“Sobrevivir, ¿a qué?” por Miguel Candel Sanmartín

Parece que, en la península ibérica, a españoles y lusos se nos brindó el 28 de abril pasado la impagable oportunidad de comprobar la sabiduría encerrada en las meninges de la inefable presidenta de la Comisión Europea cuando recomendó a los pobres europeos abandonados a su suerte por el jefe del Imperio Bueno que nos proveyéramos de un equipo básico de supervivencia en previsión de que el malvado jefe del Imperio Malo, no contento con zamparse a la inocente Ucrania, arremeta contra el resto de nuestro minicontinente (cosa que, según los miembros de la clarividente raza superior anglosajona-germánico-escandinavo-báltica, ocurrirá cuando menos lo esperemos).

Lo malo es que parece que entre los componentes del equipo de supervivencia en cuestión la señora presidenta no había previsto la inclusión de un sistema alternativo de iluminación tan sencillo, barato y de eficacia probada durante siglos como son las entrañables velas de cera que, a quien esto escribe, le permitieron leer y hacer los deberes escolares durante los largos y recurrentes períodos de restricciones del suministro eléctrico ocurridos en los últimos años 40 y primeros 50, que tanto contribuyeron, al enviarnos temprano a la cama, a la recuperación demográfica del país después de las pérdidas de población causadas por la guerra, el hambre y el exilio.

Pero más allá de esa imperdonable falta de previsión en nuestros amados líderes europeos, lo cierto es que uno se pregunta a qué se supone que nos permitirá sobrevivir el mencionado equipo básico recomendado por Bruselas. ¿A una repentina invasión de nuestro territorio por las hordas rusas, ésas que sólo trabajosa y lentamente parecen estar ocupando las zonas del este y sur de Ucrania de tradicional cultura rusa? En lo que concierne a la península ibérica parece claro que lo tendrían crudo en el caso de que pensaran utilizar nuestra red ferroviaria para el transporte de tropas y equipos: nuestra portentosa habilidad para inmovilizar por completo dicha red quedó ampliamente demostrada el susodicho 28 de abril.

De modo que quizá deberíamos pensar en otros escenarios, otras terribles amenazas y espantosos peligros a los que debemos prepararnos para sobrevivir. ¿Cuáles?

No es fácil adivinarlo, pues los factores de riesgo, en el mundo actual, parecen multiplicarse de un día para otro y escapar, por tanto, a todo cálculo razonable. Cosa normal, pues la vulnerabilidad de un sistema es directamente proporcional a su complejidad (complejidad que incluye, por supuesto, los mecanismos destinados a reducir esa misma vulnerabilidad), y las sociedades actuales son cada vez más complejas. En sociedades primitivas como las de nuestros architatarabuelos dedicados a la caza y la recolección un factor de riesgo grave podía ser la irrupción de una fiera; en las sociedades actuales, en cambio, puede bastar una mariposa que se introduzca en un mecanismo crítico para provocar una reacción de fallos en cadena en una instalación industrial, sanitaria o militar.

Pero no es necesario retroceder tanto en el tiempo. Hasta hace relativamente pocos decenios, por ejemplo, las locomotoras diésel o de vapor conferían a los trenes una autonomía de la que carecen por completo los convoyes de un sistema ferroviario totalmente electrificado, como las docenas de ellos que se pasaron dieciséis o más horas tirados en mitad de la nada ese ya famoso 28 de abril. Lo que no impide a nuestros amados líderes europeos amenazarnos con la sustitución total, más o menos en un decenio, de todos los vehículos de combustión interna por vehículos eléctricos (eso sí, gravando con aranceles “trumpianos” a los fabricados o patentados en China, porque no hay derecho a que los vendan tan baratos, privándonos así del gustazo de vaciar nuestras cuentas bancarias para mercarnos magníficos trastos alemanes o franceses al triple o cuádruple de precio).

Claro que quizá la supervivencia a la que se refieren nuestros idolatrados líderes bruselenses no sea la nuestra, sino la de las industrias europeas de armamentos, asunto que hace ya decenios (desde la disolución de la Unión Soviética, como mínimo) que los tiene muy preocupados, porque los Hitler pasan, pero los Krupp quedan. Y ¿a quién se le ocurre gastar tanto dinero en conservar vivos a septuagenarios y octogenarios descacharrados, con lo bien gastados que estarían esos millones de euros en mantener bien gordos y lustrosos a nuestros modernos minotauros, que ahora se llaman CASA, Santa Bárbara, Dassault o Rhein Metall?

Y sí, nos interesa sobrevivir. Pero quizá la manera más segura de lograrlo no es comprar botiquines, neceseres o resmas de papel higiénico, sino plantarse en la calle para decir NO al patético presidente Micron(sic) y sus coristas ingleses, alemanes, nórdicos y bálticos con sus locos planes de seguir ayudando a Ucrania… a suicidarse (a cambio, por supuesto, de asesinar periódicamente a algún alto oficial ruso para que al MI6 no se le oxiden los agentes y en el nº 10 de Downing Street puedan seguir rememorando el pasado imperial y haciéndose la ilusión de que están vengando la masacre de la brigada ligera en la batalla de Balaclava contra los pérfidos rusos).

De momento habrá que intentar sobrevivir al continuo rifirrafe entre un gobierno que profana el nombre de “izquierda” y una oposición empeñada en mostrar el rostro más obtuso de la ya de por sí obtusa derecha española, carente de desodorante con el que tapar su tufo clasista y chulesco. Pero para sobrevivir a eso no sirven los ridículos equipos recomendados por los eurócratas, sino una actitud crítica y combativa que parece haberse ido hace tiempo por el desagüe del electoralismo más ramplón y vacío de contenidos programáticos (como los planes de estudios de nuestro sistema educativo, para el que no cuentan los conocimientos concretos, sino las aptitudes genéricas).

A lo mejor al final resulta, ¡vaya usted a saber!, que el apagón sirve para que se enciendan algunas luces en algunas personas cansadas de formar parte de un oscuro rebaño. No esas luces que encendemos “pellizcando la pared” (como decía hace años un conocido humorista especializado en representar al cateto medio hispánico), sino las que se encienden en el cerebro y permiten ver más allá de los señuelos de la propaganda y atravesar la niebla de la desinformación sistemática. Ojalá.

https://www.cronica-politica.es/sobrevivir-a-que/

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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