“Ruido” por Miguel Candel

Acepciones del vocablo ruido según el DRAE: 1) “Sonido inarticulado, por lo general desagradable”. 2) “Litigio, pendencia, pleito, alboroto o discordia.” 3) “Apariencia grande en las cosas que no tienen gran importancia.” 4) “Repercusión pública de algún hecho.” 5) “En semiología, interferencia que afecta a un proceso de comunicación.” 6) “Hombre que hace tráfico de prostitutas.”

A los efectos de este artículo nos fijaremos sobre todo en la primera y en la quinta acepción, no sin olvidar la segunda y la tercera (la sexta la dejamos para que se la lancen recíprocamente a la cabeza los partidos mayoritarios de este país). La primera, la más obvia, no requiere explicación alguna. Pero sí alguna ilustración. Para los habitantes de ciudades como Barcelona sobran los ejemplos de ruido en el más estricto sentido de esa primera acepción, a saber:

  • La inarticulada y a todas luces desagradable “sinfonía” compuesta cada día y a todas horas por enjambres de motocicletas con tubos de escape a menudo fuera de normativa (si alguna ventaja tienen los vehículos eléctricos, junto a sus numerosas e interesadamente silenciadas desventajas, es precisamente su ínfimo nivel de ruido).

  • El zumbido permanente del resto de vehículos, cuyo número guarda, claro está, proporción directa con el de decibelios emitidos.

  • El chumba-chumba más o menos atronador con que los comercios de artículos para gente joven creen necesario atraer a su clientela (de las discotecas no es necesario hablar, como no sea para esbozar la hipótesis de que entre los accionistas de algunas de ellas quizá se encuentre algún que otro fabricante de aparatos para la sordera).

  • El irritante pitido persistente con que los convoyes de algunas líneas de metro avisan al pasaje del inminente cierre de puertas, estridencia que a menudo persiste aun después de dicho cierre (destacan, en este particular, las líneas I y IV, curiosamente las mismas cuyos colores identificativos componen las banderas española y catalana).

  • La probada incapacidad de la clientela de bares y restaurantes para mantener un tono de voz mesurado que no obligue a todo el mundo a ir elevando paulatinamente la voz a fin de ser oído.

  • La “generosa” oferta de músicos improvisados que en el interior de pasadizos y vagones del metro saturan los oídos del pasaje, seguramente con la piadosa intención de evitarles a los viajeros el insoportable “horror vacui” debido a la ausencia (relativa) de ruido estrepitoso entre cierre y cierre de puertas.

Tiempo hubo en que se llegó a amenazar con sanciones a los conductores que hicieran uso de las señales acústicas. Y en alguna rara, rarísima, ocasión recuerdo haber visto sancionar a un motorista por circular a escape libre. Pero parece que nuestras autoridades, presuntamente obsesionadas con la contaminación producida por las emisiones de gases, tienden a restar importancia a la contaminación acústica, cuyos perniciosos efectos sobre el sistema nervioso en general, no sólo sobre el órgano auditivo, están archiprobados. Tanto es así que uno empieza a sospechar que los beneficiarios del orden social existente (conjunto que incluye a muchos de nuestros políticos profesionales) consideran útil para sus intereses el mantenimiento de altos niveles de ruido en primera acepción como interesante complemento del ruido políticamente más relevante: el de la quinta acepción.

En efecto, es bien sabido que la mejor manera de impedir que se oiga una voz no es silenciarla sin más (algo, no obstante, a lo que también son proclives las dictaduras, incluida la de ámbito europeo con sede en Bruselas, tal como se ha visto con la política seguida con los medios de información no obsecuentes respecto a la versión oficial occidental sobre la guerra de Ucrania). No, la mejor manera de lograr que una voz no se oiga es inundar el espacio sonoro con todo tipo de voces que interfieran con ella. Como señaló hace tiempo Noam Chomsky, ese atípico estadounidense disidente (La segunda guerra fría, Barcelona, Crítica, 1983), más efectivo que eliminar un mensaje es dejar que circule rodeado de una enorme masa de otros mensajes que saturen la capacidad del gran público para asimilarlos. Preferiblemente, claro está, mensajes intrascendentes. El envoltorio publicitario de los programas de televisión y de la información circulante por las redes sociales ya contribuye decisivamente a ello. En semiología es sabido que un signo sólo puede funcionar como tal si destaca lo bastante sobre su entorno. (Llama la atención, a este respecto, la creciente tendencia en todo tipo de productos audiovisuales a reducir el contraste entre texto y fondo, por ejemplo, en los créditos, pero también a restar luminosidad a la fotografía. ¿Reflejo de una actitud más general en la contemplación de la realidad?)

Ya la etimología del vocablo “información” debería clarificar algo este asunto. “Informar” es en principio “dar forma” a algo. Y una forma no es tal si no se distingue del fondo. De modo que la manera más sencilla de desinformar es, como decíamos antes, cargar las tintas del fondo a tal extremo que se desdibujen en él los contornos de la forma. Esto siempre ha sido así. Siempre ha habido ruido perturbador en todo proceso comunicativo. En sentido literal, físico, y ciñéndonos a la comunicación de la experiencia musical, ésta siempre ha visto alterada la pureza de sus líneas por sonidos parasitarios: desde el chisporroteo debido al polvo incrustado en los microsurcos de los viejos discos de vinilo, o el zumbido de fondo de las cintas magnetofónicas, hasta las inoportunas y recurrentes toses de los asistentes a un concierto o representación operística. Tampoco los discos compactos están libres de defectos que alteran la música grabada en ellos; en su caso, defectos de fábrica, pues derivan de la naturaleza misma de la grabación digital o numérica, que a diferencia de los sistemas analógicos, de línea continua, registran sólo una determinada gama discontinua de tonos y timbres, con lo que su música adolece de “lagunas” sonoras, prácticamente imperceptibles en las formas musicales dominadas por el ritmo y la percusión, pero no tanto en formas musicales más delicadas, centradas en la melodía y la armonía (esos defectos explican el actual, aunque limitado, “revival” de los discos de vinilo entre los muy melómanos).

Siempre ha sido así, cierto; siempre la comunicación se ha visto perturbada por algún tipo de ruido. Pero en los últimos tiempos lo es a una escala sin precedentes. Porque el ruido, como venimos repitiendo, es sobre todo el resultado de la falta de contraste suficiente entre el mensaje y su entorno. De hecho no es imprescindible que la información accesoria que envuelve al mensaje importante sea en sí misma vacía o intrascendente: lo que le interesa al desinformador es que haga perder peso relativo al contenido informativo cuyo impacto se quiere amortiguar, independientemente del contenido, pobre o rico, lo mismo da, de los mensajes circundantes. Y, aunque resulte paradójico, una muy eficaz forma de lograrlo es la reiteración del mensaje en cuestión: las primeras noticias sobre las masacres sionistas en Gaza ejercieron en algunos lugares el suficiente impacto como para provocar protestas multitudinarias. Hoy día, a fuerza de repetirse, aunque en teoría su efecto movilizador debería ser mayor por acumulación, lo cierto es que las tropelías del Tsahal y los colonos israelíes armados parecen tener una capacidad decreciente de generar protestas. Cualquiera diría que se trata de una curiosa ‒y triste‒ variante de la ley económica de los “rendimientos decrecientes”…

Se atribuye a Napoleón ‒seguramente a partir de una fuente torticera “made in England”‒ la afirmación de que para él la música no era sino un ruido más. Pues bien, si generalizamos aplicando esa idea todo el ámbito de la comunicación, a un Napoleón contemporáneo no dedicado a la polemología sino a la semiología seguramente le resultaría imposible distinguir entre ruido e información, sobre todo a medida que el volumen del primero crece más y más, como es el caso, a expensas de la segunda.

https://www.cronica-politica.es/ruido/

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *