Un intercambio (con tres movimientos) sobre la izquierda entre Ramón Qu y Daniel Jiménez Schlegel

1. “POR UNA HEREJÍA PARA LA IZQUIERDA” por Ramún Qu.

La vulgata de la izquierda está apolillada y más le valdría sacudirse al menos el polvo. Demasiados tópicos, verdades reveladas y citas de autoridad pululan en los lugares comunes del común ciudadano de “izquierdas”. Pertrechado de su catecismo, no hay quien lo derribe del caballo o lo baje del burro de creerse con la razón moral, la verdad histórica y todos los determinismos y teleologías que en el mundo del pensamiento progresista han sido.

A pesar de que desde hace decenios no se jala un rosco, a pesar de su escondida perplejidad frente a lo que pasa, a pesar de las advertencias de los buenos pensadores que hay en el movimiento emancipador, el fiel de la izquierda vulgar está completamente convencido de poseer la buena ética, la mejor estética y, en definitiva, el camino, la verdad y la vida.

Ante cada derrota que padece, esta izquierda vulgar encuentra un traidor que la ha provocado; frente a cada triunfo de la derecha, descubre alguna conspiración diabólica que lo planificó. Su ideario nunca sufre con los reveses de la realidad, su praxis no se altera con las refutaciones de los hechos. Tiene la llave de la interpretación de los fenómenos de la sociedad y abre la caja de caudales de la teoría política, económica y social con la facilidad de quien destapa un tarro de espárragos.

En última instancia, si el pueblo no la sigue y continúa bajo la férula de la derecha no es por su culpa, sino que es responsabilidad del pueblo que no está a la altura de su destino, claramente marcado por las férreas leyes de la Historia.

Dogmática, se la diría encantada de haberse conocido. Maniquea, disfruta de su superioridad moral. Simplista, está cómoda en su pose romántica de derrotada. Infantil, repite vejas consignas de unos Primeros Padres de una iglesia mucho tiempo ha derrumbada. Soberbia, desprecia una situación concreta que se empeña en llevarle la contraria. Carente de autocrítica, responsabiliza a tirios y a troyanos de que Zamora no caiga en una hora. Agria, llena con hipotéticos sicarios y traidores el vacío de sus logros. Obsoleta, se reproduce en el dulce encanto y en el oscuro objeto de deseo de la pequeña burguesía.

Pero la realidad es otra. La realidad es que la izquierda vulgar es una paloma disecada, un “te acuerdas”, un “te lo dije”. La realidad es que la izquierda vulgar solo sirve para cantos y lamentos de fiestas, asambleas y tabernas. La realidad es que la izquierda vulgar es un altar de ombligos y lavados de conciencias, un cuento de hadas con el que se adormecen peterpanes y campanillas. La realidad es que la izquierda vulgar no es más que otra forma de ser un conservador social y la más clara expresión de la derrota de la izquierda crítica.

La izquierda crítica es la izquierda consciente de la gran crisis civilizatoria que se está gestando; es la izquierda consciente de que no tiene respuesta ante lo que se avecina; es la izquierda consciente de su debilidad, desconcierto y falta de soluciones; es la izquierda consciente de que debe reinventarse, encontrar nuevos caminos; es la izquierda consciente de que aún posee armas ideológicas acertadas, pero también principios obsoletos; es la izquierda consciente de que en su historia ha habido errores y aciertos, virtudes y conquistas, crímenes y extravíos.

En definitiva es la izquierda que, a pesar de todo lo anterior, debe encontrar una alternativa que ayude a los humillados y ofendidos del mundo a construir un mundo más igual, más libre y más fraterno, pues esa y solo esa es la razón que legitima y da sentido a su existencia.

La izquierda crítica no necesita vulgatas, sino herejías.

2. “Defender lo mínimo de lo mínimo” por Daniel Jiménez Schlegel.

Mil gracias Ramón.

Lo comparto, aunque como todo hay de todo en la viña del Señor. Hay quienes se encasillaría en la “izquierda” porque les repugna la indigencia moral de un mundo sometido a las lógicas perversas del capital, pero forman parte de esa clase social acomodada a ellas, por nacimiento, formación, gustos y viven, como diría Woody Allen, desenfocados, en una contradicción ciertamente insana. Anímicamente insana.

¿Qué se les puede reprochar si no reniegan de la (auto)crítica que apuntas?, ¿se les puede reprochar que hacen el juego al “sistema” por no “actuar”? En qué consiste ese actuar? Y sobre todo, ¿quién reprocha y con qué autoridad moral?

Vivir de manera honesta y consecuente, no venderse, no aspirar a encajar en aparatos de dirección política preestablecidos por el sistema, activismo político (no politiquería) de base y pedagogía (para quiénes),… ¿es suficiente, aparte de la autocrítica necesaria de la izquierda que bien señalas, como para huir de la vulgata? ¿cómo hacer que eso sea “productivo” (es decir, eficaz, en un mundo dominado por tiktoks, X, IA, …)?

Es cierto que hoy la vulgata de “izquierda” pugna por conseguir parcheos y no un enfrentamiento cara a cara con una realidad cada vez más espantosa. Hemos llegado a considerar de “izquierdas” al primer ministro de Canadá (con su currículum!!!), solamente por cuestionar en Davos una evidencia que la historia y la razón humana convivencial señala como locura peligrosa: el orden de la fuerza sobre el del derecho. Como jurista veo claramente la repetición histórica de la pendiente resbaladiza de la decadencia weimariana, y estoy en el lado “conservador” de la defensa numantina de lo mínimo que nos queda: el respeto al derecho. ¿Es hoy eso de izquierdas?

Según qué circunstancias nos toca vivir las prioridades de las pretensiones ideológicas cambian. De “la supresión del Estado y de los juristas” y “las sombras del sistema constitucional”, de Juan Ramón Capella, el autor acabó defendiendo férreamente el Estado como garante constitucional, ante los recortes sociales en la época de la crisis financiera o el happening secesionista en Cataluña.

Ahora toca defender lo mínimo de lo mínimo: el estado de derecho frente la arbitrariedad. Incluso el derecho como forma y procedimiento “hipócrita”, pues al menos pone límites a la arbitrariedad, a que las Sturmabteiung de los ICE, por ejemplo, te ejecuten a plena luz del día, o que el exterminio de población civil y la apología supremacista en Gaza vuelvan a quedar abiertamente impunes. Decía La Rochefoucault que la hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud. Ahora se han aniquilado la hipocresía y la virtud, y frente a ello se impone el pragmatismo de Carney de “sentarse en la mesa o formar parte del menú”.

Un abrazo fraternal

Daniel Jiménez Schlegl

3. “Compartiendo perplejidades y búsquedas” por Ramón Qu

Pertenezco a una corriente de pensamiento que se declara –¿declaraba?– explícitamente anti capitalista y que tenía a la “Revolución” como uno de sus conceptos centrales. Revolución en el sentido de la Revolución Francesa o Rusa. Ya en los años gloriosos del capital anduvieron los intelectuales de izquierdas descreídos del término, aunque pertinaces aún se empeñaron en la búsqueda del sujeto revolucionario que parecía desaparecido en el gran juego de los apocalípticos y los integrados. El Mayo del 68 les sorprendió tanto como les dio un respiro… pero no era el inicio de un nuevo ciclo revolucionario, sino el canto de cisne de las revueltas en Europa.

La caída del muro de Berlín se puede señalar como la fecha en que el concepto “Revolución” desaparece de las bocas, reo de imposibilidad, violencia y totalitarismo. A partir de entonces y como decía alguien cuyo nombre no recuerdo y no con estas exactas palabras: ahora es más fácil imaginar la extinción de la civilización que acabar con el capitalismo. Muerta la utopía medran las distopías; desaparecida la esperanza, crece el nihilismo. Pero no hay acción sin reacción y este espacio vacío que deja la revolución es ocupado de inmediato por su par inevitable la contra revolución.

Contra revolución que por ironía de la historia será llamada Revolución Conservadora, iniciada por el presidente actor y la dama de hierro, y que tras varias peripecias y después de alcanzar el neoliberalismo la hegemonía cultural, apunta en la actualidad a una vía postdemocrática del capitalismo con el triunfo del pensamiento único –There is not alternative sobre Otro mundo es posible– que podríamos resumir en la frase schmittiana: un economía sana en un estado fuerte, esto es, lex mercatoria universal: ¡aparta democracia tus plebeyas manos del mercado y de la acumulación del capital!

Ante esta situación entre la TINA – There is not alternative – y la MAGA – Make America Great Again – la impotencia alimenta melancolía, indiferencia, egoísmos, retiradas al ámbito privado y a la subjetividad sitiada, en una suerte del neo barroco “Anda yo caliente y ríase la gente”.

Y ciertamente aunque algunos piensen que “tiene que llover” no parece que de llover “llueva café” sino chuzos de punta. Y aprovechando lo del café, hagamos un pequeño panorama de esa cosa llamada izquierda en el mundo occidental: Estarían en ella:

Los descafeinados, dada la imposibilidad de acabar con el capitalismo solo queda intentar dotarle de rostro humano recortándole los dientes y disimulando su sonrisa cruel. Serían los pragmáticos reformistas… Pero la socialdemocracia también se hundió con el Muro de Berlín y en la actualidad, hecha social liberalismo, alimenta el desencanto y el resentimiento entre los de abajo fuente del crecimiento de la ultra dercha

Los cafeinómanos, inasequibles al desaliento, se aferran a los principios decimonónicos ya de Marx, ya de Bakunin y repiten con el convencimiento férreo de quien desea convencerse a si mismo los principios del Manifiesto Comunista o del Catecismo del Revolucionario. A este apartado pertenecerían los aludidos en el texto de la herejía.

Los cafeteros que reconociendo que transformar el mundo ya no es posible vuelven, en cátedras, libros o revistas, a la tarea de interpretarlo. Remedando a Quevedo:

Retirado en la paz de estos desiertos,

Con pocos, pero doctos libros juntos,

Vivo en conversación con los difuntos,

Y escucho con mis ojos a los muertos.

Los afectos al café, la copa y la sinhueso, que debaten, discursean y comentan las nuevas vías al socialismo en torno a una mesa de cafetería.

Los recolectores de café, activistas y militantes que trabajan a diario en diferentes organizaciones y campos sociales en defensa de los de abajo. Son los imprescindibles.

Pero, perdona este rollo introductorio y vayamos a tu comentario.

Lo podríamos dividir en dos partes.

En la primera pones dos ejemplos de la “fauna” de izquierdas.

El primero sería el “desenfocado” y sobre él te preguntas: ¿Qué se les puede reprochar si no reniegan de la (auto)crítica que apuntas? Respuesta: No; ¿se les puede reprochar que hacen el juego al “sistema” por no “actuar”? Respuesta: tampoco; ¿Quién reprocha y con qué autoridad moral? Respuesta: nadie y ninguna… o esa no es la pregunta; Más enjundia tiene: ¿En qué consiste ese actuar? Pero intentar responder a esto nos llevaría muy lejos. Añadamos por nuestra cuenta una nueva pregunta ¿cómo conseguir que los desenfocados logren enfocar su vida de una forma menos anímicamente insana? Responder a esto también nos llevaría muy lejos.

El segundo “faunero” sería el que vive de una manera honesta y consecuente. Sobre él preguntas: ¿es suficiente, aparte de la autocrítica necesaria de la izquierda que bien señalas, como para huir de la vulgata? Respuesta: No; ¿Cómo hacer que eso sea “productivo” (es decir, eficaz, en un mundo dominado por tiktoks, X, IA, …)? Pregunta del millón ¿Cómo hacer que la micropolítica sea también macropolítica? ¿cómo conseguir que la lucha en la base llegue a las alturas? ¿Cómo crear contrapoderes en la sociedad civil que transformen los poderes del estado? Esto también requeriría un texto aparte.

La segunda parte de tu comentario se podría resumir en el aserto: “Según qué circunstancias nos toca vivir las prioridades de las pretensiones ideológicas cambian” He aquí la madre del cordero: el capitalismo del Manifiesto Comunista ya no es el capitalismo actual ¿cómo se es anti capitalista en el capitalismo actual?

Todo avance en el conocer implica dos cosas: una, tener “estanterías” mentales bien dispuestas y ordenadas capaces de acoger a lo nuevo conocido y por conocer; y dos, reconocer que se ignora. Esto último es difícil porque reconocer nuestra ignorancia es perder las defensas que el dogmatismo y la fe nos dan para defendernos de este mundo lleno de hostilidad. Miembros de la muchedumbre solitaria tememos ser un grano de arena en la playa de la insignificancia. Buscamos algo que nos dé una identidad y que nos sirva para reconocernos como “alguien”: nuestras ideas – obsérvese el posesivo – sirven para apuntalar esa identidad deseada y en buena parte ilusoria.

Volviendo a tu comentario – como verás me desvío a cada paso: ¡cada loco con su tema! – el caso del “Estado” que pones es paradigmático: ¿Del estado comité de gestión de los asuntos de la burguesía del Manifiesto Comunista hemos pasado al estado como último baluarte del derecho frente a la ofensiva neo liberal de la actualidad? ¿Es el Estado actual una mezcla compleja y contradictoria de ambas cosas? ¿Qué hacer con el estado?… ¿Ahora toca defender lo mínimo de lo mínimo: el estado de derecho frente la arbitrariedad? Pero ¿se puede defender lo mínimo desde un Estado hecho de cloacas? Preguntas, preguntas y más preguntas…

Todo el texto sobre la herejía se basa en esta premisa: NO sabemos demasiado, sabemos poco, demasiado poco. Al contrario de la película somos la izquierda que no sabía demasiado… en realidad como todos los “revolucionario”s que en la historia ha sido: solo la praxis lleva a la respuesta.

¿Qué hacer? ¿Confiar en que el Viejo Topo de la historia siga su labor de zapa? ¿Aún sirve el consejo del viejo Ulianov: estudiar, organizarse y hacer propaganda? ¿O como ese otro consejo suyo que remedaba a Napoleón: lanzarse a la batalla y ya se irá viendo?

Perdona el carácter caótico del escrito. Sin duda el asunto merecería un tratamiento más ordenado, riguroso y extenso, pero sirva esto para compartir perplejidades y búsquedas.

Un abrazote.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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