Nota para cinéfilos de Manuel Monléon Pradas

Manuel Monleón Pradas es miembro de Espai Marx y profesor de termodinámica en la Universidad de Valencia.

Joan Fuster decía que, más que leer, había que releer lo ya leído, que tenemos demasiado poco tiempo como para andar leyendo novedades y no llegar por ello a penetrar lo valioso ya escrito y leído; que en los clásicos estaba ya todo. Reflexionar sobre las consecuencias radicales de esta recomendación no es mi objetivo. Hace unos días el profesor de la clase de Historia del Arte en la que está matriculada mi mujer recomendó a los estudiantes que vieran “Andrej Rublyov”, de Tarkovskij (nadie, aparte de ella, conocía la película ni a su director, por supuesto). Por ese motivo volvimos ambos a ver la película.

Es una deslumbrante obra de arte.

Yo he tenido mis prevenciones sobre Tarkovskij. “Stalker” no me gustó en su día; “Solaris”—así, así. Y “Andrej Rublyov” me pareció larga y confusa por momentos. Revisitarla me ha hecho cambiar de opinión.

La crítica siempre ha visto en las películas de Tarkovskij una dimensión mística, incluso religiosa, “metafísica”, y no niego que ella exista; especialmente “Andrej Rublyov” se presta a esas lecturas. Yo ahora, sin embargo, con mis cristalinos quizá ya enturbiados por el veteromarxismo (enfermedad senil del comunismo), he visto, además, un gran fresco de la brutalidad de la vida campesina en la Edad Media. Peste, saqueos, invasiones, sujeción y sumisión, lucha de clases. Y de la centralidad de la vida rural en esos tiempos.

Ahora bien, para mí, lo que hace de esta película un hito en la historia del cine (o del arte, en general) es su último capítulo, “Kolokol”, “la campana”. De las tres horas de la película, las dos primeras preparan la tercera, ocupada por este episodio. En él se muestra cómo se fundía una campana (de iglesia) en la Edad Media: la rudimentaria pero precisa y pensada técnica necesaria, y el enorme esfuerzo colectivo de centenares de personas. Y Tarkovskij reprodujo en vivo estas operaciones tal cual debían ejecutarse hacia 1400 (en 1966 no había IA ni drones). Sólo esto ya haría de la película un caso singular y justificaría su interés sobresaliente. Pero hay mucho más.

Los príncipes de la ciudad de Vladimir necesitan una campana para la catedral, y buscan al artesano fundidor para el encargo. Éste ha muerto por la peste, pero encuentran a su hijo huérfano, casi un chiquillo aún, que dice haber aprendido el oficio observando a su severo padre. Las vidas de Rublyov y este joven se cruzan en ese momento.

Andrej Rublyov, monje y artista-pintor, se encuentra inmerso en una crisis personal que le hace dejar de pintar y autoimponerse voto de silencio, y ha rechazado el ofrecimiento de pintar los frescos de la catedral de la Anunciación en Moscú. Rublyov observa al joven dirigir los trabajos de fabricación de la campana: lo ve discutir con los oficiales, mayores que él y resabiados; trabajar días seguidos sin dormir; movilizar para la obra a todos los campesinos de la zona; dirigir las operaciones, no sin dudas… La autoridad del imberbe, finalmente, es reconocida por todos. Es la primera campana que funde, y se juega la vida en el éxito: los príncipes acostumbran azotar hasta la muerte al artífice de una campana que no llega a sonar bien. 

Observar al joven y la epopeya del trabajo colectivo de cientos dirigido a un fin saca a Rublyov de su crisis personal. No lo habían hecho los argumentos morales y religiosos con los que su compañero-monje Kiril ha venido presionándole desde hace tiempo; es contemplar (contemplar: él no mueve ni un dedo, je) el esfuerzo y tesón de la obra colectiva de la fundición lo que saca a Rublyov de su crisis. En una magnífica secuencia, Rublyov rompe su voto de silencio junto al exhausto joven campanero, y le pide que le acompañe a Moscú: «yo pintaré imágenes, y tú fundirás campanas».

Me han venido inmediatamente a la memoria dos poemas de Bertolt Brecht. Hoy, 600 años después de su existencia, recordamos bien, por su nombre, y celebramos, a Andrej Rublyov. No sabemos, sin embargo, el nombre del joven campanero, maestro de su oficio. En el poema “Preguntas de un trabajador que lee” Brecht va citando acontecimientos y hazañas atribuidas a los “grandes nombres” de la historia (Alejandro, César, Felipe II…), tras cada una de las cuales añade «una pregunta para cada historia»: ¿lo hizo solo? ¿No tenía siquiera un cocinero? ¿Sólo él lloró?… En otro poema (“Leyenda del origen del libro Tao te king durante el camino de Lao-tse a la emigración”) narra Brecht lo que enuncia el título, y acaba reclamando reconocimiento para el anónimo y analfabeto aduanero que obligó al eximio Lao-tse a poner en orden sus pensamientos. Igual de anónimo que el maestro campanero que hizo posible a Rublyov (si es que el episodio fue real).

Puede verse en ello otra dimensión del film, una reflexión sobre el papel de la individualidad y la colectividad en el arte “de autor” (los iconos) y el “popular”, anónimo (la campana). Esta dialéctica de lo individual y lo colectivo incluso en las dimensiones más personales, como es la creación artística, la vio Machado: «El sentimiento no es una creación del sujeto individual, una elaboración cordial del yo con materiales del mundo externo. Hay siempre en él una colaboración de tú, es decir, de otros sujetos… Mi corazón enfrente del paisaje apenas sería capaz de sentir el terror cósmico, porque, aun este sentimiento elemental, necesita para producirse la congoja de otros corazones enteleridos en medio de la naturaleza no comprendida. Mi sentimiento ante el mundo exterior, que aquí llamo paisaje, no surge sin una atmósfera cordial. Mi sentimiento no es, en suma, exclusivamente mío, sino más bien nuestro» (Antonio Machado, “Los complementarios”).

Bueno; pues súmesele a todo lo antedicho la técnica fílmica de Tarkovskij: la fotografía, los picados, los primeros planos, el movimiento de grandes masas… Los elementos del mejor cine clásico soviético. Todo esto ha hecho que esta re-visión de “Andrej Rublyov” me haya dejado deslumbrado.

Quienes ya la conocéis, remirad, a pesar de ello, cuando tengáis tiempo, el episodio de la campana; quienes no la hayáis visto, aceptad esta recomendación con la seguridad de que no os defraudará. La copia que hay disponible (en YT o en Filmin), además, ha sido restaurada hace no mucho, y la calidad de imagen y sonido son muy buenas. Aquí va el enlace a la versión restaurada y subtitulada

https://www.youtube.com/watch? (episodio “La campana”: a partir de 2h10min).

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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