajo asalariado, el mercado y el Estado.

En La Crítica, Marx esboza dos etapas del comunismo tras la sustitución del modo de producción capitalista. En la primera etapa del comunismo: «Lo que tenemos aquí es una sociedad comunista, no tal como se ha desarrollado sobre sus propios fundamentos, sino, por el contrario, tal como surgimiento de la sociedad capitalista; que, por lo tanto, en todos los aspectos, económicos, morales e intelectuales, sigue marcada con las huellas de la vieja sociedad de cuyo seno ha surgido».

Así, «en consecuencia, el productor individual recibe de la sociedad, después de las deducciones, exactamente lo que le da. Lo que le ha dado es su cuota individual de trabajo. Por ejemplo, la jornada social de trabajo consiste en la suma de las horas de trabajo individuales; el tiempo de trabajo individual del productor individual es la parte de la jornada social de trabajo que él contribuye, su parte en ella.

El trabajador «recibe de la sociedad un certificado que acredita que ha prestado tal o cual cantidad de trabajo (después de deducir su trabajo para los fondos comunes); y con este certificado, extrae del fondo social de medios de consumo una cantidad equivalente al costo de su trabajo. La misma cantidad de trabajo que ha dado a la sociedad en una forma, la recibe en otra. Dado que el trabajo es siempre, junto con la naturaleza, una «sustancia fundamental de la riqueza», el tiempo de trabajo es una «medida importante del coste de la producción [de la riqueza]… incluso si se elimina el valor de cambio».

Incluso en la fase inferior del comunismo, no hay mercado, ni valor de cambio, ni dinero. Durante la fase inferior de la nueva asociación, «los productores pueden […] recibir vales en papel que les dan derecho a retirar de las reservas sociales de bienes de consumo una cantidad correspondiente a su tiempo de trabajo», pero «estos vales no son dinero. No circular» (Marx). Los certificados de trabajo son como entradas de teatro: solo se pueden usar una vez.

Además, Marx asumía que, incluso en la primera fase del comunismo, la mayor parte del producto social total no se distribuiría a las personas en función del tiempo de trabajo que realizaran en forma de certificados de trabajo, sino que se deduciría «desde el principio» para uso común. Habrá servicios sociales ampliados (educación, servicios de salud, servicios públicos y pensiones de vejez) que se financiarán con deducciones del producto total antes de su distribución entre los individuos. Por lo tanto, «lo que se priva al productor en su calidad de individuo privado le beneficia directa o indirectamente en su calidad de miembro de la sociedad».

En opinión de Marx, este consumo social «aumentará considerablemente en comparación con la sociedad actual y aumentará en proporción al desarrollo de la nueva sociedad». Y con una reducción radical de la jornada laboral, gracias al rápido desarrollo de la tecnología, el alcance de los certificados de trabajo se reduciría parcialmente con el tiempo.

Finalmente, «en una fase superior de la sociedad comunista, después de que haya desaparecido la subordinación esclavizante del individuo a la división del trabajo y, con ella, la antítesis entre trabajo mental y físico; después de que el trabajo se haya convertido no solo en un medio de vida, sino en la primera necesidad de la vida; después de que las fuerzas productivas también hayan aumentado con el desarrollo integral del individuo, y todas las fuentes de la riqueza cooperativa fluyan más abundantemente, solo entonces podrá superarse por completo el estrecho horizonte del derecho burgués y la sociedad podrá inscribir en sus banderas: «¡De cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades!».

La transición

A partir de la Crítica, también podemos clasificar una economía de transición entre el capitalismo y el comunismo. Hay un período de transición política en el que el Estado no puede ser otra cosa que la «dictadura revolucionaria del proletariado». El término «dictadura del proletariado» parece ajeno a la «democracia» tal y como se entiende hoy en día, pero para Marx y Engels era simplemente una descripción de la toma del poder del Estado y de la economía por parte de la clase obrera.

El término «dictadura del proletariado» proviene del periodista comunista Joseph Weydemeyer, quien en 1852 publicó un artículo titulado «La dictadura del proletariado» en el periódico alemán Turn-Zeitung. Ese año, Marx le escribió diciendo: «Mucho antes que yo, los historiadores burgueses habían descrito el desarrollo histórico de esta lucha entre las clases, al igual que los economistas burgueses habían descrito su anatomía económica. Mi contribución fue (1) demostrar que la existencia de clases está ligada únicamente a ciertas fases históricas del desarrollo de la producción; (2) que la lucha de clases conduce necesariamente a la dictadura del proletariado; [y] (3) que esta dictadura no es más que una transición hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin clases».

El capitalismo puede tener las apariencias de la «democracia», con su sufragio universal algo atenuado y sus líderes elegidos. En realidad, esta democracia es la dictadura del capital: el dominio del capital financiero y los grandes oligopolios que controlan las instituciones «democráticas». La dictadura del proletariado significaría el dominio democrático de la mayoría de los trabajadores «dictando» al capital, y no al revés.

Cuando se les pidió que dieran un ejemplo de la dictadura del proletariado, tanto Marx como Engels respondieron: la Comuna de París. En el epílogo de 1891 al folleto La guerra civil en Francia (1872), Engels afirmó: «Muy bien, señores, ¿quieren saber cómo es esta dictadura? Miren la Comuna de París. Eso fue la dictadura del proletariado».

Comuna de París

Para evitar la corrupción, Engels había recomendado que la Comuna recurriera a dos expedientes. En primer lugar, que todos los cargos, administrativos, judiciales y educativos, se cubrieran mediante elecciones basadas en el sufragio universal de todos los interesados, con el derecho de los mismos electores a destituir a sus delegados en cualquier momento. Y, en segundo lugar, todos los funcionarios, altos o bajos, recibirían únicamente el salario que percibían los demás trabajadores. De este modo, se establecía una barrera eficaz contra el afán de poder y el arribismo, incluso al margen de los mandatos vinculantes para los delegados [y] los órganos representativos, que también se añadieron en abundancia.

El segundo principio de Engels era que los elegidos no debían ganar más que los electores. Esto no solo es un potente elemento anticorrupción, sino que también significa que el principio de que los trabajadores cualificados deben ganar más que los no cualificados es un residuo de las arcaicas relaciones de producción capitalistas. Los trabajadores son cualificados bien por sus cualidades inherentes (y no hay razón para recompensarlos por ello), bien porque se han beneficiado del sistema educativo. En cualquier caso, no hay razón para recompensarlos más por ello. Los recolectores de basura son tan importantes para la sociedad como los profesores de economía, si no más.

Esas disposiciones eran esenciales desde el principio para un Estado obrero en transición al comunismo. Lo más importante es que debe haber una «disparición» progresiva del poder estatal (ejércitos, policía, burocracia). A este respecto, Marx establece una distinción esencial entre quienes desempeñan la función del capital (control y vigilancia) y quienes desempeñan la función del trabajo (coordinación y unidad del proceso de trabajo). Marx establece una analogía con una orquesta, en la que el director coordina a los músicos. Quienes realizan el trabajo de coordinación y unidad del proceso laboral no son gerentes en el sentido habitual. No supervisan ni vigilan, no son agentes del capital que explotan a los trabajadores en nombre del capital. Más bien, son miembros del colectivo de trabajadores. Quienes realizan el trabajo de coordinación y unidad del proceso laboral son lo contrario de los gerentes en las relaciones de producción capitalistas.

La producción en una economía de transición debería aumentar la producción de valores de uso, es decir, los bienes que los propios trabajadores deciden producir para satisfacer sus necesidades tal y como ellos mismos las expresan, por ejemplo, inversiones medioambientales en lugar de inversiones en armamento. Esto requiere planificación y, por lo tanto, un proceso de decisión democrática. También requiere la propiedad común de los medios de producción, la toma de decisiones democráticas en materia de inversiones y en la elección de las técnicas en los distintos procesos de trabajo que sean más adecuadas para el pleno desarrollo del potencial de cada trabajador.

Estos principios son los indicadores clave de una democracia obrera en transición hacia el socialismo/comunismo. Su expansión o desaparición indica si una sociedad se está acercando o alejando del socialismo/comunismo.

Internacionalismo

La dictadura del proletariado puede comenzar en Estados nacionales individuales, pero estos Estados no pueden avanzar hacia el socialismo, es decir, hacia la desaparición de los aparatos estatales y la «administración de las cosas», a menos que la dictadura se extienda internacionalmente a las principales economías y, finalmente, a todo el mundo, tal y como lo hizo el modo de producción capitalista.

La producción comunista no es simplemente una herencia del capitalismo que solo necesita ser promulgada por un gobierno socialista recién elegido. Requiere «largas luchas, a través de una serie de procesos históricos, que transforman las circunstancias ya los hombres». Entre estas circunstancias transformadas se encontrará «no solo un cambio en la distribución, sino una nueva organización de la producción, o más bien la liberación de las formas sociales de producción… de su carácter de clase actual, y su armoniosa coordinación nacional e internacional». Eso significa el fin del imperialismo y su sustitución por una asociación de naciones basada en la planificación democrática y la propiedad común.

Según estos criterios, China no está avanzando «hacia el socialismo». Es una economía de transición que no puede avanzar hacia el socialismo porque carece de las características clave de una democracia obrera tal y como se describe en la Crítica, y está rodeada por el imperialismo. Se encuentra en una «transición atrapada». Y se encuentra en una «transición atrapada» que podría revertirse, como demostró la Unión Soviética. Para evitarlo y avanzar hacia el socialismo, China debe elevar sus niveles de productividad a los del núcleo imperialista para reducir la jornada laboral y la escasez de necesidades sociales y, a continuación, poner fin al trabajo asalariado y al intercambio monetario. Pero eso no será posible sin revoluciones de la clase obrera en el núcleo imperialista que puedan establecer allí economías de transición y permitir luego la planificación democrática de la producción y la distribución a nivel mundial para satisfacer las necesidades sociales y no el lucro.

La crítica fue escrita en una breve carta por Marx hace 150 años. En 2025, sigue siendo igual de clara y relevante para comprender el comunismo como alternativa al capitalismo.

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6. La ideología neofascista MAGA

En el número de mayo de Monthly Review el primer artículo liberado es este de John Bellamy Foster sobre la «ideología MAGA». 
https://monthlyreview.org/

La ideología MAGA y el régimen de Trump Por John Bellamy Foster (1º de mayo de 2025)

Una semana después de la toma de posesión de Donald Trump para su segundo mandato como presidente de los Estados Unidos, el 20 de enero de 2025, Matthew J. Vaeth, director en funciones de la Oficina de Gestión y Presupuesto (OMB), emitió un memorándum a los departamentos y agencias federales en el que ordenaba una pausa temporal en el gasto de las agencias, las subvenciones y los préstamos, así como en la ayuda financiera en todo el Gobierno federal. Este fue el primer golpe de lo que la derecha ha denominado la «guerra civil fría».1 La orden de congelación general del gasto civil federal fue redactada muy probablemente por el nuevo director de la OMB para 2025, Russell Vought, que entonces estaba a la espera de la confirmación del Congreso. Para Vought, «la cruda realidad en Estados Unidos es que nos encontramos en las últimas etapas de una toma de poder marxista total del país» y que estos enemigos «ya tienen en sus manos las armas del aparato gubernamental», que «han apuntado… contra nosotros». 2 Vought dirigió la OMB durante la primera administración Trump y fue uno de los principales artífices del Proyecto 2025, el plan para la transición a un nuevo ejecutivo absolutista, publicado en 2022 por la Fundación Heritage, de derecha. 3 Escribió el capítulo sobre la «Oficina Ejecutiva del Presidente de los Estados Unidos» para el Proyecto 2025 y fundó el Centro para la Renovación de Estados Unidos, una rama activa del Proyecto 2025, que se encargó de redactar por adelantado cientos de órdenes ejecutivas para su aplicación inmediata tras el regreso de Trump a la Casa Blanca. El Proyecto 2025 incluía planes para cerrar departamentos federales enteros, recortar masivamente la plantilla federal y reducir drásticamente los gastos federales, obligando a los estados, los gobiernos locales, las universidades y los medios de comunicación a plegarse a los dictados del régimen de Trump.4

La orden de la OMB de congelar los gastos civiles del gobierno federal afectó a un gasto que en el año fiscal 2024 ascendía a unos 3 billones de dólares, lo que provocó una onda expansiva en todo el país. El 31 de enero de 2025, el juez presidente John J. McConnell Jr. del Distrito de Rhode Island de los Estados Unidos dictó una orden de restricción temporal contra las medidas de la OMB. En respuesta, la OMB revocó su memorándum. Sin embargo, la administración Trump, adhiriéndose a la «teoría de la retención» que afirmaba que el poder ejecutivo tenía la facultad de reducir a cero los fondos asignados por el Congreso, se negó a cumplir plenamente la orden judicial de McConnell. La decisión posterior del Tribunal de Apelación del Primer Circuito de los Estados Unidos, que respaldó la decisión de McConnell, apuntaba a una inminente crisis constitucional. Las principales figuras del movimiento Make America Great Again (MAGA) han elaborado una estrategia por adelantado según la cual el presidente puede cerrar departamentos y confiscar los gastos autorizados por el Congreso, ignorando a los tribunales, basándose en el poder absoluto del ejecutivo y en la premisa de que todo lo que hace el presidente es legal. Si es necesario, se puede declarar el estado de emergencia, suspendiendo los derechos constitucionales.5 El Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE) de Elon Musk ha pisoteado al gobierno federal, aparentemente con el poder de tomar el control y cerrar agencias enteras a su antojo. Mientras tanto, la administración Trump afirma tener pleno poder sobre las agencias reguladoras independientes dentro del gobierno federal, como la Comisión Federal de Comercio, la Junta Nacional de Relaciones Laborales, la Comisión Federal de Comunicaciones e incluso la Junta de la Reserva Federal, en virtud de lo que se denomina «autoridad ejecutiva unitaria», una controvertida teoría constitucional.6

Si la orden de la OMB y las medidas del DOGE de Musk crearon un caos legal, la intención ideológica de las medidas de la administración Trump quedó, sin embargo, muy clara. Según el memorándum de Vaeth/Vought, el objetivo de la congelación del gasto federal por parte de la administración era poner fin al «woke» y a la instrumentalización del Gobierno, oponiéndose al «uso de los recursos federales para promover la equidad marxista, el transgénero y las políticas de ingeniería social del nuevo acuerdo verde». La congelación inicial o «pausa» del gasto se diseñó para permitir a la administración identificar el gasto dedicado a «programas de diversidad, equidad e inclusión (DEI), ideología woke de género y el nuevo acuerdo verde», junto con los gastos en ayuda exterior, que se consideraban usos fraudulentos de los fondos federales. 7 En la ideología de derecha, la categoría general es el «marxismo cultural», que se considera que incluye la defensa de la teoría crítica de la raza (CRT); las iniciativas medioambientales, sociales y de gobernanza (ESG); la DEI; los derechos LGBTQ+; las medidas contra el cambio climático; las fronteras abiertas; la sanidad universal; y la energía verde.8 Este ataque al llamado marxismo cultural estaba en línea con la Agenda 47 de la campaña de Trump/J.D. Vance, cuyo objetivo era «eliminar a todos los burócratas marxistas de la diversidad, la equidad y la inclusión» y perseguir a los «maníacos marxistas que infectan las instituciones educativas».9

La justificación general de estas medidas se recoge en otro documento de la Heritage Foundation, también publicado en 2022, titulado Cómo el marxismo cultural amenaza a Estados Unidos y cómo los estadounidenses pueden combatirlo, de Mike González y Katharine C. Gorka, quienes posteriormente escribieron NextGen Marxism: What It Is and How to Combat It (2024).10 El marxismo cultural, que la derecha MAGA considera omnipresente en las universidades y el Gobierno, así como infiltrado en las empresas, tiene su origen en los Cuadernos de prisión de Antonio Gramsci, que rompieron con el economicismo del marxismo clásico. Según esta visión distorsionada, el nuevo «marxismo cultural» fue impulsado por marxistas de la Escuela de Frankfurt como Max Horkheimer, Theodor Adorno, Herbert Marcuse y Erich Fromm. Posteriormente, postmodernistas como Michel Foucault le dieron una forma más amplia, lo que finalmente condujo a la teoría feminista radical y a la CRT. La obra de González y Gorka no demuestra la más mínima atención a la investigación académica genuina. Su propósito no es promover la investigación intelectual, sino más bien un nuevo macartismo. En su libro, afirman que Joseph McCarthy, en la caza de brujas anticomunista de la década de 1950, llevó a cabo «una labor importante», pero cometió el error de formular acusaciones que «no pudo fundamentar». En la actual Guerra Fría Civil, se sugiere que el macartismo debe resurgir sobre bases más sólidas para no cometer los errores del pasado, aunque, en realidad, el nuevo macartismo carece tanto de sustancia como su predecesor de la década de 1950.11

La ideología MAGA que ahora se ha instalado en la Casa Blanca, y que también se ha extendido en gran medida a los tribunales y al Congreso, tiene poco que ver con el propio Trump, para quien ha servido como arma conveniente en su ascenso al poder. Más bien, su base material se encuentra en el crecimiento de un movimiento neofascista más amplio que, como todos los movimientos del género fascista, tiene sus raíces en una frágil alianza entre sectores de la clase dominante capitalista monopolista en la cima de la sociedad y un ejército movilizado de seguidores de la clase media-baja muy por debajo. Estos últimos consideran que sus principales enemigos no son las altas esferas de la clase capitalista, sino los profesionales de la clase media-alta que se encuentran inmediatamente por encima de ustedes y la clase trabajadora que se encuentra por debajo.12 La clase media-baja, principalmente blanca, se superpone a las poblaciones rurales y a los seguidores del fundamentalismo religioso o el evangelismo, formando un bloque histórico revanchista de derecha.

La actual movilización de la clase media-baja por parte de la derecha del capital monopolista, en particular los intereses tecnológicos, financieros y petroleros, tiene como objetivo inicial desmantelar el actual «Estado administrativo» y sustituirlo por otro más propicio para un proyecto neofascista. Sin embargo, en el proceso, ya se está abriendo una brecha política cada vez mayor entre los gobernantes multimillonarios de arriba y su ejército MAGA de abajo, entre los diferentes elementos del movimiento evangélico y entre quienes apoyan una dictadura política y quienes desean mantener las formas constitucionales liberal-democráticas.13

En línea con todos los movimientos del género fascista, el régimen actual traicionará inevitablemente a sus seguidores masivos de la derecha radical, tratando de relegarlos a un papel cada vez más servil y regimentado y negando cualquier política que entre en conflicto fundamental con sus fines capitalistas e imperialistas. Sin embargo, ha surgido una masa de think tanks e influencers que buscan racionalizar lo irracional, basándose en aquellos elementos ideológicos que atraen a una clase media-baja blanca, pero que en última instancia sirven a las necesidades de la clase capitalista multimillonaria. Comprender las bases de este nuevo irracionalismo y las formas de dominación de clase asociadas a él es crucial en la lucha contrahegemónica por un futuro democrático, igualitario y sostenible —y, por tanto, socialista— para toda la humanidad.

La ideología neofascista de MAGA

«El antónimo de fascismo», escribió el economista marxista Paul M. Sweezy en 1952, «es la democracia burguesa, no el feudalismo ni el socialismo. El fascismo es una de las formas políticas que puede adoptar el capitalismo en la fase monopolista-imperialista».14 En la definición clásica que se remonta a los teóricos marxistas —y que empleó, por ejemplo, Franz Neumann en Behemoth: La estructura y la práctica del nacionalsocialismo, en los juicios de Nuremberg—, los movimientos y regímenes pertenecientes al género fascista tienen sus fundamentos materiales en una frágil alianza entre el capital monopolista y una pequeña burguesía o clase media baja movilizada. A esta última, C. Wright Mills se refería como la «retaguardia» del sistema capitalista debido a su ideología generalmente regresiva, producto de su contradictoria ubicación de clase.15

Esta movilización de la clase media-baja a instancias de sectores del capital monopolista se produce cuando las élites de la sociedad se ven amenazadas por diversos factores internos y externos que ponen en peligro su hegemonía. Esto conduce a ataques contra el Estado liberal democrático y a la toma del poder estatal por parte de un sector de la clase dominante, respaldado por un ejército de seguidores de las clases populares, a menudo inicialmente por medios legales, pero que pronto traspasan los límites constitucionales. El poder se concentra en manos de un líder, un duce o Führer, detrás del cual se esconden gigantescos intereses capitalistas. Una vez que el fascismo se impone en el Estado, la clave de su dominio es la privatización de gran parte del gobierno en beneficio del capital monopolista, un concepto articulado por primera vez en relación con la Alemania de Adolf Hitler.16 Esto va acompañado de una represión extrema de sectores de la población subyacente, a menudo utilizados como chivos expiatorios. Estos movimientos buscan inevitablemente asegurar su dominio ideológico mediante el control de todo el aparato cultural de la sociedad, en un proceso que los nazis denominaron Gleichschalthung, o alineamiento.

Esta concepción general del fascismo fue dominante en los años treinta y cuarenta, y se prolongó hasta finales del siglo XX. Sin embargo, el fascismo, como formación política, acabó siendo reinterpretado en el discurso liberal en términos idealistas como una ideología pura, conceptualmente desvinculada de sus fundamentos clasistas y materialistas y reducida a su forma exterior como racismo extremo, nacionalismo, revanchismo y crecimiento de personalidades autoritarias, todo lo cual se consideraba ajeno al capitalismo mismo. Gran parte de esto estaba de hecho implícito en la crítica del «totalitarismo» desarrollada por figuras de la Guerra Fría como Hannah Arendt, que presentaba el fascismo como un sistema extremo de la derecha conceptualmente divorciado del capitalismo y antónimo del comunismo de la izquierda.17 El fascismo fue así reinterpretado en la ideología hegemónica como una forma de autoritarismo/totalitarismo violento y una desviación del capitalismo, que se identificaba entonces exclusivamente con la democracia liberal. Al carecer de fundamentos histórico-materiales reales e ignorar las realidades de clase, estas reformulaciones no fueron más que un medio para reforzar la noción misma del capitalismo y han resultado inútiles en los intentos de comprender el resurgimiento de las fuerzas fascistas y neofascistas en nuestra época.

Al abordar el neofascismo actual, es fundamental considerarlo como un producto de las relaciones materiales/de clase/imperiales del capitalismo tardío, que no debe entenderse simplemente en términos de sus formas externas «populistas», hiperracistas, hipermisóginas o hipernacionalistas, sino más bien en términos de una crítica sustantiva basada en la clase.18 El fascismo es en todo momento un ataque a la democracia liberal y la sustitución de un orden político de mano dura bajo el reinado del capital financiero monopolista. Su ideología revanchista no surge principalmente del capital monopolista en sí mismo, sino que es sobre todo un mecanismo para la movilización de las fuerzas de derecha procedentes en su mayoría de la clase media-baja, reclutando un ejército de soldados de asalto reales o potenciales (ya sea con camisas negras, camisas marrones o gorras MAGA) y proporcionando la justificación para el desmantelamiento del Estado liberal-democrático.

Aunque hay que tener en cuenta principalmente las fuerzas materiales reales de clase y no la ideología incorpórea, no es menos cierto que las ideas, una vez que surgen, pueden convertirse ellas mismas en fuerzas materiales. La «ideología», escribió Georg Lukács, es «la forma más elevada de la conciencia [de clase]».19 Por lo tanto, si queremos comprender la naturaleza del régimen MAGA emergente, tenemos que explorar su ideología gobernante y sus formas de organización política. Cabe subrayar que muy poco de esto emana del propio Trump, a quien a menudo se describe dentro del movimiento MAGA como un instrumento algo defectuoso, aunque útil, del nuevo orden20.

A pesar de su importancia en la publicación del Proyecto 2025, el principal think tank del movimiento Trump no es la Heritage Foundation, sino el Claremont Institute, fundado en 1979 en Upland, California. El Claremont Institute fue originalmente una base para el pensamiento straussiano (derivado del teórico político ultraconservador Leo Strauss), pero ha evolucionado hasta convertirse en el centro neurálgico de MAGA. Su financiación proviene de megadonantes, entre los que se encuentran el Thomas D. Klingenstein Fund (un fondo multimillonario gestionado por el banquero de inversiones Thomas D. Klingenstein, presidente del consejo de administración del Instituto Claremont), la Fundación Dick y Betsy DeVos (gestionada por la multimillonaria exsecretaria de Educación de Trump, Betsy DeVos), la ultraconservadora Fundación Lynde y Harry Bradley y la Fundación Sarah Scaife.21 Sus dos principales publicaciones son The American Mind y Claremont Review of Books. El Instituto también tiene una sucursal adicional, el Centro Claremont para el Estilo de Vida Americano, situado en Washington D. C., frente al Capitolio. Los académicos y expertos asociados al Instituto Claremont dominan el Hillsdale College de Michigan. Hillsdale publica Imprimis, esencialmente una publicación MAGA del Instituto Claremont. El Instituto ofrece varias becas, entre ellas la Beca Lincoln. Su sitio web hace un seguimiento de la denominada «financiación BLM» (en referencia al movimiento Black Lives Matter, o BLM) por parte de las empresas, afirmando, con argumentos extremadamente cuestionables, que las empresas han destinado 82 900 millones de dólares a la causa CRT/Woke/marxista cultural. Al igual que en la ideología MAGA en general, se condena a las empresas como moralmente corruptas por ceder ante el marxismo cultural, pero rara vez se las critica económicamente. Esto es coherente con toda la historia de la ideología pequeñoburguesa, tal y como se refleja en los escritos del siglo XIX de figuras tan célebres como Thomas Carlyle y Friedrich Nietzsche, cuyas efusiones ideológicas, como señaló Lukács, reflejaban «una doble tendencia contradictoria» de «crítica de la falta de cultura capitalista», al tiempo que apoyaban un orden «situado en el capitalismo».22

En 2019, Trump concedió al Instituto Claremont la Medalla Nacional de Humanidades. El 6 de enero de 2021, el abogado John Eastman, miembro de la junta directiva del Instituto Claremont (donde sigue estando a día de hoy), apoyado por otros asociados del Instituto Claremont, desempeñó un papel destacado en la organización del asalto MAGA al Capitolio en Washington, D.C. También redactó los memorandos clave destinados a presionar al vicepresidente Mike Pence para que invalidara las elecciones de 2020 en un intento de revertir la derrota de Trump frente a Joe Biden. Todo ello le valió al Claremont la reputación de «cerebro» del intento de golpe de Estado del 6 de enero23.

El Instituto Claremont se convertiría en el principal incubador intelectual de Trump II. Más de una docena de expertos asociados al Claremont y antiguos becarios del mismo aparecen regularmente en Fox News. Entre ellos se encuentran, además de Eastman, personalidades como Michael Anton, miembro senior de Claremont y alto cargo del Departamento de Estado de Trump; Christopher Caldwell, editor colaborador de la Claremont Review of Books y comentarista supremacista blanco; Brian T. Kennedy, expresidente de Claremont y actual miembro de su junta directiva, y presidente del Comité sobre el Peligro Actual, que promueve un nuevo macartismo; Charles R. Kesler, editor de Claremont Review of Books y principal defensor de una «guerra civil fría»; Charlie Kirk, antiguo miembro de Claremont Lincoln y fundador y director ejecutivo de Turning Point USA (TPUSA), con su «lista de profesores vigilados» y su rama evangélica, TPUSA Faith; John Marini, miembro senior de Claremont y destacado intelectual de derecha crítico del «Estado administrativo»; y Christopher F. Rufo, antiguo miembro del Claremont Lincoln Fellow y conocido experto en contra de la CRT.

Anton, antiguo director general de inversiones de BlackRock y actualmente investigador senior del Instituto Claremont, fue asistente adjunto del presidente y asesor adjunto de seguridad nacional para la comunicación estratégica en el Consejo de Seguridad Nacional durante la primera administración de Trump.24 Actualmente es director de planificación de políticas en el Departamento de Estado de los Estados Unidos bajo Marco Rubio. Fue Anton, más que ninguna otra figura, quien conectó al Instituto Claremont con MAGA y la derecha alternativa. Su artículo de 2016 en Claremont Review of Books, «The Flight 93 Election» (Las elecciones del vuelo 93), en el que utilizaba la metáfora de los pasajeros que irrumpieron en la cabina del piloto del vuelo terrorista del 11 de septiembre de 2001, se hizo viral y desempeñó un papel importante en la movilización del apoyo militante a la campaña de Trump. En él, Anton declaraba que las elecciones de 2016 eran unas «elecciones de asaltar la cabina o morir», en las que «puede que muera de todos modos» en el intento, pero si Hillary Clinton resultaba elegida, «la muerte era segura». Aunque el artículo era inconexo, incoherente e ilógico, la metáfora se popularizó, catapultando a Anton al estrellato de la derecha y llevándole a ser nombrado miembro del Consejo de Seguridad Nacional de Trump con el apoyo del multimillonario tecnológico de derecha Peter Thiel.25

En 2019, Anton publicó After the Flight 93 Election… And What We Still Have to Lose (Después de las elecciones del vuelo 93… Y lo que aún tenemos que perder), en el que enfatizaba la necesidad de una guerra contra toda la izquierda, lo que le valió los elogios de Trump. A este le siguió en 2020 su libro The Stakes: America at the Point of No Return (Lo que está en juego: Estados Unidos en el punto de no retorno), en el que proponía que, idealmente, se detuviera por completo la inmigración y se suprimiera inmediatamente la ciudadanía por nacimiento (la ciudadanía por el simple hecho de haber nacido en Estados Unidos, aunque no sea de padres estadounidenses). China era el enemigo principal, mientras que se debía hacer las paces con Rusia. Esta última, explicaba Anton, pertenecía a la misma «secta civilizatoria» que Estados Unidos y Europa, «de una manera que China nunca lo haría». Sin embargo, The Stakes, de Anton, es más conocido por su defensa explícita de un «cesarismo rojo [es decir, republicano o de derecha]», en el que la presidencia se convertiría en una «forma de monarquía absoluta» o «gobierno de un solo hombre» que contaría con un amplio apoyo popular, una posición que siguió inmediatamente después en su libro con la exhortación a «reelegir a Trump». Solo cuando fuera elegido, Trump se declararía César.26

En una reseña sobre «Draining the Swamp» en la Claremont Review of Books, Anton popularizó Unmasking the Administrative State, de Marini. El análisis de Marini se considera una validación de la interpretación conservadora de Alexandre Kojève de la filosofía idealista alemana de G. W. F. Hegel, que, desde el punto de vista de la derecha, se considera una justificación del gobierno autocrático burgués como fin de la historia. Aplicado a las instituciones contemporáneas, los señores burocráticos del Estado administrativo deben considerarse la «clase dominante». Marini y Anton sostienen, por tanto, que es necesario que Trump destruya el Estado administrativo y lo sustituya por un gobierno más centralizado. Estas mismas opiniones llevaron al juez del Tribunal Supremo de los Estados Unidos Clarence Thomas, que en una etapa anterior de su carrera había contratado a Marini como asistente especial, a exclamar: «¡Debemos leer a Marini!».27

Anton ha declarado que para ganar «necesitamos blogueros, creadores de memes, trolls de Twitter, artistas callejeros, cómicos, propagandistas, teólogos, dramaturgos, ensayistas, novelistas, mercenarios, publicistas e intelectuales», además de Trump y capitalistas de ideas correctas. 28 Su acto más iconoclasta dentro del propio Instituto Claremont fue escribir un artículo sobre el propagandista fascista nietzscheano de la derecha alternativa Bronze Age Pervert (conocido como BAP, ahora revelado como el rumano-estadounidense Costin Vlad Alamariu, que obtuvo un doctorado en Yale), autor de Bronze Age Mindset. El papel de Anton, en un artículo de 2019 de Claremont Review of Books titulado «Are the Kids Al(t) Right?», fue introducir a BAP/Alamariu en la corriente principal del MAGA en un esfuerzo por atraer a la juventud blanca desencantada al movimiento neofascista. Señalando que BAP ofrecía en su libro autoeditado Bronze Age Mindset un «pastiche simplificado de Friedrich Nietzsche», que había «entrado en el top 150 de Amazon, y no en alguna categoría de Amazon, sino en el sitio en su conjunto», Anton argumentó que esto representaba una oportunidad para que la derecha MAGA dominara el discurso juvenil underground. BAP caracterizó a las élites liberales, los intelectuales, los pensadores de izquierda y la población en general como «hombres insecto», sin heroísmo, similares al «último hombre» de Nietzsche. Los seres humanos en general eran retratados como pertenecientes a una mera vida «levadura». La solución residía en el culturismo masculino a través del levantamiento de pesas y el cultivo de la imagen de los héroes griegos de la Edad del Bronce. BAP es un supremacista blanco que enfatiza la pureza aria y los ataques viles contra las poblaciones diversas en todas partes. Como admitió el propio Anton, «las objeciones más fuertes y fáciles de hacer a Bronze Age Mindset son que es «racista», «antisemita», «antidemocrática», «misógina» y «homófoba», lo que la hace más «escandalosa» que Nietzsche. Sin embargo, pretende que el BAP es «más suave» que pensadores como Karl «Marx, [V. I.] Lenin, Mao [Zedong]… [Che] Guevara, [Saul] Alinsky y Foucault, o cualquier número de fanáticos cuyas diatribas se enseñan en las universidades de élite». Al final, Anton subrayó la importancia de los ataques de BAP contra los «bugmen» y los «bugtimes», incorporando sus opiniones al MAGA.29

Un estudio de Bronze Age Mindset revela referencias venenosas a «los barrios marginales del mundo de mierda» y ataques, citando a Nietzsche, a «los modos de vida prearios, el retorno del socialismo, de las casas comunales, el feminismo» y «las sectas marxistas satánicas». El general ateniense Alcibíades, los conquistadores Hernán Cortés y Francisco Pizarro, Napoleón Bonaparte, Theodore Roosevelt, Alfredo Stroessner (antiguo dictador de Paraguay) y, especialmente, Bob Denard (un brutal mercenario francés del siglo XX activo en el Congo y las Islas Comoras) son los modelos de BAP para el regreso en la era moderna de los humanos arios de la Edad de Bronce. El presidente favorito de BAP, antes de Trump, es James K. Polk, quien inició la guerra entre México y Estados Unidos. La «población blanca» de Estados Unidos, escribe, se apoderó de México «gracias a su valor». El feminismo es considerado una abominación. «Nunca se ha intentado nada tan ridículo como la liberación de las mujeres en la historia de la humanidad», declara BAP/Alamariu, que describe como un intento de «volver al matriarcado preario». Añade: «La justicia social es un parasitismo repugnante». Las ciudades actuales, sometidas a oleadas de inmigrantes, están «pobladas por hordas de zombis enanos importados de las letrinas infestadas de moscas del mundo para servir de mano de obra esclava y agitación política». Afirma abiertamente: «Creo en el fascismo o en algo peor». Por todas estas razones, según BAP, hay que apoyar a Trump en su conquista del Gobierno. Insiste en que hay que aplastar al «Leviatán» del Estado administrativo dominado por los «hombres insecto» para crear un nuevo «orden primigenio». Con el apoyo de Anton y otros, BAP fue reconocido como una especie de influencer nietzscheano del inframundo detrás del movimiento MAGA, atractivo para los jóvenes blancos regresivos. Se convirtió en lectura prácticamente obligatoria para los jóvenes empleados blancos de la primera administración Trump.30

El propio Anton fue animado a leer BAP por el autodenominado pensador de la «Ilustración Oscura» Curtis Yarvin, un neofascista cercano tanto a Anton como a Vance (el heredero aparente de MAGA). Al igual que Vance y Anton, Yarvin cuenta con el firme apoyo del multimillonario de Silicon Valley Thiel. Yarvin también es admirado abiertamente por el asesor de Trump y capitalista de riesgo de Silicon Valley Marc Andreessen por sus opiniones antidemocráticas. Vance llama a Yarvin, a quien también se ha referido en bromas amistosas como «fascista», «mi influencia política número uno». En el mundo MAGA, Yarvin sigue siendo una figura enigmática, a pesar de haber articulado las estrategias más reaccionarias del régimen de Trump. Es un exprogramador informático y bloguero de derecha que escribe bajo el seudónimo de Mencius Moldbug y defiende la «Ilustración Oscura» o movimiento neorreaccionario («NRx»). Tucker Carlson dedicó un programa completo a entrevistar a Yarvin en 2021. Es conocido por sus argumentos antidemocráticos y su insistencia en que el presidente puede establecerse como «director ejecutivo nacional» o incluso «dictador», concentrando todo el poder en el poder ejecutivo y sustituyendo al sistema legal y a los tribunales, mientras se pasa de un «Congreso oligárquico» a un «presidente monárquico». Los estadounidenses, insiste, «van a tener que superar su fobia a los dictadores».31

Yarvin ha convertido en arma arrojadiza la obra de J. R. R. Tolkien El señor de los anillos, en la que ve a la élite izquierdista o a la clase profesional-gerencial como una «aristocracia élfica», a la «clase media-baja» como «hobbits» y a los «elfos oscuros» como él mismo como defensores de los hobbits. Al igual que Steve Bannon, el exjefe de gabinete de Trump, con quien se identifica, Yarvin se ve a sí mismo como un defensor del MAGA; pero, a diferencia de Bannon, resta importancia a la contradicción entre las fuerzas MAGA de la clase media-baja y los multimillonarios capitalistas monopolistas de la cima. La verdadera lealtad de Yarvin es hacia los multimillonarios, más que hacia la clase media-baja. De hecho, niega ser un verdadero fascista, a pesar de que se ha aplicado a sí mismo la etiqueta de fascista, caracterizándose más bien como un partidario más directo de la dictadura (o la monarquía), ya que siente un desprecio absoluto por las masas. Sin embargo, Yarvin afirma con sarcasmo: «Francamente, Hitler se parece mucho a mí», aunque reconoce que era más talentoso y más malvado.32

Ampliamente considerado como una figura en gran parte clandestina que ha ayudado a manipular el sistema a favor de Trump, Yarvin ha proporcionado el plan general para una presidencia imperial. Sostiene que el poder real está en manos de una «oligarquía» (que se distingue de la noción clásica de oligarquía basada en la riqueza) formada por personas que controlan los medios de comunicación y las universidades, lo que constituye la «Catedral». La Catedral solo puede ser derrocada por un monarca o un dictador que actúe como director ejecutivo. Una vez elegido Trump, sostenía Yarvin, podría purgar la burocracia federal (lo que Yarvin denomina «RAGE», o jubilación de todos los empleados públicos) alegando que tenía un mandato electoral que le permitía transgredir la ley y someter tanto a los tribunales como al Congreso. Todas las órdenes judiciales que exigieran al presidente desistir deberían ser ignoradas. Las grandes empresas de medios de comunicación y las universidades deberían cerrarse. En un podcast, Anton le dijo a Yarvin: «Básicamente, usted está defendiendo que alguien —una estrategia muy antigua— obtenga el poder de forma legal a través de unas elecciones y luego lo ejerza de forma ilegal». Yarvin respondió: «No sería ilegal. Simplemente se declararía el estado de emergencia en el discurso de investidura». El presidente podría aplicar esto a todos los estados y «tomar el control de todas las autoridades policiales». Al igual que Anton, Yarvin declaró sobre el presidente: «Va a ser César».33

Anton ha afirmado que las universidades son «malvadas», una postura firmemente respaldada por Rufo, exdirector del Discovery Institute (creacionista) y miembro del Claremont Lincoln Fellow.34 Rufo es muy celebrado en los círculos MAGA por sus grandes hazañas propagandísticas al convertir la CRT y la DEI en conceptos tóxicos en la mente del público. Actualmente es investigador principal del Manhattan Institute for Policy Research y editor colaborador de su revista City Journal. En «Critical Race Theory: What It Is and How to Fight It» (Teoría crítica de la raza: qué es y cómo combatirla), publicado en Imprimis de Hillsdale, Rufo argumentó que la CRT era producto del marxismo cultural y del «marxismo identitario». En lo que se ha convertido en un elemento fundamental de la ideología MAGA, sostiene que los marxistas de hoy en día son todos teóricos de la identidad y se oponen a la «igualdad», sustituyéndola por la «equidad», que es «poco más que marxismo reformulado». La CRT, afirma, promueve la «neo-segregación». Viola el principio de los derechos civiles y es discriminatoria a través de sus políticas anti-blancas. De esta manera, la ley de derechos civiles se reorienta contra las minorías raciales. Rufo asocia la CRT y el BLM con el anticapitalismo y el racismo inverso. Sus ataques a la CRT influyeron en los ataques de Trump contra ella en su primera administración.35

Más recientemente, Rufo ha abogado por «sitiar las instituciones». Esto incluye atacar a cualquier empresa que haya instituido políticas de DEI, consideradas producto del marxismo cultural, la CRT y el BLM, una visión neomccarthista compartida por el gobernador de Florida, Ron DeSantis. Los principales objetivos son la «teoría radical de género» y lo que Rufo denomina «el imperio transgénero». Sostiene que «debemos luchar para acabar con el imperio transgénero para siempre». Rufo y la derecha MAGA arremeten contra el «cartel universitario» y sostienen que la reeducación de la educación primaria y secundaria debe comenzar con la promoción de la «civilización occidental».36

Uno de los críticos más acérrimos de la diversidad en la derecha MAGA es Caldwell, quien en su artículo «The Browning of America» (El oscurecimiento de Estados Unidos) sostiene que «la diversidad ha sido [siempre] un atributo de las poblaciones sometidas». Por lo tanto, reconocerla como base de la política social va en contra de los principios de los fundadores de la Constitución de los Estados Unidos. En un artículo sobre Robert E. Lee, Caldwell argumentó que las críticas de la izquierda al comandante de las fuerzas confederadas como defensor del Sur esclavista, y por lo tanto de la esclavitud, tenían como objetivo eliminar a Lee como «la fuerza moral de la mitad de la nación».37

El editor de Claremont Review of Books, Kesler, miembro de la Comisión 1776 sobre la Historia de los Estados Unidos de Trump, tenía la intención de contrarrestar el Proyecto 1619 sobre la historia de la esclavitud en los Estados Unidos, y ha sido una figura destacada en la promoción de la noción MAGA de una Guerra Civil Fría entre la derecha y las llamadas fuerzas dominantes de la izquierda. El término «woke», que surgió por primera vez en el movimiento por los derechos civiles, ha sido masivamente tergiversado por la derecha desde 2019, apoyándose en el control conservador de los medios de comunicación, para referirse de forma despectiva a todas las causas políticas y culturales progresistas contemporáneas. Se emplea como medio para menospreciar las luchas por la justicia social contra el racismo y la desigualdad de género, mientras que su uso más común es como silbido racista.38

La Guerra Fría Civil de la ideología MAGA está estrechamente ligada a los ataques contra China. Como presidente del Comité sobre el Peligro Actual (del que Bannon es miembro), Brian Kennedy, miembro de la junta directiva del Instituto Claremont, forma parte de un movimiento para generar un nuevo macartismo centrado en Pekín. Afirmando que el comunismo chino se ha infiltrado en la sociedad estadounidense bajo el disfraz del BLM, escribe: «Hoy corremos el riesgo de perder una guerra porque muy pocos de ustedes saben que estamos enfrentados a un enemigo, el Partido Comunista Chino (PCCh) [sic], que quiere destruirnos».39

Los nacionalistas cristianos también están siendo reclutados para la Guerra Civil Fría/Nuevo Macartismo. La organización Turning Point USA, de Kirk, se hizo famosa en 2016 por su «lista de profesores vigilados», en la que se señalaba a académicos de todo el país, en su mayoría de izquierdas, para que fueran objeto de ataques por parte de la derecha al estilo mccarthista. Kirk, que también formó parte de la Comisión 1776 de Trump, se ha convertido ahora en un importante «susurrador» de la juventud, en el que destaca la «guerra contra los blancos» y fomenta el nacionalismo blanco. Su organización, en colaboración con el Instituto Claremont, transportó en autobús a seguidores de MAGA a la protesta y el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021. Yarvin, que ha descrito la esclavitud «como una relación humana natural» y ha promovido el determinismo biológico y la monarquía, fue elogiado efusivamente por Kirk en su programa de radio y podcast, junto con el supremacista blanco Steve Sailer. Kirk es autor de Right Wing Revolution: How to Beat the Woke and Save the West, publicado en 2024. Según la sinopsis de la editorial, «Estados Unidos… se encuentra amenazado por una ideología letal que busca humillar y borrar a cualquiera que no se incline ante su altar… Kirk saca el wokeismo de las sombras y detalla los pasos exactos necesarios para detener su propagación tóxica», que «ya se ha infiltrado en todos los aspectos de la sociedad estadounidense».40

Más recientemente, Kirk se ha transformado en el principal promotor del nacionalismo cristiano evangélico dentro del movimiento MAGA, creando una división de Turning Point USA llamada TPUSA Faith dirigida a los evangélicos blancos. Kirk sostiene que los fundadores de Estados Unidos crearon una nación cristiana y defiende el mandato de las Siete Montañas del nacionalismo cristiano evangélico extremo, según el cual los creyentes deben buscar dominar toda la realidad, incluyendo la familia, la religión, la educación, los medios de comunicación, las artes, los negocios y el gobierno. Esto está vinculado a las visiones del fin del mundo y el apocalipsis religioso (Segunda Venida). Kirk ha tratado de promover el odio hacia las personas LGBTQ+ y transgénero con el fin de motivar al movimiento evangélico a asumir un papel político más directo.41

El director de la OMB, Vought, es sin duda el nacionalista cristiano más poderoso dentro de la propia administración Trump. En un artículo escrito en 2022 para The American Mind, del Instituto Claremont, Vought afirmó que el Centro para la Renovación de Estados Unidos, que él mismo fundó en 2021, había demostrado, basándose en supuestos argumentos jurídicos, que «los extranjeros ilegales que cruzan» la frontera entre Estados Unidos y México constituyen «una invasión», lo que permite a los gobernadores de los estados, que, según el artículo 1, sección 10, cláusula 3, de la Constitución de Estados Unidos, no pueden «participar en la guerra a menos que sean invadidos», actuar por la fuerza contra estos «invasores», independientemente del Gobierno federal. no pueden «entrar en guerra a menos que sean invadidos», a actuar por la fuerza contra estos «invasores», independientemente del Gobierno federal. 42 Como organización nacionalista cristiana, el Center for Renewing America es rotundamente antipalestino y se opone a cualquier intento de permitir que los palestinos emigren a Estados Unidos, argumentando que «sería difícil identificar un pueblo o una cultura más fundamentalmente en desacuerdo con los fundamentos del autogobierno estadounidense que los palestinos», que tienen «una cultura venenosa para la salud y la integridad de las comunidades estadounidenses» y cuya ideología, a pesar de las afirmaciones contrarias de los «marxistas interseccionales», tiene como objetivo la aniquilación total de Israel. El Center for Renewing America de Vought está firmemente a favor de la expulsión de la población palestina de Gaza y su reasentamiento en los territorios de la Liga Árabe.43

Los movimientos de género fascista a menudo se han basado en cambios oportunistas de izquierda a derecha. Un ejemplo clásico de ello es el pensador izquierdista italiano Enrico Ferri, un pseudosocialista reaccionario que fue duramente atacado por Frederick Engels y que más tarde se convirtió en seguidor de Benito Mussolini.44 El principal vehículo intelectual de la llamada «izquierda» con la ideología MAGA, que opera en lo que se presenta como una vena antiliberal común, es la revista Compact, cofundada por el derechista iraní-estadounidense y ex trotskista Sohrab Ahmari, estrecho colaborador de Vance y ahora editor en Estados Unidos de UnHerd, y por el nacional-populista Edwin Aponte, editor de Bellows, una publicación al estilo MAGA. La revista Compact fue descrita en su día en Jacobin como una revista «sincretista» tanto de izquierda como de derecha.45 Sin embargo, en lugar de representar una especie de punto de encuentro entre la izquierda y la derecha, apoya firmemente a Trump y a Vance, al tiempo que consigue atraer a antiguos colaboradores de izquierda, como Christian Parenti y Slavoj Žižek (editor colaborador), a una publicación en la que las opiniones pro-MAGA son hegemónicas. 46 Yarvin, Anton, Caldwell y Rufo han escrito múltiples artículos para Compact sobre temas como el nihilismo de la clase dirigente de izquierda, el marxismo cultural, la CRT, el desmantelamiento del Estado administrativo y el apoyo al gobierno ultraconservador de Viktor Orbán en Hungría y a la neofascista Alternativa para Alemania (AfD) en Alemania.47

Parenti, que en su día fue un conocido periodista de izquierdas, escribe habitualmente para Compact. Sus columnas han apoyado el nombramiento por parte de Trump de Kash Patel como director del FBI y de Robert F. Kennedy Jr. como secretario de Salud. También ha escrito columnas en las que afirma que Trump es un antiimperialista y que «la diversidad es una ideología de la clase dominante». Desde la reelección de Trump, Parenti ha presentado a Trump y a algunos de sus jefes de departamento (Kennedy, Patel y Tulsi Gabbard, directora de Inteligencia Nacional de Trump) como posibles oponentes del «Estado profundo» o Estado de vigilancia e inteligencia, y por lo tanto en línea con la izquierda en este aspecto. Sin embargo, se trata de una grave percepción errónea de la naturaleza del propio régimen de Trump/MAGA, que no tiene nada que ver con la apertura o el control democrático, sino que está sentando las bases para su propio gobierno directo.48

Žižek ha utilizado Compact como un foro en el que abordar los temas más reaccionarios. Así, en un artículo titulado «Wokeness Is Here to Stay» (La conciencia social ha llegado para quedarse), presentó un argumento transfóbico en el que declaraba que «el uso de bloqueadores de la pubertad es otro caso más de capitalismo woke». En este mismo artículo anti-woke, Žižek generalizó a partir de la experiencia de un profesor negro que fue duramente criticado por sus alumnos desde un punto de vista afropesimista (como se detalla en otro artículo de Compact). A partir de ahí, Žižek pasó a hacer una declaración extraordinariamente cargada de racismo, dirigida a un público reaccionario mayoritariamente blanco, en la que afirmaba que «la élite woke negra es plenamente consciente de que no logrará su objetivo declarado de disminuir la opresión negra, y ni siquiera lo desea. Lo que realmente quieren es lo que están consiguiendo: una posición de autoridad moral desde la que aterrorizar a todos los demás».49

El editor jefe de la revista Compact, Geoff Shullenberger, se ha especializado en llevar las ideas del BAP a la corriente principal del MAGA, tanto en Compact como en otros medios. Shullenberger es también coeditor de COVID-19 and the Left: The Tyranny of Fear, en el que se opone a los confinamientos, las vacunas obligatorias y el uso de mascarillas como respuesta a la COVID-19, por considerarlos fruto del extremismo de la izquierda. Mientras tanto, la columnista de Compact y partidaria «populista» de MAGA Batya Ungar-Sargon, autora de Bad News: How Woke Media is Undermining Democracy (2021), fue nombrada en 2025 subdirectora de opinión de Newsweek.50

Los think tanks de MAGA son producto de la financiación de grandes intereses capitalistas y, a menudo, promueven una ideología libertaria, pero la fusionan con la necesidad de llegar a la clase media-baja blanca con su perspectiva reaccionaria, nacionalista-populista, revanchista, racista, misógina y antisocialista, como forma de desarrollar una base electoral masiva. La ideología MAGA resultante se difunde a través de medios de comunicación más amplios, como Fox News, la radio, las redes sociales, los vídeos de YouTube, los blogs y los podcasts. El influyente sitio web de infoentretenimiento Breitbart, dirigido en su día por Bannon, ha publicado numerosos artículos en los que ataca el marxismo cultural y se especializa en ataques sensacionalistas contra la izquierda. El editor senior de tecnología de Breitbart, Allum Bokhari, antiguo miembro del Claremont Lincoln Fellow, ha escrito para Imprimis, de Hillsdale, sobre la necesidad de que la derecha controle las grandes tecnológicas, en la línea de lo que posteriormente ha aplicado Musk en X.51

El miembro del Claremont Lincoln Fellow Raheem J. Kassam, antiguo jefe de gabinete del líder del Brexit Nigel Farage y aliado de Bannon, es el antiguo editor jefe de Breitbart London. Más recientemente, Kassam ha copresentado el programa de radio/podcast MAGA de Bannon, «War Room». En 2018, Kassam se convirtió en redactor jefe del sitio web de noticias trumpista National Pulse y aparece con frecuencia como comentarista «experto» en Fox News, donde ha debatido «¿Cómo cayó Estados Unidos al marxismo?».52

Los análisis de MAGA también se difunden a través de la publicación de libros conservadores. El best seller de Rufo, America’s Cultural Revolution: How the Radical Left Conquered Everything (La revolución cultural de Estados Unidos: cómo la izquierda radical lo conquistó todo) (2023), y The MAGA Doctrine (La doctrina MAGA) (2020), de Kirk, fueron publicados por Broadside Books, el sello editorial de HarperCollins para libros de no ficción ultraconservadores, que absorbió la marca de libros de Fox News. Las cinco grandes editoriales en lengua inglesa tienen sellos editoriales distintos dedicados íntegramente a libros ultraconservadores dirigidos a los republicanos supremacistas blancos/MAGA.53 After the Flight 93 Election, de Anton; Crisis of the Two Constitutions: The Rise, Decline, and Recovery of America’s Greatness (2021), Communist China’s War Inside America (2020), de Kennedy, y Bad News, de Ungar-Sargon, fueron publicados por Encounter Books, fundada por la derechista Bradley Foundation, financiadora del Claremont Institute. Fundada en 1998, Encounter Books tomó deliberadamente su nombre de la revista pseudoliberal Encounter, que fue desenmascarada en la década de 1970 por Ramparts como una publicación financiada por la CIA. El libro de Kirk Right Wing Revolution: How to Beat the Woke and Save the West (2024) fue publicado por Winning Team Publishing, cofundada en 2021 por Donald Trump Jr.54

Todos los nuevos conceptos y temas de debate de la derecha terminan en las redes sociales. Como afirmó el presentador de Fox News Jesse Watters: «Estamos librando una campaña de guerra informativa del siglo XXI contra la izquierda. Es como una guerra de guerrillas de base. Alguien dice algo en las redes sociales, Musk lo retuitea, [Joe] Rogan lo difunde en su podcast, Fox lo emite y, cuando llega a todo el mundo, millones de personas lo han visto».55

División en las filas

Los ideólogos más extremos de MAGA, como Bannon, Yarvin y Anton, son muy conscientes de que el movimiento nacionalista-populista MAGA tiene sus raíces en la clase media-baja blanca (a la que el movimiento neofascista tanto en Europa como en Estados Unidos suele referirse como «hobbits»), y solo de forma secundaria en los elementos privilegiados de la clase trabajadora. Los think tanks de MAGA suelen mostrar un desprecio apenas disimulado por los «lumpen», el «proletariado armado con horcas» o los «proles», es decir, la clase trabajadora. 56 En la literatura principal de MAGA, que se entiende como arraigada en una frágil alianza nacional-populista entre la clase multimillonaria y la clase media-baja, ambas de las cuales ven a la clase trabajadora como su enemigo más peligroso (superando incluso su odio hacia el estrato profesional-gerencial de la clase media-alta), casi no hay referencias positivas a la clase trabajadora ni intentos de acercarse a los desfavorecidos. Financiados por los megamillonarios y dedicados a la idea, como dice Anton, de que «la raza prevalece sobre la clase», los expertos e influencers de MAGA son incapaces de abordar directamente la cuestión de la mayoría obrera sin socavar su pretensión de un populismo amplio. El resultado es que apelan principalmente a la blancura y a la «América media».57 Se hacen referencias ocasionales a los camioneros que llevan gorras de MAGA y a otros trabajadores, pero esto solo constituye un vano intento de eludir la realidad de un bloque político que está compuesto en gran parte por la clase media-baja y un número relativamente pequeño de trabajadores privilegiados. Aunque Bannon, que representa a la derecha radical de MAGA, se refiere a los trabajadores, siempre lo hace en un contexto en el que la clase media-baja tiene un peso mayor.58

Esta división de clase fundamental se mantendrá. Aunque Trump obtuvo algunos avances entre los trabajadores manuales en las elecciones de 2024, especialmente en las zonas rurales, su base política sigue siendo la clase media-baja, que en gran parte es hostil hacia la clase trabajadora que se encuentra por debajo. El programa de Trump está destinado a golpear más duramente a la clase trabajadora en términos económicos.59 Fue Anton quien realizó el intento ideológico más serio para escapar de esta trampa en un artículo publicado en Compact titulado «Por qué el Gran Reinicio no es «socialismo»», en el que trató de examinar la teoría marxista y darle la vuelta. Así, caracterizó a los oligarcas multimillonarios de Silicon Valley, al estilo de la derecha alternativa, como la «izquierda», el enemigo del populismo de derecha. Además, aunque reconocía que el movimiento MAGA se basaba fundamentalmente en la clase media-baja, la clase media y los pobres, su base «natural» debía buscarse en última instancia en la mayoría a la que se refería con sarcasmo como los «proles». 60 Sin embargo, todo su esfuerzo en este sentido fracasó ante la realidad ineludible de una alianza neofascista entre los multimillonarios y la clase media-baja, que consideran a la clase trabajadora diversa como su enemigo definitivo. Además, el contradictorio intento de Anton de crear un populismo de derecha que incorporara a la clase trabajadora y se dirigiera contra los oligarcas multimillonarios estaba en contradicción con su propio papel como miembro del establishment de la seguridad nacional, dominado por la clase megacapitalista, que le había llevado a codearse con algunos de sus principales actores. Por lo tanto, rápidamente cambió de rumbo. Aunque siguió criticando a los «oligarcas», estos fueron remodelados, de acuerdo con la ideología hegemónica del MAGA, como miembros del Estado administrativo, y dejaron de ser intereses del gran capital.

Sin embargo, si el movimiento MAGA de masas, con su racismo y su perspectiva basada en la pequeña propiedad, es intrínsecamente antiobrero, aunque haya atraído a un número significativo de votantes de clase obrera, también se encuentra en conflicto con los intereses ultra ricos que lo han financiado y movilizado, lo que lo convierte en un movimiento peligroso desde el punto de vista del propio capitalismo monopolista. Una vez alcanzado el poder político en regímenes de tipo fascista, surgen rápidamente divisiones entre las altas esferas del capital monopolista y su ejército de seguidores de la clase media-baja. Habiendo obtenido el control del Estado y de los poderes militar y policial, la clase dominante ultrarrica tiene todas las razones para deshacerse de los elementos nacionalistas más militantes —a menudo parcialmente anticapitalistas— de su base «radical de derecha». El ejemplo histórico clásico de esto fue la Noche de los Cuchillos Largos en la Alemania de Hitler, del 30 de junio al 2 de julio de 1934, en la que el ala paramilitar de camisas pardas del partido nazi, la Sturmabteilung, o «División de Asalto», conocida como sus tropas de asalto, fue sometida a una sangrienta purga. La purga estaba dirigida específicamente contra el strasserismo (llamado así por Otto y Gregor Strasser), profundamente arraigado en las camisas pardas del movimiento nazi, que era tanto antisemita como, en gran medida, anticapitalista, y pertenecía a un entorno de acción militante de masas o nacionalismo «revolucionario». La eliminación del strasserismo permitió la consolidación del fascismo como Estado capitalista monopolista reaccionario, que reprimía y regimentaba a su base pequeña burguesa.61

En las condiciones muy diferentes del movimiento neofascista MAGA en los Estados Unidos de hoy, aparecen estas mismas contradicciones generales, aunque sin la violencia extrema. Muchos de los fieles al MAGA se sorprendieron al ver su falta de representación en el gabinete de Trump tras las elecciones de 2024, en marcado contraste con las elecciones de 2016. El régimen de Trump cuenta hoy con un gabinete de multimillonarios, rodeados de otros multimillonarios. Aunque hay agentes de extrema derecha cuyas opiniones son similares a las de las masas MAGA en la segunda Casa Blanca de Trump —como Stephen Miller, que, a pesar de ser judío, parece apoyar el nacionalismo cristiano blanco y actualmente es subjefe de gabinete para políticas—, están eclipsados por los megacapitalistas. Desde el principio, quedó claro que quien estaría al mando sería el capital financiero de alta tecnología y no la base que llevaba gorras de MAGA. Como escribió Gary Stout, un abogado de Washington, en el Observer-Reporter de Pensilvania, Trump «está creando ahora una nueva élite política de oligarcas que no rinde cuentas al Congreso ni es leal a su propio movimiento MAGA».62

Esta contradicción, que divide al movimiento MAGA y al régimen de Trump, se hizo evidente de inmediato en el conflicto sobre los visados H-1B para trabajadores extranjeros. Estos visados son muy utilizados por las empresas multinacionales para contratar a trabajadores técnicos extranjeros en ocupaciones especializadas, especialmente en el sector de la alta tecnología, trayendo trabajadores cualificados con salarios relativamente bajos de la India, China y otros países. Los visados H-1B han sido muy criticados dentro del movimiento MAGA, ya que socavan los puestos de trabajo relativamente bien remunerados en Estados Unidos. Expresando la indignación de los fieles a MAGA, Bannon declaró antes de la toma de posesión de Trump que Musk, que se había pronunciado enérgicamente a favor de los visados H-1B, era «malvado» y que lo echaría de la Casa Blanca. Bannon arremetió en términos nacional-populistas contra los «oligarcas» ricos, no solo «los señores del dinero fácil», sino, lo que es más importante, los magnates tecnológicos de Silicon Valley, representantes del «feudalismo tecnológico», que ahora dominaban el movimiento MAGA y se oponían a «la revolución populista y nacionalista». La militante de MAGA Laura Loomer presentó argumentos racistas en los que declaró: «Nuestro país fue construido por europeos blancos… No por invasores del tercer mundo procedentes de la India». Al atacar abiertamente a Musk en X, Loomer se vio repentinamente desmonetizada en la plataforma.63 El hecho de que esto representara una división fundamental entre los capitalistas multimillonarios del monopolio financiero y los oligarcas de la alta tecnología en la cima y la base MAGA de clase media-baja quedó patente en un artículo de Kevin Porteus, del Hillsdale College, titulado «Putting Americans First» (Los estadounidenses primero), publicado en The American Mind. En él, defendía que «America First» debería significar «los estadounidenses… primero».64 Breitbart también publicó una serie de artículos contra los visados H-1B. Sin embargo, la rebelión sobre esta cuestión fue pronto sofocada por Trump, quien, siendo él mismo multimillonario, se puso del lado de Musk, indicando que sus propias empresas empleaban a trabajadores extranjeros con visados H-1B. Ante la división entre el capital financiero monopolista y su propio movimiento militante MAGA, Trump eligió al primero.

La fisura entre la clase dominante capitalista de multimillonarios y el movimiento neofascista sobre el terreno no hará más que ampliarse. El movimiento MAGA espera una reducción de los impuestos bajo Trump, que sin duda se producirá en parte, pero que se pagará en gran medida con recortes drásticos en los servicios sociales. Las expectativas de precios más bajos, especialmente con la imposición de nuevos aranceles, se verán frustradas. Además, como todas las reducciones fiscales bajo el capitalismo monopolista, los nuevos recortes fiscales de Trump serán muy regresivos, beneficiando sobre todo a los ricos y ampliando aún más la brecha entre la cima y la base de la sociedad estadounidense. Los recortes en el gobierno civil perjudicarán a la gran mayoría de la población, incluida la clase media-baja. Con casi todo el gasto social que beneficia al 60 % más pobre de la población, incluidos Medicaid, Medicare y la Seguridad Social, ahora en el punto de mira del DOGE de Musk, es probable que la carnicería sea severa. Aunque el movimiento MAGA se caracteriza por un nacionalismo extremo, el capital financiero monopolista y sus señores de la alta tecnología están orientados a la acumulación a escala mundial y a la expropiación financiera global. Dependen de la explotación no solo del proletariado mundial, sino también de la mayor explotación y expropiación de los trabajadores estadounidenses. La aplicación de las políticas de la clase dominante en materia de globalización, financiarización, imperialismo, guerra y hiperexplotación bajo el nuevo régimen empujará inevitablemente a gran parte de la clase media-baja estadounidense de vuelta a la clase trabajadora, polarizando y desestabilizando aún más la sociedad.

El régimen neofascista de Trump es un acto desesperado de un imperio en declive. Ha suplantado al neoliberalismo solo en el sentido de que la derecha de la clase dominante ahora está al mando directo y abierto del Estado, buscando reestructurarlo como vehículo de una hegemonía resurgente. El conflicto entre el neofascismo, como proyecto capitalista global más regresivo diseñado para preservar y reforzar el poder de los capitalistas dominantes con sus intereses globales, por un lado, y el movimiento nacional-populista de la derecha radical MAGA, centrado principalmente en la conquista del Estado administrativo, por otro, significa que los intereses megacapitalistas traicionarán continuamente a la base «populista» de MAGA, considerada como mera carne de cañón en la Guerra Civil Fría.

Trump nombró al multimillonario Vivek Ramaswamy codirector de DOGE junto con Musk. Ramaswamy es el fundador de la gigantesca empresa farmacéutica Roivant Sciences y autor del libro superventas de 2023 Woke Inc.: Inside Corporate America’s Social Justice Scam. Dimitió de su cargo en DOGE para presentarse a gobernador de Ohio. Con la marcha de Ramaswamy, Musk quedó como único poder en DOGE. Ramaswamy ha desempeñado un papel destacado en los ataques contra los criterios ESG y DEI de las empresas. Reconociendo que las empresas habían introducido cada vez más programas ESG y DEI limitados en respuesta a cuestiones medioambientales y sociales, los expertos de la derecha MAGA, incluido el oportunista plutócrata Ramaswamy, lograron convertir la existencia de dichos programas en una cuestión moral «anticorporativa» muy popular. El resultado es que muchas empresas, no de mala gana, han dado marcha atrás para alinearse con Trump. Algunas han eliminado la «diversidad» y la «equidad» de la DEI, mientras que hipócritamente mantienen la «inclusión».65

La arrogancia de los oligarcas capitalistas y sus gestores se puede ver en el ascenso de Thiel como figura dominante en el entorno de Trump, sin duda la figura más poderosa relacionada con el régimen, con la excepción de Musk (y el propio presidente). En 2022, Thiel se caracterizó a sí mismo como líder de una «Alianza Rebelde», como en Star Wars, que lucha contra los «soldados imperiales» del establishment estadounidense y está involucrado en una lucha cuyo objetivo final es China. 66 En 2009, declaró: «Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles», lo que le llevó a rechazar abiertamente esta última.67 Actualmente está vinculado a seis miembros del Consejo de Seguridad Nacional que le deben favores económicos y políticos y forman parte de su red industrial: Vance (cuya campaña política fue financiada por Thiel), el secretario de Defensa Pete Hegseth (asociado a la red militar y tecnológica de Thiel), el secretario de Energía, Chris Wright (que forma parte del consejo de administración de la startup energética Oklo, en la que Thiel es uno de los principales inversores), el asesor de Seguridad Nacional, Mike Waltz (cuya campaña en Florida en 2022 fue financiada por Thiel), Rubio (cuya candidatura a la reelección en 2022 fue financiada por Thiel) y la jefa de gabinete de la Casa Blanca, Susie Wiles (que figura en la nómina del comité de acción política Saving Arizona, financiado por Thiel).68

Thiel, al igual que Musk, Ramaswamy y el propio Trump, defiende los intereses de los «amos del universo».69 A pesar de la ideología libertaria y el espíritu neofascista, hay pocos vínculos materiales entre los plutócratas financieros y la clase media-baja. Dado que la llamada destrucción del Estado administrativo está conduciendo a un control más centralizado y monopolista del Estado en interés de los plutócratas, la traición del movimiento MAGA sobre el terreno es palpable.

Otra contradicción del movimiento MAGA radica en su promoción del nacionalismo cristiano blanco, que divide al movimiento evangélico. Las encuestas a pie de urna indican que alrededor del 80 % de los votantes evangélicos blancos apoyan a Trump. Sin embargo, la congelación de la USAID por parte de Trump y Musk generó una fuerte oposición por parte de los grupos de ayuda afiliados al cristianismo. La profunda división resultante en los círculos conservadores influyó sin duda en la decisión del Tribunal Supremo de Estados Unidos de revocar la suspensión de la ayuda exterior. La creación por parte de Trump de una Oficina de Fe en la Casa Blanca, dirigida por la controvertida televangelista Paula White-Cain, conocida por su promoción del «evangelio de la prosperidad» orientado al capitalismo, junto con la creación de un grupo de trabajo dirigido por la fiscal general Pam Bondi, destinado a poner fin al «sesgo anticristiano», han alterado la tradicional separación entre la Iglesia y el Estado. Esta instrumentalización del evangelismo para reforzar un nacionalismo cristiano dirigido a apoyar al Estado MAGA ha provocado críticas cada vez más amplias dentro de las comunidades evangélicas y cristianas en general.70 El redoblado apoyo de Trump al exterminio de los palestinos por parte de Israel es impopular entre los evangélicos más jóvenes, que rechazan cada vez más el sionismo cristiano.

El ataque más potente desde dentro del evangelismo ha surgido de predicadores como Jonathan Wilson-Hartgrove, subdirector de asociaciones y becas del Century of Public Theology and Public Policy de la Universidad de Yale, en su libro de 2018 Reconstructing the Gospel: Finding Freedom from the Slaveholder Religion (Reconstruir el Evangelio: encontrar la libertad de la religión esclavista). En estrecha colaboración con el ministro protestante William Barber II, copresidente de la Campaña de los Pobres, Wilson-Hartgrove se sintió motivado por su oposición al movimiento de Trump para abordar el «pecado original» del evangelismo blanco dominante en Estados Unidos, que, más que un simple movimiento evangélico como tal, fue desde el principio una «religión de los esclavistas». Surgida dentro de la propia comunidad evangélica y aclamada por la crítica, la crítica de Wilson-Hartgrove a la religión de los esclavistas ha servido para sacar a la luz las contradicciones más agudas de la ideología nacionalista cristiana.71 Como escribió:

La triste realidad es que nosotros [los evangélicos] elegimos un bando en el siglo XIX y nuestro movimiento sigue infectado por la religión esclavista que fue financiada por los propietarios de plantaciones. Esa fe no desapareció después de la Guerra Civil, sino que se redobló y rezó por la «redención» de la Reconstrucción. Y se regocijó cuando las campañas de supremacía blanca en todo el sur recuperaron el poder y establecieron la segregación de Jim Crow. A mediados del siglo XX, cuando el equilibrio de poder se vio nuevamente desafiado por el movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos, la religión esclavista se reafirmó, criticando al Dr. King por «politizar» el evangelio y favorecer los sistemas de «ley y orden» que perpetuaban la desigualdad. La Estrategia Sureña tenía como objetivo aprovechar la religión esclavista creando una Mayoría Moral que se sintiera justificada por su apoyo al statu quo.

Donald Trump no creó la crisis a la que nos enfrentamos ahora, pero su presidencia está poniendo al descubierto la verdad sobre quiénes somos como evangélicos: no un movimiento dividido entre la izquierda y la derecha, sino un pueblo de fe que ahora debe elegir entre la religión esclavista y el cristianismo de Cristo.72

Durante «400 años», argumentó Wilson-Hartgrove, la religión de los esclavistas ha enseñado a la gente a temer a las personas de color. «Dado que el dios de la religión de los esclavistas ordenó la supremacía blanca, los blancos aprendieron a temer la igualdad y el poder político negro que desafiaba el orden social que se les había enseñado a valorar». La respuesta no es volver a la política de la «redención», argumenta, sino completar la política de la Reconstrucción.73

Traición y revuelta

El régimen de Trump es un régimen de traición. Ya está llevando al abandono de la clase media-baja, que a través del movimiento MAGA lo llevó al poder, así como a la mayoría de la clase trabajadora.74 Lo que ofrece a su núcleo electoral de clase media-baja es una especie de culturalismo nacionalista, que no es más que un velo para un sistema de control capitalista mucho más centralizado del Estado en una Casa Blanca ahora llena de multimillonarios, lo que en última instancia conduce a una mayor explotación económica y expropiación de la población subyacente. La traición material de la clase trabajadora será absoluta, tanto económica como políticamente. Para que un régimen de señores capitalistas como este pueda continuar, tendrá que aumentar la represión del cuerpo político a cada paso. Su mayor temor es que las masas enfurecidas, especialmente la mayoría de la clase trabajadora, se movilicen y se levanten en resistencia, arrastrando consigo a todos aquellos en la sociedad que están comprometidos con el gobierno democrático y la supervivencia de la humanidad frente a los crecientes peligros medioambientales.

Los éxitos políticos e ideológicos del movimiento MAGA fueron posibles en parte gracias a una izquierda liberal que abandonó a la clase trabajadora económica y políticamente bajo el manto del posmodernismo y la política identitaria, separándola de las cuestiones de la explotación, la pobreza y el declive económico y social. Esto requiere un retorno a lo que Marx llamó la «jerarquía de las necesidades», haciendo hincapié en las necesidades materiales reales, como el empleo, la sanidad, la vivienda, el libre desarrollo humano, la comunidad, el medio ambiente y el derecho a controlar el propio cuerpo, necesidades vitales para el conjunto de la población y, en última instancia, inseparables del control democrático de la sociedad.75 Desde este punto de vista, la única forma de combatir la actual tendencia reaccionaria se basa en los principios socialistas de igualdad sustantiva y sostenibilidad ecológica, anteponiendo las necesidades de la población en su conjunto y de los más oprimidos. Esta lucha tendrá que emanar principalmente de una clase obrera resurgida y reunificada, históricamente el sector más diverso, democrático y revolucionario de la sociedad, garante del futuro de la humanidad.

Notas

  1.  Matthew J. Vaeth, “Memorandum for Heads of Executive Departments and Agencies/Subject: Temporary Pause of Agency, Grant, Loan, and Other Financial Assistance Programs,” Office of Management and Budget, Executive Office of the President, January 27, 2025; Travis Gettys, “‘Reads Like a Hostage Note’: Trump Order Flagged as ‘Mass Fraud’ by Ex-Official,” Raw Story, January 28, 2025; Charles R. Kesler, “America’s Cold Civil War,” Imprimis 47, no. 10 (October 2018).

  2.  Vought quoted in Thomas B. Edsall, “‘Trump’s Thomas Cromwell’ Is Waiting in the Wings,” New York Times, February 4, 2025.

  3.  For a leading MAGA proponent of “Caesarism” as constituting the inner telos of the Trump regime, see Michael Anton, The Stakes: America at the Point of No Return (Washington DC: Regnery Publishing, 2020), 303–18.

  4.  Max Matsa, “Senate Confirms Project 2025 Co-Author as Trump Budget Chief,” BBC, February 6, 2025; Curt Devine, Casey Tolan, Audrey Ash, and Kyung Lah, “Hidden Camera Video Shows Project 2025 Co-Author Discussing His Secret Work Preparing for a Second Trump Term,” CNN, August 15, 2024; Michael Sozan and Ben Olinsky, “Project 2025 Would Destroy the U.S. System of Checks and Balances and Create an Imperial Presidency,” Center for American Progress, October 1, 2024.

  5.  Vaeth, Memorandum, “Temporary Pause of Agency Grant, Loan, and Other Financial Assistance Programs”; Melissa Quinn, Richard Escobedo, and Kristin Brown, “Trump Administration Rescinds Federal Funding Freeze Memo After Chaos,” CBS News, January 29, 2025; Daniel Barnes, Chloe Atkins, and Dareh Gregorian, “Appeals Court Rejects Trump Administration Bid to Immediately Reinstate Funding Freeze,” NBC News, February 11, 2025; Bill Barrow, “How Donald Trump and Project 2025 Previewed the Federal Grant Freeze,” Associated Press, January 28, 2025.

  6.  Cass R. Sunstein, “This Theory Is Behind Trump’s Power Grab,” New York Times, February 26, 2025.

  7.  Vaeth, Memorandum, “Temporary Pause of Agency Grant, Loan, and Other Financial Assistance Programs.”

  8.  Lance Cashion, “How to Recognize Cultural Marxism and Critical Theories,” Revolution of Man (blog), August 31, 2023; Mike Gonzalez and Katharine Cornell Gorka, NextGen Marxism: What It Is and How to Combat It (New York: Encounter Books, 2025), 15, 238, 265–69. The current right-wing attack on “Cultural Marxism” is derived from attacks on “Cultural Bolshevism” in Nazi Germany. Ari Paul, “‘Cultural Marxism’: The Mainstreaming of a Nazi Trope,” Fairness and Accuracy in Reporting, June 4, 2019, fair.org.

  9.  Trump/Vance Campaign, “Agenda 47: Protecting Students from the Radical Left and Marxist Maniacs Infecting Educational Institutions,” July 17, 2023.

  10.  Mike Gonzalez and Katharine C. Gorka, How Cultural Marxism Threatens the United States—and How Americans Can Fight It, Special Report No. 262, Heritage Foundation, November 14, 2022; Gonzalez and Gorka, NextGen Marxism; Tanner Mirrlees, “The Alt-Right’s Discourse of ‘Cultural Marxism’: A Political Instrument of Intersectional Hate,” Atlantis Journal 39, no. 1 (August 2018); Cashion, “How to Recognize Cultural Marxism and Critical Theories.” All of these works are poorly researched, poorly documented, unscholarly, and shallow, not conforming to academic standards in any way. As Baruch Spinoza said, “Ignorance is no argument.”

  11.  Gonzalez and Gorka, NextGen Marxism, 17–18, 148–99, 242.

  12.  See John Bellamy Foster, Trump in the White House (New York: Monthly Review Press, 2017), 20–22, 121.

  13.  For criticism of how white evangelical Christians in the United States have embraced a “slaveholder religion,” capitulating to the religious views propounded in the Antebellum South and in the Jim Crow period, see Jonathan Wilson-Hartgrove, Reconstructing the Gospel: Finding Freedom from Slaveholder Religion (Lisle, Illinois Inter-Varsity Press, 2020); Darrell Hamilton II, “It’s Time to Break the Chains of Slaveholder Religion,” Baptist News, September 17, 2020.

  14.  Paul M. Sweezy to Paul A. Baran, October 18, 1952, in Paul A. Baran and Paul M. Sweezy, The Age of Monopoly Capital, eds. Nicholas Baran and John Bellamy Foster (New York: Monthly Review Press, 2017), 86–87.

  15.  Franz Neumann, Behemoth: The Structure and Practice of National Socialism (New York: Oxford University Press, 1942); Doreen Lustig, “The Nature of the Nazi State and the Question of International Criminal Responsibility of Corporate Officials at Nuremberg: Franz Neuman’s Behemoth at the Industrial Trials,” Working Paper 2011/2, History and Theory of International Law Series, Institute for International Law and Justice, 2012; C. Wright Mills, White Collar: The American Middle Classes (Oxford: Oxford University Press, 1951), 350–54. On the lower-middle class/monopoly capitalist alliance in societies belonging to the fascist genus, see also Leon Trotsky, The Struggle Against Fascism in Germany (New York: Pathfinder, 1971), 455; Ernst Bloch, Heritage of Our Times (Berkeley: University of California Press, 1990), 54; Nicos Poulantzas, Fascism and Dictatorship (London: Verso, 1974); Seymour Martin Lipset, Political Man (New York: Doubleday, 1960), 134–76; Paul A. Baran (Historicus), “Fascism in America,” Monthly Review 4, no. 6 (October 1952): 181–89.

  16.  Maxine Y. Sweezy (see also Maxine Y. Woolston), The Structure of the Nazi Economy (Cambridge, Massachusetts: Harvard University Press, 1941), 27–35; Gustave Strolper, German Economy, 1870–1940 (New York: Reynal and Hitchcock, 1940), 207; Germá Bel, “The Coining of ‘Privatization’ and Germany’s National Socialist Party,” Journal of Economic Perspectives 20, no. 3 (2006): 187–94; Foster, Trump in the White House, 27–43, 65–66.

  17.  Hannah Arendt, The Origins of Totalitarianism (London: Penguin, 2017); Reuven Kaminer, “On the Concept of ‘Totalitarianism’ and Its Role in Current Political Discourse,” MR Online, August 15, 2007; Slavoj Žižek, Did Somebody Say Totalitarianism? (London: Verso, 2001), 2–3.

  18.  Baran, “Fascism in America,” 182.

  19.  Georg Lukács, Writer and Critic (London: Merlin Press, 1978), 151.

  20.  Christopher Caldwell, “Speaking Trumpian,” Claremont Review of Books 24, no. 19 (Fall 2024): 19–22.

  21.  Andy Kroll, “Revealed: The Billionaires Funding the Coup’s Brain Trust,” Rolling Stone, January 12, 2022; Influence Watch, “Thomas D. Kligenstein Fund,” influencewatch.org (n.d.).

  22.  Georg Lukács, The Destruction of Reason (London: Merlin Press, 1980), 730. Lukács’s reference to Carlyle here is directly relevant to the present. Leading MAGA ideologue Curtis Yarvin writes: “I will always be a Carlylean, just the way a Marxist will always be a Marxist.” Matt McManus, “Yarvin’s Case against Democracy: Curtis Yarvin Is too Elitist for Fascism,” Commonweal, January 27, 2023.

  23.  Marc Fisher and Isaac Stanley-Becker, “The Claremont Institute Triumphed in the Trump Years. Then Came Jan. 6,” Washington Post, July 30, 2022; Elisabeth Zerofsky, “How the Claremont Institute Became a Nerve Center of the American Right,” New York Times, August 3, 2022; Kroll, “Revealed.”

  24.  Kate Brannen and Luke Hartig, “Disrupting the White House: Peter Thiel’s Influence is Shaping the National Security Council,” Just Security, February 8, 2017.

  25.  Michael Anton, “The Flight 93 Election,” Claremont Review of Books (online), September 5, 2016.

  26.  Michael Anton, After the Flight 93 Election: The Vote that Saved America and What We Still Have to Lose (New York: Encounter Books, 2019); Anton, The Stakes: America at the Point of No Return (see especially section on “Caesarism” in chapter 7 and the sections on “Immigration,” “Reelect Trump!” and on “Foreign and Defense Policy” in chapter 8.

  27.  Michael Anton, “Draining the Swamp,” Claremont Review of Books, 19, no. 1 (Winter 2018/19).

  28.  Anton, “Draining the Swamp.”

  29.  Michael Anton, “Are the Kids Al(t) Right?,” Claremont Review of Books 19, no. 3 (Summer 2019). On Nietzsche’s “last man” see Friedrich Nietzsche, Thus Spake Zarathustra (New York: Modern Library, 1917), 10–13 (prologue, section 5).

  30.  Bronze Age Pervert (Costin Vlad Alamariu), Bronze Age Mindset (self-published, 2018), 12, 14, 40, 44, 52, 56, 72, 76, 80, 84, 92, 104, 110, 112–14, 118, 120–22, 126, 132–36; Ben Schreckinger, “The Alt-Right Manifesto that has Trumpworld Talking,” Politico, August 23, 2019; BAP quoted on fascism in Ali Breland, “Is the Bronze Age Pervert Going Mainstream?,” Mother Jones, October 2, 2023; Sophie Nicolson, “Bob Denard: French Mercenary Behind Several Post-Colonial Coups,” Guardian, October 15, 2007.

  31.  Jason Wilson, “He’s Anti-Democracy and Pro-Trump: The Obscure ‘Dark Enlightenment’ Blogger Influencing the Next US Administration,” Guardian, December 21, 2024; Ian Ward, “Curtis Yarvin’s Ideas Were Fringe. Now They’re Coursing through Trump’s Washington,” Politico, January 30, 2025; Ian Ward, “The Seven Thinkers and Groups that Have Shaped JD Vance’s Unusual Worldview,” Politico, July 18, 2024; Jacob Siegel, “The Red-Pill Prince: How Computer Programmer Curtis Yarvin Became America’s Most Controversial Political Theorist,” The Tablet, March 30, 2022; Curtis Yarvin interviewed by David Marchese, “Curtis Yarvin Says Democracy Is Done. Powerful Conservatives Are Listening,” New York Times, January 18, 2025; “Curtis Yarvin (Mencius Moldbug) on Tucker Carlson Today,” YouTube video, 1:15:35, September 8, 2021,

  32.  Jeremy Carl, “Beyond Elves and Hobbits,” The American Mind, July 22, 2022; McManus, “Yarvin’s Case against Democracy.”

  33.  Wilson, “He’s Anti-Democracy and Pro-Trump”; Ward, “Curtis Yarvin’s Ideas Were Fringe”; Ward, “The Seven Thinkers and Groups that Have Shaped JD Vance’s Unusual World View”; Curtis Yarvin, “The Cathedral or the Bizarre,” The Tablet, March 30, 2022; Curtis Yarvin, “The Nihilism of the Ruling Class,” Compact, December 16, 2022. On the classical notion of oligarchy, see Jeffrey A. Winters, Oligarchy (Cambridge: Cambridge University Press, 2011).

  34.  Michael Anton, “The Pessimistic Case for the Future,” Compact, July 21, 2023.

  35.  Christopher F. Rufo, “Critical Race Theory: What It Is and How to Fight It,” Imprimis 50, no. 3 (March 2021).

  36.  Christopher F. Rufo, “Laying Siege to the Institutions,” Imprimis 51, no. 4/5 (April/May 2022); Christopher F. Rufo, “Inside the Transgender Empire,” Imprimis 52, no. 9 (September 2023); Scott Yenor, “Repeal and Replace Today’s Education Cartel,” Law & Liberty, March 28, 2024, lawliberty.org; Frederick M. Hess, “Challenge the College Cartel,” The American Mind, July 2, 2019; Giancarlo Sopo, “Trump Must Break Up the College Cartel,” The American Mind, December 6, 2024.

  37.  Christopher Caldwell, “The Browning of America,” Claremont Review of Books 15, no. 1 (Winter 2014/15); Christopher Caldwell, “There Goes Robert E. Lee,” Claremont Review of Books 21, no. 2 (Spring 2021).

  38.  Kesler, “America’s Cold Civil War.”

  39.  Brian T. Kennedy, “Facing Up to the China Treat,” Imprimis 49, no. 9 (September 2020).

  40.  Ali Breland, “Charlie Kirk Doesn’t Really Seem to Mind White Nationalism,” Mother Jones, February 13, 2024; Robert Draper, “How Charlie Kirk Became the Youth Whisperer of the American Right,” New York Times, February 10, 2025; Charlie Kirk, Right-Wing Revolution: How to Beat the Woke and Save the West (Lewes, Delaware: Winning Team Publishing, 2024); Foster, Trump in the White House, 40.

  41.  Mike Hixenbaugh and Allan Smith, “Charlie Kirk Once Pushed a ‘Secular Worldview.’ Now He’s Fighting to Make America Christian Again,” NBC News, June 12, 2024.

  42.  Russell Vought, “Renewing American Purpose,” The American Mind, September 29, 2022; U.S. Constitution, Art. 1, Sect. 10, Cl. 3.

  43.  Center for Renewing America Staff, “Primer: Palestinian Culture is Prohibitive for Assimilation,” Center for Renewing America, December 1, 2023; Miles Bryan, “The Christian Nationalist Legal Scholar Behind Trump’s Purges: Russell Vought and His Racial Philosophy Explained,” Vox, February 20, 2025.

  44.  John Bellamy Foster, The Return of Nature (New York: Monthly Review Press, 2020), 263–64.

  45.  Matt McManus, “Social Democracy and Social Conservatism Aren’t Compatible,” Jacobin, August 22, 2023.

  46.  On Žižek, see Gabriel Rockhill, “Capitalism’s Court Jester: Slavoj Žižek,” Counterpunch, January 2, 2023.

  47.  See Michael Anton, “America Against the Deep State,” Compact, September 16, 2022; Christopher Rufo, “What Conservatives See in Hungary,” Compact, July 28, 2023; Christopher Caldwell, “Germany Considers the Alternative,” Compact, February 10, 2025. In a curious statement, Žižek wrote: “I love Compact for a simple reason: because it’s precisely not compact—it is a battlefield of ideas in conflict with each other. Only in this way can something new emerge today.” In fact, Compact is a publication where the MAGA philosophy is hegemonic, and which includes some former leftists moving right.

  48.  Christian Parenti, “The Left Case for Kash Patel,” Compact, December 31, 2024; Christian Parenti, “Why RFK Must Take on the CIA,” Compact, December 11, 2024; Christian Parenti, “Diversity is a Ruling-Class Ideology,” Compact, January 19, 2023; Christian Parenti, “Trump’s Real Crime is Opposing Empire,” Compact, April 7, 2023; Christian Parenti, “The Left-Wing Origins of the ‘Deep State’ Theory,” Compact, February 28, 2025. Aside from the contradictory nature of an argument that sees Trump as the enemy of the deep state, this concept, which played so centrally in the Trump I administration, has been largely dropped in MAGA ideology as self-defeating, while Trump II has focused on slashing the administrative state.

  49.  Slavoj Žižek, “Wokeness Is Here to Stay,” Compact, February 22, 2023; Vincent Lloyd, “A Black Professor Trapped in an Anti-Racist Hell,” Compact, February 10, 2023; Melanie Zelle, “Žižek Has Lost the Plot,” The Phoenix (Swarthmore College), March 2, 2023.

  50.  Geoff Shullenberger, “What BAP Learned from Feminism,” Compact, September 22, 2023; Geoff Schullenberger, “The Philosophy of Bronze Age Pervert,” Mother Maiden Matriarch with Louise Perry, Episode 35, October 15, 2023; Elena Louisa Lange and Geoff Shullenberger, COVID-19 and the Left: The Tyranny of Fear (London: Routledge, 2024).

  51.  Allum Bokhari, “Who Is in Control?: The Need to Rein in Big Tech,” Imprimis 50, no. 1 (January 2021).

  52.  Rosie Gray, “Breitbart’s Raheem Kassam Is Out: The Editor of Site’s London Bureau Was One of the Last Steve Bannon Allies Left within the Organization,” The Atlantic, May 23, 2018; “The National Pulse’s Kassam: How Did America Fall to Marxism?,” Grabien, June 6, 2020; Batya Ungar-Sargon, Bad News: How Woke Media is Undermining Democracy (New York: Encounter Books, 2021).

  53.  Amanda Crocker, “F*ck Big Book,” Canadian Dimension, February 20, 2025.

  54.  Anton, After the Flight 93 Election; Charles R. Kesler, Crisis of the Two Constitutions: The Rise, Decline, and Recovery of America’s Greatness (New York: Encounter Books, 2021); Brian T. Kennedy, Communist China’s War Inside America (New York: Encounter Books, 2020); Kirk, Right Wing Revolution. Peter Collier, the founder of Encounter Books, was a former leftist and coeditor of Ramparts magazine along with David Horowitz, when they uncovered Encounter magazine’s CIA funding. He afterward moved to the far (together with Horowitz).

  55.  Jesse Watters quoted in David Siroto, “How to Combat the Information War,” The Lever, February 24, 2025, levernews.com.

  56.  Steve Bannon, “America’s Great DivideInterview with Steve Bannon,” PBS Frontline, March 17, 2019; Michael Anton, “Why the Great Reset Is Not ‘Socialism,’” Compact, November 30, 2022; Foster, Trump in the White House, 32–33, 72; Steve Inskeep, “Steve Bannon Says MAGA Populism Will Win—as Trump Is Surrounded by Billionaires,” NPR, January 19, 2025; Jeremy Carl, “Beyond Elves and Hobbits,” The American Mind, July 22, 2022.

  57.  Anton, “Why the Great Reset Is Not ‘Socialism.’”

  58.  On the lower-middle class basis of the MAGA movement, see Foster, Trump in the White House, 19–21, 63; Les Leopold, “The Myth of MAGA’s Working Class Roots,” UnHerd, February 16, 2024; Dennis Gilbert, The American Class Structure in an Age of Growing Inequality (Los Angeles: Sage, 2011), 14, 243–47; David Doonan “Alienated, Not Apathetic: Why Workers Don’t Vote,” Green Party US, August 5, 2019, gp.org; Phil A. Neel, Hinterland: America’s New Landscape of Class and Class Conflict (London: Reaction Books, 2018), 36–37. There are of course no hard lines between the working class and the lower-middle class or petty bourgeoisie. Not income and property alone, but also urban/rural divisions and education play a role in the determination of classes in the political sense. The lower-middle class is far more significant politically than it is demographically because of its higher voter turnout when compared to the working class.

  59.  Taylor Popielarz, “An Old Steel Town Highlights How West Virginia Went from Deeply Blue to Trump Country,” Spectrum News NY1, May 24, 2024.

  60.  Anton, “Why the Great Reset Is Not ‘Socialism.’”

  61.  Karl Dietrich Bracher, “Stages of Totalitarian ‘Integration’ (Gleichschaltung): The Consolidation of National Socialist Rule in 1933 and 1934,” in Republic to Reich, ed. Hajo Holborn (New York: Vintage, 1972), 124–28; Foster, Trump in the White House, 25–29.

  62.  Gary Stout, “The Marriage of MAGA and Billionaires Is Already Rocky,” Observer-Reporter, January 25, 2025.

  63.  Steve Inskeep, “Steve Bannon Says MAGA Populism Will Win—as Trump Is Surrounded by Billionaires”; Rana Foroohar, “MAGA vs. the Billionaires,” Financial Times, January 5, 2005; Nia-Malika Henderson, “Trump Inauguration: Old MAGA vs. New MAGA’s Cage Match Begins,” Bloomberg, January 20, 2025; Thomas D. Williams, “Steve Bannon: I Will Do Anything’ to Keep Elon Musk Out of the White House,” Breitbart, January 11, 2025.

  64.  Kevin Porteus, “Putting Americans First,” The American Mind, January 8, 2025.

  65.  Vivek Ramaswamy, Woke, Inc.: Inside Corporate America’s Social Justice Scam (New York: Center Street, 2023); Steve Rattner, “What Big-Business Leaders, Including Democrats, Say Privately About Trump,” New York Times, March 3, 2025.

  66.  Peter Thiel interviewed by Peter Robinson, “Peter Thiel, Leader of the Rebel Alliance,” Uncommon Knowledge Podcast, Hoover Institution, November 9, 2022.

  67.  Peter Thiel, “The Education of a Libertarian,” Cato Unbound, April 13, 2009.

  68.  Max Chafkin interviewed by Belinda Luscombe, “Who’s Afraid of Peter Thiel?: A New Biography Suggests We All Should Be,” Time, September 21, 2021; Deborah Veneziale, “Trump’s Nationalist Conservative White Christian Agenda,” MR Online, February 28, 2025; Jessica Matthews, “How Peter Thiel’s Network of Right-Wing Techies Is Infiltrating Donald Trump’s White House,” Fortune, January 17, 2025; Brannen and Hartig, “Disrupting the White House.”

  69.  Rob Larson, Mastering the Universe (Chicago: Haymarket, 2024), xi.

  70.  Ed Kilgore, “”Trump is Dividing Evangelicals Now, Too,” New York Magazine, February 13, 2025; Sam R. Schmitt, “‘Give Cheerfully, Give Abundantly’: White American Prosperity Evangelism, Financial Obedience, and Religious Corruption in the Trump Era,” Activist History Review, May 11, 2018; James Bohland, “The Truth About MAGA: Plutocrats in Populist Clothing,” Fair Observer, October 29, 2024; Jessica Washington, “How Trump Twisted DEI to Only Benefit White Christians,” The Intercept, February 22, 2023.

  71.  Wilson-Hartgrove, Reconstructing the Gospel, 33–35; Hamilton, “It’s Time to Break the Chains of Slaveholder Religion.”

  72.  Jonathan Wilson-Hargrove, “In the Age of Trump, a Moment of Decision for Evangelicals,” Durham Herald Sun, April 26, 2018.

  73.  Jonathan Wilson-Hartgrove, “Fear Is the Slaveholder Religion’s Tool of Control,” Sojourners, April 22, 2019.

  74.  Sharon Parrott, “Well, That Was Quick: Trump’s Total Betrayal of Working People Is Now Complete,” Common Dreams, February 26, 2025.

  75.  Karl Marx, Texts on 

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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