“Mi testimonio: con Nicolás Maduro la víspera de su secuestro” por Ignacio Ramonet

Nicolás Maduro concedió a Ignacio Ramonet la entrevista de Año Nuevo apenas dos días antes de su secuestro. La imagen, en El Paseo de los Próceres, en Caracas.

Fue hace un mes. En la noche del 2 al 3 de enero de 2026. Faltaban unos minutos para las 2 de la madrugada de aquel sábado siniestro… Nos sorprendió la brutalidad del ataque en plena luz de Luna llena. La violencia de las explosiones sucesivas. Las columnas de humo oscuro. La intensidad de las llamas alumbrando aquí y allá una Caracas sobrecogida, desvelada y silenciosa. Y luego, como un puñetazo, la noticia del secuestro…

Todo me parecía increíble. Menos de dos días antes había estado con el presidente Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores. Por décima vez consecutiva, el presidente había aceptado concederme la “entrevista del Año Nuevo”. La habíamos grabado al final de la tarde del 31 de diciembre cuando empezaba a caer la noche sobre la hermosa capital de Venezuela y se iba extinguiendo el año 2025. Esta vez, el presidente propuso que hiciéramos algo así como una “entrevista itinerante”. O sea, que mantuviéramos nuestra conversación a bordo de su vehículo particular que él mismo conducía mientras circulábamos por las animadas calles de una ciudad lista para celebrar la llegada de 2026. Nos acompañaban Cilia Flores y Freddy Ñáñez, ministro de Comunicación. Ni escoltas visibles ni gente en armas.

Yo había aterrizado en Caracas unos días antes. En un contexto de fuerte presión y peligrosas amenazas porque el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, no había parado de lanzar intimidaciones contra la soberanía de Venezuela. Se temía que el país podía ser atacado de un momento a otro. Desde hacía meses, Washington había ido acumulando, a la orilla de las aguas territoriales venezolanas, una colosal fuerza bélica en el mayor despliegue militar desde la primera guerra del golfo Pérsico en 1990. Y había iniciado, a partir del 2 de septiembre de 2025, una serie de ataques mortales contra embarcaciones calificadas sin pruebas de narcolanchas. Estas acciones ilegales habían sido llamadas por organizaciones internacionales, como las propias Naciones Unidas, de “ejecuciones extrajudiciales” y de “violaciones al derecho internacional”. Desde el punto de vista del derecho interno estadunidense, el Congreso no había autorizado ningún conflicto armado contra Venezuela y ni siquiera había confirmado que se pueda calificar de “terrorista” a una banda de traficantes de drogas.

A pesar de esos peligros, me encontré con una ciudad de Caracas en calma. Para mi sorpresa, desde la Plaza Altamira hasta los mercados populares, todo estaba tranquilo, sereno, normal. La capital estaba limpia, hermosa como nunca, ajardinada, iluminada, decorada de fiesta. Visité algunos centros comerciales y aprecié un ambiente festivo de consumo, con terrazas de cafeterías a rebosar. No constaté ninguna fiebre de “compras de precaución”. Ni observé, en la afluencia, angustia alguna, o temor. Recorrí en auto la maraña de las autopistas urbanas y tampoco percibí una atmósfera de ciudad sitiada a la espera de un bombardeo… No había, en las vías, fortificaciones ni barreras, ni retenes, ni soldados visibles… No vi tanquetas, vehículos blindados o carros de combate. Se circulaba por toda la capital con absoluta normalidad.

Conversé con diversos amigos, incluidos empresarios y diplomáticos extranjeros. Todos coincidieron en que era un momento de tensiones y preocupación, pero que los ciudadanos seguían llevando una vida habitual. También subrayaron que las autoridades se esforzaban por infundir calma y no alarmar a la población.

Aquella tarde del 31 de diciembre, me anunciaron que el presidente Nicolás Maduro me iba a recibir y que ya íbamos a grabar la entrevista. Salí de inmediato para el Palacio de Miraflores. Era una tarde soleada y calurosa: unos 30 grados a la sombra. Al llegar, me sorprendió el sosiego del ambiente. La seguridad en el entorno de la casa de gobierno era minimalista. Por lo menos en apariencia. Entré en el palacio y me condujeron hasta el despacho presidencial. Al rato llegaron el presidente y su esposa. No se les veía para nada preocupados o intranquilos. Nicolás Maduro exhibía una forma física espectacular. Se mostraba ágil, dinámico, activo.

Durante las largas semanas de esta agobiante crisis, el presidente se había esforzado, con arrojo, por seguir cumpliendo su programa de actividades presidenciales. Como un desafío lanzado a sus poderosos enemigos. A pesar de las nuevas y estrictas precauciones de seguridad que debía tomar porque su vida había sido puesta al precio de 50 millones de dólares para quien favoreciera su captura o su asesinato. Por eso yo contemplaba con mayor admiración el temple de Nicolás Maduro que ahora conversaba conmigo impertérrito, e intercambiaba con la mayor naturalidad sobre varios aspectos de la entrevista que no debía durar, me dijo, más de una hora. Deseaba insistir en la necesidad de diálogo con Estados Unidos, de negociación, de acuerdo, de arreglo… “Menos la confrontación militar”, insistió, ”todo es posible. Debemos empezar a conversar en serio, con datos en la mano. El gobierno de Estados Unidos lo sabe, porque se lo hemos dicho a muchos de sus voceros: ‘si quieren conversar seriamente sobre un acuerdo de lucha contra el narcotráfico, estamos listos. Si quieren petróleo, Venezuela está lista para inversiones estadunidenses como con Chevron. Cuando quieran, donde quieran y como quieran. Y si desean acuerdos integrales de desarrollo económico, también aquí en Venezuela, estamos listos’”.

Salimos al patio del palacio y empezó la filmación de lo que llamó un “podcar”, o sea, un podcast, pero grabado en un carro. El presidente me invitó a que me subiera a su vehículo estacionado a unos metros. Me senté a su lado. Como ya he dicho, ningún guardaespaldas con nosotros. Maduro arrancó, y durante una hora y cuatro minutos pudimos conversar tranquilos sobre ese momento crucial que estaba viviendo Venezuela: “La opinión pública estadunidense debe entender que los pueblos nuestros del Sur tienen derecho a existir, a vivir… Que no se puede tratar de imponer, con la Doctrina Monroe, ni con ninguna doctrina, un nuevo modelo colonial, un nuevo modelo hegemonista, un nuevo modelo intervencionista, un modelo según el cual los países del Sur tendríamos que resignarnos a ser colonia de una potencia y esclavos de unos nuevos amos… Eso es inviable”.

Conocía a Nicolás Maduro desde hacía unos 20 años, cuando él era el brillante canciller del presidente Hugo Chávez. Siempre he apreciado en él su modestia, su asombrosa inteligencia, su gran cultura política, su apego al diálogo y a la negociación, su firme lealtad a los valores y principios progresistas, su fino sentido del humor, su concepción austera de la vida enraizada en sus orígenes populares, y su inalterable fidelidad al legado del comandante Chávez.

Circulábamos por Caracas, una capital caótica pero entrañable. Sorteando atascos. Cualquier otro chófer perdería los estribos. Pero no el presidente, que parecía hallarse en su ecosistema natural. ¿No había sido acaso, durante tantos años, conductor de autobús en medio de los habituales tapones apocalípticos de esta ciudad? Manejar lo distendía. Conducía tranquilo, flemático, mientras exponía con claridad su análisis de la relación con Estados Unidos: “Si algún día hubiera racionalidad y diplomacia, pudieran perfectamente conversarse todos los temas que ellos quieran. Nosotros tenemos la madurez y la altura. Además, somos gente de palabra, gente seria. Y algún día todo pudiera conversarse con el gobierno estadunidense actual o con quien venga después”.

Al final de nuestra conversación nos adentramos por el Paseo de los Próceres, en el corazón de Fuerte Tiuna. Nos acercamos al monumento principal. Nos bajamos. Caminamos unos pasos mientras me mostraba y comentaba las diferentes estatuas de los héroes y las heroínas de la liberación de Venezuela y de América Latina. Nos despedimos, no sin antes rogarle que nos sacáramos algunas fotos. Aceptó, como siempre, con amabilidad y sonrisas. Me alejé con un pellizco en el corazón. Viendo, en la hermosa y apacible noche caraqueña, a mi amigo Nicolás Maduro, serio y concentrado, quedarse ahí junto a Cilia, solos, amorosos y confiados. Sin saber que, apenas dos noches más tarde, el destino se abatiría sobre ellos con la ferocidad de una alimaña rabiosa. Pero felizmente, ¡están vivos… y volverán!

https://www.jornada.com.mx/2026/02/03/opinion/014a1pol.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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