DEL COMPAÑERO Y MIEMBRO DE ESPAI MARX, CARLOS VALMASEDA.
ÍNDICE
1. Escobar sobre Irán.
2. El corredor del Golfo.
3. EEUU y el comercio mundial de petróleo.
4. Los beneficios de África van al norte.
5. Rodney, hoy.
6. Narco Rubio.
7. La impunidad israelí vista desde la filosofía griega.
8. Debate Durand-Morozov.
1. Escobar sobre Irán.
En una intervención en vídeo, del que los compañeros de Observatorio no dan el enlace, Escobar da su opinión sobre la importancia de Irán para un mundo multipolar.
https://observatoriocrisis.com/2026/01/14/pepe-escobar-iran-la-operacion-secreta-que-nadie-ve/
Pepe Escobar: Irán, la operación secreta que nadie ve

Irán es la llave maestra que puede destruir toda la arquitectura multipolar que Rusia y China han estado construyendo sistemáticamente durante los últimos 15 años
Transcripción de la intervención del analista geopolítico Pepe Escobar en su último streaming emitido por YouTube
Hola, soy Pepe Escobar y estoy aquí desde un lugar que prefiero mantener discreto por razones que muy pronto van a comprender. Lo que les voy a contar no es simplemente otra historia más sobre protestas en Oriente Medio. Mis queridos amigos, lo que está sucediendo en Irán en estos últimos días es algo que va a cambiar para siempre el tablero geopolítico mundial.
Tengo aquí mi taza de té persa. Sí, té iraní auténtico que siguió en mis últimos viajes por la ruta de la seda. Y mientras observa las hojas que danzan en el fondo del cristal, no puedo evitar pensar en las corrientes subterráneas que están sacudiendo todo el sistema mundial como lo conocemos.
La historia más extraordinaria apenas está comenzando y lo que nadie les está contando va a cambiar todo lo que creían saber sobre el Medio Oriente. Porque lo que ningún medio occidental se atreve a revelar, y aquí viene la primera gran bomba de hoy, es que lo que estamos presenciando no es una simple revuelta popular espontánea, es el intento de colapso controlado de una de las últimas piezas clave del gran ajedrez euroasiático.
Y las implicaciones, Dios mío, las implicaciones van mucho más allá de lo que cualquier analista de Washington o Londres se atreve ni siquiera a imaginar. Estamos en las primeras 72 horas de lo que podría convertirse en el evento más significativo en Asia occidental desde la Revolución Islámica de 1979. Pero hay algo que los medios corporativos deliberadamente ocultan, algo que cambia toda la narrativa por completa.
Aquí es exactamente donde esta historia se vuelve absolutamente explosiva. Porque mientras CNN y BBC nos hablan de protestas espontáneas por la libertad, mientras The Washington Post glorifica románticamente a los luchadores por la democracia, la realidad sobre el terreno es infinitamente más compleja y déjenme decirles sin rodeos infinitamente más peligrosa para el futuro de la humanidad. Arranquemos desde el verdadero principio, diciembre de 2025.
Las primeras manifestaciones aparentemente comenzaron por el costo de vida, por la inflación galopante, por las mismas quejas económicas legítimas que hemos visto en docenas de países en los últimos años. nada particularmente extraordinaria a primera vista, ¿verdad? Pero aquí está el primer detalle que debería hacer sonar todas las alarmas de cualquier analista serio: la coordinación militar.
En mi experiencia de tres décadas cubriendo revoluciones de colores desde Georgia hasta Ucrania, desde Hong Kong hasta Bielorrusia, hay ciertos patrones operacionales que simplemente no mienten. Y lo que estamos viendo en Irán sigue exactamente el mismo manual de operaciones que hemos observado una y otra vez.
Primer indicador irrefutable, la sofisticación extraordinaria de las comunicaciones. A pesar del corte total y absoluto de internet que implementó el régimen iraní el jueves pasado, de alguna manera misteriosa, los manifestantes continúan coordinándose con una precisión que raya en lo militar. ¿Cómo diablos es esto posible? Se preguntarán ustedes. Bueno, aquí entra en juego el primer elemento tecnológico que nadie quiere mencionar públicamente. Los terminales Starlink de contrabando que han estado llegando a Irán durante los últimos 6 meses a través de rutas que pasan por Kurdistán, Azerbaiyán y Armenia.
Pero esa no es ni siquiera la parte más impactante de toda esta operación. Porque hay algo que acabo de confirmar con fuentes de inteligencia en tres continentes diferentes y esto va a sacudir los cimientos de todo lo que creían entender sobre la geopolítica actual. Resulta que las protestas en Irán no comenzaron espontáneamente en diciembre del año pasado.
La preparación logística comenzó hace más de 18 meses, coordinada meticulosamente desde centros de operaciones que van desde Fort Langley Virginia hasta Tel Aviv , pasando por ciertos edificios muy específicos e identificables en Londres y París. Los centros de entrenamiento en Polonia, donde se preparó a los líderes estudiantiles, los campos de Georgia donde se entrenó en técnicas de guerra urbana, los laboratorios de narrativas en Estonia donde se fabricaron los mensajes para redes sociales.
El patrón es siempre idéntico, siempre exactamente el mismo. Primero, se identifica un país que está bloqueando los intereses geoestratégicos del imperio decadente. Segundo, se infiltran masivamente las redes sociales con narrativas prefabricadas y focus groups. Tercero, se prepara durante años a los líderes estudiantiles en universidades occidentales específicas. Cuarto, se establece toda la infraestructura financiera necesaria para sostener meses y meses de operaciones costosas y finalmente se elige el momento perfecto para activar simultáneamente toda la red dormida.
¿Y cuál fue exactamente el momento perfecto para activar la operación Irán? Aquí es donde todo encaja de manera aterrorizante. Exactamente cuando Trump regresa al poder con su agenda renovada de máxima presión sobre el régimen iraní. Exactamente cuando Israel necesita desesperadamente una distracción masiva de su situación completamente insostenible en Gaza y en Líbano. Exactamente cuando la alianza estratégica entre Irán, Rusia y China está alcanzando niveles de cooperación militar y económica sin precedentes históricos.
Pero esperen, porque aquí viene la parte que nadie ve, pero que cambia todo el análisis geopolítico, porque resulta que estas protestas no están dirigidas realmente contra el sistema teocrático iraní per sé. Esa es apenas la fachada mediática . El verdadero objetivo es mucho más ambicioso y, francamente, mucho más aterrador para el futuro de todos nosotros.
El objetivo real es destruir definitivamente el último eslabón independiente en la cadena energética euroasiática que conecta básicamente a Rusia con China, pasando estratégicamente por Asia central e Irán. Es romper para siempre el corredor energético más crucial del siglo XXI.
Piénsenlo detenidamente por un momento. Irán no es solamente Irán. Irán es el corredor energético estratégicamente crucial. entre el petróleo y gas rusos y los mercados asiáticos en expansión. Irán es el eslabón geográfico que permite que China acceda a recursos energéticos masivos sin depender de las rutas marítimas controladas por la armada estadounidense.
Irán es, literalmente hablando, es la llave maestra que puede hacer o destruir completamente toda la arquitectura multipolar que Rusia y China han estado construyendo sistemáticamente durante los últimos 15 años de coordinación estratégica. Y aquí está el detalle cronológico que debería hacer temblar a cualquier analista geopolítico serio del planeta.
Lo que está pasando en Irán está Perfectamente sincronizado con lo que acaba de suceder en Venezuela con la captura de Maduro. Coincidencia temporal. Por favor, somos adultos. En geopolítica de alto nivel no existen las coincidencias, especialmente cuando hablamos de operaciones simultáneas de esta magnitud estratégica.
Tengo información verificada, confirmada e independiente de fuentes, tanto en el Kremlin como en Beijin, de que el momento preciso de estas operaciones coordinadas no es para nada casual. El imperio estadounidense y sus vasallos europeos tienen una ventana temporal muy específica de aproximadamente 4 a 6 meses antes de que la expansión completa de BRICS Plus se consolide definitivamente e irreversiblemente. Antes que el nuevo sistema financiero paralelo esté completamente operativo y funcional. Antes de que las nuevas rutas comerciales terrestres de La franja y La Ruta hagan completamente irrelevante todo el sistema occidental de control marítimo mundial.
Esta es su última oportunidad real y en Washington lo saben perfectamente. Por eso la desesperación es palpable, por eso la brutalidad sin disimulos, por eso están completamente dispuestos a arriesgar una conflagración regional. que podría escaparse totalmente de cualquier control racional.
Porque déjenme ser absolutamente cristalino sobre algo fundamental que Trump acaba de declarar: “Si ustedes empiezan a disparar, nosotros también vamos a empezar a disparar”. No es retórica vacía para consumo mediático. Las fuerzas estadounidenses desplegadas en todo el Golfo Pérsico están en máxima alerta de combate desde hace 72 horas. Los israelíes han puesto discretamente sus fuerzas nucleares en estado de preparación total.
Y lo más inquietante de todo, hay conversaciones muy serias y documentadas en círculos militares estadounidenses sobre un ataque preventivo masivo contra todas las instalaciones nucleares iraníes usando armas nucleares tácticas si es necesario.
La diferencia, esta vez, la diferencia crucial es que Irán no está solo como estaba en 1979. La diferencia es que cualquier ataque militar contra territorio iraní significa automáticamente la activación inmediata de tratados de defensa mutua con Rusia y China. La diferencia es que estamos literalmente a una decisión impulsiva de poco distancia de la tercera guerra mundial nuclear. Y aquí es exactamente donde la historia toma un giro completamente inesperado que nadie calculó, porque hay algo que las élites occidentales no calcularon correctamente en sus “modelos de simulación”.
Hay algo que su arrogancia imperial histórica simplemente no les permite ver ni comprender. Resulta que el pueblo iraní común, más allá de sus quejas absolutamente legítimas contra la corrupción y autoritarismo de su gobierno, entiende perfectamente lo que realmente está en juego.
Resulta que la inmensa mayoría de los iraníes tiene memoria histórica y recuerda exactamente lo que pasó en Irak, en Libia, en Siria, en Afganistán. Resulta que no quieren, bajo ninguna circunstancia convertirse en el próximo éxito “democrático” de la libertad exportada mediante bombardeos masivos y ocupación militar. Las manifestaciones están perdiendo fuerza rápidamente. Y no solamente porque el régimen haya reprimido brutalmente, aunque también lo haya hecho sin duda, sino porque la gente común iraní está empezando a comprender perfectamente el verdadero juego geopolítico.
Están comenzando a ver con claridad que detrás de las banderas románticas de la libertad y la democracia occidental se esconde la misma agenda imperial depredadora de siempre, la misma agenda que convirtió a Libia en un mercado de esclavos, la misma que sumió a Irak en 20 años de guerra sectaria, la misma que está intentando fragmentar Siria desde hace más de una década. Pero hay algo más, algo extremadamente significativo que me confirmaron fuentes muy cercanas al Consejo Supremo de Seguridad Nacional iraní durante una conversación que tuve ayer por la noche.
El régimen iraní ha estado preparándose meticulosamente para este escenario durante años. tienen planes de contingencia militar que van desde el cierre total e inmediato de todas las exportaciones petroleras del Golfo Pérsico hasta hasta opciones de respuesta que francamente prefiero no detallar específicamente en un canal público de YouTube.
La verdadera pregunta ahora es completamente diferente a todo lo que están discutiendo en los medios occidentales. La verdadera pregunta que debería quitarnos el sueño a todos es ; ¿está realmente el mundo preparado para las consecuencias similares a un cataclismo, de lo que está a punto de suceder en las próximas semanas?
Porque si estas operaciones coordinadas fracasan estrepitosamente y todo indica que van a fracasar de manera humillante, el imperio estadounidense va a quedar expuesto globalmente como lo que realmente es un tigre de papel nuclear con dientes nucleares, pero sin garras convencionales efectivas para usarlos de manera coherente.
El fracaso completo en Irán, combinado con el desastre que se está desarrollando en tiempo real en Venezuela, más la humillación militar absoluta en Ucrania, más la pérdida irreversible de control sobre todas las rutas comerciales asiáticas, significa una cosa muy simple, pero trascendental, el fin definitivo de 500 años de dominación occidental sobre el sistema mundial.
Pero las élites psicopáticas del imperio no van a aceptar esta nueva realidad histórica sin una lucha desesperada hasta la muerte. Y aquí es precisamente donde las cosas se vuelven realmente peligrosas para toda la humanidad, porque un animal imperial herido de muerte es infinitamente más peligroso que un animal que todavía tiene control de la situación.
Permítanme contarles algo que absolutamente nadie más se atreve a decir públicamente en ningún medio occidental. Y tengo esta información de fuentes que obviamente prefiero no nombrar, pero que tienen acceso directo y documentado a las reuniones más clasificadas del Consejo de Seguridad Nacional de Washington
Hay una discusión muy seria sobre lo que internamente llaman la opción Sansón nuclear. La idea completamente psicopática de que si el imperio americano va a colapsar históricamente, entonces todo el sistema de civilización mundial debe colapsar junto con él en una conflagración final. Es una mentalidad absolutamente demencial, pero es terriblemente real y es absolutamente aterrorizante para cualquier persona racional en el planeta.
La lógica interna es simple, pero enloquecida. Si ya no podemos controlar y dominar el mundo como lo hemos hecho durante siglos, entonces nadie más puede tenerlo. Si China y Rusia van a crear exitosamente un nuevo sistema multipolar próspero, entonces destruimos preventivamente todo antes de permitir que eso suceda. Por eso, las protestas en Irán son infinitamente más que simples protestas internas. son el detonador calculado de una crisis que puede llevarnos directamente al abismo de una guerra nuclear global.
Por eso Trump está jugando literalmente con fuego atómico de una manera que debería aterrorizar a cualquier persona mínimamente racional en todo el planeta. Pero aquí viene la parte esperanzadora y luminosa de toda esta historia apocalíptica, porque hay algo fundamental que el imperio occidental no calculó en sus modelos predictivos. Hay algo que su arrogancia milenaria no les permite ver ni aceptar. El mundo ya cambió irreversiblemente.
El sistema multipolar ya existe y funciona. Las nuevas rutas comerciales ya están completamente operativas. Las nuevas alianzas estratégicas ya están consolidadas y son irreversibles. Lo que estamos presenciando día a día no es el nacimiento doloroso de un nuevo orden mundial, es la agonía terminal del viejo orden unipolar. es el colapso sistémico de un sistema internacional basado en la dominación militar y financiera, que ya no tiene bases materiales ni legitimidad para sostenerse.
China es ahora oficialmente la primera economía del mundo en términos reales de paridad de poder adquisitivo. Rusia ha demostrado militarmente que es completamente invencible en su propia esfera de influencia histórica. Los países del sur global han encontrado alternativas completamente funcionales al sistema financiero occidental controlado desde Wall Street.
El dólar como moneda de reserva mundial está viviendo literalmente sus últimos días. Irán es simplemente el campo de batalla simbólico donde se está librando la batalla final y decisiva entre el viejo mundo unipolar agonizante y el nuevo mundo multipolar ascendente, entre el unipolarismo imperial decadente y el multipolarismo soberano emergente, entre un pasado de dominación y un futuro de cooperación.
Y déjenme decirles con absoluta certeza cuál va a ser el resultado histórico final de esta confrontación titánica. El resultado ya está completamente escrito en las tendencias históricas objetivas que llevamos observando y documentando durante décadas enteras. El futuro de la humanidad pertenece inexorablemente a Eurasia integrada.
El futuro pertenece a la cooperación mutuamente beneficiosa en lugar de la dominación parasitaria. El futuro pertenece a un mundo multipolar donde ninguna potencia individual puede jamás imponer unilateralmente su voluntad sobre todos los demás. Las protestas en Irán van a fracasar estrepitosamente, no porque el régimen teocrático sea particularmente popular entre su población, sino porque representan un proyecto imperial occidental. que simplemente ya no tiene futuro histórico viable.
La gente iraní va a elegir conscientemente la independencia nacional imperfecta sobre la libertad fabricada en los laboratorios de Langley . Van a elegir la soberanía nacional problemática sobre la democracia exportada mediante bombardeos y ocupación militar extranjera. Y cuando eso suceda, inevitablemente, cuando la operación Irán fracase, como ya fracasó la operación Venezuela, como está fracasando estrepitosamente la operación Ucrania, el imperio va a tener que enfrentar una realidad que ha estado evitando desesperadamente durante décadas, que su tiempo histórico se acabó para siempre.
Pero, hay que poner atención los próximos 6 meses, porqué van a ser absolutamente cruciales para el destino de toda la civilización humana, porque un imperio en colapso terminal es exactamente como una estrella en explosión supernova. Puede destruir completamente todo a su alrededor antes de convertirse finalmente en una enana blanca insignificante.
Y ese es el peligro existencial real que enfrentamos todos los habitantes de este planeta en los próximos meses. El peligro no es que Irán se convierta mágicamente en una democracia occidental al estilo Hollywood. El peligro real es que las élites imperiales occidentales, en su desesperación terminal y su negación psicótica de la realidad hagan algo completamente irreversible para toda la humanidad.
El peligro es que en su intento desesperado de mantener un control global que ya perdió objetivamente, desaten fuerzas nucleares que literalmente nadie en el planeta puede controlar una vez liberadas. Por eso es absolutamente vital que todo el mundo esté atento y consciente. Por eso es tan importante que entendamos todos perfectamente lo que realmente está en juego aquí. No se trata para nada de democracia iraní versus teocracia persa. Se trata del futuro mismo de la civilización humana y de si va a sobrevivir intacta a esta transición histórica.
Los próximos días, las próximas semanas decisivas van a determinar si la transición inevitable hacia un mundo multipolar soberano se hace de manera relativamente civilizada y pacífica, o si vamos a tener que pasar todos por una conflagración global antes de llegar exactamente al mismo resultado final. La elección histórica, en última instancia no está realmente en las manos de Trump, ni de Netanyahu, ni de los Ayatolás iraníes, ni de Putin, ni de Xi Jinping.
La elección definitiva está en las manos de todos y cada uno de nosotros, en nuestra capacidad colectiva de ver claramente más allá de las narrativas fabricadas por los medios corporativos, en nuestra capacidad de entender los verdaderos intereses geoestratégicos en juego, en nuestra capacidad de exigir categóricamente a nuestros líderes que elijan la diplomacia constructiva sobre la guerra destructiva, la cooperación mutuamente beneficios sobre la dominación parasitaria, el futuro promisorio sobre el pasado decadente.
Porque el viejo mundo unipolar se está muriendo inexorablemente. Y todos nosotros somos los testigos directos y quizás los parteros históricos del nacimiento complejo de uno completamente nuevo. La única pregunta que realmente importa ahora es, ¿ese nuevo mundo multipolar va a nacer en relativa paz y cooperación o en guerra total y destrucción mutua?
La respuesta final depende de todos nosotros. Gracias por acompañarme en este viaje fascinante por las corrientes subterráneas más profundas de la historia mundial en movimiento. Nos vemos en el próximo Pepe Café, donde seguiremos desentrañando juntos todos los hilos de esta increíble transformación que está sacudiendo los cimientos del mundo tal como creíamos conocerlo. Hasta la próxima y manténganse siempre alerta. La historia se está escribiendo en tiempo real ante nuestros ojos
2. El corredor del Golfo.
Otro artículo sobre lo que está en juego en el actual conflicto de Arabia Saudí con los Emiratos. A los que acaban de echar completamente de Somalia, por cierto.
La ruptura entre Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos: una lucha de poder por el control del corredor del Golfo
A medida que Riad recupera el control de las rutas terrestres y marítimas que antes dominaba Abu Dabi, el futuro del transporte y la energía en el Golfo Pérsico se encamina hacia la colisión, y no hacia la cooperación.
Mawadda Iskandar
13 DE ENERO DE 2026
El afán de Arabia Saudí por dominar los corredores de transporte y energía del Golfo Pérsico tiene profundas raíces históricas. Ya en la década de 1940, el fundador del reino, Abdulaziz Al-Saud (conocido en Occidente como Ibn Saud), articulaba una visión expansiva de la soberanía que trascendía los mapas coloniales.
Cuando un funcionario británico le preguntó en la década de 1940 cuál era la percepción del reino sobre sus fronteras, Ibn Saud dirigió su mirada hacia el mar. Como el monarca imaginaba que su reino se extendería hasta el mar Arábigo y todo el golfo Pérsico, respondió: «Mi frontera está donde se encuentra la gacela».
Ibn Saud logró cumplir parte de sus sueños de controlar grandes extensiones de Yemen y extender su influencia en el golfo.
Aunque estas primeras ambiciones chocaron con los intereses coloniales británicos, sentaron las bases para la asertividad regional de Arabia Saudí y la cuidadosa partición de los territorios del Golfo que persiste hasta hoy. Londres, receloso de que una sola potencia dominara el Golfo, creó fronteras artificiales y fomentó las divisiones. Una de esas decisiones fue romper la conexión terrestre entre Qatar y Abu Dabi, lo que situó a Arabia Saudí en el papel logístico central que sigue definiendo la política de infraestructuras de la región.
Viejas disputas, nuevos escenarios
Las disputas fronterizas en el Golfo han estado latentes desde la década de 1970, tras la independencia de los EAU y la demarcación de nuevas fronteras entre los Estados del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG). Las más destacadas y duraderas de ellas afectaban al oasis de Buraimi, Khor al-Udeid y el yacimiento petrolífero de Shaybah, zonas de gran valor estratégico y económico. Estas disputas reflejaban fricciones territoriales más profundas que solo se resolvieron de manera superficial.
Según el Acuerdo de Yeda de 1974, los EAU cedieron amplias zonas del desierto de Al-Dhafra y la región de Al-Ain a cambio del reconocimiento formal por parte de Riad de la recién creada federación. A cambio, Arabia Saudí adquirió el control de la zona de Sabkha Matti, la disputada vía fluvial de Khor al-Udeid y parte del llamado Triángulo Sur. Lo más importante es que el reino pasó a poseer el 80 % de los pozos del yacimiento petrolífero de Shaybah.
Pero este intercambio dejó un sabor amargo en Abu Dabi. Los funcionarios emiratíes consideraron que las concesiones eran injustas y debilitaban estratégicamente al país. Especialmente controvertido fue el punto de acceso marítimo de Khor al-Udeid, que hacía que los EAU dependieran de la buena voluntad saudí para el tránsito hacia el este. La vaguedad del acuerdo sobre las fronteras marítimas, especialmente en zonas como Yasat, no hizo más que aumentar el descontento emiratí.
Estas tensiones subyacentes nunca se disiparon por completo. Tras la muerte del presidente fundador de los EAU, Zayed bin Sultan Al-Nahyan, en 2004, Abu Dabi reabrió el Acuerdo de Yeda, pero Riad se negó a revisarlo.
Un proyecto de puente marítimo directo entre los EAU y Qatar habría roto el aislamiento geográfico impuesto por el acuerdo, así como las reservas sobre el trazado del proyecto del gasoducto Dolphin, diseñado para transportar gas qatarí a los EAU a través de aguas en disputa. Con este solapamiento entre fronteras, corredores y energía, el conflicto ha pasado de un marco diplomático tácito a una fricción limitada sobre el terreno, sobre todo con el incidente con disparos de 2010 en Khor al-Udeid.
Más recientemente, la competencia se ha intensificado a través de la obstrucción pasiva, incluida la renuencia de Arabia Saudí a apoyar infraestructuras que eludan su territorio y los intentos de los Emiratos de profundizar sus lazos con Qatar y Omán a través del acceso marítimo directo, socavando la posición monopolística de Riad.
La influencia terrestre de Riad
Hoy en día, Arabia Saudí aprovecha su geografía para afirmar su dominio sobre las arterias más estratégicas del Golfo. Como único país que conecta Kuwait, Qatar, los Emiratos Árabes Unidos y Omán por tierra, Arabia Saudí es el eslabón indispensable de la red de transporte de la región. Desde la ambiciosa red ferroviaria del CCG, de 2117 kilómetros, hasta el oleoducto Petroline con destino a Yanbu, el reino controla el flujo de personas, mercancías y energía desde el Golfo Pérsico hasta el Mar Rojo.
Proyectos como el tren de alta velocidad Riad-Doha, el puente terrestre Dammam-Yeda y el vasto complejo NEOM afianzan aún más el control saudí sobre la arquitectura logística de la región. Otras iniciativas clave son el tren Desert Dream y el metro inteligente de Riad, que posicionan a la capital como modelo de movilidad urbana moderna. El proyecto del canal de agua Salman, de 950 kilómetros de longitud, que atravesará el Cuarto Vacío, es otro intento de redibujar el mapa, esta vez sin pasar por el estrecho de Ormuz.
Además de su dominio terrestre, Arabia Saudí es un centro estratégico para las rutas marítimas, ya que conecta el mar Rojo con el golfo Pérsico y une el Oriente árabe con el norte de África. Sus fronteras con Irak y Jordania la posicionan aún más como puerta de entrada para la distribución de mercancías en todo el mundo árabe. Los puertos del reino manejan aproximadamente 7 millones de contenedores al año y reciben más de 11 000 barcos, lo que sustenta una economía en la que el transporte marítimo desempeña un papel fundamental.
Esta importancia logística se ve reforzada por una red de oleoductos vitales. El principal de ellos es el oleoducto Petroline, que transporta alrededor de 5 millones de barriles de petróleo al día (bpd) desde los yacimientos orientales del reino hasta el puerto de Yanbu, en el mar Rojo, lo que facilita las exportaciones a Europa y Estados Unidos. Como complemento, existe la línea Abqaiq-Yanbu para líquidos de gas natural, con una capacidad de 290 000 bpd.
Arabia Saudí ha estructurado estos proyectos para garantizar que su territorio siga siendo indispensable para todos los movimientos norte-sur y este-oeste dentro del Golfo, convirtiendo la interdependencia económica en una herramienta de influencia política.
NEOM, en particular, revela la intención de Riad de ir más allá del tránsito. Concebido como un nodo central en un nuevo orden económico, su objetivo es gestionar directamente los flujos de carga y energía, aislándolos de los puntos de estrangulamiento marítimos como Bab al-Mandab y el estrecho de Ormuz. Situado entre el mar Rojo y Jordania, NEOM ofrece a Riad la oportunidad de redirigir los flujos comerciales tradicionales y neutralizar el dominio emiratí en el mar.
El príncipe heredero Mohammed bin Salman (MbS) ha enmarcado el megaproyecto como el núcleo de una Arabia Saudí postpetrolera, un símbolo del resurgimiento nacional y el liderazgo regional. Al situar NEOM en la intersección de las nuevas cadenas de suministro mundiales, Riad no solo pretende competir con Jebel Ali o DP World de Abu Dabi, sino también establecer las reglas de la conectividad del Golfo para las próximas décadas.
El imperio marítimo de Abu Dabi
Abu Dabi, incapaz de competir en tierra, se volcó en el mar. Los Emiratos Árabes Unidos gestionan ahora el 60 % de la carga marítima del golfo Pérsico. La presencia global de DP World abarca más de 100 puertos y terminales, lo que le permite ofrecer una continuidad puerto a puerto y una integración de servicios financieros sin igual. Sus 12 puertos y 310 amarres anclan un imperio marítimo que se extiende desde el océano Índico hasta África Oriental.
Pero este imperio se asienta sobre aguas disputadas y alianzas precarias. Las adquisiciones portuarias de los EAU en Eritrea, Somalia y Yibuti se han visto ensombrecidas por acusaciones de ambición neocolonial. En Yemen, el control de Abu Dabi sobre puertos como Adén, Mukalla y Socotra no se ha conseguido mediante el comercio, sino a través de la fuerza militar y las milicias locales, a menudo dejando de lado a la coalición respaldada por Arabia Saudí.
En Sudán, la participación de los EAU en el desarrollo de los puertos del Mar Rojo ha sido objeto de críticas por eludir los marcos nacionales. En Somalia y Somalilandia, los acuerdos portuarios a largo plazo de DP World se han convertido en foco de acusaciones de control encubierto y erosión de la soberanía. Estas medidas, aunque lucrativas, corren el riesgo de ser excesivas, sobre todo porque Riad busca puntos de entrada similares en África para contrarrestar el alcance de los Emiratos.
Estos puestos avanzados han permitido a los EAU eludir los puntos de estrangulamiento terrestres de Arabia Saudí, al tiempo que se han afianzado en la costa este de África. Sin embargo, la militarización de estos corredores y la creciente asertividad de Abu Dabi han provocado una silenciosa reacción, no solo por parte de Riad, sino también de los actores locales y los movimientos de resistencia, cautelosos ante el control extranjero.
3. EEUU y el comercio mundial de petróleo.
Esta vez lo de Hudson no es una entrevista, sino un artículo suyo sobre el uso de EEUU del control del comercio mundial de petróleo como arma.
https://michael-hudson.com/
Cómo Washington utiliza la energía como arma
Lunes, 12 de enero de 2026
Utilizar el comercio mundial del petróleo como arma es la base del orden basado en normas de Estados Unidos
Irán (1953), Irak (2003), Libia (2011), Rusia (2022), Siria (2024) y ahora Venezuela (2026). El denominador común que subyace a los ataques y sanciones económicas de Estados Unidos contra todos estos países es la conversión del comercio mundial del petróleo en un arma por parte de Estados Unidos. El control del petróleo es uno de sus métodos clave para lograr el control unipolar sobre el amplio comercio mundial y los acuerdos financieros dolarizados. La perspectiva de que los países mencionados utilicen su petróleo en beneficio propio y para fines diplomáticos supone la amenaza más grave para la capacidad general de Estados Unidos de utilizar el comercio del petróleo para imponer los objetivos de su diplomacia.
Todas las economías modernas necesitan petróleo para alimentar sus fábricas, calentar e iluminar sus hogares, producir fertilizantes (a partir del gas) y plásticos (a partir del petróleo), y alimentar sus medios de transporte. El petróleo bajo el control de Estados Unidos o de sus aliados (British Petroleum, Shell de Holanda y, en la actualidad, la OPEP) ha sido durante mucho tiempo un punto débil potencial que los funcionarios estadounidenses pueden utilizar como palanca contra los países cuyas políticas consideran adversas a los designios de Estados Unidos: Estados Unidos puede sumir en el caos las economías de esos países cortándoles el acceso al petróleo.
El objetivo primordial de la diplomacia estadounidense actual en lo que sus estrategas denominan una guerra civilizatoria contra China, Rusia y sus posibles aliados del BRICS es bloquear la retirada de los países de la economía mundial controlada por Estados Unidos y frustrar el surgimiento de una agrupación económica centrada en Eurasia. Pero, a diferencia de la posición de Estados Unidos al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando era la potencia económica y monetaria dominante del mundo, hoy en día tiene pocos incentivos positivos para atraer a países extranjeros a una economía mundial centrada en Estados Unidos en la que, como ha dicho el presidente Trump, Estados Unidos debe ser el ganador en cualquier acuerdo de comercio exterior e inversión, y los demás países deben ser los perdedores.
Con el fin de aislar a Rusia, y detrás de ella a China e Irán, el presidente Trump utilizó sus aranceles del Día de la Liberación, el 2 de abril de 2025, para presionar a los líderes alemanes y de la UE para que se abstuvieran voluntariamente de importar más energía de Rusia, a pesar de que algunas partes del gasoducto Nord Stream 2 seguían operativas. La anterior aceptación por parte de Alemania y la UE de la destrucción de los gasoductos Nord Stream en febrero de 2022 es testimonio de la capacidad de los diplomáticos estadounidenses para obligar a los países a unirse —en su propio perjuicio— a las alianzas militares de la Guerra Fría de Estados Unidos y a seguir las políticas que este establece. La desindustrialización y la pérdida de competitividad de Alemania desde que se bloqueó su comercio de petróleo y gas con Rusia fue el sacrificio que Estados Unidos exigió a este país (y a la UE) en su afán por aislar y perjudicar a las economías rusa y china (y también, sin duda, para generar ingresos adicionales por la exportación de GNL).
Una característica general de la política de seguridad nacional de Estados Unidos es su poder para impedir que otros países protejan y actúen en defensa de sus propios intereses económicos y de seguridad. Esta asimetría se ha incorporado a la economía mundial desde el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando Estados Unidos ofrecía un enorme apoyo económico a las economías europeas devastadas por la guerra. Pero el poder coercitivo actual de Estados Unidos se basa principalmente en sus amenazas de causar daños y caos mediante la creación y explotación de puntos de estrangulamiento o, como último recurso, el bombardeo de países más débiles para obligarlos a cumplir sus exigencias. Esta influencia destructiva es la única herramienta política que le queda a una economía estadounidense que se ha desindustrializado y ha caído en una deuda externa de tal magnitud que ahora amenaza con acabar con el papel monetario dominante y lucrativo del dólar.
Al final de la Segunda Guerra Mundial, el dinero era el principal punto de estrangulamiento de las economías occidentales. El Tesoro de Estados Unidos estaba en camino de aumentar sus reservas de oro hasta el 80 % del oro monetario mundial, del que dependía la expansión financiera extranjera bajo el patrón dólar/oro para los pagos internacionales que duró hasta 1971. Dado que la mayoría de los países carecían de oro monetario y necesitaban pedir préstamos para financiar su comercio exterior y sus déficits en la balanza de pagos, los diplomáticos estadounidenses utilizaron el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial para conceder préstamos con condiciones que imponían políticas de privatización favorables a Estados Unidos, impuestos regresivos y la apertura de las economías extranjeras a los inversores estadounidenses. Todo ello se ha convertido en parte del sistema dolarizado del comercio internacional y de la política monetaria que lo financia.
Además del dinero, el petróleo se ha convertido en una necesidad internacional importante y, por lo tanto, en un posible punto de estrangulamiento. También ha sido durante mucho tiempo uno de los pilares de la balanza comercial estadounidense (junto con las exportaciones de cereales) y ha sido el principal apoyo del papel dominante del dólar en las finanzas desde 1974, cuando los países de la OPEP cuadruplicaron los precios del petróleo y llegaron a un acuerdo con funcionarios estadounidenses para invertir sus ingresos por exportaciones comprando bonos del Tesoro y valores corporativos estadounidenses y depósitos bancarios, bajo la amenaza de que no hacerlo se consideraría un acto de guerra contra Estados Unidos. El resultado fue la creación del mercado del petrodólar, que se convirtió en un pilar de la balanza de pagos de Estados Unidos y, por lo tanto, de la fortaleza del dólar.
Desde 1974, los funcionarios estadounidenses han tratado no solo de mantener el comercio mundial de petróleo y otras materias primas en dólares, sino también de que el petróleo y otros excedentes de exportación se presten (o se inviertan) en Estados Unidos. Este es el tipo de «devolución» que Donald Trump ha negociado durante el último año con países extranjeros como condición para permitirles mantener el acceso al mercado estadounidense para sus productos.
El ejemplo más reciente de esta insistencia fue el anuncio del Departamento de Energía, el 6 de enero, de que la Administración Trump permitiría a Venezuela exportar entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo, por un valor de hasta 2000 millones de dólares, y que esto «continuaría indefinidamente» de forma selectiva, sujeto a una disposición clave: «Los ingresos se depositarán en cuentas controladas por Estados Unidos en «bancos reconocidos a nivel mundial» y luego se distribuirán a la población estadounidense y venezolana a discreción de la administración Trump».
Estados Unidos exige privilegios prioritarios para sí mismo en el comercio mundial de materias primas vitales
En septiembre de 1973, un año antes de la revolución de los precios de la OPEP, Estados Unidos derrocó al presidente electo de Chile, Salvador Allende. El problema no era la «chilenización» de su industria del cobre. De hecho, ese plan había sido propuesto por las empresas cupríferas estadounidenses Anaconda y Kennecott. Consideraban que la compra negociada de empresas estadounidenses contribuiría a elevar el precio mundial del cobre. Eso creó un paraguas de precios para que las empresas aumentaran sus beneficios en sus propias explotaciones mineras y refinerías estadounidenses. Este fue el mismo principio que llevó a las empresas petroleras a aceptar las nacionalizaciones y la subida de precios de la OPEP en 1974.
La condición clave del acuerdo chileno sobre el cobre era que este se vendería en primer lugar a las empresas estadounidenses, independientemente del precio fijado por Chile. Las empresas cupríferas estadounidenses necesitaban esta garantía para asegurar a sus clientes de cableado eléctrico, armas y otras aplicaciones importantes un suministro continuo. Este derecho de tanteo era una concesión que no suponía ningún sacrificio económico para Chile. Pero Allende insistió en que esta concesión violaba la soberanía chilena. Era una exigencia innecesaria en lo que respecta a los intereses nacionales de Chile, pero Allende se mantuvo firme y fue derrocado.
En el caso de Venezuela, lo que más preocupa a los responsables de la seguridad nacional de Estados Unidos es que ha estado suministrando el 5 % de las necesidades de petróleo de China. También suministraba a Irán y Cuba, aunque Rusia la ha sustituido cada vez más como proveedor de estos dos países desde 2023. Esta libertad de Rusia y Venezuela para exportar petróleo ha debilitado la capacidad de los funcionarios estadounidenses de utilizar el petróleo como arma para presionar a otras economías amenazándolas con la misma retirada de energía que ha arruinado la industria y los niveles de precios alemanes. Por lo tanto, este suministro de petróleo que no está bajo el control de Estados Unidos se consideró una infracción del orden basado en las normas estadounidenses.
Para empeorar las cosas, Venezuela anunció en 2017 que iba a empezar a fijar los precios de sus exportaciones de petróleo en monedas distintas al dólar, lo que amenazaba la práctica del mercado del petrodólar. Y cuando China se convirtió en inversora en la industria petrolera de Venezuela, se habló de que el presidente Maduro empezaría a cotizar el precio de sus exportaciones de petróleo en yuanes chinos (al igual que acaba de hacer Zambia con sus exportaciones de cobre). Maduro dejó claro el desafiante guante que estaba lanzando. Ya en 2017 había anunciado que su objetivo era acabar con «el sistema imperialista estadounidense».
El orden basado en normas no escritas de Estados Unidos gobierna la economía mundial actual, no la Carta de las Naciones Unidas
La diplomacia estadounidense no se siente segura a menos que pueda hacer que otros países se sientan inseguros, y considera que su libertad de acción se ve amenazada si se permite a otros países decidir con quién comercian y qué hacen con sus ahorros. La política exterior estadounidense de crear puntos de estrangulamiento para mantener a otros países dependientes del petróleo bajo control estadounidense, y no del petróleo suministrado por Rusia, Irán o Venezuela, es uno de los medios clave de Estados Unidos para hacer que otros países se sientan inseguros. Pero esta política no se ha plasmado hasta ahora en documentos públicos. Hasta las contundentes declaraciones de la semana pasada de Trump y sus asesores, los diplomáticos estadounidenses parecían avergonzarse de declarar abiertamente y de forma explícita este y otros principios fundamentales del orden basado en normas de Estados Unidos.
La razón de esta reticencia era que estos principios son contrarios al derecho internacional (y también a los principios del libre mercado, que Estados Unidos ha suscrito hasta ahora, al menos en su retórica). El ataque militar de Estados Unidos a Venezuela y el secuestro del presidente Maduro son el ejemplo más reciente de ello. Aunque los dirigentes estadounidenses consideran que su agresión es un ejercicio permisible de los principios de su orden basado en normas, se trata de una violación flagrante —de hecho, un repudio— del derecho internacional, en particular del artículo 2(4) de la Carta de las Naciones Unidas, que establece, en efecto, que «una nación no puede utilizar la fuerza en el territorio soberano de otro país sin su consentimiento, una justificación de legítima defensa o la autorización del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas».
Por sorprendente que parezca, Estados Unidos justifica con frecuencia sus agresiones militares y sus amenazas por motivos de legítima defensa. El columnista del Financial Times Gideon Rachman, por ejemplo, informa de que «Estados Unidos cree que su propia seguridad nacional se vería amenazada si la industria taiwanesa de semiconductores cayera en manos de China, o si Pekín controlara el tráfico marítimo que atraviesa el mar de la China Meridional». Estados Unidos parece ser el país más amenazado y vulnerable del mundo, muy lejos de su antiguo poderío. El propio Trump parece vivir con miedo, llegando incluso a citar la ubicación geográfica de Groenlandia como una amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos: «Necesitamos Groenlandia desde el punto de vista de la seguridad nacional», declaró a los periodistas en el Air Force One el 4 de enero. «Groenlandia está cubierta de barcos rusos y chinos por todas partes». Ha prometido ocuparse de Groenlandia en los próximos dos meses. Y los líderes de la UE respaldan a Trump como el máximo protector de Europa frente a tales amenazas. El presidente de Letonia ha sugerido amablemente que las «necesidades legítimas de seguridad de Estados Unidos» deben abordarse en un «diálogo directo» entre Estados Unidos y Dinamarca.
Groenlandia debería formar parte de Estados Unidos», afirmó Stephen Miller, subjefe de gabinete de Trump para Política y Seguridad Nacional. «El presidente ha sido muy claro al respecto, esa es la posición oficial del Gobierno estadounidense». Descartando la idea de que la toma de Groenlandia implicaría una operación militar, advirtió que «nadie va a luchar militarmente contra Estados Unidos por el futuro de Groenlandia».
Y menos aún los daneses, al parecer. El aspecto más siniestro de las amenazas de Trump de anexionar Groenlandia a los Estados Unidos a principios de 2026 era la intención de los Estados Unidos, respaldada por la OTAN, de bloquear el acceso al Ártico desde el Atlántico Norte «a ambos lados del estrecho entre Groenlandia, Islandia y el Reino Unido por el que deben pasar los buques rusos y chinos para entrar en el Atlántico Norte». Un portavoz de la OTAN se refirió a los comentarios realizados por el secretario general Mark Rutte el [6 de enero], en los que dijo que «la OTAN colectivamente… tiene que asegurarse de que el Ártico siga siendo seguro». El propio Rutte declaró a la CNN que «todos [los miembros de la OTAN] estamos de acuerdo en que los rusos y los chinos son cada vez más activos en esa zona», lo que no deja lugar a dudas de que mantener el océano Ártico «seguro» significa «libre» de los buques chinos y rusos que ambos países han estado desarrollando para acortar las rutas y los tiempos de navegación.
Un editorial del Wall Street Journal respalda la afirmación de que Estados Unidos necesita defenderse de los países que siguen siendo independientes de su control. Señalando que «Estados Unidos también alegó la autodefensa como motivo para arrestar al dictador panameño Manuel Noriega», el periódico argumenta que el derrocamiento militar es «la única defensa contra los pícaros globales».
Más concretamente, advierte que sería una ilusión idealista pero anacrónica imaginar que el derecho internacional realmente rige las acciones de las naciones. «Como si Moscú y Pekín no pisotearan ya el derecho internacional cuando se interpone en su camino», resopla, descartando la relevancia del derecho internacional por haberse convertido en «el mejor amigo de los tiranos».
Por supuesto, el derecho internacional real siempre ha estado, en última instancia, sujeto al uso de la fuerza y al principio de «la fuerza hace el derecho». El asesor de Trump, Stephen Miller, expuso su filosofía en una entrevista con la CNN: «Vivimos en un mundo, en el mundo real… que se rige por la fuerza, que se rige por la potencia, que se rige por el poder. Estas son las leyes de hierro del mundo desde el principio de los tiempos».
Los diplomáticos estadounidenses pueden simplemente encogerse de hombros y preguntar cuántas tropas tiene la ONU. No tiene ninguna, y las resoluciones del Consejo de Seguridad están, en cualquier caso, sujetas al veto de Estados Unidos. Y Estados Unidos simplemente ignora las disposiciones de la Carta de las Naciones Unidas, como acaba de ver el mundo con el secuestro del jefe de Estado de Venezuela. Son las normas estadounidenses las que sirven como ley operativa a la que están sujetos otros países, al menos aquellos que se encuentran en la órbita comercial, financiera y militar de Estados Unidos.
Trump no tiene ningún reparo en reconocer el principio operativo que se aplica a su última diplomacia internacional: «Queremos el petróleo de Venezuela». Ya había confiscado petróleo en tránsito procedente de petroleros que salían de Venezuela el mes pasado. Y ha anunciado que si la presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, no acepta voluntariamente ceder el control de su petróleo, el ejército estadounidense entregará sus reservas de petróleo a empresas estadounidenses y traerá a un nuevo cliente cleptócrata o dictador para que gobierne el país en nombre de los intereses estadounidenses.
Cuando el Departamento de Estado de los Estados Unidos presionó a los países de la OPEP para que reciclaran sus ingresos por exportación de petróleo en valores en dólares estadounidenses en 1974, los líderes de la OPEP estuvieron dispuestos a hacerlo, porque los Estados Unidos eran, con diferencia, la principal economía financiera del mundo en ese momento. Sigue dominando el sistema financiero basado en el dólar, pero ya no tiene su antiguo poder industrial y acaba de recortar su ayuda exterior y su pertenencia a la Organización Mundial de la Salud y otras agencias de ayuda de la ONU. En lugar de apoyar el crecimiento de otras economías, su fuerza diplomática se basa ahora en su capacidad para perturbar su comercio y su crecimiento económico. Y su declive industrial es lo que ha hecho tan urgente la acción de Estados Unidos contra Venezuela, con su agresión militar y sus continuas amenazas contra ese país como parte de su intento de disuadir a los países de romper las reglas no escritas del control unipolar estadounidense del comercio y los pagos internacionales mediante la desdolarización de sus relaciones comerciales y monetarias.
También hay una apropiación de recursos. Stephen Miller, el principal asesor de Trump mencionado anteriormente, afirmó sin rodeos que «los países soberanos no obtienen soberanía si Estados Unidos quiere sus recursos». Sus comentarios siguieron a una declaración igualmente contundente del embajador estadounidense Michael Waltz en una reunión de emergencia del Consejo de Seguridad de la ONU: «No pueden seguir teniendo las mayores reservas energéticas del mundo bajo el control de adversarios de Estados Unidos».
El principio jurídico estadounidense es que «la posesión es nueve décimas partes de la ley». Y la ley que se aplica en el presente caso es la de Estados Unidos, no la de Venezuela ni la de las Naciones Unidas. Hay otros principios en juego, encabezados por el mencionado derecho a la autodefensa en virtud de la ley estadounidense «Stand your ground» (defender su territorio), que permite defenderse a uno mismo. La excusa para el ataque de Trump a Venezuela (probada en los medios de comunicación por Fox News y en las encuestas) es que Venezuela amenaza a Estados Unidos con la cocaína y otras drogas. O, al menos, con drogas que no están coordinadas por la CIA y el ejército estadounidense, como se ha documentado desde Vietnam hasta Afganistán y Colombia. Sin embargo, la acusación judicial contra Maduro no hacía referencia a las afirmaciones de Trump sobre un «Cartel de los Soles» que supuestamente él dirigía, sino que citaba principalmente cargos no relacionados con el hecho de que llevara una ametralladora y otros cargos similares que no son aplicables a un jefe de Estado extranjero.
No hubo acusación contra Maduro por sus verdaderos delitos a los ojos de Estados Unidos: amenazar la capacidad de Estados Unidos para controlar el petróleo de su país y su comercialización, y su intención de fijar el precio del petróleo de Venezuela en yuanes y otras monedas distintas del dólar y utilizar los ingresos de la exportación de petróleo para pagar a China sus inversiones en su país. La analogía adecuada para los cargos falsos por drogas contra Maduro es la afirmación falsa —utilizada para justificar la invasión estadounidense de Irak en 2003— de que Saddam Hussein estaba trabajando para obtener armas de destrucción masiva. Eso fue suficiente para minar el respeto hacia el secretario de Estado Colin Powell tras su discurso del 5 de febrero de 2003 ante las Naciones Unidas. Pero, según el principio estadounidense de «defender su territorio», Estados Unidos tenía motivos para sentirse amenazado por el intento de Venezuela de tomar el control de su comercio petrolero y, de hecho, de comerciar con los adversarios designados por Estados Unidos: China, Rusia e Irán. La agresión de Estados Unidos en respuesta a esa amenaza se vio respaldada por el principio estadounidense relacionado que permite a los propietarios de viviendas o a los policías matar a cualquiera que consideren una amenaza, por subjetiva o a posteriori que sea la excusa.
Aunque justificada por estos principios del orden basado en normas de Estados Unidos, la última militarización del comercio petrolero por parte de Trump ha supuesto, como se ha comentado anteriormente, que Estados Unidos repudie principios fundamentales del derecho internacional, incluido el derecho del mar. Antes de su ataque militar contra Caracas y el secuestro del presidente Maduro, su embargo contra las exportaciones de petróleo venezolano (a cualquier comprador excepto a las compañías petroleras estadounidenses) y la incautación de petroleros que transportaban el petróleo del país fueron especialmente atroces, por no mencionar su bombardeo de barcos pesqueros no identificados y otras embarcaciones frente a las costas de Venezuela, asesinando a sus tripulaciones sin previo aviso.
Otra víctima del énfasis de Estados Unidos en convertir el comercio mundial de petróleo y energía en un arma es el medio ambiente. Como parte de su afán por hacer que el resto del mundo dependa del petróleo y el gas bajo su firme control y el de sus aliados, Estados Unidos está luchando para impedir que otros países descarbonicen sus economías en su intento de evitar una crisis climática y sus fenómenos meteorológicos extremos. Por lo tanto, Estados Unidos se opone al Acuerdo Climático de París, que apoya la política «verde» de sustituir los combustibles fósiles por energía eólica y solar.
El problema para Estados Unidos es que la energía eólica y solar ofrecen una alternativa al petróleo, que Estados Unidos busca controlar. La eliminación gradual del petróleo no solo eliminaría un pilar de la balanza comercial de Estados Unidos, sino que privaría a sus estrategas de la capacidad de apagar las luces y la calefacción de los países cuyas políticas rechaza. Y para empeorar las cosas, China ha tomado la delantera en tecnología de energía renovable, incluida la producción de paneles de energía solar y palas de molinos de viento. Esto se considera una gran amenaza, ya que aumenta el riesgo de que otras economías dejen de depender del petróleo. Mientras tanto, la oposición de Estados Unidos a los combustibles distintos del petróleo bajo su control ha causado un daño colateral a la propia economía estadounidense, al bloquear su propia inversión en energía solar y eólica.
La administración Trump ha sido especialmente agresiva no solo a la hora de bloquear las iniciativas extranjeras para reducir los combustibles fósiles, sino también las alternativas estadounidenses. «El primer día de su segundo mandato presidencial, el señor Trump emitió una orden ejecutiva que detenía todos los arrendamientos de tierras y aguas federales para nuevos parques eólicos. Desde entonces, su administración ha perseguido a los parques eólicos que habían recibido permisos de la administración Biden y que estaban en construcción o a punto de entrar en funcionamiento, utilizando explicaciones cambiantes». «Ha suspendido los arrendamientos de todos los proyectos eólicos marinos en un nuevo ataque al sector», alegando motivos de seguridad nacional.
Lo que hace aún más llamativa esta medida contra las fuentes de energía alternativas es la escasez de electricidad que se prevé en Estados Unidos, causada por el aumento de la demanda de los centros informáticos de IA, en un contexto en el que Estados Unidos tiene grandes esperanzas puestas en la inteligencia artificial (IA). Además de las rentas de los recursos petrolíferos, los estrategas estadounidenses esperan aumentar las rentas monopolísticas de Estados Unidos a expensas de otros países a través de su tecnología de la información, las empresas de plataformas de Internet y (esperan) su dominio en IA. El problema es que la IA requiere una enorme cantidad de energía para hacer funcionar sus ordenadores. Pero la tendencia de Estados Unidos en materia de producción de energía se ha mantenido estable durante la última década, y la inversión en nuevas instalaciones eléctricas es un proceso burocrático que requiere mucho tiempo (de ahí la escasez de energía prevista mencionada anteriormente). Esto contrasta fuertemente con el enorme aumento de la producción de electricidad en China, debido en gran medida a la producción intensiva de paneles solares y molinos de viento, en los que ha establecido una amplia ventaja tecnológica, mientras que Estados Unidos ha evitado esta fuente de energía por «no haber sido inventada allí» y, más fundamentalmente, por tener el potencial de socavar su intento de hacer que el mundo dependa del petróleo que controla.
Resumen: Las principales exigencias del orden basado en normas de Estados Unidos en relación con el petróleo son:
- El control del comercio mundial de petróleo seguirá siendo un privilegio de Estados Unidos.
Estados Unidos controlará el comercio mundial de petróleo. Debe poder decidir qué países pueden suministrar petróleo a sus aliados y a qué países pueden vender su petróleo sus aliados exportadores de petróleo. Esto significa prohibir a sus aliados importar petróleo de países como Rusia, Irán y Venezuela. También implica interferir en las exportaciones de petróleo de sus adversarios (como acaba de ocurrir con el bloqueo y la incautación de las exportaciones de petróleo venezolano, y como ha ocurrido con la flota petrolera rusa) y la agresión militar para apoderarse del petróleo de sus adversarios. El petróleo de Irak y Siria fue simplemente robado por los ocupantes estadounidenses y se está suministrando a Israel. El petróleo de Libia también fue confiscado en 2011 y sigue interrumpido.
- El comercio de petróleo debe fijarse y pagarse en dólares estadounidenses
El petróleo y otras exportaciones deben fijarse en dólares y comercializarse a través de las bolsas de materias primas occidentales, y los pagos deben realizarse a través de bancos occidentales utilizando el sistema SWIFT, todos ellos bajo el control diplomático efectivo de Estados Unidos.
- La regla del petrodólar
Además, los ingresos internacionales por exportación de petróleo deben prestarse o invertirse en Estados Unidos, preferiblemente en forma de valores del Tesoro estadounidense, bonos corporativos y depósitos bancarios.
- Deben desalentarse las alternativas energéticas «verdes» al petróleo y negarse el fenómeno del calentamiento global y los fenómenos meteorológicos extremos.
Para promover el control continuo de los mercados energéticos por parte de Estados Unidos, se deben desalentar las alternativas al petróleo y al gas que no sean de carbono, así como las políticas de protección medioambiental ecológicas que apoyan dichas alternativas, ya que las fuentes de energía alternativas reducen la influencia que posee la diplomacia estadounidense para imponer las reglas anteriores.
- No hay leyes que se apliquen o limiten las reglas o políticas de Estados Unidos
Por último, Estados Unidos y sus principales aliados deben ser inmunes a los intentos extranjeros de bloquear sus políticas, incluidos los intentos a través de las Naciones Unidas y los tribunales internacionales. Debe mantener su capacidad de vetar las resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y simplemente ignorará las resoluciones de la Asamblea General de las Naciones Unidas y las órdenes de los tribunales internacionales a las que se oponga. Este principio lleva a Estados Unidos a oponerse a la creación de cualquier tribunal o órgano jurídico alternativo y, sobre todo, a impedir que dichas autoridades tengan el poder militar para hacer cumplir sus decisiones.
*Este artículo fue publicado por primera vez por The Democracy Collaborative en democracycollaborative.org.
4. Los beneficios de África van al norte.
A partir del estudio empírico sobre ocho países africanos, el autor considera que los beneficios que se generan allí van en su mayor parte al Norte global.
https://roape.net/2026/01/14/in-foreign-hands/
En manos extranjeras
14/01/2026
Basándose en datos empíricos originales de ocho países africanos, Robin Jaspert sostiene que los beneficios obtenidos en África van a parar a manos de capitalistas extranjeros, en su mayoría ubicados en el norte global. Según Jaspert, esto se debe a que el capital financiero extranjero es propietario de las empresas del continente, y estas son las que poseen los medios de producción.
Por Robin Jaspert
Todo aquel que se dedica a la economía política de África sabe que los beneficios obtenidos en el continente tienden a fluir hacia el extranjero. Los frutos del trabajo del continente se cosechan en otros lugares, principalmente en el Norte. Esto era así en la época del colonialismo y sigue siéndolo en las condiciones actuales del capitalismo y el neocolonialismo. Así lo ha señalado, entre otros, Kwame Nkrumah, quien analizó meticulosamente las estructuras de propiedad de algunas de las mayores empresas del continente. En sus escritos de la década de 1960, Nkrumah desentrañó la estructura de Anglo American Corporation. Analizó en detalle cómo estaban organizadas The British South Africa Company y Rio Tinto. En Neocolonialismo: la última etapa del imperialismo, Nkrumah dedica casi la mitad de su análisis a las estructuras corporativas.
Hizo bien en hacerlo. Las empresas privadas poseen una parte importante de los medios de producción en cualquier economía capitalista. Y lo que es más importante, las sociedades anónimas son las que poseen los medios de producción en los sectores económicos más rentables. Desde que se creó la sociedad anónima para fomentar el saqueo colonial de Asia y la India en particular, se ha convertido en la forma jurídica dominante de las empresas privadas multinacionales. Históricamente, estas fueron los principales impulsores de la colonización, el saqueo y la explotación del Sur. ¿Y hoy en día?
El control actual
Para poner al día nuestros análisis, en este artículo examino las estructuras de propiedad contemporáneas de las empresas con sede en África. Esto ayuda a comprender los mecanismos actuales de expolio neocolonial. Con este fin, he creado un conjunto de datos con información de Bloomberg Terminal[i] sobre los ocho mayores mercados de valores del continente con una sólida disponibilidad de datos. [ii] Se trata de Botsuana, Egipto, Ghana, Kenia, Marruecos, Nigeria, Sudáfrica y Zambia. En estos países, de media, el 54 % de la propiedad de las empresas que cotizan en bolsa en el mayor mercado bursátil está en manos de inversores extranjeros.
Piénselo un momento. Más de la mitad de la propiedad de las empresas que cotizan en bolsa del continente en estas economías clave está en manos del extranjero. En el caso de Zambia, esta cifra alcanza un asombroso 87 %. En promedio ponderado, el 11 % de las acciones están en manos de actores financieros de la antigua potencia colonizadora, que para la mayoría de los países de este conjunto de datos es el Reino Unido. Estados Unidos también tiene un papel importante en este juego. En Sudáfrica, posee más del 30 % del capital social. Y no hay que olvidar los paraísos fiscales.
En Ghana, la dudosa Investcom Consortium Holdings, con sede en las Islas Vírgenes Británicas, posee el 77 % de Scancom, más conocida como MTN Ghana. MTN Ghana es, con diferencia, el peso pesado del índice bursátil ghanés GSE. Obligada por un proceso de diligencia debida, Investcom Consortium Holdings vendió una pequeña parte de sus participaciones a los directores ghaneses de la empresa a finales de 2024, precisamente porque la cuestión tiene una gran importancia política. En Nigeria, el mayor inversor individual del índice bursátil NGX es MTN International Mauritius. Con alrededor del 74 %, es el mayor accionista de MTN Nigeria y canaliza su dinero hacia el paraíso fiscal de Mauricio.

Fuente: Creación del autor basada en datos de Bloomberg Terminal
Otro dato revelador surge al analizar las estructuras de propiedad por tipo de inversor. Salvo algunas excepciones, los actores dominantes son los inversores institucionales. Esta categoría incluye gestores de activos, capital privado, fondos de cobertura, sociedades de cartera y asesores de inversión. No es erróneo denominarlos “ellos”. Así, el capital financiero posee más del 60 % de las empresas que cotizan en el principal índice bursátil ghanés.
Además, la participación media de la propiedad corporativa es elevada en los ocho países. Y adivinen qué: una gran parte de esta propiedad corresponde a empresas multinacionales que tienen filiales en el continente o que han comprado empresas que antes eran locales y las han constituido en sociedades. En Kenia, Vodafone Kenya es el accionista mayoritario de Safaricom, con casi el 40 % de la empresa, y recientemente ha acordado aumentar su participación al 55 %. Por capitalización bursátil, Safaricom es, con diferencia, el actor más importante del NSE, el principal índice bursátil de Kenia. Sus beneficios se transfieren al extranjero después de que la dirección local haya extraído su parte.

Fuente: Creación del autor basada en datos de Bloomberg Terminal.
En Ghana, las sociedades anónimas que cotizan en la GSE pagaron un total de 10 640 millones de cedis en dividendos en 2024. Teniendo en cuenta el tipo de cambio al final del año, esto equivale a aproximadamente 724,2 millones de dólares estadounidenses. Dado que el 81 % de las acciones son de propiedad extranjera, 586,6 millones de dólares estadounidenses se van al extranjero. Esto no incluye los beneficios que obtienen los inversores a través de las ganancias en el valor de las acciones. El GSE subió alrededor de un 75 % en 2025. La inversión extranjera total en el índice asciende a un mínimo de 93 000 millones de dólares estadounidenses. Excluyendo la evolución del tipo de cambio y la inflación para simplificar, esto supone un aumento del valor de las acciones de aproximadamente 40 000 millones de dólares estadounidenses. Esto es solo un año en uno de los ocho países respectivos.
¿De quién son los medios?
Estas estructuras transfieren sistemáticamente el valor creado en las economías africanas al extranjero y, en su mayor parte, al Norte global. Aunque los detalles difieren significativamente entre estos ocho Estados y seguramente son aún más diversos entre los más de 50 Estados del continente, el panorama general es claro: el capital financiero extranjero saquea el continente africano a través de las sociedades anónimas. ¿Podría ser mejor para los trabajadores africanos ser explotados por el capital local? Si seguimos al economista brasileño Mauro Marini en su interpretación de la superexplotación, no. En condiciones de acumulación dependiente, los capitalistas locales se ven obligados a pagar salarios por debajo del nivel de subsistencia para mantener la competitividad al mismo nivel que los capitalistas extranjeros. Sin embargo, está claro que si estos enormes beneficios no fluyeran al extranjero, las economías y los gobiernos africanos estarían en una posición mucho mejor para hacer frente a las drásticas crisis capitalistas de nuestro tiempo, aunque, en última instancia, la clase trabajadora del continente estaría en mejor situación si los medios de producción estuvieran en sus manos.
Robin Jaspert es investigador doctoral y economista político en la Universidad Goethe de Fráncfort, Alemania. Su trabajo se centra en la economía política de los mercados financieros, las relaciones Norte-Sur y la política fiscal y monetaria. Además de su labor académica, trabaja como escritor y periodista independiente y imparte seminarios educativos para el sindicato.
[i] Los datos se recopilaron en agosto de 2025, excepto en el caso de Sudáfrica, donde los datos son de agosto de 2024. Los índices bursátiles que se tomaron como referencia son el BGS, el EGX, el GSE, el JALSH, el LuSE, el MASI, el NGX y el NSE. Por supuesto, no toda la información sobre los inversores se hace pública. No obstante, los niveles generales de cobertura del conjunto de datos son lo suficientemente altos como para que los datos ofrezcan una imagen fiable de la situación. No hay mejor información disponible que los datos de Bloomberg. Y, basándonos en la experiencia previa de trabajar con datos de Bloomberg, no hay razón para suponer que los datos que faltan puedan crear un sesgo.
[ii] La metodología ha sido desarrollada en un esfuerzo de investigación conjunto con mi estimado colega Johannes Petry.
5. Rodney, hoy.
Otro buen artículo en comandita de Pedregal, dedicado en esta ocasión a una lectura actual del libro más conocido de Rodney.
https://www.elsaltodiario.com/
‘Cómo Europa subdesarrolló África’: leer a Walter Rodney hoy
Autor del clásico ‘Cómo Europa subdesarrolló a África’, reeditado por Capitán Swing, es una de las figuras más importantes del panafricanismo y del marxismo del Tercer Mundo del siglo XX.
Alejandro Pedregal
Onni Ahvonen
15 ene 2026
Nacido en marzo de 1942 en Guyana, entonces Guayana Británica, Walter Rodney es conocido hoy como una de las figuras más importantes del panafricanismo y del marxismo del Tercer Mundo del siglo XX. Como “intelectual guerrillero”, Rodney fue un imponente militante y teórico cuya labor académica estuvo siempre acompañada de un compromiso inquebrantable con las luchas por la descolonización, la liberación negra y el socialismo. Dada la importante reedición en español de su obra magna —Cómo Europa subdesarrolló a África, publicada originalmente en 1972 y editada ahora por Capitán Swing, con traducción de Beatriz Ruiz—, resulta pertinente volver a examinar el valor de su pensamiento político frente a la coyuntura actual del capitalismo tardío.
De la educación colonial a su expulsión de la Jamaica postcolonial
Rodney fue un producto paradójico del sistema educativo colonial implantado en las Indias Occidentales durante el dominio británico. Estudiante dedicado y meticuloso, estuvo entre los pocos que tuvieron la oportunidad de obtener un título de educación superior dentro de la población antillana colonizada. Primero asistió a la Universidad de las Indias Occidentales, para posteriormente cursar su doctorado en el corazón de la metrópoli: la Escuela de Estudios Orientales y Africanos (SOAS, por sus siglas en inglés) de Londres. El sistema pedagógico colonial estaba concebido para “educar” a sujetos capaces de gobernar y administrar al servicio del imperio. Rodney, sin embargo, se negó a asumir este destino y eligió en su lugar un camino diferente, que marcaría una vida dedicada a la lucha contra el poder imperial.
Poco después de finalizar su tesis doctoral, publicada más tarde con el título A History of the Upper Guinea Coast 1545–1800 (Historia de la costa de Guinea Superior, 1545-1800), Rodney aceptó un cargo temporal en la Universidad de Dar es Salaam, Tanzania. Sin embargo, pronto se trasladó a Kingston, Jamaica, para desempeñarse como profesor de historia en su alma mater, la Universidad de las Indias Occidentales. Regresaba así al Caribe, pero no con el propósito de servir al Estado colonial ni de limitar su acción a los pasillos de la academia y el estilo de vida pequeñoburguesa que esta ofrecía. Por el contrario, la familia Rodney decidió vivir fuera del campus e involucrarse plenamente en las luchas cotidianas y populares de los jamaicanos. Esta decisión vendría con un coste elevado.
Instalado en Jamaica, Rodney hizo todo lo posible por comprender la situación social y política de este Estado-nación antillano recientemente independizado. Ante sus ojos, se hizo evidente que las promesas de la descolonización formal aún estaban por cumplirse, y que la desigualdad económica y racial continuaban persistiendo tras la independencia. Durante este período, Rodney forjó vínculos especialmente estrechos con las perseguidas comunidades rastafari del país, a quienes llegó a considerar como “la fuerza dirigente de […] la conciencia negra” en la isla.
En octubre de 1968, el Gobierno jamaicano decidió expulsar a Rodney del país mientras asistía en Montreal al Congreso de Escritores Negros. Sus enérgicas críticas al gobierno y sus actividades políticas junto a los rastafari y las empobrecidas comunidades negras urbanas de Kingston resultaban demasiado peligrosas para un gobierno empeñado en asegurar el poder económico, político y social de una minoría. La decisión, sin embargo, acabó resultando contraproducente, ya que desencadenó uno de los mayores levantamientos populares en la historia del país. Conocidas como los “disturbios de Rodney”, las protestas contra la expulsión de Rodney funcionaron como un catalizador del movimiento Black Power más amplio que se extendió por toda la región.
La escritura de ‘Cómo Europa subdesarrolló a África’ en Tanzania y su asesinato en Guyana
Tras abandonar Jamaica, la familia Rodney se estableció de nuevo en Tanzania, donde el historiador volvió a incorporarse a la Universidad de Dar es Salaam. Tanzania atravesaba un período de cambios acelerados. El Gobierno de Julius Nyerere intentaba implantar su propia forma de socialismo africano en el país y Dar es Salaam se había convertido en la capital panafricana del mundo. Aquello no se debía solo al ambicioso proyecto político de Nyerere, sino también a su estrecha proximidad tanto con las luchas de liberación nacional en las colonias portuguesas como con el movimiento antiapartheid en Sudáfrica.
Escrito durante aquella estancia, Cómo Europa subdesarrolló a África tomó forma, por un lado, gracias al panorama político del continente africano en aquel momento, en el que los Estados-nación recientemente independizados intentaban forjar sus propias trayectorias históricas mientras las luchas de liberación nacional continuaban desarrollándose en otras partes del continente. Pero además, como ha argumentado David Scott, el libro también debe entenderse como un ajuste de cuentas con la persistencia de las formas de esclavitud y colonización en el Caribe. De este modo, pensado desde los vínculos entre estos dos continentes, Cómo Europa subdesarrolló a África se enfrenta a la cuestión de la soberanía en sus dimensiones políticas, económicas, sociales y culturales, y busca comprender los procesos históricos que produjeron relaciones de dependencia, drenaje de riqueza y explotación entre África y la metrópoli europea.
En efecto, estas relaciones resultan centrales para un libro que intenta contrarrestar creencias ampliamente difundidas y falsificaciones ideológicas en torno a la supuesta “carencia” que África representa en el imaginario occidental. Rodney documenta cómo África no se “subdesarrolló” por sí misma, sino que el continente fue objeto del saqueo imperial, la conquista y, posteriormente, de formas más sofisticadas de explotación capitalista e intercambio desigual. Así, la obra mapea cuidadosamente cómo, antes de la expansión europea, las sociedades africanas disponían de sus propias trayectorias de desarrollo, historias, culturas y costumbres sociales que posteriormente fueron desmanteladas o reprimidas en y a través del encuentro colonial. El relato de Rodney es poderoso precisamente porque cuestiona las teorías dominantes de la modernización, que explicaban la pobreza africana como resultado de un atraso “tradicional” interno, para destacar que el “subdesarrollo” no significaba simplemente un “desarrollo menor”, sino que era resultado de un proceso sistemático de expropiación, explotación y exterminio —un método integral de dominación que en la actualidad presenciamos, en tiempo real, en el genocidio acelerado del pueblo palestino.
Bajo este esquema, el desarrollo y el subdesarrollo se presentan siempre vinculados dialécticamente, como dos caras de una misma moneda. Si el capitalismo, para Marx, implicaba que “la acumulación de riqueza en un polo es, al mismo tiempo, acumulación de miseria, agonía del trabajo, esclavitud, ignorancia, brutalidad y degradación mental en el polo opuesto”, Rodney extendía esta dialéctica a la relación colonial: el desarrollo de Europa se construye sobre el subdesarrollo de África. O, como lo expresó Frantz Fanon, “Europa es, literalmente, la creación del Tercer Mundo”. Para Rodney, de este modo, el desarrollo no significaba “alcanzar” el modelo de “progreso” impuesto por Occidente. Por el contrario, como ha argumentado David Myer Temin, puede entenderse que Rodney esbozaba una forma de “desarrollismo anticolonial popular”, que designa una comprensión del desarrollo que no parte de la presunción de que un pueblo esté “a la espera” de progresar siguiendo un modelo occidental, sino del diagnóstico de que el colonialismo y el imperialismo “desviaron” violentamente las trayectorias históricas de las sociedades colonizadas.
Es importante destacar que las intervenciones de Rodney no deben limitarse únicamente a la coyuntura de las décadas de 1960 y 1970, ya que poseen implicaciones relevantes para el momento actual. Cómo Europa subdesarrolló a África no solo refuta explícitamente afirmaciones que aún circulan ampliamente sobre el supuesto “atraso” de África y los llamados “beneficios” del colonialismo, sino que, de manera más decisiva, nos enseña a comprometernos con la historia poara ponerla al servicio de las luchas de liberación. Para Rodney, la práctica de la escritura histórica nunca estuvo separada de las tareas de organización de un movimiento político sólido anticolonial y socialista.
La relevancia de este enfoque se intensificó cuando la familia Rodney regresó a Guyana en 1974, después de considerar que allí podrían tener un impacto político mayor. Sin embargo, no recibieron precisamente una cálida bienvenida por parte del partido gobernante Congreso Nacional del Pueblo (PNC, por sus siglas en inglés) y del primer ministro del país, Forbes Burnham. Este había llegado al poder mediante la intervención de Estados Unidos y el Reino Unido, y había consolidado su dominio a través de una represión generalizada en nombre de un supuesto “socialismo cooperativo” y una cooptación del “tercermundismo”. Y por ello, al conocer la postura abiertamente crítica de Rodney con el PNC, Burnham medió para cerrarle las puertas al puesto que había solicitado en la universidad de Georgetown. Como resultado, Rodney no podría trabajar en el ámbito académico de Guyana, pero, aún así, la familia decidió permanecer en el país y comprometerse plenamente en la lucha contra el régimen de Burnham.
De este modo, Rodney y otros compañeros de distintos movimientos se unieron en 1974 para formar la Alianza del Pueblo Trabajador (WPA, por sus siglas en inglés). La WPA se comprometió a construir un proyecto socialista democrático y multirracial para enfrentar la creciente violencia racial, la represión gubernamental y el neocolonialismo. Como era de esperar, Burnham respondió con las herramientas que mejor conocía: la violencia y la represión. Durante este período, miembros de la WPA fueron arrestados y asesinados, mientras la policía atacaba de forma regular a todo aquel que protestara contra el gobierno.
A pesar del adverso clima político, Rodney continuó escribiendo y organizando de manera incansable. Hizo todo lo posible por dialogar con los trabajadores de las plantaciones y movilizarlos, así como por fomentar alianzas interraciales entre personas indo-guyanesas y afro-guyanesas. Asimismo, llevó a cabo una extensa investigación archivística durante este período, que culminó en su libro A History of the Guyanese Working People 1881–1905 (Historia del pueblo trabajador de Guyana, 1881-1905), publicado póstumamente en 1981; un texto que marcó la culminación del uso metodológico que Rodney hizo de la historia al servicio de las luchas emancipatorias.
Era evidente que el régimen se había cansado de la creciente oposición política y veía a Rodney y a la WPA como fuerzas peligrosas que ponían en entredicho la hegemonía del PNC de Burnham. En consecuencia, el primer ministro ordenó el asesinato de Rodney, que el 13 de junio de 1980 fue víctima de un atentado con un explosivo colocado dentro de un walkie-talkie. El compromiso de Rodney con la lucha política por encima de la comodidad de una vida académica en el extranjero le costó la vida. Como muchos radicales negros y organizadores anticoloniales de su época, Rodney fue asesinado por su convicción y su disposición a luchar por un mundo libre de explotación y opresión.
Las “ecología total” de Rodney
El legado de Rodney suele abordarse en debates sobre el colonialismo, el desarrollo y el subdesarrollo. Sin embargo, su obra también ofrece una infinidad de recursos para repensar una ecología política radical y materialista, en la medida en que anticipa algunas de las principales preocupaciones ecosociales en torno al trabajo, los bienes naturales y el poder organizado alrededor de la mediación con ellos. La explotación de la tierra y del trabajo, el despojo de las comunidades nativas, la apropiación capitalista de la riqueza natural y la vinculación del daño ecológico con las relaciones imperial-capitalistas ocupan un lugar central en sus escritos, pese a haber sido a menudo obviados por la academia. En su obra, Rodney subraya que el daño ambiental no es simplemente resultado de una falla técnica ni una aberración del sistema, sino más bien el producto de las relaciones sistémicas del imperialismo capitalista con las periferias sometidas. De este modo, muestra cómo ecología, economía y política son esferas interdependientes, al tiempo que su método anticipa cómo las crisis ecológicas contemporáneas (desde la deforestación a la pérdida de biodiversidad, la extracción minera o el cambio climático) se encuentran arraigadas históricamente en las mismas estructuras sociales que él analizó.
En este sentido, Cómo Europa subdesarrolló a África analizó cómo muchas sociedades africanas, antes de la intrusión europea, poseían una suerte de conciencia holística de sus interacciones ambientales con el suelo, el clima, la flora y la fauna: una especie de “ecología total” del orden social, como la ha denominado Leo Zeilig. El colonialismo y el drenaje de recursos capitalista destruyeron estas interrelaciones al imponer una economía orientada a la exportación basada en monocultivos, deforestación, minería y apropiación de tierras. De este modo, el daño ecológico se presenta íntimamente ligado al proceso colonial como parte de la integración africana en el sistema-mundo capitalista, que, a su vez, dio lugar al subdesarrollo.
En esta línea, Aby L. Sène ha mostrado cómo la crítica de Rodney al imperialismo capitalista se extiende a problemáticas ecológicas contemporáneas, como los regímenes de conservación formulados como “repúblicas de la vida silvestre”, que sirven al gran capital foráneo al tiempo que despojan a las comunidades locales. Sène subraya cómo ciertas formas dominantes del conservacionismo pueden, por sí mismas, reproducir relaciones imperial-capitalistas si no se someten a un examen ecosocial crítico. Para Rodney, la misma lógica que subdesarrolló económicamente a África también socavó los ecosistemas africanos mediante la apropiación de la riqueza natural, lo que provocó el desplazamiento de comunidades y el desarraigo de las relaciones ecológicas. De este modo, la lectura socio-ecológica que hace Sène de Rodney nos permite atender a cómo las luchas antiimperialistas y ecológicas continúan, a día de hoy, profundamente entrelazadas.
Rodney sostuvo de manera incansable que el avance del capitalismo europeo se basó en el trabajo y los recursos africanos —e implícitamente en el abaratamiento de la naturaleza. De este modo, para la acumulación capitalista, el medio ambiente no resultaba otra cosa que un “recurso” desechable más. El énfasis de Rodney en el papel mediador del trabajo sitúa a la naturaleza en un plano central en la producción, reproducción, circulación y acumulación de capital, en el que estas esferas emergen vinculadas a las condiciones de la naturaleza y de la forma en que las personas interactúan con la tierra, los recursos y los ecosistemas. La destrucción del entorno natural —desde la contaminación del agua o los derrames de petróleo a la devastación de los suelos o la deforestación— debe entenderse, por tanto, como parte de una violencia ecosocial sistémica. De ahí que la injusticia ecológica sea un aspecto central en la configuración del subdesarrollo, tal y como lo cartografió Rodney. Esta lectura pionera nos proporciona hoy un marco para pensar la justicia climática, los procesos de extracción corporativa, la pérdida de biodiversidad y la desigualdad global como fenómenos profundamente interconectados dentro del sistema-mundo capitalista y su formación de jerarquías a escala mundial.
Regresar a Rodney
Recuperar a Rodney a la coyuntura actual nos ofrece, de este modo, herramientas para comprender cómo la asimetría global entre dominio y dependencia —así como entre desarrollo y subdesarrollo— se asienta históricamente sobre mecanismos de explotación y expropiación reproducidos por el imperialismo capitalista en cada rincón del planeta. Además, leer su trabajo en el presente revitaliza nuestra propia imaginación política, extrayendo lecciones del pasado en la búsqueda de nuevos caminos de fortalecimiento popular que no cedan ante la tecnocracia gerencial. La obra de Rodney, en otras palabras, nos obliga a enfrentarnos a la cuestión de cómo puede recuperarse la agencia histórica de los pueblos subalternos en, parafraseando a Gramsci, tiempos de monstruos. A medida que continúan los debates sobre justicia redistributiva global, deuda, extracción de recursos, límites ambientales, neocolonialismo e imperialismo, y democracia popular, la obra de Rodney nos anima a preguntarnos: ¿quién se beneficia de la configuración global actual? ¿Quién define los términos del “desarrollo”? ¿Cómo afectan estos procesos al potencial de soberanía y autonomía en la periferia del sistema-mundo capitalista?
Aunque el momento histórico actual está caracterizado por una extendida desesperanza política, una melancolía de izquierdas y una notable incapacidad para imaginar algo más allá del capitalismo —y, por tanto, resulta marcadamente distinto al de Rodney—, existen grandes lecciones y enseñanzas que podemos extraer de su vida y de sus escritos, y muy especialmente de Cómo Europa subdesarrolló a África. Su obra muestra al capitalismo como un sistema global que requiere formas imperialistas de explotación y jerarquías raciales para su reproducción. Como resultado, la lucha contra el capitalismo debe entenderse también como una lucha contra la dominación imperial y racial. Aunque los tiempos cambien, para Rodney —como para nosotros— la tarea sigue siendo la misma: derrocar el sistema-mundo capitalista.
Los autores
Onni Ahvonen – Investigador de la Universidad de Helsinki; Twitter: @ahvonenonni; Bluesky: @ahvonenonni.bsky.social
Alejandro Pedregal – Investigador del Consejo de Investigación de Finlandia en la Universidad Aalto; Twitter: @AlejoPedregal; Bluesky: @alejopedregal.bsky.social
6. Narco Rubio.
Hedges entrevista a una periodista buena conocedora de las relaciones de Rubio con el narcotráfico. Me congratulo de que ahora Hedges también doble al español sus entrevistas. No sé si es puntual o lo hará de ahora en adelante. Espero que así sea.
https://chrishedges.substack.com/p/la-elite-del-narcotrafico-esta-a
La Elite Narcotraficante Está Lista Para Dirigir a Venezuela (con Moe Tkacik) | The Chris Hedges Report
Los vínculos personales de Marco Rubio con el narcotráfico subrayan una profunda ironía en los intentos de la administración Trump de utilizar la guerra contra las drogas para lograr sus objetivos.
La historia, tal como se entiende en la mayoría de los países occidentales, a menudo omite capítulos importantes que dejan espacios cruciales en la historia del surgimiento de los países modernos. En Latinoamérica, en el siglo XX, se reconocen episodios de guerrillas y juntas militares, junto con representaciones de la guerra contra las drogas, generalmente representadas en la cultura popular.
Lo que se omite, sin embargo, es la participación clandestina de las agencias de inteligencia estadounidenses, incluidas la CIA y la DEA, y cómo sus operaciones de tráfico de drogas estaban íntimamente ligadas a las brigadas anticomunistas latinoamericanas financiadas por el capital occidental durante la Guerra Fría, y la liquidación a menudo brutal de la izquierda que llevaron a cabo estos narcoterroristas.
Maureen Tkacik, editora de investigaciones de The American Prospect, se une al presentador Chris Hedges en este episodio de The Chris Hedges Report , para hacer una crónica de algunos de estos capítulos faltantes, incluidos los relacionados con el actual Secretario de Estado y Asesor de Seguridad Nacional interino, Marco Rubio.
En su artículo “La élite narcoterrorista”, Tkacik analiza los vínculos personales de Rubio con el tráfico de drogas en el siglo XX y cómo esta historia informa su propia política, que intenta utilizar cínicamente el tráfico de drogas como un medio para lograr los objetivos extrajudiciales de la administración Trump.
7. La impunidad israelí vista desde la filosofía griega.
Una reflexión en Sidecar desde la filosofía griega sobre la iimpunidad de que goza Israel.
https://newleftreview.org/sidecar/posts/politics-of-impunity
La política de la impunidad
7 de enero de 2026
Uno de los documentos fundacionales de la filosofía occidental aborda el fenómeno de la exención del castigo. En La República, de Platón, Glaucon desafía a Sócrates contándole una historia: había un pastor, Giges, que encontró un anillo que le concedía la invisibilidad, lo que le permitía hacer lo que quisiera sin temor a represalias. ¿Qué razón podría tener para no hacer lo que quisiera, sin importarle las consecuencias para los demás? La respuesta de Platón no supone un comienzo propicio para la filosofía occidental, ya que es demasiado optimista y está demasiado alejada de la moral y la política. Según él, hacer daño a los demás («actuar injustamente», como dice Platón) es el resultado de un alma que no está en armonía y que conduce al alma a un mayor desorden. Solo alguien con un alma armoniosa puede llevar una vida feliz; por lo tanto, solo alguien ignorante desearía hacer daño a los demás. Para Platón, entonces, no hay necesidad de preocuparse por la impunidad per se, porque aquellos que entienden esto nunca harán daño a nadie, incluso si saben que pueden escapar al castigo, y los ignorantes serán infelices.
Esta línea de argumentación presupone una especie de orden moral cósmico que pocas personas (aparte de algunos creyentes religiosos tradicionalistas) están dispuestas a aceptar: «Lo que se siembra, se cosecha, y si usted hace daño a los demás, esto volverá para atormentarle en forma de infelicidad». Incluso si aceptamos que Giges será desdichado si comete un daño, ¿qué consuelo supone eso para sus víctimas? El enfoque de Platón podría conducir al quietismo: veamos esto como una experiencia de aprendizaje para Gyges, que se dará cuenta de que hacer daño a los demás es incompatible con llevar una vida plena. La atención se centra en las deficiencias y necesidades psicológicas del autor del delito, más que en el sufrimiento de sus posibles víctimas o en la necesidad de garantizar un mínimo de orden social. Sin embargo, desde el punto de vista político, la impunidad no es, como sugiere Platón, algo que podamos simplemente descartar. Es muy negativo que un miembro de la sociedad goce de impunidad frente al castigo, y esto es cierto tanto si se piensa en un ciudadano de la antigua Atenas como en un Estado-nación del sistema internacional moderno.
A menudo se ha señalado que Israel goza de un notable grado de impunidad. La situación es incluso peor que en el caso de Giges, porque lo que hace Israel no es invisible. Al contrario, comete crímenes contra la humanidad a la vista de todos. De hecho, Israel se glorifica y se jacta de ellos. Una gran parte de los ciudadanos del mundo condenan estas acciones en los términos más enérgicos, y sin embargo, el apoyo incondicional a Israel tiene tal control sobre la vida política y económica occidental que no se han impuesto sanciones serias, a pesar de los años de protestas contra el genocidio en curso en Gaza. Rara vez ha sido tan grande la brecha entre la indignación moral de las poblaciones occidentales y las políticas de sus gobiernos.
Cuando la Asociación Internacional de Estudiosos del Genocidio, Amnistía Internacional, Human Rights Watch, B’Tselem y muchos otros acusan a Israel de llevar a cabo un genocidio, los partidarios de Israel suelen rebatir la acusación alegando que, si Israel hubiera querido matar a todos los palestinos, ya lo habría hecho. Esto supone que sería sencillo exterminar a los palestinos si los israelíes se lo propusieran, por lo que el hecho de que no lo hayan hecho indica que esa no es su intención. Sin duda, eso es incorrecto. El exterminio de millones de personas no es nada fácil para los perpetradores, ni técnica ni psicológicamente. Hay indicios de que Israel considera que esta tarea es un trabajo a tiempo completo, que la monomanía que requiere el proyecto es económicamente ruinosa y agota el oxígeno de otras formas de actividad social y cultural. También está claro que el Estado israelí percibe la opinión pública internacional (y especialmente la estadounidense) como una limitación a su capacidad de actuar.
Sin embargo, ¿no hay quizás otra razón por la que Israel aún no ha «terminado el trabajo»? ¿Podría ser que, en cierto sentido, los israelíes no quieran que los palestinos desaparezcan por completo, que, de una manera perversa, los echarían de menos si se fueran?
Los partidarios de Israel suelen hablar de él como un refugio para los judíos, el único lugar del mundo en el que pueden estar seguros de estar a salvo. Por supuesto, no existe la seguridad absoluta, y la búsqueda de ella genera fanatismo. Hablar de algo como seguro es siempre relativo; significa que lo que se está considerando es más seguro que algunas alternativas imaginarias y en relación con algunas amenazas previstas. Pero, ¿cuáles son exactamente los términos de referencia en este caso? ¿Alguien cree que un judío está más seguro en Jerusalén que en Montreal, Boston o Buenos Aires? Netanyahu y su Gobierno están diciendo ahora a los israelíes que se preparen para una guerra sin fin.
Aunque viven con mayor seguridad en Occidente, hay una cosa que los judíos no pueden hacer en Londres, Nueva York o París, pero sí en Israel, y es mostrar desprecio y maltratar activamente a una población estigmatizada y sometida sin temer consecuencias negativas. En este sentido, Israel es único, ya que da a sus ciudadanos judíos la sanción social para hacer precisamente eso: oprimir a una población subordinada cuyos miembros pueden ser maltratados casi ad libitum. Para muchos observadores externos, Israel parece una sociedad cohesionada por un chivo expiatorio elegido colectivamente. Esto a menudo raya en el sadismo. Sin embargo, el sádico no desea que el objeto de su sadismo desaparezca, porque si lo hace, sus deseos ya no se cumplen. En cambio, desean que permanezca en un estado de degradación, como testimonio de la eficacia de sus deseos en el mundo. Los israelíes pueden empezar por deshumanizar a los palestinos para poder oprimirlos y erradicarlos, pero acaban disfrutando del proceso de deshumanización en sí mismo.
Aristóteles tiene una actitud completamente instrumental hacia los esclavos, a los que describe como «herramientas vivientes», necesarias para realizar trabajos pesados y sin sentido sin que el amo tenga que ensuciarse las manos. Nietzsche consideraba que esta era una forma superficial de abordar el tema: el amo necesita al esclavo no solo para realizar trabajos tediosos, sino también para reafirmar su propio sentido de identidad. La existencia del esclavo es una reafirmación continua de la superioridad del amo. Dicho de otro modo, si los palestinos no existieran, o si dejaran de existir, ¿qué sentido tendría ser israelí?
La impunidad de un propietario de esclavos que maltrataba a sus esclavos en una sociedad esclavista tenía sus raíces en las instituciones sociales de su mundo y en las normas básicas que su sociedad profesaba respetar. La impunidad israelí en el siglo XXI, por el contrario, es una anomalía: radicalmente contraria a todos los valores que afirmamos defender y en conflicto con las estructuras institucionales a gran escala que hemos creado supuestamente para hacerlos cumplir. Esta impunidad solo puede mantenerse mediante la coacción política, económica y social dirigida por Israel y sus aliados contra las instituciones internacionales y las poblaciones occidentales. Sin embargo, eso significa que no es una característica inmutable de nuestro mundo, sino una construcción que podría desmoronarse bajo presión.
8. Debate Durand-Morozov.
Ya hemos visto por aquí réplicas y contrarreplicas entre Cédric Durand y Evgeny Morozov con motivo de la idea del primero de «tecnofeudalismo». Esta es la última respuesta de Durand en Contretemps.
https://www.contretemps.eu/frontieres-capital-reponse-raison-techno-feodale-morozov/
Explorar los límites del capital. Respuesta a la «Crítica de la razón tecnofeudal» de Morozov
Cédric Durand 15 de enero de 2026
El economista Cédric Durand ha desarrollado en los últimos años el concepto de «tecnofeudalismo» para interpretar algunas de las principales transformaciones del capitalismo, en particular a partir del papel desempeñado por las grandes empresas tecnológicas. Esta interpretación ha dado lugar a un importante debate y a críticas, en particular las desarrolladas por Evgeny Morozov en Le Monde Diplomatique el pasado mes de agosto, lo que llevó a Cédric Durand a responderle en las columnas de Contretemps.
Prolongamos este debate proponiendo la traducción de un artículo de Cédric Durand, publicado en 2022 en la New Left Review, en el que respondía más extensamente a los argumentos de Evgeny Morozov.
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Evgeny Morozov ha proporcionado una crítica saludable de las recientes propuestas que pretenden conceptualizar las relaciones sociales de la economía digital a través de una analogía con las vigentes en la era feudal, según la cual los usuarios de la web estarían supuestamente atados a los feudos de los barones de la tecnología sin esperanza de escapar, al igual que los siervos de antaño. Su «crítica de la razón tecnofeudal» ofrece una revisión sistemática de esta retórica feudal, a la que acusa de constituir un pantano discursivo en el que «la izquierda tiene grandes dificultades para diferenciarse de la derecha» . Neoliberales como Glen Weyl y Eric Posner, neorreaccionarios como Curtis Yarvin o incluso el detractor de los woke Joel Kotkin articularían la misma crítica «neo» o «tecno-feudal» que Yanis Varoufakis, Mariana Mazzucato, Robert Kuttner o Jodi Dean. Si los pensadores radicales han adoptado una imaginería feudal como estratagema retórica y propicia para la memorización, según Morozov, esto no se debe a su sentido de la comunicación, sino a su debilidad intelectual, «como si el marco teórico de la izquierda ya no fuera capaz de dar cuenta del capitalismo sin recurrir al lenguaje moral de la perversión o la corrupción ». Al apartarse del análisis de las relaciones capitalistas existentes para interesarse por las reminiscencias del feudalismo, esta correría el riesgo de abandonar la presa por la sombra, despojándose de su ángulo de ataque más original y eficaz contra las relaciones socioeconómicas de explotación: su sofisticado aparato teórico y político anticapitalista[1].
En su esfuerzo por definir los términos —lo que hace que el «capitalismo» sea capitalismo y el «feudalismo» sea feudalismo—, Morozov se basa en los debates de la década de 1970, en particular en la crítica elaborada por Robert Brenner contra la obra de Immanuel Wallerstein, The Origins of the Modern World System (1974) [2]. Según Morozov, la distinción propuesta por Brenner entre los dos modos de producción —que opone la coacción económica que obliga a los capitalistas a la acumulación mediante la innovación y a los trabajadores sin propiedad a someterse al salario, a la apropiación señorial bajo el yugo de la coacción feudal—, por «elegante y coherente» que sea, debería abandonarse en favor de la noción sugerida por Wallerstein de un sistema mundial capitalista construido sobre la transferencia forzada del excedente de la periferia al centro, una perspectiva que considera «más caótica desde un punto de vista analítico», pero intuitivamente convincente. Si el capitalismo siempre ha funcionado sobre la base de un cierto grado de apropiación extraeconómica, no hay necesidad de describir la consolidación de los monopolios por parte de los gigantes digitales, o la redistribución de la riqueza hacia arriba impulsada por el Estado, como algo ajeno al capitalismo. Morozov argumenta además la dimensión productiva de las grandes tecnológicas: ¿por qué Alphabet y Amazon invertirían decenas de miles de millones en I+D, si no es con fines de «acumulación por innovación»?[3].
Hay que reconocer que Morozov va más allá de la simple discusión de las ambigüedades conceptuales que rodean los nuevos usos del término «feudalismo» para poner a prueba el núcleo de la hipótesis tecnofeudal: la idea de que « algo en la naturaleza de las redes de información y datos empuja a la economía digital hacia la lógica feudal de la renta y la desposesión, en contraposición a la lógica capitalista del beneficio y la explotación». Lamentando una «claridad analítica deficiente», afirma que no hay necesidad de invocar el feudalismo:
«El capitalismo avanza en la misma dirección que siempre ha seguido, aprovechando todos los recursos que puede movilizar, y con tanto más éxito cuanto que son baratos».
No hay garantía, añade, de que las tendencias contemporáneas a la redistribución hacia arriba vayan a prevalecer sobre las dinámicas productivas. Pero eso no significa que debamos pensar que el tecnocapitalismo sea «un régimen más suave, más cómodo y más progresista» que el tecnofeudalismo. Al contrario, concluye Morozov, «al invocar erróneamente este último, se corre el riesgo de blanquear la reputación del primero»[4].
El riesgo de la innovación teórica
Estos son puntos cruciales. Si Morozov tiene razón al afirmar que las tendencias productivas de la economía digital pueden prevalecer sobre su propensión a la redistribución hacia arriba, entonces la crítica de su dinámica depredadora, tal y como la he desarrollado en Tecnofeudalismo, no sería mucho más eficaz que el ataque de Don Quijote contra los molinos de viento [5]. Peor aún, al elegir librar la batalla equivocada, tal crítica ya no estaría en condiciones de denunciar el capitalismo —en la medida en que opera según sus propias normas— en la era digital. De hecho, sería una posibilidad preocupante. Por lo tanto, conviene realizar una introducción lógica antes de abordar el núcleo de nuestro argumento. Un intento de comprensión crítica de lo que se percibe como una transformación en el modo de producción no invalida necesariamente la crítica más antigua sobre la que se construye y que espera suplantar. La crítica al sector digital llevada a cabo bajo los auspicios del «tecnofeudalismo» es plenamente compatible con los análisis de la globalización y la financiarización como dinámicas que actúan simultáneamente. Por lo tanto, no hay motivo para asustarse ante la perspectiva de repensar estos desarrollos sin precedentes; no hay razón para que la exploración de las dinámicas específicas de la economía digital resulte en el blanqueo del capitalismo o en el entusiasmo por las virtudes productivas de la competencia.
Es importante señalar que esto es así, independientemente de que la hipótesis tecnofeudal se corrobore o no. Si se invalida, o si la dinámica depredadora del sector digital es solo embrionaria o aún no se ha materializado, entonces la crítica anticapitalista marxista ya existente conserva toda su validez como desafío al orden del mundo contemporáneo. Si, por el contrario, se está produciendo efectivamente una mutación cualitativa del capitalismo que modifica las leyes de movimiento del sistema socioeconómico al añadirle características que recuerdan al feudalismo, el nuevo aparato conceptual nos permitirá comprender y luchar contra las formas emergentes de dominación social. Ningún escenario implica alabar con nostalgia el «buen viejo capitalismo» de antaño. Como en la apuesta de Pascal, «si ganan, lo ganan todo; si pierden, no pierden nada».
A diferencia de la existencia de Dios, sin embargo, las características de un modo de producción pueden ser objeto de una investigación teórica y empírica de orden racional. Como insiste acertadamente Morozov, cualquier reflexión situada en las fronteras del capitalismo, pasado o futuro, debe comenzar por enfrentarse a un problema de definición. Propongo superar la simple dicotomía entre una definición estrecha del capitalismo, al estilo de Brenner, en la que las relaciones de propiedad ponen en marcha las relaciones de producción, y una concepción braudeliana, de carácter predominantemente comercial, del capitalismo como un sistema de intercambio orientado a la acumulación y «adaptable al deseo ». Aunque la plasticidad de esta última perspectiva le confiere una gran flexibilidad a la hora de dar cuenta de las variaciones histórico-geográficas del capitalismo y de la diversidad de los medios de acumulación de riqueza que pone en marcha —en particular en lo que se refiere a la persistencia de los procesos de acumulación primitiva —, la concepción rival capta mejor lo que tiene de único el impulso productivo de este modo de producción.
Esta polaridad es valiosa a la hora de aclarar lo que no es la «refeudalización». Los síntomas que he calificado de «tecnofeudales» —sin dejar de reconocer, por supuesto, que el isomorfismo con la Europa y el Japón medievales es distendido e incompleto— implican un estancamiento productivo a escala del sistema mundial, de modo que los rendimientos del capital ya no pueden obtenerse mediante la producción de mercancías básicas en masa, sino que requieren una intervención política : la concesión de monopolios, la garantía de la financiarización especulativa, etc. Este estancamiento de alcance sistémico es muy distinto de las configuraciones en las que las finanzas se han retirado de la producción nacional para invertir en centros capitalistas más dinámicos en el extranjero, como fue el caso de la República Holandesa en los primeros años del capitalismo, por ejemplo, o, en realidad, con el Reino Unido imperialista. La República Holandesa disfrutó de una edad de oro de prosperidad en el siglo XVII, pero su avanzada estructura económica no logró convertirse en la base de lanzamiento de una revolución industrial temprana; sin embargo, tampoco se produjo una «refeudalización» o una restauración de las relaciones señoriales de apropiación de la tierra[6]. Cualquier intento de explicación debe tener en cuenta tanto la expansión capitalista de la primera modernidad como el bloqueo consiguiente que se cristalizó a escala nacional. En cuanto al primer punto, parece evidente que una transformación previa en la esfera de la producción fue un factor crucial en el florecimiento mercantil de los Países Bajos[7]. Más tarde, sin embargo, el predominio de las finanzas —así como la persistencia de barreras proteccionistas a nivel local— obstaculizó seriamente el desarrollo capitalista a nivel nacional. Más bien se asistió a la perpetuación de una aristocracia financiera, bien integrada en los circuitos internacionales, que contribuyó a la transición capitalista industrial de Inglaterra y se benefició de ella.
Lo esencial, desde el punto de vista teórico, es, por un lado, que la implicación en el esfuerzo productivo en un contexto competitivo constituye una propiedad definitoria del impulso expansionista del capitalismo; por otro lado, que la refeudalización no se limita a una simple desvinculación de la producción en favor de las finanzas o el comercio (cuya contrapartida se encuentra necesariamente en los desarrollos productivos en otras partes del sistema mundial). La refeudalización supone una retirada generalizada de la producción como lugar de apropiación de la plusvalía; no se trata de un simple efecto secundario de la aceleración del capitalismo en otros ámbitos. El tecnofeudalismo, volviendo a su pregunta, remite así a algo más que al despliegue de una financiarización a partir de la distribución geográfica de los beneficios que permite la globalización por medios digitales. Implica, mutatis mutandis, una verdadera reiteración de las relaciones de apropiación garantizadas por la coacción política que caracterizaba al feudalismo en su época.
Una socialización regresiva
Cuando apela a una mayor claridad analítica, Morozov nos insta a «identificar las principales características del sistema feudal y examinar si son susceptibles de reaparecer en la actualidad». En otras palabras, las propiedades que denominamos «tecnofeudales» no deben definirse únicamente por referencia al feudalismo, sino también al capitalismo del que surgen. En las sociedades organizadas en clases, un modo de producción consiste siempre en una combinación particular, en primer lugar, de un proceso de trabajo —es decir, de trabajadores que, ya sea de forma autónoma o en situación de subordinación, utilizan sus instrumentos de producción para transformar los objetos de su trabajo— y, en segundo lugar, de una relación de apropiación, entendida como los métodos mediante los cuales los no productores capturan una parte del excedente económico. La configuración de estas relaciones varía según el modo de producción, lo que da lugar a dinámicas económicas, sociales y políticas específicas.
A este respecto, el medievalista francés Guy Bois sintetizó en una fórmula el modo de producción feudal:
«el feudalismo es la hegemonía de la pequeña producción individual (es decir, el nivel de fuerzas productivas que esta hegemonía supone), más la exacción señorial asegurada por una coacción de origen político (o extraeconómico)»[8].
Esta concisa definición permite posicionarse críticamente respecto al feudalismo. Por un lado, las formas sociales contemporáneas no son claramente «feudales» en el sentido de la primera parte de la definición de Bois: la pequeña producción individual. En el siglo XXI no se ha producido en el siglo XXI una involución en la división del trabajo, ni una retracción de la cooperación social en la producción. Todo lo contrario: el tecnofeudalismo es el producto de lo que Ernest Mandel definió como «la creciente socialización objetiva» del trabajo, que constituyó «la tendencia histórica básica del desarrollo capitalista desde la Revolución Industrial»[9]. Cada minuto de nuestras vidas está integrado en una densa red de interdependencias productivas, que nos permite comer alimentos cultivados y transportados por otros; mantenernos calientes gracias a centrales eléctricas construidas y mantenidas por otros; comunicarnos a través de redes electrónicas o símbolos impresos a cuyo mantenimiento no contribuimos en absoluto, y todo ello de las formas más sofisticadas que conocemos. La parte cada vez mayor de nuestras vidas que pasamos en línea no hace más que amplificar la complejidad de estos vínculos sociales.
Por otra parte, el núcleo de la hipótesis tecnofeudal radica en que, contrariamente a las esperanzas de la izquierda, dicha socialización ha adquirido un carácter regresivo. Esta es una posibilidad que, en cierta medida, ya había sido contemplada por Balibar cuando argumentaba que el continuo despliegue del proceso de mercantilización había superado umbrales consecutivos, reinventando sin cesar realidades como la salud, la educación, el conocimiento, el arte, el entretenimiento, la atención al prójimo, los sentimientos, etc., en forma de «mercancías ficticias». Esta mercantilización generalizada y global constituye una «subsumción total» que da lugar a una pérdida completa de la identidad personal y la autonomía, ya que la lógica y las limitaciones del mercado dominan cada vez más la vida humana en sus dimensiones cualitativas y cuantitativas. Tendencialmente, escribe Balibar, «ninguna forma de vida —como la agencia, la actividad, la pasividad, hasta la muerte— puede vivirse fuera de la forma-mercancía y la forma-valor, es decir, como momento del proceso de valorización del capital»[10].
La tesis de Balibar capta adecuadamente el potencial regresivo de la socialización. Sin embargo, su enfoque en la mercantilización lleva a descuidar otras formas de socialización, en particular la forma en que la digitalización ha alterado la calidad de las transacciones y la coordinación. Aunque las actividades digitales flotan en un océano monetario, apenas se mercantilizan de forma tradicional. La mayoría de los servicios que ofrecen Google o Facebook solo se mercantilizan en una segunda fase, mediante la venta de espacios publicitarios a empresas que desean acceder a sus usuarios. En lugar de considerar las actividades digitales como regidas por una lógica de consumo, deberíamos entenderlas como determinadas en primer lugar por una lógica de acceso, cuyo correlato es el grado de incrustación en un bucle algorítmico propietario. Las plataformas digitales son ecosistemas; su función es manipular las interacciones sociales sobre la base de patrones de comportamiento identificados entre individuos que no tienen contacto entre sí. Su producto —informar u orientar al usuario— y su insumo —la información proporcionada por el usuario— son indistinguibles. Esto no solo se aplica cuando se introduce un término de búsqueda o se utiliza un servicio de navegación, sino también en el caso de un proveedor cuyo inventario se registra como entrada en el sistema de información de Walmart y cuya cartera de pedidos vendrá determinada por los datos que figuran en él.
Los servicios prestados son tanto más eficaces cuanto más amplia es la red de usuarios de una plataforma. Por ello, los proveedores de servicios digitales se ven incentivados a ofrecer plataformas abiertas a las que sus usuarios puedan acceder de forma gratuita, o al menos en condiciones atractivas, con el fin de atraer al mayor número posible de usuarios. El resultado es una dinámica de escala que se intensifica por sí misma y refuerza la posición del proveedor; el motor de búsqueda dominante es también el que ofrece el mejor rendimiento, debido a su posición dominante. Siguiendo la misma lógica, Amazon y Walmart permiten que una larga cola de terceros vendan sus productos en sus plataformas, lo que les beneficia tanto directa (mayores volúmenes de ventas, una base de clientes más amplia) como indirectamente, al darles la oportunidad de recopilar más datos y aumentar sus capacidades algorítmicas.
Aunque el valor de los datos se deriva en parte de las economías de escala —el volumen bruto de información recopilada—, se materializa a través de «la capacidad de procesarlos, analizarlos y utilizarlos con el fin de inducir comportamientos específicos en los demás» [11]. A diferencia de los bienes que son objeto de intercambio comercial, cuyo valor de intercambio se basa en un valor de uso, el comercio de datos se refiere ante todo a la cuestión del control, que incluye la capacidad de anticipar regularidades e influir en su aparición, una capacidad que, una vez más, depende del alcance y el volumen de los datos recopilados. Al contribuir a la coordinación algorítmica, los datos hacen que las transacciones sean más eficaces, al tiempo que les infunden más sesgos, basándose en criterios en gran medida ocultos pero profundamente arraigados en la propia arquitectura de las plataformas digitales. La conclusión es inmediata. Si el hecho más destacado de esta configuración es el monopolio intelectual que disfrutan de facto las grandes empresas tecnológicas sobre los medios de coordinación socioeconómica, entonces debemos conceptualizar los ingresos que obtienen de su posición dominante como un tributo o un impuesto que grava la actividad del usuario. Se trata de una forma de ingresos mucho más parecida a la que genera un peaje de carretera, o a lo que Guy Bois denominaba «impuesto señorial », que del tipo de pago que se realiza a cambio de una contraprestación que tiene lugar en el marco del mercado.
Es cierto que este modelo «rentista» no está exento de vulnerabilidad. Quien vive de la expansión viral, perece por la expansión viral. ¿Quién recuerda todavía MySpace, red social pionera y sitio web más visitado de Estados Unidos en 2006, antes de su marginación provocada por el auge de Facebook? Los servicios digitales son mercados disputables, en los que la lógica de la innovación schumpeteriana genera una dinámica de destrucción creativa que obliga a las empresas establecidas a invertir e innovar para hacer frente a las amenazas de sus competidores. A esto se refiere Morozov cuando plantea la pregunta:
«Si los gigantes tecnológicos son realmente rentistas perezosos que despojan a todo el mundo explotando sus derechos de propiedad intelectual y los efectos de red, ¿por qué invierten tanto dinero en lo que solo puede describirse como una producción de cierto tipo? ».
Hay que admitir que es difícil comprender las particularidades de las rentas derivadas del monopolio intelectual en la era digital. Al fin y al cabo, se trata de los sectores más dinámicos e innovadores de la economía del siglo XXI. Muchos de los buques insignia del sector tecnológico no eran más que start-ups hace solo unas décadas; su ascenso a la cima del capitalismo es el resultado de un esfuerzo sostenido de inversión tanto en I+D como en infraestructura. Algunas de estas empresas, como Amazon o Uber, no han logrado ser rentables hasta hace muy poco.
Morozov tiene razón al tener en cuenta estas características productivas —o cuasi productivas— de la economía digital. Pero eso no es motivo para ignorar las relaciones sociales emergentes, cuya rápida difusión está a punto de crear un entorno socioeconómico completamente nuevo. Nos encontramos ante un mecanismo de causalidad acumulativa, en virtud del cual los aspirantes al estatus de monopolios intelectuales invierten e innovan con el fin de acumular activos intangibles susceptibles de generar formas de control social. Como señala un estudio reciente, la expansión sistemática de su monopolio sobre el conocimiento garantiza a estas empresas una fuente de poder potencialmente ilimitada, capaz de dar lugar a situaciones de intercambio comercial desigual o asimétrico [12]. La recopilación de datos constituye una de las dimensiones cruciales de esta dinámica y, aunque, como se ha mencionado anteriormente, el volumen bruto de datos no es el único criterio de éxito, las escalas en cuestión representan para las empresas más pequeñas una barrera de entrada insuperable, o casi, especialmente cuando existen complementariedades estratégicas entre activos intangibles y activos tangibles masivos. Porque, si bien todo monopolio intelectual tiene como objetivo asegurar el control mediante la manipulación de los intangibles, se trata de una empresa que no tiene nada de inmaterial. De hecho, dotarse de las infraestructuras físicas pertinentes es una condición previa para conquistar la hegemonía sobre el conocimiento. El cloud computing (informática en la nube), auténtico santo de los santos de la monopolización intelectual, requiere grandes granjas de datos apilados con potentes procesadores de aprendizaje automático, así como filas de discos duros en los que almacenar los datos procesados, o incluso un millón de kilómetros de cables de banda ancha por los que transportar dichos datos por todo el mundo.
Es interesante señalar que, en Estados Unidos, lo que las grandes empresas tecnológicas transforman en activos[13] no son tanto los datos en sí mismos como los indicadores centrados en el usuario: el número de personas, el grado de implicación. Los usuarios, a su vez, se constituyen como tales a través de una serie de elecciones tecnológicas y sociojurídicas. Se convierten en una clase de activos completamente nueva, ya que constituyen la materia prima a través de la cual los gigantes tecnológicos crean y controlan los datos que les permiten generar ingresos. La calidad y la cantidad de la implicación de los usuarios —individuos que, en sus diversas funciones sociales, circulan por el mundo virtual o alimentan pasivamente los satélites de datos desde el teléfono que llevan en el bolsillo— también depende de una combinación de activos tangibles e intangibles. La singularidad de la extracción de beneficios en el comercio de datos no reside en la cantidad de productos vendidos, ni siquiera en el margen obtenido con ellos, sino más bien en el espacio social controlado por la empresa.
Las consecuencias de la larga recesión
La pregunta con la que Morozov concluye su reflexión —si las dinámicas de redistribución hacia arriba vigentes en el capitalismo contemporáneo resultarán más determinantes que sus tendencias productivas— apunta al hecho estilizado que dio lugar a la hipótesis tecnofeudal. Sin embargo, el escepticismo de Morozov resulta sorprendente, si se tiene en cuenta que se trata de una de las características menos controvertidas de las economías capitalistas avanzadas. La figura 1 muestra la tendencia secular al estancamiento de la inversión en los países de la OCDE durante el último medio siglo, lo que ilustra la larga recesión del capitalismo. Esta falta de dinamismo se ha visto acompañada de una intensificación generalizada de las desigualdades de ingresos. Según la World Income Database, en 1980, la parte de los ingresos totales asignada al 1 % más rico era del 10,8 % en América del Norte y del 8,4 % en Europa Occidental; en 2020, estas proporciones habían aumentado hasta el 19,4 % y el 11,8 %, respectivamente. También se observa una tendencia a la disminución de la parte de los ingresos asignada a los salarios desde principios de la década de 1980 en la mayoría de los países, lo que se corresponde con un aumento global de la tasa de explotación, que es especialmente espectacular en Estados Unidos [14].
Figura 1: GFCF en los países miembros de la OCDE (% del PIB). Fuente: OCDE
Todos estos indicios apuntan a una fuerte tendencia a la redistribución hacia arriba y a una dinámica productiva anémica. La verdadera cuestión radica en la explicación que se propone para estos hechos. Como se ha señalado anteriormente, la hipótesis tecno-feudal complementa otras explicaciones, incluidas las de la globalización y la financiarización. Aunque por el momento no se dispone de estadísticas ni de procedimientos metodológicos que permitan poner a prueba de forma rigurosa y exhaustiva los diversos canales de monopolio intelectual que hemos podido identificar[15], otros factores corroboran la idea de un cambio histórico en la lógica de la competencia intercapitalista. En primer lugar, los beneficios «convencionales» están cada vez más concentrados. En Estados Unidos, los beneficios del percentil 90 han crecido, pasando de 2,1 veces los beneficios medios durante la década de 1970 a más de seis veces los beneficios medios en 2017, y el mayor aumento se ha producido desde el año 2000[16].
En segundo lugar, si se tienen en cuenta los activos totales, incluidos los activos financieros e intangibles, esta divergencia desaparece, pero, lejos de resolver el enigma, plantea preguntas intrigantes. Por un lado, la creciente proporción de capital financiero acumulado en efectivo sugiere un déficit de oportunidades de inversión. Por otro lado, el hecho de que las empresas con las mayores tasas de beneficio operativo también dispongan de importantes recursos intangibles sugiere que sus estrategias de crecimiento se basan cada vez más en la adquisición de empresas existentes. Todas estas observaciones son compatibles con el diagnóstico de un capitalismo disfuncional, en el que la centralización del capital se lleva a cabo mediante procesos de depredación que están muy desconectados de cualquier actividad productiva: esa es la lógica de la apropiación del excedente que implica la hipótesis tecno-feudal. El éxito de Walmart en mantener su rentabilidad, gracias a su giro digital —y a pesar de la reducción de las inversiones—, y la decisión de Amazon de ofrecer sus servicios a terceros, con el fin de aprovechar los costes fijos, ilustran esta dinámica sin precedentes, en la que el control de los medios de coordinación genera unos ingresos que tienden a sustituir a la extracción de beneficios a través de la producción y la venta [17].
En su respuesta a Morozov, titulada «Capital y cibernética», Timothy Ström plantea la idea de que el sector cibercapitalista podría conceptualizarse como un sistema totalmente nuevo, que introduciría un modo de abstracción completamente nuevo y funcionaría como «una fina capa, desplegada de forma desigual a través del sistema-mundo capitalista, y que cubre constelaciones más antiguas de práctica social»[18]. Lo que sugiere esta perspectiva, que recuerda al Stack [la pila], un concepto desarrollado por Benjamin Bratton para comprender la compleja maraña del sistema mundial, es la existencia de un nuevo terreno de apropiación del excedente, donde prevalecen nuevas reglas. Tal mutación es compatible con los inquietantes datos estilizados mencionados anteriormente, relativos a la rentabilidad, la inversión y las desigualdades. ¿Seguimos viviendo en un capitalismo antiguo y denostado, o ya hemos entrado en una nueva configuración, aunque igualmente perniciosa? La respuesta sigue siendo incierta desde un punto de vista empírico, pero depende en última instancia de un efecto umbral. Cuando la apropiación haya superado en importancia a la explotación capitalista, el sistema habrá cambiado. ¿O acaso no lo ha hecho ya?
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Traducción de Durand (C.), «Scouting Capital’s Frontiers», New Left Review, (136), 2022, pp. 29-39.
Notas
[1] Morozov (E.), «Critique of Techno-Feudal Reason», New Left Review, (133/134), 2022, pp. 90-92.
[2] Brenner (R.), «The Origins of Capitalist Development: A Critique of Neo-Smithian Marxism», New Left Review, I/104, 1977.
[3] Morozov (E.), «Critique of Techno-Feudal Reason», art. cit., pp. 110-111, 118.
[4] Ibid., pp. 125-126.
[5] Véase mi obra, Techno-féodalisme. Critique de l’économie numérique, París, La Découverte, 2020. Agradezco la oportunidad que se me brinda aquí para aclarar mis argumentos; desde la publicación del texto, los debates mantenidos con los críticos me han ayudado a perfeccionar mis tesis. Aunque sus argumentos se desarrollan de manera distinta, las críticas formuladas por Morozov coinciden con las de Sterenn Lebayle y Nicolas Pinsard, quienes afirman igualmente que el análisis del sector digital debe «basarse» en la lógica del modo de producción capitalista y, en particular, en su dinámica imperialista. Véase Lebayle (S.), Pinsard (N.), «L’économie numérique : une involution du mode de production capitaliste ?», Revue de la régulation. Capitalisme, institutions, pouvoirs, 30 | 1er semestre, 2021.
[6] Brandon (P.), «Marxism and the ‘Dutch Miracle’: The Dutch Republic and the Transition-Debate», Historical Materialism, 19 (3), 2011.
[7] Esta tesis coincide con la posición de Brenner, según la cual los cambios en las relaciones de propiedad tienen una anterioridad lógica sobre el comercio en el auge de la acumulación capitalista autosuficiente, aunque Brandon también insiste en la importancia de la articulación entre el desarrollo rural y el urbano en el caso holandés.
[8] Bois (G.), Crise du féodalisme, Presses de Sciences Po, 1976, p. 355.
[9] Mandel (E.), « In Defence of Socialist Planning », New Left Review, I/159, 1986, p. 6 (traducción propia).
[10] Balibar (É.), «Towards a New Critique of Political Economy: From Generalized Surplus-value to Toal Subsumption», en Osborne (P.), Alliez (E.), Russell (E.-J.), dir., Capitalism: Concept, Idea, Image: Aspects of Marx’s Capital Today, Londres, Reino Unido, Center for Research in Modern European Philosophy, 2019 (traducción propia).
[11] Pistor (K.), «Rule by Data: The End of Markets?», Law & Contemp. Probs., 83 (2), 2020, p. 106 (traducción propia).
[12] Rikap (C.), «Capitalism As Usual?», New Left Review, (139), 2023, p. 26-27.
[13] Birch (K.), Cochrane (D.), Ward (C.), « Data as asset? The measurement, governance, and valuation of digital personal data by Big Tech », Big Data & Society, 8 (1), 2021, p. 2.
[14] Stockhammer (E.), «Determinants of the Wage Share: A Panel Analysis of Advanced and Developing Economies», British Journal of Industrial Relations, 55 (1), 2017.
[15] Durand (C.), Rikap (C.), «Intellectual monopoly capitalism—challenge of our times», consultado el 25 de agosto de 2025; Durand (C.), Milberg (W.), «Intellectual monopoly in global value chains», Review of International Political Economy, 27 (2), 2020, p. 404-429.
[16] Davis (L.), Souza (J. P. A. de), «Churning and profitability in the U.S. corporate sector», Metroeconomica, 73 (3), 2022. Agradezco a Joel Rabinovich por señalarme esta referencia. Entre una serie de trabajos anteriores que muestran la concentración de las ganancias, véase Furman (J.), Orszag (P.), «A Firm-Level Perspective on the Role of Rents in the Rise in Inequality», en Guzman (M.), dir., Toward a Just Society: Joseph Stiglitz and Twenty-First Century Economics, Columbia University Press, 2018, p. 19-47; Autor (D.) et al., «The Fall of the Labor Share and the Rise of Superstar Firms*», The Quarterly Journal of Economics, 135 (2), 2020, p. 645-709.
[17] Durand (C.), Baud (C.), «Profit-making, costs, and investments in the digitalization of retailing—The uneven trajectories of Carrefour, Amazon and Walmart (1995–2019)», Competition & Change, 28 (2), 2024.
[18] Ström (T. E.), «Capital and Cybernetics», New Left Review, (135), 2022, p. 30.