DEL COMPAÑERO Y MIEMBRO DE ESPAI MARX, CARLOS VALMASEDA.
ÍNDICE
1.Sanciones mortales.
2. Más sobre el nuevo partido británico.
3. En la muerte de Ziad Rahbani.
4. La guerra como motor del crecimiento.
5. Por el Italexit.
6. La situación de la economía mundial actual.
7. Por qué vemos en la IA inteligencia.
8. Chantaje a India.
9. Resumen de la guerra en Palestina, 1 de agosto de 2025.
1. Sanciones mortales.
El boletín semanal del Tricontinental está dedicado esta vez a los terribles resultados de las sanciones estadounidenses: medio millón de muertos al año.
https://thetricontinental.org/es/newsletterissue/boletin-sanciones-unilaterales-civiles-muertes/
Las sanciones unilaterales e ilegales –principalmente de Estados Unidos– matan a medio millón de civiles cada año | Boletín 31 (2025)
Un estudio en The Lancet revela que las sanciones unilaterales causan tantas muertes como las guerras: medio millón de víctimas civiles al año, en su mayoría niñxs menores de cinco años.
31 de julio de 2025
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Karen Paulina Biswell (Colombia), Nama Bú [Existimos], 2015.
Queridas amigas y amigos,
Saludos desde las oficinas del Instituto Tricontinental de Investigación Social.
Quienes no vivimos en zonas de guerra ni en países asfixiados por bloqueos estamos forzadxs a llevar una vida como si nada extraño ocurriera a nuestro alrededor. Cuando leemos sobre la guerra, lo hacemos desde una desconexión con nuestras propias vidas, y muchxs de nosotrxs preferimos no seguir escuchando nada sobre la miseria humana causada por las armas o las sanciones. La escolástica de lxs académicxs y el susurro de lxs diplomáticxs se silencian cuando las bombas y los bancos declaran su guerra contra el planeta. Después de autorizar el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima (Japón) el 6 de agosto de 1945, el presidente de Estados Unidos Harry S. Truman anunció por radio: “Si [los japoneses] no aceptan ahora nuestras condiciones, pueden esperar una lluvia de destrucción desde el aire como nunca se ha visto en esta tierra”.
Truman recurrió al engañoso argumento de que Hiroshima era una base militar para justificar el uso de esa arma devastadora. Pero omitió mencionar que su bomba, conocida como “Little Boy” [Niño pequeño], mató a una gran cantidad de civiles. Según la ciudad de Hiroshima, “el número exacto de muertes a causa del bombardeo atómico aún se desconoce. Se estima que, para fines de diciembre de 1945, cuando los efectos agudos del envenenamiento por la radiación habían disminuido en gran medida, el número de muertes ascendía a aproximadamente 140.000”. En ese momento, la población total de Hiroshima era de 350.000 personas, lo que significa que un 40% de sus habitantes murieron en los cinco meses posteriores a la explosión. Una “lluvia de destrucción” ya les había alcanzado.
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Luis Meque (Zimbabwe), Street Kids [Chicos de la calle], 1997.
The Lancet, una de las revistas más reconocidas en el ámbito de la salud y la medicina, publicó un artículo de Francisco Rodríguez, Silvio Rendón y Mark Weisbrot con un título muy científico: Efectos de las sanciones internacionales en la mortalidad por edades: un análisis de datos de panel transnacional. Estos investigadores han estudiado el impacto de las sanciones, impuestas principalmente por Estados Unidos, la Unión Europea y la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Aunque a menudo se les llama “sanciones internacionales”, en realidad no tienen nada de internacionales. La mayoría de estas sanciones se llevan a cabo fuera del marco de la Carta de la ONU, cuyo capítulo cinco establece que solo pueden aplicarse mediante una resolución del Consejo de Seguridad. Esto rara vez ocurre, y son los Estados poderosos, en particular Estados Unidos y miembros de la Unión Europea, quienes imponen sanciones ilegales y unilaterales contra países, violando toda lógica de decencia humana.
De acuerdo con la Global Sanctions Database [Base de datos de sanciones globales], Estados Unidos, la Unión Europea y la ONU han sancionado a 25% de los países del mundo. Solo Estados Unidos ha sancionado a 40% de estos, con medidas unilaterales porque carecen del aval de una resolución del Consejo de Seguridad. En la década de 1960, solo 8% de los países del mundo estaban bajo sanciones. El aumento de sanciones demuestra que, para los poderosos Estados del Atlántico Norte, se ha vuelto normal librar guerras sin disparar una sola bala. Como dijo el presidente estadounidense Woodrow Wilson en 1919 durante la formación de la Sociedad de Naciones, las sanciones son “algo más tremendo que la guerra”.
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Gaël Maski (República Democrática del Congo), Jumeaux [Gemelos], 2023.
La manera más cruel de desarrollar esa afirmación de Wilson fue expresada por Madeleine Albright, entonces embajadora de Estados Unidos ante la ONU, en relación con las sanciones impuestas a Irak en la década de 1990. Un equipo destacado de especialistas del Centre for Economic and Social Rights viajó a Irak y, tras analizar los datos disponibles, concluyó que entre 1990 y 1996 las sanciones provocaron la “muerte excesiva de más de 500 000 niñxs menores de cinco años. En términos simples, han muerto más infancias iraquíes como resultado de las sanciones que por las dos bombas atómicas lanzadas sobre Japón y la reciente ola de limpieza étnica en la ex Yugoslavia”. En el programa de televisión 60 Minutes de CBS, la periodista Leslie Stahl le preguntó a Albright por este estudio: “Hemos escuchado que han muerto medio millón de niñxs. Es decir, más que lxs que murieron en Hiroshima. Y, dígame, ¿vale la pena ese precio?”. Fue una pregunta sincera. Albright tuvo la oportunidad de decir muchas cosas: que aún no había tenido tiempo de revisar el informe o incluso trasladar la responsabilidad a las políticas de Saddam Hussein. En cambio, respondió: “Creo que es una elección muy difícil, pero el precio, creemos, el precio vale la pena”.
En otras palabras, valía la pena matar a medio millón de niñxs para desestabilizar al gobierno iraquí encabezado por Saddam Hussein. Por supuesto, ese gobierno no fue derrocado por las sanciones. En cambio, el pueblo siguió sufriendo durante otros siete años, y no se realizó ningún estudio comparable sobre muertes en exceso durante ese período. Fue necesaria una masiva invasión ilegal de Estados Unidos para derrocar al gobierno iraquí. Ilegal porque no contó con una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU. Para ser justo con Albright, más tarde declaró: “He dicho cinco mil veces que lo lamento. Fue una declaración estúpida. Nunca debí haberla hecho”. Pero la hizo. Y dejó huella.
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Sarah Issakharian (Irán), The First Supper [La primera cena], 2016.
Quienes infligen sufrimiento mediante sanciones saben perfectamente lo que están haciendo. Albright dijo que su declaración fue “estúpida”, pero no dijo que la política estuviera equivocada. En 2019, Matt Lee, de Associated Press, le preguntó al secretario de Estado de Estados Unidos, Mike Pompeo, sobre las sanciones impuestas a Venezuela. Pompeo respondió, “Siempre deseamos que las cosas puedan avanzar más rápido… El círculo se está cerrando. La crisis humanitaria se agrava con cada hora. … Se puede ver el aumento del dolor y el sufrimiento que está padeciendo el pueblo venezolano”. La afirmación de Pompeo es emblemática y certera: las sanciones ilegales generan dolor y sufrimiento.
Entonces, ¿qué muestra el nuevo estudio de The Lancet sobre las sanciones internacionales?
- Entre 1971 y 2021, las sanciones unilaterales provocaron la muerte de 564.258 personas por año.
- La cantidad de personas que mueren por las sanciones supera la cifra de muertes relacionadas con combates (106.000 muertes anuales) “y es similar a algunas estimaciones del número total de muertes causadas por las guerras, incluidas las víctimas civiles (alrededor de medio millón por año)”.
- Los grupos poblacionales más vulnerables, como era de esperarse, son lxs niñxs menores de cinco años y las personas mayores. Las muertes de niñxs menores de cinco años “representaron el 51% del total de muertes causadas por las sanciones entre 1970 y 2021”.
- Las sanciones unilaterales impuestas por Estados Unidos y la Unión Europea son más letales que las sanciones de la ONU. De hecho, “las sanciones estadounidenses parecen ser las principales responsables de los efectos negativos sobre la mortalidad”, posiblemente porque “las sanciones unilaterales impuestas por Estados Unidos o la UE estarían diseñadas de forma que generan un mayor impacto negativo sobre las poblaciones destinatarias”.
- La razón por la cual las sanciones de Estados Unidos, junto con las de la UE, tienen efectos tan negativos se debe al “uso generalizado del dólar estadounidense y del euro en las transacciones bancarias internacionales y como monedas de reserva mundial, así como a la aplicación extraterritorial de las sanciones, especialmente por parte de Estados Unidos”.
- El análisis muestra que “los efectos de las sanciones sobre la mortalidad aumentan con el tiempo, ya que los episodios de sanciones más prolongados provocan un mayor número de muertes”
A partir de estos hallazgos, el estudio concluye que, “desde una perspectiva basada en el derecho, la evidencia de que las sanciones provocan pérdidas humanas debería ser razón suficiente para abogar por su suspensión”.
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Dia al-Azzawi (Iraq), The Arab League Hotel [El hotel de la Liga Árabe], 1971.
En marzo de 2025 publicamos un dossier titulado Guerra imperialista y resistencias feministas en el sur Global, centrado principalmente en el caso de Venezuela, donde describimos el impacto de las sanciones y cómo una sociedad asediada logra sostenerse gracias al trabajo de las mujeres. Ellas saben lo que significa sentir una “lluvia de destrucción” y luchan por fortalecer a sus comunidades frente a ella. Como mostramos en nuestro análisis HECHOS, las sanciones contra Venezuela provocaron una pérdida del 213% de su Producto Interno Bruto entre enero de 2017 y diciembre de 2024, lo que equivale a una pérdida total estimada de 226 mil millones de dólares, es decir, 77 millones por día.
En 1995, durante las sanciones impuestas a Irak y antes de la invasión ilegal de Estados Unidos en 2003, Saadi Youssef (1934–2021) escribió un poema milagroso titulado America, America. Compartimos aquí su estrofa final:
No somos rehenes, América,
y tus soldados no son soldados de Dios…
Somos lxs pobres, nuestra es la tierra de los dioses ahogados,
los dioses de los toros,
los dioses del fuego,
los dioses de las penas que entrelazan arcilla y sangre en una canción…
Somos lxs pobres, el nuestro es el dios de lxs pobres,
que emerge de las costillas campesinas,
hambriento
y radiante,
y alza las cabezas hacia lo alto…América, somos lxs muertxs.
Que vengan tus soldados.
Quien mate a un ser humano, que lo resucite.
Somos lxs ahogadxs, querida dama.
Somos lxs ahogadxs.
Que venga el agua.
Cordialmente,
Vijay
2. Más sobre el nuevo partido británico.
Del editor europeo de Jacobin, un análisis sobre las expectativas y sombras del nuevo partido de izquierda británico.
https://jacobin.com/2025/08/britain-new-left-wing-party
El nuevo partido de izquierda británico podría ser devastador para el Partido Laborista
- Por
- David Broder
El nuevo partido anunciado por Jeremy Corbyn y Zarah Sultana demuestra que Gaza se ha convertido en una línea divisoria clave en la política británica. El Partido Laborista de Keir Starmer ya no puede confiar en silenciar a la izquierda.
Esta semana, Keir Starmer anunció que Gran Bretaña reconocerá al Estado palestino en septiembre, si Israel no acepta primero un alto el fuego. La postura arrogante de Starmer —insinuando que la antigua potencia colonial podría reconocer la autodeterminación palestina— solo fue igualada por su trivialidad. Mientras Gran Bretaña sigue armando a Israel para la destrucción de Gaza, Starmer evitó mencionar cómo se creará un Estado palestino o cuáles serán sus fronteras legítimas. Esta maniobra de relaciones públicas, diseñada únicamente para distanciarse tímidamente de Israel, fue impresionante por su cinismo.
Mientras algunos medios de comunicación de derecha se burlaban de Starmer por capitular ante las críticas de los diputados laboristas, sus comentarios no sugerían en absoluto un cambio de opinión. No se disculpó por el papel de su Gobierno en el armamento de Israel y no criticó sus acciones criminales, sino que se limitó a utilizar frases vacías como «fracaso catastrófico de la ayuda». En un año de Gobierno, el Partido Laborista de Starmer ha subestimado sin duda la indignación pública por los crímenes israelíes. Bajo la presión del movimiento pro palestino y una protesta mediática bastante tardía, ahora está cambiando oportunistamente su tono. Aun así, pocos olvidarán la postura de Starmer hasta ahora.
Gaza tendrá sin duda repercusiones en la política británica. La comparación obvia es la invasión ilegal de Irak en 2003. La firme postura de Tony Blair junto a George W. Bush fusionó igualmente la deshonestidad del Gobierno, la demonización de los críticos y una admisión final, aunque vaga, de «errores» oficiales. Incluso esta masacre solo tuvo efectos lentos en la política partidista, y las fuerzas alternativas de izquierda solo lograron avances locales esporádicos. Pero, finalmente, la destrucción de la confianza socavó profundamente al Nuevo Laborismo. El legado del movimiento contra la guerra desempeñó un papel crucial en el ascenso de Jeremy Corbyn a la dirección del Partido Laborista en 2015.
Hoy parece que Gaza tendrá un efecto mucho más inmediato. La afiliación partidista de los votantes es menos segura que en 2003, y Starmer nunca ha tenido un mandato realmente fuerte. Si en las elecciones de julio de 2024 el Partido Laborista obtuviera una amplia mayoría parlamentaria sobre los decrépitos conservadores —con 411 de los 650 escaños de la Cámara de los Comunes—, habría conseguido un bajo porcentaje de votos: solo el 33,7 % de apoyo, con una participación inferior al 60 %. Si las encuestas del Partido Laborista han seguido cayendo durante el último año, el anuncio de que Corbyn y Zarah Sultana van a fundar un nuevo partido de izquierda va a suponer un nuevo golpe para su apoyo. El autoritarismo obstinado del Gobierno de Starmer —en materia de inmigración, prestaciones por discapacidad e incluso en el trato a sus propios diputados disidentes— está provocando una respuesta organizada.
Los detalles sobre el nuevo partido siguen siendo escasos. Anunciado como un sitio web llamado Your Party, su nombre se decidirá mediante un proceso democrático aún por determinar. Seiscientas mil personas se inscribieron en su lista de correo electrónico en solo unos días. No se trata de miembros. Pero este interés ha ridiculizado los intentos de los autodenominados expertos «centristas sensatos» de ridiculizar el proyecto, ya que ha revelado una verdad más importante: que muchísima gente, de hecho más que el total de afiliados del Partido Laborista, cree que un partido así es necesario. No se trata de una reedición de los proyectos de «partidos radicales de izquierda» del pasado, basados en pequeños grupos revolucionarios: parte de una amplia base de personas que se identifican como activistas en potencia.
Todos los partidos políticos son coaliciones de intereses e ideas sociales. El grupo inicial de diputados asociados a este partido, aunque ampliamente de izquierdas, se ha unido sobre todo por Gaza: fue sobre esa base que cinco independientes ganaron las elecciones del pasado mes de julio, un resultado inusualmente alto dado el sistema electoral británico. Sin duda, Palestina no es una mera «cuestión aislada» ajena a la política nacional propiamente dicha: cristaliza la percepción que millones de personas tienen del papel de Gran Bretaña en el mundo, los límites del debate político y la vigilancia policial de los musulmanes. Este nuevo partido tampoco habría podido despegar sin Corbyn, cuya notoriedad es una de las más altas entre todos los políticos británicos. Aunque solo una minoría de británicos lo admira, la mayoría ya sabe lo que representa.
Aun así, esto deja preguntas fundamentales sobre lo que realmente pretende hacer este partido. Muchos debates en línea han girado en torno a la idea de pactos electorales con los Verdes, cuyo posible próximo líder es el progresista Zack Polanski. Pero, ¿aspira este partido a liderar el Gobierno nacional tras las próximas elecciones generales? ¿Su objetivo es sustituir al Partido Laborista, recrear algo parecido a un partido basado en los sindicatos con un programa mejor? ¿Quizás se trata de un partido de oposición permanente, que construye una base local para empoderar a la clase trabajadora y alejar la política de Westminster? Sin un acuerdo sobre esta agenda a largo plazo —su orientación hacia una base de masas— será difícil evitar que quienes se están afiliando hoy se dividan por todo tipo de cuestiones.
Cuando Corbyn era líder laborista, adoptó mejores políticas que sus predecesores, pero el partido nunca distribuyó el poder más allá de Westminster. Su incapacidad para crear estructuras más arraigadas y su miedo a la política conflictiva y de masas —incluso en cuestiones candentes como el Brexit— hicieron que se viera continuamente sacudido por los ataques de los medios de comunicación y por el intento de adaptarse a ellos y apaciguarlos. Mientras que en las últimas décadas el Parlamento se ha visto cada vez más dominado por profesionales y las estructuras locales del movimiento obrero se han marchitado, el «corbynismo» de 2015-2020 no logró cambiar este desequilibrio. Sí, se situó al frente de una maquinaria del Partido Laborista en su mayor parte hostil. Pero esto tenía que ser una llamada a hacer las cosas de otra manera, en lugar de una mera coartada.
Muchas dudas sobre el nuevo partido se refieren a su proceso, aún opaco: ¿Quién decide lo que viene después? Sin duda, no quiere crear una estructura al estilo laborista, dominada por maniobristas burocráticos y maestros de la jerga reglamentaria. Sin embargo, no todo en la historia del Partido Laborista debe descartarse. Sus raíces en los sindicatos, por muy marchitas que estén, le garantizan una base activista residual en contacto con un amplio espectro de sentimientos de la clase trabajadora, no todos ellos de izquierdas. El Partido Laborista está perdiendo hoy en día estas conexiones con las enfermeras, las antiguas comunidades mineras y los polígonos industriales de las afueras, y no parece probable que un partido de opinión progresista como los Verdes las recupere; pero es algo que sin duda necesita un partido orientado a la mayoría social.
¿Se puede crear algo nuevo, o mejor, de una manera más adecuada para este siglo que para el anterior? Un enfoque consiste en crear instituciones —clubes sociales, centros de asesoramiento— que no estén orientadas a fines electorales estrictos ni a la campaña política como tal. Un proyecto de cambio colectivo seguramente tendrá dificultades para «vender» su promesa en una sociedad atomizada solo con el mensaje adecuado en la televisión o las redes sociales. Este partido podría además pensar en diversificar sus caras públicas, también en términos de origen social y educación: un partido liderado no por licenciados en ciencias políticas o personal de ONG o personas siempre dispuestas a ponerse en primer plano, sino también por voces que ahora están más ausentes de la vida política.
Las encuestas actuales sugieren que Reform UK tiene posibilidades reales de ganar las próximas elecciones generales a pesar de sus propios problemas internos: su líder, Nigel Farage, tiene la autoridad carismática que le convierte en el rostro de una serie de reivindicaciones. Corbyn, Sultana o cualquier otro político de izquierdas nunca podrían desempeñar ese papel, y no solo por sus propios defectos. El cambio socialista consiste en cambiar las relaciones de poder en la sociedad: se basa en movilizar a las personas en torno a la indignación moral, pero también en la defensa firme de sus propios intereses. Los partidos de izquierda necesitan un núcleo activista, hoy en día probablemente inclinado hacia las personas con mayor nivel educativo y en descenso social, pero esto no es suficiente.
Frente a un burócrata imperialista y torpe como Starmer, un partido de izquierda tiene todas las posibilidades de reunir al 10 o 15 % del electorado, incluso en un breve plazo de tiempo. Esto probablemente dividirá el voto laborista, y Starmer tendrá pocos motivos para quejarse. Los débiles intentos de invocar la necesidad superior de la unidad contra Farage son tan cínicos como el tardío «reconocimiento» de Palestina. Hace solo dos años, Starmer dijo a sus críticos: «Si no les gustan los cambios que hemos hecho, pueden marcharse». Ahora, muchos lo harán. El Partido Laborista no durará para siempre, y Starmer lo está acercando a una desaparición al estilo francés o italiano. Lo que no está claro es si un nuevo partido podrá construir algo más fuerte sobre las ruinas.
David Broder es editor de Europa de Jacobin e historiador del comunismo francés e italiano.
3. En la muerte de Ziad Rahbani.
Ha muerto el artista libanés Ziad Rahbani, y entre los artículos que se han escrito para homenajearlo, me ha gustado este de Peoples Dispatch.
El Líbano se despide del icónico músico, dramaturgo y revolucionario Ziad Rahbani
El artista, que se autoproclamaba comunista, ha sido venerado durante mucho tiempo por la nación árabe como una voz inquebrantable de la resistencia y la revolución.
31 de julio de 2025 por Aseel Saleh
Duelo en la capital libanesa, Beirut, durante el funeral de Ziad Rahbani. Foto: Haitham Moussawi / Al Akhbar English
Miles de personas participaron en un solemne cortejo fúnebre por el renombrado compositor y satírico político Ziad Rahbani, en la capital libanesa, Beirut, el lunes 28 de julio. El cortejo tuvo lugar dos días después de su muerte a los 69 años, supuestamente a causa de un ataque al corazón.
Una multitud de dolientes se congregó frente al Hospital Khoury, al este de Beirut, donde falleció Al-Rahbani, antes de dirigirse a la Iglesia de Nuestra Señora de la Dormición, en la localidad de Bikfaya, en el Monte Líbano, para darle su último adiós.
La fama de Ziad no se debía únicamente a ser hijo de la diva árabe y reconocida cantante Fairuz, ni a su descendencia de la eminente Escuela de Arte Rahbani (conocida como los Hermanos Rahbani). Se debía más bien a sus obras de arte únicas, que combinaban las ideas más nobles de la revolución, la resistencia, el patriotismo y el amor.
Su sátira también despertó la conciencia de los libaneses y árabes de a pie, en medio de la agitación política, las contradicciones sociales y un siglo de lucha contra el imperialismo.
Ziad fue un artista y autor prolífico, además de locutor y periodista que escribía para diferentes periódicos libaneses, entre ellos Al-Nidaa, An-Nahar y Al-Akhbar.
El prodigio de la música
Ziad al-Rahbani, nacido en 1956, mostró un talento prodigioso desde muy joven. Comenzó a componer a los 7 años, publicó un poemario a los 12 y escribió e interpretó su primera obra de teatro a los 18.
El pionero del «jazz oriental»
Aunque sus primeras obras estaban influenciadas por los hermanos Rahbani, que se inspiraban en las tradiciones folclóricas libanesas, Ziad pronto creó su propio estilo musical, al que llamó «jazz oriental», mezclando la música folclórica libanesa y la clásica árabe con el jazz y otros géneros, como el flamenco, el tango y el funk.
La guerra civil libanesa: un punto de inflexión en la vida personal, política y artística de Ziad
La compleja y devastadora guerra civil libanesa, que se prolongó desde 1975 hasta 1990, moldeó las opiniones políticas de Ziad y tuvo un gran impacto en su vida personal y en su obra artística.
Después de que las milicias cristianas de derecha libanesas sitiaran y masacraran a unos 1500 palestinos en el campo de refugiados de Tal el-Zaatar, en Beirut, en 1976, Ziad, que había nacido y se había criado como cristiano ortodoxo griego, decidió trasladarse a la zona musulmana de Beirut Oeste, abandonando su hogar familiar en la zona cristiana de Beirut Este.
En una entrevista con el veterano periodista y activista tunecino-libanés Ghassan Ben Jeddo en el canal de televisión Al Mayadeen en 2012, Ziad explicó cómo la masacre de Tal el-Zaatar contribuyó a su despertar político y motivó su postura pro palestina.
Los trágicos acontecimientos de la guerra civil libanesa pusieron al descubierto el enfoque fascista de los partidos de derecha en el Líbano, lo que empujó a Ziad hacia los movimientos de izquierda. Se cree que inicialmente participó en actividades políticas con el Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP) y su partido hermano libanés, el Partido de Acción Socialista Árabe-Líbano, antes de unirse finalmente al Partido Comunista Libanés.
Tras la guerra civil, sus obras de teatro y sus canciones se centraron en abordar las complejidades políticas y sociales del Líbano derivadas de la guerra, como el sectarismo, la lucha de la clase obrera y la corrupción.
La voz inquebrantable de la resistencia y la revolución
Las obras maestras musicales y teatrales de Ziad, junto con su crítica política, han sido la encarnación viva de la resistencia y la revolución contra el proyecto imperialista-sionista en la región de Asia Occidental.
«Nunca construirán un país mientras Israel esté a sus puertas, y nunca lograrán la justicia y la libertad cuando les obliguen a elegir entre dos opciones: su seguridad o su dignidad», afirma Ziad en una de sus citas más famosas.
«On Their Own»: la melodía inmortal de la resistencia y la revolución de Ziad
El legendario músico libanés escribió y compuso muchas canciones que glorificaban la resistencia y la revolución contra la ocupación israelí. Sin embargo, su obra maestra «On Their Own» (o Wahdon en árabe) ha calado especialmente en la conciencia del pueblo árabe.
La letra de la canción fue escrita por el destacado poeta libanés Talal Haidar y cantada con melodiosa voz por la diva Fairuz. Sin embargo, se convirtió en una melodía inmortal de resistencia y revolución después de que Ziad la compusiera con gran creatividad.
La canción narra el último viaje de los tres combatientes árabes de la resistencia Yaseen al-Houzani (de Irak), Ahmad Mahmoud (de Siria) y Munir al-Mughrabi (de Palestina), mientras cruzaban la frontera entre el Líbano y la Palestina ocupada para llevar a cabo la Operación Al-Khalisa en el asentamiento ilegal israelí de Kiryat Shmona en 1974.
Las melodías de Ziad lograron crear una afinidad entre los oyentes y los tres héroes, que fueron asesinados tras matar a 18 soldados israelíes durante la operación.
La rapsodia despierta una profunda nostalgia en el público, reavivando su esperanza de que los extraordinarios patriotas regresen con vida de la operación. También provoca un profundo sentimiento de reverencia por su sacrificio.
Ziad permanecerá imborrable en la memoria colectiva árabe
Para muchos, el legado de Ziad permanecerá imborrable en la memoria colectiva de la nación árabe, no solo por su arte o sus ideas políticas, sino también porque eligió ser una persona afín al pueblo y dedicó su vida a dar voz a sus preocupaciones. El FPLP lamentó la muerte de Ziad en un comunicado emitido el sábado:
«Ziad Rahbani era más que un artista; era una conciencia nacional viva y un intelectual comprometido con las causas de su pueblo, siempre del lado de los pobres y marginados, y rechazando la injusticia, la tiranía y el sectarismo. Nunca fue neutral. Más bien, apoyó a los pobres, al pueblo, a Palestina, a Gaza y a los revolucionarios, que no pedían nada más que una patria que no se vendiera y una vida sin humillación».
4. La guerra como motor del crecimiento.
Pozhidaev, crítico desde la izquierda con la guerra rusa en Ucrania, se centra en este artículo en la situación económica en Rusia, que él ve como en «crisis de acumulación periférica», en discusión con otro conocido disidente, Matveev..
https://links.org.au/capital-power-and-war-crisis-russias-peripheral-accumulation-regime
Capital, poder y guerra: la crisis del régimen de acumulación periférica de Rusia
Por Dmitry Pozhidaev
Publicado el 1 de agosto de 2025
Un evento organizado por el Fondo de Apoyo a los Presos Políticos de Izquierda y Freedom Zone en apoyo a los presos políticos rusos, celebrado en Belgrado el pasado mes de julio, nos brindó a Ilya Matveev y a mí una oportunidad única para continuar, esta vez cara a cara, nuestro debate en curso sobre el peso relativo de los factores económicos y políticos (o ideológicos) en la política rusa contemporánea, en particular en relación con el inicio y la continuación de la guerra en Ucrania. Nuestro intercambio anterior (véase el argumento original de Matveev y mi respuesta) se publicó el año pasado en LINKS International Journal of Socialist Renewal. Este último debate ha contribuido a acercar nuestras posiciones.
Ninguno de los dos negamos la importancia de la economía o la ideología en la configuración de la política estatal, y ambos coincidimos en que los resultados políticos surgen de la interacción compleja y dinámica entre ambas. Como concluimos, la clave está en comprender el equilibrio entre los determinantes económicos estructurales y el papel más contingente de las decisiones políticas. La economía establece los parámetros y las tendencias a largo plazo; la política interviene en coyunturas específicas, inclinando la balanza hacia un resultado u otro.
En su ensayo «Una vez más sobre los sindicatos, la situación actual y los errores de Trotsky y Bujarin», Vladimir Lenin presenta lo que pueden parecer dos afirmaciones contradictorias: (a) la política es una expresión concentrada de la economía, y (b) la política debe tener prioridad sobre la economía, una afirmación que él denomina «el ABC del marxismo». Lejos de ser una contradicción, se trata de una formulación dialéctica.
En general, las relaciones económicas definen los límites y el terreno en el que opera la política. Sin embargo, en determinadas condiciones históricas —especialmente durante las rupturas revolucionarias— la política se convierte en el vehículo a través del cual se transforman esas relaciones económicas. Factores subjetivos como la conciencia de clase, la organización política y el liderazgo pueden adquirir una importancia decisiva. En este sentido, la política puede «dirigir» la economía organizando las fuerzas de clase de manera que alteren las propias estructuras económicas de las que surgieron.
Esta inversión dialéctica —en la que la superestructura adquiere una autonomía relativa y, en coyunturas específicas, remodela la base— es un tema recurrente en el pensamiento marxista. La posición de Lenin se hace eco del análisis de Karl Marx sobre la Comuna de París, un acontecimiento político cuya importancia radicaba en su potencial para transformar los fundamentos económicos de la sociedad. Como escribió Marx en El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, el pueblo hace su propia historia, pero no en condiciones que él mismo elige, una formulación que captura la unidad de las restricciones estructurales y la agencia política.
Aunque se reconoce el importante papel de la política y la ideología, sigue siendo crucial analizar cómo el modelo de acumulación capitalista de Rusia creó las condiciones estructurales —el marco— en el que se tomaron las decisiones políticas posteriores. Ese es el tema central de este artículo.
¿Qué tipo de capitalismo es el ruso?
El régimen de acumulación que dominó Rusia desde principios de la década de 2000 hasta aproximadamente 2013-2014, antes de entrar en estancamiento, se entiende mejor a través del prisma de la teoría de la regulación, que hace hincapié en la interdependencia orgánica entre las estructuras económicas, las formas institucionales y los modos de reproducción. Según este enfoque, el capitalismo no es un modelo único y uniforme, sino una configuración históricamente específica de acumulación y regulación. Cada régimen se define por una alineación coherente (aunque a menudo temporal) entre la forma en que se generan los beneficios (el régimen de acumulación) y la forma en que las estructuras sociales e institucionales apoyan o contienen este proceso (el modo de regulación).
Basándonos en la tipología de Robert Boyer sobre los regímenes de acumulación possocialistas, Rusia, junto con Ucrania, encaja perfectamente en la categoría de capitalismo oligárquico o rentista. En este modelo, la economía depende en gran medida de las exportaciones de materias primas, mientras que la acumulación de capital está profundamente entrelazada con el poder político y la distribución de las rentas. A diferencia de los regímenes desarrollistas u orientados a la exportación, en los que el capital se reinvierte en la expansión de la producción, el modelo ruso canaliza el excedente de rentas hacia el consumo de las élites, la protección de los activos en el extranjero y la redistribución mediada políticamente.
Este modelo también lleva la huella estructural más profunda del capitalismo periférico, tal y como lo teorizó Boris Kagarlitsky en Empire of the Periphery y Restoration in Russia: Why Capitalism Failed. Kagarlitsky sostiene que el desarrollo capitalista de Rusia tras el colapso soviético no se orientó hacia la transformación industrial interna ni hacia la creación de una economía nacional autosuficiente. Más bien, estuvo determinado por las exigencias del centro capitalista mundial, especialmente en Europa occidental y América del Norte.
Rusia emergió como proveedor de materias primas baratas y destino de las salidas de capital hacia el sector inmobiliario y los refugios financieros. Su integración en el sistema mundial fue, por lo tanto, subordinada, impulsada por la demanda externa y la reproducción de las desigualdades globales, más que por las necesidades de desarrollo interno.
En este sentido, la posición de Rusia se asemeja más a la de una formación capitalista periférica, estructuralmente dependiente de la extracción de rentas y de los circuitos de capital externo. Este régimen se basaba en la extracción de rentas de los recursos —principalmente del petróleo, el gas y los metales— que se convirtieron en la base de los ingresos en divisas, los ingresos fiscales y el enriquecimiento de la élite. Pero la acumulación siguió una lógica política, no competitiva.
El acceso a las rentas estaba regido por la proximidad al Estado. Los contratos, las licencias y el control de los bienes públicos —y no la innovación empresarial— determinaban la riqueza y la influencia. En este sentido, el capitalismo ruso se ajusta a la noción de capitalismo político de Max Weber, según la cual los medios de enriquecimiento están determinados por el acceso privilegiado al poder político y no por la dinámica del mercado.
Branko Milanović ha argumentado que este tipo de capitalismo no prospera gracias a la producción, sino a la búsqueda de rentas. Volodymyr Ishchenko señala que, en el contexto ucraniano (que refleja la experiencia rusa), las fronteras entre los negocios y la política son porosas: la acumulación capitalista depende menos de instituciones autónomas y más de redes informales, vínculos clientelistas y coaliciones de élites cambiantes. Kagarlitsky describe de manera similar el capitalismo ruso como un sistema en el que el poder de clase se ejerce a través de una fusión del control económico y administrativo, con las élites estatales haciendo las veces de capitalistas.
¿Por qué se agotó el capitalismo ruso?
A pesar de su aparente estabilidad durante los años del auge de las materias primas, el régimen de acumulación ruso comenzó a tambalearse a mediados de la década de 2010. Su declive fue impulsado por un conjunto de contradicciones internas y externas interrelacionadas que erosionaron gradualmente su capacidad para reproducir capital a gran escala.
El primer y más inmediato signo de tensión fue una crisis de rentabilidad. Mientras que los sectores de los recursos naturales seguían generando rentas sustanciales, gran parte del resto de la economía, en particular la industria manufacturera y los servicios, se enfrentaba a un estancamiento de la productividad y a una caída de los rendimientos. Marx observó que el capital debe expandirse o perecer. En el caso de Rusia, el impulso expansionista no se agotó por la escasez de capital, sino porque el régimen no logró generar un dinamismo interno sostenido.

Figura 1: Indicadores de rentabilidad financiera de las empresas en Rusia, 2000-2024. Fuente: Presentación del autor basada en el Servicio Federal de Estadísticas de la Federación de Rusia, https://rosstat.gov.ru/statistics/finance#
Esta crisis de rentabilidad se pone de manifiesto en los principales indicadores de rentabilidad financiera (figura 1). Tanto el rendimiento de los activos (ROA) como el rendimiento de las ventas (ROS) disminuyeron de forma constante desde mediados de la década de 2000 hasta mediados de la década de 2010. El ROS, que se había situado en torno al 13-14 % a principios de la década de 2000, cayó hasta poco más del 8 % en 2015. El ROA cayó aún más drásticamente, desde un máximo superior al 12 % en 2006 hasta apenas el 3 % en 2015. Este prolongado descenso reflejó no solo los límites estructurales de la acumulación basada en las rentas, sino también las crecientes restricciones impuestas por el deterioro del entorno externo de Rusia, especialmente tras la anexión de Crimea en 2014.
Sin embargo, a partir de 2015-2016, precisamente cuando Rusia comenzó a «flexionar sus músculos» en el ámbito geopolítico, los indicadores de rentabilidad empezaron a recuperarse. Este resurgimiento no fue el resultado de la diversificación productiva o la reinversión, sino que se debió a una combinación de sustitución de importaciones, gasto dirigido por el Estado y militarización. El repunte del ROS en torno a 2021-2022 señala un respiro en tiempos de guerra, impulsado por el aumento de los precios de las materias primas y las medidas fiscales de emergencia. Sin embargo, la recuperación fue desigual: el ROA se mantuvo muy por debajo de sus máximos anteriores a la crisis, lo que sugiere que la rentabilidad en Rusia sigue dependiendo de las rentas externas y las intervenciones estatales, más que de la competitividad estructural.
Estrechamente ligada a la dinámica de la rentabilidad estaba la cuestión de la inversión interna. Los capitalistas rusos han preferido durante mucho tiempo salvaguardar su riqueza en el extranjero, y este comportamiento persistió incluso durante los años de bonanza. Las barreras estructurales —entre ellas la debilidad de los derechos de propiedad, la politización de los tribunales, el faccionalismo de las élites y la ausencia crónica de confianza institucional— convirtieron a Rusia en un entorno de alto riesgo para la reinversión a largo plazo. Incluso cuando se disponía de capital, la fuga seguía siendo la opción racional.
Las consecuencias de la aversión al capital se reflejan claramente en la pauta de crecimiento de la inversión en activos fijos entre 2011 y 2020. Tras alcanzar más del 20 % en 2012, la tasa de crecimiento descendió de forma constante, hasta situarse en solo el 5,5 % en 2020. Esta desaceleración sostenida reflejó la erosión de la rentabilidad, y ambas tendencias tocaron fondo aproximadamente al mismo tiempo.
La estrecha alineación de estas trayectorias refuerza el vínculo estructural entre la rentabilidad y la inversión: desde las perspectivas marxista, keynesiana y kaleckiana, la caída de las tasas de beneficio provoca una «huelga de inversión», ya que los capitalistas responden reduciendo la expansión y posponiendo los compromisos de capital. Empíricamente, esto se ve respaldado por una correlación moderada a fuerte (r entre 0,66 y 0,67) que es estadísticamente significativa al nivel del 1 % entre el crecimiento de la inversión y tanto el ROA como el ROS, lo que confirma que la disminución de los rendimientos influyó de manera significativa en el comportamiento de la inversión durante este período.

Figura 2: Crecimiento anual de la inversión en activos fijos. Fuente: Presentación del autor basada en el Servicio Federal de Estadísticas de la Federación de Rusia, https://rosstat.gov.ru/folder/14304#
Después de 2021, se produjo un cambio drástico, aunque involuntario. El crecimiento anual de la inversión en activos fijos se disparó hasta más del 22 % en 2022 y se mantuvo elevado en los años siguientes. Esta fuerte reactivación no se debió a la recuperación de la confianza de los inversores, sino a un entorno operativo fundamentalmente diferente. Los controles de capital, las sanciones internacionales y la desconexión financiera de Rusia con Occidente restringieron las vías tradicionales de fuga de capitales. Al mismo tiempo, el Estado amplió las adquisiciones militares y de infraestructura e impuso mandatos de sustitución de importaciones de gran alcance. La expansión fiscal en tiempos de guerra impulsó los rendimientos en sectores clave protegidos, reactivando la inversión no a través de incentivos, sino por necesidad.Sin embargo, este repunte no debe interpretarse erróneamente como un signo de fortaleza sistémica. El capital permaneció en Rusia no debido a una mejora del clima de inversión, sino porque se cerraron las vías de escape. Lo que parece una recuperación impulsada por la inversión se entiende mejor como una reorientación del excedente bajo asedio: coercitiva, gestionada y orquestada políticamente, más que impulsada por el mercado o planificada estratégicamente.Esta dinámica subraya una cuestión analítica más amplia: en el capitalismo político periférico, la acumulación está menos determinada por la lógica del mercado que por las restricciones políticas y las dependencias estructurales. La correlación entre la rentabilidad y la inversión en Rusia es real, pero está mediada por un marco de comportamiento de las élites, controles de capital y aislamiento geopolítico.
Además de estas contradicciones internas, la ruptura posterior a 2014 también rompió vínculos externos clave. La integración de Rusia en el capitalismo global siempre había sido subordinada: los petrodólares se reciclaban en los mercados financieros occidentales, mientras que la economía nacional seguía dependiendo de la tecnología, los componentes y el crédito importados. El régimen de sanciones redujo drásticamente estos flujos, socavando la propia arquitectura de la acumulación sin ofrecer una alternativa viable.

Figura 3: Entradas netas de capital anuales por tipo, 2001-2024. Fuente: Presentación del autor basada en el Banco Central de Rusia, https://www.cbr.ru/statistics/macro_itm/external_sector/etg/
La fuga de capitales siguió siendo una característica definitoria del régimen de acumulación ruso incluso después de 2014, a pesar del endurecimiento de las sanciones y los controles de capital. Como muestra el gráfico anterior, las salidas netas de capital no solo persistieron, sino que, en muchos casos, se intensificaron, especialmente en forma de «otras inversiones», una amplia categoría residual que incluye créditos comerciales, préstamos entre empresas y depósitos bancarios. Estos canales se utilizan a menudo para la fuga discreta o informal de capitales, especialmente cuando se restringen los mecanismos formales. La proporción de otras inversiones se ha mantenido alta en promedio durante todo el período, representando en algunos años hasta el 80 % de todos los flujos de capital.La enorme salida de capitales registrada en 2022 —impulsada por la incertidumbre geopolítica, las retiradas de emergencia y las perturbaciones sistémicas en las relaciones financieras transfronterizas— confirma la dependencia estructural del régimen de los circuitos financieros externos. Sin embargo, la dinámica en 2023-2024 sugiere un cambio parcial: las salidas de otras inversiones disminuyeron significativamente y se observaron descensos similares en otras categorías, lo que indica una contención temporal de la fuga de capitales. No obstante, este cambio debe interpretarse con cautela, como una respuesta a las restricciones de las vías de salida y a los controles en tiempo de guerra, y no como una prueba de la mejora de la confianza de los inversores o de un entorno de acumulación estructuralmente sólido.Por último, el fin del superciclo mundial de las materias primas a mediados de la década de 2010 erosionó los cimientos fiscales del modelo rentista. La caída de los precios mermó tanto los ingresos presupuestarios como los superávits externos. El repunte temporal posterior a 2022, impulsado por las subidas de precios relacionadas con la guerra y el gasto de emergencia, no ha resuelto estas vulnerabilidades a largo plazo. En todo caso, ha puesto de manifiesto la fragilidad de un modelo que sigue dependiendo de las rentas, la represión y las intervenciones políticas reactivas.
El régimen de acumulación impulsado por la guerra de Rusia
La economía rusa ha experimentado una profunda transformación desde la escalada de la guerra en Ucrania en 2022. Si bien los contornos de esta transformación ya se vislumbraban tras la anexión de Crimea en 2014, solo tras la invasión a gran escala y las sanciones sin precedentes impuestas por Occidente se ha configurado de forma coherente un nuevo régimen de acumulación.
Esta sección se basa en el análisis anterior de las tendencias posteriores a 2014 y 2022 —especialmente el descenso de la inversión extranjera directa, la inversión de los flujos de ingresos primarios netos y la reorientación de los patrones comerciales— para esbozar la lógica del modelo emergente de acumulación de capital. Como sostengo en mi artículo de LINKS «La desconexión de Rusia de Occidente: el gran igualador», este modelo representa una ruptura con el anterior marco globalista, centrado en la expansión impulsada por la guerra y la reproducción interna.

Figura 4: Porcentaje del sector del petróleo y el gas en el PIB y el presupuesto federal de Rusia. Fuente: Presentación del autor basada en el Servicio Federal de Estadísticas de la Federación de Rusia (https://rosstat.gov.ru/statistics/accounts) y en informes de los medios de comunicación (https://nangs.org/news/economics/v-rf-dolya-neftegazovykh-dokhodov-v-federalnom-byudzhete-sostavila-poryadka-30, https://oilcapital.ru/news/2024-11-07/neftegazovaya-otrasl-rf-prinosit-federalnomu-byudzhetu-pochti-tret-ego-dohodov-5242471)
Sin embargo, ¿hasta qué punto es profunda esta transformación en términos estructurales? A pesar del giro del régimen hacia la expansión militar-industrial y la autosuficiencia sancionada, la lógica básica de la acumulación capitalista periférica —arraigada en las exportaciones de recursos naturales, en particular los hidrocarburos— sigue intacta (Figura 4). Tras la contracción provocada por la COVID en 2020, cuando la participación del sector del petróleo y el gas en el PIB cayó al 14 %, se produjo una fuerte recuperación, que alcanzó su punto máximo en 2022 con un 20 %, ya que los mercados energéticos mundiales respondieron a la guerra con subidas de precios provocadas por el pánico. En 2023 y 2024, la participación volvió a situarse en torno al 16 %, casi idéntica a su nivel de 2017. Este patrón cíclico sugiere continuidad más que ruptura: el sector exportador sigue siendo fundamental para la economía rusa y no se ha producido una diversificación o mejora estructural genuina.Se observa un patrón similar en la participación de los ingresos del petróleo y el gas en el presupuesto federal. Aunque esta participación disminuyó en 2023 y 2024, hasta el 28 % y el 30 %, respectivamente, frente al 41,6 % en 2022, la caída no es inédita. Se observaron niveles comparables durante el período 2020-2021, como reflejo de anteriores perturbaciones de los precios y la demanda. Queda por ver si el reciente descenso es señal de una reducción sostenida de la dependencia fiscal o si se trata simplemente de otra fase del ciclo de las materias primas. Lo que está claro, sin embargo, es que el presupuesto estatal sigue dependiendo estructuralmente de las rentas de los hidrocarburos, ya que los ingresos procedentes del petróleo y el gas han contribuido de forma constante entre una cuarta parte y casi la mitad de los ingresos federales durante la última década.Por lo tanto, el denominado «nuevo» régimen de acumulación puede reflejar una reorganización de la distribución de las rentas y de la composición de la élite, pero no altera los cimientos extractivos sobre los que se sustenta el capitalismo ruso.
Desde 2022, el régimen de acumulación de Rusia depende cada vez más de lo que podría denominarse «keynesianismo militar», un esfuerzo estatal para estimular el crecimiento económico mediante un enorme gasto en defensa, el desarrollo de infraestructuras y una política industrial dirigida desde arriba, características analizadas por Ishchenko, Matveev y Oleg Zhuravlev. El esfuerzo bélico y las sanciones occidentales han desplazado en gran medida a la inversión extranjera y al comercio exterior como fuentes clave de acumulación, sustituyéndolos por la demanda estatal, los contratos de adquisición y las subvenciones estratégicas.
La sustitución de importaciones se ha intensificado, no solo como eslogan político, sino como realidad impuesta. Con Rusia parcialmente desvinculada de los mercados y las cadenas de suministro occidentales, las industrias nacionales han intervenido para llenar el vacío, a menudo al amparo de aranceles elevados, controles financieros y generosas ayudas estatales. Estas industrias, que van desde la agroindustria y la logística hasta la fabricación básica y los productos químicos, no están expuestas a la competencia mundial, sino que están protegidas y estabilizadas por contratos estatales predecibles y acuerdos informales de reparto de rentas.
Esta transformación ha creado nuevos patrones de rentabilidad, como ilustra el gráfico que muestra la evolución de la rentabilidad a lo largo del tiempo, en particular la tendencia al alza desde 2014 (Figura 1). Los capitalistas posicionados en sectores alineados con las prioridades estatales —especialmente las empresas de construcción, los fabricantes de armas y las empresas de logística— han visto aumentar sus beneficios incluso en medio de la incertidumbre macroeconómica.
Para este grupo, la guerra no se ha convertido en una perturbación, sino en una condición para la acumulación. Cualquier forma de acuerdo de paz que reabra Rusia a la competencia mundial y reduzca la inversión pública en los sectores militar y de reconstrucción probablemente erosionaría estos beneficios y restablecería el estancamiento característico de finales de la década de 2010. Por lo tanto, la paz —especialmente en los términos occidentales— no representa una oportunidad, sino una amenaza para el nuevo régimen de acumulación.
Aunque las sanciones han causado daños en áreas específicas, en particular en las finanzas, la tecnología y la fabricación de alta gama, el capitalismo ruso se ha adaptado, en medida sorprendente, a las nuevas restricciones. Muchas de las sanciones se han endogenizado parcialmente: ya no se experimentan simplemente como choques externos, sino como parte de la lógica operativa del sistema.
Los productores nacionales se han beneficiado de la eliminación de la competencia extranjera, en particular en sectores en los que antes no podían competir.
Los controles de capital y de divisas, impuestos por el Estado en respuesta a las sanciones financieras, han logrado estabilizar las salidas de capital y preservar el valor del rublo. Los planes de importación paralela a través de China, Turquía, Asia Central y el Golfo han restablecido el acceso a bienes esenciales, incluidos componentes tecnológicos avanzados. En muchos casos, el Estado ha absorbido la carga del ajuste, redistribuyendo las rentas mediante subvenciones y nacionalizaciones que preservan los intereses de la élite.
La guerra como motor de la estabilidad del régimen
Sergey Aleksashenko, Vladislav Inozemtsev y Dmitry Nekrasov señalan en su informe Dictator’s Reliable Rear (La retaguardia fiable del dictador) que la resistencia de la economía rusa ante las sanciones y la presión de la guerra no es accidental, sino que se basa estructuralmente en un modelo de acumulación de capital que funciona cada vez mejor en condiciones de confrontación. Destacan que los beneficios en la Rusia actual no provienen principalmente de las ganancias de productividad o de la competitividad global, sino de los flujos de rentas controlados por el Estado, el acceso preferencial a sectores protegidos y la consolidación política de industrias clave. Desde este punto de vista, la economía de guerra se ha vuelto internamente coherente, en la que los rendimientos predecibles, la rivalidad moderada entre las élites y la estabilidad del régimen están estrechamente ligados a la continuación de las hostilidades.
Esta lógica crea fuertes desincentivos estructurales para el cese del conflicto, especialmente en condiciones que requieran concesiones territoriales, liberalización o reintegración en las instituciones lideradas por Occidente. A diferencia del modelo de acumulación globalista de la década de 2000 y principios de la de 2010, que se basaba en el acceso a los mercados de capitales occidentales, los bienes inmuebles y las redes financieras extraterritoriales, el régimen actual está relativamente aislado de la volatilidad occidental. Para quienes ahora están al mando de empresas vinculadas al Estado, monopolios logísticos e industrias sustitutivas de las importaciones, un conflicto prolongado o de baja intensidad no es una amenaza existencial, sino una condición estabilizadora.
Este cambio tiene sus raíces en una transformación más amplia de la estructura de clases de Rusia. La élite oligárquica que surgió en la década de 1990 y se consolidó durante la década de 2000 —dependiente del capital occidental, los bienes inmuebles y los paraísos fiscales— ha quedado parcialmente marginada. Algunos perdieron el acceso a su riqueza a causa de las sanciones; otros fueron absorbidos por empresas domesticadas y alineadas con el Estado. Su influencia en las estrategias de acumulación ha disminuido.
En su lugar, ha surgido una nueva élite: contratistas de defensa, magnates de la construcción, tecnócratas sancionados que gestionan sectores sustitutivos de las importaciones y jefes regionales que se benefician de la reconstrucción en los territorios ocupados. Estos actores no están integrados en los circuitos globales del capital. Su fortuna depende de su lealtad al régimen y del acceso continuado a las rentas de la guerra. Una tregua temporal, incluso impuesta por la administración de Donald Trump, podría reducir el riesgo geopolítico, pero también desestabilizaría el orden económico interno que los sostiene. La guerra los ha enriquecido; la paz podría dejarlos sin relevancia.
La guerra también ha adquirido una función más amplia en la consolidación del poder político. No solo sirve como instrumento de política exterior, sino como mecanismo interno de cohesión de la élite y legitimación del régimen. Dentro de esta lógica, el apoyo a la guerra se convierte en una prueba de lealtad: se espera que los actores políticos, los empresarios e incluso las figuras culturales demuestren su alineamiento con los objetivos del Estado o se enfrenten a la exclusión y la represión.
La guerra justifica la centralización autoritaria, reprime la disidencia y asigna capital a los grupos favorecidos. Disciplina a la élite y elimina o neutraliza a los competidores internos. En este contexto, incluso la idea de un «conflicto congelado» que reduzca las hostilidades sin resolver las cuestiones territoriales puede considerarse desestabilizadora. Podría reabrir la competencia entre las élites, envalentonar a facciones alternativas —incluidos los restos de la oligarquía prooccidental— y socavar la cohesión ideológica que actualmente proporciona el esfuerzo bélico.
A nivel ideológico, el régimen ha enmarcado la guerra como una medida defensiva contra el imperialismo occidental y como una misión civilizadora. Este discurso se ha institucionalizado profundamente, desde los medios de comunicación y la educación hasta los discursos oficiales y la política simbólica. Cualquier concesión, incluso si no implica una retirada territorial formal, corre el riesgo de ser interpretada como una traición. Tal medida podría desmovilizar a sus partidarios, revitalizar a los nacionalistas radicales y sentar un precedente para futuras demandas occidentales sobre Crimea u otros territorios. Además, incluso si se consiguiera el levantamiento de las sanciones a cambio de un acuerdo, su fiabilidad a largo plazo es dudosa. Una futura Administración estadounidense podría revertir cualquier distensión, como han demostrado los episodios anteriores de levantamiento y restablecimiento de sanciones.
Por último, la economía de guerra ya no depende del capital ni de los mercados occidentales para su reproducción. La orientación exterior de Rusia se ha desplazado de forma decisiva hacia China, India, Turquía y el Sur Global en general. El volumen comercial con estos socios se ha expandido significativamente, especialmente en el sector energético. La figura 5 muestra que las exportaciones de hidrocarburos a China, India y Turquía se dispararon entre 2019 y 2021 y en 2023, mientras que las exportaciones a la Unión Europea se desplomaron. Los flujos energéticos se han redirigido hacia el este y el sur, y China absorbe ahora casi tanto como lo hacía antes la UE, mientras que la India y Turquía se perfilan como compradores clave.
Al mismo tiempo, Rusia ha aumentado su participación en el BRICS y en foros financieros y políticos alternativos. Estos vínculos no solo ofrecen un salvavidas económico, sino también nuevos ámbitos de acumulación, inversión y reconocimiento diplomático. Los mercados y las instituciones occidentales ya no son la única vía de acceso al crecimiento y la reproducción. Esta diversificación reduce la influencia estratégica de Occidente —incluso si se uniera para ofrecer un alivio de las sanciones— a la hora de influir en el comportamiento de la clase capitalista rusa.

Figura 5: Composición de las exportaciones de hidrocarburos de Rusia por comprador, media 2019-2021 frente a 2023. Fuente: Presentación del autor basada en datos de RIA Novosti,
https://ria.ru/20240311/uglevodorody-1932216980.htmlA primera vista, este giro hacia el este podría sugerir una transición hacia el tipo de desvinculación prevista por Samir Amin, un intento de reestructurar la economía en torno a la reproducción interna en lugar de la dependencia del núcleo global.En mi artículo anterior, propuse (de forma algo provocativa) que algunos elementos de la economía de guerra —como la expansión de la producción industrial básica y un cierto grado de redistribución hacia abajo— parecían tener características favorables a los pobres, lo que podría indicar el inicio de una vía de desarrollo autocéntrica.Sin embargo, la investigación que Kagarlitsky y yo llevamos a cabo posteriormente, basándonos en la metodología de Minqi Li para rastrear las transferencias transfronterizas de valor, sugiere una realidad más aleccionadora. Si bien la reorientación de los flujos comerciales de Occidente hacia Oriente ha reducido la escala de las transferencias netas de valor fuera de Rusia, estas transferencias siguen siendo persistentemente negativas. La mayor parte de la plusvalía que antes fluía hacia Occidente ahora se acumula en China, el nuevo socio comercial central de Rusia.
Es importante señalar que esta tendencia de reorientación es anterior a la guerra a gran escala. En 2018, las exportaciones de petróleo de Rusia a China casi se duplicaron tras la puesta en marcha del segundo tramo del oleoducto Siberia Oriental-Océano Pacífico (ESPO), que aumentó la capacidad de aproximadamente 15 a 30 millones de toneladas anuales. Mientras tanto, las exportaciones a Occidente se estancaron. La posterior puesta en marcha del gasoducto Power of Siberia en diciembre de 2019 —diseñado para alcanzar una capacidad de 38 000 millones de metros cúbicos en 2025— institucionalizó aún más el flujo hacia el este de materias primas estratégicas
. Kagarlitsky y yo argumentamos, siguiendo a Giovanni Arrighi, que no se trata de una desvinculación, sino de una reorientación: un cambio en la dependencia de un centro a otro. En lugar de escapar a la lógica estructural del capitalismo global, Rusia se ha reinsertado en una dinámica centro-periferia diferente, esta vez con China en el centro. Moscú puede aspirar a convertirse en un centro neurálgico de una «globalización alternativa», pero económicamente sigue siendo la parte receptora de un intercambio desigual.
Aleksashenko y sus colegas señalan que Rusia no está simplemente «cayendo en los brazos de China» (algo ya evidente, ya que China representó el 33,8 % del volumen de comercio exterior de Rusia en 2023, una cuota comparable a la de la UE a mediados de la década de 2010). Más bien, Moscú se está transformando en el centro de un «modelo alternativo de globalización», que opera al margen de las instituciones controladas por Occidente y de las normas establecidas.
Las mismas características que hacen que el sistema actual parezca insostenible desde el punto de vista económico occidental o liberal —la falta de inversión, el estancamiento tecnológico, la exclusión del capital occidental— son las que permiten al régimen controlar el flujo de capital, reprimir la disidencia interna y mantener la lealtad de las élites. El gasto en guerra funciona como una herramienta de redistribución interna, canalizando las rentas hacia actores políticamente complacientes y desplazando las iniciativas capitalistas autónomas.
Paradójicamente, la desescalada desestabilizaría este orden al reintroducir la competencia, restaurar la relevancia política de los oligarcas marginados y debilitar el vínculo ideológico que ahora une al Estado y al capital. Vladimir Medinsky, principal negociador del Kremlin con Ucrania, ha invocado recientemente la guerra de 21 años de Pedro el Grande contra Suecia para subrayar que Rusia está dispuesta a luchar «para siempre» en Ucrania.
Por lo tanto, no es de extrañar que cada vez más voces en Ucrania (como el general Valerii Zaluzhny) y en Occidente (por ejemplo, el exsecretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg) hablen ahora de un conflicto prolongado que durará no meses, sino años, o incluso décadas. Si bien algunos actores pueden ver beneficios en un enfrentamiento prolongado, como la expansión de la actividad militar-industrial o la renovación de la relevancia geopolítica, la mayoría ve esta trayectoria con profunda preocupación.
Sin embargo, paradójicamente, muchos —no solo las élites de Moscú, sino también los observadores de las capitales occidentales— perciben ahora un conflicto contenido y de baja intensidad como más manejable y menos desestabilizador que una paz impredecible. Algunos analistas occidentales sostienen que la economía rusa acabará sucumbiendo al agotamiento fiscal y al declive demográfico, mientras que las élites políticas y militares ucranianas reconocen cada vez más que el objetivo de una victoria militar rápida y decisiva ya no es viable. En este consenso emergente, la paciencia estratégica —a través de una presión prolongada, la contención y la guerra de desgaste— se considera la vía más viable para avanzar.
Esta lógica se refleja también en Moscú. Mientras la economía evite el sobrecalentamiento y las sanciones sigan siendo parcialmente endogenizadas (como se ha comentado anteriormente), los dirigentes rusos tienen pocos incentivos para buscar la reconciliación. Una guerra controlada y de intensidad relativamente baja ofrece claras ventajas políticas y económicas: mantiene la legitimidad del régimen, mantiene a raya la presión occidental y consolida la lealtad de la nueva clase dirigente en ascenso. Las condiciones materiales de la guerra, en lugar de socavar el sistema, han sido metabolizadas por él.
En este sentido, la guerra no es simplemente un error geopolítico o una cruzada ideológica. Se ha convertido en un componente estructuralmente funcional del actual orden capitalista ruso, que sirve como mecanismo de cohesión de clase, distribución de rentas y realineamiento geopolítico. Mientras estas funciones permanezcan intactas y los costes se mantengan bajo control, los incentivos estructurales seguirán favoreciendo la confrontación prolongada frente a la paz.
La guerra como característica estructural, no como error estratégico
Este artículo ha argumentado que la guerra de Rusia en Ucrania no es simplemente un error de cálculo geopolítico o un exceso ideológico, sino una característica estructuralmente arraigada en su régimen de acumulación capitalista. Ante la disminución de la rentabilidad, la fuga de capitales y las restricciones externas, el sistema se adaptó mediante una reestructuración impulsada por la guerra. Surgió una nueva élite, arraigada en los sectores de la defensa, la construcción y la sustitución de importaciones, cuya fortuna depende de la continuación del conflicto, no de la paz. El keynesianismo militar, los controles de capital y la redistribución de las rentas estabilizaron la acumulación y la cohesión de la élite en condiciones de asedio.
En lugar de representar una ruptura, esta transformación reestructuró las características existentes del capitalismo ruso. La economía de guerra absorbió las sanciones y reconvirtió las restricciones en fuentes de acumulación interna. La paz, especialmente en los términos occidentales, amenazaría este equilibrio al reavivar la competencia, debilitar la disciplina de la élite y socavar la legitimidad política construida sobre la movilización en tiempos de guerra.
Estas conclusiones desafían la expectativa liberal de que el capitalismo promueve la paz a través de la integración. El caso ruso muestra que el capitalismo político periférico puede estabilizarse a través de la confrontación, y no a pesar de ella. La guerra no se convierte en una interrupción, sino en un mecanismo de acumulación, realineamiento de clases y supervivencia del régimen.
Esto no significa que la ideología y la irracionalidad no desempeñen ningún papel. Pero, como advierte Kagarlitsky en The Long Retreat: Strategies to Reverse the Decline of the Left, incluso cuando los líderes parecen actuar de forma irracional, su locura «no surge por sí sola, sino que se desarrolla como un efecto secundario del funcionamiento del sistema. Los diferentes sistemas sociales, culturas y prácticas políticas dan lugar a diferentes manías». En otras palabras, los errores políticos, incluso los más extremos, están condicionados sistémicamente. No surgen fuera de la estructura, sino desde dentro de ella.
En este sentido, Rusia puede no ser una excepción. Otros Estados que se enfrentan a crisis similares —sancionados, marginados o estancados— también pueden recurrir a la guerra como estrategia política y económica. La experiencia rusa debería servir no solo como advertencia, sino como marco para comprender cómo el capitalismo puede perdurar, e incluso prosperar, en condiciones de conflicto sostenido.
5. Por el Italexit.
En su última entrada en su Facebook Zhok aboga por salir de la «jaula de espejos deformantes e ilusiones psicodélicas» que es la UE.
Dos consideraciones al margen sobre el tema de las relaciones entre Italia y la UE.
1) A menudo se tiende a contraponer dos imágenes abstractas: por un lado, Europa vista como coincidente con la UE; por otro, la imagen de Italia, frágil bote a merced de los oleajes de la política internacional y la economía de los grandes actores.
Una vez que el discurso toma este rumbo, es fácil preguntarse retóricamente: ¿adónde podrá llegar Italia por sí sola, como si estuviéramos jugando un partido entre Italia y el resto del mundo?
Esta visión es completamente errónea.
No tiene sentido hablar de una Italia «con o sin Europa».
Siempre ha habido formas de tratados de cooperación europea, desde que Italia existe como Estado unitario.
El problema no son los tratados europeos o internacionales en general, sino las características específicas del Tratado de Maastricht (y posteriormente del de Lisboa), con la instauración de un modelo de relaciones muy concreto, orientado a políticas neoliberales, mercantilistas, destinadas a maximizar las exportaciones en detrimento del mercado interno, con el fin de debilitar la capacidad de autoorganización de las instituciones nacionales para prestar servicios de interés público, punitivas con las industrias estatales y favorables a las operaciones de privatización. En este contexto, la creación del BCE y el lanzamiento de la moneda única transformaron Europa en un centro eminentemente financiero, en el que Alemania y sus países satélites podían beneficiarse de la exportación de una moneda comparativamente más débil de lo que habría sido una moneda libre de fluctuar en función de la balanza comercial alemana.
Después de 1992, en Italia asistimos a una venta masiva de activos productivos nacionales, así como a una privatización masiva de activos públicos. Y nada de esto fue accidental. Como atestiguan innumerables testimonios, este sistema fue impulsado por los acuerdos de la UE, cuyo dominus era y es Alemania.
La alternativa a la UE para Italia no es convertirse en un Estado comercial cerrado al estilo de Fichte, ni tampoco en Corea del Norte. Tratados de cooperación similares a los que instituyeron la CEE podrían resultar provechosos desde el punto de vista económico, y podrían complementarse con tratados de cooperación tecnológica bilateral o trilateral en múltiples sectores.
La idea de soberanía nacional no tiene nada que ver con un aislamiento dorado ni con un nacionalismo agresivo.
Esto es simplemente el aparato propagandístico de quienes tienen intereses sólidos en el actual régimen europeo.
2) La idea de que la UE representa o ha representado alguna vez un intento de reforzar el poder político europeo como contrapeso a los demás «grandes actores» es una absoluta tontería.
El modelo neoliberal, consagrado en los actuales tratados europeos, tiene como objetivo explícito el debilitamiento de todos los ordenamientos estatales que no estén al servicio de las multinacionales.
La UE ha trabajado por la pérdida de soberanía de los Estados que la componen, y lo ha hecho NO con el fin de sustituirla por una supernación soberana de cuento de hadas (los Estados Unidos de Europa, sobre los que nunca ha habido ningún tipo de acuerdo, ni a nivel político ni como premisas históricas o culturales). Este espejismo, este «sol del futuro» de los liberales que serían los Estados Unidos de Europa, nunca ha tenido ninguna posibilidad de nacer y nadie, salvo los ingenuos, ha creído en él ni por un minuto.
La función real de la UE ha sido debilitar la soberanía nacional de los Estados miembros para sustituirla por grupos de presión económicos y lobbies privados. Casualmente, este proceso fue muy bien visto por los Estados Unidos, que, gracias a su dominio financiero, disponían así de palancas extraordinariamente eficaces para cultivar sus intereses desde dentro de la política europea.
En otras palabras, la UE es un mecanismo institucional que debilita sistemáticamente la capacidad de autodeterminación de los Estados nacionales para sustituirla por instancias oligárquicas de matriz económica.
Cuanto antes salgamos de esta jaula de espejos deformantes e ilusiones psicodélicas, antes se reabrirá la puerta del futuro para Italia (y para Europa).
6. La situación de la economía mundial actual.
Tercera parte de análisis de Adam Tooze sobre la situación de la economía mundial. En esta ocasión centrado en el sistema del dólar.
https://adamtooze.substack.com/p/chartbook-401-the-dollar-system-in
Chartbook 401: El sistema del dólar en la era de las finanzas de mercado: la globalización financiera más allá de los bancos (The World Economy Now, julio de 2025)
Adam Tooze
Jul 30, 2025
Esta es la tercera entrega de mi serie en curso que trata de seguir la evolución general de la Economía Mundial Actual.
Las entregas anteriores fueron
#1 mayo 2025:Poniendo en su sitio la pataleta comercial de Trump
#2 de junio de 2025:Hacia dónde va China
En esta entrega leo elInforme Económico Anual del Banco de Pagos Internacionales (BPI)elaborado por el magnífico equipo de investigación del BPI dirigido por Hyun Song Shin. Su investigación nos permite trazar cómo han cambiado el sistema financiero mundial y los flujos financieros desde la crisis financiera de 2008 y qué implicaciones tiene esto para el funcionamiento del sistema del dólar.
Según el equipo del BPI, el punto de partida clave es reconocer una serie de grandes tendencias que han reordenado las finanzas mundiales desde 2008:
La Gran Crisis Financiera (GFC) (de 2008) fue un acontecimiento decisivo que puso en marcha dos cambios estructurales relacionados en el sistema financiero mundial que definen el estado del sistema en la actualidad. En primer lugar, la intermediación financiera ha dejado de centrarse en los préstamos al sector privado para centrarse en los créditos al Estado, especialmente en forma de bonos soberanos. En segundo lugar, las instituciones financieras no bancarias (IFNB) han asumido un papel más importante. Mientras que la CFG fue principalmente una crisis bancaria en la que los bancos regulados fueron los protagonistas, los gestores de carteras que invierten en bonos soberanos han cobrado protagonismo en el sistema financiero posterior a la CFG.
Con Estados Unidos a la cabeza, el sector privado se ha «desendeudado» desde 2008, mientras que las deudas públicas se han acumulado como nunca antes en tiempos de paz.








