“Solvay 1927: el coloquio científico que puso en cuestión nuestra imagen del mundo” por Víctor Gómez Pin

Se diría que asistimos a lucha de gigantes por lo virulento de su confrontación en torno al fundamento último de las cosas”, hace decir Platón al personaje central (denominado El Extranjero) de uno de sus diálogos más profundos, El sofista. Pues bien, cabe decir que en el siglo XX se asiste a un nuevo combate doctrinal sobre el cimiento de los fenómenos; debate con arranque en 1927 en el castillo de Solvay en Bruselas, protagonizado por los mayores físicos de la época, y que cien años después sigue sin ganador claro.

Desde entonces la física se ve abocada a una confrontación teorética que, nacida en su seno, no parece tener solución ni criterio para la misma ateniéndose meramente a los resultados experimentales. Lo que está en tela de juicio es la idea (que desde Tales y Anaximandro hasta el propio Einstein, pasando por Aristóteles, Galileo, Newton y Descartes, nadie había cuestionado) de que la naturaleza es inteligible, pero en sordina se está cuestionando también el presupuesto de que la naturaleza es algo a cuya necesidad el hombre se pliega (eventualmente convirtiéndose en observador de su comportamiento), abriéndose a la posibilidad de que las propias hipótesis del científico sean forjadoras de lo constatado. En este debate, la ciencia parece perder su sobriedad, parece contagiarse de ese espíritu incontinente que los propios científicos reprochaban en ocasiones a la filosofía. Quizás quepa incluso decir que la filosofía se vislumbra desde entonces como destino inevitable de la ciencia.

Contexto histórico-cultural

En 1903, el químico belga Ernest Solvay patrocina en la universidad de Bruselas la creación de un centro de investigación que llevará su nombre. En 1911 decide que en tal marco se realicen periódicamente encuentros científicos. El primero de ellos tuvo lugar una semana entre finales de octubre y principios de noviembre de ese mismo año. El tema era La théorie du rayonnement et les quanta (‘Teoría de la radiación y los quanta’). Chairman de la conferencia era Hendrik A. Lorentz. Se considera que esta primera conferencia constituye un auténtico hito en la historia de las reuniones científicas. Sin embargo, en el calendario de las Solvay conferences, hay una segunda fecha que, además de ser un punto de referencia absoluto en la física, puede también ser considerado como el arranque de un reto mayor para la filosofía. Me refiero a la evocada conferencia que tuvo lugar en octubre de 1927, también presidida por Hendrik A. Lorentz. La riqueza de contribuciones científicas fue tal que, cabe decir, se encuentra allí en embrión todo el desarrollo de la física cuántica a lo largo del siglo XX. Pero el coloquio supuso también un momento fundamental en la historia de los debates sobre los cimientos del orden natural y sobre la capacidad del pensamiento humano para dar realmente cuenta de los mismos. El compromiso que supone el posicionamiento en alguno de los problemas nucleares retrotrae a un célebre precedente.

De Galileo a Max Planck: lo que “salva” los fenómenos ¿es la realidad de estos?

En un palacio de Canal Grande en Venecia, situaba Galileo el Diálogo, escrito en lengua italiana, que sentaba las bases de una nueva concepción de la ordenación cósmica. La condena del pensador no se debió tanto al avance de una hipótesis que explicaría los fenómenos, sino a la pretensión de que a esta hipótesis obedecía objetivamente el orden natural. En la explicación teórica “no hay peligro alguno y es suficiente para el matemático”, había avanzado el cardenal Roberto Belarmino, responsable de que las investigaciones científicas no vinieran a contravenir arraigados presupuestos sobre los que, a su juicio, se sustentaba tanto el orden natural como el orden social. Lo punible residía en pretender “que realmente es así”, es decir, en dar peso ontológico a una construcción que habría de ser meramente epistémica.

Belarmino introducía así una polaridad filosófico-científica que tendría sorprendente eco, precisamente en relación con la física cuántica. Polaridad que cabe sintetizar en las declaraciones recientes recogidas en Nature por dos eminentes físicos (que además compartieron el premio Nobel en 2022): “No hay un Mundo Cuántico” afirma Anton Zeilinger, sugiriendo que los estados cuánticos solo tienen un estatuto epistémico, solo están en nuestra mente (1). “No estoy de acuerdo”, responde Alain Aspect, que ya años atrás (a pesar de interpretaciones en sentido contrario surgidas de su crucial experimento) apostaba por el carácter real de los estados cuánticos y declaraba: “Un físico se ve a sí mismo como alguien que está en un objeto exterior, digamos un reloj, y quiere abrirlo para entender cómo funciona su interior” (2).

Hay ya un eco de la distinción de aspectos (valor epistémico de una teoría y realidad objetiva de la misma) sugerida por Zeilinger en el paso que va de Max Planck a Einstein por lo que al estatuto de los quanta se refiere. Pues la hipótesis de la distribución discreta o cuántica de la energía era tan radicalmente subversiva que ni siquiera el propio Planck la hacía suya: a sus ojos era un ingrediente de descripción matemática del fenómeno, al que de hecho no respondía la realidad subyacente. Planck se insertaba así en esa tradición consistente en separar la coherencia en el registro de la descripción o explicación matemáticas de la naturaleza y… la verdad propiamente natural.

El paso que no da Planck lo da Einstein ante el reto del efecto fotoeléctrico. Los quanta son realmente, al igual que realmente la Tierra gira, y en consecuencia, muchos de los principios de los que no dudaba el propio Einstein dejan de tener vigencia.

Como Erwin Schrödinger enfatiza en uno de sus pequeños y luminosos ensayos, la cuestión de los cimientos de la physis y la estructura del orden cósmico es el núcleo del debate entre los pensadores jónicos. Si los protagonistas literarios del diálogo literario en Canal Grande ponen en cuestión la respuesta que se había dado al problema de la estructura del cosmos, siglos más tarde retorna con acuidad el problema de los cimientos… y algo más, pues se debaten los postulados mismos (realismo, localidad, individualidad…) que, a juicio de Einstein, serían condición de la ciencia natural.

Temas científicos tratados y desacuerdo sobre las implicaciones filosóficas de los mismos

En Solvay se discutió la mecánica ondulatoria de Schrödinger y la mecánica de matrices forjada dos años antes por Heisenberg, de la que Max Born da una interpretación probabilística que se ha convertido en un pilar de la disciplina. El físico francés Louis de Broglie presentó una hipótesis (Pilot wave) sobre la realidad cuántica con gran peso en interpretaciones ulteriores, concretamente en la de David Bohm (hasta el punto de que ha podido hablarse de “La mecánica cuántica de De Broglie-Bohm”). Y en Solvay surgen las primeras grandes discusiones sobre el carácter completo o incompleto de la disciplina: Heisenberg consideraba que cada uno de los dos aspectos de la representación cuántica (onda, por un lado, partícula por el otro), además de incompatible con el otro era por sí mismo insuficiente para dar cuenta de la realidad física; Einstein da un paso más, sosteniendo que la parcialidad reside en la teoría por entero, y no en un aspecto de la misma.

El peso del problema es enorme, pues la convicción de que la naturaleza funciona en conformidad al principio de localidad no solo constituye un pilar de la ciencia, sino que es también la base de nuestra relación con el entorno natural. Pues, a nuestros ojos, la naturaleza permite que dos entes con origen común compartan rasgos, aunque se hallen alejados, pero no permite que una acción local (es decir, no reductible a algún elemento causal en la común matriz) sobre uno de ellos… tenga efectos sobre el otro. Al principio de localidad se hallan vinculados los principios ontológicos fundamentales, por eso cabe decir que la localidad no muere sola, aunque a veces se haya intentado que así sea.

El auténtico reto que para la física contemporánea, y la filosofía en ella sustentada, supone la localidad queda reflejado paradigmáticamente en la teoría del físico David Bohm, en la cual se cuestionan las bases que desde Von Neumann, en 1955, han regido la interpretación estándar de la teoría cuántica no relativista, procediendo a una extraordinaria restauración de principios… sin por ello conseguir recuperar la localidad.

Una batalla doctrinal interminable”

Tras ese coloquio de 1927 han ocurrido cosas tan importantes como el teorema de Bell o los experimentos de Aspect o Zeilinger, y han surgido interpretaciones que intentan escapar a algunas de las consecuencias chocantes para la visión ortodoxa de la naturaleza, al precio a veces de violentar lo que solemos considerar el sentido común. Pero las discusiones que se mantienen en los diferentes foros siguen constituyendo un eco de las que enfrentaron en ese año de Solvay a Einstein y su amigo Niels Bohr, que respondía con acuidad al experimento mental con el que Einstein mostraba su perplejidad ante el destino filosófico de la mecánica cuántica, de alguna manera su perplejidad ante el destino de lo que era parcialmente su propia creatura.

Esta nueva ‘‘batalla doctrinal interminable’’ que supuso Solvay 1927 será reinterpretada en España por eminentes científicos y filósofos en la XVII edición del International Ontology Congress que, desde hace más de treinta años y bajo el patrocinio de la UNESCO, se esfuerza en retomar los viejos problemas de la ontología a la luz de la reflexión contemporánea.
© LMD en español

https://mondiplo.com/solvay-1927-el-coloquio-cientifico-que-puso-en.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *