Puede resultar algo extravagante que en una revista centrada en asuntos contemporáneos se publique una reseña sobre una biografía de Augusto, por muy interesante y escrupulosa que sea esa biografía.
Pero la incoherencia es sólo aparente: el estudio de la Antigüedad romana puede ser de gran utilidad a efectos de comprender el primer cuarto del siglo XXI y la situación de crisis política, socioeconómica y cultural que parece caracterizarla. Esta cualidad es predicable, sobre todo, de dos períodos de la historia de Roma: 1) La sustitución de la República romana por una monarquía disimulada, obra precisamente de Augusto, como respuesta o vía de solución a la crisis de la República de los siglos II y I a. C.; y 2) La instauración de un régimen autocrático en toda regla y sin disimulos con Diocleciano y su sistema tetrárquico, sistema posteriormente perfeccionado por Constantino, como reacción a la ruina casi total que experimentó el imperio romano en el siglo III. Como es obvio, el libro del cual se quiere dar aquí noticia se encuadra en el análisis del primer período citado.
Estudiar directamente estas primeras décadas del siglo XXI, así como el período inmediatamente anterior es, naturalmente, la mejor forma de explicar lo sucedido en esas décadas: esto es una verdad de Perogrullo. Pero ello no significa que la historia de períodos distintos del siglo XX, aun tan alejados en el tiempo como el mundo antiguo grecorromano, carezca de interés alguno para comprender el presente, pues, como mínimo, puede proporcionar inspiración o intuiciones acerca de dicho presente (que luego podrán confirmarse o descartarse con los instrumentos científico-heurísticos pertinentes). Dicho de otro modo: es legítimo hacer paralelismos, por forzados que parezcan en una mirada superficial al asunto, entre el pasado, incluso el remoto pasado romano, y el presente, con el fin de poner de manifiesto y subrayar tendencias de fondo que discurren por debajo de la realidad manifiesta de nuestras sociedades.
El mundo contemporáneo y el mundo antiguo, y, dentro de este, el mundo grecorromano, son muy diferentes entre sí. Al compararlos se tiene la impresión de que no tienen nada en común. Pero esto no es así: hay cosas que sí tienen en común, aunque sólo sea porque en ambos casos estamos ante sociedades humanas políticamente organizadas y, si nos fijamos en particular en los períodos de la historia romana enunciados en el primer párrafo, ante sociedades humanas que están atravesando una crisis de primer orden y en las cuales se proponen soluciones diversas, incluidas falsas soluciones, muchas de ellas autoritarias (si bien los ropajes y oropeles en sentido contrario del discurso público puedan engañar).
Por lo demás, ya desde los tiempos del viejo Plutarco, el estudio o método comparativo, por distantes en el tiempo que se encuentren los hechos traídos a colación, es un instrumento ampliamente empleado en la práctica por los historiadores y otros científicos sociales (una práctica no siempre confesada) [1].
Todo lo indicado hasta ahora justifica, en mi opinión, la inclusión en la revista mientras tanto de un comentario de la biografía de Augusto de Southern, una de las mejores disponibles en la actualidad. La obra de la historiadora inglesa Pat Southern se centra, como no podía ser de otro modo, en la precoz y fulgurante carrera política de Augusto (nacido Gayo/Cayo Octavio en el año 63 a. C.). Esta carrera política se desarrolló en el momento álgido de la crisis de la República romana y la culminó el establecimiento de facto de una monarquía (o gobierno de un solo hombre). Se inscribe, por tanto, en el primero de los dos períodos históricos más interesantes, desde un punto de vista contemporáneo, de la historia de Roma, como ya se ha apuntado al principio.
Para poder proponer paralelismos entre la obra política y jurídica del personaje biografiado por Southern y el mundo actual es imprescindible no confundir la organización republicana romana del gobierno de la res publica (traducción literal: la cosa pública, es decir, los asuntos colectivos, de interés público) con las democracias representativas contemporáneas (atendiendo sólo al modelo jurídico-político constitucional de estas últimas). La república romana no era una democracia (ni siquiera en comparación con la democracia ateniense), sino que sus instituciones vertebraban el gobierno político directo y colectivo de la oligarquía romana, esto es, del orden o estamento socio-jurídico de jerarquía más elevada en que se estructuraba la sociedad romana, el orden senatorial. La pertenencia a este orden dependía del linaje familiar y de la acumulación de riqueza, condiciones estas (alto linaje y un enorme patrimonio) indispensables para acceder a los cargos públicos de mayor enjundia (cónsul, pretor, censor, tribuno de la plebe…) y al Senado (formado por ex magistrados). En resumidas cuentas, todas las magistraturas importantes, por lo general, anuales, de la ciudad-estado, su Senado y todas sus asambleas populares mediante las cuales se sancionaban las leyes y se designaban a los magistrados estaban reservados a los miembros de la oligarquía o bajo su control [2]. Y este hecho no se ocultaba detrás de ninguna ideología democrática o ‘populista’, sino que estaba reconocido política y jurídicamente. La república romana equivalía, en definitiva, al gobierno colectivo directo, sin intermediarios, de la oligarquía senatorial y su forma coincidía, en líneas generales, con su contenido.
Cuando el futuro Augusto nació, el régimen oligárquico-republicano había entrado ya en su crítica etapa final. Formalmente, nada había cambiado y en el eje del sistema seguían estando sobre el papel las magistraturas anuales, el Senado y las asambleas de los ciudadanos romanos y sus comicios [3]. Pero, en realidad, el poder era disputado o repartido, según los casos, entre una sucesión de ambiciosos generales de origen aristocrático que aspiraban al mando supremo político y militar de la res publica romana. La expansión imperial de Roma y la acumulación patrimonial colosal que supuso para algunas familias de la oligarquía fueron las causas primordiales últimas de este fenómeno.
A medida que la ciudad-estado originaria iba expandiéndose y embarcándose en guerras por la hegemonía —primero en el Lacio, luego en Italia, el Mediterráneo occidental y, finalmente, en todo el espacio mediterráneo—, sus instituciones, concebidas para la administración de un territorio reducido, mostraron ser cada vez más inadecuadas y problemáticas. Además, las guerras y conquistas continuadas transformaron la sociedad romana en una sociedad esclavista, lo que reforzó el poder de la oligarquía, pero también intensificó las divisiones y la competencia por el poder en todas sus dimensiones en su interior, a las cuales se añadió el conflicto casi permanente con el campesinado romano e itálico.
La centralidad misma adquirida por la guerra y la conquista en la sociedad romana inevitablemente fortaleció la importancia de los ejércitos y sus generales, individuos procedentes, en su mayor parte, de las familias aristocráticas, pero con ambiciones e intereses propios en colisión con el interés grupal de la oligarquía (representado sobre todo por el Senado). Pronto, ya desde finales del siglo II a. C., con Mario, los generales enriquecidos con el botín de sus guerras y la administración de las provincias y que contaban con la fidelidad absoluta de las tropas bajo su mando, recompensadas con la participación en el reparto de los bienes objeto de pillaje y con generosos donativos, codiciaron la dominación personal de la res publica, la subordinación de las instituciones republicanas a esa dominación. Se trataba de hacerse con un poder político superior incluso al del conjunto de la oligarquía romana.
La manipulación demagógica de la siempre creciente población de la ciudad de Roma, impulsada por la emigración masiva del campo a la ciudad, debida a la introducción de la economía esclavista[4], así como la formación de clientelas en torno al patronazgo de las figuras militares de éxito, contribuyeron del mismo modo al proceso en virtud del cual el poder político se estaba progresivamente supeditando al poder militar de unos pocos «grandes hombres» o «jefes carismáticos». Sin embargo, esta emergencia de generales romanos megalómanos provocó una sucesión interminable de guerras civiles entre líderes rivales a lo largo del siglo I a. C. (desde las luchas entre Mario y Sila hasta la derrota de Marco Antonio y Cleopatra en Actium el 31 a. C.).
Octavio (el futuro Augusto) y muchos de sus contemporáneos comprendieron que el gobierno oligárquico directo y colectivo (que habían reflejado las instituciones republicanas desde su nacimiento) ya no era el apropiado para la gestión del inmenso imperio romano y consideraron que la única vía de salida posible tanto a las guerras civiles como a la gestión ineficaz y corrupta en grado sumo del imperio era la centralización o concentración del poder militar y político en las manos de un solo hombre, lo cual excluía por igual el gobierno oligárquico y la proliferación de militares con ejércitos propios en competencia por la primacía en la metrópolis. La biografía de Southern narra cómo se llegó a este resultado a través del relato detallado de la trayectoria social y política de Octavio/Augusto. Southern nos muestra el artificio o expediente mediante el cual Octavio/Augusto sustituyó la vieja república romana oligárquica por su gobierno personal supremo (una monarquía a todos los efectos prácticos). En ello reside precisamente la base o fuente de inspiración para hacer paralelismos históricos con los tiempos actuales, como se verá hacia el final de esta reseña-comentario.
No es mi propósito exponer con detalle en estas páginas la carrera de quien se adueñó de la cúspide del poder tras Actium (para eso me remito al libro de Southern), sino caracterizar de modo sintético el nuevo régimen augústeo con el objetivo de sugerir algunos paralelismos históricos con el primer cuarto del siglo XXI. Claro que, si se quiere ver realizado dicho propósito, habrá que dedicar antes algunas palabras al ascenso político-militar meteórico de Octavio siguiendo el texto de Southern.
El poder de Octavio/Augusto se cimentaba sobre su monopolización del poder militar, su prestigio, carisma o influencia «moral» —auctoritas— y la instrumentalización o el ejercicio continuado de las más altas magistraturas republicanas tradicionales.
En una primera fase de la conformación del régimen augústeo, la legitimación de la posición política de Octavio (más adelante Augusto) provino de su adopción testamentaria y designación como heredero universal por parte de Julio César, convertido en dios después de su asesinato (apoteosis)[5]. Como Divi Iuli filius, pretendió atribuirse el legado del gran Julio César, si bien inicialmente sólo contó con sus propios recursos para crear su propia milicia privada e intervenir en la disputa por el poder subsiguiente a la muerte de César. Se alcanzó una solución provisional dentro de la facción de antiguos partidarios de Julio César: el famoso triunvirato de Marco Antonio, Octavio y Lépido. Éste era una institución especial, inexistente en la constitución republicana de Roma, a cuyos miembros, los triunviros (Tres viri rei publicae constituendae), se les concedió un poder casi absoluto por cinco años (renovables) [6]. El objetivo más importante de los triunviros era liquidar a los asesinos de César, que se habían hecho fuertes en Oriente (también debían acabar con los pompeyanos de Sexto Pompeyo, uno de los hijos de Pompeyo el Grande). Posteriormente, una vez aplastados los «anticesarianos», se enfrentó, con el apoyo de la mayor parte del partido «cesariano», al triunviro Marco Antonio y su aliada Cleopatra, a quienes deshizo en Actium. Tras su triunfo en esta batalla naval, Octavio pasó a ser el árbitro supremo de los destinos del imperio.
Octavio renunció a su magistratura excepcional (la de triunviro)[7] y se aseguró la lealtad del ejército mediante un juramento de fidelidad a la persona de Octavio que estaban obligados a prestar todos los militares (más tarde, este juramento se exigió a los senadores y a todos los ciudadanos romanos). El juramento de fidelidad se vio apuntalado por la concesión a los soldados de beneficios muy tangibles: espléndidos donativos y entregas de tierra a los licenciados del servicio militar. Nadie recordaba ya el ejército de ciudadanos de la antigua ciudad-estado, sustituido por un nuevo ejército «profesional», a disposición de Octavio/ Augusto y sus colaboradores. El poder militar había devenido el poder por excelencia en Roma y su imperio y quien lo detentase, los dominaba. Este fue el caso de Octavio/Augusto entre el 31 a. C. y la fecha de su muerte, el día 19 de agosto del año 14 de nuestra era.
El régimen de Augusto se caracterizaba por: 1) la acumulación de honores, potestades [8] y magistraturas y 2) el mantenimiento exterior de la fachada de la república romana a efectos de legitimación. Entre los honores asignados a Augusto estaban el de princeps (primer ciudadano, honor que le presentaba como un primus inter pares, el hombre de más mérito entre sus iguales), el de Augustus (derivado de los términos augur y augurium[9], lo cual resaltaba su condición de hombre providencial), y, finalmente, el muy expresivo de pater patriae. En cuanto a las potestades, la principal, sin lugar a dudas, es la de imperium —mando militar supremo a perpetuidad, en el caso de Augusto, siendo su detentador el Imperator—. Junto al imperium, un Senado subyugado por el nuevo Imperator le otorgó la potestad proconsular sobre las provincias provistas de unidades militares —lo cual implicaba un poder de supervisión de la administración civil y militar de dichas provincias— y la potestad tribunicia (tribunicia potestas; esta potestad le era muy útil al Imperator, porque le confería inmunidad, le permitía vetar las decisiones de cualquier magistrado o del Senado y le autorizaba a convocar una asamblea popular para hacer aprobar sus leyes mediante plebiscito —referéndum: invocación directa al pueblo—, todo ello sin ser tribuno de la plebe). Por último, el poder de Augusto se consolidó mediante el ejercicio reiterado de la máxima magistratura republicana tradicional (fue cónsul trece veces; también fue titular de otras magistraturas menores ocasionalmente), además de suceder al ex triunviro Lépido como Pontifex Maximus (algo así como sumo sacerdote de la religión oficial romana, cosa que intensificaba su sacralidad, ya unida a su condición de Augustus).
La acumulación de estos honores, potestades y magistraturas en la persona de Augusto se tradujo en un nuevo sistema de gobierno en Roma consistente de hecho en una monarquía (como se ha dicho, el gobierno de un solo hombre) en todo, menos en el nombre. Augusto fue lo suficientemente inteligente —a la vista de la experiencia de su propio padre adoptivo— como para disfrazar su «monarquía» nada menos que de restauración de la vieja constitución republicana, ya que reconocerse súbditos de una monarquía al estilo helenístico era inconcebible en Occidente (no así en las provincias orientales del imperio)[10]. Esta estrategia obedecía al deseo de revestirse de una sólida legitimidad. Por este motivo, se mantuvieron las magistraturas tradicionales y el Senado, y Augusto rechazó ser «dictador perpetuo», a diferencia de Julio César. La propaganda oficial augústea proclamaba la restauración de la república, la revitalización de las instituciones republicanas, pero estás ya no eran la correa de transmisión del gobierno directo y colectivo de la oligarquía senatorial, sino la de la voluntad del princeps. La oligarquía senatorial aceptó esta pérdida de poder e influencia a cambio de seguridad, la preservación de sus privilegios sociales y el acceso a las magistraturas, no obstante éstas ya no tuvieran verdadera significación política y militar: los oligarcas romanos estaban exhaustos a causa de las guerras civiles del último siglo de la República y el régimen augústeo parecía ser una garantía frente al riesgo de una nueva guerra civil.
Una vez caracterizado a muy grandes rasgos el régimen forjado por Augusto, es hora de volver a la premisa inicial de este escrito, la utilidad inspiradora de los posibles paralelismos históricos existentes entre hoy día y la antigua Roma. ¿Cuáles son los paralelismos históricos que cabría hacer entre, por un lado, la situación de las democracias representativas occidentales en el siglo XXI y, por otro lado, el sistema político instituido por Augusto?[11].
Enunciaré, entre otros imaginables, dos posibles paralelismos históricos: 1) El vaciamiento de la democracia representativa; y 2) La paulatina personalización autoritaria del poder político en algunos países, en particular en los Estados Unidos.
Por lo que respecta al vaciamiento de los sistemas representativos occidentales, éstos conservan las formas jurídico-democráticas, principalmente con propósitos de legitimación política, mientras que su fondo, su contenido o materialidad, se difumina, se disuelve, hasta el punto de transformarlas en poco menos que meras sombras detrás de las cuales se oculta la realidad del poder soberano. Al igual que en la época de Augusto las instituciones de la República romana eran una pantalla legitimadora del verdadero centro del poder, el princeps, quien exhibió su régimen unipersonal como la restauración de la vieja república oligárquica, los parlamentos, los altos tribunales, los ejecutivos estatales y buena parte de los partidos políticos han devenido una correa de transmisión a nivel nacional de decisiones adoptadas al margen de todos ellos, por lo menos en lo que se refiere a la decisiones importantes o de especial transcendencia. Las instancias, formales e informales, donde se toman esas decisiones que las democracias occidentales, o del ámbito euroamericano, se limitan a ratificar o amoldar a las particularidades de sus respectivas sociedades proporcionándoles así legitimación (o intentándolo hacer), son de diversa naturaleza y no precisan ser tratadas aquí: organizaciones internacionales de integración (como la Unión Europea), el poder hegemónico del complejo militar-industrial estadounidense, lobbies defensores de los intereses de las grandes empresas, organismos de arbitraje creados por el mundo empresarial para evitar los tribunales estatales, organizaciones internacionales corporativas de normalización de estándares técnicos, etcétera. Todas estas instancias conforman el verdadero centro de poder en Occidente, o «soberano supraestatal difuso», en la acertada denominación del desgraciadamente desaparecido profesor Juan-Ramón Capella, y no los órganos estatales formalmente democráticos. Del mismo modo que las formas de la República romana (si bien ésta no fuera un régimen democrático, sino oligárquico, pero colectivo) escondían la realidad del poder monárquico de Augusto, las formas de las democracias representativas de Europa y Norteamérica esconden la realidad del poder del «soberano supraestatal difuso».
Paradójicamente, junto al vaciamiento de poder de las democracias por obra de organizaciones o grupos de poder supra o extraestatales, se asiste a una peligrosísima personalización autoritaria del poder estatal debido al ascenso de líderes, movimientos y partidos de extrema derecha o que se aproximan a la misma. Este fenómeno es especialmente visible en Estados Unidos, cuyo poder hegemónico en Occidente es, a su vez, uno de los motivos de la degradación material de los sistemas representativos de esa área. Lo vemos encarnado en Trump, sujeto que anhela acaparar el poder normativo (legislar mediante órdenes ejecutivas presidenciales), se apoya cada vez más en los militares —ha desplegado el ejército en varias ciudades de su propio país—, denigra y criminaliza abiertamente a la oposición del otro gran partido estadounidense —no digamos ya la de los grupos liberal progresistas o de izquierda— e impone medidas muy represivas —en especial, contra su chivo expiatorio favorito, los inmigrantes, irregulares o regulares—. Trump, salvando las obvias distancias intelectuales, busca a su manera lo mismo que perseguía Augusto al acumular honores, potestades y cargos republicanos: un poder incuestionable tras la fachada de su posición constitucional de presidente de los Estados Unidos.
En esta reseña-comentario del libro de Pat Southern tan sólo se ha intentado apuntar muy modestamente un par de paralelismos históricos con fenómenos de este primer cuarto del siglo XXI, con la finalidad de argüir y ejemplificar la utilidad de textos, reseñas o ensayos sobre el pasado remoto para una revista como mientras tanto, cuyo objeto es el mundo contemporáneo. El lector podrá encontrar en esta misma revista sobrada información y reflexión sobre los dos procesos de nuestro tiempo señalados.
Notas
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La fuente de la justificación de esta reseña no es el artículo de Jordi Llovet «Vides paral·leles: Còmmode i Trump», publicado en El País el 25 de septiembre de 2025, pues ya la había concebido mucho antes de leer el artículo de Llovet. Por otra parte, en la obra del filólogo e historiador Luciano Canfora podemos encontrar muchos ejemplos del tipo de paralelismos que se procura hacer aquí, evidentemente con mucho menos acierto que el maestro italiano. ↑
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Por supuesto, estoy sintetizando la historia social romana al máximo. La distinción originaria entre familias patricias y familias plebeyas, la integración en un orden social superior de algunas familias plebeyas enriquecidas, la aparición del llamado orden ecuestre y su ascenso social y muchas otras cosas que no se mencionan en este escrito se pueden estudiar en Géza Alföldy, Nueva Historia social de Roma, Universidad de Sevilla, 2012, sin duda alguna la mejor historia social de Roma que el autor de estas líneas haya tenido la oportunidad de leer. ↑
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También aquí se simplifica todo lo que se puede para no excederse en la extensión de la reseña. Sobre la organización política romana anterior al imperio, y, especialmente, su peculiar forma de ordenar las votaciones en las asambleas de ciudadanos, la cual garantizaba siempre el signo oligárquico de los sufragios, se puede consultar, además del libro citado en la anterior nota, cualquier buena historia de Roma o de la antigüedad grecorromana (por ejemplo, Gonzalo Bravo, Historia del Mundo Antiguo. Una introducción crítica, Alianza Editorial, varias ediciones o, pensando en los lectores juristas, Eva Cantarella, Instituciones e historia del derecho romano, 2.ª ed., Tirant lo Blanch, 2022; los libros clásicos no decimonónicos sobre la crisis de la república romana son: Syme, R., La revolución romana, Crítica, varias ediciones y Le Glay, M., Grandeza y decadencia de la República romana, Cátedra, 2001. ↑
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El término «emigración masiva» hay que entenderlo en un sentido relativo, referido sólo a Roma (y la península itálica) y en nada comparable a los movimientos de personas de los siglos XIX, XX y XXI. Se supone que el porcentaje de la población del imperio romano dedicada a la agricultura nunca bajó del 80% de la población total.↑
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En consecuencia, el futuro Augusto se hizo cambiar su nombre de nacimiento, Gayo (o Cayo) Octavio por el de Gayo (o Cayo) Julio César Octaviano. En aras de la simplificación, continuaré utilizando en este texto únicamente los nombres de Octavio o Augusto. ↑
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El denominado a veces «primer triunvirato» de Julio César, Pompeyo y Craso no era reconocido como tal por los romanos. Es una denominación muy posterior a los hechos. ↑
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Hacía ya mucho tiempo que Lépido había dejado de contar en los círculos de poder. Octavio no lo eliminó y lo mantuvo a su servicio hasta su muerte en el año 12 a. C. en calidad de Pontifex Maximus. ↑
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En la constitución republicana romana, las potestades son, por lo general, aunque no siempre, el contenido de las magistraturas, de ahí que se separe entre unas y otras, pues a Octavio/Augusto se le confirieron potestades sin ser nombrado para el cargo cuyo contenido eran esas potestades (por ejemplo: la potestad proconsular o la potestad tribunicia). ↑
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Cfr. Southern, Pat, Augusto, Gredos, Barcelona, 2024, p. 178. ↑
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Sin embargo, al no reconocerse formalmente la naturaleza monárquica del nuevo statu quo político-constitucional, la sucesión ordenada y pacífica en el poder supremo planteó un problema que se cernió en todo momento sobre la estabilidad del principado desde la muerte de Tiberio (los historiadores a veces designan la primera etapa de la Roma imperial, la etapa previa a Diocleciano, con la expresión ‘principado’). ↑
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Esta reseña-ensayo se restringe al caso de los estados del llamado Occidente (Norteamérica y Europa, básicamente). La falta de un conocimiento adecuado de otras realidades me impide obrar de otro modo. ↑
https://mientrastanto.org/250/la-biblioteca-de-babel/augusto/.