“Catástrofes climáticas y modelo civilizatorio” por Albert Recio Andreu

La primera gran oleada

En pocos meses, la población española ha podido experimentar en directo los primeros embates catastróficos del cambio climático: la dana valenciana del pasado octubre y la oleada de grandes incendios de este verano. Sin contar la experiencia de una prolongada ola de calor que ha generado más muertes, pero que resulta mucho menos perceptible por su impacto difuso.

Estas experiencias, traumáticas, podrían ser una oportunidad para generar una conciencia amplia y encarar en serio políticas orientadas tanto a frenar el calentamiento global como a paliar y minimizar sus impactos. En el convencimiento, no obstante, de que llegamos tarde y de que se reproducirán más situaciones como las que hemos vivido. La propuesta del Gobierno de avanzar hacia un pacto de estado para afrontar la crisis climática es, de entrada, una buena lectura de la situación, más allá de la dosis de oportunismo que pueda tener. Y es muy probable que la propuesta sea mucho menos ambiciosa de lo deseable.

Además, hay muchas posibilidades de que el intento fracase. Y hay muy pocas posibilidades de que todo esto implique adoptar una política ecosocial seria. Son obstáculos de diferente nivel, desde el del simple juego político institucional hasta los más estructurales. Conviene diferenciar los planos, porque es la única posibilidad de avanzar en una propuesta política que consiga romper la inercia que conduce a la sucesión de desastres.

El diálogo imposible

En un plano inmediato, la imposibilidad de transformar los desastres recurrentes en reflexión y acción colectiva se encuentra en la degradación del debate político impuesto desde los medios de comunicación (incluidas las redes sociales) y la derecha global. En el caso de España, esta situación se agrava porque en la mayoría de grandes catástrofes la derecha se ha destacado por su pésima gestión y por la propia dinámica generada por los resultados electorales del último ciclo. Para el PP y Vox, la gesticulación es una necesidad para eludir responsabilidades, y para reforzar una dinámica de agitación que les acabe llevando al Gobierno. Pero el PSOE suele entrar al trapo, seguramente porque refleja el nivel político de muchos de sus dirigentes, más parecido a los de una directiva de equipo directivo que a una organización de cuadros socialistas. Y la izquierda alternativa está, en general, ausente del debate por su escasa incidencia en los medios. Los debates se centran más en quién tiene la responsabilidad política de la gestión que no en situar la naturaleza de los problemas (limitada a alguna pequeña aparición por cuota). La máquina de fango de la política institucional juega tanto para oscurecer responsabilidades como para desviar la naturaleza de los problemas. O para promover hipótesis conspirativas como la de la banda de pirómanos que de vez en cuando recorre el país. No hay mucho que esperar, en este sentido, de la propuesta de un pacto climático si el debate se circunscribe al espacio parlamentario. Lo peor no será que no se llegue a un acuerdo, lo peor puede ser que el ruido generado confunda aún más a la gente sobre la naturaleza del problema.

Más allá del oportunismo, la derecha tiene un motivo de fondo para aceptar un reconocimiento básico de la crisis climática. Tomarla en consideración, aunque sea en su versión más moderada, conduce a políticas de más gasto e intervención pública, y ello contradice de pleno su anclaje en las políticas de rebajas de impuestos y gasto público que constituyen uno de sus principales banderines de enganche electoral. Aun en un grado mínimo implicaría aceptar un giro político (como en cierta medida se dio al final de la Segunda Guerra Mundial) que, al menos de momento, no está en ninguna agenda, dado el éxito de la embestida neocón en todo el mundo.

Capital y geopolítica

La relación entre capitalismo y crisis ecológica es bastante obvia. Pero debe afinarse el análisis. En la versión más sencilla, se asocia capitalismo a crecimiento económico. Y, como el crecimiento requiere un uso cada vez mayor de recursos, se concluye fácilmente que el desarrollo capitalista conduce directamente a un conflicto con los límites del planeta. Esta interpretación tiene una buena dosis de verdad, pero conviene mirarla con cierta distancia. Por dos razones: en primer lugar, podríamos pasar a un mundo con decrecimiento en el que la sociedad estuviera marcada por diferencias de clases y los capitalistas siguieran dirigiendo la economía y controlando una parte de la producción. Sería un capitalismo menos heroico, pero seguirían existiendo clases sociales, desigualdades, y un menosprecio de actividades básicas no interesantes para los ricos. La panoplia de sociedades de clase es bastante extensa como para no ser ingenuos a la hora de asociar mecánicamente decrecimiento y fin del capitalismo. La otra cuestión posiblemente levante más ampollas. El crecimiento también podría ser un objetivo de sociedades igualitarias imbuidas por la idea de que cada vez hay que consumir más. Por ejemplo, podría ser una sociedad orientada por tecnócratas pirados (me temo que hay una oferta bastante amplia de este tipo de sujetos) convencidos de que siempre habrá posibilidades de soluciones técnicas para hacer frente a los problemas, y una sociedad ansiosa de confundir la buena vida con mayor consumo.

Además del crecimiento, hay otras muchas prácticas letales que desarrollan las empresas capitalistas y que por acumulación contribuyen a generar la crisis ecológica: explotación de recursos generando enormes daños colaterales, generación de residuos no reciclables, contaminación, degradación de la biodiversidad… Las empresas individuales buscan ganar dinero en su esfera de actividad, sin pagar ni preocuparse por sus impactos externos o por los costes sociales que generan. Y, además, tratan de proteger su área de negocio intentando bloquear toda regulación que la ponga en peligro. En una economía dominada por grandes empresas con ingentes recursos económicos, su capacidad de influencia social es notable, y conspiran continuamente por actuaciones públicas favorables a sus intereses. Incluyendo, en ello, las rebajas de impuestos y el debilitamiento de la acción pública. El reciente fracaso del acuerdo sobre los plásticos, una más de una larga sucesión de ocasiones perdidas, ejemplifica bien esta capacidad de anteponer el interés privado sectorial a la necesidad colectiva de una contaminación dañina en el corto y el largo plazo. Por eso hay que esperar que cualquier intento de pacto esté condicionado, orientado, configurado por la intervención de las grandes empresas. No sólo en forma de bloqueo, sino también orientando las soluciones hacia nuevas oportunidades de negocio que tienen efectos sociales y ecológicos importantes. No es banal, por ejemplo, que la articulación de las políticas forestales quede en manos de subcontratas privadas que configuran contratos laborales precarios, y que ven el espacio forestal como una oportunidad de negocio.

Hay que añadir, además, que las políticas nacionales no se toman en el vacío. Están influidas por una vasta red de relaciones internacionales, acuerdos, tratados, organizaciones que condicionan el margen de autonomía nacional y la acción pública. Un margen que, en este momento, es precisamente pequeño no sólo por la erosión generada por décadas de políticas globalizadoras, sino también por la creciente presión del imperio americano y toda su caterva de aliados europeos. Todo ello comporta un margen de acción limitado, aunque no irrelevante, que posiblemente tendrá más espacio para las políticas paliativas que sobre las que encaran de lleno la crisis climática.

Una cuestión civilizatoria

Si consideramos el capitalismo en los términos clásicos —una estructura de poder que separa a una minoría propietaria del resto de la población—, la respuesta a los problemas ecológicos es relativamente sencilla en términos sociales. Se trata, simplemente, de confrontar estos intereses minoritarios a los explotadores y los responsables de la degradación ecológica con el resto de la población mundial. Nunca va a ser fácil en términos reales, pero al menos es sencillo en términos de discurso y elaboración programática.

El problema es que, con ello, perdemos de vista elementos esenciales de la sociedad en la que tienen que operar las políticas ecosociales. Doscientos años de capitalismo han conformado un modelo civilizatorio que es mucho más complejo y amplio que la mera estructura esencial. Entiendo por civilización aquellas formas de vida y referencias culturales que operan y orientan la vida cotidiana de millones de personas, casi la humanidad entera. Que están formadas por estructuras materiales, por instituciones y por construcciones ideológicas y culturales.

Doscientos años en los que ha cambiado la relación con la naturaleza, el tipo de bienes que conforman nuestra vida cotidiana, la relación con el espacio. Donde la ciencia se ha consolidado como un actor permanente y, sobre todo, ha generado unas expectativas de progreso permanente (que, por ejemplo, se constata en el campo de la enfermedad y la esperanza de vida: la mayoría de la gente confía en que paulatinamente todos los males tendrán solución). Y donde, al mismo tiempo, el propio desarrollo capitalista ha dado lugar a estructuras sociales mucho más complejas que en sus orígenes, con la formación de capas importantes de trabajadores educados que ocupan puestos intermedios en las grandes estructuras empresariales y, sobre todo, son agentes principales en los servicios públicos (y en las ONG). Y donde los procesos migratorios han desvelado la persistencia de fracturas por cuestión de etnia y nacionalidad. Y donde el patriarcado ha seguido influyendo en la vida de hombres y mujeres. Y el desarrollo desigual de las naciones y el imperialismo han impuesto una jerarquía de situaciones que retroalimentan desigualdades y tensiones.

Realmente, es una situación compleja e imposible de abarcar con esquemas simplistas. En lo que respecta a la cuestión ecológica, lo que resulta crucial es que muchos de los ajustes necesarios no sólo afectan a las ganancias del capital, sino que atentan contra las condiciones de vida de la gente corriente tal como tiene definida su vida cotidiana.

Lo ilustro con un ejemplo. Paso cada año una parte del verano en un pueblo rural de la provincia de Salamanca. Los últimos tres años, el agua del grifo no es potable para usos de boca. La razón es la contaminación provocada sobre todo por contaminantes agrarios. Es una situación que se produce en cientos de poblaciones en todo el país. La agroquímica y la ganadería intensiva son el origen de esta contaminación. Debería ser un escándalo, pero la gente lo acepta pasivamente. El Ayuntamiento suministra agua potable gratuita (un coste para las arcas públicas), y se ha disparado el consumo de agua embotellada. Se paga mucho más por un bien básico. Cuando se discute el tema, lo que aflora es que en un pueblo agrícola gran parte de la gente vive ligada a un modelo agrario que no controla, y teme un cambio hacia un modelo que ni conoce ni controla, y prefieren culpar a las regulaciones europeas de ser demasiado exigente con los estándares de salubridad. No se trata de una cuestión excepcional; cualquier debate sobre el uso del coche u otra política ambiental seria conduce a lo mismo. La sensación, para mucha gente, es que una transformación radical puede alterar sus vidas a peor. Por eso aparecen anclados a un modelo productivo que no controlan, pero al que están acostumbrados. No habrá un populismo ecológico, excepto cuando se trate de reacciones puntuales a cuestiones concretas.

Por eso considero que dos de las políticas frente al cambio climático —frenar su gestación y paliar sus efectos con políticas defensivas— tienen más posibilidades de avanzar a corto plazo. Son las que generan menos resistencias, las que obedecen a demandas concretas, las que pueden incluso prometer nuevas líneas de negocio. Aunque se trata de políticas de «salida de tubo» que pueden acabar superadas por los crecientes impactos del cambio climático. Un enorme coste (en parte inevitable) que asumir pero, que también puede convertirse en un mero placebo.

La crisis climática y el reto civilizatorio

En estas líneas he tratado de subrayar que el reto del cambio climático, y la crisis ecológica en general, se enfrenta (a pesar de la brutalidad de los impactos) a una enorme resistencia social. No sólo por parte del capital, sino por una sociedad entera que ha sido conformada por este. Incluso muchas de las luchas igualitarias promovidas por las clases subalternas han contribuido a promover formas de vida que agravan los problemas (por ejemplo, la expansión del turismo de masas). Por eso resulta tan difícil una rectificación global. Y por eso es más fácil que las diferentes catástrofes se tomen prioritariamente como casos aislados que requieren respuestas específicas. Entiendo la desesperación de muchos ecologistas serios, recordando que llevan décadas avisando de los problemas. Pero su frustración tiene un punto de ingenuidad y de ausencia de comprensión de cómo funciona la sociedad.

El reto es enorme. La crisis ecológica no sólo traerá devastación y graves problemas para satisfacer necesidades humanas. Puede traer también la emergencia de nuevas formas de explotación y sumisión humanas, más brutales que las que conocemos en nuestro capitalismo actual. Por eso hay que ser capaces de desarrollar una política que reconozca los problemas, que aporte comprensión de los mismos y que busque soluciones. Nos hace falta una política que trate de actuar como se hace en estos juegos de palillos donde hay que ir sacando cada pieza evitando el desmoronamiento del montón. Una política a la vez firme y sofisticada. Que requiere de buena construcción cultural, de experimentación alternativa, de sensibilidad con lo concreto, de búsqueda de soluciones practicables, de acumulación de fuerzas.

La sucesión de catástrofes es un indicativo del impacto del cambio climático. Es un momento para exigir reflexión, respuestas y giros estratégicos. Pero van a afrontar fuertes resistencias de los poderes económicos y de la sociedad. Por eso, tan urgente como son las respuestas, lo es la construcción de un amplio espacio social que genere fuertes conexiones entre el mejor análisis científico, la política institucional, la movilización social, y la experimentación de alternativas. Ni fácil ni sencillo.

https://mientrastanto.org/248/notas/catastrofes-climaticas-y-modelo-civilizatorio/

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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