“LA ALIANZA ENTRE ALEMANIA Y UCRANIA, NÚCLEO DEL EJERCITO EUROPEO” por Manolo Monereo

Para Miguel Candel

No es fácil pensar estratégicamente en un mundo plagado de conflictos. La clave: atisbar las tendencias de fondo.

La reacción contra el eje Netanyahu-Trump es tan comprensible que no siempre somos capaces de entender que la política que efectivamente realizan tienen referentes claros, nítidos, en prácticas políticas arraigadas norteamericanas y que la llegada de una nueva administración demócrata no implicaría cambios sustanciales, entre otros muchos factores, porque los poderosos lobbies israelitas seguirán conservando su poder de veto en la política de un país que lucha desesperadamente por no perder su hegemonía. Se trata del poder global y de cómo mantenerlo. En esto hay pocas diferencias entre las clases dirigentes de los EE. UU.

Los frentes político-militares, las líneas de fractura del Viejo Orden están en procesos complejos de cambio, de transformaciones que de una u otra forma tienden a converger en un enfrentamiento general. Un lugar central sigue siendo Ucrania y el enfrentamiento que ―por intermediación y activo compromiso del gobierno de Zelenski― mantienen la OTAN y Rusia. Siempre retengo en mi retina y reproduce mi mente un mapa de un libro de Brzezinski (El gran tablero mundial, p. 92. Paidós 1998) donde se ve Europa y en su centro, en forma de montera, cuatro países unidos “Hacia el año 2010 ―dice el conocido geopolítico polaco norteamericano-― la colaboración política entre Francia, Alemania, Polonia y Ucrania, que involucraría a unos 230 millones de personas, podría evolucionar hasta convertirse en una asociación que realzaría la profundidad estratégica de Europa”. Añadiendo más adelante: “la principal meta geoestratégica de los Estados Unidos en Europa se puede resumir en pocas palabras: consiste en consolidar, a través de una asociación trasatlántica más genuina, la cabeza de puente estadounidense en el continente euroasiático para que una Europa en expansión pueda convertirse en un trampolín más viable para proyectar hacia Eurasia el orden internacional democrático y cooperativo”. No lo voy a comentar, queda claro: la UE y la OTAN como instrumentos para proyectar poder en Eurasia y asegurar que la cabeza de puente de los EE. UU sobre el continente sea efectiva. Siempre, dejando a un lado la cuestión de si ese “trampolín” contempla los interese estratégicos y la independencia nacional de la civilización- Estado rusa o, simplemente, lo consideran un asunto a vencer.

En dieciséis años han pasado muchas cosas. No entraré mucho en ello, solo indicar que la guerra en Ucrania, cuatro años después, ha cambiado enormemente el mapa geopolítico europeo y mundial. Lo primero, constatar que las cosas no salieron como se pensaba, Rusia no fue derrotada, la crisis económica y social no se produjo y el esperado cambio de régimen parece que aún tardara. Es más, lo datos delatan capacidad para absorber las sanciones económicas, financieras y comerciales, y una sorprendente inteligencia colectiva para convertir las agresiones en instrumentos para transformar el modelo productivo y ampliar el complejo científico, militar e industrial, fortaleciendo la operatividad de sus fuerzas armadas y manteniendo, un apreciable consenso social. Segundo, la Unión Europea, ese viejo protectorado de los EE. UU., ha cambiado y mucho. La ruptura con Rusia ha tenido consecuencias económicas, comerciales y políticas especialmente negativas. La dependencia de la potencia imperial se incrementó sustancialmente, la militarización de la política y de la sociedad se convirtió en un nuevo inicio, instrumento e impulso para una enésima refundación de la UE en horas bajas. Tercero, Alemania obligada a cambiar su modelo productivo y redefinir su papel en una UE en mutación. Su estrategia parece clara: seguir siendo un aliado imprescindible de los EE. UU., convertirse aceleradamente en una gran potencia político-militar y seguir reivindicando su papel dominante en Europa, también, en esta nueva fase ¿Qué es lo nuevo? Que ahora lo quiere ser abiertamente y sin complejos. Wolfgang Streeck viene hablando desde hace tiempo de una Alemania hegemón de un imperio (neo)liberal UE; creo que hay mucha verdad en ello. El núcleo fundamental de la seguridad europea del que hablaba Brzezinski (Francia, Alemania, Polonia y Ucrania) ha cambiado mucho y va a cambiar mucho más.

Trump no abandonará la OTAN: no se entrega lo que se domina, se necesita y, al final, conviene a los intereses de los EE. UU. El presidente seguirá en su juego de amenazar, engañar, maltratar y despreciar a unos aliados siempre bien dispuestos y entregados. No lo seguirán en todas sus iniciativas porque no pueden hacerlo, entre otras muchas razones, porqué aún no se han creado las condiciones para legitimar ante las poblaciones los costes en vidas y recursos de las guerras de agresión al servicio de intereses de una potencia en declive. Este temor es compartido por Trump, simplemente espera que los demás pongan los muertos y él obtenga la victoria. Siempre quedará Israel, pero sus compromisos son problemáticos: pone sistemáticamente sus intereses en el centro de sus iniciativas militares y de seguridad y actúa, a la vez, como actor interno en la política norteamericana, con un papel preponderante en el circulo decisorio de Trump.

No hay que hacer un gran esfuerzo para entenderlo. Si el enemigo es Rusia, si la Unión Europea se prepara para la guerra contra Putin en el 2029-2030, si hay un plan estratégico aprobado, generosamente financiado y operativizado para esas fechas por las instituciones europeas y coordinado al detalle con la OTAN, habrá guerra. Problema: sin los EE. UU. no la pueden ganar; insisto, sin la alianza atlántica organizada y dirigida por los estadounidenses no podrán derrotar militarmente a Rusia. La actual administración norteamericana lo ha dejado claro desde el principio y así se recoge en sus documentos básicos y en las sucesivas declaraciones de sus principales dirigentes. La prioridad de los EE. UU. es el Indo-Pacifico y contener a China, su único rival sistémico. La clave, recuperar el dominio sobre el hemisferio occidental, redefinir el papel de la OTAN, responsabilizando a Europa de la defensa de su territorio y de los costes económicos que ello supone. EE. UU., repito, no se retira, seguirá ahí con su poder nuclear, con sus bases y dirigiendo la alianza militar.

El verdadero problema de las clases dirigentes europeas, incluida la española, sigue siendo Rusia. Entendámoslo, estas, representadas por el tándem von der Leyen-Borrell, se sumaron con entusiasmo a la guerra por delegación ucraniana contra Putin. Llevaban tiempo preparándose para ello, mucho tiempo, y la llegada de Biden aceleró el proceso. EE. UU. volvían a lo grande: primero Rusia, luego China. Era necesario defender el “Orden internacional basado en normas”, es decir, el poder unipolar norteamericano como condición material para su continuidad. Esa política fracasó y una de sus consecuencias fue la vuelta de Donald Trump. Esto es lo que nunca se tiene en cuenta. El nuevo presidente lo dijo claro desde el principio, esa guerra nunca se tuvo que producir y hay que encontrarle una salida realista.

Para la Unión Europea, aquí y ahora, la paz pasa por la derrota político-militar rusa. Sentarse a negociar con Putin sería aceptar unas condiciones logradas en frente militar y consolidadas en el plano político y económico; en este momento lo importante es ganar tiempo, jugando a fondo con las debilidades, cada vez más visibles, de Trump, y esperar. En noviembre hay elecciones parlamentarias en EE. UU., no está nada claro cómo terminará la guerra contra Irán, el sistema económico y financiero internacional está al límite y las consecuencias de una crisis energética pueden ser muy graves. Toca esperar y verlas venir. Mientras, la Unión se rearma aceleradamente e inicia una enésima refundación hacia un poder supranacional más centralizado, menos burocrático, más liberal, con menos regulaciones ecológicas y sociales, comprometido con el incremento sustancial de los gastos militares y de seguridad de los Estados, más allá de las sacrosantas normas del “consenso de Bruselas” y que garantice el poder del nuevo núcleo duro: Reino Unido, Francia, Alemania y Ucrania.

Se dirá que el Reino Unido no está en la UE, tampoco Ucrania. Vivimos una etapa de excepción determinada por una guerra a plazo fijo. Hoy el mando real, la dirección política efectiva, reside en la OTAN. Desde ahí, se planifica la guerra total e integral contra Rusia, el llamado “Schengen militar”, las nuevas tecnologías aplicadas al control de las poblaciones (Israel, su experiencia, tecnología y métodos, es decisiva), las flamantes nuevas armas, la guerra cognitiva, una doctrina y una estrategia militar unificada. Desde ahí, se definen las políticas de sanciones (para Rusia, para China, para Irán), la supervisión de los grandes corredores geopolíticos, las políticas de recursos que afectan o pueden afectar a la operatividad de unas fuerzas armadas en proceso de transformación radical.

La reciente reunión entre Zelenski y Merz da muchas pistas sobre lo que se hace y lo que se quiere hacer. Por lo pronto, han convertido su relación en asociación estratégica y van a intentar coordinarse mucho más, inclusive para devolver los inmigrantes ucranianos en edad militar. La Historia nunca se va del todo y vuelve siempre que se producen reorganizaciones geopolíticas de poder. Las relaciones entre los alemanes y los nacionalistas de extrema derecha o simplemente fascistas han existido siempre, hasta ayer mismo. Nada une más que la necesidad: Merz y Zelenski están obligados a entenderse y tienen intereses comunes relevantes. No me refiero a algo que pueda acontecer próximamente, sino de algo que ya se puso en práctica y que ahora se consolida.

Las relaciones de poder están cambiando en la UE y en la OTAN. El predominio alemán preocupa, sobre todo, a Francia y a Polonia. Viejos problemas. Macron, habla y habla, ocupa titulares de prensa y decae como poder real. Polonia quiere ser la gran potencia militar de la zona, tiene cuentas pendientes con Ucrania y trabaja para construir un espacio-zona de influencia propio en torno a la Iniciativa de los Tres Mares. Además, no es un detalle menor, es aliado clave de los EE. UU. Las divergencias de las dos derechas duras que compiten por el gobierno polaco tienen mucho más que ver con el papel de las instituciones de la Unión en su apoyo a la hegemonía alemana que con el nivel de identificación con los supremos valores del europeísmo. El Reino Unido observa y permanece, aparentemente, en un segundo plano. Lo fundamental está garantizado, no habrá entendimiento con Rusia. A partir de ahí, frenar a Alemania, jugando unas veces la carta polaca y otras veces ―llevan siglos haciéndolo― la francesa, eso sí, siempre pendientes de los “primos” norteamericanos, como decía el gran John le Carré.

Ucrania es, desde hace tiempo, parte decisiva de la OTAN. Dejó de ser un Estado soberano mucho antes de la intervención militar rusa y ahora es la vanguardia estratégica de la alianza. Ucrania es cada vez más dependiente del Occidente colectivo, en el plano financiero, económico, comercial, técnico-militar, logístico; todos sus recursos básicos como país están hipotecados y sobrevive a base de préstamos y donaciones. La dirección operativa está dirigida, organizada y supervisada por la alianza por medio de varios miles de asesores. El gobierno de Zelenski es parte fundamental y eslabón necesario en la política de rearme, articula de facto todos los planos, es decir, diseño, formación, ensayo de los nuevos equipos y arsenales y la aplicación de las nuevas tecnologías, especialmente la IA. Visto desde otro ángulo, Ucrania está sirviendo de preparación político-ideológica, técnico-militar, operativa, para la guerra con Rusia. No será la primera vez que un país cumple este papel en Europa.

Alemania necesita una alianza estrecha con Ucrania. Tiene un problema muy grave: su población y sus jóvenes. Eso de ir a la guerra, una vez más, por Europa y por la OTAN, no parece fácil de vender en este mundo marcado por el genocidio de Gaza y por la sumisión férrea de Alemania al Israel de Netanyahu. Una guerra ―nunca se dice― que tendrá su epicentro en Alemania, donde lo primero que llegarán no serán los T34 o los T-14 Armata sino los nuevos misiles hipersónicos rusos armados con ojivas nucleares. Se entiende por qué hay que seguir humillándose ante el emperador Trump; se entiende, sobre todo, por qué la asociación con Ucrania es necesaria: mano de obra, soldados, efectivos capaces de jugarse la vida por defender su patria. Es cierto, sus fuerzas armadas ya no son lo que eran, diezmadas por la muerte, los heridos, las deserciones y una población cansada, deseosa de un arreglo rápido. El núcleo dirigente que rodea a Zelenski necesita crear futuro desesperadamente, señales claras de que no se les obligará a negociar con Rusia y que el conflicto durará. Eso lo garantizan los predispuestos y, más que nadie, Alemania. No es extraño ver por todos lados al presidente de Ucrania ofrecerse y ofrecer sus fuerzas armadas, sus especialistas y sus drones para poner fin al bloqueo del estrecho de Ormuz, combatir a Irán, ayudar a las milicias yihadistas en El Sahel o amenazar físicamente a Orbán y recientemente a Lukashenko.

Del discurso sobre el ejército europeo, queda poco, casi nada; es un significante vacío que sirve para diferenciarse de Trump no para separarse de él ―eso nadie lo quiere realmente, nadie. Legitima el rearme y ―es lo fundamental― da cobertura a un nuevo inicio de la Unión Europea. Lo que se está ejecutando con el nombre del ejército europeo son las directrices impuestas por la administración norteamericana: que los europeos se ocupen de su defensa y la financien, que construyan una base industrial común adecuada y todo ello se realice en el marco de la OTAN.

Manolo Monereo, Sevilla a 22 de abril del 2026

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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