“Sobre reconciliaciones: que hablen los comunistas españoles (y quienes ayudaron)” pot Víctor Hernández Ingelmo

Mundo Obrero. “Al no hablar de la asimetría entre los bandos de un conflicto ni del origen del mismo, se diluyen las responsabilidades y se opaca la memoria.”

Cada vez que oigo hablar de “reconciliación” tengo que armar la pluma. Y eso que, por diversos motivos personales de gran calado, relacionados con un duelo familiar muy reciente, iba a tener que alejarme de cualquier forma de trabajo o elaboración durante al menos un tiempo. Pero este tema me ha sacado momentáneamente de aquella necesaria postración.

Debido a mis últimas investigaciones es normal que a quien me conoce le haya contado una historia que me ha llevado a muchas reflexiones y preguntas. Mi amigo Pepe Galisteo casi cuarenta años mayor que yo,  al que conocí cuando yo era un joven quincemayista y él un yayoflauta, tuvo que dejar de ir al Restaurante Casa Pedro del barrio malagueño del Palo.  El motivo era que a pesar de ser los primeros años noventa se encontraba allí demasiado a menudo con el que fue su torturador en la comandancia de Málaga. Habían pasado casi treinta años pero ahí estaba el torturador mirándole con descaro. Pepe ya no era el joven sindicalista de la industria textil, él ya era un funcionario tipo A, delineante del Ministerio de Obras Públicas, pero el torturador era el mismo. Quizá las jornadas de Pérez-Reverté podrían empezar con esta anécdota. 

La reconciliación después de una guerra es un fenómeno muy extenso. No puede ser algo binario ni maniqueo. La reconciliación solo termina cuando incluso nos olvidamos de ella. En España, la reconciliación empezó hace mucho tiempo, y su complejidad impide reducirla a apretones de manos, abrazos o relatos compartidos.

En mi próximo libro, Heridas: repensar las posguerras, hablo de ello. He estado investigando sobre más de cincuenta países y cientos de historias que tratan precisamente de eso: lo multitonal de las posguerras.

En unas catacumbas, unos estudiantes y un divisionario en La Nicolasa

En el verano de 1956, apenas unos meses después del informe de Jrushchov durante el XX Congreso del PCUS, los comunistas españoles se lanzaron a una de sus líneas políticas más singulares. La Reconciliación Nacional fue discutida y proclamada desde las catacumbas del franquismo. En sus comunas carcelarias, convertidas en universidades clandestinas —como las de Burgos—, los comunistas abogaron por integrar en sus filas a antiguos adeptos del bando golpista.

Esto tampoco surgió de la nada. Unos meses antes se había producido la primera rebelión universitaria, cuando un grupo inicialmente heterogéneo de jóvenes declaró una huelga y salió a manifestarse por la zona aledaña a San Bernardo, donde se situaba la entonces Universidad Central. En ese grupo había hijos de vencedores y vencidos —así firmaron su manifiesto—, como Javier Pradera, Ramón Tamames, Nicolás Sartorius y un ya veterano hombre de cultura y agente del PCE clandestino, Jorge Semprún. Se atrevieron a enfrentarse a un grupo de camisas azules armados que intentaron tomar el edificio universitario. Comenzaron así a derribar el omnipresente Sindicato Español Universitario, dejando claro que se iniciaba una oposición al régimen que iba a superar los bandos de la guerra.

El PCE, actor en aquella revuelta, empezó a vislumbrar cómo comenzaban a aparecer sectores que, aunque procedentes sociológicamente del campo franquista, podían ser atraídos a una alianza por la democracia. Esta política duró décadas y posibilitó a los comunistas infiltrarse en multitud de estructuras.

El 7 de abril de 1962, en el pozo de La Nicolasa, en Mieres, unos veinte mineros sabotearon organizadamente la extracción de carbón para protestar por unos despidos. La huelga se extendió por Asturias, Vizcaya, Barcelona, etc., llegando en su punto álgido a reunir a unos 300.000 obreros en huelga. La militancia del PCE tuvo un papel significativo en su organización y extensión. La huelga pasó de lo económico a lo político rápidamente.

Entre el grupo fundacional de aquella huelga estaba Francisco Fernández, que, al ser reprendido por los mandos de la mina por ser un “saboteador marxista”, se abrió la camisa y enseñó una cicatriz que le atravesaba el pecho. Se la habían hecho en Krasni Bor, cuando formaba parte de la División Azul. El PCE había logrado extender la lucha antifranquista a antiguos acólitos del régimen, diseñando una política en la que la reconciliación se basaba en la lucha contra el franquismo y en enterrar cuestiones cainitas.

Las “guerras entre hermanos”

En muchas ocasiones nos parecen burdas manipulaciones las expresiones sobre la “guerra entre hermanos”, pero el propio PCE las utilizó para referirse a las casuísticas dramáticas y funestas que se produjeron en muchos campos de batalla. Había que superar eso, pero de una manera clara: superarlo para construir una alternativa democrática y unitaria. Esta política fue de largo plazo y para nada oportunista. No podía serlo, porque no habría resistido las torturas que durante días e incluso semanas se practicaban en la Dirección General de Seguridad y en las comandancias de las principales capitales de provincia españolas. Si el PCE en su conjunto hubiera creído torticeramente y con miras cortas en esta política, el ambiente de represión la habría quebrado.

Esto no iba de agravios familiares, quedó claro con un jóven estudiante de ingeniería aeronáutica. En una de las sucesivas “caídas” del aparato clandestino del PCE en Madrid, hacia 1967, fue llevado a la cárcel de Carabanchel este joven tenía un apellido poco usual, pero conocido. Daniel Lacalle Sousa era hijo de un político carlista que por entonces se sentaba en el Consejo de Ministros con la cartera del Ministerio del Aire. La oposición había llegado hasta la casa de un jerarca del régimen, que se vio obligado a dimitir.

Hablar de “guerra entre hermanos” para salvar al golpismo es otra cosa. Hablar de la inevitabilidad de la guerra, también. Los arquitectos del golpe, como bien han estudiado Viñas, Casanova o Preston, tenían claro que se dirigían hacia una guerra de exterminio y terror. El golpe se ensaya desde 1931, cuando monárquicos ya estaban tratando con el servicio exterior de Mussolini para obtener asistencia militar.

Esto es muy diferente de las historias personales y familiares, como la de mi tío abuelo Emiliano, que fue reclutado para luchar con los franquistas —nunca supe bien si con voluntad o sin ella—, o la del abuelo de mi mujer, que tuvo que marchar como sargento de batallón a intentar frenar el avance de los fascistas italianos por el Boquete de Zafarraya, para dar cobertura al éxodo civil de La Desbandá. El primero volvió destrozado de la guerra; el segundo todavía yace en una fosa común, hasta hoy sin abrir, en Vélez-Málaga.

Los dos demonios

Los argentinos lo tienen claro con lo que se conoce en el argot popular como la “teoría de los dos demonios”. Esta teoría tiene un carácter peyorativo, pues se trata del truco de empatar. Esto lo intentaron los militares argentinos golpistas para igualarse con la resistencia montonera.  Al no hablar de la asimetría entre los bandos de un conflicto ni del origen del mismo, se diluyen las responsabilidades y se opaca la memoria. Algo similar han sufrido las víctimas de ETA cuando el entorno abertzale ha intentado reiteradamente igualar ETA con el GAL para repartir culpas. A colación del affaire Reverte, no me imagino a estudiosos o herederos morales de las víctimas de ETA vilipendiados por decir: “Disculpe, pero no voy”, a un encuentro intelectual con legitimadores de la violencia terrorista en el País Vasco.

Pero, siguiendo con el PCE, hace unos días en el Hospital Costa del Sol, un viejo militante de la clandestinidad vino a saludarme para hablar de mi libro Un día en la muerte de cuatro secretarios generales del PCE. Me dijo que le había recordado a sus años jóvenes, cuando diseñaron un compartimento encima de la cisterna de la cafetería Mena, en San Pedro de Alcántara, para guardar Mundo Obrero y así pagar el café, ir al baño y salir con el periódico prohibido oculto bajo la camisa.

En medio de aquella colección de microheroísmos que iba relatando, el viejo militante me dejó claro: “En aquellos tiempos hablábamos de la Unión Soviética, de Albania, de Dubček y de muchas cosas, pero nosotros, ante todo, luchábamos por la democracia”. Decir eso es decir mucho. Quizá la piedra de toque de la reconciliación pase por ahí: por quienes, desde los años sesenta, luchaban de diferentes maneras por la democracia.

Poco a poco fueron cada vez más. Hubo incluso una vertiente minoritaria, pero de gran relevancia intelectual, que era por definición no comunista. Es el caso del Contubernio de Múnich, que aglutinó a grandes personalidades que, por trayectoria vital, provenían más del régimen de Franco que de la Segunda República. Un camisa vieja de Falange como Dionisio Ridruejo estaba entre ellos. Su anticomunismo inicial fue cediendo ante el objetivo común de la democratización. Estas relaciones llegaron a significar la formación de un bloque lo suficientemente creíble como para hablar de un proceso en marcha que derivó en la conocida Platajunta.

En el convento de los Oblatos donde no fue Reverte 

En el convento de los Oblatos, en Pozuelo de Alarcón, corría el año 1975 cuando, en una reunión clandestina de Comisiones Obreras, irrumpió la policía para llevarse a los diez miembros de la dirección del sindicato. En el famoso proceso 1001, las penas iniciales fueron largas, de diecisiete a veinte años de cárcel para cada uno, pero un hábil abogado, utilizando los resortes del sistema, consiguió que el Tribunal Supremo las rebajara a entre cuatro y seis años. Ese abogado era José María Gil-Robles, líder de la derechista CEDA durante la Segunda República. No estaba solo en el equipo jurídico de la defensa: lo acompañaban otro jurista, miembro del consejo privado de don Juan, así como Cristina Almeida y Paca Sauquillo. Por tanto, la reconciliación —y su apología— ha pasado siempre por el antifranquismo.

En cuanto a las polémicas jornadas y al asunto Reverte–Uclés/Maíllo, tampoco me veo en disposición de criticar ni a Julián Casanova por querer acudir ni a Uclés o Maíllo por retirarse. Retirarse de un acto por no estar de acuerdo con sus esquemas no es polarizar, del mismo modo que decidir participar en él no es necesariamente un acto de seguidismo de la “teoría de los dos demonios”. Lo que sí considero importante es difundir la Huelgona, el masivo funeral silencioso de los abogados de Atocha, la Dirección General de Seguridad, Múnich, el proceso 1001, etc. Puede haber razones para no ser comunista en España, pero no las hay para negar que quienes más hicieron por la reconciliación, en las peores circunstancias, fueron ellos.

(*) Autor del libro «Un día en la vida-muerte de cuatro secretarios generales del PCE»

https://mundoobrero.es/2026/02/01/sobre-reconciliaciones-que-hablen-los-comunistas-espanoles-y-quienes-ayudaron/.

 

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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