Como cualquier persona medianamente cinéfila sabe muy bien, en una de las primeras secuencias del archifamoso film de 1968 dirigido por Stanley Kubrick bajo el título 2001: una odisea del espacio, aparece, ante los asombrados ojos de un grupo de primitivos simios antropoides, un extraño monolito negro en forma de paralelepípedo ortoédrico perfecto, a partir de cuya irrupción los simios empiezan a actuar como horda aguerrida contra otras poblaciones de primates, gracias a su recién adquirida mayor conciencia de grupo y a la utilización de armas improvisadas.
El significado de esa secuencia, así como de los correspondientes pasajes del relato de Arthur C. Clarke en que se inspiró Kubrick, no es unidimensional y contiene múltiples sugerencias sobre la evolución de la especie humana. Pero ciertamente puede servir como alegoría de la tesis que a continuación se expone.
Mucho se habla últimamente de la creciente polarización política en las sociedades llamadas occidentales. No es nada extraño, dado el desequilibrio en la distribución de recursos y las crecientes desigualdades de renta entre poblaciones, clases y sectores. Cosa que va unida, ya que hablamos de «Occidente», al paulatino cumplimiento del significado de ese término, que deberíamos tener presente que es sinónimo de «Ocaso». Y donde mayor es la conciencia de ocaso, por haber brillado más alto en su época dorada, a saber, los Estados Unidos de América, es natural que afloren con más fuerza las reacciones defensivas de quienes se resisten a sufrir las consecuencias del declive.
Pero para quienes creemos en lo acertado de la afirmación inaugural de la primera parte del Manifiesto del partido comunista de Marx y Engels («La historia de todas las sociedades existentes hasta el presente es la historia de luchas de clases») podría resultar desconcertante, si nos atuviéramos a una interpretación literal de esa frase, contemplar qué poca relación parecen guardar la mayoría de los enfrentamientos que vemos a diario en la arena pública con una lucha de clases propiamente dicha. ¿Qué tiene que ver, por ejemplo, el conflicto entre explotadores y explotados (que en eso consiste fundamentalmente la lucha de clases) con el enfrentamiento entre impulsores del monolingüismo y defensores del bilingüismo en comunidades lingüísticamente heterogéneas, como Cataluña? Y ¿qué tiene que ver con la lucha de clases el rechazo de los inmigrantes pobres por parte de poblaciones autóctonas de bajos niveles de renta?
Pues sí tiene que ver. Pero de manera indirecta, no tan claramente como se manifestaba en décadas pasadas el conflicto entre patronos y obreros en las fábricas o entre terratenientes y jornaleros en el campo. Y no es que en esas décadas no estuvieran entremezcladas las luchas que, generalizando, podríamos llamar «culturales» con las propiamente socioeconómicas. Pero ha ocurrido que la división del trabajo a escala mundial propiciada por la globalización ha relocalizado los conflictos de manera que la visibilidad del choque directo entre capital y trabajo (es decir, entre capitalistas y productores directos) sea hoy mucho menor en Occidente (donde la terciarización de la economía ha llevado al predominio de los productores indirectos) que en el resto del globo. O sea que en esta parte del mundo la lucha de clases suele quedar oculta bajo diversas capas de conflicto cultural.
Por ejemplo, hay que rascar un poco (o bastante) en el conflicto lingüístico catalán para ver aparecer el conflicto de clases. Si se hace, se comprueba que objetivamente (es decir, independientemente de cómo lo vean o sientan los afectados), a partir de las sucesivas oleadas de inmigración de trabajadores procedentes sobre todo de Murcia, Aragón, Extremadura o Andalucía, capas de población catalana autóctona o asimilada relativamente mejor situadas en la escala social (básicamente, capas medias urbanas, por más que apelen en ocasiones a valores presuntamente campesinos como la visión romántica de la tierra) utilizan los usos lingüísticos como herramienta de discriminación que les garantice el mantenimiento o la mejora de su status social. Sin olvidar que a lo largo del siglo XIX ese mismo mecanismo funcionó en sentido contrario, siendo el uso de la lengua castellana el instrumento de promoción y dominio social de las distintas capas burguesas catalanas frente a la afluencia a las ciudades de campesinos autóctonos pobres. (Simplificando, se podría decir que el proletariado industrial de Cataluña hablaba catalán en el siglo XIX y castellano en el siglo XX. De manera que el elemento cultural no va intrínsecamente asociado a un determinado elemento social, sino que la relación entre ambos es variable en función de los intereses de clase prevalentes en cada caso y circunstancia.)
El caso de las reacciones frente a la inmigración es parecido en cuanto a la superposición de conflicto social y conflicto cultural. Y, como en el caso anterior, la relación entre ambos es variable en función de los intereses de clase subyacentes. Pero aquí el juego, por parte de las clases dirigentes, consiste sobre todo en lograr el enfrentamiento entre sectores de la misma clase subalterna poniendo el foco de atención de unos y otros en las diferencias étnico-culturales que la atraviesan. Cosa que el sistema logra en gran medida sin intervención directa visible, sino a través de la «mano invisible», por ejemplo, del mercado inmobiliario, que propicia la concentración de los inmigrantes pobres en las mismas zonas residenciales, relativamente baratas, de los pobres autóctonos o asimilados (o en zonas contiguas).
Pues bien, la polarización a la que aludíamos al principio deviene endiablada sobre todo por el hecho de que en ella se superponen y confunden, como hemos visto en los ejemplos aludidos, múltiples dimensiones, pero dejando casi siempre en segundo plano, u ocultándola por completo, la dimensión propia de los conflictos de clase. De forma que quienes deberían estar luchando contra los responsables materiales de su situación de postración social pierden el tiempo y la energía luchando contra los espantajos culturales que aquéllos tienen la astucia de ponerles por delante. Y en esa confusión caen no sólo las poblaciones víctimas de la situación, sino los autoconsiderados «tribunos de la plebe», presas, al parecer, de la ilusión del «monolito», visión «geométrica» de la realidad que sitúa todo lo perfecto, todo lo moral y políticamente correcto, dentro del espacio limitado por las superficies pulimentadas e impolutas de un bruñido paralelepípedo rectángulo como el de la cinta de Kubrick, que en este caso es el cuadriculado conjunto de sus creencias políticas. (Por cierto, ¿nadie ha caído en la cuenta de que 2001, año del derribo de las torres gemelas de Nueva York y no precisamente del inicio de ninguna odisea, fue el momento a partir del cual el Imperio del Ocaso se lanzó a la guerra «contra el terror», léase: el terror que les produce a sus dirigentes la perspectiva de la decadencia?)
Y no, no es fácil escapar a la metáfora del monolito. Al fin y al cabo, lo que solemos hacer (lo que hace la ciencia) para entender la maraña de la realidad del mundo es tratar de compartimentarla en esquemas conceptuales bien definidos (pese a que la realidad, en su infinita complejidad, es de hecho indefinible). Así, pues, ¿qué cosa más natural por nuestra parte que entrar, a machetazo limpio primero y con la podadora después, en la selva de lo real a fin de convertirla (reducirla) a un ordenado jardín estilo Versalles?
Un resultado perverso de la tendencia a venerar el monolito, como los simios de Kubrick, es una especie de instintiva pulsión guerrera que se manifiesta ya de entrada en la dificultad para reconocer algo de razón, por parcial que sea, en las posiciones del adversario político. La incapacidad de que muchos hacen gala, a derecha e izquierda por igual, de separar la condición de adversario político de la condición de ser racional. El periodista Pascual Serrano, en un reciente número de Mundo Obrero (septiembre de 2025), escribe: «Muchas veces parece que la izquierda, para posicionarse, necesita utilizar como referente lo que hace la ultraderecha. Ante una ausencia de análisis o de programa, proponer lo contrario que la ultraderecha puede ser la solución fácil e infalible.» A continuación cita el caso de la propuesta hecha por Silvia Orriols, líder de la ultraderechista Alianza Catalana, de prohibir el velo islámico en espacios públicos y en la escuela (como es norma en Francia, con el apoyo de todos los partidos del arco parlamentario). Pues bien, la misma izquierda que no se cansa de denunciar la imposición del velo en países como Irán, por ser un signo de opresión religiosa, se alzó enérgicamente contra la propuesta con el argumento de que los «valores occidentales» defienden la libertad religiosa (¿y la libertad de la mujer?).
No exagero al hablar más arriba de «pulsión guerrera». ¿Cómo calificar, si no, el asesinato del ultraderechista estadounidense Charlie Kirk cuando debatía tranquilamente sus sin duda execrables propuestas políticas con un grupo de estudiantes universitarios? Cuando alguien considera legítimo el grito «¡Muerte al facha!» aun cuando el «facha» se limite a hacer propuestas y discutirlas, ¿qué autoridad moral podrá invocar frente a quienes griten «¡Muerte al rojo!»? Por cierto, puestos a hablar de fascismo, esa etiqueta multiuso cada vez más banalizada que parece usarse más fácilmente para denunciar a los críticos de la cultura «woke», por ejemplo, que a quienes perpetran el genocidio en Gaza y Cisjordania, no estará de más citar como conclusión las siguientes palabras del activista y politólogo filipino Walden Bello en una entrevista para Jacobin Netherlands: «El mejor aliado del fascismo es una élite liberal-democrática que preside un orden económico que ha aumentado radicalmente la desigualdad, al tiempo que afirma piadosamente que es la mejor defensa contra el fascismo.»