Tamir Pardo, quien dedicó su carrera como jefe del Mossad a frustrar las capacidades nucleares de Irán, ahora advierte sobre lo que realmente pone en peligro la existencia de Israel. Allison Kaplan Sommer, Haaretz, 28-4-2026
Traducido por Tlaxcala
El exdirector del Mossad, Tamir Pardo, no encaja precisamente en el perfil de un izquierdista radical que compararía el comportamiento israelí con el de los nazis alemanes y declararía que está «avergonzado de ser judío».
Veterano de la unidad de élite Sayeret Matkal de las FDI, participó en la Operación Entebbe junto al difunto hermano del primer ministro Benjamín Netanyahu, Yoni, antes de unirse a la agencia nacional de inteligencia, donde ascendió hasta llegar a dirigirla entre 2011 y 2016. Durante este tiempo, se centró en la misión de Netanyahu de frustrar las capacidades nucleares de Irán. Bajo la supervisión de Pardo, varios científicos de alto rango de Teherán fueron atacados y asesinados, presuntamente por la agencia que él dirigía.
Desde que dejó el Mossad, se ha convertido en un abierto crítico del primer ministro al que sirvió, especialmente en lo que respecta al tema palestino, advirtiendo repetidamente en entrevistas públicas que la mayor amenaza existencial para Israel no está en Teherán, sino en su fracaso por resolver la cuestión palestina. Hace tres años, el mes anterior al 7 de octubre, declaró sin ambages que Israel es un Estado de apartheid. También firmó una petición durante la guerra de Gaza pidiendo un alto el fuego y se le cita calificando el conflicto de «inútil» y de «pérdida de tiempo y vidas».
Pardo llevó su retórica un paso más allá esta semana.
El exjefe del Mossad fue filmado en Cisjordania para un programa de televisión del Canal 13, recorriendo aldeas atacadas por colonos violentos de extrema derecha, como parte de un grupo de ex altos cargos militares –incluidos los exgenerales y políticos Amram Mitzna y Matan Vilnai–. El grupo habló con víctimas de las provocaciones, invasiones y violencia diarias de los colonos «jóvenes de las colinas» (hilltop youth), asentados en puestos ilegales cercanos, mientras acosan sistemáticamente a los aldeanos palestinos –amedrentándolos hasta el punto de que no se atreven a enviar a sus hijos a la escuela– con el objetivo declarado de hacer la vida tan insoportable que se reubiquen voluntariamente. Docenas de comunidades palestinas han sido expulsadas como resultado de estas campañas, durante las cuales palestinos han sido asesinados repetidamente en ataques violentos, con una intervención mínima de la policía y las autoridades militares.
Pardo permaneció impasible mientras escuchaba a un pastor palestino relatar cómo había sido emboscado y golpeado por colonos por la noche, despojado de sus pantalones y con sus piernas –y sus genitales– atadas con bridas. Todas las figuras militares del grupo condenaron este comportamiento ilegal ante las cámaras, pero las palabras de Pardo fueron, con diferencia, las más duras.
«Mi madre es una superviviente del Holocausto», dijo Pardo. «Lo que he visto hoy aquí me ha recordado sucesos ocurridos en el siglo pasado en un país muy desarrollado –los mismos fenómenos dirigidos allí contra los judíos–. Y hoy aquí me siento avergonzado de ser judío».
Las autoridades, añadió, «saben lo que ocurre aquí y deciden ignorarlo». Al hacerlo –y al apoyar a los colonos violentos tanto política como económicamente– declaró que el gobierno israelí «está sembrando las semillas del próximo 7 de octubre».
El hombre que dedicó su carrera a luchar contra lo que en su momento creía que era el mayor peligro para su país advierte ahora sobre lo que realmente amenaza su existencia.
Quizás si más israelíes hicieran el aleccionador recorrido al que tuvieron acceso Pardo y otros altos generales, ellos también se convencerían de que la mayor «amenaza existencial» de Israel no está en Teherán, sino en las bandas violentas de su propio patio trasero –y, en las próximas elecciones, votarían para quitar el poder a quienes los apoyan en los niveles más altos del actual gobierno.