“Los tendederos de los pobres” por Ana Iris Simón

El País, 9/05/2026. “Hoggart ya profetizó en los años cincuenta lo que hoy ha llegado a su máximo exponente: la lumpenización de las clases altas y el aburguesamiento de las bajas.”

De entre todas las realidades que nos condicionan, la menos nombrada en los últimos años es la clase. Haga usted la prueba: busque en cualquier medio piezas centradas en cuestiones generacionales, raciales, de diferencia u orientación sexual. Cuéntelas y compare su número con aquellas que hablan de ricos y pobres.

Los motivos por los que la clase ha sido arrinconada en el debate público y en el sentir privado son complejos y van desde los cambios laborales de las últimas décadas hasta el declive del mundo sindical, pasando por el surgimiento de una clase media aspiracional que no puede tener ni casa ni coche pero sí tomar gintonics con bolitas o viajar a Bali. También ha hecho lo suyo la complejización de las sociedades occidentales o la promoción por parte de las élites —políticas, empresariales, mediáticas y culturales— de representaciones y debates que no amenacen tanto su hegemonía como los que se refieren a las clases.

Pero, aunque cada vez tenga menos protagonismo en el análisis, la representación y la autopercepción, la clase sigue ocupando mucho espacio en la realidad: es la variable social que más atraviesa casi toda biografía. La clase sigue quedando patente en las casas y en las neveras, en los dientes y en las manos, en los historiales médicos y psicológicos. La clase se nota en el currículum y en la agenda, en la biblioteca y en las oportunidades que tiene uno de fracasar. La clase se nota en la manera en la que hacemos la compra, en el tiempo que gastamos yendo al trabajo, en la forma en la que ordenamos nuestros días, semanas y meses. La clase se nota en la esperanza de vida y en la esperanza con la que miramos la vida.

Se nota en lo que uno ve y en lo que saborea —a menor renta más procesados, por ejemplo—, se nota en lo que uno toca y huele. Los barrios de los ricos huelen todos igual: a nada. Sus casas están demasiado separadas unas de otras, sus cocinas demasiado lejos de la puerta de entrada. Los barrios de los pobres huelen a cocido en una esquina y a kebab en la otra, a lejía por las mañanas, cuando el portal está recién fregado, y a suavizante a veces. Al menos así solía ser: ahora hay ayuntamientos a los que les molesta ver camisetas de talleres mecánicos y sábanas de franela, así que han prohibido a sus vecinos —a sus vecinos pobres— tender en las ventanas. En su caso, la clase se nota también en los jerseys: están los que huelen un poco a humedad y los que no.

Pero hacemos como si nada. Hace tiempo que las clases populares renunciaron no solo a reivindicar sus derechos sino su cultura, como profetizó Richard Hoggart en los años cincuenta. En Los usos del alfabetismo hizo una radiografía de cómo la clase obrera comenzaba a perder su identidad —aunque no su entidad— a medida que avanzaba la cultura de masas. Analizó sobre todo el papel de los medios y la cultura pop, profetizando lo que en nuestra era ha llegado a su máximo exponente: la lumpenización de las clases altas y el aburguesamiento de las bajas. Es decir: que la millonaria Kim Kardashian sea indistinguible de una chavala de Orcasitas si uno no revisa si su ropa es de Gucci o de Shein, y que se parezcan no solo por fuera sino también por dentro. Porque, como dijo Pasolini, quien también predijo nuestro tiempo cuando aún era un esbozo, el capitalismo hedonista consiguió lo que no logró el fascismo: homologar no solo nuestros uniformes sino nuestras almas. Como sus tendederos, la clase obrera sigue existiendo, pero ya no se ve. Ni siquiera a sí misma.

https://elpais.com/opinion/2026-05-09/los-tendederos-de-los-pobres.html

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *