“La lámpara de Diógenes” por Miguel Candel Sanmartín

Se dice que Diógenes el Cínico, considerado el prototipo de la corriente filosófica homónima, apareció un día en el ágora de Atenas portando una lámpara, pese a que era mediodía. Cuando le preguntaron el porqué de tan estrafalaria acción, respondió que estaba buscando un hombre honesto. El sentido de ese gesto es claro y conocido: según una cierta visión poco optimista de la especie humana cuesta hallar especímenes de esa clase.

Lo que quizá no sea tan conocido es el significado etimológico del término «cínico»: deriva de la palabra griega que significa «perro», con lo que al parecer se quería decir que los partidarios de esa corriente filosófica (inaugurada por un tal Antístenes, discípulo de Sócrates) vivían de forma extremadamente «natural», despreciando las formas sociales e imitando las costumbres desinhibidas de los animales, por ejemplo, las de los perros.

Hoy día se ha perdido parte de ese significado, de manera que del término «cínico» nos queda la noción de un comportamiento transgresor de las normas convencionales no acompañado de ningún sentimiento de culpa por ello, sino todo lo contrario, asumido con el más completo descaro. En cambio, en su concepción clásica el cinismo, además de negar validez a las convenciones sociales, denunciaba a quienes, aun despreciándolas, simulaban respetarlas y presionaban a los demás para que hicieran lo mismo. Es decir, tenía como blanco preferente de sus ataques la hipocresía.

Hay autores, como La Rochefoucauld (1613-1680), que ven un cierto lado bueno en esa forma de doblez («la hipocresía es un homenaje que el vicio rinde a la virtud»), pero lo cierto es que a la mayoría de la gente suele resultarle aborrecible. Ahora bien, no parece que a todos los que aborrecen la hipocresía podamos incluirlos en la (no demasiado numerosa) grey de las personas virtuosas. Por ejemplo, de un tiempo a esta parte, la política exterior de países como los Estados Unidos de América, que solía autoproclamarse hipócritamente defensora de un «orden internacional basado en reglas» (es decir, unas reglas de presunta validez universal pero realmente dictadas y, sobre todo, aplicadas en función de los intereses y conveniencias particulares de las élites económicas y políticas estadounidenses y de sus aliados más cercanos) parece haberse desprendido de la hoja de parra de ese discurso legitimatorio para presentarse ante el mundo en toda su descarada desnudez imperialista. Es decir, ni orden internacional basado en reglas ni nada por el estilo. La única norma, en absoluto universal, sino totalmente excepcional, el único criterio político válido, son los intereses particulares de ese país que se considera a sí mismo excepcional, los Estados Unidos (entiéndase: fundamentalmente las élites estadounidenses y de rebote, si sobra algo, unas migajas para el resto de la población).

Los nuevos fariseos, es decir los liberal-demócratas de este lado del Atlántico (al final de este artículo, un apunte al respecto) llevan todo un año rasgándose las vestiduras porque el desnudo político casi integral del trumpismo deja en evidencia lo falso del ropaje democrático europeo que pretende seguir la «moda» implantada por anteriores gobiernos norteamericanos. Vale la pena citar, al respecto, algunos pasajes de la entrevista al sociólogo y director emérito del Instituto Max Planck Wolfgang Streeck, publicada por el Frankfurter Rundschau el 24 de enero pasado. Así, a la pregunta «¿Representa Trump un nuevo tipo de fascismo?» responde: “Para decirlo sin rodeos: no hay nada nuevo en ello, salvo que se ha dejado caer la hoja de parra. Y no toda la violencia es «fascista»; no malgastemos el concepto. Estados Unidos siempre ha sido sorprendentemente propenso a la violencia, tanto a nivel nacional como internacional. Para ellos, el período de posguerra comenzó con Hiroshima y Nagasaki, luego Corea, Vietnam (ya nadie sabe por qué se exterminó a millones de personas con napalm allí) y, desde 1990, no ha habido un solo día en el que Estados Unidos no haya estado en guerra en algún lugar del mundo. Actualmente mantienen aproximadamente 750 bases militares repartidas por todo el mundo. Es cierto que Trump ha desatado el potencial violento de la sociedad estadounidense a nivel interno al incitar a la mitad de la población contra la otra. Pero su tipo de guerra civil está muy lejos de la esclavitud y las guerras indias del siglo XIX, ni es responsable del sistema penitenciario extraordinariamente vasto y cruel; eso es obra de sus predecesores (…). En política exterior, principalmente Bush y Cheney, que causaron estragos en Iraq, Afganistán y Siria, países que no habían hecho nada a Estados Unidos y que nunca podrían haberles hecho nada. Admito que la gran cantidad de muertes infligidas gracias a la tecnología avanzada, sin apenas pérdidas por su parte, tiene, desde el punto de vista fenomenológico, algo de fascista. En 15 años de guerra murieron aproximadamente tres millones de vietnamitas, frente a 50.000 soldados estadounidenses, lo que en la década de 1960 correspondía al número de víctimas mortales por accidentes de tráfico en Estados Unidos cada año.”

En otras palabras, gran parte del enfado de los patéticos dirigentes europeos con Trump, al margen de los famosos aranceles (que la CEE/Unión Europea ha aplicado sin miramiento alguno durante largos años a la mayoría de las importaciones extracomunitarias), deriva del hecho de que los deja en evidencia al no cubrir ya sus vergüenzas con el consabido discurso liberal (y que más dramáticamente, en el caso de la intervención en Ucrania, los deja «colgados de la brocha», una brocha llamada Zelenski).

De modo que si, en una versión «actualizada» de la historia de Diógenes el Cínico, le adjudicáramos ese papel a Donald Trump (varios órdenes de magnitud más cínico que el viejo Diógenes, por supuesto) y lo situáramos con su lámpara en cualquiera de las cancillerías europeas, veríamos cómo la indignación que suscitaría entre los así indirectamente acusados de deshonestos sería también varios órdenes de magnitud mayor que la de los ciudadanos atenienses del siglo IV antes de Cristo.

Por supuesto que todo ese descaro y esa renuncia a la repulsiva hipocresía política característica, no sólo de los Estados Unidos, sino de todas las potencias occidentales, no exonera de culpa la desacomplejada violencia con que se ha actuado contra Venezuela o contra la propia población estadounidense en la brutal campaña de caza al inmigrante. Como tampoco debe servir para borrar la memoria de los abusos cometidos contra la población indígena norteamericana durante más de doscientos años (aún hoy día siguen vigentes prácticas como la de los centros de planificación familiar de algunas reservas indias, donde a las mujeres nativas que solicitan una intervención de interrupción del embarazo se les exige como requisito que se sometan a una operación de esterilización).

Para acabar, el apunte anunciado más arriba sobre la noción de liberal-demócrata o demócrata liberal. Como dice Juan Carlos García Borrón («De paseo por España con “El Espectador”», Qvadrante nº 3, marzo de 1947) comentando unos pasajes de El Espectador de Ortega y Gasset, democracia y liberalismo son: “dos contestaciones a dos preguntas de orden inconexo. Democracia es la respuesta a la pregunta «¿Quién debe ejercer el poder público?». Liberalismo es la réplica a esta otra: «Ejerza quien quiera el poder público, ¿cuáles son los límites de éste?». El demócrata pretende «que mandemos todos, que todos intervengamos soberanamente en los hechos sociales». El liberal quiere que, ejerza el poder público un autócrata o lo ejerza el pueblo, «reconozca en las personas unos derechos previos a toda injerencia del Estado». Por eso, tanto como el caso inverso, se puede ser liberal y no demócrata, y por eso Ortega, con el espíritu del más noble liberalismo, lleva aún más allá el dilema de «ejerza el poder un autócrata o ejérzalo el pueblo», al añadir: «no hay autocracia más feroz que la difusa e irresponsable del démos».”

Vemos, pues, que al menos para los liberales de hace ochenta años, como Ortega, democracia y liberalismo no eran sólo conceptos distintos, sino que podían incluso llegar a ser, en su aplicación práctica, antitéticos. Y ello es así porque, en una democracia, el sujeto político, el soberano (es decir, aquél sobre quien recae la responsabilidad de decidir la conducta colectiva) es la propia colectividad ciudadana como tal (en tanto que simples personas libres), lo que los griegos llamaban démos o «pueblo llano». En la concepción liberal, en cambio, el soberano es en último término el individuo; y si no lo es en sentido positivo, es decir, a la hora de decidir los comportamientos colectivos, sí lo es en sentido negativo, es decir a la hora de poner límites a lo que la colectividad pueda imponerle o prohibirle al individuo.

Por eso, como reconocía, según acabamos de ver, Ortega, a un liberal no le importa, en el fondo, que el gobierno lo ejerza un dictador, con tal que esos derechos negativos del individuo, esas barreras que lo protegen de las intromisiones de la colectividad, estén garantizados. Y por eso también, cuando el liberalismo pasa a definir derechos positivos, a establecer los modos de ejercer la soberanía política por (o a partir de) los individuos, entonces, coherentemente con la primacía otorgada a éstos, el liberal propone que, imposibilitada la colectividad como tal para ejercer la soberanía (pues ello supondría negar la mencionada primacía individual), sean individuos particulares los que, por delegación del resto, ejerzan el poder público, la soberanía práctica. Esta delegación admite, por supuesto, «formas» democráticas (sufragio universal, control parlamentario, etc.), pero puede igualmente adoptar la forma de cesión parcial, o incluso total, de la soberanía en manos de un soberano individual, monarca, dictador, caudillo, etc. En este sentido, cabría encontrar un denominador común entre la doctrina política de Hobbes y el liberalismo (al menos en su versión lockiana y, sobre todo, en las modernas versiones neoliberales), en la medida en que la monarquía absoluta propugnada por aquél no se justifica sino como garantía de seguridad y protección de los individuos en la esfera privada, entendida como tal la de las relaciones personales y la actividad económica.

No creo que Trump sea adicto a la lectura de autores como Ortega y Gasset, pero seguro que le encantaría saber que su actual forma de ejercer el poder es perfectamente homologable dentro del moderno concepto de minidemocracia superliberal, digan lo que digan y lloren lo que lloren los jeremías liberal-demócratas de turno, cuya ignorancia, no mucho menor que la de Trump, les impide ver la contradicción que encierra la etiqueta que se autoadjudican.

https://www.cronica-politica.es/la-lampara-de-diogenes/.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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