MISCELÁNEA 30/11/2025

DEL COMPAÑERO Y MIEMBRO DE ESPAI MARX, CARLOS VALMASEDA.

ÍNDICE
1. Sobre la situación en Ucrania.
2. Golpe de estado en Guinea-Bissau.
3. The Unit.
4. La izquierda griega, hoy.
5. Mearsheimer sobre el futuro multipolar.
6. Cómo prosperó la «civilización occidental».
7. El radicalismo negro de Hubert Harrison.
8. El punto ciego de la izquierda occidental.
9. Resumen de la guerra en Palestina, 29 de noviembre de 2025.

1. Sobre la situación en Ucrania.

Iannuzzi no dice nada nuevo, pero me parece un buen resumen de la situación en la guerra de Ucrania.

https://robertoiannuzzi.substack.com/p/ucraina-al-bivio-mentre-loccidente

Ucrania en una encrucijada: mientras Occidente discute, Moscú ve acercarse la victoria

Los líderes europeos y los halcones estadounidenses sabotean el enésimo plan de Trump, Zelensky intenta salir del atolladero del escándalo de corrupción y los rusos están listos para una solución militar.

Roberto Iannuzzi

28 de noviembre de 2025

Las últimas semanas han sido muy duras para el presidente ucraniano Volodymyr Zelensky.

Obligado a ponerse a la defensiva por los graves episodios de corrupción relacionados con la empresa estatal Energoatom y por una coincidente campaña de presión europea para que reduzca la edad mínima de reclutamiento, se ha visto afectado por el enésimo plan de paz promovido por el presidente estadounidense Donald Trump.

Si las presiones europeas apuntan a ampliar la base de reclutamiento del ejército ucraniano con el objetivo de contrarrestar el avance ruso y, por lo tanto, prolongar sustancialmente el conflicto (Kiev no tiene ninguna esperanza de revertir la situación), el nuevo plan de Trump aparentemente pretende poner fin a las hostilidades mediante concesiones igualmente difíciles de digerir para Zelensky.

Así pues, se ha puesto en marcha un mecanismo ya visto en los últimos meses: ante la propuesta de la Casa Blanca, Kiev ha expresado sus dudas, los aliados europeos y los halcones estadounidenses han acudido en ayuda del Gobierno ucraniano elaborando «contrapropuestas», Trump ha afirmado que el plan no era inamovible, abriendo así el camino a una formulación acordada con Kiev.

El resultado será probablemente un plan aceptable para Ucrania y sus socios europeos, pero totalmente inaceptable para Moscú. El ultimátum del 27 de noviembre impuesto inicialmente por Trump a Zelensky para que aceptara el plan, so pena de suspender la ayuda militar y de inteligencia, se ha desvanecido entretanto.

Una Casa Blanca sin poder real de negociación

Al repasar la breve historia de los esfuerzos negociadores de la administración Trump, nos damos cuenta de que estos han ido pareciendo cada vez menos creíbles con el paso de los meses, y que el último plan «en 28 puntos» probablemente haya nacido muerto.

Desde su llegada a la Casa Blanca, Trump ha pasado en varias ocasiones de posiciones abiertas hacia Moscú a actitudes intransigentes destinadas esencialmente a complacer a los halcones estadounidenses y europeos.

A finales de octubre, impuso sanciones contra las dos principales compañías petroleras rusas, Rosneft y Lukoil, tras renunciar a una segunda reunión con el presidente ruso Vladimir Putin en Budapest, que habría seguido a la celebrada en verano en Alaska.

El último plan de paz de 28 puntos parece ser, una vez más, fruto de las necesidades improvisadas del presidente estadounidense, dictadas por las dificultades de la política interna, a las que se suma la creciente conciencia de que Ucrania podría estar al borde de un colapso militar.

Si Trump quiere desentenderse del conflicto, evitando que Ucrania se convierta en su Afganistán, debe hacerlo ahora. Por lo tanto, es mejor un acuerdo desfavorable para Kiev, que sin embargo permita limitar los daños, que un colapso total del país.

Una consideración que, por otra parte, también deberían compartir Kiev y Bruselas, pero en más de tres años de conflicto se ha visto que rara vez las decisiones occidentales han estado dictadas por reflexiones lógicas.

Un plan evanescente

De este razonamiento de Trump, en cualquier caso, surgió la necesidad de formular un plan que pudiera resultar aceptable para Moscú. Pero el plan de 28 puntos quizá no lo era desde el principio, y probablemente fue saboteado desde el principio.

Sus puntos clave preveían el reconocimiento internacional «de facto» de la soberanía rusa sobre Crimea y el Donbás en su totalidad.

Kiev (aunque exenta de dicho reconocimiento) habría tenido que retirarse de las partes del Donbás aún no conquistadas por los rusos. Esas zonas se habrían convertido en una zona tampón desmilitarizada perteneciente a Rusia.

El plan también preveía el congelamiento de la línea del frente en las provincias de Jersón y Zaporizhia, la renuncia definitiva de Ucrania a adherirse a la OTAN y de los países de la Alianza a desplegar tropas en suelo ucraniano.

Imponía un límite máximo de 600 000 hombres a las fuerzas armadas ucranianas, la convocatoria de elecciones en un plazo de 100 días a partir de la firma del acuerdo y una amnistía de guerra.

Rusia habría obtenido una derogación progresiva de las sanciones, un proceso de reincorporación al G8 y una ampliación de la cooperación económica con los Estados Unidos, en particular en los sectores de la energía, la extracción minera en el Ártico y la inteligencia artificial.

Ucrania habría tenido acceso a financiación para la reconstrucción, al mercado de la UE, a 100 000 millones de activos rusos congelados en bancos europeos y habría recibido garantías de seguridad por parte de Estados Unidos, quizás basadas en el artículo 5 de la OTAN.

Sin embargo, el texto del plan parecía ambiguo en muchos aspectos, dejando numerosos detalles para «discusiones posteriores» y sin estar redactado de forma totalmente completa. Misteriosamente, se filtró a la prensa estadounidense el 20 de noviembre.

Teorías, especulaciones e incongruencias

Este plan habría sido redactado por el enviado de Trump, Steve Witkoff, junto con Kirill Dmitriev, director general del fondo soberano ruso, y filtrado por este último, según una teoría tan difundida como extraña basada en un tuit «accidental» de Witkoff, posteriormente eliminado, en el que el enviado estadounidense afirmaba: «Debe de habérselo dado K».

La «K» se referiría a Kirill, quien curiosamente habría revelado el texto para confirmar la aceptación rusa de este último. La prensa occidental ha acogido el plan como un «dictado ruso», pero, si se analiza detenidamente, varios puntos no permiten inclinarse por una tesis de este tipo.

En particular, parece extraño que Moscú haya aceptado un límite máximo de 600 000 hombres para el ejército ucraniano (de los cuales 150 000 son soldados regulares), cuando en las negociaciones de Estambul de 2022 había pedido un límite máximo de 80 000 soldados.

Tanto más cuanto que, en esas mismas negociaciones, Kiev se había declarado dispuesta a aceptar un ejército de 250 000 hombres (también en este caso inferior al límite propuesto por el plan Trump).

Tampoco es obvio que, llegados a este punto de la guerra, Moscú renuncie sin pestañear a ciudades importantes como Jersón y Zaporizhia que, según la Constitución rusa enmendada en 2022, forman parte del territorio de la Federación.

Kupyansk, importante nudo ferroviario ahora prácticamente en manos rusas, se encuentra en la óblast de Járkov, por lo tanto fuera del Donbás. Cabe preguntarse si los rusos estarían dispuestos a renunciar a ella después de haber sacrificado tantos hombres para conquistarla.

Y aún hay más. No es obvio que los rusos acepten una zona desmilitarizada dentro del Donbás, que Moscú considera territorio ruso.

Además, según el plan, Crimea y Donbás son reconocidos como territorio ruso «de facto», no «de jure». Por lo tanto, en concreto, no se trata de una concesión por parte de Occidente, sino más bien de una constatación.

La cuestión de las «causas profundas» del conflicto, tan importante para los rusos, en primer lugar la expansión sin freno de la OTAN, se pospone para un debate posterior.

Tal y como está concebido, el plan de Trump, incluso antes de las enmiendas derivadas de las contrapropuestas ucranianas y europeas, se parece más a una congelación del conflicto que a su resolución definitiva. Exactamente el resultado que los rusos siempre han rechazado.

La reacción de Moscú

A esto hay que añadir que Dmitriev no es el enviado oficial de Moscú, sino más bien una figura secundaria para el Kremlin, que como mucho se utiliza para contactos no oficiales.

Filtrar un plan en fase de definición a través de una figura secundaria no es el estilo negociador de Rusia, que siempre ha preferido la discreción y los canales reservados a la «diplomacia mediática».

De hecho, Moscú se distanció inmediatamente del plan. La portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores, Maria Zakharova, declaró que «existen canales oficiales conocidos en Estados Unidos para resolver cuestiones relevantes, debatirlas y llevar a cabo negociaciones. Estos canales deben utilizarse por todos los medios. El Ministerio de Asuntos Exteriores no ha recibido ninguna información por parte estadounidense en este contexto».

Por su parte, el portavoz de Putin, Dmitry Peskov, afirmó que «Moscú y Washington no están trabajando en ninguna nueva iniciativa relativa a la resolución de Ucrania, además de los acuerdos alcanzados por el presidente ruso Vladimir Putin y el líder estadounidense Donald Trump en Alaska».

Fuentes rusas también han señalado que, a pesar de los «acuerdos» que los estadounidenses dicen haber alcanzado, la Administración Trump se ha negado hasta ahora a sancionar cualquier forma de normalización entre los servicios diplomáticos de ambos países, a devolver las propiedades diplomáticas rusas en territorio estadounidense, a restablecer los vuelos directos entre Rusia y Estados Unidos o a aceptar la propuesta rusa de prorrogar el tratado START sobre la reducción de armas estratégicas.

Luchas internas en el bando occidental

A la luz de estos hechos, cobra interés otra hipótesis que se ha formulado en relación con la revelación del plan de 28 puntos, según la cual la «K» del tuit borrado de Witkoff no se refería a Kirill Dmitriev, sino al enviado especial de Trump para Ucrania, Keith Kellogg.

Coincidiendo precisamente con la publicación del plan en la prensa, Kellogg anunció que dejará el cargo en enero. Dentro de la administración Trump, siempre se le ha considerado una de las figuras más cercanas a Kiev.

Al mismo tiempo, Kellogg ha tenido a menudo relaciones tensas con Witkoff. Si fue él quien reveló el plan, lo hizo para sabotearlo mediante una divulgación prematura, una especie de regalo de despedida.

La difusión del plan suscitó la inmediata perplejidad del Gobierno ucraniano, la movilización de los líderes europeos y la reacción muy crítica de los halcones antirrusos del Congreso estadounidense.

Todo ello llevó a Trump a declarar que su oferta no era «definitiva», abriendo así una negociación con Kiev y sus aliados para introducir posibles modificaciones en el plan, lo que probablemente lo haría aún más inaceptable para Moscú.

Pero el enfrentamiento, dentro de la administración y no solo, fue más allá. Se produjo otro duelo entre el vicepresidente JD Vance y el secretario de Estado Marco Rubio.

Fue el primero en llamar por teléfono a Zelensky para exponerle los puntos del plan y, a continuación, envió a Kiev a su viejo amigo y secretario del Ejército, Dan Driscoll, para advertir al presidente ucraniano de que Washington no podía satisfacer sus peticiones en términos de suministros militares y que el frente corría el riesgo de colapsar.

Rubio, por su parte, llamó por teléfono a varios senadores estadounidenses calificando el plan de «lista de deseos» rusa. Luego dio marcha atrás, escribiendo en X (Twitter) que había sido redactado por la administración estadounidense con aportaciones rusas y ucranianas.

Pero en los días siguientes, Rubio hizo todo lo posible por modificar el plan aceptando las contrapropuestas europeas y ucranianas.

Posteriormente, Bloomberg reveló las transcripciones de dos llamadas telefónicas, una entre Witkoff y el asesor de Putin, Yury Ushakov, y otra entre este último y Dmitriev. En la primera, Witkoff sugería que Putin llamara a Trump para proponerle un plan de paz basado en el modelo presentado por el presidente estadounidense para Gaza. La segunda daba a entender que el plan de 28 puntos había sido influenciado directamente por Moscú (Dmitriev calificó la llamada telefónica de «falsificación»).

Igualmente interesante es que, poco antes de que Bloomberg publicara sus revelaciones, el SVR (el servicio secreto extranjero de Moscú) había advertido que Gran Bretaña tenía la intención de comprometer los esfuerzos diplomáticos de Trump con acciones destinadas a desacreditarlo.

No hay que olvidar el papel protagonista que desempeñó la inteligencia británica en el llamado Russiagate, orquestado junto con la CIA, el FBI y parte del entorno de Hillary Clinton.

El propio diario británico The Guardian, tras barajar otras hipótesis extravagantes, admitió que los responsables más plausibles de la «filtración» de las dos llamadas a Bloomberg son los servicios de inteligencia estadounidenses (CIA o NSA), o los de algún país europeo «horrorizado por las posiciones prorrusas de Witkoff».

El objetivo evidente de la nueva revelación era, por tanto, desacreditar a Witkoff y al plan de la Casa Blanca. Este episodio también permite comprender lo duro que es el enfrentamiento tanto dentro del establishment estadounidense y de la propia administración, como entre las dos orillas del Atlántico.

Los europeos a favor de la continuación del conflicto

Junto con Berlín y París, Londres formuló un plan alternativo al de la Casa Blanca, que no pedía a Kiev que se retirara del Donbás, no excluía la adhesión de Ucrania a la OTAN (afirmando únicamente que no hay unanimidad en la Alianza sobre su entrada), elevaba a 800 000 el límite máximo de soldados en el ejército ucraniano en tiempo de paz, preveía la cesión de la central nuclear de Zaporizhzhia, controlada por los rusos, a la Agencia Internacional de Energía Atómica (que habría dividido a partes iguales el suministro de electricidad entre Kiev y Moscú), y destinaba la totalidad de los activos rusos congelados a la reconstrucción de Ucrania.

En esencia, un plan inaceptable para Moscú, que confirma que los europeos temen más una solución negociada del conflicto que su continuación.

De hecho, la primera pondría de manifiesto el fracaso de toda la narrativa europea, en particular sobre la posibilidad de desangrar lentamente a Rusia mediante una guerra por poder y la imposición de sanciones, o incluso de derrotarla sobre el terreno.

Para evitar que salga a la luz la magnitud del fracaso, los países europeos y los líderes de la UE han llegado incluso a considerar la idea de utilizar los activos rusos congelados para armar a Ucrania, y están ejerciendo una enorme presión sobre Bélgica, donde se encuentran depositados activos de Moscú por valor de 140 000 millones de euros.

El país está tratando de oponerse, porque una operación de este tipo lo expondría a graves riesgos financieros y judiciales, además de desacreditar internacionalmente a todo el sistema financiero europeo.

Pero también han llegado presiones en este sentido desde Estados Unidos. Trump ha reprochado en varias ocasiones a los europeos que sigan comprando petróleo ruso, mientras que el secretario del Tesoro, Scott Bessent, se ha burlado de los innumerables paquetes de sanciones europeos afirmando que «si hace algo 19 veces, ha fracasado».

El inútil sacrificio de Ucrania

Mientras tanto, el plan de Trump ha tenido para Zelensky el efecto inesperado de aliviar la presión sobre él originada por el reciente escándalo interno de corrupción. La figura más amenazada en dicho escándalo se había convertido en Andriy Yermak, jefe de la oficina presidencial y eminencia gris del Gobierno de Zelensky.

El presidente ucraniano ha intentado «blindarlo» confirmándolo al frente del equipo negociador ucraniano. Cualquier intento de implicar a Yermak en la investigación anticorrupción, en este delicado momento de redefinición del plan propuesto por la Casa Blanca, supondría un sabotaje de los cruciales esfuerzos negociadores ucranianos (el equivalente a una traición).

Por su parte, el presidente ruso Putin ha dejado clara la posición de Moscú, afirmando que el plan de Trump «no se ha discutido con nosotros en detalle», probablemente porque «la administración estadounidense no ha sido capaz de obtener el consentimiento de la contraparte ucraniana».

Putin añadió que «Ucrania y sus aliados europeos siguen ilusionándose con la posibilidad de infligir una derrota estratégica a Rusia en el campo de batalla». Una postura que, según el presidente ruso, «se deriva de la falta de información objetiva sobre la situación actual en el campo de batalla».

Aclaró que «lo que ocurrió en Kupyansk volverá a ocurrir en otros sectores clave. Quizás no tan rápido como nos gustaría, pero ocurrirá. Y, en general, eso nos parece bien: significa que los objetivos de la «operación militar especial» se alcanzarán militarmente».

Incluso el Washington Post admite que Ucrania podría encontrarse en una encrucijada. Las fuerzas armadas de Kiev ya no pueden contener la presión rusa en el frente. Los soldados de Moscú avanzan en Zaporizhzhia, y también Pokrovsk, un nudo logístico y ferroviario estratégico en la óblast de Donetsk, está a punto de caer.

Mientras los ucranianos siguen muriendo por miles en el frente, el conflicto agota las arcas de la UE devorando el dinero de los contribuyentes europeos.

Desde la propia Ucrania comienzan a surgir voces que deberían hacer entrar en razón a los líderes del viejo continente y a los halcones estadounidenses.

Iuliia Mendel, ex portavoz de Zelensky, escribió en un post en X (Twitter) que posponer un acuerdo sobre Ucrania no hace más que empeorar la situación del país, ya que este sigue perdiendo hombres, territorio y recursos económicos.

Mendel observó con amargura que «mi país se está desangrando. Muchos, que sin pensar se oponen a cualquier acuerdo de paz, creen que están defendiendo a Ucrania. Con todo respeto, esta es la demostración más clara de que no tienen ni idea de lo que está sucediendo en el frente y en el interior del país».

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2. Golpe de estado en Guinea-Bissau.

De los últimos golpes de estado en África, este parece ser de los «malos». Un paripé de la clase dirigente del país.

https://peoplesdispatch.org/2025/11/29/guinea-bissau-a-coup-staged-to-protect-the-neocolonial-order/

Guinea-Bissau: ¿Un golpe de Estado para proteger el orden neocolonial?

Afirmando estar bajo arresto, el presidente Embaló ha abandonado el país, mientras que sus oponentes permanecen detenidos tras un golpe militar perpetrado un día antes del anuncio de los resultados definitivos.

29 de noviembre de 2025 por Pavan Kulkarni

El golpe militar del 26 de noviembre en Guinea-Bissau no fue dirigido contra el presidente saliente, Umaro Sissoco Embaló, sino orquestado por él mismo para frustrar el retorno al orden constitucional, según afirman los partidos de la oposición y los miembros del Parlamento disuelto.

Afirmando haber sido detenido por los líderes golpistas, mientras seguía comunicándose con los medios de comunicación franceses, Embaló voló al vecino Senegal al día siguiente. Sus oponentes, por su parte, siguen bajo custodia militar.

El golpe se produjo tras las elecciones del domingo 23 de noviembre, que se habían retrasado mucho. Según se informa, tanto los observadores nacionales como los internacionales habían coincidido en que Embaló había sido destituido de la presidencia.

«¿Por qué alguien daría un golpe de Estado contra un candidato perdedor?», preguntó Imani Umoja, miembro del Comité Central del Partido Africano para la Independencia de Guinea y Cabo Verde (PAIGC).

Tras liderar la lucha de liberación del país contra el colonialismo portugués bajo el liderazgo del revolucionario marxista Amílcar Cabral, el PAIGC es el partido más grande del país. Su candidato presidencial, Domingos Simões Pereira, principal oponente de Embaló, fue excluido de las elecciones por el Tribunal Supremo, cuyo presidente legítimo había sido sustituido en 2023 por milicias de la guardia presidencial bajo el mando de Embaló.

«Teníamos tres opciones. Una era boicotear las elecciones», lo que solo habría supuesto entregar el poder a Embaló para un segundo mandato sin luchar, explicó Umoja a Peoples Dispatch. «O podríamos haber salido a la calle a protestar, pero eso era lo que quería el régimen. Nos habrían matado y pospuesto las elecciones», prolongando aún más su mandato, que ya se había prolongado más allá de su legislatura.

«Así que decidimos apoyar a uno de los candidatos aprobados para competir. Dias era nuestra elección natural», porque es el líder del Partido para la Renovación Social (PRS), una escisión del PAIGC. «No hay grandes diferencias ideológicas entre nosotros», añadió, explicando que la escisión se debió a diferencias tácticas, que los dos partidos habían superado colaborando a menudo en luchas más amplias.

Aunque la dirección del PRS identificaba al partido como «socialdemócrata», en contraposición a la identificación «socialista» del PAIGC, las bases de ambos partidos son cabralistas.

«Así que pudimos llegar a un acuerdo para que, una vez que Dias se convirtiera en presidente, revocara todos los decretos inconstitucionales de Embaló».

Un régimen inconstitucional

Tras jurar su cargo como presidente del país en un hotel custodiado por soldados en febrero de 2020, tras unas controvertidas elecciones contra el líder del PAIGC, Pereira, al que se le prohibió presentarse en esta ocasión, Embaló sustituyó al presidente del Tribunal Supremo, prácticamente a punta de pistola, en noviembre de 2023. Luego, en diciembre de ese año, disolvió inconstitucionalmente el Parlamento, donde el PAIGC tenía la mayoría, justificando la medida alegando un intento de golpe de Estado que supuestamente él mismo había organizado.

Destituyó a los ministros elegidos constitucionalmente por este Parlamento y los sustituyó por un supuesto «Gobierno de Iniciativa Presidencial».

Así, tras hacerse con todo el poder y desmantelar las estructuras democráticas, Embaló ha estado supuestamente cediendo en secreto valiosos recursos naturales y lucrativos proyectos de infraestructura a Francia y a los vecinos Estados de África Occidental bajo su yugo neocolonial.

Bajo la presidencia de Dias se iba a iniciar una reversión de esta penetración neocolonial, comenzando por la restauración del Parlamento disuelto, la Asamblea Popular Nacional, dominada por el PAIGC y presidida por su líder y candidato excluido, Pereira.

Según el recuento de votos de cada región publicado por los Consejos Electorales Regionales, Embaló obtuvo alrededor del 43 % de los votos, mientras que Dias ganó con alrededor del 53 %, dijo Umoja.

Un golpe de Estado escenificado

Sin embargo, un día antes de que el Consejo Electoral Nacional publicara los resultados definitivos, que resumían el recuento nacional y los votos de la diáspora, se produjeron disparos cerca del palacio presidencial.

«Pero no hubo enfrentamientos. Los soldados disparaban al aire», dijo Umoja. Embaló declaró entonces a los medios de comunicación franceses que había sido destituido del poder en un golpe de Estado liderado por un grupo de soldados que lo habían detenido. «Todo fue un montaje. El golpe no fue contra Embaló, sino contra Dias… el presidente electo».

Al abrir fuego cerca del Consejo Nacional Electoral, «otro grupo de personas armadas del Ministerio del Interior, acompañadas por algunos soldados, irrumpieron en su oficina y se apoderaron de los teléfonos de todos los trabajadores que se encontraban allí, incluidos los representantes de los candidatos», añadió.

«Un grupo de milicias fuertemente armadas asociadas al Palacio Presidencial» también «invadieron la sede de la campaña del candidato presidencial [Dias]», dijo Ruth Monteiro, directora de la Oficina del Presidente de la Asamblea Nacional Popular, es decir, Pereira.

Pereira fue detenido junto con el representante nacional de Dias, Octávio Lopes, y varias personas más, añadió Monteiro. El propio Dias logró escapar de la detención «por una puerta trasera», según dijo más tarde en un mensaje de vídeo.

Tras cerrar la radio, los oficiales que llevaron a cabo el golpe leyeron una declaración en televisión, en la que se autoproclamaban al mando y bautizaban a su junta como «Alto Mando Militar para la Restauración del Orden».

Al anunciar el cierre de las fronteras, ordenaron la suspensión del proceso electoral «hasta nuevo aviso», aparentemente para frustrar la «captura de la democracia guineana» por parte de los «narcotraficantes».

Calificándolo de «autogolpe orquestado por Umaru Sissoko Embaló, que fue derrotado de forma aplastante en las urnas», la Organización Popular de África Occidental declaró: «El objetivo muy claro es impedir que el organismo electoral anuncie resultados desfavorables para este conocido agente del sistema neocolonial».

El 27 de noviembre, cuando el general Horta Nta Na Man juró su cargo como presidente de transición por un año, la junta anunció que «prohíbe estrictamente cualquier manifestación, marcha, huelga o acción que perturbe la paz y la estabilidad».

Protestas

«No podemos cruzarnos de brazos mientras nuestros líderes están encarcelados injustamente. Cuando se prohibió a nuestro líder y candidato presentarse a las elecciones, decidimos evitar» una confrontación no saliendo a las calles y apoyando a otro candidato. «Pero ahora se nos han agotado las opciones. Tenemos que protestar».

La Juventud Africana Amílcar Cabral (JAAC) publicó vídeos de marchas de protesta en algunos barrios cercanos al Ministerio del Interior. En estos momentos, las protestas a gran escala corren un alto riesgo en Guinea-Bissau. Una gran parte de «nuestros líderes siguen escondidos», añadió Umoja.

Sin embargo, la diáspora se está movilizando. En Dakar, la capital de Senegal, activistas senegaleses progresistas protestaron junto con la diáspora frente a la embajada de Guinea-Bissau contra la acogida de Embaló en el país. «¡Los dictadores no son bienvenidos en ningún sitio!», comentó Umoja.

JAAC Portugal y Firkidja di Pubis, una organización de estudiantes y trabajadores guineanos en el extranjero, protestaron en Lisboa, capital de su antigua colonia, frente a la Comunidad de Países de Lengua Portuguesa (CPLP), presidida por Embaló.

«La CPLP y la llamada comunidad internacional» son cómplices de Embaló, quien «orquestó un falso golpe de Estado con el único propósito de descarrilar el proceso electoral en el que el pueblo había derrotado su dictadura», acusó Firkidja di Pubis. Los manifestantes exigieron «la finalización del proceso electoral en el que el pueblo eligió a Fernando Dias da Costa como su presidente».

En caso de que la junta no haga caso, Umoja advierte que «los seguidores de Embaló en el ejército son solo aquellos a quienes se les paga» por su lealtad, pero que la mayor parte de los soldados rasos no reciben ningún tipo de remuneración.

El PAIGC denunció el sábado 29 de noviembre que un grupo de hombres enmascarados y armados irrumpió en su sede, atacando a los líderes del partido y a los presentes. En las declaraciones publicadas, el partido alega que el objetivo de la redada era colocar armas en la oficina para luego utilizarlas como prueba en contra de ellos. El partido pidió a la comunidad internacional que «siguieran de cerca estos acontecimientos y apoyaran todos los esfuerzos para preservar la legalidad democrática». El partido también ha pedido a las autoridades que liberen a Pereira y a todos los demás detenidos en el marco del complot golpista.

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3. The Unit.

El último artículo de Escobar se centra en el sistema financiero de intercambio que están trabajando los BRICS+: The Unit.

https://www.unz.com/pescobar/how-the-brics-unit-can-save-global-trade/

Cómo la Unidad BRICS+ puede salvar el comercio mundial

Pepe Escobar • 28 de noviembre de 2025

El proyecto de la Unidad, revelado por primera vez por Sputnik en 2024, se perfila como la opción más viable para romper el dominio del dólar estadounidense sobre el comercio y la inversión mundiales.

En su libro, escrito en colaboración con el destacado economista Sergey Bodrunov, Regulations of the Noonomy (edición internacional publicada este año por Sandro Teti Editore en Roma), el destacado economista ruso Sergey Glazyev destaca la necesidad de «garantizar un cambio completo a las monedas nacionales en el comercio y la inversión mutuos dentro de la UEEA y la CEI, y más allá, dentro de los BRICS y la OCS, la retirada de las instituciones de desarrollo conjunto de la zona del dólar, el desarrollo de sus propios sistemas de pago independientes y sistemas de intercambio de información interbancaria». »

En lo que respecta a la innovación financiera, en comparación con la estructura actual del sistema financiero internacional, The Unit es única en su clase.

The Unit es esencialmente un token de referencia, o un token índice; una herramienta monetaria digital post-stablecoin; totalmente descentralizada; y con un valor intrínseco anclado en activos reales: oro y monedas soberanas.

La Unidad puede utilizarse como parte de una nueva infraestructura digital —lo que persigue la mayor parte del Sur Global— o como parte de una estructura bancaria tradicional.

En lo que respecta al cumplimiento de las funciones monetarias tradicionales, la Unidad es —perdón por el juego de palabras— todo un acierto. Está pensada para utilizarse como un medio de intercambio muy conveniente en el comercio y las inversiones transfronterizas, un elemento clave de la diversificación que persigue activamente el BRICS+.

También debe considerarse como una medida independiente y fiable del valor y los precios, así como un mejor depósito de valor que el dinero fiduciario.

La Unidad está validada académicamente —incluso por el propio Glazyev— y debidamente regulada por el IRIAS (Instituto Internacional de Investigación de Sistemas Avanzados), creado en 1976 de conformidad con los estatutos de las Naciones Unidas.

Y, lo que es crucial en este próximo paso, la Unidad se lanzará a principios del próximo año en la cadena de bloques Cardano, que utiliza la moneda digital Ada.

Ada tiene una historia fascinante: lleva el nombre de Ada Lovelace, una matemática del siglo XIX, hija nada menos que de Lord Byron, y reconocida como la primera programadora informática de la historia.

Cualquiera, en cualquier lugar, puede utilizar Ada como un intercambio seguro de valor y, lo que es muy importante, sin necesidad de pedir a un tercero que medie en el intercambio.

Esto significa que todas las transacciones con Ada están permanentemente aseguradas y registradas en la cadena de bloques Cardano. Esto también significa que todos los titulares de Ada también tienen una participación en la red Cardano.

Cardano lleva ya 10 años en funcionamiento y es una cadena de bloques bastante popular. Cuenta con el respaldo de algunas empresas de capital riesgo bastante importantes, como IOHK, Emurgo y la Fundación Cardano. En esencia, Cardano es una excelente opción para los pagos habituales, ya que las transacciones son baratas y rápidas.

Ni una criptomoneda ni una moneda estable

Entra en escena The Unit.

The Unit no es ni una criptomoneda ni una moneda estable, como se muestra aquí.

Una definición concisa de The Unit sería una reserva de valor resistente, respaldada por una estructura del 60 % de oro y del 40 % de divisas BRICS+ diversificadas.

El principal atractivo para el Sur Global es que esta combinación única proporciona estabilidad y protección contra la inflación, especialmente en el actual panorama financiero mundial de macroeconomía inestable e incertidumbre generalizada.

Gracias a Cardano, The Unit estará al alcance de todo el mundo, a través de una combinación de intercambios centralizados y descentralizados.

Así, para entrar en este nuevo mercado, los particulares y las empresas podrán adquirir The Unit directamente con dinero fiduciario a través de socios bancarios regulados. Esto supone un puente entre las finanzas tradicionales y los ecosistemas descentralizados emergentes, en favor de la liquidez, la accesibilidad y la fiabilidad, lo que abre la puerta a su plena adopción por parte del Sur Global.

The Unit puede incluso evolucionar hasta convertirse en una nueva forma de dinero digital para las economías emergentes.

Siguiendo exactamente el camino trazado por los BRICS incluso antes de la innovadora cumbre anual de Kazán en 2024, The Unit puede ser la mejor solución disponible actualmente para los pagos transfronterizos: una nueva forma de moneda internacional, emitida de forma descentralizada y luego reconocida y regulada a nivel nacional.

Y eso nos lleva a la principal fortaleza conceptual de The Unit: elimina la dependencia directa de la moneda de otras naciones y ofrece al Sur Global/Mayoría Global una nueva forma de dinero apolítico y sin censura.

Mejor aún: dinero apolítico con un enorme potencial para afianzar el comercio justo y múltiples inversiones.

Lo que realmente necesita el Sur Global

Un buen siguiente paso para The Unit sería también crear un Consejo Asesor que reuniera a estrellas de talla mundial como el profesor Michael Hudson, Jeffrey Sachs, Yannis Varoufakis y el cofundador del NDB, Paulo Nogueira Batista Jr. (aquí en el Foro Académico del Sur Global en Shanghái).

En lo que respecta a la desdolarización impulsada por los BRIC, llevada a cabo con un alto grado de sofisticación, sin necesidad de explicarlo con detalle, The Unit será clave. También es fundamental que The Unit no sea una criptomoneda.

Los gigantes de Wall Street, especialmente BlackRock, apuestan fuerte por las criptomonedas, un sistema enormemente inestable que ha dejado de lado a los titulares individuales en beneficio de los grandes actores institucionales. Por ejemplo, es BlackRock quien esencialmente da forma al mercado de Bitcoin.

Las stablecoins estadounidenses perpetúan esencialmente el dominio del dólar estadounidense, dirigiendo su poderío directamente contra las posibles monedas digitales futuras que ofrezcan los BRICS+.

La Unidad es todo lo contrario, ya que ofrece una herramienta monetaria digital fiable para el mundo multipolar en rápida evolución. Es una evolución en sí misma, que tiende un puente entre el mundo fiduciario y el mundo criptográfico; y, por último, pero no por ello menos importante, es una base sólida para la economía emergente posterior a Bretton Woods.

Por supuesto, los retos que se avecinan son enormes, y The Unit será combatida con uñas y dientes por los sospechosos habituales, ya que es un nuevo concepto que ofrece resistencia financiera sin fronteras para el Sur Global/la Mayoría Global.

Y aquí puede estar la clave: la única forma de fortalecer el BRICS+ y la mayoría global es desarrollando vínculos geoeconómicos y financieros cada vez más estrechos. Para ello, debe contenerse el poder tóxico del capital especulativo occidental, en beneficio de un mayor comercio de materias primas dentro del Sur Global y de un mayor capital invertible para un desarrollo productivo y sostenible.

El potencial es ilimitado. La Unidad bien podría ser capaz de aprovecharlo. Incluso JP Morgan admitió que la Unidad es «quizás la propuesta de desdolarización más completa que existe en el ámbito de las transacciones transfronterizas para el BRICS+».

Y no hay ningún otro plan similarmente eficaz en ninguna otra parte del mundo.

(Reproducido de Sputnik con el permiso del autor o representante).

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4. La izquierda griega, hoy.

Un repaso a la situación de la izquierda griega después ser totalmente desarbolada tras la triste experiencia de Syriza.

https://www.elsaltodiario.com/grecia/largo-final-verano-izquierda-griega

El largo final del verano de la izquierda griega

Diez años después del referendo y la capitulación ante la troika, la izquierda griega intenta resurgir de sus cenizas pero sin un proyecto clave ni ningún liderazgo que la guíe.

Queralt Castillo Cerezuela
Atenas, Grecia.
29 nov 2025

Este verano se ha cumplido el décimo aniversario de aquel fatídico cinco de julio de 2015 cuando la ciudadanía griega plantó cara a la Troika y se negó a la firma de un tercer memorando de ajustes económicos imposibles. Desoyendo lo que decían los griegos, Alexis Tsipras, en aquel momento primer ministro del país, el primero de la izquierda en ostentar ese cargo en Europa, acató las órdenes de Bruselas.

Aquello marcó un antes y un después no solo para Syriza, el partido en el Gobierno, sino para el resto de izquierdas europeas. “La ola de esperanza generada por Syriza había sido recibida con entusiasmo por Podemos y otras fuerzas emergentes del sur europeo. El ‘Oxi’ griego se convirtió, durante unos días, en consigna internacional de resistencia frente a la austeridad. Sin embargo, el giro de 180 grados tras el referéndum actuó como señal de advertencia. Sirvió para mostrar los límites del populismo de izquierdas cuando este alcanza el poder: sin un respaldo institucional o económico suficiente, los gestos simbólicos pueden volverse contra quienes los impulsan”, explicaba hace unas semanas a El Salto Kostis Kornetis, profesor en Historia Contemporánea en la Universidad Autónoma de Madrid y vocal asesor del Comisionado España en Libertad 50 años.

Tsipras, que había ganado las elecciones generales en enero de aquel mismo año, no lo tuvo nada fácil durante su mandato (2015-2019): a la decepción importante por parte de la ciudadanía griega se sumaron las embestidas de las derecha y la extrema derecha, y una pobreza estructural y sistémica cuyas consecuencias resultan aún visibles en el país heleno.

Poco a poco, la formación de la ‘izquierda radical’ se fue desplazando hacia el centro, adoptó una narrativa menos progresista y se empezó a hablar de la pasokización de Syriza, una deriva hacia un lugar ideológico mucho más moderado y cercano a los socialdemócratas del PASOK.

La Grecia actual es muy distinta a la de aquel 2015, pero perviven en el país algunas dinámicas que son fruto de todo aquello. “Hay indicadores macroeconómicos que hacen pensar que estamos mejor que en 2015, y eso es cierto, pero esto también enmascara graves problemas de desigualdad y pobreza, mucho más visibles entonces. A pesar de ello, el Gobierno presenta la situación actual como una historia de éxito y ese es el relato que traslada a las instituciones europeas cuando claramente no es así”, explica a El Salto Ioannis Katsaroumpas, profesor de Derecho Laboral en la Facultad de Derecho de Sussex (Reino Unido).

Las políticas neoliberales y antimigratorias de Nueva Democracia, el partido en el Gobierno, los problemas estructurales de la economía o la privatización de infraestructuras y servicios clave para el país, además de los diferentes casos de corrupción y escándalos, han debilitado el Gobierno del actual primer ministro, Kyriakos Mitsotakis, pero no lo suficiente como para que se vea amenazado por ningún rival de peso.

Tras el abandono por parte de Tsipras de la escena política griega después del batacazo electoral en los comicios de 2023, hay la sensación en Grecia de que la izquierda va sin rumbo. Las numerosas escisiones y la falta de un proyecto político sólido por parte de los partidos que han ido naciendo hacen que el panorama, hoy por hoy, sea desolador. “Tenemos varios partidos de izquierda, pero les está costando encontrar una narrativa y una ideología con sentido”, asegura Katsaroumpas, quien considera que “hay un fracaso en términos de ideología y narrativa coherente. Y ese es precisamente uno de los problemas de la izquierda helena: la ausencia de una visión, una orientación, unos objetivos. Se trata de un espectro político que continúa lidiando con el legado de la austeridad a todos los niveles”.

Y así es: la izquierda griega tiene que hacer frente a un legado complejo y controvertido, a lo que se le suma una fragmentación y una falta de liderazgo evidentes. “No hay ninguna figura pública que inspire, como hizo Alexis Tsipras hace unos años”, sentencia. Tampoco existe en la actualidad un partido político fuerte que pueda liderar este espectro político. Algunos lo intentan desde hace tiempo, pero no terminan de conseguirlo.

Ahora, sin embargo, puede suceder algo que lo trastoque todo; un revulsivo del que hace semanas que se habla en Grecia: el posible retorno de Alexis Tsipras.

¿Vuelve?

Si bien los rumores del posible retorno de Tsipras empezaron a oírse a principios del verano, fue el pasado 5 de septiembre, en la V Cumbre Metropolitana de Tesalónica, organizada por The Economist, cuando la rumorología tomó cierto cuerpo. El ex primer ministro presentó un Plan Nacional de Recuperación en el marco de una propuesta que busca cambiar el modelo productivo y mejorar la situación económica del país. En Grecia hay de todo: quien piensa que son especulaciones sin fundamento y quien opina que el ex primer ministro ha dado las señales suficientes como para considerar su vuelta como algo real y posible.

“Tsipras está llevando a cabo algunos movimientos políticos y si vuelve, lo más probable es que forme un nuevo partido, distinto a Syriza. No será un partido de izquierda, sino más bien de centroizquierda, socialdemócrata, progresista, o como se le quiera llamar. Así que no hablamos de un resurgimiento de Syriza ni nada parecido”. Quien habla es Yorgos Siakas, profesor adjunto del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad Demócrito de Tracia.

Para el analista, una posible vuelta del exmandatario reconfiguraría el panorama de la escena política griega, o al menos el de una izquierda en horas bajas. “Toda la oposición de centro izquierda se vería afectada por la reaparición de Tsipras”, augura. “Lo único que sabemos hasta hoy son dos cosas. Primero, que su hipotética formación se situaría dentro del espectro de la política progresista. Y segundo: que hoy por hoy, no hay ningún partido ni ninguna figura prominente que le pueda hacer sombra a Mitsotakis y que se pueda poner al frente de Grecia”.

Para la analista griega Anastasia Veneti, profesora asociada en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Bournemouth, hablar de un hipotético retorno de Tsipras es ciencia ficción: “Dar por sentado su regreso es bastante arriesgado. Si partimos de la base de que volverá a la política con un papel más activo, no sabemos si creará su propio partido o si volverá a Syriza para desempeñar algún tipo de cargo, lo que requeriría iniciar una serie de procedimientos dentro del partido. Dado que no sabemos qué significa este hipotético regreso, no podemos hacer suposiciones en este momento”, sostiene.

Hay, sin embargo, algo que jugaría en contra de Tsipras para regresar como el “gran salvador” de Grecia, en el caso de que esa sea su intención. “A pesar de que estamos en la segunda peor posición de toda la UE en relación a poder adquisitivo, la existencia de cárteles y oligopolios en la economía griega o el alto coste de la vida en el país, no estamos ante ninguna crisis importante que respalde este resurgimiento”, puntualiza Siakas.

Julio de 2023, el descalabro de Syriza

La reaparición del ex primer ministro griego y su posible vuelta a la escena política se produce dos años después del descalabro electoral de Syriza, en aquellos comicios que supusieron la estocada final para la formación.

En aquellas elecciones generales del 21 de mayo de 2023, Syriza, a pesar de que para muchos llegaba como segundo favorito por detrás de Nueva Democracia, no logró convencer a la población. Tsipras aseguró que si ganaba iba a  contener los precios de los alimentos mediante una reducción del IVA, iba a subir los salarios, a proteger la vivienda y a controlar el mercado. Nada de eso conquistó el corazón de los votantes.

Ni la revelación de las escuchas ilegales a periodistas y políticos (incluso de su mismo partido) con el  software Predator, ni la tragedia de los trenes de Tempi del 28 de febrero de aquel mismo año, que costó la vida a 57 personas, le pasaron factura a Mitsotakis, como tampoco la mala gestión de los incendios forestales habituales de cada verano.

Los resultados anticiparon lo que vendría después. Como Mitsotakis quería gobernar con mayoría absoluta, convocó de nuevo elecciones para el 25 de junio del mismo año. Nueva Democracia ganó con un 40,56% de los votos. Syriza consiguió el 17,83%; el PASOK y el KKE (Partido Comunista de Grecia) se llevaron un 11,84% y un 7,69% de los votos, respectivamente. Las posiciones siguientes se las llevaron los grupos de ultraderecha: Spartiates (Espartanos), Niki (Victoria) y Ellinikí Lisi (Solución Griega).

Tras la derrota, el que fuera el primer ministro de la izquierda radical en suelo europeo, Tsipras, dejó un partido en la ruina. Después de la debacle y humillación ante el todopoderoso Mitsotakis, la formación política que antaño había funcionado como faro de las izquierdas europeas empezó a descomponerse. Tsipras hizo señalamientos: “Las fuerzas progresistas a las que solicitamos cooperación durante el período preelectoral tenían un frente casi exclusivamente contra Syriza. Y ayer a la hora de una histórica victoria electoral de la derecha, celebraron más que ND la caída de los porcentajes de nuestro partido”, dijo tras conocerse los resultados. El ex primer ministro dejó todos sus cargos y se fue de la formación, que entró en una espiral de batallas por el liderazgo que casi causó la descomposición del grupo.

Para intentar recomponerse e iniciar una nueva etapa, Syriza convocó primarias. Tras la primera ronda llegaba la sorpresa: el ex analista de Goldman Sachs Stefanos Kasselakis, un externo, un intruso —desde los 14 años y hasta aquel entonces había vivido en Estados Unidos— ganaba, contra todo pronóstico, los comicios internos. Revalidó su victoria en la segunda vuelta y se hizo con el poder en el partido. Esta victoria trajo alegrías y recelos a partes iguales: era una cara nueva y había “llegado” para reformular el partido, lejos de las dinámicas viciadas del pasado. Por otra parte, fue visto por una parte importante de la formación como un foráneo oportunista.

El goteo de bajas no se hizo esperar y algunos históricos, como Efi Achtsioglou, ex ministra de Trabajo entre 2016 y 2019 en el ejecutivo de Tsipras y una de las caras más reconocibles de la formación, abandonó el grupo. Otros fueron obligados a ello. El reinado del ‘Golden Boy’, sin embargo, fue breve: en septiembre de 2024 sufrió una moción de censura impulsada por un grupo del Comité Central descontento con el rumbo personalista que estaba tomando el partido y tuvo que salir.

Lo acontecido en los últimos años hace que, para mucha gente, Syriza haya pasado a ser un partido prácticamente irrelevante en el panorama político griego. “La reacción del partido al liderazgo de Kasselakis y cómo le trató le perjudicó. Syriza se convirtió en un producto político poco elegante”, considera Siakas. Anastasia Veneti, que no entra en considerar la validez política de Kasselakis, sí destaca su carisma y el hecho de que en poco tiempo se convirtiera en una cara reconocible, en una entidad propia, especialmente en un momento en el que la gente “se fija más en la imagen que en la esencia”.

Tras la salida de Kasselakis y otra ronda de primarias, ahora el liderazgo del partido está en manos de Socratis Famellos, diputado por Syriza desde 2015 y viceministro de Medio Ambiente y Energía entre 2016 y 2019. El actual líder de la formación basó su campaña en la idea de “una nueva etapa”, pero lo cierto es que desde que fuera elegido, a finales de noviembre de 2024, poco se ha movido en la formación.

La pata de la que cojea Famellos tiene que ver con su ausencia de carisma político. “Se está esforzando mucho, pero no lo está consiguiendo. Desafortunadamente, no tiene ese tipo de reconocimiento entre el electorado, y lo vemos en las encuestas”, diagnostica Veneti, que lo resumen en una frase: “Famellos no es Tsipras. Si quiere competir ya no solo con Mitsotakis, sino con Konstantopoulou (Rumbo a la Libertad) o Androulakis (PASOK) tendrá que fortalecer su imagen y hacerse más reconocible, además de continuar trabajando en las costuras del partido”, debilitadas desde el descalabro de 2023 y todo lo que vino después.

Las otras izquierdas (que no son Syriza)

En el cesto de ‘la izquierda griega’, además, se encuentran hoy diferentes partidos, algunos de ellos surgidos como escisiones de Syriza, como es el caso de MEra 25, capitaneada por el ex ministro de Finanzas Yannis Varoufakis, Néa Aristerá (Nueva Izquierda) o la citada Plefsi Eleftherias (Rumbo a la Libertad).

En el espectro progresista también se encuentran los anarquistas de Antarsya —que no se presentan a comicios—, el histórico KKE (Partido Comunista de Grecia) o el recién creado partido de Stefanos Kasselakis Kínima Dimokratías (Movimiento por la Democracia).

De las escisiones de Syriza destaca Rumbo a la libertad, de la mano de Zoi Konstantopolou, que en los últimos años ha conseguido hacerle un hueco al partido que preside en el panorama político griego. Hija de figuras que destacaron en la lucha contra la dictadura de los Coroneles en el país heleno (1967-1974), Konstantopolou fue presidenta del Parlamento griego desde febrero de 2015 y hasta el verano de ese mismo año. Después de que Alexis Tsipras desoyera el aplastante 61,3% de la población griega que votó en contra de la firma de un tercer memorando, Konstantopoulou abandonó Syriza.

Desde entonces, cuando fundó su propio partido, ha ido ganando peso en la escena política griega. No el suficiente, sin embargo, como para poder enfrentarse a Mitsotakis. La de Konstantopolou es una popularidad oscilante, que va del 3% hasta el 10% en algún momento. “El problema de Konstantopolou es que dirige un partido unipersonal, no podemos hablar de una formación política con estructura y una base estable. Por eso se le considera un partido de reacción”, explica Yorgos Siakas. Una visión compartida por Anastasia Veneti, quien considera que el partido de Konstantopolou está hiperpersonalizado. “El partido es ella”.

El diagnóstico compartido por los analistas es que la población griega se arrima o no al partido en función de lo que hacen las otras formaciones, lo cual impide hablar de un patrón de intención de voto estable. “Hay un patrón de popularidad ascendente, pero no llega al 12% o al 13%. Esto claramente es una buena oportunidad para el retorno de Tsipras”, opina Siakas, que cree que en Grecia el clima es favorable a la aparición de nuevas formaciones de izquierdas.

Otra de las formaciones inicialmente interesantes originada de una escisión de Syriza y que ha ido perdiendo fuelle en los últimos años es MeRA25. Este proyecto, nacido entre 2017 y 2018 y encabezado en sus orígenes por el ex ministro de Finanzas Yanis Varoufakis, no cuenta actualmente con ningún diputado ni diputada en el Parlamento. En las últimas elecciones generales consiguió el 2,63% de los votos y no llegó al corte del 3% que se necesita para entrar en la cámara.

Por último, y aunque no pueda ser considerada una formación de izquierdas, no hay que perder de vista el ascenso del PASOK, que en las últimas elecciones europeas le ganó el segundo puesto a Syriza en Grecia. La figura de su líder, Nikos Androulakis, ha ido en ascenso y es algo que tiene que ser tomado en consideración. “El discurso que dio Androulakis en Tesalónica —en la ya mencionada V Cumbre Metropolitana— fue de los mejores que ha dado. Su liderazgo solía ser muy débil, pero eso está cambiando”, explica Veneti, que también detecta el desarrollo de un programa electoral mucho más robusto y definido. “Creo que Androulakis podría ser un rival competente para Mitsotakis, ha ganado confianza y se le ve más fuerte”.

Algo que se preguntan los votantes de izquierda en el país es si habría, de cara a las próximas elecciones generales —previstas para julio de 2027—, la posibilidad de que todos estos grupos formasen un frente común, algo que hoy por hoy quedaría descartado. De mantener los porcentajes de votación de 2023, una coalición formada por Syriza, PASOK, KKE, Plefsi Eleftherias y MeRA25 podría arañar alrededor del 40%. “Se debería hacer. Todos estos líderes políticos deberían sentarse a pensar cómo podemos fortalecer a la izquierda en su conjunto e intentar encontrar la manera de conectar con la gente, porque creo que ese es el principal problema de los partidos de izquierda en general. Han perdido la capacidad de atender las necesidades de la población”, detecta la analista. Si bien hay más puntos de unión en todos estos grupos que de división, en política, y eso parece una premisa universal, “los intereses personales y/o los egos suelen prevalecer sobre los asuntos políticos”, sostiene.

De todos modos, y en eso coinciden tanto Siakas como Veneti, si hay alguien que pueda unir a todas estas facciones de izquierdas, ese es Alexis Tsipras “porque es una figura muy poderosa”, destaca Veneti.

La fortaleza de Nueva Democracia

Sea como sea la hipotética vuelta de Tsipras o por mucho que fluctúe la popularidad de Zoi Konstantopoulou, o ante la efímera posibilidad de la creación de un frente de izquierdas, lo que parece evidente es que, en la actualidad, no hay un rival que pueda hacerle sombra a Mitsotakis. Ninguno de los escándalos recientes ha provocado un descalabro en la percepción por parte de la ciudadanía griega, si bien la manifestación que se celebró en febrero de 2025 para pedir justicia por las víctimas del accidente de Tempi fue de las más multitudinarias de las últimas décadas.

Desde la desaparición, 7 de octubre de 2020, del grupo neonazi Amanecer Dorado, Nueva Democracia ha sabido aprovechar el hueco dejado y recoger algunos de los votos de aquellos que antaño votaron a la formación ultra. En el corazón del partido en el Gobierno conviven ahora diferentes facciones de centro derecha y de extrema derecha, y es precisamente ahí donde reside el quid de la cuestión: la amplitud de lo que abarca este partido.

Aun así, la oferta de extrema derecha es amplia: en las últimas elecciones generales, aquellas en las que Syriza se estampó, el partido de ideología neonazi Spartiátes (Espartanos), bajo el auspicio de Ilias Kasidiaris (ex líder de Amanecer Dorado y actualmente en prisión), conseguía el 4,68% de los votos. Este no es el único partido ultra en el Parlamento, donde cohabita con Niki [Victoria], ligado a la Iglesia Ortodoxa, fundado por Dimitris Natsios, y con base en el fundamentalismo religioso, y Ellinikí Lisi (Solución Griega), que promueve los valores tradicionales religiosos y el ultranacionalismo y que está capitaneado por Kyriakos Velopoulos.

Ioannis Katsaroumpas vaticina que, si desde ahora hasta las elecciones la extrema derecha encuentra una figura de consenso, habría posibilidades de un frente común para las generales de 2027. “Dada la prominencia de la cuestión migratoria en Grecia, creo que la extrema derecha crecerá en el país”, explica. Si eso sucede, quizás las izquierdas deban repensar la posibilidad de unirse, como ha ocurrido en otros países, como Francia o España, en algún tipo de coalición común. De momento, sin embargo, esta opción no parece estar sobre la mesa.

Veneti, Katasaroumpas y Siakas tienen previsiones diferentes acerca de hacia dónde puede dirigirse la izquierda griega. Katsaroumpas, por ejemplo, considera que no existe hoy por hoy nadie en ese espectro político político que pueda hacer frente a Mitsotakis y lo deja claro: “La principal oposición a Nueva Democracia vendrá de la derecha o la extrema derecha”, augura. Más optimista se muestra Siakas, quien está convencido de que, en el caso de que se produzca la vuelta de Tsipras, este podría convertirse en un rival fuerte. Veneti es prudente. “En un escenario como el actual, todo puede ocurrir”, concluye.

Diez años del desastre

El verano de 2015, concretamente el 5 de julio, no solo marcó un antes y un después en la izquierda griega; también lo hizo en el resto de izquierdas europeas. El 5 de julio, y a la pregunta de si querían que su Gobierno firmase un tercer memorando, el 61,3% de la población que acudió a las urnas votó que no: “oxi”, en griego.

Hartos de una austeridad impuesta por una troika que se había mostrado implacable, Grecia lo dejaba claro. El “sí” obtuvo un 38,69% de los votos. Entre el “no” y el “sí” hubo más de veinte puntos porcentuales de diferencia. El 62,5% de la población acudió a las urnas.

Durante los meses anteriores, los acreedores habían rechazado de manera sistemática cualquier tipo de negociación con el gobierno griego. En Grecia, la población se sentía humillada por Bruselas y una UE que los miraba por encima del hombro y los amenazaba con la expulsión de la zona euro.

Si bien Tsipras había prometido por activa y por pasiva que iba a escuchar el mandato de los griegos, llegado el momento hizo todo lo contrario: capitular ante la Troika. Acorralado por los acreedores y con algunas opciones, pero pocas, el ex mandatario de izquierda  firmó el tercer memorando y aceptó las condiciones impuestas por los dirigentes europeos y el FMI.

En Grecia, los votantes de izquierda consideraron la capitulación una traición; y el trauma continúa presente. Hay quien continúa refiriéndose a Tsipras como “prodotis”, traidor, en griego. La decepción, además, no se contuvo en las fronteras helenas, sino que impactó de lleno en el corazón de las izquierdas europeas. Syriza representaba un símbolo, y de la noche a la mañana todo aquello se derrumbó. “La capitulación de Tsipras provocó un trauma en la izquierda europea; un trauma del que no se ha recuperado”, opina Ioannis Katsaroumpas.

En 2015 todo el mundo tenía puestos los ojos en Tsipras, quien se presentó ante Europa como una alternativa al sistema. Su cambio de postura, inesperado, dio a entender la idea de que si Syriza no lo había conseguido, nadie lo podría conseguir. Los años que han venido después y el devenir de las diferentes izquierdas griegas han estado profundamente marcados por esa decisión.

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5. Mearsheimer sobre el futuro multipolar.

Centrado en su primera parte en los análisis de Wolff, este artículo de Mearsheimer se plantea cómo puede ser el mundo multipolar que se vislumbra. No he conseguido averiguar la fuente original, que los compañeros de Observatorio de la crisis no suelen incluir.

https://observatoriocrisis.com/2025/11/29/john-mearsheimer-hoy-paises-de-africa-america-latina-y-asia-pueden-decir-no-a-washington/

John Mearsheimer: Hoy países de África, América Latina y Asia pueden decir NO a Washington

29 noviembre, 2025

¿Qué pasa cuando el paquete de sanciones más brutal de la historia moderna no solo falla en destruir a su objetivo, sino que lo fortalece y al mismo tiempo acelera el final del dominio occidental que lo impuso? 

Análisis  de John Mearsheimer, profesor de ciencia política en la Universidad de Chicago y teórico de la escuela neorrealista en las relaciones internacionales.

Durante más de 40 años he estudiado cómo suben y cómo caen las grandes potencias. Lo que estoy viendo ahora mismo desafía todo lo que los responsables políticos occidentales creían saber sobre la guerra económica.

El profesor Richard Wolf, uno de los economistas marxistas más respetados de Estados Unidos, acaba de ofrecer el análisis más demoledor que he escuchado sobre el fracaso estratégico de Occidente.

Su advertencia no es una opinión, es la autopsia de un imperio que se está suicidando sin darse cuenta. Las sanciones que se diseñaron para estrangular a Rusia han terminado creando algo mucho peor para Washington y Bruselas. un orden mundial multipolar que cuestiona la hegemonía estadounidense en su raíz misma.

Mientras Occidente celebra victorias tácticas en el terreno militar, Moscú está ganando una guerra completamente distinta, la guerra por desmantelar el dominio del dólar y el control económico occidental. Y lo peor de todo es que la mayoría de los líderes occidentales todavía no se han enterado de que están perdiendo.

Cuando Rusia lanzó su operación militar especial en Ucrania en febrero de 2022, vi a los líderes occidentales cometer exactamente el mismo error fatal que he documentado durante toda mi carrera. confundieron la indignación moral con el pensamiento estratégico.

La respuesta fue inmediata y predecible. El mayor paquete de sanciones de la historia moderna. Congelación de activos, exclusión del sistema Swift, embargo energético, prohibición de exportar tecnología avanzada. El objetivo era clarísimo, estrangular la economía rusa hasta provocar el colapso del régimen.

Como realista, yo sabía que esa estrategia descansaba sobre una suposición peligrosísima, que Rusia no tenía alternativas, pero Richard Wolf vio lo mismo que yo. Occidente no estaba librando la guerra que creía estar librando. Mientras la OTAN se concentraba en la contención militar, Rusia jugaba otro tablero completamente distinto, el desmontaje sistemático de la hegemonía económica occidental.

Y Vladimir Putin estaba a punto de demostrar que el verdadero pilar del poder estadounidense, el dominio del dólar, era mucho más frágil de lo que nadie había imaginado.

El primer shock llegó en cuestión de semanas. El rublo, que los analistas occidentales habían pronosticado que se convertiría en papel mojado, no solo se estabilizó, se fortaleció. A finales de 2022 ya se había apreciado frente al dólar el producto interior bruto ruso que los economistas del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial habían vaticinado que se hundiría un 15% o más. apenas se contrajo antes de volver a crecer a ritmos que dejaron en ridículo a todos los que habían apostado por el colapso.

El régimen que se suponía que iba a tambalearse por la presión interna consolidó su poder. La popularidad de Putin, lejos de desplomarse por las penurias económicas, se mantuvo sorprendentemente alta. Los oligarcas que los estrategas occidentales esperaban que se rebelaran contra el Kremlin encontraron, en cambio, nuevas oportunidades y redirigieron sus flujos comerciales.

Pero eso no fue lo más sorprendente. El verdadero terremoto fue estructural. Richard Wolf lo llama adaptación estratégica, el giro sistemático de Rusia hacia lo que hoy los economistas llaman la coalición del sur global ampliado. China, India, Irán, Turquía, Arabia Saudita, Brasil, Indonesia, Emiratos Árabes Unidos, países que representan más de la mitad de la población mundial y una porción creciente del producto interior bruto global.

Lo que más me impresionó fue la velocidad de esa reorientación. Relaciones comerciales que normalmente tardan décadas en construirse se crearon en meses. El comercio bilateral, Rusia-China, creció un 30% solo en el primer año. India multiplicó por más de 700% sus importaciones de petróleo ruso. No eran ajustes temporales, eran cambios permanentes en la geografía económica mundial.

He pasado décadas argumentando que en un sistema internacional anárquico los estados siempre terminan equilibrando el poder contra la potencia dominante. Lo que presenciamos entre 2022 y 2025 fue el reequilibrio de gran potencia más rápido de la historia moderna. Y el catalizador no fue la agresión rusa, fue la sobreactuación occidental.

La ecuación energética lo explica todo a la perfección. Europa, en un ataque de lo que Wolf llama arrogancia moral, se cortó de la noche a la mañana el suministro de gas ruso barato. El suicidio económico fue inmediato y devastador. Cientos de fábricas alemanas cerraron.

La industria francesa empezó a deslocalizarse hacia Estados Unidos y Asia. La competitividad europea se evaporó en cuestión de meses. Los precios de la energía se triplicaron y cuadruplicaron en algunas regiones, empujando a los grandes fabricantes hacia mercados americanos, donde los subsidios y la energía más barata los esperaban con los brazos abiertos.

Vi colapsar cadenas de suministro enteras en tiempo real. Plantas químicas que habían sido rentables durante décadas de repente dejaron de serlo. La producción de acero, la columna vertebral de la industria europea, cayó dígitos dobles. El sector del automóvil, que ya estaba luchando con la transición eléctrica, recibió un golpe adicional con unos costes energéticos que lo hacían cada vez menos competitivo frente a los rivales asiáticos.

Mientras tanto, Rusia redirigió sus flujos energéticos hacia el este con una eficiencia asombrosa. Las importaciones chinas de petróleo ruso alcanzaron niveles récord con Pekín asegurándose contratos a largo plazo a precios descontados.

India se convirtió en el mayor cliente de Moscú fuera de China, aumentando sus compras más de 1000% en 18 meses. Incluso aliados tradicionales de Estados Unidos como Turquía incrementaron discretamente sus importaciones energéticas desde Rusia. Pero lo más importante fue la construcción de nueva infraestructura, la ampliación del gasoducto Fuerza de Siberia.

Nuevas rutas a través de Asia Central, terminales de gas natural licuado orientadas al mercado asiático. Rusia estaba literalmente recableando la red energética euroasiática, alejándola de Europa. El mapa energético de Eurasia se redibujó en meses, no en décadas. Y Europa, que había renunciado voluntariamente a la seguridad energética por simbolismo moral. se encontró en una desventaja permanente en la manufactura global.

Sin embargo, la energía fue solo el principio. La transformación más profunda afecta algo mucho más amenazante para la hegemonía estadounidense, el propio sistema del dólar. Durante 80 años, Estados Unidos ha disfrutado de lo que los economistas franceses llamaron el privilegio exorbitante, la capacidad de imprimir dinero que el resto del mundo está obligado a aceptar porque el comercio internacional se hace en dólares.

Ese sistema ha permitido a Washington financiar déficits gigantescos, mantener presencia militar global y convertir las sanciones en un arma devastadora. Richard Wolf advierte que esa era terminando no por derrota militar, sino por desvío sistémico.

Los países BRICS, Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica han acelerado el desarrollo de sistemas de pago alternativos. La organización de cooperación de Shanghai está ampliando su arquitectura financiera y lo más significativo, grandes productores de petróleo están aceptando pagos en yuanes, rublos e incluso rupias en lugar de dólares.

Los números son implacables. En 2021, solo el 2% del comercio Rusia-China se realizaba en sus monedas nacionales. En 2025 esa cifra supera el 75%. Arabia Saudita, el aliado más antiguo de Estados Unidos en Oriente Medio, empezó a aceptar yuanes por sus ventas de petróleo a China, algo que hace unos pocos años habría sido inimaginable.

La ampliación BRICS Plus en 2023 incorporó a Irán, Egipto, Emiratos Árabes Unidos y Etiopía, mientras decenas de países más hicieron cola para entrar. Esto no es simbolismo diplomático, es la institucionalización de una infraestructura financiera no occidental, el nuevo banco de desarrollo como alternativa al Banco Mundial, el sistema de pagos BRICS desafiando el dominio de Swift. Cada acuerdo comercial bilateral que se realiza fuera del dólar es una pequeña grieta en la hegemonía financiera estadounidense, pero el efecto acumulativo es revolucionario.

Cuando suficientes países comercien sin dólares, toda la base del poder económico americano empezará a erosionarse. He calculado la matemática de ese Dexartorius. Si solo el 30% del comercio global se desdolariza, Estados Unidos pierde la capacidad de financiar sus déficits masivos mediante expansión monetaria. Las consecuencias serían austeridad fiscal forzada, recorte del gasto militar y reestructuración fundamental de los compromisos globales estadounidenses.

Observo este proceso con el desapego analítico que exige mi formación realista, pero también con una preocupación creciente. que lo que describe Wolf no es solo una transición económica, es el nacimiento de un orden mundial genuinamente multipolar. Y la historia nos enseña que esas transiciones rara vez son pacíficas. Lo trágico es que todo esto era completamente evitable.

Tras el fin de la Guerra Fría, Occidente tuvo la oportunidad de construir un sistema internacional inclusivo que reflejara las nuevas realidades. En lugar de eso, doblamos la apuesta por la dominación, expansión de la OTAN, coersión económica, operaciones de cambio de régimen, todo para preservar un momento unipolar que siempre fue temporal. La supervivencia de Rusia bajo la presión máxima ha enviado un mensaje al mundo entero. Las armas económicas de Occidente tienen límites. Si Moscú puede soportar las sanciones más duras de la historia y salir más autosuficiente, ¿por qué cualquier otro país debería temer el chantaje económica occidental?

Esa revelación se está extendiendo más rápido de lo que cualquier sanción puede contener. De África a Asia, de América Latina a Oriente Medio, los gobiernos diversifican discretamente sus socios económicos, reducen la dependencia del dólar y construyen relaciones con potencias no occidentales. visto este cambio de primera mano en conferencias académicas y debates de política reciente.

Funcionarios del sur global hablan abiertamente de estrategias de cobertura, mantienen relaciones con occidente, pero expanden alternativas. Nigeria explora ventas de petróleo denominadas en yuanes. Bangladesh aumenta el comercio en rupias con India. Argentina considera seriamente la membresía en los bricks. El patrón es inconfundible.

Los países se preparan para un orden mundial postestadounidense, no mediante revolución, sino mediante un desacoplamiento gradual de los sistemas dominados por Occidente. Richard Wolf lo llama el despertar de la soberanía. Naciones que redescubren que tienen opciones.

El mundo monopolar donde Washington dictaba las reglas está siendo reemplazado por una realidad multipolar donde el poder se distribuye entre varios centros, pero la transformación va más allá de la economía, es psicológica, cultural, civilizacional. Durante tres décadas, los valores, instituciones y modelos de desarrollo occidentales se presentaron como universales e inevitables.

Ahora, caminos alternativos hacia la prosperidad y la gobernanza están demostrando ser viables. La iniciativa de la franja y la ruta de China ha conectado a más de 140 países con inversiones en infraestructura que superan el billón de dólares. A diferencia de la ayuda occidental, que suele venir con condiciones políticas sobre gobernanza y reformas económicas, la inversión china se centra principalmente en infraestructuras tangibles, puertos, ferrocarriles, redes de telecomunicaciones.

Los resultados son visibles en todo el mundo en desarrollo. Ciudades africanas conectadas por ferrocarriles construidos por China. Naciones centroasiáticas enlazadas por gasoductos, países sudamericanos que acceden a mercados del Pacífico gracias a puertos financiados por Pekín. Europa se encuentra entre los grandes perdedores de esta transición, habiendo entregado su autonomía estratégica al liderazgo estadounidense.

Los países europeos descubren ahora que carecen tanto de capacidad militar para defenderse por sí mismos como de flexibilidad económica para adaptarse. El continente que una vez dominó los asuntos globales se ha convertido en un remanso estratégico dependiente de energía estadounidense que cuesta tres veces más que las alternativas rusas que voluntariamente abandonaron.

El impacto psicológico que está sufriendo Occidente es en realidad mucho más profundo y duradero que el económico. Durante tres décadas, desde la caída del muro de Berlín hasta aproximadamente 2022, las élites políticas, académicas y mediáticas de Estados Unidos y Europa vivieron instaladas en una certeza casi religiosa.

Su modelo liberal democrático capitalista era el fin de la historia, la única vía legítima hacia la prosperidad y la libertad. Francis Fukuyama lo formuló con elegancia académica, pero millones lo asumieron como evangelio cotidiano. Esa creencia no era solo ideología, era identidad. Ser occidental significaba pertenecer al bando ganador de la historia, al equipo que había demostrado la superioridad absoluta de su sistema. El resto del mundo se asumía, acabaría pareciéndose a nosotros o quedándose rezagado para siempre.

Richard Wolf no se limitan a enunciar una opinión incómoda. La respalda con una cascada de datos que ningún think tank de Washington puede desmentir sin caer en la caricatura. Su argumento central es demoledor precisamente porque es empírico. El supuesto fin de la historia no era una ley histórica, sino una apuesta ideológica que perdió y la está perdiendo a plena luz del día, en tiempo real delante de todo el planeta.

Empecemos por China, porque es el elefante en la habitación que ya nadie puede ignorar. Desde 1978, cuando Den Shoping abrió la economía sin abrir el sistema político, el Partido Comunista Chino ha sacado a más de 800 millones de personas de la pobreza extrema según los criterios del Banco Mundial. Eso equivale a rescatar en cuatro décadas a una población mayor que toda Europa y Norteamérica juntas.

Lo ha hecho sin multipartidismo, sin prensa libre al estilo occidental, sin separación de poderes, sin elecciones competitivas a nivel nacional y durante mucho tiempo sin mercado de capitales plenamente abierto. lo ha hecho con planificación estatal, con represión selectiva, con censura digital sofisticada y con un modelo de desarrollo que prioriza la estabilidad política por encima de las libertades individuales, tal y como las entiende Occidente.

Y no solo no ha colapsado, se ha convertido en la fábrica del mundo, en el mayor acreedor de Estados Unidos, en el líder mundial, en vehículos eléctricos, en paneles solares, en trenes de alta velocidad, en 5G, en pagos digitales, en patentes registradas per cápita, en áreas estratégicas.

En 2024, el PIB chino ya supera al estadounidense en paridad de poder adquisitivo y según las proyecciones del FMI, la brecha se ampliará en la próxima década. Todo ello bajo un sistema que cualquier manual de ciencia política occidental de los años 90 habría calificado de insostenible a medio plazo. 30 años después, el sistema no solo sigue en pie. define el siglo XXI.

Pero China no está sola. India, la mayor democracia del mundo, según el mantra repetido hasta el cansancio, ha decidido en los últimos 10 años que ser democracia no significa imitar el modelo liberal anglosajón. Bajo Narendra Modi, el país ha abrazado un nacionalismo hindú musculoso, ha restringido libertades de prensa, ha aprobado leyes de ciudadanía que discriminan por religión, ha desactivado internet en Cachemira durante meses y ha perseguido a ONGs y opositores con una agresividad que habría escandalizado a los editorialistas occidentales si el protagonista fuera Venezuela.  o Bielorrusia.

Y, sin embargo, la economía crece al 78% anual sostenido. Las Starups Indias levantan más capital riesgo que las británicas o francesas. Las reservas de divisas superan los 650,000 millones de dólares y el país se ha convertido en la quinta economía mundial y según todas las proyecciones será la tercera antes de 2030.

Los países del Golfo, especialmente Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, representan otro desafío aún más irritante para la narrativa occidental. Han construido sociedades de consumo opulentas con esperanza de vida escandinava, tasas de criminalidad bajísimas, infraestructura futurista y estados de bienestar que financian educación universitaria gratuita, sanidad de primer nivel y subsidios energéticos sin necesidad de grabar apenas a sus ciudadanos.

Todo ello sin elecciones, sin partidos políticos, sin sindicatos independientes, con monarquías absolutas hereditarias y con sistemas legales que mezclan la Sharia con el capitalismo más salvaje. Dubai y Riyadh atraen más talento expatriado que muchas capitales europeas. Sus fondos soberanos compran trozos enteros de Silicon Valley, de la Premier League y de los puertos europeos.

Y lo hacen mientras Occidente les sermonea sobre derechos humanos sin que en la práctica nadie se atreva a tocarles un pelo, porque el petróleo, el gas y el dinero siguen mandando. Vietnam es quizá el caso más quirúrgico.

Un país gobernado por el mismo Partido Comunista que ganó la guerra contra Estados Unidos mantiene hoy una de las economías de mayor crecimiento del planeta, 6 8% anual, fábricas de Samsung, Intel y Nike, tratados de libre comercio con la Unión Europea, con el Reino Unido y con el CPTP y una tasa de aprobación de su gobierno que ronda el 90% según encuestas independientes.

Vietnam ha duplicado su PIB per cápita en apenas 15 años. ha reducido la pobreza extrema del 70% al menos del 5% y lo ha hecho sin permitir oposición política real, con censura estricta y con un modelo que combina planificación quinquenal con apertura selectiva al capital extranjero.

Vietnam es hoy el contraejemplo perfecto para quienes decían que sin democracia liberal no hay desarrollo sostenido. lo hay y además compite directamente con los países que inventaron esa frase. Rusia merece un capítulo aparte porque su caso es el que más ha herido el orgullo occidental en los últimos 3 años.

En febrero de 2022, los líderes europeos y estadounidenses anunciaron casi con regocijo el Armagedón financiero contra Moscú. Biden habló de convertir el rublo en escombros. La UE prometió que la economía rusa retrocedería décadas. Más de 15,000 sanciones después. El régimen más duro, jamás impuesto a un país grande.

Los resultados son los siguientes. Rusia creció un 3,6% en 2023 y proyecta otro 3% en 2024 según el FMI más que Alemania, Francia o Reino Unido. El desempleo está en mínimos históricos, 2,9%. El rublo, tras una devaluación inicial, se ha estabilizado y hoy es más fuerte frente al euro que antes de la guerra.

Rusia ha desplazado a Arabia Saudita como mayor exportador de petróleo a China e India. Vende más trigo que nunca, casi 50 millones de toneladas anuales. Ha puesto en marcha la ruta del Ártico. Ha firmado acuerdos de gas a 30 años con Pekín y ha visto como países que en teoría debían aislarla. Turquía, India, Brasil, Sudáfrica, Indonesia han multiplicado su comercio bilateral.

Y no es solo supervivencia, es demostración práctica de que el sistema financiero occidental no es tan omnipotente como se creía. El Swift ya no es la guillotina universal. Existen alternativas. SPFS ruso, CPS chino, UP indio.

El dólar sigue siendo dominante, pero ya no es incuestionable. El 20% del comercio petróleo gas ruso se hace en rublos o yuanes y la tendencia crece. Países que antes temblaban ante la amenaza de sanciones secundarias hoy observan que Rusia no solo no se ha hundido, sino que ha reorientado su economía hacia el sur global con una rapidez que ha sorprendido incluso a sus aliados.

Cada uno de estos casos, China, India, Golfo, Vietnam, Rusia, funciona como un ariete contra la arrogancia ideológica que dominó el discurso occidental desde 1989. No se trata de que estos modelos sean moralmente superiores.

Muchos tienen sombras profundas, represión, desigualdad, corrupción, autoritarismo. Se trata de que funcionan lo suficientemente bien como para que cientos de países en desarrollo saquen una conclusión devastadora. No necesitamos copiar el modelo occidental para prosperar. Podemos elegir nuestro propio camino, mezclar tradición y modernidad, estado y mercado, autoritarismo y eficiencia, identidad cultural y apertura económica y salir adelante. Esa es la verdadera herejía.

Durante 30 años, Occidente vendió la idea de que sus instituciones eran la única receta válida, que sin elecciones multipartidistas, sin prensa libre, sin justicia independiente, sin derechos individuales, tal y como los define la carta de la ONU de inspiración occidental, un país estaba condenado al estancamiento o al caos.

La evidencia empírica de 2025 destroza esa pretensión y lo hace no con teorías, sino con rascacielos en Shanghái, trenes Bala en Arabia Saudita, fábricas en Hanoi, silos de grano en Rostov y fondos soberanos que compran el mundo. El impacto psicológico es brutal porque ataca la raíz misma de la identidad colectiva occidental postguerra fría.

Si nuestros valores no son universales, si otras civilizaciones pueden prosperar sin adoptarlos, entonces, ¿qué nos hace especiales? ¿Qué justifica seguir predicando, sancionando, interviniendo, condicionando préstamos del FMI, exigiendo reformas políticas a cambio de ayuda? La respuesta honesta es nada. Y esa respuesta es intolerable para una élite que construyó toda su legitimidad sobre la certeza de ser el faro moral y práctico de la humanidad. Por eso la reacción no es racional, es visceral. Se responde con negación.

China colapsará en cualquier momento, con demonización. Todos son regímenes autoritarios con dobles raseros. Las violaciones de derechos humanos en Riad no son como las de Caracas y cada vez más con una militarización del lenguaje y de la política.

Porque cuando la fe en la superioridad del modelo se rompe, lo único que queda para mantener la sensación de control es la fuerza. Y ahí está el verdadero peligro que Wolf señala entre líneas. La historia no perdona a los imperios. que se niegan a leerla. Cuando Atenas perdió su ventaja económica, intentó compensarlo con la guerra del Peloponeso.

Cuando España dejó de recibir oro americano, se lanzó a guerras religiosas que la arruinaron cuando el imperio británico vio que no podía competir industrialmente con Alemania y Estados Unidos. Optó por la Primera Guerra Mundial antes que aceptar un mundo multipolar.

Hoy Estados Unidos y sus aliados europeos se enfrentan al mismo dilema y los síntomas de desesperación están por todas partes. Estos ejemplos no son excepciones ni anomalías, son la nueva normalidad.

El mundo del siglo XXI no va a parecerse a Washington o Bruselas. va a parecerse a sí mismo, diverso, híbrido, pragmático, a veces autoritario, a menudo caótico, pero definitivamente no subordinado. Y cuanto antes lo aceptemos, menos dolorosa será la transición, porque la alternativa no es mantener el viejo orden, eso ya es imposible. La alternativa es decidir si el nuevo orden nacerá de la cooperación. o de la confrontación.

Y la historia, una vez más, no espera a que los hegemonías en declive terminen de procesar su duelo. Cuando un imperio pierde la fe en su propia superioridad moral, pierde también la capacidad de justificar su dominio. Durante la Guerra Fría, Estados Unidos p

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6. Cómo prosperó la «civilización occidental».

Patnaik insiste en su conocida tesis sobre el expolio colonial y cree que las innovaciones que se produjeron deben situarse también en este marco. Y de cara al futuro, más innovaciones no suponen una mejora de las condiciones de vida de los trabajadores del Sur Global.

https://peoplesdemocracy.in/2025/1130_pd/apropos-%E2%80%9Cwestern-civilisation%E2%80%9D

A propósito de la «civilización occidental»

Prabhat Patnaik

Según un artículo publicado en el Times of India (23 de noviembre), Estados Unidos ha pedido a los países europeos que restrinjan la inmigración para preservar la «civilización occidental». Muchos en el Tercer Mundo encontrarían ridículo el término «civilización occidental», especialmente si se utiliza en el sentido de denotar algo precioso y digno de preservar. Las atrocidades cometidas por los países imperialistas occidentales contra pueblos de todo el mundo durante los últimos siglos han sido tan horribles que utilizar el término «civilización» para referirse a tal comportamiento resulta grotesco. Desde el colonialismo británico, que desató hambrunas en la India que mataron a millones de personas en su intento voraz de obtener ingresos de los desventurados campesinos, hasta la brutalidad indescriptible del rey Leopoldo de Bélgica contra el pueblo de lo que antes se llamaba el Congo, pasando por los campos de exterminio alemanes en Namibia que aniquilaron tribus enteras, es una historia de horrible crueldad infligida a personas inocentes sin otra razón que la pura codicia. No es de extrañar, en este contexto, que Gandhiji, cuando un periodista le preguntó qué opinaba de la «civilización occidental», respondiera con ironía: «Sería una idea muy buena».

Pero ignoremos toda esta crueldad y centrémonos solo en el avance material logrado por Occidente. Este avance material se ha logrado sobre la base de una relación de explotación que los países imperialistas occidentales habían desarrollado con respecto al Tercer Mundo, una relación que dejó a este último en tal estado que sus habitantes hoy en día están desesperados por escapar de él. La prosperidad occidental no es un estado separado e independiente logrado únicamente gracias a la diligencia occidental; se ha logrado mediante un proceso de destrucción de las economías de los países de los que huyen los inmigrantes. Lo que es aún más llamativo es que el imperialismo occidental no solo quiere detener la afluencia de inmigrantes, sino que quiere impedir, incluso mediante la intervención armada, cualquier cambio en la estructura social de los países de origen de los inmigrantes que pueda dar lugar a un desarrollo que detenga esta afluencia.

Por supuesto, mi argumento podría ser descartado como una hipérbole. Después de todo, las economías occidentales se han caracterizado por la introducción de innovaciones notables que han aumentado drásticamente la productividad laboral, lo que a su vez ha permitido un aumento de los salarios reales y de los ingresos reales de las poblaciones occidentales. Es esta capacidad de innovación lo que distingue a Occidente y lo que falta en el Tercer Mundo; constituye la differentia specifica entre las dos partes del mundo, la causa fundamental de sus divergentes resultados económicos, por lo que los migrantes buscan trasladarse de una parte a otra.

Sin embargo, hay que señalar dos cosas sobre las innovaciones. En primer lugar, las innovaciones se introducen normalmente cuando se prevé que se expandirá el mercado del producto que se derivará de ellas, por lo que no se introducen durante las depresiones. En segundo lugar, las innovaciones no aumentan por sí solas los salarios reales, sino que solo lo hacen cuando existe una escasez en el mercado laboral que surge por razones independientes. Durante un largo período de la historia, la expectativa de expansión del mercado para los productos occidentales se generó mediante la conquista de los mercados del Tercer Mundo. La Revolución Industrial en Gran Bretaña, que inició la era del capitalismo industrial, no habría podido sostenerse si no se hubiera dispuesto de mercados coloniales en los que la producción artesanal local pudiera ser sustituida por los nuevos productos fabricados a máquina. La otra cara de la capacidad de innovación occidental fue, por lo tanto, la desindustrialización de las economías coloniales, que creó allí enormes reservas de mano de obra.

Incluso en los países donde se introdujeron innovaciones, también se crearon reservas de mano de obra debido al progreso tecnológico, pero estas reservas se redujeron debido a la migración a gran escala de mano de obra a las regiones templadas de asentamiento en el extranjero, como Canadá, Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica, donde masacraron y desplazaron a las tribus locales de las tierras que habían ocupado y cultivado. Por lo tanto, dentro de los países innovadores se introdujo una restricción en el mercado laboral debido a esa emigración a gran escala, por lo que los salarios reales pudieron aumentar junto con las innovaciones que elevaron la productividad laboral.

Sin embargo, las reservas de mano de obra creadas en las colonias y semicolonias no pudieron emigrar a las regiones templadas, sino que se vieron confinadas a las regiones tropicales y subtropicales, atrapadas en un síndrome de bajos salarios, debido a las estrictas leyes de inmigración que siguen vigentes en la actualidad. Si el capital de la metrópoli hubiera podido fluir para aprovechar sus bajos salarios y producir bienes para el mercado mundial con las nuevas tecnologías, la diferencia salarial podría haber desaparecido. Pero eso no ocurrió. A pesar de sus bajos salarios, el capital de las regiones templadas no entró en estas economías, excepto en los sectores productores de materias primas; y los productos manufacturados por los productores locales, utilizando esta mano de obra mal remunerada y adoptando las nuevas tecnologías, no pudieron entrar en los mercados de las regiones templadas debido a los altos aranceles. En resumen, la innovación occidental produjo prosperidad material en la metrópoli, porque se complementó con una estructura segmentada de la economía mundial.

Eso no es todo. La difusión del capitalismo se produjo dentro de esta estructura segmentada: junto con la mano de obra europea que emigraba a las regiones templadas como América del Norte, Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica, el capital europeo también comenzó a invertirse en estas nuevas tierras como complemento a la migración laboral. Sin embargo, este capital se extrajo de las colonias y semicolonias tropicales y subtropicales mediante la confiscación gratuita de sus ingresos en divisas procedentes del mundo, que constituían una gran parte de su excedente económico, un proceso que se ha dado en llamar «drenaje» del excedente.

La difusión del capitalismo en el «largo siglo XIX» desde Gran Bretaña a Europa continental, Canadá y Estados Unidos adoptó la forma de mantener abiertos los mercados británicos a los productos de estas regiones y, al mismo tiempo, exportar capital a ellos; es decir, Gran Bretaña tenía tanto un déficit por cuenta corriente como por cuenta de capital con respecto a estas regiones. El déficit total, sumando las cuentas corrientes y de capital, de Gran Bretaña con respecto a estas tres regiones más destacadas en 1910 era de 120 millones de libras. La mitad de esta cantidad, según las estimaciones del historiador económico S. B. Saul, se liquidó a expensas de la India, mediante la apropiación por parte de Gran Bretaña de todo el superávit de exportación de la India frente al resto del mundo, así como del pago de la India por la desindustrialización de las importaciones procedentes de Gran Bretaña que superaban los productos básicos que vendía a Gran Bretaña. Si tomamos solo Europa continental y Estados Unidos, el déficit total de Gran Bretaña fue de 95 millones de libras, de las cuales casi dos tercios se liquidaron de esta manera a expensas de la India.

Así, todo el desarrollo del capitalismo se produjo históricamente mediante la creación de un mundo segmentado. La capacidad de innovación que se supone que subyace a la prosperidad material de Occidente también se produjo a través de esta segmentación. Por lo tanto, no es la capacidad de innovación lo que explica por qué Occidente prosperó mientras que el Tercer Mundo se estancó y decayó, sino este hecho de la segmentación. Después de todo, incluso teorías como la de Joseph Schumpeter, que enfatizan las innovaciones como la causa de la prosperidad material, muestran que todos los trabajadores se benefician de las innovaciones. Pero si solo algunos trabajadores son los beneficiarios (aparte de los capitalistas, por supuesto), mientras que otros que pertenecen a una región diferente quedan excluidos de estos beneficios, entonces la causa de esta divergencia debe estar en otra parte, no en el hecho de que la capacidad de innovación se limite a una sola región. La esencia de esta segmentación era la exclusión deliberada de una región del proceso de desarrollo material, mediante la imposición de barreras arancelarias a sus productos, la prohibición de imponer sus propias barreras arancelarias a los productos de la región metropolitana y la adquisición gratuita por parte de esta última de una parte de su excedente económico producido.

Los días del colonialismo han terminado; es más, el capital de la metrópoli ahora está dispuesto a fluir hacia el Tercer Mundo para producir bienes para el mercado mundial utilizando mano de obra local mal remunerada y nuevas tecnologías; ¿por qué entonces la pobreza del Tercer Mundo sigue existiendo en esta nueva situación? Volvemos aquí a la proposición de que las innovaciones como tales no aumentan los salarios reales; teorías como la de Schumpeter, que afirman lo contrario, al suponer una tendencia espontánea del capitalismo a agotar las reservas de mano de obra y avanzar hacia el pleno empleo, son simplemente erróneas. El progreso tecnológico en el Tercer Mundo a través de la difusión de innovaciones, ya sea bajo los auspicios del capital metropolitano o del capital local, que tiende típicamente a ahorrar mano de obra, no reduce por lo tanto el tamaño relativo de sus reservas de mano de obra y, por lo tanto, la magnitud relativa de la pobreza. La mano de obra del Tercer Mundo no tiene posibilidad de emigrar a ninguna región templada.

Dos factores van a empeorar esta situación en los próximos días: uno son los aranceles de Trump, que pretenden exportar el desempleo de Estados Unidos al resto del mundo, especialmente al Tercer Mundo; y el otro es la introducción de la inteligencia artificial en el marco del capitalismo.

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7. El radicalismo negro de Hubert Harrison.

En Monthly Review liberan esta reseña de un libro sobre otra figura de la izquierda negra estadounidense que no conocía: Hubert Harrison.

https://monthlyreview.org/articles/hubert-harrison-a-giant-remembered/

Hubert Harrison: un gigante recordado

por Paul Buhle

Paul Buhle es colaborador desde hace mucho tiempo de Monthly Review y editor de más de veinte novelas gráficas de no ficción sobre historia radical. Actualmente trabaja con Paul Peart-Smith en una biografía gráfica de Malcolm X.

Brian Kwoba, Hubert Harrison: Forbidden Genius of Black Radicalism (Chapel Hill: University of North Carolina Press, 2025), 404 páginas, 37,95 dólares, tapa blanda.

Hubert Harrison es una figura redescubierta de la izquierda estadounidense, gracias en gran parte a una biografía en dos volúmenes del difunto Jeffrey Perry. En la introducción de su propio libro, Hubert Harrison: Forbidden Genius of Black Radicalism, Brian Kwoba nos dice que no pretende repetir el trabajo de Perry. Se trata más bien de un estudio intelectual y cultural que les ofrece una visión aguda de la vida de Harrison, en la medida en que resulta relevante para sus propias exploraciones marxistas de la historia negra y un contexto estadounidense más amplio.

El tardío reconocimiento de la importancia de Harrison puede comprenderse mejor ahora, gracias a los nuevos estudios sobre las conexiones entre el Caribe anglófono, la izquierda estadounidense y el nacionalismo negro a partir de la década de 1910. La historia abarca desde Claude McKay y C. L. R. James hasta Stokely Carmichael y Harry Belafonte. Los nuevos estudios, que exploran diversas conexiones políticas y culturales, podrían resumirse en la vida redescubierta de Louise Langdon Norton Little, nacida en Granada, activista garveyista en Estados Unidos y madre de Malcolm X. Queda mucho por aprender.1

Para muchos lectores, el origen de Harrison como «cruciano» puede resultar desconcertante. Su infancia en Santa Cruz y su herencia mitad inglesa y mitad danesa permitieron a Harrison, descendiente de esclavos, obtener una educación de noveno grado en una escuela danesa y también formación en la Iglesia Anglicana. Harrison, que ya era un joven cosmopolita, abandonó la isla para irse a Harlem en 1900. Solo tenía 17 años.

Más de una década antes de que el barrio alcanzara la fama como centro del mundo negro, Harrison se había integrado en las intensas redes de asociaciones voluntarias de Harlem, ya fueran religiosas, culturales o deportivas. La clase media negra, que acababa de descubrirse a sí misma y su propio papel emergente, ya había comenzado a animar a los intelectuales autodidactas a aprovechar sus oportunidades y responsabilidades. Para los antirracistas militantes de la época, el marxismo y la izquierda tenían un atractivo natural, aunque complicado.

El joven Harrison tuvo varios trabajos, entre los que destaca uno en la oficina de correos de Harlem. Cuando se dedicó al periodismo, escribiendo comentarios para el New York Sun, sus críticas al conservadurismo negro provocaron la ira de Booker T. Washington, quien consiguió que lo despidieran. Esta decepción profesional resultó ser un acontecimiento feliz para la izquierda estadounidense.

Harrison se convirtió en organizador a tiempo completo del Partido Socialista en un momento en que la participación de los afroamericanos seguía siendo escasa y se limitaba principalmente a los círculos socialistas cristianos. No pudo convencer a los líderes socialistas, ni siquiera en Nueva York, de que dieran prioridad a la cuestión racial. Su temprana desilusión coincidió con una crisis inminente en la izquierda en general. La guerra que se avecinaba desacreditó a los movimientos socialistas europeos después de que estos capitularan ante sus respectivos gobiernos, y casi destruyó por completo el movimiento socialista estadounidense mediante una severa represión. Para la izquierda que quedaba, y especialmente para el emergente movimiento comunista, el colonialismo y el racismo cobrarían mucha más importancia. Los comunistas estadounidenses, bajo la presión de Rusia para que emprendieran la lucha por la igualdad de los negros, estaban madurando.

Si W. E. B. Du Bois dudó durante un largo momento, apoyando erróneamente la cruzada global dirigida por Woodrow Wilson, Harrison nunca vaciló en condenar el imperialismo junto con el racismo. Trazó su propio camino y lo siguió sin prestar atención a ninguna oposición. Así, la Liberty League, fundada principalmente por Harrison en 1917, se adelantó al garveyismo al anunciar su solidaridad con los «mil setecientos millones» de personas de todo el mundo, es decir, todos los pueblos no blancos.

Harrison fundó el Voice, el primer periódico del nuevo movimiento negro, el 4 de julio de 1917. Aquí, a pesar de la tirada inicial de más de diez mil ejemplares, se hizo evidente el origen de sus problemas posteriores. Poco brillante como gestor financiero, también se negó a patrocinar a la élite no blanca «Talented Tenth» (el 10 % con talento) o incluso a publicar anuncios de supuestos productos de belleza, como productos químicos para alisar el cabello, que prometían hacer que los no blancos parecieran más «blancos». Cuando The Voice entró en un temprano declive, Harrison lanzó una revista, The New Negro, en 1919, con componentes culturales más fuertes y un mayor reconocimiento internacional.

En respuesta al pogromo contra los negros en East St. Louis en 1917, Harrison organizó personalmente una espectacular reunión pública de la Liberty League en Harlem, en la que participaron personalidades importantes y actuaciones musicales. Instó a celebrar un «gran congreso racial» que, de hecho, tendría lugar dos años más tarde, aunque bajo otros auspicios, como el Congreso Panafricano.

Harrison se distanció audazmente —o imprudentemente— no solo de los seguidores de Washington, sino también de la NAACP y su aceptación de una élite negra de clase media, incluido el propio Du Bois. Harrison ya había comenzado a buscar algo diferente, más dramático y revolucionario. Lo encontró en la Revolución Rusa. Incluso aquí, en lugar de limitarse a unirse a los comunistas, siguió trazando su propio camino.

Kwoba nos ofrece una visión aguda con su descripción de Harrison como un artista al aire libre, supuestamente el primer orador negro de izquierdas en dirigirse a las multitudes de Harlem desde una escalera. Estos discursos, señalados por el New York Times ya en 1912, impulsaron una cultura aún no articulada del nacionalismo negro. Harrison abrazó así un nuevo tipo de educación pública, situando a las masas de Harlem en el centro de su propio progreso colectivo, al tiempo que instaba a la autoeducación individual.

Harrison no se hizo ningún favor políticamente al atacar la retórica antisexual represiva de los predicadores en un mundo negro en el que, para bien o para mal, la iglesia seguiría siendo fundamental. Además, en sus escritos, se convirtió abiertamente en un bohemio de Harlem, anticipándose a la famosa cultura del amor libre de los escritores del Renacimiento de Harlem sin poder beneficiarse de su prestigio.

Para Harrison, el amor libre constituía una extensión del «pensamiento libre», la racionalidad sin restricciones teístas. Su precoz estudio autodidacta de la economía y la filosofía le llevó a enseñar «economía laboral» en la socialista Rand School junto a marxistas con formación académica. Con una mente omnívora en ciencias y estudios sociales, absorbió suficientes conocimientos para enseñar embriología en la New York School of Chiropractic.

Si Harrison anticipó el garveyismo e incluso contribuyó en gran medida a su desarrollo, también se convirtió, desde el principio, en uno de sus críticos más mordaces. De forma más abierta que otros críticos negros, describió al carismático Marcus Garvey como una figura vanidosa, corrupta y torpe al frente de un movimiento en crecimiento que escapaba a su control. Harrison esperaba y trabajaba por un nacionalismo negro mejor y más revolucionario.

Según la lógica de su propio sentimiento marxista globalista y revolucionario, Harrison habría aceptado lógicamente la oferta del joven movimiento comunista en busca de prestigio e influencia. Por diversas razones, no lo hizo. Quizás, más importante que tener opiniones divergentes, era un revolucionario demasiado autodidacta que no podía ceder terreno. Por ello, rechazó las invitaciones a Moscú y a la Tercera Internacional, así como el apoyo de (algunas) comunidades obreras blancas cercanas a Harlem y más allá, influenciadas por los comunistas para luchar contra el racismo.

Harrison se negó así a sí mismo la base organizativa para la acción que habría convertido a este hombre brillante y dedicado en un revolucionario, pensador y líder público muy visible. La visión de Harrison de un movimiento político antiimperialista mundial que abarcara a socialistas, comunistas y otros surgiría gradualmente, generaciones más tarde, como él parecía anticipar, pero sin que se recordara su papel.

Harrison también escribió y dio conferencias a un público popular sobre un pasado africano desconocido, con su propia rica historia y cultura. Este esfuerzo le llevó desde el principio a Arturo Alfonso Schomburg y a desempeñar el cargo de secretario fundador de la Sociedad Negra para la Investigación Histórica en 1911. Harrison formó así parte del comité que supervisó, entre 1925 y 1926, el traslado de la colección personal de materiales de Schomburg a la sede de la calle 135, donde permanece hoy en día como una sucursal de la biblioteca pública, un centro singular de la historia negra en general.

La International Colored United League (ICUL) de 1924 puede considerarse la última gran creación de Harrison. A diferencia de la anterior Liberty League, la ICUL acogió a sociedades fraternales e instituciones religiosas. Harrison había aprendido, quizás, de sus propios errores. Lamentablemente, falleció pocos meses después de la aparición de la revista de la ICUL, Voice of the Negro, en diciembre de 1927.

La ICUL no le sobrevivió mucho tiempo, pero, como sugiere Kwoba, los movimientos y publicaciones que él puso en marcha y las personas a las que llegó en dos décadas de agitación, desde las esquinas de las calles hasta las clases universitarias, dieron forma a más que los mejores elementos del garveyismo. Incluso los colores de la bandera garveyista (rojo, verde y negro), hasta el diseño y la circulación del órgano garveyista Negro World en los pocos meses de 1920 antes de que Harrison rompiera con Garvey, le debían mucho a él. Su prolífica producción literaria, sus libros y, para muchos lectores autodidactas, sus reseñas literarias en particular, permanecieron con aquellos a quienes influyó mucho tiempo después de su muerte. Contrariamente a la creencia popular, las secciones locales de los garveyistas perduraron lo suficiente después de su apogeo en la década de 1920 como para conectar, por curioso que parezca, con las fases posteriores del nacionalismo negro. Así, el joven Malcolm Little, que creció en el Míchigan de la década de 1930, anticipó al posterior Malcolm X, destinado a formarse en prisión mientras asimilaba las doctrinas de autoformación de la Nación del Islam.

Kwoba concluye con un capítulo que abarca «La Escuela Renacentista de Historia Negra» y «El legado prohibido de Hubert Harrison». Las numerosas observaciones que aquí se recogen, algunas de ellas mucho más allá del ámbito de la vida de Harrison, constituyen una visión histórico-cultural muy propia del autor. En este sentido, se apoya en gran medida en su propio aprendizaje, influenciado por los escritos y el legado de León Trotsky. El propio Kwoba es hijo de padre keniano y madre inglesa blanca. En su día fue despedido de su trabajo como profesor de secundaria tras llevar a sus alumnos a Tanzania y crear programas para enseñarles sobre acontecimientos internacionales, incluido el genocidio que se estaba produciendo en la Franja de Gaza.

Si Harrison no parece haber sido «asesinado de la memoria» intencionadamente por ser demasiado peligroso para el consumo político y cultural, sigue siendo un gigante olvidado. Su visión socialista y panafricana de la historia mundial abrió un camino que seguirían los futuros izquierdistas. Las advertencias de Harrison contra los atractivos del nacionalismo blanco, el papel de los oligarcas financieros y políticos y, sobre todo, el poder del imperio conservan toda su fuerza hoy en día.

Hubert Harrison: Forbidden Genius of Black Radicalism es una obra desafiante, que merece una seria reflexión.

Notas

  1. Gerald Horne, Cold War in a Hot Zone (Filadelfia: Temple University Press, 2007); Paul Buhle, Tim Hector: A Caribbean Radical’s Story (Jackson, Misisipi: University Press of Mississippi, 2006). Siguen apareciendo nuevos libros y ensayos sobre este importante tema, entre ellos la obra semifictiva de Jessica Russell Life of Louise Norton Little (2021, autoeditada), basada en parte en los diarios escritos durante el internamiento de Little en una institución mental de Míchigan.

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8. El punto ciego de la izquierda occidental.

Ha salido un nuevo número de Middle East Critique, entre ellos, varios artículos sobre la reciente guerra contra Irán. No todos están en abierto. Entre estos, este sobre el supuesto punto ciego del «marxismo occidental» respecto a las luchas de liberación nacional y anticolonial.

https://www.tandfonline.com/doi/full/10.1080/19436149.2025.2576342

Sobre la colonialidad de la solidaridad: Irán, la agresión imperialista y el punto ciego de la izquierda occidental

Brahim Rouabah Corinna Mullin

El marxismo occidental, como señalan Ponce de León y Rockhill (Citation2024) en su introducción a la obra de Domenico Losurdo Western Marxism, se ha caracterizado durante mucho tiempo por «el rechazo dogmático del socialismo realmente existente» y por descuidar las luchas de liberación nacional y anticolonial. No se trata de una peculiaridad intelectual, sino de una característica estructural: considera la lucha por la soberanía en el Sur Global como una cuestión secundaria, en el mejor de los casos una distracción y, en el peor, un desvío reaccionario. La lógica que subyace a esto tiene sus raíces en el eurocentrismo y se sustenta en los privilegios materiales del núcleo imperialista, lo que Lenin (Citation1916) identificó como una «capa superior» sobornada de la clase obrera, posible gracias a los «superbeneficios» de la explotación colonial que «fomentan, dan forma y fortalecen el oportunismo». La advertencia centenaria de Lenin sigue siendo relevante: las ganancias monopolísticas de la periferia crean una capa privilegiada en el núcleo cuyos intereses se alinean con el mantenimiento del imperialismo.

Es en este contexto material e ideológico donde opera gran parte del marxismo académico occidental, produciendo un marxismo seguro que critica el capitalismo en teoría, pero evita cuidadosamente la solidaridad con quienes lo enfrentan en sus fronteras más violentas. Esta tendencia tiene consecuencias políticas. Conduce a una solidaridad selectiva en la que, como sostiene Ajl (Citation2025), los pueblos oprimidos se abstraen de los Estados y las instituciones que hacen posible su supervivencia. Fomenta una hostilidad no examinada hacia los Estados del Sur Global, hostilidad que, en la práctica, refleja los objetivos de las potencias hegemónicas que buscan destruir esas mismas estructuras estatales, mediante agresiones militares imperialistas e intervenciones económicas, incluyendo sanciones, ajustes estructurales y guerras comerciales/arancelarias. Esta tendencia también alimenta un hábito de juicio moral contra los movimientos nacionalistas que no encajan en el modelo imaginario —eurocéntrico o colonial— de liberación «pura».

Garrido (Citation2024) ha descrito esta tendencia como un «fetichismo de la pureza» que olvida «que el socialismo no existe en abstracto, que debe concretarse en las condiciones y la historia de los pueblos que han ganado la lucha por el poder político». Este fetichismo, argumenta, produce un radicalismo de salón que se niega a apoyar las luchas realmente existentes si no cumplen con los criterios ideológicos imaginarios. En el caso de Irán, esa política de pureza alimenta la colonialidad de la solidaridad occidental, que concede simpatía al «pueblo», o peor aún, a «parte del pueblo», mientras rechaza al Estado y a las instituciones que hacen posible su supervivencia.

La agresión estadounidense-sionista contra Irán en junio de 2025, lanzada a la sombra del genocidio de Israel en Gaza, ofrece un caso concreto de lo que está en juego cuando falta esa solidaridad y de por qué la cuestión nacional sigue siendo fundamental para la política socialista. Públicamente, los agresores sionistas enmarcaron su agresión como un ataque preventivo contra las ambiciones nucleares iraníes. En realidad, tanto en sus objetivos como en su ejecución, se trató de un intento de cambio de régimen y colapso del Estado: la eliminación de lo que consideraban la columna vertebral del apoyo a la resistencia palestina y el Estado antiimperialista más coherente de Asia occidental. La cuestión nuclear fue un pretexto, ya que el verdadero objetivo, como sostiene el profesor Marandi (Citation2025), era «eliminar a Irán de la ecuación regional [y] romper la columna vertebral de la resistencia palestina».

El ataque estadounidense-sionista contra Irán es la punta de lanza de una estrategia imperialista más amplia para estrangular a las naciones independientes, hacerse con el control de los recursos de Asia Occidental y aplastar el emergente orden mundial multipolar. Durante más de 70 años, desde el golpe de Estado de 1953 contra Mohammad Mosaddegh, Washington ha recurrido a golpes de Estado, sanciones, guerras por poder y amenazas militares para mantener a Irán bajo su control. Hoy en día, Irán se erige como un eje de la resistencia: un Estado soberano que se niega a someterse, que ancla el Eje de la Resistencia y que construye profundas alianzas estratégicas con China, Rusia y el Sur Global, al tiempo que promueve la multipolaridad y el liderazgo regional (Wu y Moshirzadeh Citation2025). Su integración en el BRICS y en la Organización de Cooperación de Shanghái, su papel en los corredores de transporte euroasiáticos y su liderazgo en los esfuerzos de desdolarización representan un desafío directo al sistema del petrodólar estadounidense, el sustento financiero del imperio. La reciente implicación de Estados Unidos en la disputa por el corredor de Zangezur entre Azerbaiyán y Armenia parece constituir un esfuerzo deliberado por cortar el acceso terrestre directo de Irán a Armenia, un socio estratégico de importancia histórica y un conducto fundamental para el comercio de Teherán con la Unión Económica Euroasiática (EAEU). Esta maniobra no solo busca disminuir la influencia regional de Irán y limitar su presencia estratégica en el Cáucaso Meridional, sino también marginar su función como nodo fundamental en las redes regionales de logística y tránsito de energía. Además, estas acciones pueden interpretarse como parte de una estrategia más amplia para obstaculizar los posibles marcos de infraestructura que faciliten la conectividad entre Irán, China y Rusia.

Sin embargo, esta última agresión contra Irán no nace de la fuerza imperial, sino más bien de su declive. La supremacía económica de Estados Unidos se está pudriendo desde dentro, su ejército está sobrecargado y su control sobre el comercio y las finanzas mundiales se ve sacudido por nuevos centros de poder. La integración de Eurasia —oleoductos, ferrocarriles y rutas comerciales que eluden los puntos de estrangulamiento de Estados Unidos— amenaza con convertir al imperio en irrelevante. El desafío de Irán encarna un futuro en el que las naciones rechazan los dictados de Washington y Tel Aviv, y eligen la cooperación en lugar de la coacción.

La guerra contra Irán es, por tanto, una guerra contra la idea misma de que el mundo puede organizarse sobre principios distintos al saqueo imperialista. Al resistir este ataque, Irán no solo defiende su propia soberanía, sino que contribuye a dar a luz un orden multipolar que podría acabar finalmente con la tiranía unipolar del proyecto estadounidense-sionista.

Más allá de la fuerza militar, la agresión estadounidense-sionista contra Irán se sustenta en una política de confusión y una maquinaria propagandística que fabrica el consentimiento para el genocidio. Para que la izquierda del Norte Global desafíe eficazmente al imperialismo, debe ganar la guerra cognitiva, contrarrestando las narrativas dominantes y exponiendo las realidades materiales que se esconden tras el ataque a Irán. Reconocer lo mucho que está en juego en esta agresión imperialista requiere construir un apoyo activo al Estado iraní, incluyendo la producción rigurosa de conocimiento, la organización de base y la movilización. Sin embargo, la política de pureza y la colonialidad arraigada en la solidaridad occidental siguen socavando estos esfuerzos, desarmando a la izquierda cuando más se necesita una solidaridad genuina.

Rastreando las raíces de la colonialidad de la solidaridad: el punto ciego de la liberación nacional

Los fracasos del internacionalismo socialista a la hora de enfrentarse a la opresión colonial tienen profundas raíces históricas, especialmente en el legado de la Segunda Internacional. Aunque la Segunda Internacional aparentemente unía a los trabajadores más allá de las fronteras, es bien sabido que se derrumbó ante el nacionalismo europeo durante la Primera Guerra Mundial, cuando la mayoría de los partidos socialdemócratas europeos apoyaron los esfuerzos bélicos de sus respectivos Estados imperialistas. Este momento puso de manifiesto cómo los privilegios materiales derivados del colonialismo habían creado una aristocracia obrera en los centros imperiales, una capa privilegiada de trabajadores cuyos intereses se alineaban con el mantenimiento de la explotación imperialista en lugar de desafiarla (Foster Citation2024). Los sindicatos vinculados a la Segunda Internacional se convirtieron así a menudo en cómplices del mantenimiento de la dominación colonial, reflejando un eurocentrismo arraigado que enmarcaba las luchas anticolonialistas como secundarias o reaccionarias.

El análisis de Zhun Xu profundiza en esta crítica al mostrar cómo el abandono de las teorías marxistas sobre el imperialismo en la posguerra y la era neoliberal ha facilitado el resurgimiento de la política de la Segunda Internacional, una posición ideológica que minimiza la violencia estructural del imperialismo y socava la solidaridad genuina con las luchas anticolonialistas. Xu (Citation2021) sostiene que este cambio ha llevado a muchos izquierdistas a dar prioridad a las agendas reformistas o liberal-capitalistas dentro de los centros imperiales, enmarcando la resistencia anticolonial como marginal o reaccionaria. Al rechazar la centralidad del imperialismo como sistema global de explotación de clases, el discurso contemporáneo de la izquierda debilita el apoyo a los movimientos de liberación nacional y perpetúa la colonialidad dentro de la política de izquierda.

Los escritos de Lenin entre 1916 y 1920, incluidos su «Borrador preliminar de tesis sobre las cuestiones nacionales y coloniales» y sus discursos ante la Comintern, hacían hincapié en que el imperialismo no era simplemente una rivalidad interimperialista, sino fundamentalmente un sistema de explotación de clase global, en el que el capital monopolista de unas pocas naciones ricas saqueaba las colonias y semicolonias, manteniendo un orden internacional de opresión y dependencia. Este marco destacaba el papel esencial de apoyar los movimientos de liberación nacional como parte integral de la revolución socialista, una lección que desde entonces ha sido ignorada o distorsionada en gran medida por gran parte del marxismo occidental.

Esta colonialidad de la solidaridad endémica del marxismo occidental quedó aún más patente con la negativa del Partido Comunista Francés (PCF) a respaldar al Frente de Liberación Nacional Argelino durante la guerra anticolonial de Argelia (1954-1962). Como documentó Elias Murqos en su obra de 1959 El Partido Comunista Francés y la causa argelina, el PCF subordinó sistemáticamente la lucha de liberación argelina a sus propios intereses políticos dentro de Francia, negando el carácter organizado y nacional de la revolución y enmarcándola, en cambio, como un caso aislado de violencia o de disturbios prematuros (Jabbour Citation2025). En lugar de aceptar al FLN como representante legítimo de la autodeterminación argelina, Jabbour señala cómo el PCF adoptó una posición de «colonizador moderado», abogando por reformas e igualdad dentro del marco colonial, pero manteniendo en última instancia las prioridades nacionalistas francesas (Jabbour Citation2025). Esto equivalía a una postura paternalista y racista que buscaba domesticar y debilitar el movimiento revolucionario, lo que ilustraba cómo la retórica marxista del FCP enmascaraba un compromiso más profundo con la preservación del poder imperial francés. La renuencia del partido a respaldar plenamente la independencia argelina —justificada inicialmente por el hecho de que Argelia era una «nación en formación» y más tarde por supuestos temores al imperialismo estadounidense— reflejaba el fracaso generalizado de la izquierda occidental para trascender los prejuicios eurocéntricos y la imbricación colonial.

Uno de los puntos ciegos más evidentes y perjudiciales de la izquierda contemporánea ha sido su incapacidad para dejar de ver a los palestinos solo como víctimas y empezar a verlos como agentes de su propia liberación, lo que se ha manifestado sobre todo en su renuencia a comprometerse seriamente con las facciones de la resistencia palestina como actores clave en la lucha contra el colonialismo de asentamiento. Con demasiada frecuencia, la solidaridad de la izquierda con Palestina se reduce a una retórica edulcorada que exige alternativas puramente seculares y «socialmente progresistas», al tiempo que descarta la naturaleza obrera de la resistencia de Hamás o excluye a Hamás como fuerza reaccionaria o regresiva. Esta solidaridad selectiva no solo distorsiona la realidad palestina, sino que también reproduce los marcos imperialistas que buscan deslegitimar la resistencia que dicen apoyar. Como argumenta incisivamente Abdaljawad (Citation2024), la solidaridad auténtica requiere tener en cuenta las fuerzas políticas que realmente lideran la lucha sobre el terreno. La línea divisoria central en la política palestina, sostiene, no es el secularismo o la ideología, sino la diferencia entre quienes se comprometen con la resistencia desafiante y quienes apuestan por la acomodación a la dominación colonial. Al negarse a reconocer la resistencia armada como una forma necesaria y válida de lucha anticolonial, gran parte de la izquierda occidental se ha convertido inadvertidamente en cómplice del mantenimiento de la opresión colonial, demostrando así la persistencia de la colonialidad dentro del internacionalismo de izquierda.

Esta colonialidad de la solidaridad es muy evidente en la respuesta de la izquierda occidental al enfrentamiento de Irán con la agresión imperialista. Al igual que la solidaridad genuina con Palestina requiere una comprensión dialéctica de cómo la violencia imperialista colonialista configura las condiciones materiales de la resistencia —y el reconocimiento de movimientos como Hamás como actores anticolonialistas legítimos—, la solidaridad con Irán también debe afrontar la realidad de una nación sitiada durante décadas, donde la defensa del Estado es fundamental para resistir la dominación imperialista. No apreciar estas complejidades conlleva el riesgo de replicar narrativas imperialistas que erosionan la soberanía anticolonial y debilitan la lucha global más amplia contra el imperialismo. Con esta base, pasamos ahora a un análisis detallado del ataque sionista-imperialista contra Irán y sus implicaciones más amplias para la solidaridad antiimperialista.

Anatomía del ataque sionista-imperialista contra Irán

Los planificadores estadounidenses e israelíes esperaban que su agresión fuera breve y decisiva, aprovechando su abrumadora potencia de fuego para paralizar las defensas iraníes y provocar el colapso político. Esta expectativa se basaba en un patrón familiar de las guerras imperialistas en la región: bombardeos iniciales masivos, rápida destrucción de las estructuras de mando y control, y fomento de la disidencia interna para derrocar a los gobiernos. El modelo fue Irak en 2003: decapitación, ocupación y reestructuración bajo un régimen cliente complaciente. Pero este modelo implosionó después del 7 de octubre de 2023, cuando la Operación Al-Aqsa Inundación desafió con éxito el poderío militar sionista-imperialista y mantuvo el mando y el control a pesar de las capacidades superiores del enemigo imperialista. Además, Irán no es Irak en 2003. Ni siquiera es Irak en 1991. Irán lleva décadas preparándose precisamente para este tipo de confrontación.

La Blitzkrieg inicial, que acabó con decenas de altos mandos militares y científicos nucleares iraníes, junto con ciberataques coordinados y una campaña de intimidación contra los líderes políticos y militares de Irán, no logró sus objetivos. En lugar de sembrar el terror, la confusión y el malestar social, la sociedad iraní se unió en torno a la bandera y el Estado iraní mostró un alto grado de compostura, profundidad organizativa, adaptabilidad y resiliencia.

En cuestión de horas, se anunciaron los sustitutos de los líderes militares asesinados y se puso en marcha la primera fase de la «Operación True Promise 3». En lugar de una reacción pavloviana, la respuesta de Irán fue calculada, mesurada y proporcionada. La réplica iraní se basó en gran medida en drones y misiles antiguos, conservando sus sistemas más avanzados, al tiempo que seguía abrumando el escudo de defensa aérea de múltiples capas que Occidente había puesto en marcha para proteger su avanzada colonial. «Al final», observó Marandi, «nueve de cada diez misiles iraníes lograron atravesarlo». No se trataba simplemente de una cuestión de potencia de fuego bruta, sino de inteligencia, planificación y un profundo conocimiento de las debilidades de la colonia sionista.

Mientras tanto, Estados Unidos agotó casi una cuarta parte de su arsenal de misiles Tomahawk —entre 800 y 850 misiles— en menos de dos semanas. Se trataba de un gasto insostenible para lo que se había previsto como una campaña breve y de alta intensidad. Esto puso de manifiesto las tensiones logísticas que supone mantener el dominio militar estadounidense en múltiples teatros de operaciones a la vez, desde Ucrania hasta el mar de China Meridional. La moderación estratégica de Irán, su decisión de no utilizar sistemas avanzados, envió un mensaje: podemos luchar más tiempo que ustedes, y ni siquiera hemos mostrado todas nuestras cartas. La guerra terminó con las estructuras de mando y control de Irán intactas, su ejército firme y sin la fractura política o la caída del Gobierno que Washington esperaba provocar. Lejos de desestabilizarse, Irán salió más seguro de sí mismo, preparándose abiertamente para la próxima guerra, reforzando sus defensas aéreas y profundizando la cooperación militar con Rusia y China.

La agresión contra Irán fue inseparable del genocidio en Gaza. Para Teherán, no se trataba de una cuestión secundaria. El apoyo a la liberación de Palestina no es una moneda de cambio en la diplomacia regional, sino una cuestión de principios y una característica definitoria de la identidad geopolítica de Irán. Este compromiso, tanto material como retórico, enfrenta a Irán con todo el proyecto imperialista-sionista en Asia Occidental. También pone de manifiesto la hipocresía del discurso occidental sobre los derechos humanos, que condena las víctimas civiles cuando son infligidas por enemigos oficiales, pero las excusa o justifica cuando son causadas por Estados coloniales e imperialistas aliados. Las mismas capitales occidentales que hablan de un «orden basado en normas» y de «la protección de los civiles» han financiado y armado la destrucción deliberada y sistemática por parte de la entidad sionista de los hospitales, escuelas, tierras agrícolas e infraestructuras hídricas de Gaza.

La postura de Irán en este sentido no es única en la historia de los movimientos de liberación nacional. Desde las expresiones de solidaridad anticolonial consagradas en las conferencias de Bandung (Citation1955) y Tricontinental (Citation1966), hasta el apoyo de China y la Unión Soviética a las luchas anticoloniales del Sur Global, pasando por el papel de Cuba en Angola, el vínculo entre la soberanía anticolonial y el apoyo a otras luchas de liberación ha sido una constante. Irán está asumiendo el manto de la solidaridad anticolonial, proporcionando un apoyo significativo a través de armas, tecnología y entrenamiento, en lugar de limitarse a actos puramente simbólicos.

Más allá de la colonialidad de la solidaridad: por qué es importante defender al Estado del Sur Global

Superar la colonialidad de la solidaridad constituye un reto formidable, que requiere una rigurosa autorreflexión, un cuestionamiento deliberado de la posicionalidad material y un reajuste consciente de las disposiciones ideológicas. Las oposiciones binarias entre «regímenes» y «pueblos» en el Sur Global —que en su día fueron un marco analítico central dentro de la ciencia política comparada en el núcleo imperialista— han sido adoptadas acríticamente y normalizadas entre ciertas formaciones de izquierda en el Norte Global. Esta tendencia discursiva se manifiesta en las actitudes predominantes hacia Estados como Irán, Nicaragua, Cuba, Zimbabue, China, Siria y Venezuela, donde persisten las categorizaciones reduccionistas.

Este es el punto en el que el argumento cauteloso de Ajl, en relación con Irán, adquiere una importancia crítica: «Al separar «el régimen» del «pueblo», la propaganda estadounidense-israelí justifica el colapso del Estado en nombre del pueblo. No se puede defender a un pueblo adoptando la retórica utilizada para justificar su destrucción» (Ajl Citation2025). Esta separación, ahora común en el discurso de la izquierda occidental, fetichiza a un «pueblo» abstracto mientras rechaza las instituciones reales que hacen posible su supervivencia. En el Sur Global, y en Irán en particular, el patriotismo puede ser una ideología de la clase trabajadora porque el Estado es el escudo contra el desmembramiento imperialista. Es el Estado el que financia los hospitales, opera las redes eléctricas, sostiene los sistemas educativos y mantiene las fuerzas armadas capaces de defender esas funciones. Exigir solidaridad con «el pueblo» mientras se niega a defender el Estado es, en efecto, adoptar la premisa imperialista. Imita los discursos imperialistas de que esas instituciones son ilegítimas y prescindibles.

El papel material del Estado del Sur Global en la resistencia al desdesarrollo, el proceso por el cual las potencias imperialistas buscan desmantelar la soberanía económica de las naciones objetivo, es inseparable de la cuestión militar. La capacidad militar-industrial de Irán, desarrollada bajo sanciones y asedio, forma parte de una estrategia más amplia de autosuficiencia. Por eso puede producir sus propios misiles, drones e incluso componentes de infraestructura civil. La destrucción de esa capacidad, mediante la guerra o las sanciones, no liberaría al pueblo iraní. Lo sometería a la dependencia y la pobreza que siguen a la «reconstrucción» imperialista.

La guerra sionista-imperialista de 12 días no solo no logró sus objetivos, sino que reestructuró el equilibrio de poder regional. La disposición de Israel a atacar a cualquiera, incluidos los grupos que anteriormente había cultivado como aliados, reveló que la lealtad no compraba seguridad. La silenciosa facilitación de los objetivos israelíes por parte de Erdogan, incluso a través del contacto y el apoyo material a facciones vinculadas a Al Qaeda, subrayó esta realidad. Los Estados árabes que en su día habían esperado llegar a un acuerdo con Tel Aviv comenzaron a reconsiderar su postura, y algunos reconocieron en privado la victoria militar y política de Irán.

Para las monarquías del Golfo, la lección fue aleccionadora. Si Israel no podía derrotar decisivamente a Irán en una guerra concentrada, entonces alinearse plenamente con la estrategia estadounidense-israelí entrañaba riesgos. Podría provocar un conflicto sin garantizar la protección. Este reconocimiento ha abierto nuevas oportunidades diplomáticas para Teherán, en particular con los Estados que temen verse envueltos en otra conflagración regional diseñada por Occidente.

La guerra también debe entenderse en el contexto de un orden mundial cambiante. Las alianzas de Irán con Rusia y China no son oportunistas, sino que forman parte de una estrategia a largo plazo para construir un frente multipolar contra la hegemonía estadounidense. Al armar y entrenar a los movimientos de resistencia desde el Líbano hasta Yemen, Teherán se asegura de que el control imperialista sea cuestionado en múltiples frentes. El apoyo de Rusia suele ser pragmático y limitado por sus propios intereses, pero el intercambio de tecnología militar entre Moscú y Teherán ha fortalecido a ambos. El papel de China, aunque menos visible desde el punto de vista militar, es fundamental para mantener las líneas de vida económicas de Irán a través del comercio y la inversión. Estas relaciones —militares, económicas y políticas— son las que permiten a Irán resistir el aislamiento total, incluso bajo el régimen de sanciones más severo del mundo.

Por su parte, Estados Unidos se enfrenta a un imperio cada vez más sobrecargado. El estancamiento en Ucrania, la incapacidad de someter a Gaza, la resistencia de Hezbolá en el Líbano y el fracaso en aplastar a Ansar’Allah en Yemen son señales de los límites del poder militar estadounidense. La Guerra de los 12 Días añadió otra capa a este patrón de frustración estratégica.

Para los marxistas del núcleo imperial, la lección no es abstracta. Reducir la victoria de Irán a un episodio nacionalista o «meramente geopolítico» es pasar por alto la contradicción central de nuestra época: el imperialismo frente a la soberanía de las naciones oprimidas. La guerra demostró que los Estados antiimperialistas podían sobrevivir e incluso fortalecerse bajo el ataque coordinado de Estados Unidos y sus «aliados». Demostró que la ventaja tecnológica del imperialismo no es invencible y que la voluntad política, la preparación estratégica y la movilización masiva pueden atenuar su fuerza.

Conclusión

Si bien es cierto que la campaña imperialista contra Irán busca un cambio de régimen y el posible colapso del Estado, su objetivo último es la derrota de la Revolución Islámica y, por extensión, la «pacificación» y el desmantelamiento de lo que sigue siendo el único proyecto de liberación existente en la región árabe-iraní. Durante las últimas cinco décadas, la Revolución Islámica ha asumido el manto del antiimperialismo y la liberación regional, un papel que anteriormente desempeñaba el socialismo árabe. El declive de este último fue seguido rápidamente por el auge del primero. A medida que el proyecto nacionalista y socialista árabe se neutralizaba sistemáticamente, en particular a través de mecanismos como los Acuerdos de Camp David, el centro de la liberación regional se desplazó a Irán.

Mientras Egipto cosechaba los llamados «dividendos de la paz», Irán institucionalizó el apoyo a la causa palestina incorporándola de forma permanente al presupuesto estatal. Al mismo tiempo, cuando la colonia sionista inauguró una embajada en El Cairo, tanto su embajada como la de su patrón imperial fueron cerradas en Teherán. Ya sea articulado en lenguaje religioso, como la designación de los Estados Unidos como «el Gran Satán» por parte de la Revolución Islámica, o en términos marxistas seculares, como la formulación de Mao Tse-Tung de la «contradicción primaria», el referente central sigue siendo el mismo: el imperialismo.

Esta clara identificación del imperialismo como la principal fuente de la subyugación y el despojo de las masas, y el esfuerzo por cultivar una conciencia política en oposición a él, especialmente en un momento en que el dominio imperialista total en la región parecía inminente, es lo que provoca la intensa hostilidad y agresión de las potencias imperialistas hacia Irán. La advertencia de Amílcar Cabral sigue siendo válida: «Si el imperialismo existe y trata simultáneamente de dominar a la clase obrera en todos los países avanzados y de sofocar los movimientos de liberación nacional en todos los países subdesarrollados, entonces solo hay un enemigo contra el que luchamos» (Cabral Citation2025). Actuar sobre la base de esta comprensión requiere abandonar la solidaridad selectiva que condena la violencia imperialista en abstracto, al tiempo que se niega a defender aquellas instituciones —Estados, ejércitos, movimientos e infraestructuras— que hacen posible la resistencia.

El desafío de Irán ante la última fase del ataque imperialista y la supervivencia de su Estado bajo asedio no es el final de la lucha, sino un capítulo más en un proceso más largo de resistencia al imperialismo. Confirma que la lucha por el socialismo en el siglo XXI es inseparable de la lucha por la soberanía, y que el Estado, lejos de ser una reliquia o un obstáculo, es a menudo el vehículo esencial para esa lucha en el Sur Global. El camino hacia la emancipación humana hoy en día no solo pasa por las calles de París o Nueva York, sino también por los cielos de Teherán, las aguas de Yemen, las colinas del sur del Líbano y los escombros de Gaza. Hoy en día, la emancipación humana requiere un marxismo que no tema apoyar a quienes luchan contra el imperialismo en la práctica, incluso cuando sus formas de gobierno o tradiciones ideológicas no se ajusten a los modelos asépticos de la teoría occidental. Cualquier cosa menos que eso no es solidaridad. En el mejor de los casos, es rendición; en el peor, colaboración.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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