“El Frente Popular sí ganó el 16 de febrero de 1936” por Juan Sisinio Pérez Garzón

El País, 19/01/2026. “Carmelo Romero Salvador pone las últimas elecciones de la Segunda República y el uso partidista del pasado bajo la lupa de una historia crítica.”

Entre el cuento del fraude y la idealización retrospectiva, Carmelo Romero propone un análisis rigurosamente documentado del Frente Popular en la España de 1936. Sin duda, las elecciones y la legitimidad política del Frente Popular zarandean nuestra memoria democrática. Aquí se propone una reconstrucción sobria y didáctica, centrada en los meses de enero a julio de 1936, desglosando el contexto nacional e internacional de las elecciones, la tensa negociación de candidaturas y la validación o anulación de actas que se enlaza con la escalada posterior de violencia sociopolítica y conspiración militar. Sin mirar la guerra como destino inevitable, se discuten causas, factores y protagonistas del acelerado deterioro de los valores democráticos en aquellos meses.

La tesis es rotunda: el Frente Popular ganó el 16 de febrero de 1936. Fue aguda la violencia del proceso electoral desde el 1 de enero: 41 víctimas mortales (10 el mismo día 16). Votó el 71,3% de mayores de 23 años, cuatro puntos más que en 1933 y la ley electoral premiaba con tres cuartas partes de los escaños de cada distrito a quien obtuviera el 40 por ciento de votos en la primera vuelta. Y el 16 ganó el Frente Popular con 259 diputados, mayoría absoluta de 473 escaños. Con poca diferencia en votos, un resultado contundente. Las izquierdas lograron el 47,1 %, incluyendo muchos votos de anarquistas, las derechas el 45,6 %, y los de centro, un 5,3 %. En general, se atribuye al Frente Popular entre 150.000 y 200.000 votos más que la suma de derechas y centro. Tras la segunda vuelta, con las repeticiones en Cuenca y Granada, hubo 287 diputados de izquierdas, 167 agrupados como frente antirrevolucionario, incluyendo la Lliga, más 9 del PNV y 10 sin adscripción.

Los datos afianzan otra tesis, que la narrativa del “fraude” como ilegitimidad de origen fue fabricada posteriormente y propagada por los sublevados contra la República. En 1936 las derechas reconocieron el triunfo de las izquierdas. Fue idea de Serrano Suñer, en 1938, justificar retrospectivamente el golpe de Estado y la dictadura militar. Carmelo Romero no niega las irregularidades ocurridas. Al contrario, las documenta, pero insiste en que irregularidad no equivale a fraude sistémico y menos a un plan orquestado para alterar los resultados. El supuesto fraude fue la burda justificación de un golpe de Estado sangriento contra una democracia.

Se restituye así el debate al terreno de una historia necesariamente crítica y difícilmente neutral. Una metodología impecable que el autor explicita al declarar que no pretende absolver o condenar, sino comprender “abrazando, ciñendo o rodeando por todas partes” lo ocurrido entre enero y julio de 1936. En tan extraordinario cúmulo de información, condensado en apenas 180 páginas, precisas y claras, destacan otras muchas aportaciones. Por ejemplo, el examen del laberinto de ambiciones y vetos enhebrando alianzas y programas políticos, o la financiación y antagonismos de unas campañas electorales que reflejaron una profunda fractura socioeconómica: los conservadores, con grandes recursos financieros, frente a las izquierdas, apoyadas sobre todo por una movilización militante masiva.

En efecto, los grandes contribuyentes aportaron “enormes fondos”, con figuras como Francesc Cambó, líder del catalanismo conservador, y el “contrabandista” y banquero Juan March. Ambos financiarían, meses después, la sublevación militar de Franco. Por ejemplo, la CEDA imprimió 50 millones de carteles, cifra inasequible para las izquierdas con solo las manos, llenas de engrudo, de sus afiliados. Se enfrentó, en suma, el capital humano al capital financiero y la propaganda fue el arma de simplificación política en cientos de miles de octavillas, carteles y mítines, con mensajes de dualismos extremos: fascismo contra revolución, o la autoridad y el orden de las derechas frente a la amnistía, principal motor de movilización para las izquierdas, con unos 30.000 presos por haber participado en la sublevación revolucionaria liderada por los socialistas en octubre de 1934.

Tales antagonismos se convirtieron en catastróficos cuando la violencia, de diversos tipos y motivos, se hizo cotidiana e incontrolada. Las recientes investigaciones aproximan a 500 los muertos en unas estrategias violentas, consideradas entonces por la mayoría del mundo político como necesarias. Destacaron las milicias de la Falange, por un lado, y, por las izquierdas, la acción paramilitar cohesionada e igualmente aceptada resultante de la fusión de juventudes socialistas y comunistas en marzo de 1936. Hubo una creciente dinámica de retroalimentación entre los partidarios de anular la democracia, idea que movilizó peligrosamente al sector golpista del Ejército. De hecho, aquella violencia opacó entonces y sigue oscureciendo todavía la importancia de las reformas de democratización sociopolítica relanzadas por los gobiernos existentes desde febrero, que no fueron del Frente Popular, sino solo de partidos republicanos.

Por eso, Carmelo Romero subraya y desglosa de modo certero el nuevo impulso a la creación de escuelas, la intensa y muy conflictiva aplicación de la reforma agraria o el desarrollo del “Estado integral” de la Constitución de 1931, ampliando los Estatutos de autonomía. Fueron tareas yuguladas por la sublevación militar que provocó una Guerra civil, la tragedia más sangrienta de nuestra historia contemporánea.

https://elpais.com/babelia/2026-01-19/el-frente-popular-si-gano-el-16-de-febrero-de-1936.html

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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