TopoExpress, 2/5/2026. “Hemos entrado ya en una nueva fase de la guerra. Teherán se prepara para un conflicto de larga duración, con la expectativa de que los efectos políticos y económicos serán finalmente insoportables para Occidente. Resistir es vencer.”
El fracaso de las conversaciones en Islamabad no solo puso fin a otra ronda de diplomacia, sino que marcó un cambio en la percepción del conflicto en Teherán. Lo que Washington aún considera una campaña de presión, Irán ahora lo ve como la fase inicial de una confrontación a largo plazo, en la que el tiempo, los mercados y las presiones políticas podrían tener mayor peso sobre Estados Unidos que sobre la República Islámica.
Las negociaciones fracasaron porque nunca se basaron en una visión compartida de la realidad. Estados Unidos llegó a la mesa de negociaciones convencido de que la presión militar ya había proporcionado la influencia suficiente para obtener concesiones significativas. Irán partía de la premisa opuesta: que la guerra aún no había llegado a la etapa en la que tales concesiones fueran necesarias. El problema, sin embargo, es más profundo que una simple cuestión táctica.
La postura de Washington refleja la continuidad de su enfoque habitual: desmantelar el programa nuclear iraní, reducir su influencia regional y permitir la navegación sin restricciones en el estrecho de Ormuz, evitando al mismo tiempo compromisos vinculantes con el Líbano. Desde la perspectiva de Teherán, esto no es una negociación orientada al compromiso, sino un intento de transformar los avances parciales en el campo de batalla en una rendición política.
La postura de Irán, pues, se basa en un cálculo diferente. Teherán ha insistido en mantener su capacidad nuclear, su soberanía sobre el estrecho de Ormuz y la extensión de cualquier alto el fuego al Líbano. Estas posiciones reflejan límites estratégicos, fundamentados en la convicción de que el conflicto es regional y no puede aislarse.
Un Irán malinterpretado
Un factor clave en esta divergencia radica en la interpretación errónea que Washington hace de la dinámica interna de Irán. Estados Unidos parece asumir que Irán aún considera las negociaciones como una vía necesaria para superar la presión económica. Sin embargo, el clima interno ha cambiado: ya no existe la firme expectativa de que la diplomacia brinde un alivio inmediato. Por el contrario, amplios sectores de la opinión pública cuestionan la lógica misma de negociar desde una posición de fuerza.
Este cambio interno tiene consecuencias directas para la postura negociadora. Como observó el analista político Foad Izadi el 12 de abril, «hablar demasiado de negociaciones irrita a la población», lo que refleja una creciente sensibilidad ante cualquier percepción de rendición. En este contexto, el compromiso ya no es solo una herramienta diplomática, sino un riesgo político.
Ormuz como palanca, no solo geográfica.
En el centro de esta reevaluación se encuentra el estrecho de Ormuz. Los sucesos del 11 y 12 de abril demostraron que Irán ahora utiliza este paso marítimo como un instrumento activo de presión. Las fuerzas iraníes emitieron advertencias directas a un buque estadounidense, reiterando la postura oficial de que «cualquier unidad militar que se acerque al estrecho de Ormuz será considerada una violación del alto el fuego y enfrentará una respuesta firme y violenta». Este lenguaje evidencia un intento de imponer las reglas de enfrentamiento según los términos de Teherán.
Esta narrativa se ve reforzada por un mensaje oficial más amplio y contundente: las autoridades iraníes enfatizan que «el estrecho está bajo la administración de la Armada iraní y los buques civiles pueden transitar de acuerdo con regulaciones específicas», delineando un modelo en el que el Ormuz no solo se defiende, sino que se administra.
Paralelamente a los mensajes oficiales, algunos analistas internos abogan por un enfoque más radical. Izadi ha argumentado que «el estrecho de Ormuz podría convertirse en la principal fuente de ingresos de Irán», insinuando propuestas para limitar el paso e imponer importantes tasas de tránsito. Si bien estas ideas forman parte de un debate en constante evolución, reflejan una dirección estratégica en la que la geografía se está transformando en una herramienta de presión económica.
Washington reacciona, Teherán recalcula.
La respuesta de Estados Unidos ha alimentado la misma dinámica a la inversa. El presidente Donald Trump ha dado a entender que Washington podría restringir la actividad marítima para impedir que los buques operen bajo las condiciones iraníes, tras imponer un bloqueo naval el 13 de abril y afirmar que las fuerzas estadounidenses habían debilitado parte de las capacidades militares de Irán. La amenaza de un bloqueo, cuando este ya existe, sugiere una postura reactiva más que una estrategia coherente.
Desde la perspectiva de Teherán, esta inconsistencia se interpreta como una señal de angustia. Los funcionarios iraníes han descrito la retórica estadounidense como una expresión de «desesperación e ira», poniendo de manifiesto la brecha entre los objetivos declarados y los resultados alcanzables.
El papel de Israel complicó aún más el proceso diplomático. Durante las negociaciones, continuaron los ataques israelíes en el Líbano, y los funcionarios dejaron claro que no existía un alto el fuego en ese país. Esto generó una contradicción estructural: Irán abordó las conversaciones desde una perspectiva regional, mientras que Washington y Tel Aviv trataron el conflicto como un asunto aislado.
La guerra y las diferentes concepciones del tiempo
Las negociaciones fallidas dejan claro lo que sucederá a continuación. Si la guerra se reanuda, Washington da por sentado que una mayor presión obligará a Irán a ceder. Teherán parece tener otros planes.
La economía iraní sigue bajo presión, y un nuevo conflicto intensificará aún más esta situación. Sin embargo, el pensamiento estratégico iraní hace cada vez más hincapié en la asimetría en la distribución de los costos. Como señaló Izadi, las expectativas de que Estados Unidos levante las sanciones u ofrezca concesiones económicas significativas son poco realistas, lo que refuerza la creencia de que una confrontación prolongada puede generar más beneficios que un compromiso.
El factor decisivo no es solo la capacidad interna de Irán, sino también las consecuencias externas de la escalada. Cualquier interrupción prolongada en el estrecho de Ormuz tendrá un impacto directo en los mercados energéticos mundiales, las rutas marítimas y los costos de los seguros. Estos efectos no se limitarán a la región, sino que se extenderán a las economías y los sistemas políticos occidentales.
Aquí es donde el momento oportuno se vuelve crucial. Estados Unidos se acerca a un período políticamente delicado, marcado por importantes acontecimientos internacionales y ciclos electorales. El aumento de los precios de la energía y la inestabilidad económica tienen consecuencias que van mucho más allá de la política exterior. Una escalada representa un riesgo político directo para Occidente.
Teherán parece haber incorporado este factor a su estrategia: cuanto más tiempo permanezca sin resolverse el conflicto, mayor será la probabilidad de que la presión se desplace hacia afuera en lugar de hacia adentro. El cálculo de Irán no es evitar el daño, sino gestionarlo de forma más predecible que sus adversarios.
El fracaso de las conversaciones en Islamabad marca el inicio de una nueva fase en el conflicto, definida por la resistencia, la presión y la estrategia. Si la guerra regresa, no se decidirá únicamente por los resultados sobre el terreno, sino por qué bando pueda absorber las consecuencias globales durante más tiempo. Por primera vez en este conflicto, Teherán parece creer que la respuesta no favorecerá a Washington.