«Por qué España debería desafiar a la OTAN (y no solo por Trump)” por Alberto Garzón

Mientras Estados Unidos refuerza su control sobre la OTAN, España y la UE deben elegir entre la subordinación a la geopolítica imperial o forjar un camino hacia la autonomía estratégica y el multilateralismo.

Trump ha amenazado con iniciar una guerra comercial contra España debido a su negativa a cumplir efectivamente con el compromiso de aumentar el gasto militar al 5% del PIB. Esta exigencia, hecha por Estados Unidos a sus aliados de la OTAN, se ha topado con la firme resistencia del gobierno español. La postura de Pedro Sánchez contrasta marcadamente con la del secretario general de la OTAN, el holandés Mark Rutte, quien antaño fue un halcón de línea dura contra los débiles y ahora parece una paloma dócil frente a los poderosos.

En el cada vez más turbio frente interno, tanto los partidos de derecha como Podemos han puesto en duda precisamente lo que Trump denuncia —y Sánchez confirma—: que España pretende no cumplir su compromiso de aumentar significativamente el gasto militar. Se ha desatado un confuso juego de cifras, cuyo objetivo es enturbiar las aguas y socavar la postura política de Pedro Sánchez, para privarlo de las herramientas necesarias para recuperar el apoyo del electorado español en un momento de profunda fragilidad para el gobierno de coalición progresista. Según quienes quieren la caída del gobierno, España ha firmado un documento comprometiéndose al 5%, y Sánchez miente. Según el gobierno, haber firmado esa cifra es irrelevante, ya que en la práctica existe flexibilidad en la gestión de las estadísticas. Y ambas posturas son ciertas, como sabe cualquiera que haya seguido este tipo de promesas económicas durante las últimas décadas, pero nos distraen del verdadero problema.

La verdadera pregunta es: ¿Para qué sirve la OTAN en un momento histórico como este? Fundada en el contexto de la Guerra Fría, la OTAN se creó como un instrumento liderado por Estados Unidos para coordinar militarmente a los países occidentales que se oponían a la política internacional de la Unión Soviética. Sin embargo, la desaparición de esta última no significó el fin de la OTAN en sí, sino su reinvención. Durante años, sin embargo, su utilidad estratégica fue seriamente cuestionada, sumida en una persistente irrelevancia que incluso Emmanuel Macron calificó de «muerte cerebral». No obstante, la invasión rusa de Ucrania restauró su centralidad. Si bien ese fue el detonante inmediato, la razón más profunda reside en los intereses geopolíticos de los propios Estados Unidos.

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos ha reconfigurado la economía global prácticamente a su antojo, tras haber extendido su influencia tradicional, tanto diplomática como militar, desde la década de 1990 tras el colapso de la URSS. Sin embargo, en 2010, un incidente entre China y Japón planteó dudas sobre la capacidad de Estados Unidos para mantener esa hegemonía durante mucho tiempo. En aquel momento, en el contexto de una disputa política, China prohibió temporalmente la exportación de ciertos minerales críticos a Japón. Esto reveló el control absoluto de China sobre cadenas de valor globales clave, y en concreto sobre recursos naturales específicos esenciales para sectores tecnológicos emergentes, en particular la transición ecológica, la electrificación de vehículos y la inteligencia artificial. Desde entonces, Estados Unidos ha visto el monopolio chino en segmentos clave de estos sectores como la principal amenaza para su seguridad nacional. La visión geopolítica estadounidense es marcadamente polarizante, presentando el mundo únicamente en términos de aliados y enemigos.

Cabe destacar que este enfoque ha sido compartido tanto por Donald Trump como por Joe Biden, quienes han descrito el auge económico de China como una amenaza para la seguridad nacional. Este vínculo entre la seguridad nacional, siempre asociada a asuntos militares, y la economía es un sello distintivo de la era actual. Y si bien la Unión Europea también ve a China como un rival sistémico, su enfoque se ha inclinado más hacia el multilateralismo. No exento, por supuesto, de contradicciones e inconsistencias, ya que los países de la UE rara vez actúan como un bloque unificado.

En realidad, los países europeos se enfrentan ahora a un dilema crucial: o se inclinan hacia el multilateralismo, buscando satisfacer sus necesidades económicas e industriales (la mayoría relacionadas con la transición ecológica) mediante un orden global cooperativo y basado en normas, o abrazan el mundo bipolar que Estados Unidos describe con su retórica incendiaria. La OTAN es el instrumento que los empuja hacia esto último, algo que Trump apenas se molesta en ocultar.

La retórica de Trump deja meridianamente claro que no ve aliados, sino algo más parecido a vasallos. Trump exige, y los vasallos cumplen. Y si no lo hacen, son castigados. Esta dinámica no apunta a una institución de iguales, sino a una herramienta geopolítica diseñada para llevar a cabo misiones estratégicas en beneficio e intereses de Estados Unidos. Esto, además, implica adoptar la desastrosa y bipolar visión de mundo de Donald Trump, una postura que aumenta significativamente los riesgos para los involucrados y para la humanidad en su conjunto.

En consecuencia, el debate honesto no gira en torno a qué porcentaje del gasto militar debería aportar cada miembro de la OTAN, aunque este punto no es nada insignificante; se trata más bien de si la OTAN realmente sirve a los propósitos e intereses de la democracia y la paz. En mi opinión, la OTAN va por mal camino si esos son realmente sus objetivos. Por lo tanto, tiene mucho más sentido no formar parte de un club así. La Unión Europea estaría mejor canalizando sus esfuerzos de defensa a través de una institución autónoma y soberana, alejada de las ambiciones imperialistas de Estados Unidos.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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