DEL COMPAÑERO Y MIEMBRO DE ESPAI MARX, CARLOS VALMASEDA.
ÍNDICE
1. China y el colonialismo.
2. Supremacía aérea sobre Irán.
3. Se acabó el poder blando.
4. Solidaridad con Venezuela desde Asia-Pacífico.
5. Neoimperialismo, extrema derecha y tecnoligarcas.
6. Es el turno de los pueblos.
7. Contra la proscripción de Palestine Action.
8. Neoliberalismo desde abajo.
1. China y el colonialismo.
Una pieza más en el debate sobre si China es colonialista en África. Una aportación muy interesante de Hickel.
https://jasonhickel.substack.com/p/is-china-doing-colonialism-in-africa
¿Está China practicando el «colonialismo» en África?
Las afirmaciones occidentales se contradicen con las pruebas empíricas.
12 de enero de 2026
Los políticos y periodistas occidentales suelen afirmar que China está practicando el «colonialismo» en África. Esta narrativa tiene sus raíces en el discurso del Gobierno estadounidense que se remonta a casi dos décadas atrás, y se ejemplifica en una audiencia del Congreso de los Estados Unidos que se celebró bajo el título «China en África: ¿el nuevo colonialismo?». Ese mismo año, la revista empresarial estadounidense Forbes afirmó que el objetivo de la implicación de China en África era «explotar a la población y apropiarse de sus recursos. Es lo mismo que hicieron los colonos europeos… solo que peor».
Sin duda, hay motivos para criticar las actividades de las empresas chinas en África, pero afirmar que China está ejerciendo un poder colonial en el continente —estableciendo una equivalencia directa con el colonialismo y el imperialismo occidentales— es empíricamente incorrecto, desvirtúa el significado de estos términos y equivale a negar la violencia del colonialismo realmente existente.
¿Qué es el poder colonial?
En primer lugar, consideremos lo que está en juego en esta acusación. ¿Qué constituye el poder colonial y neocolonial?
El colonialismo europeo se basaba en la invasión y la ocupación militar, el despojo forzoso y la violencia sistemática, incluyendo hambrunas inducidas por políticas, campos de concentración y genocidios. Solo en África, británicos, alemanes, franceses, belgas e italianos perpetraron crímenes genocidas, en casos separados. Los colonizadores alemanes exterminaron a la mayoría de la población herero y nama en Namibia. Los colonizadores belgas mataron a unos 10 millones de personas en el Congo.
Los africanos lograron la independencia política a mediados del siglo XX, pero los Estados centrales han seguido ejerciendo un poder coercitivo en el continente durante las décadas posteriores. Actualmente, Estados Unidos tiene 58 bases militares activas en África. Estados Unidos ha intervenido en muchas elecciones nacionales, distorsionando el proceso democrático en favor de sus intereses, y ha llevado a cabo unas 20 operaciones de cambio de régimen. Los Estados Unidos han impuesto sanciones económicas a la mayoría de los países africanos (todos excepto nueve).
Por su parte, Francia controla la moneda de 14 países de África Occidental y tiene decenas de miles de soldados destacados en sus antiguas colonias africanas. Francia tiene un largo historial de manipulación de las elecciones africanas y de apoyo a dictadores, y ha colaborado en el asesinato de varios líderes políticos en África desde la descolonización oficial. En cuanto al Reino Unido, ha invadido casi todos los países africanos (excepto cinco) y actualmente mantiene 18 bases militares en el continente.
Los Estados occidentales han orquestado golpes de Estado contra docenas de gobiernos progresistas en todo el Sur global. En África, esto incluye a Patrice Lumumba en la República Democrática del Congo, Kwame Nkrumah en Ghana y Thomas Sankara en Burkina Faso, entre muchos otros, todos los cuales fueron sustituidos por dictaduras o juntas de derecha más dispuestas a servir a los intereses occidentales. Los Estados occidentales también apoyaron activamente el régimen del apartheid en Sudáfrica.
El poder neocolonial también se ejerce a través de las instituciones financieras internacionales. En el FMI y el Banco Mundial, Estados Unidos tiene poder de veto sobre todas las decisiones importantes y los Estados centrales controlan la mayoría de los votos. Han utilizado este poder para imponer programas de ajuste estructural (PAE) en todo el Sur global, reorganizando por la fuerza la producción del Sur alejándola de las necesidades humanas locales y orientándola hacia las exportaciones al centro en posiciones subordinadas dentro de las cadenas mundiales de productos básicos. En África, los PAS provocaron décadas de recesión económica y desdesarrollo con el fin de garantizar que los recursos africanos siguieran estando disponibles a bajo precio para Occidente.
Nada de lo que ha hecho China en África se acerca ni remotamente a esto. La diferencia moral y material es enorme. China no mantiene ocupaciones militares en África. No lleva a cabo operaciones de cambio de régimen, asesinatos y golpes de Estado. No controla las monedas africanas. No impone sanciones ni programas de ajuste estructural a las economías africanas. China no ha perpetrado genocidios en África. Nunca ha invadido un país africano.
De hecho, China no ha invadido ningún país en los últimos 46 años. Durante este mismo período, hemos visto cómo los Estados occidentales invadían y bombardeaban una larga lista de países del Sur global, con una violencia espectacular, incluidos siete países solo en 2025.
Equiparar las actividades de China en África con el colonialismo europeo y el imperialismo occidental contemporáneo no solo es empíricamente incorrecto, sino que trivializa la extraordinaria violencia de este último. Se trata, en efecto, de una forma de negacionismo colonial.
Evaluación de las acusaciones
Las acusaciones de «colonialismo» de China en África se basan en tres alegaciones principales. La primera es que las empresas chinas cometen abusos laborales y provocan conflictos sociales y medioambientales en África. La segunda es que China domina las industrias extractivas en África. La tercera es que China atrapa a los países africanos en «trampas de deuda».
En cuanto a la primera acusación: sí, China tiene empresas capitalistas que operan en África y explotan a los trabajadores. Pero así es como operan todas las empresas capitalistas, independientemente de dónde tengan su sede. Un estudio reciente sobre Angola y Etiopía no encontró diferencias sistemáticas en los salarios pagados por las empresas chinas en comparación con las occidentales. Si el comportamiento explotador de las empresas capitalistas se convierte en la definición de «colonialismo», entonces el término se despoja de todo valor analítico. También podríamos decir que las empresas indonesias o brasileñas que operan en África son coloniales, pero entonces el término perdería claramente todo su significado.
En cuanto a que las empresas chinas causan conflictos, un estudio reciente sobre las empresas mineras chinas que operan en el extranjero reveló que no generan más conflictos que otras empresas de propiedad extranjera. De hecho, un estudio de más de 3300 conflictos de justicia ambiental en todo el mundo reveló que, en los casos en que las empresas de propiedad extranjera están provocando conflictos en África y el resto del Sur global, estas empresas tienen su sede mayoritariamente en Occidente y no en China. En la misma base de datos (el Atlas de Justicia Ambiental), las empresas francesas son responsables de 50 veces más conflictos medioambientales en África que las empresas chinas per cápita.
En cuanto a la segunda afirmación, sobre la extracción de recursos: la narrativa de que China domina las industrias extractivas de África no está respaldada por pruebas. En 2022, el 72 % de los fondos de exploración minera centrados en África eran propiedad de empresas canadienses, australianas y británicas, y solo el 3 % procedía de China. Los datos de 2018 muestran que las empresas chinas controlaban menos del 7 % del valor total de la producción minera africana, menos de la mitad del valor controlado por una sola multinacional británica, Anglo American.
Si nos centramos en los combustibles fósiles, los planes de las empresas occidentales para ampliar la extracción de petróleo y gas en África superan a los de las empresas chinas en un factor de nueve. De los 23 mayores inversores institucionales en la expansión de los combustibles fósiles en África, el 92 % de las inversiones están en manos de Occidente; por su parte, el 74 % de la financiación de la expansión proviene de bancos occidentales. Estas cifras indican que es Occidente quien controla y se beneficia de forma abrumadora de la extracción de combustibles fósiles en África.
La República Democrática del Congo (RDC) constituye un caso interesante. En 2008, empresas chinas firmaron un acuerdo con la RDC para llevar a cabo el desarrollo de infraestructuras a cambio de minerales por valor de hasta 50 000 millones de dólares durante 25 años. Las instituciones occidentales calificaron esto como «colonialismo chino». Más tarde, en 2025, Estados Unidos firmó un acuerdo con la RDC para obtener 2 billones de dólares en derechos mineros a cambio de poner fin a los ataques de las milicias respaldadas por Ruanda contra la RDC; ataques que, supuestamente, Estados Unidos había estado apoyando. El acuerdo de Estados Unidos es 40 veces mayor que el de China. Pero las instituciones occidentales no acusan a Estados Unidos de colonialismo; al contrario, tienden a seguir la narrativa del «acuerdo de paz».
Por último, la cuestión de las «trampas de la deuda». Los datos existentes muestran que solo el 12 % de la deuda externa de África se debe a China, mientras que el 35 % —tres veces más— se debe a acreedores privados occidentales, y las deudas de África con los acreedores occidentales tienen el doble de interés que las deudas con China.
Un estudio exhaustivo de los préstamos de China a África durante el período 2000-2019 reveló que China nunca embargó activos ni recurrió a los tribunales para exigir el pago. Además, durante la pandemia de COVID-19, China suspendió un volumen sustancialmente mayor de deudas de países de bajos ingresos que los acreedores occidentales.
Quizás lo más importante es que China no impone condiciones de ajuste estructural a la financiación. Por el contrario, los acreedores occidentales tienen un historial de aprovechar los programas de ajuste estructural para obligar a los gobiernos africanos a vender activos públicos.
China desde la perspectiva del sistema mundial
Es importante mantener la perspectiva aquí. El poder imperial significa que Estados Unidos y sus aliados pueden destruir, y de hecho lo hacen regularmente, Estados enteros al otro lado del mundo, violando impunemente el derecho internacional. Pueden bombardear, y de hecho lo hacen, a cualquier persona o movimiento que no les guste, en cualquier lugar del planeta, por cualquier motivo. Pueden imponer sanciones aplastantes, y lo hacen, matando a millones de personas y doblegando a los gobiernos a su voluntad.
China simplemente no proyecta este tipo de poder. Es una economía semiperiférica, con un PIB per cápita un 80 % inferior al del núcleo, equivalente al de la media latinoamericana. Su gasto militar per cápita es un 40 % inferior a la media mundial y una vigésima parte del de Estados Unidos. China puede resistir hasta cierto punto los dictados de los Estados centrales, pero no puede imponer su voluntad al resto del mundo como lo hacen los Estados centrales.
Nada de esto quiere decir que las empresas chinas no exploten a los trabajadores y los recursos en África. Pero esto no puede describirse como poder colonial o imperial sin restar sentido analítico a estos términos y negar la violencia del colonialismo realmente existente.
Los países semirperiféricos como China desempeñan un papel intermediario en el sistema mundial capitalista. Proporcionan productos manufacturados baratos al núcleo en industrias altamente competitivas con márgenes de beneficio muy reducidos. Los capitalistas que operan en estas industrias se ven presionados para obtener insumos materiales lo más baratos posible, lo que les lleva a explotar los recursos de la periferia (como África), donde las intervenciones imperialistas de los Estados centrales han debilitado a los gobiernos y abaratado la mano de obra y los recursos.
Dentro de este sistema, el centro extrae valor de la semiperiferia —incluida China— y de la periferia a través de la semiperiferia. El comportamiento de los capitalistas semiperiféricos en la periferia debe entenderse principalmente como una función del sistema mundial imperialista y no como una expresión del imperialismo en sí mismo.
2. Supremacía aérea sobre Irán.
Cualquiera de estos días nos despertamos y EEUU e Israel habrán atacado a Irán. Es importante ir viendo las condiciones militares en las que se puede desarrollar el ataque, y un elemento fundamental será la supremacía aérea. Así parece que están las cosas, según The Cradle.
https://thecradle.co/articles/air-supremacy-or-war-iran-and-the-us-in-west-asias-final-countdown
Supremacía aérea o guerra: Irán y Estados Unidos en la cuenta atrás final de Asia Occidental
La batalla por el control de los cielos de Asia Occidental ha pasado de ser una contingencia a convertirse en realidad. Teherán y Washington han activado las últimas piezas de su arquitectura bélica, armando por completo el espacio aéreo.
Abutalib Albohaya
9 DE ENERO DE 2026
Mientras los medios de comunicación coquetean con escenas fugaces de los acontecimientos que se desarrollan, los radares de navegación militar sobre Asia Occidental están trazando un mapa completamente diferente, que puede describirse como la «inevitabilidad del enfrentamiento aéreo y marítimo».
Un observador más atento se encuentra ante una escena en la que se está completando la construcción de una de las arquitecturas de combate más complejas de la era moderna, en la que el «puente aéreo» estadounidense que surge desde el oeste se encuentra con el «escudo aéreo» iraní, que acaba de colocar su pieza final en el norte y el centro.
1. «Los colmillos del águila» y la apuesta por la penetración silenciosa
El avance cualitativo más destacado se plasma en la llegada de los cazas F-15E Strike Eagle equipados con el sistema EPAWSS (Sistema de Supervivencia Activa y Pasiva).
Técnicamente, este sistema convierte al avión en un «fantasma electrónico» capaz de cegar los sistemas rusos S-300 en los que confía Teherán.
Estas «tijeras electrónicas» se diseñaron específicamente para cortar los hilos de la red de defensa aérea que Irán ha terminado de tejer recientemente sobre Karaj y Tabriz, lo que otorga al Mando Central de Estados Unidos la capacidad de llevar a cabo un «ataque quirúrgico» en profundidad, sin detección previa.
2. «La pieza final»: sellar las brechas iraníes
Por otro lado, Teherán reconoce la magnitud de la amenaza. En consecuencia, sus recientes movimientos, en línea con los avisos de navegación aérea (NOTAM), han llegado a trazar un «muro de bloqueo» geoestratégico.
Esto se ha conseguido activando el frente de Tabriz, que cierra la «brecha norte» a cualquier infiltración desde el Cáucaso, mientras que la declaración de «fuego libre» sobre la base aérea de Nojeh en Hamedan ha convertido la base en un paraguas protector para la «capacidad de respuesta ofensiva».
Esta base, que alberga bombarderos Phantom, se considera el «pulmón ofensivo» de Irán y ahora está totalmente protegida para lanzar ataques de represalia de largo alcance.
3. La lucha de los «pulmones»: queroseno contra radar
En el aire, el «largo aliento» de los estadounidenses se manifiesta a través de los aviones cisterna KC-135R y KC2 Voyager, que han sido avistados con frecuencia sobre Jordania y Arabia Saudí.
Estos «pulmones artificiales» eliminan el factor tiempo y mantienen a los cazas en un estado de alerta continua las 24 horas del día.
Por el contrario, Irán respondió implementando un estado de «gatillo fácil» en los aeropuertos de la capital, en particular Mehrabad e Imam Jomeini, donde se impusieron estrictas restricciones de velocidad y altitud con el objetivo de despejar el cielo de cualquier ruido civil.
Esta medida permite a los radares iraníes centrarse por completo en los «objetivos furtivos» que provienen de más allá de las fronteras.
Con el amanecer del jueves, día ocho del mes en curso, Teherán no se limitó a asegurar sus «murallas» externas, sino que pasó a la fase de «sellado de la profundidad segura», un desarrollo operativo que indica la preparación de los mandos militares para un escenario de guerra total relativamente largo (Total War).
A través de una serie de avisos de aviación supervisados por fuentes militares abiertas, los contornos del «último refugio» comenzaron a tomar forma:
• Mashhad y la profundidad oriental
Al activar las defensas sobre la ciudad de Mashhad y la base aérea de Nasir, Irán asegura lo que puede describirse como la «capital alternativa» y el centro de gravedad religioso y político.
Este cierre protege el «plan de continuidad del Gobierno» y evita cualquier intento de decapitar a los líderes en caso de que la capital sea objeto de ataques devastadores, proporcionando así una «retaguardia estratégica» que se extiende hasta las fronteras orientales.
• Yazd y Kerman: pulmones de misiles
La inclusión de ciudades centrales como Yazd y Kerman en la ecuación del cierre aéreo no fue una medida simbólica.
Estas zonas, que albergan depósitos fortificados de misiles balísticos en lo profundo de las montañas, representan la «reserva estratégica» que alimentará la batalla en sus etapas avanzadas.
La protección de estas fortalezas garantiza la supervivencia de la capacidad de respuesta, incluso si se neutralizan las bases aéreas avanzadas.
• Radares de Kish: ojos que nunca parpadean
En el extremo sur, el refuerzo de las defensas sobre la isla de Kish constituye una fortificación de los «radares avanzados» que controlan el pulso de la Quinta Flota de los Estados Unidos.
La isla ha pasado a funcionar como una «atalaya» avanzada, que proporciona a Teherán unos minutos cruciales de alerta temprana antes de que llegue cualquier ataque lanzado desde las bases regionales cercanas.
• El mar Caspio: la última arteria de suministro
Con la activación de las alertas aéreas sobre las zonas de Rasht y Bandar Anzali, Irán coloca el último ladrillo en su plan de seguridad del suministro externo.
El puerto de Bandar Anzali, cuartel general de la Flota del Norte, se ha convertido en una zona de intensa actividad militar, activando de forma efectiva una «línea de vida» con el aliado ruso.
Esta medida anticipa un escenario de cierre total de las salidas del golfo Pérsico y del estrecho de Ormuz, lo que convierte al mar Caspio en el único paso seguro para recibir equipo militar y técnico vital, lejos de la mirada de las flotas occidentales.
• La presa de radares contra el «envolvimiento del norte»
La activación de los sistemas de alerta temprana sobre Babolsar y Gorgan constituye un anuncio del funcionamiento de una red de vigilancia integral en el sector norte.
Esta medida coincide con informes de inteligencia que apuntan a la posibilidad de utilizar el espacio aéreo de los estados vecinos del norte, como Azerbaiyán, como plataformas de ataque traseras contra instalaciones nucleares y militares profundas.
Al activar radares de vigilancia de largo alcance en estos puntos, Irán ha cerrado la brecha por la que, de otro modo, se podrían eludir las densas defensas aéreas desplegadas en el sur y el centro.
• Base aérea de Dasht-e Naz: la última alternativa
La activación militar de la zona de Sari representa una medida defensiva muy flexible.
La base aérea de Dasht-e Naz constituye un centro de mando y control alternativo, protegido de forma natural por la cordillera de Alborz.
Preparar este emplazamiento para recibir operaciones aéreas y logísticas en caso de que los aeropuertos de la capital queden inutilizados otorga al mando militar una «profundidad operativa» decisiva en las guerras de desgaste.
4. «McFaul» y el «Warthog»: endureciendo el asedio
Mientras los cazas F-15E llevan a cabo misiones en profundidad, los aviones A-10 Thunderbolt II («Warthog») protegen las bases terrestres contra los drones suicidas.
Para completar la «tenaza de disuasión», el destructor lanzamisiles USS McFaul ha entrado en el teatro de operaciones de la Quinta Flota.
Gracias al avanzado sistema Aegis, el McFaul se ha convertido en un muro de bloqueo marítimo que vigila los misiles y bombarderos de Hamedan, creando un equilibrio aterrador entre el poderío terrestre y el dominio marítimo.
Análisis técnico en profundidad: la lucha de los «espectros» por el triángulo estratégico
En este enfrentamiento, el conflicto ya no se limita a los aviones y misiles, sino que está evolucionando hacia un choque silencioso entre frecuencias y algoritmos.
Mientras que Teherán ha reforzado sus «cerraduras electrónicas» sobre la refinería de Tabriz y las instalaciones de Karaj mediante los sistemas Bavar-373 y S-300PMU2, Washington ha entrado en escena con una «llave» técnica conocida como EPAWSS.
1. Ingeniería de engaño frente a radares de detección
El sistema EPAWSS, instalado en los cazas F-15E, funciona como un «maestro» que gestiona el espectro electromagnético.
No se basa únicamente en el bloqueo tradicional, sino que captura las ondas de radar iraníes y las retransmite «distorsionadas» o «retrasadas» mediante la tecnología DRFM.
Esta manipulación digital crea «objetivos fantasma» y espejismos electrónicos en las pantallas de defensa aérea de Tabriz, lo que lleva a los sistemas terrestres a disparar misiles al espacio vacío, agotando sus reservas estratégicas y exponiendo al mismo tiempo sus posiciones fortificadas.
2. Detección silenciosa y «objetivos iluminados»
Mientras que los sistemas iraníes en Hamedan se basan en el «seguimiento activo», que requiere la emisión de potentes pulsos de radar para detectar amenazas, los «colmillos» de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos apuestan por la «detección pasiva».
Este modo permite a los cazas estadounidenses «oír la respiración» de los radares iraníes y localizar su ubicación con precisión, sin emitir una sola señal que revele su presencia.
Según el seguimiento de inteligencia aérea y las evaluaciones de ejercicios anteriores, el simple hecho de activar los radares de la base de Nojeh para entrar en modo de «fuego libre» la convierte instantáneamente en un «objetivo iluminado» en las pantallas de los aviones estadounidenses, así como en los sistemas del destructor USS McFaul desplegado con la Quinta Flota.
3. Choque de dos lógicas: densidad geográfica frente a soberanía digital
La apuesta actual de Irán se basa en la «densidad», es decir, la construcción de una red de radares superpuestos dentro del triángulo (Tabriz-Hamedan-Teherán).
Según esta lógica, si el sistema estadounidense consigue cegar un radar, otro se encarga de rastrear el objetivo desde un ángulo diferente.
Por el contrario, el Mando Central de Estados Unidos (CENTCOM) apuesta por la «soberanía digital» que proporciona el sistema EPAWSS, que garantiza a los aviones una protección integral de 360 grados, convirtiendo el espacio aéreo operativo en un laboratorio abierto para la guerra de sexta generación.
Evaluación de la situación: la distribución final de los peones
Al analizar las rutas de vuelo de los aviones de transporte estratégico C-17 observados descargando su carga en la base de Azraq en Jordania y la base aérea de Al-Udeid en Qatar, se perfilan claramente los «centros de gravedad»:
• Jordania y Chipre: plataformas de lanzamiento avanzadas para operaciones de penetración electrónica, así como misiones de búsqueda y rescate en combate (CSAR).
• Hamedan y Tabriz: fortalezas de disuasión iraníes y posibles puntos de lanzamiento para cualquier respuesta que pretenda ser de igual fuerza.
Conclusión preliminar
La sincronización entre la llegada del destructor McFaul al teatro de operaciones por mar, la intensificación de los vuelos de reabastecimiento aéreo de Estados Unidos y el sellado de los huecos aéreos iraníes en Tabriz y Hamedan refuerza una única hipótesis:
la era de las maniobras ha terminado y ha comenzado la era de la «carga de combate» total.
«El limbo de la espera» y los escenarios de la erupción final
Esta acumulación técnica que llena los cielos de la región y los bordes de sus mares indica que hemos superado la etapa de la «disuasión psicológica» y nos hemos instalado en una zona de «contacto aproximado».
Mientras el EPAWSS sintoniza sus frecuencias con las ondas de radar sobre Tabriz y el destructor McFaul se prepara para traducir los datos satelitales en trayectorias de interceptación, la región parece suspendida en un «limbo» temporal, a la espera de una chispa que la política ya no puede impedir que se encienda.
En este panorama, surgen dos escenarios —y ningún tercero— que definen las próximas horas o días:
• Primero: el «enfrentamiento quirúrgico silencioso»
En el que Washington intenta poner a prueba los «bloqueos» que Teherán ha colocado en el «archivo vespertino» mediante penetraciones electrónicas limitadas que miden la velocidad de respuesta de los nuevos radares en Karaj y Hamedan.
Sin embargo, esta prueba podría derivar rápidamente en una confrontación abierta si Teherán decide que «limpiar el cielo» sobre su capital no admite ambigüedades.
• Segundo: el «equilibrio sostenido del terror»
En este escenario, las partes enfrentadas se dan cuenta de que el coste de romper la «pieza final» del sistema de defensa de Irán es prohibitivo, y que la presencia de la Quinta Flota en plena preparación con McFaul convierte cualquier apuesta ofensiva en un suicidio estratégico.
Aquí, el cielo «no dormirá» durante largas semanas, en una guerra de desgaste dirigida a los nervios, las baterías y las frecuencias.
Dado que Asia Occidental se ha acostumbrado a esperar «datos digitales» de los ministerios de Defensa en la mayoría de sus guerras anteriores, el mapa de despliegue aéreo —que se extiende desde Akrotiri hasta Nojeh, y desde el canal de Suez hasta el estrecho de Ormuz— confirma que el escenario está completo y que el telón puede levantarse en cualquier momento sobre una nueva realidad regional, arrastrando tras de sí el resplandor de los misiles que se ven unos a otros más allá del horizonte.
3. Se acabó el poder blando.
El análisis de Iannuzzi sobre el ataque a Venezuela y el fin del «orden basado en reglas».
https://robertoiannuzzi.substack.com/p/venezuela-trump-pone-la-pietra-tombale
Venezuela: Trump pone fin al orden internacional «basado en normas»
El aparente éxito táctico de Trump en Venezuela podría convertirse en un fracaso estratégico. Mientras tanto, el precio a pagar es un mundo mucho más peligroso e impredecible.
Roberto Iannuzzi
9 de enero de 2026
La acción que condujo a la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores es muy probablemente una señal de debilidad más que de fuerza por parte de la administración Trump y los Estados Unidos.
Dicha acción es indicativa de una superpotencia que ha agotado todas sus reservas de poder blando (esencial para preservar la hegemonía a largo plazo) y se ve obligada a recurrir a la fuerza bruta para imponer su voluntad, con las repercusiones negativas que ello conlleva inevitablemente.
Pero, si lo miramos bien, esta acción también denota todas las limitaciones de la fuerza residual a la que pueden recurrir los Estados Unidos.
De hecho, si se mira más allá del blitz que condujo a la captura de Maduro, aparentemente impecable en su brutal ejecución, se comprende que no se trata de una operación de cambio de régimen, sino de un mero intento de «domesticar» a un régimen adversario mediante el secuestro de su líder y la amenaza de un recurso reiterado a la fuerza y al estrangulamiento económico del país mediante un embargo petrolero. Un intento cuyos resultados están lejos de ser evidentes.
Estados Unidos, de policía del mundo a gánster
La ilegalidad de la acción impulsada por la Casa Blanca, según el derecho internacional y la propia legislación estadounidense, ha sido denunciada incluso por numerosos juristas y expertos estadounidenses.
Estos rechazaron la tesis de la Casa Blanca según la cual Estados Unidos habría actuado en defensa propia, ya que el narcotráfico no puede caracterizarse como un ataque armado. Además, Venezuela no es un país productor de estupefacientes, sino, como mucho, un mero país de tránsito.
Tras la captura de Maduro, el Departamento de Justicia de los Estados Unidos incluso retiró la acusación de que el fantasmal Cartel «de los Soles», que según la administración Trump estaba liderado por el presidente venezolano, fuera una verdadera organización dedicada al narcotráfico.
En las 25 páginas de la acusación no hay ningún rastro del fentanilo, la droga sintética con la que, según Trump, Venezuela estaría inundando Estados Unidos.
La propia administración Trump se contradijo al afirmar primero que la captura de Maduro era una simple operación policial y luego que la Casa Blanca se disponía a «gobernar el país», señaló Jeremy Paul, profesor de Derecho Constitucional en la Northeastern University.
La captura de Maduro fue precedida por meses de refuerzo de la presencia militar estadounidense cerca de Venezuela y por continuos ataques contra embarcaciones de presuntos narcotraficantes en el mar Caribe y el Pacífico oriental, que provocaron el asesinato extrajudicial de más de un centenar de personas.
Además, a mediados de diciembre, el presidente Donald Trump ordenó un embargo petrolero total contra Venezuela (a todos los efectos, un acto de guerra), y las fuerzas navales estadounidenses comenzaron a interceptar a los petroleros que transportaban crudo venezolano.
Las oscuras dinámicas de un secuestro
La operación que condujo al secuestro de Maduro puso de manifiesto las «debilidades» y «omisiones» de las fuerzas armadas venezolanas que, según observadores venezolanos e internacionales, serían el resultado de infiltraciones y acuerdos secretos con miembros de los aparatos de seguridad y del propio Gobierno de Caracas.
De lo contrario, no se explicaría cómo un número tan elevado de aviones, helicópteros de combate y de transporte estadounidenses (se habla de más de 150) violó el espacio aéreo venezolano sin encontrar la más mínima resistencia (no hay que olvidar que el ejército de Caracas está fuertemente armado y equipado con cazas y sistemas de defensa aérea).
En los últimos meses habían surgido noticias sobre negociaciones en curso entre la vicepresidenta venezolana Delcy Rodríguez, que asumió las riendas del poder tras la captura de Maduro, y la administración Trump.
A través de la mediación de Qatar, Rodríguez se habría ofrecido como alternativa «más aceptable» que el presidente venezolano. Sin embargo, otros ponen en duda esta versión de los hechos.
Según el New York Times, una fuente de la CIA dentro del Gobierno de Caracas habría vigilado los movimientos de Maduro en las semanas previas al secuestro.
La agencia de inteligencia estadounidense habría reclutado informantes en el círculo más cercano al presidente venezolano, sobre cuya cabeza Washington había puesto una recompensa de 50 millones de dólares.
El general Dan Caine, jefe del Estado Mayor Conjunto y exdirector de asuntos militares de la propia CIA, afirmó que Maduro estaba tan vigilado que los agentes estadounidenses incluso sabían qué mascotas tenía.
La relación simbiótica que existe entre la agencia de inteligencia y la élite económica estadounidense, dispuesta a sacar provecho de un cambio de régimen en Caracas, queda ejemplificada en la publicación con la que Enrique de la Torre, exjefe de operaciones de la CIA en Venezuela, promocionó las actividades de su empresa de lobbying en apoyo de los inversores dispuestos a participar en la reconstrucción del sector energético venezolano, inmediatamente después de la captura de Maduro.
¿Petróleo para salvar el dólar?
Es innegable que el petróleo venezolano es un objetivo central de la operación estadounidense.
El propio Trump afirmó que las empresas estadounidenses irían a Venezuela para «reparar las infraestructuras petroleras y empezar a ganar dinero para el país», y añadió que «tendremos presencia en Venezuela en lo que respecta al petróleo, extraeremos una enorme cantidad de riqueza del subsuelo».
Palabras similares fueron pronunciadas por el exdirector de la CIA Mike Pompeo, según el cual «todas nuestras grandes empresas energéticas pueden ir a Venezuela y construir un modelo económico capitalista», y por el asesor de Trump Stephen Miller, quien declaró abiertamente que el petróleo venezolano pertenece a Washington y describió la nacionalización de la industria petrolera por parte de Caracas como «un robo».
Trump también añadió de forma amenazante que una posible ocupación estadounidense de Venezuela «no nos costaría ni un centavo», ya que Estados Unidos sería reembolsado con «el dinero procedente del subsuelo».
Según varios observadores, la requisa de recursos como el petróleo venezolano podría servir, en los planes de la administración Trump, para impedir el colapso del dólar.
Venezuela, considerada la mayor reserva de petróleo del mundo, vendía su crudo en yuanes, euros y rublos como consecuencia de las sanciones estadounidenses.
El propio embajador de Estados Unidos ante las Naciones Unidas, Mike Waltz, declaró abiertamente ante el Consejo de Seguridad que «no podemos seguir teniendo las mayores reservas energéticas del mundo bajo el control de adversarios de Estados Unidos».
La adquisición estadounidense del petróleo venezolano podría, según los planes de la Casa Blanca, contrarrestar el proceso mundial de desdolarización, favoreciendo la supervivencia del sistema de petrodólares inaugurado por Kissinger a principios de los años 70 del siglo pasado.
La imposición del dólar como moneda para la venta de crudo crea una demanda artificial del billete verde, lo que refuerza su hegemonía.
Una apuesta difícil de ganar
Sin embargo, existen numerosos obstáculos para un rápido renacimiento de la industria petrolera venezolana respaldada por las empresas estadounidenses.
En primer lugar, hay que rebajar la entidad real de las reservas venezolanas. Sobre el papel, ascienden a más de 300 000 millones de barriles, alrededor del 17 % de las reservas mundiales, una cantidad ligeramente superior a la de Arabia Saudí.
Sin embargo, en la práctica, tres cuartas partes de esta cantidad están constituidas por crudo extrapesado del cinturón del Orinoco, extremadamente viscoso y con un alto contenido en azufre y metales, muy costoso de recuperar y procesar.
La extracción de este tipo de petróleo solo es económicamente sostenible si el crudo se vende a precios muy elevados.
Además, la industria petrolera venezolana se encuentra en muy malas condiciones. Décadas de sanciones estadounidenses han impedido cualquier inversión y renovación de las infraestructuras.
Según Bloomberg, relanzar el sector energético venezolano es «una apuesta de 100 000 millones de dólares». Las empresas estadounidenses tendrían que invertir decenas de miles de millones en el país durante al menos una década (si no varias décadas).
Pero actualmente solo Chevron está presente en territorio venezolano, y la mayoría de las empresas son reacias a gastar dinero en un país de estabilidad incierta y generalmente hostil hacia Estados Unidos.
Incluso el Wall Street Journal señala que, a los precios actuales y con la demanda actual de petróleo, una inversión de este tipo es inviable.
Por lo tanto, la adquisición del petróleo venezolano difícilmente supondrá un «cambio de juego» a corto y medio plazo para Washington.
Controlar el hemisferio occidental
Sin embargo, los objetivos estadounidenses van más allá del mero control del crudo.
El ataque de Estados Unidos a Venezuela forma parte de un plan más amplio, claramente enunciado en la reciente Estrategia de Seguridad Nacional (SSN) de la administración Trump, cuyo objetivo es recuperar el control del continente americano.
La SSN no renuncia al imperio estadounidense, como algunos han especulado, pero reconoce la necesidad de su reestructuración para resolver las contradicciones económicas que lo han llevado al borde del colapso.
El documento afirma explícitamente que las élites de Washington han sobrevalorado la capacidad estadounidense para financiar simultáneamente los gastos internos del Estado y el enorme aparato militar, diplomático y de inteligencia necesario para preservar la hegemonía estadounidense.
Por un lado, el documento pide a los aliados de Estados Unidos que asuman parte de los costes. Por otro, invoca abiertamente la Doctrina Monroe, articulada según el llamado «Corolario Trump».
En su forma original, enunciada por el presidente James Monroe en 1823, esta doctrina advertía a las potencias europeas que no interfirieran en los asuntos de las naciones independientes surgidas en el hemisferio occidental.
En 1904, Theodore Roosevelt la reinterpretó y la convirtió en un instrumento para justificar el intervencionismo estadounidense en el continente americano.
El Corolario Trump consagra el retorno a la Doctrina Monroe así interpretada, sobre la base de principios claramente enunciados en la SSN:
«Queremos asegurarnos de que el hemisferio occidental siga siendo razonablemente estable y esté lo suficientemente bien gobernado como para prevenir y desalentar la migración masiva hacia Estados Unidos; queremos un hemisferio cuyos gobiernos cooperen con nosotros contra los narcoterroristas, los cárteles y otras organizaciones criminales transnacionales; queremos un hemisferio que permanezca libre de incursiones extranjeras hostiles o de la propiedad extranjera de recursos vitales, y que apoye las cadenas de suministro esenciales; y queremos garantizar su acceso continuo a posiciones estratégicas clave».
La SSN aclara además que
«Los términos de sus acuerdos, especialmente con los países que más dependen de ustedes y sobre los que, por lo tanto, tienen mayor influencia, deben incluir contratos de proveedor único para sus empresas. Al mismo tiempo, deben hacer todo lo posible por expulsar a las empresas extranjeras que construyen infraestructuras en la región».
En otras palabras, el documento consagra el supuesto derecho de las empresas estadounidenses a controlar todos los recursos naturales estratégicos del continente, incluidos los minerales esenciales y las tierras raras.
Expulsar a Pekín del continente
Al mismo tiempo, prevé la creación de cadenas de suministro que excluyan completamente a China del hemisferio occidental, y reconoce que permitir que potencias externas accedan a «nuestro hemisferio» ha sido un error («negaremos a los competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades hostiles, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales, en nuestro hemisferio»).
Reconociendo la dificultad de trasladar toda la producción al territorio estadounidense, la SSN habla de «near-shoring» en América Latina, es decir, de aprovechar la mano de obra latinoamericana de bajo coste para fabricar los productos que necesita Estados Unidos, excluyendo a China.
Esto se considera necesario no solo para expulsar a Pekín de las cadenas de suministro del complejo militar-industrial estadounidense, sino también para una desconexión más general de Estados Unidos con respecto a China.
En cuanto a Venezuela, el secretario de Estado Marco Rubio ha declarado abiertamente que «lo que no permitiremos es que la industria petrolera venezolana sea controlada por adversarios de Estados Unidos», y ha añadido que «este es el hemisferio occidental, es aquí donde vivimos, y no permitiremos que el hemisferio occidental se convierta en una base operativa para adversarios, competidores y rivales de Estados Unidos».
Por supuesto, la SSN no prevé la reciprocidad, es decir, no presupone una retirada estadounidense correspondiente de la parte no occidental del globo.
Socavamiento del orden internacional
Por el contrario, como ha demostrado el reciente secuestro del petrolero Marinera por parte de las fuerzas estadounidenses en el Atlántico norte, a más de 5000 km de las costas estadounidenses, o el abordaje de un buque de carga con destino a Irán en el océano Índico el pasado mes de noviembre, Washington está convirtiendo las rutas comerciales en un potencial campo de batalla.
La interdicción unilateral de buques mercantes constituye una violación de la libertad de navegación, un principio básico del derecho marítimo internacional, consagrado en la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar.
El secuestro del presidente de una nación soberana y pacífica, mediante el uso de la fuerza militar, vuelve a pisotear el derecho internacional y pone fin al mismo orden mundial del que Estados Unidos se erigía en defensor.
Que la Casa Blanca está desmantelando ese orden lo confirma la reciente decisión estadounidense de salir de decenas de organizaciones internacionales, incluidos 31 organismos de la ONU.
Con la reivindicación de Groenlandia frente a un país aliado y miembro de la OTAN como Dinamarca, Estados Unidos acaba de destruir también el llamado orden internacional «basado en normas», ese sistema desigual habitualmente invocado por Washington, que distinguía entre Estados «legítimos» e «ilegítimos», imponiendo a estos últimos normas mucho más draconianas que a los primeros.
Lo único que queda es el unilateralismo y la ley del más fuerte.
El propio Trump ha declarado abiertamente, en una reciente entrevista al New York Times, que no necesita el derecho internacional y que solo la fuerza de una nación debería ser el factor decisivo cuando los intereses de diferentes países entran en colisión.
A la pregunta de si existe un límite a su capacidad para utilizar la fuerza militar de los Estados Unidos, el presidente estadounidense respondió que «hay una cosa, mi moralidad, mi mente. Es lo único que puede detenerme».
Sin embargo, un enfoque de este tipo está destinado a suscitar resistencia a nivel mundial, no solo entre los adversarios, sino también entre los propios aliados de Estados Unidos. Además, los resultados obtenidos hasta ahora por Washington son limitados y nada definitivos.
Estados Unidos no controla Venezuela
Como ya se ha mencionado, la Administración Trump no ha llevado a cabo un cambio de régimen en Venezuela. Solo está intentando «domesticar» a un régimen mediante un bloqueo naval y la amenaza de un nuevo uso de la fuerza tras secuestrar a su presidente.
Esta actitud suscitará una oposición creciente dentro de un país que históricamente considera a Estados Unidos como una potencia colonial hostil.
Esto, a su vez, corre el riesgo de arrastrar progresivamente a Washington a la dinámica interna del país, provocando una progresiva desestabilización de este último y un creciente empantanamiento estadounidense en la crisis.
La alternativa es el fracaso de la misión de la Casa Blanca, que también podría verse favorecido por una creciente oposición en Estados Unidos a las temerarias políticas de Trump.
El propósito de expulsar a China de Venezuela no es fácil de lograr, ya que es la tecnología china la que hace funcionar el sector energético de Caracas. Y, en cualquier caso, aunque Pekín importa alrededor del 60 % del crudo venezolano, esto supone solo el 4 % de las necesidades petroleras de China.
Aún menos previsible será expulsar a China de todo el continente americano.
A nivel regional, Cuba y Colombia ven la acción estadounidense como una amenaza existencial, pero también países como Brasil consideran negativamente el intento de la administración Trump de imponer la hegemonía estadounidense en el continente sudamericano.
Como ha señalado Jon Alterman, del Center for Strategic and International Studies (uno de los think tanks más importantes de Washington), no solo adversarios como Rusia y China, sino incluso aliados como Canadá y los países europeos, sentirán la necesidad de protegerse del unilateralismo hostil estadounidense.
Esto significa que el aparente éxito táctico de Trump en Venezuela podría convertirse en un fracaso estratégico. Mientras tanto, el precio a pagar es un mundo mucho más peligroso, inestable e impredecible.
4. Solidaridad con Venezuela desde Asia-Pacífico.
El último boletín de Asia del Tricontinental está dedicado a las acciones de solidaridad con Venezuela que se han puesto en marcha en la zona.
https://thetricontinental.org/asia/asian-solidarity-with-venezuela/
Habla, habla, di lo que tengas que decir: solidaridad asiática con Venezuela
Las bombas cayeron sobre Caracas. Un presidente secuestrado y llevado a Nueva York. Desde Delhi hasta Yakarta y Sídney, Asia-Pacífico se levanta furiosa, porque la solidaridad contra el imperialismo no conoce fronteras.
9 de enero de 2026
por Tings Chak y Atul Chandra
Queridos amigos
Saludos desde la oficina de Tricontinental Asia.
Habla, tus labios son libres.
Habla, es tu propia lengua.
Habla, es tu propio cuerpo.
Habla, tu vida sigue siendo suya.
Ve cómo en la herrería
La llama arde salvajemente, el hierro se enrojece;
Las cerraduras abren sus fauces,
Y todas las cadenas comienzan a romperse.
— Faiz Ahmed Faiz, «Speak» (Bol), traducido por Azfar Hussain
En las primeras horas del 3 de enero de 2026, Estados Unidos llevó a cabo la «Operación Resolución Absoluta», un ataque militar a gran escala contra Venezuela seguido del secuestro ilegal del presidente Nicolás Maduro y la primera dama Cilia Flores. Al menos 80 combatientes murieron defendiendo la Revolución Bolivariana, entre ellos 32 internacionalistas cubanos que dieron su vida al servicio de la solidaridad socialista. En los últimos días, en toda Asia y el Pacífico, la gente se ha levantado para alzar la voz.
Los pueblos de Asia conocen bien el peso del imperio. Desde las luchas anticoloniales del siglo XX hasta la resistencia actual contra la extracción neocolonial, la historia de la intervención imperialista es muy profunda. Cuando se supo que Estados Unidos había lanzado bombas sobre ciudades venezolanas, que comandos de la Fuerza Delta habían asaltado la residencia presidencial y que un jefe de Estado había sido secuestrado y llevado a un tribunal de Nueva York, los trabajadores de todo el continente reconocieron los ecos de Irak, Libia y Afganistán. La lista continúa.
La gente comenzó a movilizarse. En la India, el Partido Comunista de la India (Marxista), el Partido Comunista de la India, el Partido Comunista de la India (Marxista-Leninista) Liberación y los partidos de izquierda aliados emitieron una declaración conjunta el 4 de enero en la que pedían una jornada nacional de protestas. Se organizaron manifestaciones a gran escala en todo el país. En Visakhapatnam, miles de trabajadores de la conferencia del Centro de Sindicatos Indios llevaron a cabo una marcha inmediata al conocer la noticia. La Federación de Estudiantes de la India se manifestó en Hyderabad para condenar la agresión. En Chennai, activistas del CPI(M) liderados por el presidente de la Comisión de Control, G. Ramakrishnan, fueron detenidos cuando intentaban marchar hacia el consulado de Estados Unidos. En Calcuta, los activistas quemaron efigies de Donald Trump. Los partidos de izquierda criticaron la tibia respuesta del Gobierno indio y pidieron medidas diplomáticas para presionar a Washington para que liberara inmediatamente a Maduro.
En Pakistán, el Partido Mazdoor Kisan organizó una protesta el 6 de enero en Lahore, a la que se unieron trabajadores del Sindicato de Trabajadores de Malmo Foods, el Sindicato de Rickshaw de Punjab y el Sindicato de Trabajadores de High Tech Feeds. Los manifestantes entendieron que esta agresión no solo va dirigida contra Venezuela, sino que constituye una guerra aterradora contra los trabajadores de todo el mundo, ya que el imperialismo estadounidense considera que los recursos de todo el mundo son de su propiedad. En Karachi, la Federación Nacional de Sindicatos encabezó una gran manifestación. El Partido Haqooq-e-Khalq también organizó una reunión pública en Lahore para expresar su solidaridad con Venezuela.
En Yakarta, GEBRAK (Gerakan Buruh Bersama Rakyat), una coalición de sindicatos democráticos y progresistas, organizaciones estudiantiles y grupos políticos, organizó una acción titulada «Liberen a Maduro, no toquen a Venezuela» frente a la embajada de Estados Unidos el 6 de enero. El Grupo Juvenil del Movimiento de Países No Alineados de Indonesia denunció el secuestro como una grave violación del derecho internacional.
El Partido Socialista de Malasia emitió una enérgica condena pocas horas después de la operación: «Estados Unidos ha vuelto a mostrar su verdadera cara: la de un matón global que no se mueve por los derechos humanos o la democracia, sino por una insaciable codicia por el petróleo y los minerales». Sus miembros marcharon hacia la embajada de Estados Unidos en Kuala Lumpur para exigir el respeto de la soberanía de Venezuela. A una vigilia solidaria asistió el embajador de Cuba, quien recordó a los participantes que «somos los herederos de Bolívar, Martí, Fidel Castro y Chávez».
En Filipinas, grupos progresistas como Bagong Alyansang Makabayan y la Asociación de Amistad Filipinas-Venezuela Bolivariana organizaron una protesta indignada ante la embajada de Estados Unidos, en la que los manifestantes portaban pancartas con el lema «Manos fuera de Venezuela». La acción puso de manifiesto las contradicciones a las que se enfrenta el Gobierno filipino, que invoca el derecho internacional en sus disputas con China sobre el mar de Filipinas occidental, al tiempo que mantiene estrechos vínculos militares con Washington.
En toda la región, el coro continuó. En Nepal, la Asociación de Amistad Nepal-Venezuela y el Partido Comunista Nepalí expresaron su solidaridad; los estudiantes protestaron ante la embajada de Estados Unidos en Katmandú. En Bangladesh, el Partido de los Trabajadores de Bangladesh expresó su «solidaridad inquebrantable con el pueblo hermano de Venezuela», calificando la acción de Estados Unidos como «un acto criminal que recuerda los capítulos más oscuros de la intervención colonial».
En Sri Lanka, el Janatha Vimukthi Peramuna (el principal componente de la alianza gobernante), liderado por el presidente Anura Kumara Dissanayake, emitió un comunicado en el que condenaba la invasión militar estadounidense: «Los países poderosos no tienen derecho a violar este principio… Las agresiones militares y las invasiones contra Estados soberanos que violan estos principios no pueden justificarse». El Partido Comunista de Sri Lanka también emitió un comunicado en el que calificaba el secuestro de «acto de piratería internacional» y protestó frente a la embajada estadounidense en Colombo junto con otros partidos de izquierda el 6 de enero.
La solidaridad se extendió hasta el Pacífico. En Corea del Sur, se organizó una manifestación el lunes para exigir que «Estados Unidos deje en paz a Venezuela» y sus recursos naturales. Los manifestantes equipararon los ataques y el secuestro de Maduro por parte de Estados Unidos con la piratería y pidieron que se rindieran cuentas por las violaciones del derecho internacional. El Centro de Estrategia Internacional, que lleva mucho tiempo trabajando para fomentar la solidaridad entre los movimientos coreanos y latinoamericanos, ayudó a coordinar la acción.
En Australia, miles de personas se manifestaron en Melbourne, Sídney, Brisbane, Canberra y Perth los días 4 y 5 de enero. Más de 1000 personas se reunieron frente a la estación de Flinders Street en Naarm/Melbourne, donde oradores de Red Spark, Socialist Alliance y grupos de las Primeras Naciones se dirigieron a la multitud para exigir que el Gobierno de Albanese condenara a Estados Unidos y pidiera la liberación de Maduro.
Lo que une a estas movilizaciones no es solo la oposición a un único acto de agresión, sino una comprensión más profunda de lo que está en juego. Estados Unidos lleva un cuarto de siglo tratando de destruir la Revolución Bolivariana —mediante golpes de Estado, sanciones y sabotajes— porque Venezuela se atrevió a nacionalizar su petróleo y a crear instituciones de solidaridad regional como la CELAC, el ALBA-TCP y PetroCaribe, que desafían la hegemonía estadounidense. A pesar de todo, la base de apoyo a la revolución ha demostrado ser resistente. Venezuela cuenta con más de 5336 comunas y milicias bolivarianas con más de ocho millones de ciudadanos armados. La unidad cívico-militar demostrada en la rueda de prensa de la vicepresidenta Delcy Rodríguez junto a Diosdado Cabello, Vladimir Padrino López y el alto mando de las Fuerzas Armadas Nacionales Bolivarianas de Venezuela confirma que las fuerzas chavistas mantienen un control efectivo del aparato estatal.
Las operaciones psicológicas del imperio buscan fracturar esta unidad mediante acusaciones infundadas de «traición» y «rendición», narrativas que debemos rechazar firmemente. Las revoluciones no se reducen a individuos, son procesos colectivos arraigados en la conciencia política y la organización de millones de personas. El presidente Maduro puede estar cautivo en Nueva York, pero el proyecto bolivariano sigue vivo en las comunas, las milicias, las estructuras del partido y las calles de Venezuela.
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Los pueblos de Asia y el Pacífico han demostrado a través de estas movilizaciones que la solidaridad con Venezuela no es simbólica, sino que constituye un frente en la lucha más amplia y duradera contra el imperialismo. El período que se avecina exige una acción sostenida: construir la unidad más amplia posible en defensa de la soberanía, la autodeterminación y la continuidad de los proyectos emancipadores en todo el Sur Global.
En el centro de cualquier estrategia común se encuentra una demanda clara: la liberación inmediata de Nicolás Maduro y Cilia Flores, y su regreso a Venezuela.
La esperanza surgirá desde abajo, como siempre ha sido: del pueblo organizado y de un movimiento internacionalista comprometido dispuesto a llenar las calles y enfrentarse a la agresión imperialista.
El 10 de enero, Tricontinental Asia organiza el evento «Secuestro de la soberanía de Venezuela», una conversación sobre el hiperimperialismo estadounidense, la intervención militar y la guerra híbrida contra Venezuela. Únanse a nosotros registrándose aquí o viendo la transmisión en vivo en Facebook y YouTube.
Habla, esta breve hora es suficiente
Antes de que mueran el cuerpo y la lengua:
Habla, porque la verdad aún no ha muerto,
Habla, habla, lo que tengas que decir.
Cordialmente,
Tings Chak y Atul Chandra
(Tings Chak y Atul Chandra son coordinadores para Asia de Tricontinental: Instituto de Investigación Social).
5. Neoimperialismo, extrema derecha y tecnoligarcas.
Steven Forti resume en diez tesis su visión sobre la etapa actual mundial tras la crisis del neoliberalismo.
Diez tesis sobre la nueva era
Construida sobre las ruinas del neoliberalismo, se asemeja al imperialismo del siglo XIX. La extrema derecha es el actor principal, los tecnoligarcas se apoderan del Estado y la religión vuelve a ser arma política
Steven Forti 12/01/2026
El regreso de Trump a la Casa Blanca en enero de 2025 marcó el comienzo de una nueva era. Nuestro “mundo de ayer”, por decirlo con Stefan Zweig, ha terminado. Kaputt. Conviene darse cuenta lo antes posible. Hemos entrado en una nueva fase histórica, cuyas características son, naturalmente, aún inciertas. Intentaré esbozar sus contornos a partir de diez tesis.
1. El neoimperialismo sustituye al orden liberal global
El orden liberal global creado al final de la Segunda Guerra Mundial –frágil, perfectible, a menudo no respetado– es sustituido por una lógica imperial regida por una mezcla de ley de la selva –el más fuerte se impone– y reparto de zonas de influencia –se ha definido la nueva doctrina trumpista como “geopolítica hemisférica”– y un enfoque transaccional. Ucrania, Venezuela, Taiwán y Gaza lo demuestran. Probablemente sean solo el comienzo. El enfoque diplomático y el multilateralismo son cosa del pasado: a los organismos supranacionales como las Naciones Unidas ya no se les reconoce ninguna autoridad, ni siquiera formal. Ha llegado “la hora de los depredadores”, por citar a Giuliano da Empoli.
Si queremos hacer un paralelismo histórico, la nueva era se asemeja a la época del imperialismo de finales del siglo XIX: no por casualidad, Make Colonialism Great Again es un eslogan que circula en los círculos MAGA. En el caso de los Estados Unidos, sin embargo, se trataría de un hiperimperialismo, es decir, un nuevo tipo caracterizado por una hegemonía militarizada, coercitiva y tecnológicamente impuesta sobre el Sur Global debido a la fase de declive que atraviesa el Norte Global. Por lo tanto, no se trataría de un retorno a la época imperialista clásica ni al anterior orden westfaliano, sino más bien de la instauración de un sistema internacional “neomonárquico” estructurado por un pequeño grupo de élites hiperprivilegiadas que buscan legitimarse apelando a su excepcionalidad con el objetivo de crear nuevas jerarquías materiales y de estatus.
2. El neoliberalismo ha allanado el camino al nuevo autoritarismo
Los cimientos de la nueva era se están construyendo sobre las ruinas del neoliberalismo1. Hemos llegado a este punto tras tres décadas de hegemonía neoliberal que, a fuerza de golpes de piqueta y motosierra, ha derribado los muros de carga del edificio que con tanto esfuerzo se construyó después de 1945. En primer lugar, las políticas neoliberales –privatizaciones, precariedad laboral, reducción del gasto social, etc.– han debilitado el modelo de Estado del bienestar, aumentando las desigualdades y rompiendo la cohesión social. Todo ello, en segundo lugar, se ha visto reforzado por el hecho de que, como ideología, por muy “invisible” que sea, el neoliberalismo ha inculcado una serie de valores, como el individualismo exacerbado y la competitividad extrema hasta el punto de sellar una alianza con los sectores etnonacionalistas e identitarios de la derecha2. En tercer lugar, el concepto mismo de democracia ha sido vaciado de su componente social: la democracia formal –el respeto de (algunas) normas y procedimientos– ha sustituido a la democracia sustantiva, cuyo objetivo es la igualdad.
En cuarto lugar, en un contexto marcado por la globalización neoliberal, el poder efectivo se ha desplazado hacia las élites económicas, con la consiguiente configuración de un sistema posdemocrático, en el que los cuerpos intermedios –partidos, sindicatos, asociaciones de la sociedad civil– se han ido desmoronando poco a poco, la participación se ha evaporado y la personalización de la política, facilitada también por la transformación de los medios de comunicación, ha favorecido la aparición de fenómenos “populistas”3. Por último, las políticas neocons posteriores al 11-S de 2001 –guerra contra el terrorismo, invasiones de Afganistán, Irak, Libia– han erosionado el orden internacional, fracasando estrepitosamente en su intento de exportar la democracia liberal.
Como alertó Mark Lilla desde una perspectiva puramente estadounidense, al modelo rooseveltiano le sucedió a finales de los años setenta el modelo reaganiano que, aunque entró en declive con la Gran Recesión de 2008, hasta hace poco aún no había encontrado un sustituto4. En retrospectiva, el obamismo fue el último intento de mantener en pie un paradigma en declive, renovando solo su fachada, pero sin cambiar su esencia.
3. Los tecnoligarcas se apoderan del Estado
En la era del neoliberalismo triunfante, la connivencia entre el poder político y el poder económico ha sido evidente. Ha habido resistencias, más o menos fuertes según los países. Se ha mantenido (no siempre, todo sea dicho) una apariencia de respeto por las reglas del juego: las influencias de las élites económicas eran visibles, pero se intentaba (al menos un poco) disimularlas. En la nueva era, en cambio, lo que se quiere hacer, se hace y se dice, sin ocultarlo. Esto se aplica tanto a la geopolítica como a las relaciones con los poderes económicos.
Por un lado, Trump bombardea Caracas y arresta a Maduro para controlar directamente los pozos petrolíferos venezolanos: la palabra “democracia” no aparece en sus discursos y no es ni de lejos uno de sus objetivos, aunque fuese solo de fachada. Por otro lado, los robber barons del tercer milenio han establecido explícitamente una alianza estratégica con los nuevos líderes autoritarios: los tecnoligarcas de Silicon Valley no solo quieren llenarse los bolsillos de dinero, sino que, en primer lugar, defienden abiertamente proyectos autoritarios y antidemocráticos –nuevas monarquías absolutas eficientistas gobernadas por reyes-CEO, siguiendo el modelo de Qatar o Singapur, según las teorías de uno de sus principales intelectuales-cortesanos, Curtis Yarvin– y, en segundo lugar, quieren ser “intelectuales legisladores”, como afirma Evgeny Morozov.
En pocas palabras, con Peter Thiel, Elon Musk, Marc Andreessen y Alex Karp, hemos pasado de la unión entre la política y la economía de tipo neoliberal “clásico” a la voluntad explícita de capturar el Estado mediante la creación de un “complejo tecnológico autoritario” que tiene como objetivo controlar las infraestructuras de gobernanza.
4. Las autocracias electorales sustituyen a las democracias
En la nueva era, la democracia, incluso en su versión formal, se considera un mero adorno. De hecho, se ha reducido a una sombra de lo que fue. Ya en la era del neoliberalismo en declive, es decir, desde 2008 en adelante, el porcentaje de la población mundial que vive en democracia ha disminuido continuamente hasta alcanzar un mísero y preocupante 28 % en 2024. La tendencia es evidente. Desde hace unos veinte años estamos viviendo la primera gran ola de autocratización posterior a la Segunda Guerra Mundial, es decir, cada vez más países se convierten en autocracias electorales. Esto es, mantienen una apariencia de respeto por las reglas democráticas –incluso en la Rusia de Putin se celebran elecciones–, pero la democracia es, en el mejor de los casos, una cáscara vacía. Nos guste o no, la era que se ha iniciado quiere ser la era de las autocracias5.
5. La extrema derecha es el actor principal de la nueva era
Junto con los líderes fuertes –léase autoritarios– que están en el poder en medio mundo –Putin, Xi Jinping, Erdogan, Modi, los petromonarcas del Golfo, etc.–, en Occidente es la extrema derecha la que mejor representa esta nueva era. De hecho, avanza electoralmente en todas partes y ha llegado al poder en varios países: desde Estados Unidos hasta Argentina, desde Israel hasta Italia, desde Hungría hasta El Salvador y Chile. En cuanto tiene la posibilidad, instaura sistemas electorales autocráticos: se erosiona la separación de poderes, se ataca el pluralismo informativo, desaparecen los derechos para amplios sectores de la población. El líder fuerte se presenta como representante del pueblo, desprecia los controles democráticos y pone en marcha un proyecto etnonacionalista reaccionario.
Aunque existen divergencias y peculiaridades nacionales –al fin y al cabo, cada partido es fruto de las culturas políticas de su propio país–, la extrema derecha debe entenderse como una gran familia global. Las referencias ideológicas y las estrategias políticas y comunicativas utilizadas son, de hecho, las mismas. Además, participan en las mismas redes transnacionales formadas por fundaciones, institutos y think tanks que en los últimos años han trabajado incansablemente para elaborar una agenda común, exportable y adaptable a los diferentes contextos: véanse la Heritage Foundation o la red National Conservatism. Además, Trump, Milei, Bukele, Orbán, Netanyahu, Meloni, Abascal, Ventura, Weidel, Le Pen, Farage, Wilders, Bolsonaro, Kast y compañía creen que están librando la misma batalla contra enemigos comunes, es decir, la izquierda, el liberalismo, el globalismo, el wokismo y lo políticamente correcto. Sus coaliciones parecen frágiles porque a menudo están formadas por sectores con intereses diferentes –pensemos en el trumpismo–, pero por el momento la esperanza de que se desmoronen no es más que un deseo inalcanzable.
6. Más que fascismo, se trata de la renovación del pensamiento antiilustrado
A menudo se repite que lo que estamos viviendo es el retorno del fascismo, más o menos bajo otros ropajes. Aunque existen elementos de continuidad entre el fascismo histórico y la extrema derecha del tercer milenio –en algunos países más que en otros–, el concepto de “fascismo eterno” propuesto hace más de treinta años por Umberto Eco nos lleva por mal camino. Como señala Santiago Gerchunoff, el uso compulsivo del término –en sus más diversas variantes: fascismo tardío, fascismo fósil, tecnofascismo, etc.– muestra más bien “el deseo de encontrar una palabra mágica que conjure el peligro de abstracción de nuestro mundo y que, al mismo tiempo, cierre cualquier discusión”6. Nos tranquiliza, por así decirlo, llamar fascistas a las nuevas extremas derecha porque, en cierto sentido, nos da la falsa certeza de saber a qué nos enfrentamos.
Ahora bien, las características de la nueva era no son las mismas que las del período de entreguerras: ha pasado ya un siglo desde los regímenes de Hitler y Mussolini. El mundo ha cambiado profundamente y nuestras sociedades lo han hecho en consecuencia: la política de masas ya no existe, la atomización es el sello distintivo de la nueva era. Por otra parte, ni siquiera en el pasado, en ese “mundo de ayer” muerto y enterrado, todos los autoritarismos eran fascistas. Digámoslo así: se puede ser reaccionario, nacionalista, autoritario y antidemocrático sin ser necesariamente fascista. Pero esto no hace que la situación sea menos grave. Lo que tenemos ante nuestros ojos es una nueva extrema derecha que defiende un autoritarismo posliberal eficientista y antiigualitario. Sus raíces se hunden en el pensamiento antiilustrado y en el reaccionarismo antiliberal de finales del siglo XVIII. En definitiva, se trata de una cultura política –plural, heterogénea– de larga trayectoria que se ha nutrido de diversas fuentes.
7. El extremismo es el nuevo mainstream
En las últimas décadas, las ideas extremistas se han normalizado. La ventana de Overton se ha desplazado radicalmente hacia la extrema derecha: ideas que se consideraban inaceptables se han convertido en sentido común y, como último paso, se incluyen en el ordenamiento jurídico. En Rusia y Hungría, la homosexualidad se compara legalmente con la pedofilia. En Estados Unidos, declararse antifascista implica ser considerado miembro de un grupo terrorista. Ya casi no escandaliza que importantes influencers MAGA afirmen en público que las mujeres no deberían tener derecho de voto, que el presidente argentino Javier Milei considere la justicia social un cáncer que hay que erradicar o que miembros del Gobierno israelí definan a los palestinos como “animales” y reivindiquen un genocidio en mundovisión. Las fantasías conspirativas se afirman a diestro y siniestro, empezando por la del Gran Reemplazo, según la cual las élites globalistas están llevando a cabo un plan para sustituir a la población europea por inmigrantes musulmanes. El presidente de la primera potencia mundial puede repetir que quiere anexionarse otros territorios, incluso de países aliados, como Groenlandia o Canadá, obviando el derecho internacional. Los referentes intelectuales de la nueva extrema derecha, como Curtis Yarvin, encuentran adeptos al afirmar que las democracias deberían ser sustituidas por nuevas monarquías absolutas y que los pobres deberían ser encerrados en una habitación y conectados día y noche a la realidad virtual.
La nueva era no es solo la época de la posverdad, la desinformación y los bulos, sino también aquella en la que el extremismo se ha convertido en mainstream. Además de las consecuencias de la hegemonía neoliberal, no se puede entender este cambio sin tener en cuenta el impacto de las nuevas tecnologías, que han permitido la viralización de ideas y narrativas extremistas y, por lo tanto, la normalización de la extrema derecha y el autoritarismo. No por casualidad, las dos últimas palabras del año del Oxford Dictionary fueron, en 2024, brain rot, es decir, “podredumbre cerebral” o “cerebro podrido”, en relación con el deterioro mental debido al consumo excesivo de contenidos online de baja calidad, y, en 2025, rage bait, es decir, “cebo de ira”, en referencia a los contenidos online creados para causar indignación y generar reacciones emocionales fuertes, aprovechando la polarización y el funcionamiento de los algoritmos de las plataformas sociales.
8. Los partidos y las instituciones democráticas viven una parálisis incapacitante
A pesar de algunas victorias electorales y algunas decisiones acertadas, la mayoría de los partidos e instituciones democráticas no se han dado cuenta de que todo ha cambiado. Razonan con los viejos paradigmas y proponen recetas de antaño que, además de ser poco realistas en estos años veinte del siglo XXI, ya no tienen ningún atractivo, ni siquiera entre quienes las defienden.
El establishment liberal ha visto cómo se le desmoronaba el terreno bajo sus pies, pero en lugar de dar un salto –o, al menos, intentarlo, como ha instado en repetidas ocasiones Mario Draghi, uno de los pocos exponentes lúcidos de las viejas élites–, intenta aferrarse al último trozo de roca, lo que, en el mejor de los casos, solo conseguirá prolongar su agonía. El ejemplo más claro es la respuesta de la Comisión Europea a las amenazas de Trump, con Ursula Von der Leyen arrodillándose en un campo de golf escocés ante los dictados del nuevo autoproclamado emperador de Mar-a-Lago, y Kaja Kallas fingiendo que nada ha cambiado en las relaciones entre Bruselas y Washington.
En el peor de los casos, mostrando una increíble miopía, el establishment liberal intenta copiar a la extrema derecha con el objetivo de evitar ser canibalizado y superar lo que cree que es un huracán pasajero, lo que acaba por allanar el camino al autoritarismo posliberal. Así, vemos a una derecha democrática en claro declive y en profunda crisis de identidad –desde Merz hasta Macron, desde Tusk hasta Von der Leyen– e incluso a una parte de la izquierda socialdemócrata que ha perdido completamente el rumbo –desde Starmer hasta Frederiksen– aprobando políticas conservadoras y reaccionarias en materia de inmigración, defensa, seguridad, derechos o medio ambiente. A pesar de sus errores e incapacidades, son muy pocos –Lula, Sánchez, Sheinbaum, Petro, Mamdami– los que parecen entender el quid de la cuestión: nada volverá a ser como antes.
9. La religión vuelve a ser un arma política
La nueva era se caracteriza por la renovada centralidad del uso político de la religión en todas las latitudes. Si bien el tema no es nuevo en el mundo musulmán o hindú, sin duda lo es en Occidente, donde, tras décadas de secularización, habíamos dado por amortizada la religión. Aunque aumenta el número de ateos y agnósticos, los nuevos líderes autoritarios utilizan la religión más que nunca, amparándose en la supuesta protección de Dios, como nuevos monarcas absolutos por la gracia divina.
Encontramos sus variantes más dispares tanto en el mundo católico como en el protestante, evangélico y ortodoxo, pero también en el judaísmo, el hinduismo o el islamismo: la bendición de la invasión de Ucrania por parte del patriarca Kirill; las referencias al Antiguo Testamento de Netanyahu para justificar el genocidio de Gaza o la ocupación de Cisjordania; el uso que Modi hace del hinduismo; Trump, que se considera salvado por Dios por haber escapado al intento de asesinato de Boulder; Milei citando compulsivamente la Torá; Bolsonaro bautizándose en el río Jordán; la defensa de la identidad cristiana de Hungría e Italia por parte de Orbán y Meloni; las referencias a la Reconquista de Abascal y Ventura… Pero, sin salir de Estados Unidos, basta pensar en el funeral del supremacista blanco Charlie Kirk, en los tatuajes del secretario de Guerra, Pete Hegseth –la inscripción “Deus Vult” y la cruz de Jerusalén, símbolo del supremacismo blanco y referencia a las cruzadas medievales– o en las elucubraciones pseudoteológicas de Peter Thiel sobre el apocalipsis y el Anticristo. Un nuevo tipo de nacionalismo cristiano, que va de la mano del sionismo judío, está cada vez más presente con pensadores como Yoram Hazony o Rod Dreher y cada vez más activo también en las bases de la extrema derecha. Es una religión declinada de forma agresiva, excluyente e identitaria.
10. La respuesta al ‘¿Qué hacer?’ solo puede ser colectiva
La respuesta a la vieja pregunta leninista no caerá del cielo, ni será formulada por ningún intelectual. Solo podrá surgir de la sociedad, es decir, solo podrá ser colectiva. Me temo que llevará tiempo –seguramente años, probablemente una generación–, porque lo que hay que reconstruir, desde el punto de vista material y de valores, aumenta cada día que pasa. Ilusionarse con que una derrota de la extrema derecha en una elección concreta signifique un punto de inflexión es solo una mera ilusión. Mientras tanto, al menos se puede evitar caer en el abismo.
Los partidos democráticos deberían evitar ceder a los cantos de sirena de la extrema derecha y defender las instituciones y los derechos conquistados. Las instituciones europeas deberían oponerse con fuerza al neoimperialismo autoritario estadounidense, evitando la no solución del apaciguamiento –un suicidio lento– y saliendo del letargo de la “vasallización feliz”: ahora mismo, hay que desengancharse de lo que se ha convertido en el lazo atlántico, construir una verdadera autonomía estratégica –que no puede ser solo militar y, mucho menos, sobre bases nacionales– y defender lo que queda del multilateralismo abriéndose a los actores democráticos del Sur Global. Como mínimo, se debería intentar gobernar la economía –redistribuyendo la riqueza y reduciendo las desigualdades– y situar en el centro de la acción política la cuestión medioambiental –que ahora ha pasado a un tercer plano– y la tecnológica con todo lo que ello conlleva –el fin de la dependencia de las Big Tech estadounidenses, cuyos proyectos autoritarios deben combatirse sin vacilaciones, y la reducción de la brecha con China7–.
Sin embargo, es necesario replantearse completamente los paradigmas existentes: los antiguos ya no funcionan en esta nueva era. Por lo tanto, hay que empezar desde cero: reconstruir la sociedad –ahora licuada, atomizada–, crear un sentido de comunidad –que no sea el identitario y etnonacionalista de la extrema derecha–, volver a librar la batalla de las ideas –la extrema derecha lo lleva haciendo desde hace años y ahora está cosechando los frutos–, tejer alianzas y redes transnacionales –porque la solución no puede ser solo local–. Todos debemos sentirnos involucrados.
Volviendo a las tres categorías de Hirschman, la “salida” no es una opción porque significaría dejar el campo libre para la imposición definitiva del nuevo orden autoritario, y la “lealtad” tiene poco sentido porque el establishment actual no tiene ideas o sufre una parálisis incapacitante. La única posibilidad es la “voz”, es decir la participación y la protesta8. Este debe ser el punto de partida.
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Notas:
- Wendy Brown, En las ruinas del neoliberalismo: El ascenso de las políticas antidemocráticas en Occidente, Traficantes de sueños, 2021.
- Véanse George Monbiot y Peter Hutchison, La doctrina invisible. La historia secreta del neoliberalismo (y cómo ha acabado controlando tu vida), Capitán Swing, 2025 y Quinn Slobodian, Hayek’s Bastards: The Neoliberal Roots of the Populist Right, Allen Lane, 2025.
- Colin Crouch, Posdemocracia, Taurus, 2004.
- Mark Lilla, El regreso liberal: Más allá de la política de la identidad, Debate, 2021.
- Steven Forti, Democracias en extinción. El espectro de las autocracias electorales, Akal, 2024.
- Santiago Gerchunoff, Un detalle siniestro en el uso de la palabra fascismo. Para qué no sirve la historia, Anagrama, 2025, pp. 80-81.
- Véase Emanuele Felice, Manifesto per un’altra economia e un’altra politica, Feltrinelli, 2025.
- Albert O. Hirschman, Salida, voz y lealtad. Respuestas al deterioro de empresas, organizaciones y estados, FCE, 1977.
6. Es el turno de los pueblos.
https://medium.com/la-tiza/es-el-turno-de-los-pueblos-f7e49287f33b
El turno es de los pueblos
Por La Tizza / Editorial

Los Estados Unidos han invadido Venezuela y nuestra voluntad de transformar el mundo, aunque hayan obtenido, hasta ahora, más réditos con el primer objetivo que con el segundo. Los halcones quieren demostrar — con su democracia de portaaviones y helicópteros de doble rotor, con la cobardía alfombrada de las salas de mando desde donde monitorean a buen resguardo sus decretos de muerte— que nada puede resistirse a su voluntad de dominación, que son los amos del mundo, de Nuestra América.
Quieren hacernos pagar con miedo las deudas de su pánico. Pero — ¡oh error de cálculo!— somos acreedores de otras deudas.
La Tizza habla y hablará de Venezuela porque no creemos en la «no intromisión en los “asuntos internos” de otros países», un recurso burgués que presta servicio al imperialismo y al capitalismo. Si estos últimos no conocen fronteras, ¿por qué habríamos nosotros de parar mientes en ellas?.
Al mundo lo definen dos asuntos fundamentales, y ninguno es, en rigor, «interno» — en virtud de la universalización que han alcanzado las relaciones sociales—: el del sometimiento de la Humanidad — de unos Estados-Nación a otros, de unas personas a otras, de unas ideas, unos modos de pensar y concebir la vida a otros, etc.— y el de la lucha contra dicho sometimiento. Bien mirados, todos los demás asuntos, matices y escalas gravitan en torno a esas dos grandes masas de la acción histórica.
Treinta y dos combatientes cubanos asesinados son nuestra fuente de derecho para hablar. De su postrer sacrificio y heroísmo somos deudores.
La metralla que segó la vida de un centenar de personas el 3 de enero no atañe solo al pueblo venezolano, sino al conjunto de América Latina y el Caribe.
Venezuela se ha convertido en un epicentro simbólico y material de la disputa por el orden mundial en un contexto de transición hegemónica. Y fue, desde Chávez, un revés enconado para los Estados Unidos, pues demostró que sin desarrollar una insurrección popular y siguiendo en lo esencial las reglas de la democracia liberal podía ascender al gobierno un proyecto revolucionario. Se trata de un hecho que destruye la defensa ideológica del modelo liberal como inmune a las apuestas revolucionarias. Pero a diferencia de la Unidad Popular chilena en el siglo pasado, el proyecto chavista ha sabido ser duradero en el tiempo y construir un poder estable.
A contrapelo también de los progresismos en la región, el chavismo logró una fusión compleja entre movimiento popular, instrumento político y fuerzas armadas.
De ahí que los Estados Unidos necesiten destruir la evidencia, anular a la Venezuela que superó sucesivas pruebas de resistencia en las condiciones del asedio económico más feroz. El ejemplo pone en jaque la actualización de la estrategia de poder de los Estados Unidos.
Si la dominación es consustancial al imperialismo, parte de su naturaleza; las formas de concretarla se ajustan siempre al momento histórico. Ya no son los tiempos de la «guerra contra el terrorismo» de Bush, una estrategia que relanzó el poder yanqui en el mundo, con un énfasis muy claro en el control de las reservas de hidrocarburos — por medio de la imposición de gobiernos lacayos— y en el aumento de la represión.
Trump ha lanzado una nueva línea de dominación que se alimenta de la oleada fascista global y busca liderarla. La invasión a Venezuela forma parte de una estrategia de control regional, tanto como la victoria electoral de las nuevas derechas al estilo Milei. El objetivo es recuperar el terreno perdido, imponer la mayor coerción sobre las clases populares, tanto en lo político como en lo económico. En pocas palabras, una nueva oleada represiva y la reinvención simbólica de las derechas, con el regreso del fascismo como herramienta geopolítica. No se trata solo del control directo del territorio, sino de la instauración de un clima ideológico de sometimiento, donde cualquier alternativa al capitalismo sea presentada como inviable, castigada con el aislamiento, el colapso económico y finalmente intervenida, si nada de lo anterior funcionase.
La invasión a Venezuela es una operación militar y psicológica que, al desplegar su aparato de violencia y terror armamentístico, busca convencer a los pueblos del mundo de su impotencia. El mensaje es uno: «nuestro poder es irresistible». Pero tales amenazas son el anverso de un profundo pavor. El momento de mayor demostración de fuerzas revela angustias estructurales. El sistema sabe que funciona sobre un campo minado. El imperio sabe que los pueblos pueden vencer, ¿pero, lo saben los pueblos?
En días como los que corren, cuando la rabia impide a veces reflexionar con hondura, las grandes potencias se reparten y distribuyen viejas y nuevas zonas de influencia. Dos veces, en la historia del siglo XX, ese reparto se decidió en el terreno militar. El momento actual no parece ser diferente, pero durante demasiado tiempo, los pueblos y las fuerzas revolucionarias se han sometido al rechazo abstracto del uso de la violencia, como un mecanismo de dudosa disculpa o defensa propia. Con consecuencias traumáticas, el orden mundial que emergió en 1945 murió con la estrepitosa caída de la URSS. En un fino juego geopolítico las grandes potencias de hoy tratan de dirimir sus antagonismos históricos sin acudir al teatro de operaciones. Las reservas de petróleo de Venezuela constituyen un factor ineludible de esa contienda, que quiere resolverse contra los pueblos y dándoles la espalda.
Tres rasgos han mostrado los Estados Unidos en el manejo de la nueva situación. El primero, fabricar un enemigo externo «narcoterrorista», con una narrativa mediática impuesta al mundo, y convertida en sentido común dentro de los análisis que difunde un amplio arco de medios de derecha. En segundo lugar, la realización de ataques relámpagos «quirúrgicos» televisados con espectacularidad para infundir temor y producir control y disciplinamiento. Tercero,
mostrar sin filtros ni culpa — al estilo del «pusimos la bomba, ¿y qué?» que los cubanos conocemos bien— el propósito verdadero: la apetencia geopolítica, su metodología de cambios controlados de regímenes que no obedecen al mandato norteño y que son clave para la recomposición orgánica del capital.
Por otro lado, dos actores de peso en ese nuevo reparto mundial no han respondido a la altura del reto que les ha impuesto Trump: Rusia y China. Sí han estado, sin embargo, dispuestos a resguardar sus tradicionales intereses geopolíticos: Ucrania en el caso de Rusia, Taiwán en el de China. Pero no han mostrado la misma disposición y agresividad para salirse de su espacio de pertenencia y entablar una disputa real con los Estados Unidos, como sí lo ha hecho este último al contender sin ambages por convertir a Ucrania y Taiwán en actores funcionales del debilitamiento de los dos hegemones eurasiáticos.
En lo fundamental, Rusia y China proveen respaldo diplomático, venden armas y ofrecen algún tipo de blindaje económico — siempre parcial—, pero evitan una confrontación directa y sistémica. La entrega de Siria, el abandono de Gaza, la ausencia de respuesta contundente ante los ataques quirúrgicos y selectivos contra Hamás y Hezbollah en el Líbano, y la ofensiva contra Irán, que comenzó con el asesinato impune de Soleimani, y se coronó con el ataque a las instalaciones nucleares, muestran un peligroso «dejar hacer» que ha tenido en Venezuela su punto culminante. Acaso, algunos olvidan las consecuencias de las políticas de apaciguamiento a Hitler, o los graves efectos del Pacto Ribbentrop-Molotov.
Tenemos la obligación de recordarles que la paz que se consigue en arreglos entre Estados es siempre precaria, y no puede sustituir a aquella que se arrebata con la lucha sin cuartel a favor de los pueblos y de la mayor suma de justicia social posible.
Nos enfrentamos a la realidad de un nuevo reparto mundial entre las grandes potencias, en el que la soberanía de los pueblos representa el peón intercambiable. Una pax interestatal — provisional, como antes—, que sacrifica la emancipación y el derecho a ser de los pueblos.
Nada le fiamos a estos actores, tradicionalmente identificados como contendientes de los Estados Unidos. No serán ellos ni sus estrategas sesudos quienes defiendan nuestra autodeterminación. No lo han hecho por Palestina, ¿lo harán por Venezuela? ¿Lo harán por Cuba? ¿Lo harán por todos nosotros?
El imperialismo apuesta por el miedo y exige que la dirección venezolana conduzca una transición que termine con cualquier vestigio de la Revolución bolivariana. La opción por cuadros del gobierno chavista para acometer el plan en tres fases que se ha venido divulgando, persigue granjearle al imperialismo una victoria doble: por un lado, asegurar la muerte política del chavismo (su desprestigio e imposibilidad de ganar nunca más el voto popular) con el esquema de concesiones-colaboración diseñado para fracturar la capacidad de interlocución política del gobierno venezolano. Adelantamos que si, como desean los autores norteamericanos del plan, se produce una escisión entre chavismo y pos-chavismo, la pérdida de conquistas sociales y los retrocesos en materia de justicia e igualdad serán atribuibles a este último. Por otro lado, la opción por cuadros del gobierno chavista busca garantizarle gobernabilidad a la transición, sin quiebres o desequilibrios sociales internos que hagan más ingente y difícil de consumar el control de la industria petrolera venezolana y del rumbo del país en la arena internacional. Esta táctica de «continuidad» aparente se encamina a conseguirle al invasor ambas victorias en el corto y mediano plazos.
Estados Unidos apuesta por la desunión y por la traición a los principios por los cuales Chávez entregó su vida y su pueblo ha escrito páginas de heroísmo imborrable. La regresión a la «normalidad neocolonial» no es un dato de cierta «fuerza de gravedad geopolítica» en la que creen y de la que se lamentan ahora muchos ilustrados intelectuales: ha tenido que ser impuesta a cañonazos. El terror mayor de los Estados Unidos es que su relativo declive hegemónico esté asistido por la capacidad de las fuerzas populares para resistir el «efecto succión» de su hundimiento y vencer.
No hay dudas de la gravedad de la situación actual. De facto, hay una transición en curso en Venezuela: ahora queda por ver hacia dónde se dirige y quiénes y cómo la controlan. Más que nunca, se pone en evidencia la centralidad de la lucha de clases y de la importancia geopolítica de construir alternativas propias que no pasen por las entelequias del llamado multipolarismo, que solo ha servido para dotar de más agresividad al polo estadounidense. Las señales provenientes de Venezuela hoy no son claras, más allá del ruido mediático de uno y otro lado. Las declaraciones parecen más hablarles a sus bases que el grado en que sus postulados pueden verificarse en la práctica y desarrollo de los acontecimientos.
Las declaraciones y la simbología, por sí mismas, no son un problema para el imperialismo, acostumbrado como está a actuar bajo un pragmatismo que se acomoda a discursos y situaciones cambiantes; pero el deslinde de aquellas de los hechos sí es un peligro para el movimiento popular y las fuerzas revolucionarias en Venezuela y fuera de ella, para la movilización, la confianza y la voluntad de millones de personas humildes dispuestas a la defensa activa de la integridad territorial y de la permanencia de un horizonte emancipatorio en Venezuela.
Para Cuba, por razones obvias, los acontecimientos de Venezuela no resultan ajenos ni lejanos. La imbricación entre la Revolución cubana y el proceso de cambios iniciado en 1999 en Venezuela fue in crescendo y ha resistido diversas pruebas a lo largo de estos veinticinco años, incluyendo la desaparición de los fundadores de esa relación: el comandante en jefe Fidel Castro y el comandante Chávez.
No es por ello casual que los adversarios y enemigos de la Revolución cubana abriguen esperanzas de que un eventual cambio de régimen en Caracas sea el puntillazo final del ataúd tantas veces rearmado para Cuba. Tampoco es casual que para los revolucionarios cubanos — lo mismo que las emotivas jornadas de abril de 2002 o las tristes de marzo de 2013— el seguimiento de la situación en Venezuela desde el sábado 3 de enero sea parte de la cotidianidad.
En el arco diverso que va desde la extrema derecha contrarrevolucionaria hasta la que pretende presentarse como izquierda — pero que termina por cobardía en la senda de la derecha—, el discurso ha tenido como marcadores comunes la justificación del secuestro — por activa, repitiendo la narrativa gringa del «narcoterrorismo»; por pasiva, poniendo en entredicho la legitimidad del gobierno de Maduro— y la colocación de un presunto espejo para Cuba.
En ambos casos se parte del presupuesto que constituye la delicadísima situación económica, política y social que vive Cuba, para adelantar una agenda interna contrarrevolucionaria. Conocen perfectamente la gravedad de la crisis por la que atraviesa el país y albergan la esperanza de conducirla para que desemboque en una crisis terminal de la Revolución.
Mientras unos sueñan con una conmoción social definitiva, e incluso con una guerra civil, otros — en apariencia menos «extremistas»— exigen al gobierno cubano su suicidio y la renuncia a lo único que ha demostrado ser garantía de su supervivencia: el ejercicio efectivo del poder, incluyendo el poder militar.
Unos y otros se convierten en cómplices, en diversos grados, tanto de la agresión imperialista contra Venezuela como de las que están en curso contra nuestro país, comenzando por el criminal bloqueo de los Estados Unidos, y las que se produzcan en el futuro.
Los capitalistas no entienden de Patria. Su Patria es el capital. Varios de estos personajes, que restablecieron con Cuba una relación de conveniencia cuando sus jefes del Departamento de Estado les dieron permiso para tener aquí franquicias y negocios — el capital no se rige tampoco por la coherencia moral o por principios cuando la posibilidad de su acumulación se abre, aunque se abra bajo «dictaduras»—, se apuran ahora en pedir al gobierno cubano más concesiones — concesiones a ellos en calidad de «pioneros» de la era Obama, de «Pilgrim Fathers» a bordo de un nuevo Mayflower; y concesiones en general—. Con lo primero, buscan apalancarse ante la que consideran, todavía en voz baja y disfrazada, como una probable transición en Cuba, de la mano y eslora de los buques ahora mismo posicionados frente a nuestras costas. Apalancarse y ser vistos por las fuerzas de transición como los que «dieron primero» para que les sea consentido «dar dos veces» cuando todo acabe.
Con lo segundo — las concesiones en general— parecen sugerir al gobierno cubano que «evite» que caigan sobre la Isla las bombas yanquis. Algo así como una rendición preventiva, una transición preventiva, un abandono preventivo de la soberanía. Una especie de iniciativa reaccionaria para procurarnos la disculpa yanqui, cuando aún estamos a tiempo. Un bajar la cabeza frente a nuestra gloria, nuestros mártires; una deposición progresiva de nuestra dignidad nacional para evitar la alternativa que Trump acaba de considerar como la última que falta ensayar con Cuba: «entrar y destruirlo todo».
Desde esta perspectiva, la responsabilidad sobre la agresión queda prefijada no en quien agrede ni en quien invade, sino en el agredido que lo ha propiciado. «Evítennos, como hasta ahora, tener que competir con otros buitres; y vuélvanse buitres igual, en este mundo de halcones», parecen decir.
En un mundo donde los Estados-Nación priorizan sus cálculos de poder por encima de la solidaridad antimperialista consecuente, la iniciativa recae en la articulación transnacional entre los pueblos. Esto implica la necesidad de superar el antimperialismo retórico para construir redes de apoyo material, comunicación y acciones políticas coordinadas. Denunciar y confrontar la complicidad de las élites locales que se pliegan al imperialismo. Reinventar la diplomacia de los movimientos sociales, capaces de presionar a sus gobiernos y generar, donde se pueda, alianzas por fuera de los cauces estatales tradicionales.
La articulación transnacional entre los pueblos tiene que servir también para para hacer la revolución. La revolución como respuesta de los pueblos frente a la agresión.
Que se multipliquen de uno a otro confín la espada de Bolívar y el rifle del Che. Que no quede ni un soldado ni una base yanqui en América Latina. Que nuestros pueblos se levanten y dirijan sus luchas no solo contra la presencia militar extranjera sino contra las oligarquías locales y los gobiernos cipayos que le sirven de comparsa y apoyo a la aventura imperialista. Que la ola revolucionaria toque a las puertas de Wall Street y aliente una rebelión allí, en las entrañas del monstruo, contra el dominio de los millonarios, que envían a los mismos de siempre, a los desposeídos del Norte, a pelear las guerras de los poderosos. Que las balas no apaguen el infinito.
Venezuela es un laboratorio del siglo XXI, allí se decide la sostenibilidad — posible y necesaria— de un proyecto soberano frente a la combinación de guerra híbrida, asedio económico y ofensiva ideológica global.
No pueden secuestrarnos las certezas: no hay otro camino que la lucha en todos los frentes y la unión de los pueblos del mundo frente al imperialismo. Solo unidos tendremos la fuerza para contestar su infamia y su tiranía. La paz — si somos capaces de evitar que esta sea el silencio vergonzante de los sepulcros— no será el resultado de un acuerdo entre cúpulas, sino de la capacidad de los pueblos para imponer desde abajo un nuevo equilibro de fuerzas y vencer. Es el turno de los pueblos.
7. Contra la proscripción de Palestine Action.
Mientras los presos políticos en huelga de hambre en Gran Bretaña entran en una etapa crítica, Craig Murray acude a los tribunales escoceses para intentar que se levante la prohibición de Palestine Action en esa zona del país.
https://www.craigmurray.org.uk/archives/2026/01/court-of-session-tomorrow-on-palestine-action/
Tribunal de Sesiones mañana sobre Palestine Action
11 de enero de 2026
En el mundo occidental actual, luchar por la libertad parece una quijotesca, pero aun así mañana me levantaré temprano para estar en el Tribunal de Sesiones de Edimburgo a las 9 de la mañana y luchar contra la proscripción de Palestine Action en Escocia.
Sigo muy preocupado por la vida de los huelguistas de hambre de Palestine Action. Como predije, el gobierno de Starmer ve sus posibles muertes como una oportunidad para pulir sus credenciales populistas, derechistas y sionistas.

La audiencia de mañana por la mañana está limitada por el juez a dos puntos de objeción del gobierno británico: que no tengo legitimidad para presentar el caso, ya que no soy miembro de Palestine Action, y que los tribunales escoceses no deben conocer de un asunto que ya se está decidiendo en los tribunales de Inglaterra y Gales.
En cuanto a la legitimación, presento pruebas mediante declaración jurada de que no existe «afiliación». Palestine Action nunca ha tenido una estructura de afiliación. Pero colaboré y ayudé a los cofundadores, Huda Ammori y Richard Barnard, casi desde el inicio de la organización. Hablé junto a ellos en plataformas públicas para pedir apoyo a Palestine Action (mientras era legal), participé en una protesta de Palestine Action en una fábrica de Elbit y proporcioné asesoramiento y apoyo.
Huda Ammori ha presentado una declaración jurada que concluye así:
12. Craig Murray no solo apoyaba activamente a Palestine Action en Internet, compartiendo acciones y dando a conocer los objetivos y la estrategia de Palestine Action, sino que también se había sumado a la acción masiva contra la fábrica de sistemas tácticos UAV de Elbit Systems.
13. También lo considero un amigo íntimo y un confidente, con quien solía hablar sobre los retos a los que yo y otras personas nos enfrentábamos personalmente debido a la represión estatal de Palestine Action. Por las razones expuestas, creo que está claro que Craig Murray participó y apoyó activamente a Palestine Action y, por lo tanto, está en una posición inmejorable para impugnar legalmente la proscripción de Palestine Action.
Creo que sería una interpretación extremadamente antiliberal de la legitimación desestimar el caso por considerar que no tengo legitimación.

Este caso judicial tiene un giro kafkiano que muestra los efectos escandalosos de la proscripción. Quería demostrar el efecto intimidatorio sobre el periodismo y el efecto limitador sobre la libertad de expresión, ilustrando las cosas que me gustaría escribir ahora sobre Palestine Action y que la proscripción hace que sea ilegal escribir.
Mis abogados me aconsejaron encarecidamente que no lo hiciera, ya que ello daría lugar a mi detención y a cargos por terrorismo. Las pruebas presentadas ante el tribunal no son discursos privilegiados.
Por lo tanto, no puedo decirle al tribunal lo que el ataque a mi libertad de expresión me impide decir. Por lo tanto, no puedo ilustrar la absurda desproporción de la restricción.
Este es un ejemplo del extraordinario agujero negro que absorbe las libertades y al que nos ha llevado la prohibición de un grupo no violento.
Pasando a la segunda parte del argumento, esto es lo que dice mi declaración jurada sobre la jurisdicción de los tribunales escoceses:
21. Pero si se necesita un estatus particular, yo lo tengo. He participado en las protestas de Palestine Action y las he apoyado de forma demostrable. Soy colega y colaborador de los fundadores de Palestine Action. Soy un periodista cuya libertad de expresión está siendo restringida de forma desproporcionada. Tengo un interés particular demostrable y duradero en Palestina y en las libertades de los artículos X y XI.
22. Soy escocés. Vivo en Escocia. Escocia es donde deseo publicar mis opiniones en apoyo de Palestine Action. Escocia es donde se están vulnerando mis derechos humanos establecidos en los artículos X y XI.
23. Deseo solicitar la protección de los tribunales de mi propia jurisdicción contra la vulneración de mis derechos por parte del ejecutivo dentro de esta jurisdicción.
24. Según tengo entendido, los tribunales escoceses no están subordinados ni son inferiores a los tribunales de Inglaterra y Gales. Su opinión es igualmente válida y, lo que es más importante, los tribunales de Escocia tienen el derecho absoluto de adoptar una opinión diferente, incluso en un asunto muy similar o idéntico, a la de los tribunales de Inglaterra y Gales.
25. El efecto desproporcionado de la proscripción de Palestine Action sobre las personas en Escocia ha sido espantoso. Decenas de personas pacíficas y de buena conducta han sido detenidas bajo el absurdo pretexto de «terrorismo».
26. Los cargos relacionados con el terrorismo cambian la vida. No solo conllevan una posible pena de prisión, sino también la pérdida del empleo, la exclusión bancaria y la pérdida de acceso al dinero, así como severas restricciones para viajar al extranjero…
40. En la tradición jurídica escocesa, la soberanía recae en el pueblo, no en la Corona en el Parlamento.
41. En la tradición jurídica y constitucional inglesa, el Parlamento puede hacer cualquier cosa, por muy autoritaria que sea. El Parlamento podría legislar para derogar la Ley de Derechos Humanos o cancelar las elecciones, y es probable que los tribunales ingleses lo respaldaran si se aprobara debidamente en el Parlamento y lo aprobara la Corona.
42. Creo que la tradición escocesa de pensamiento y práctica jurídica debe proporcionar, y de hecho proporciona, una mayor protección al pueblo frente a un gobierno arbitrario y opresivo, tal y como se expresa en la Declaración de Derechos, que sigue en vigor. Por eso creo que es importante que un tribunal escocés conozca de esta revisión judicial en Escocia para proteger al pueblo escocés de lo que considero una acción ejecutiva arbitraria, opresiva, motivada políticamente e intelectualmente absurda
. Se nos ha asignado la Sala n.º 1 del Tribunal de Sesión. Esta sala cuenta con una amplia tribuna para el público, y espero que aquellos que puedan hacerlo acudan a la vista. Comenzará a las 9:30 de la mañana del lunes y pedimos a la gente que se reúna fuera a partir de las 9:00. Soy consciente de que las 9:00 de la mañana de un lunes en el tormentoso enero de Edimburgo no es una perspectiva muy atractiva, pero creo que es importante mostrar al juez que la gente realmente se preocupa por estas cuestiones.
Si ganamos, se llevará a cabo una revisión judicial completa que analizará cuestiones más amplias como la prevención del genocidio y el derecho a tomar medidas directas, así como el efecto desproporcionado de la proscripción sobre la libertad de expresión y de reunión.
Para aquellos que no puedan estar aquí en persona, la audiencia se retransmitirá en directo a partir de las 9:30 de la mañana del lunes.
Lamento decirlo, pero seguimos necesitando donaciones para seguir adelante con esto. Es algo muy caro. Una de las cosas en las que se apoya el Gobierno es que tiene recursos ilimitados y nosotros no. Si podemos repartir la carga entre suficientes pequeñas contribuciones, lo conseguiremos.
Estoy muy agradecido a las aproximadamente 670 personas que ya han contribuido. Cada céntimo ayuda, pero por favor, no se causen dificultades.
Pueden donar a través del enlace de Crowd Justice, que va directamente a los abogados, o a través de este blog.
https://www.crowdjustice.com/case/scottish-challenge-to-proscription/
8. Neoliberalismo desde abajo.
No es verdad que la gente vote a la extrema derecha porque esté engañada, defiende el autor, sino porque no se han construido formas de vida, relatos e instituciones que permitan interpretar la vida de otra manera. Me interesa la propuesta de Gago, menos el discurso sobre Deleze y Guattari.
https://jacobinlat.com/2026/01/las-masas-desearon-a-kast-no-fueron-enganadas/

Gabriel Boric Font, recibe en el Palacio de La Moneda al presidente electo, José Antonio Kast. eñ 15 de diciembre de 2025 (Vía Wikimedia Commons)
Las masas desearon a Kast, no fueron engañadas
Bernardo Jorquera
El desafío para las izquierdas no pasa por «abrirle los ojos» a su sociedad o por «desmontar» los engaños políticos y mediáticos sino por reconstruir instituciones, relatos y formas de vida en las no se deba elegir entre precariedad y autoritarismo.
Las explicaciones más recurrentes del triunfo del pinochetista José Antonio Kast suelen darse en dos ejes centrales: por un lado, la manipulación y la ignorancia, es decir, el campo comunicacional y la recepción pasiva de la ciudadanía. Por otro, «el voto contra sus propios intereses», como si esos intereses estuvieran hoy totalizados en una conciencia de clase sólida y no fragmentados por las condiciones materiales del capitalismo contemporáneo.
Ante ello, es inevitable traer la frase del filósofo Baruch Spinoza: «¿Por qué combaten los hombres por su servidumbre como si se tratase de su salvación?». La respuesta que se sugiere en este artículo no está en un «engaño», ni en la «ignorancia», ni sólo en la ineludible manipulación mediática. El propósito de este trabajo es darle un giro a aquellas lecturas que parecen haberse instalado en la región y en el mundo hace una década, lecturas que reaparecen cada vez que existe un golpe en el escenario político y los pueblos eligen a lo que la izquierda suele denominar sus verdugos, formulando una y otra vez las mismas preguntas de: ¿Por qué las clases populares están votando a la ultraderecha? y ¿Por qué las izquierdas no son capaces de ser una alternativa para la clase trabajadora?”
Comencemos cuestionando la tesis del «engaño», la «manipulación» o lo que los viejos marxistas denominan «la falsa conciencia». Para el Lukács de Historia y conciencia de clase, el punto de partida no está en la ignorancia de las masas o en su manipulación (que hoy realizan las grandes empresas tecnológicas por medio de los algoritmos), sino en la reificación, es decir, en una subjetividad en donde las relaciones sociales se ven fragmentadas en un orden natural e inevitable, en el que no aparecen las relaciones de poder y los procesos históricos por los cuales existen las jerarquías y la desigualdad económica. De esta manera, la construcción de una conciencia de clase capaz de ser tomada activamente por las clases trabajadoras no fracasa porque ellas «no entiendan», sino porque no existe una infraestructura discursiva y material capaz de cristalizar en un horizonte emancipador y colectivo las experiencias de precariedad laboral, endeudamiento e inseguridad de futuro.
A partir de lo anterior, es que Mark Fisher, haciendo una lectura contemporánea de Lukács, nos explica en Deseo postcapitalista la forma en que aquella experiencia reificada es utilizada por el neoliberalismo para construir la estructura de un sujeto que se ve a sí mismo como capital humano, como un ser en el mundo totalmente individualizado y desprendido de cualquier colectividad social para enfrentar sus problemas. Así, Fisher describe que en los setenta existió un «descentramiento» de la clase, para luego desaparecer en los noventa. Sin embargo, el autor británico, que escribió en los albores de la llegada del primer mandato de Trump a la Casa Blanca en 2016, advertía diciéndonos que existía «una vuelta a la clase», pero esta vez, en clave identitaria:
¿Cómo podría un desarrollador inmobiliario multimillonario ser un ventrílocuo de las preocupaciones y angustias, de la subjetividad de la clase trabajadora? Es una buena pregunta, pero el hecho es que logró serlo. Hay razones complejas que explican eso. Por un lado, había una razón fantasmática… Parte de la forma en que opera la supresión de la conciencia de clase es a través del reclutamiento fantasioso de los subordinados en la identificación con una carrera (…). Eso se debe en parte a que se alienta a las personas a creer que ya son ricas, sólo que aún no tienen dinero.
Así, la vuelta a la clase en forma identitaria o reificada no supone una recomposición de la clase como totalidad social —en el sentido lukacsiano de una posición estructural en la producción de riqueza—, sino su transformación en una matriz discursiva, simbólica y afectiva capaz de movilizar la rabia y el hastío de la precariedad neoliberal hacia élites políticas y culturales, que consideran como un impedimento para el despliegue de significantes que le dan forma a esta matriz discursiva, como la libertad, el emprendedurismo y el progreso individual. Es decir, tal como describe Fisher, la identidad de clase es una base desde la cual movilizar un descontento como un lugar de tránsito y de carrera hacia la perspectiva de ser empresario, «dueño de tu propio tiempo» o «tu propio jefe».
En ese sentido, José Antonio Kast, en su primer discurso como presidente electo, también construyó esa matriz discursiva, simbólica y afectiva bajo la cual la clase constituye una identidad desde donde desplegar un fenómeno de canalización de la rabia y el malestar social, al igual que Trump. El ejemplo más patente de esto, tal vez esté uno de sus discursos más recientes, cuando luego de conocer los resultados que le daban más de 15 puntos de diferencia porcentuales y dos más de dos millones de votos con la candidata del oficialismo Jeannette Jara, el ahora presidente electo afirmó frente a sus adherentes: «Ganó ese Chile que trabaja, ese Chile que madruga».
Parafraseando lo que Fisher dijo de Trump, ¿Cómo podría un empresario de ojos azules y apellido alemán ser un ventrílocuo de la clase trabajadora chilena? Sin duda Kast quiso construir un discurso alejado de lo que pudiera parecer a «elite», aún cuando fuera muy difícil salir de un estereotipo muy instalado en la sociedad chilena. Prueba de ello es que en la franja televisiva intentó realizar piezas audiovisuales para contraponerse a esa narrativa, apelando a valores como el esfuerzo, el trabajo y el sacrificio en relación a su historia familiar. En un spot sostuvo: «El origen de mi familia es sencillo. Agricultores alemanes, ninguno de los dos tuvo educación universitaria. Llegaron a Chile con mucho esfuerzo. Ellos dos trabajaban de sol a sol, por lo que uno trabaja siempre, por sus hijos».
De esta manera, podemos ver que Kast intenta sacarse el estigma de ser de la élite, apelando a una suerte de meritocracia y de esfuerzo de una supuesta familia de inmigrantes que, gracias a su trabajo, pudo progresar. De modo que, al igual que en el trumpismo y el bolsonarismo, se busca presentar como élite a la burocracia estatal, a lo que Kast denomina «los operadores políticos», y a los intelectuales «woke», que constituirían aquella «casta» que, a través de una lógica moralizante, aparece como una dirigencia espuria, ineficiente y desconectada de la gente común. A saber, como una mediación ilegítima entre el individuo y la posibilidad de maximización de su capital humano.
Llegados a este punto, podríamos entender que el éxito de la ultraderecha radica en su capacidad para apropiarse de la identidad de clase y movilizar el malestar social. Sin embargo, una explicación que se detenga únicamente en el éxito de su discurso y en la movilización afectiva que este produce daría cuenta solo de una recepción pasiva, de arriba hacia abajo. Precisamente eso es lo que pone en cuestión Verónica Gago con su concepto de «neoliberalismo desde abajo», en el que las condiciones materiales de la cotidianidad configuran un sujeto neoliberal, profundamente arraigado a la búsqueda de salidas hiper individualizadas a las condiciones de precarización de la vida.
De esta manera, Gago propone un esquema que opera de forma inmanente en su concepto de neoliberalismo desde abajo, pues son las formas de la vida cotidiana las que reproducen esa lógica en el ejercicio diario de reproducción de la vida. Así, la filósofa argentina plantea esta apropiación de la lógica neoliberal por parte de los sectores populares como una serie de tecnologías, prácticas y afectividades que impulsan el emprendedurismo, la autogestión y la responsabilidad únicamente individual. Precisamente, lo que Gago conecta con la conceptualización del neoliberalismo de Foucault, es decir, como una gobernabilidad que empuja hacia la exacerbación de las libertades individuales.
De allí que, para no caer en una explicación ni moralizante ni sólo de reproducción ideológica, sea imprescindible tomar la caracterización que Gilles Deleuze y Felix Guattari hicieron del deseo. Estos últimos, sostienen en El Anti-Edipo que el deseo no es una carencia, ni un error o distorsión provocada, sino una fuerza productiva que atraviesa toda la vida social. Dicho de otro modo: no existe un deseo «puro» y ajeno a una sociedad que luego lo distorsiona. El deseo y la organización de lo social se producen juntos, al mismo tiempo, y se moldean mutuamente. Por eso su frase resulta tan incómoda: «Las masas no fueron engañadas; desearon el fascismo, y eso es precisamente lo que hay que explicar».
Así, los autores advierten que los regímenes autoritarios como el nazismo o el fascismo, no incurrieron en una «manipulación» o en un simple «engaño», sino que ciertas condiciones materiales e históricas pueden movilizar a las masas a desear la represión, el autoritarismo o los ajustes económicos severos. El problema para las izquierdas, entonces, no pasa sólo por «abrirle los ojos» a su sociedad o por «desmontar» el engaño de la ultraderecha, sino por preguntarse qué determinadas condiciones materiales e históricas posibilitan un deseo reaccionario, que inclusive, puede tener consecuencias materiales que profundicen la crisis de las clases populares.
De ahí, que Deleuze y Guattari nos inviten a pensar los procesos de ruptura y cambio social no sólo como movimiento, reforma o cambio radical de instituciones, sino como desterritorialización del deseo, es decir, un proceso en donde se modifica el sentido del deseo que estaba puesto en instituciones sociales y políticas concretas, borrando o desdibujando los marcos de sentido que antes hacían predecible, segura o monótona la vida social. Así, una desterritorialización del deseo modifica expectativas, afectos, responsabilidades o formas de pertenencia que antes se daban por sentadas en la sociedad.
De esta manera, el último ciclo político chileno, que va desde el inicio de «La Revuelta Popular» de octubre 2019 hasta el triunfo de José Antonio Kast a fines de 2025, puede pensarse, a la manera de Deleuze y Guattari, como un prolongado ciclo de desterritorialización y reterritorialización del deseo. Así, el estallido social abrió una gran caja de energía social deseante de cambios, escondida por décadas, una potencia colectiva difícil de encauzar que socavó grandes consensos simbólicos, políticos, institucionales y sociales. A ello se sumó la inesperada pandemia del COVID-19, que unos meses después aceleró las incertidumbres y el miedo por el futuro, cultivando un clima de catástrofe y de abismo, que se intensificó aún más por la crisis económica causada por la pandemia.
En ese escenario, el gobierno de Gabriel Boric, en primer lugar, no logró generar una reterritorialización del deseo en certezas materiales y afectivas, que a la salida de la pandemia, tenían a la sociedad chilena todavía conmocionada por ese periodo difícil, tanto en lo psicológico como en lo económico. En segundo lugar, la Convención Constitucional tampoco fue una herramienta efectiva para conducir esas incertidumbres, pues en la redacción de la propuesta de nueva Constitución política —al margen de todos los errores propios— no existía la posibilidad concreta de ir materializando aquellas conquistas sobre las que se iba avanzando en la discusión constitucional. Lo cual, sumado a .a ausencia de un relato común anclado en los sectores populares, abrió el camino para un desprestigio general de su gobierno y para la captura de un relato peyorativo por parte de los medios de comunicación y las derechas.
De esta manera, fue en ese contexto de incertidumbre y de no anclaje que las derechas lograron poco a poco ir reteritorializando nuevamente el deseo hacia certezas más conservadoras y reaccionarias, donde en una vuelta a las significaciones tradicionales como las de familia, nación y orden, lograron representar una promesa tangible y creíble de estabilidad en un momento convulso. En definitiva, un deseo desorientado y sin anclaje o piso que, ante una falta de alternativa de salida emancipatoria o colectiva tangible, se volcó a una reterrotorialización autoritaria que fue aprovechada por diversas figuras de la derecha y la ultraderecha, incluído al propio Kast.
Hasta aquí, hemos descrito cómo el deseo no sólo puede tener una potencia emancipatoria en fenómenos sociales como las revueltas, sino que también puede incurrir en una configuraciones autoritarias y reaccionarias gracias a una invocación de las incertidumbres y miedos causados por esa desterritorialización y no anclaje del deseo. Sin embargo, esto sólo explica una parte del fenómeno, lo que nos falta es identificar cómo ese deseo adquiere una cristalización simbólica, una coherencia moral y un discurso afectivo capaz de movilizar a un amplio grupo de la sociedad.
En ese sentido, en Bolsonarismo y extrema derecha global: una gramática de la desintegración, Rodrigo Nunes nos ofrece un marco para comprender cómo ese deseo reaccionario es capturado a través de una mediación ideológica y de una gramática que produce una matriz discursiva con la que los sujetos no solo se representan la realidad, sino que también la habitan. En primer lugar, retomando la definición althusseriana de ideología como «la relación imaginaria de los individuos con sus condiciones reales de existencia», el autor sostiene que la ultraderecha no se limita a captar el malestar: lo narra. Es decir, construye una explicación de la crisis cotidiana que viven los sujetos, ofreciendo un relato que ordena culpas, responsabilidades y promesas. De este modo, la ultraderecha formula diagnósticos del abismo contemporáneo mientras que propone soluciones aparentemente simples y prácticas, que parecen surgir naturalmente de ese mismo diagnóstico.
Esa narrativa, que actúa como mediación ideológica, comienza a producir reglas, formas y sentidos que organizan los actos y prácticas cotidianas. Es lo que Nunes, retomando a Wittgenstein, denomina una gramatología: un conjunto de normas implícitas que indican qué puede decirse, qué es legítimo sentir y cómo deben interpretarse los conflictos. De este modo, la narrativa deja de ser sólo discurso y se convierte en una forma de vida: moldea relaciones, orienta prácticas políticas concretas y crea comunidades afectivas que se reconocen y movilizan en torno a esa narrativa autoritaria.
En efecto, esta gramática no se queda en el nivel discursivo y se vuelve práctica cotidiana, organizando la forma en que las personas interpretan su propia vida y la de los demás. Así, el discurso de Kast diciendo que «Ganó el Chile que madruga», condensa la narrativa del esfuerzo individual, esa que se traduce en aceptar trabajos cada vez más precarios «porque hay que salir adelante», en asumir la culpa personal por el endeudamiento, en apoyar políticas de mano dura, aunque afecten y tengan consecuencias en los propios barrios donde habitan los sectores populares, o en desconfiar de cualquier forma de acción colectiva, porque es vista como pérdida de tiempo o manipulación política. En este sentido, la gramática reaccionaria no sólo explica el mundo: produce sujetos que actúan, sienten y deciden de acuerdo a ella.
A la luz de lo expuesto, el triunfo de José Antonio Kast deja de aparecer como un simple error electoral o como el resultado exclusivo de la manipulación mediática. Fue, más bien, la cristalización de un proceso en el que la ultraderecha logró articular el malestar generado por años de precariedad con una narrativa moralizante capaz de ofrecer pertenencia, estabilidad y sentido allí donde predominaban la incertidumbre y el desgaste. La pregunta ya no es «por qué las clases populares votan contra sus intereses» sino por qué, en ausencia de horizontes colectivos convincentes, el deseo social encontró en el orden autoritario la promesa más disponible de seguridad y realidad. La tarea que se abre no pasa por moralizar ese fenómeno, sino por disputar sus condiciones, reconstruyendo instituciones, relatos y formas de vida en las que el deseo pueda orientarse de otro modo, sin tener que elegir entre precariedad y autoritarismo.
Referencias:
Deleuze, G. & Guattari, F. (1985). El Anti Edipo. Capitalismo y Esquizofrenia. Paidós.
Fisher, M. (2024). Deseo postcapitalista. Las últimas clases. Caja Negra.
Gago, V. (2014). La razón neoliberal. Economías barrocas y pragmática popular. Tinta Limón.
Kast, J.A. (2025, 30 de noviembre). Capítulo 1, “El Cambio que Chile necesita” [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=XToMa2O4CWs&t=49s
Kast, J. A. (2025, 5 de diciembre). El primer discurso del presidente electo José Antonio Kast [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=_zNEZuTNCMQ
Lukács, G. (1969). La posición del proletariado. En Historia y conciencia de clase: Estudios de dialéctica marxista. Grijalbo.
Nunes, R. (2024). Bolsonarismo y extrema derecha global: una gramática de la desintegración. Tinta Limón.